Palestina

No son «enfrentamientos»: los palestinos se están defendiendo de la agresión sionista

A pesar de que se lo presenta como una disputa entre dos bandos iguales, la historia del conflicto palestino-israelí es inentendible sin dar cuenta del hecho fundacional del conflicto: la ocupación y la expulsión del pueblo palestino y las largas décadas de segregación y opresión sionistas que le siguieron hasta hoy.

Renzo Fabb
Redacción de Izquierda Web.


En horas en que el conflicto ha escalado rápidamente en sólo cuestión de días, y con un alcance tanto social como militar que no se veía hace años, los medios de comunicación del mundo pretenden mostrar el conflicto como un «enfrentamiento» entre dos partes. Pero es precisamente ese punto de partida el que constituye el error fundamental para intentar comprender el conflicto: no dar cuenta de que todo comienza con una violenta ocupación y expulsión del pueblo Palestino de sus tierras, seguidas de décadas de segregación, violencia y opresión por parte del Estado sionista.

Y este nuevo capítulo de esta historia, como no podía ser de otra manera, también comenzó con un nuevo intento de Israel de aplastar los derechos más básicos del pueblo palestino. Las tensiones comenzaron a partir de una definición del Tribunal Supremo de Israel de ordenar el desalojo de cientos de familias palestinas en el barrio Sheij Yarrah de Jerusalén Este.

Con más de 3000 habitantes, Sheij Yarrah es un histórico barrio árabe de Jerusalén. Algunas de las familias que se intenta desahuciar llevan allí más de tres generaciones. Israel suele prohibirles los permisos para que sean propietarios de sus propios hogares a la población árabe, por lo que se ven forzados a ser inquilinos de propietarios israelíes-sionistas.

Los derechos de quienes Israel considera los legítimos «dueños» de esas propiedades es de lo más cuestionable, por la sencilla razón de que Israel anexionó en 1967 de manera unilateral e ilegal Jerusalén Este, donde se encuentra el barrio. Es decir que estas familias fueron despojadas de sus casas y obligadas a convertirse en inquilinos.

Con la decisión del Tribunal -que debido al estallido de las protestas debió posponer la publicación de su sentencia- de desalojar a estas familias con la excusa de falta de pagos, se desató una ola de indignación no sólo en la población árabe del barrio, sino de todo Israel. Para empeorar las cosas, el Primer Ministro Netanyuahu declaró que era un conflicto «de bienes raíces», desconociendo cínicamente la política de exclusión que aplica su gobierno, y el Estado de Israel en general.

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La profundización de la política de apartheid que aplica el Estado de Israel, sumado a la provocación de grupos ultranacionalistas-sionistas que intentaron organizar una movilización por los lugares considerados santos por el Islam, llevó la bronca de los Palestinos a su pico máximo, y todo estalló.

70 años de opresión sionista

Este hecho particular no fue más que el detonante de la bronca de vivir en una situación de brutal opresión como la que vive el pueblo Palestino bajo el régimen sionista hace décadas. No se puede hablar de un enfrentamiento entre dos «lados» cuando uno de ellos se constituyó históricamente expulsando, asesinando, ocupando y oprimiendo al otro, que a pesar de todo, sigue resistiendo ante cada nueva provocación. Si no se da cuenta de este hecho en primer lugar, cualquier llamado al «diálogo» o a la «paz» es una abstracción que, en última instancia, juega a favor de los opresores.

Absolutamente contra la voluntad de los pueblos árabes que ya ocupaban ese territorio, y con la venia del imperialismo triunfante a la salida de la Segunda Guerra, Israel se constituyó como Estado en 1948 desde un principio bajo la fuerza de la ocupación primero, y la colonización progresiva después.

No contentos con ello, Israel siguió avanzando por la fuerza sobre territorios que no habían sido acordados en un primer momento en la resolución de la ONU de 1947. En los años subsiguientes los avances continuaron, hasta llegar a 1967, donde el Estado Sionista pasó a la ofensiva ocupando Jerusalén Este y los territorios de Cisjordania, hasta entonces bajo control de Jordania.

Un dato a destacar es que en Jerusalén Este se encuentran los lugares considerados sagrados por las tres religiones monoteístas, y en particular para los musulmanes se encuentra la mezquita de Al-Aqsa, el tercer lugar más sagrado para el Islam. Con la ocupación de Jerusalén Este, de mayoría árabe, Israel daría un paso clave en su proyecto de subyugar y expulsar a los Palestinos de su territorio.

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A partir de allí, se profundizaría una política que continúa hasta hoy: el paulatino segregamiento de la población árabe en Israel (hace días, Human Rights Watch definió la situación en Israel de «apartheid»), la ocupación militar de Cisjordania, los bombardeos y masacres en la Franja de Gaza, la quita o restricción de derechos civiles y políticos a ciudadanos árabes, y hasta la reciente exclusión de los Palestinos de recibir la vacuna contra el Covid-19, y la lista podría continuar.

Lo cierto es que, con el conflicto desencadenado por las familias de Sheij Yarrah, todos los aspectos de esta realidad de brutal opresión que sufre el pueblo Palestino encuentran nuevamente, un cauce donde ser expresadas. Por eso, aunque los grandes medios cubran mayormente el aspecto militar del conflicto, en decenas de ciudades israelíes se están produciendo revueltas y protestas masivas de la población árabe contra la brutal represión del Estado sionista.

Puesto en su marco histórico, no tiene sentido presentar el conflicto israelí-palestino como un «enfrentamiento» entre dos bandos, mucho menos posicionarse desde una neutralidad «pacifista». Que del «lado» palestino aparezca un grupos Islamista como Hamas no cambia el fondo de la cuestión. ¡No se puede levantar la bandera de la «paz» en abstracto cuando lo que está en juego es si continúa o no la histórica opresión del pueblo Palestino por parte del Estado terrorista y genocida de Israel!

 

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