El Gran Salto Adelante: un acto de barbarie ecológica

1- Introducción

Entre 1958 y 1962, la República Popular de China (RPCh) se transformó en un laboratorio social y económico de escala continental, en el cual Mao puso en marcha un arriesgado experimento de industrialización que, pomposamente, bautizó como el “Gran Salto Adelante” (GSA en lo venidero). En su afán por transformar al país asiático en la dirección del mal llamado “bloque socialista” (es decir, de los Estados burocráticos donde se expropió el capitalismo), el dirigente chino impuso la meta de superar a Gran Bretaña en el lapso de quince años.

Un objetivo totalmente desproporcionado, considerando que la economía china era abrumadoramente rural y atrasada en esa época, mientras que los ingleses fueron la cuna de la revolución industrial y se convirtieron en la principal potencia capitalista hasta la primera mitad del siglo XX, cuando fueron desplazados definitivamente por los Estados Unidos de su posición hegemónica.

Esta aventura burocrática se saldó con terribles consecuencias humanas y ecológicas. Alrededor de 45 millones de personas murieron por causa del hambre, el agotamiento extremo a raíz del trabajo forzado, o por los severos castigos que impusieron los burócratas maoístas para alcanzar las arbitrarias cuotas dictadas desde Pekín.

Asimismo, durante el GSA se produjo la mayor destrucción de bienes inmuebles de la historia humana, debido a que millones de casas fueron derrumbadas para utilizar los escombros como insumos para la industrialización (DIKÖTTER, 2023). También, se arrasó con muchísimos bosques en busca de madera, la cual fue empleada como combustible en los rudimentarios hornos artesanales donde se fundía acero de pésima calidad.

De igual forma, se destruyeron ecosistemas enteros con la construcción de gigantescas represas que, en muchas ocasiones, resultaron inservibles por errores groseros durante su fabricación o por la falta de previsión sobre sus efectos secundarios.

En este artículo abordaremos la catástrofe ecológica del GSA a partir de dos ángulos. Primero, explicaremos el productivismo burocrático que la originó, estableciendo su relación con el relanzamiento de nuevas formas de explotación del trabajo en los Estados burocráticos. Posteriormente, nos referiremos a los principales hechos que conformaron el ecocidio propiamente dicho.

2- La revolución china y el surgimiento del Estado burocrático

En 1949 tuvo lugar la revolución china, la cual dio paso a la fundación de la RPCh el 1° de octubre de ese mismo año. No es nuestro objetivo hacer una reconstrucción pormenorizada de este acontecimiento histórico, por lo que nos limitaremos a resaltar algunas de sus principales características y precisar el tipo de Estado al que dio origen.[1]

Comencemos señalando que se trató de una auténtica y colosal revolución campesina, la cual impulsó una reforma agraria radical, liberó a la nación asiática del sofocante yugo de las potencias imperialistas y, más importante aún, expropió al capitalismo.

En materia agraria, por ejemplo, el 28 de junio de 1950 fue aprobada la “Ley de Reforma Agraria”, con la cual se abolió el sistema de propiedad de la tierra que beneficiaba a los grandes terratenientes. Esto dio inicio a un proceso de distribución de la tierra entre 300 millones de campesinos pobres. Hacia fines de 1952, se habían confiscado y redistribuido aproximadamente 47 millones de hectáreas, así como grandes cantidades de herramientas de labranza, casas, ganado de tiro y alimentos acaparados por los terratenientes (Breve historia de la República Popular de China, 2023).

En cuanto a las medidas anticapitalistas, para fines de 1949 ya habían sido expropiadas 2.400 empresas financieras y 2.858 empresas industriales y mineras, en las que laboraban alrededor de 1,29 millones de trabajadores industriales. A partir de este momento, el Partido Comunista de China (PCCh) comenzó a construir una base de apoyo entre la clase obrera, a la cual otorgó ciertas concesiones económicas, al mismo tiempo que promovió la atomización y control absoluto de las organizaciones sindicales.

Igualmente, se nacionalizaron las empresas de capital imperialista y se abolieron los desiguales tratados comerciales, por medio de los cuales las potencias extranjeras expoliaron a la nación asiática. De esta forma, la RPCh retomó el control sobre las aduanas, el comercio exterior y las divisas.

Dadas las dimensiones continentales del país y por el curso anticapitalista que tomó, con justa razón es considerada como la segunda mayor revolución social del siglo XX, superada solamente por la rusa de 1917. No obstante, hay enormes diferencias entre ambos procesos revolucionarios.

En el caso de la revolución rusa, desde el comienzo estuvo protagonizada por la clase obrera en alianza con otras clases explotadas y sectores oprimidos. En el plano político, esto se expresó en la conformación de los soviets de obreros, soldados y campesinos, así como en el peso que conquistó el Partido Bolchevique dentro del concentrado proletariado urbano. Posteriormente, la revolución degeneró a manos de la contrarrevolución político-social que encabezó la burocracia estalinista, cuyo resultado fue la pérdida del poder por parte de la clase obrera y la consecuente transformación de la URSS en un Estado burocrático, en el que se relanzaron nuevas formas de explotación del trabajo y de opresión social.

En lo que respecta a la china, como apuntamos previamente, fue una revolución esencialmente campesina. Es decir, socialmente fue protagonizada por una clase de pequeños propietarios (o de campesinos desposeídos con aspiración a serlo), aunque paradójicamente estuvo férreamente dirigida por el Partido Comunista de China (PCCh) y tuvo en Mao Tsé-Tung a su principal figura.

La clase obrera urbana, por el contrario, no desempeñó ningún papel como sujeto social, lo cual fue una consecuencia de la pesada derrota de la revolución de 1925-27, a lo que se sumó la desconfianza del PCCh de Mao hacia el proletariado y su giro hacia el campesinado desde finales de los años veinte.

Al respecto de lo anterior, Sáenz (2019) señala que el PCCH realizó un “reforma agraria anticapitalista”, pero pequeño-burguesa y en clave nacionalista, la cual nunca se vinculó al proletariado y, por tanto, era imposible que asumiera un curso socialista. Además, apoyándose en los análisis expuestos por Li Fu-Yen (pseudónimo de Frank Glass, un militante trotskista británico que vivió en China en la década del treinta), caracteriza que fue una “revolución fría” por sus métodos, dado que el maoísmo (en tanto que variante burocrático-estalinista) aplicó las reformas estructurales desde arriba e incentivó la pasividad del movimiento de masas:

“Los métodos de los estalinistas están naturalmente vinculados con el carácter de sus objetivos programáticos. Están llevando a cabo la reforma agraria por medios militares-burocráticos. Si es permisible usar el término ‘revolución’ para describir la marcha de los eventos de China, deberemos designarla como una ‘revolución fría’, en la cual las amplias masas jugaron el rol pasivo y menor asignado a ellas de antemano por sus líderes. Los estalinistas, sin ninguna duda, disfrutan el apoyo de las amplias masas del campesinado. Sin embargo, no sólo no alientan, sino activamente desalientan a los campesinos a tomar cualquier iniciativa independiente. No hay inflamados llamados a los campesinos a levantarse contra los terratenientes. Por el contrario, los estalinistas convocan a los campesinos a esperar el arribo del ejército ‘rojo’” (Li Fu-Yen, como citado en Sáenz, 2019).

En síntesis, desde el comienzo la revolución china estuvo encuadrada burocráticamente bajo la dirección del partido-ejército maoísta y, aunque se radicalizó en un sentido anticapitalista, esto no dio lugar a la conformación de un “Estado obrero”, ni mucho menos abrió una transición al socialismo.

La experiencia del siglo XX (dentro de la cual la revolución china constituye un eslabón central), demostró que no se puede definir como “obrero” a un Estado solamente por la expropiación del capitalismo. A pesar de que es una tarea altamente progresiva, es insuficiente para determinar que la clase obrera realmente detenta el poder y planifica conscientemente el curso de los eventos hacia una transición socialista.

Este sesgo objetivista fue replicado por la mayoría de las corrientes trotskistas de posguerra en el siglo XX, las cuales consideraron que la RPCh fue un “Estado obrero” porque se expropió a la burguesía, aunque nació “deformado” por la dirección burocrático-militar que el maoísmo le imprimió desde el inicio. Según esta caracterización “tradicional” (que devino en conservadora y no pasó la prueba de la historia), es un hecho secundario que la clase trabajadora de carne y hueso no ejerciera el poder por medio de sus organismos de representación y partidos.

Además de precisar qué tareas económicas o sociales se realizan (como la expropiación del capitalismo o la reforma agraria), es fundamental determinar quiénes las realizan (¿la clase obrera y los sectores explotados o la burocracia estalinista desde arriba?) y cómo se hacen (¿con métodos respaldados por la democracia obrera o impuestos desde arriba por la dictadura burocrática?).

Por ello, la clave para determinar el carácter obrero y socialista de un Estado, no reside en las disposiciones legales sobre las relaciones de propiedad ni en los datos económicos aislados, sino que responde principalmente a qué clase o sector social realmente controla la “propiedad estatal” y bajo qué fines u objetivos planifica la producción y el consumo.

Por ejemplo, en la constitución de la RPCh  (promulgada en 1954 y enmendada en varias ocasiones), se estipula que “es un Estado socialista bajo la dictadura democrática popular liderada por la clase obrera y basado en la alianza de obreros y campesinos” (artículo #1). Además, establece que “el poder (…) pertenece al pueblo” (artículo #2). Pero la realidad dista mucho de la normativa constitucional, pues la clase obrera nunca controló el poder en el país, el cual estuvo dominado férreamente por la dirección burocrática del PCCh desde la fundación de la república.[2]

De hecho, el Estado chino destaca como uno de los más anti-sindicales del planeta: desde 1949 hasta la actualidad, el derecho a huelga solamente estuvo tipificado constitucionalmente entre 1975 y 1981. Por ello, los “sindicatos” existentes –al menos los oficiales- son extensiones del partido para disciplinar a la clase trabajadora en las fábricas y empresas (LOON-YOU, 2022). ¡Vaya Estado “obrero”, donde los trabajadores ni siquiera tienen derecho constitucional a la huelga!

A raíz de lo anterior, Sáenz (2019) sostiene que, en el caso de la revolución china, “operó la clásica dialéctica de los triunfos seguidos de derrotas en ausencia de centralidad del proletariado, autodeterminación campesina y perspectiva internacionalista”.

La burocracia maoísta se transformó en una clase política que, producto del control autoritario que ejercía sobre un Estado que monopolizaba la tierra y los medios de producción, en los hechos usufructuó el plusvalor social en su beneficio.

Esta categoría fue sugerida por Rakovsky en “Los peligros profesionales del poder” (1928), escrito en el que analizó al estalinismo como una capa burocrática que, a partir de una diferenciación de funciones que le permitía obtener enormes privilegios, cristalizó una diferenciación social y se transformó en una nueva categoría social:

Esta nueva categoría social no era una ‘burocracia obrera’ sino otra cosa: una capa social que se había independizado de la clase trabajadora y obtenido otros fundamentos sociales (aunque sus miembros muchas veces provinieran de los distintos estratos de la clase).

(…)

A esa nueva categoría social Rakovsky la definió como una clase política, en el sentido profundo de que no era una clase social como las tradicionales, es decir, con afincamiento económico-social, pero tampoco la consideraba como una mera burocracia, un mero epifenómeno o ‘excrecencia’ de un poder en el fondo aún obrero, sino precisamente como una ‘clase política’ (…): el fenómeno original de una nueva categoría social privilegiada que se forja a partir de su monopolio del poder en una sociedad donde los medios de producción están estatizados”. (SAÉNZ, 2024, p. 35-36).

Frank Dikötter (2023), historiador especialista en China, argumenta que en el país asiático se erigieron dos paredes o líneas de separación social. La primera consistió en la diferencia entre el campo y la ciudad, sancionada legalmente desde 1958 con la instauración de un sistema de clasificación que dividía a la población entre los “habitantes de las ciudades” (jumin) y los “campesinos” (nongmin). Fue una adaptación del “pasaporte interno” que implementó el estalinismo en la URSS desde 1932 y, al igual que aquel, funcionó como un documento esencial para el acceso a mejores condiciones de vida, dado que los campesinos no tenían derecho a residencias subsidiadas, acceso a los comedores estatales o beneficios para las personas con alguna discapacidad.

En segundo lugar, se estableció una diferenciación entre las “personas comunes” y los militantes del partido. El PC de Mao era una estructura altamente jerarquizada, similar a un ejército (no es para menos, pues surgió de la guerrilla), dentro de la cual el orden de disfrute de los beneficios estatales se correspondía con el lugar que se ocupara en la pirámide de poder:

“En la cima del partido estaba la dirección, que tenía residencias especiales, protegidas por muros altos, guardas de día y noche y carros con chofer. Tiendas especiales con bienes escasos a precios con descuentos especiales estaban reservadas para ellos y sus familias (…) En la cima de ellos estaba Mao, que vivía en la opulencia, cerca de la Ciudad Prohibida (…) teniendo su cuarto de dormir el tamaño de un salón de baile. Mansiones suntuosas, con cocineros y sirvientes durante todo el año, estaban a sus órdenes (…) En el fin de la escala estaban los millones de presos en los campos de concentración localizados en las regiones más áridas del campo (…) Ellos existían para picar la piedra, excavar para extraer carbón, cargar ladrillos o arar el desierto durante años seguidos sin ninguna asistencia de la ley” (DIKÖTTER, 2023, p. 250-51).

En suma, la RPCh surgió a partir de una enorme revolución campesina anticapitalista; sin embargo, debido a la ausencia de organismos de poder con democracia socialista que posibilitaran que los trabajadores ejercieran el poder de manera efectiva, fue asimilada estructuralmente al modelo estalinista y, al igual que en el resto de sociedades burocráticas no capitalistas, relanzó la explotación del trabajo bajo formas originales. Este proceso de burocratización continuó (y se profundizó) a pesar de que Pekín entró en contradicción con los gestos hegemónicos de Stalin y rompió con Moscú a inicio de los sesenta.

3- La fractura metabólica y el productivismo burocrático

Ahora, procederemos a trazar una diagonal entre las categorías de fractura metabólica y el productivismo burocrático, pues ambas nos permiten comprender las causas que originaron la catástrofe ecocida durante el GSA.[3]

En primer lugar, analicemos el concepto de fractura metabólica, el cual está presente en los tomos I y III de El Capital. Marx, bajo el impacto del químico alemán Justus von Leibig, incorporó la categoría de metabolismo como parte de su análisis crítico del capitalismo. Este término fue acuñado originalmente para dar cuenta del proceso bioquímico por medio del cual un organismo, a través de varias reacciones metabólicas, convierte los materiales y la energía de su medio ambiente en unidades constituyentes de su crecimiento.

Aplicado al estudio de las sociedades capitalistas, Marx concluyó que nuestra relación metabólica con la naturaleza se tensionó al extremo bajo el capitalismo, cuya lógica productiva consiste en explotar el trabajo humano y expoliar los recursos naturales para reproducirse “infinitamente”, una tendencia que inexorablemente choca con la finitud del planeta.

A la postre, esa dinámica predatoria desencadenó un desequilibrio en la interacción metabólica de los seres humanos con la naturaleza, la cual se agudizó con el pasar del tiempo. Los capitalistas, en aras de incrementar su lucro individual o corporativo, compiten desenfrenadamente para explotar los recursos naturales y crear más valores de cambio, pero lo hacen a un ritmo que desgarra los ciclos regenerativos de la naturaleza. Esta unidad de tendencias opuestas entre los tiempos del capital y los de la naturaleza, es la causa central de la fractura metabólica que, a su vez, explica la gravedad y amplitud de la crisis ecológica en curso.

Para Marx, la fractura metabólica era una consecuencia directa de la relación alienada entre los seres humanos y la naturaleza debido a la “organización concreta del trabajo humano” bajo el capitalismo (FOSTER, 2004, p. 245). En consecuencia, cualquier proyecto emancipatorio tenía que luchar por “restablecer la unidad entre la humanidad y la naturaleza contra la alienación capitalista” (SAITO, 2021, p. 25).

Por otra parte, el siglo XX nos dejó en claro que la fractura metabólica no se limitó a las economías capitalistas, pues también se replicó en las sociedades post capitalistas estalinistas, en las cuales se relanzaron nuevas formas de explotación del trabajo y, por tanto, continuó la alienación de los seres humanos con respecto a la naturaleza.

De acuerdo a Saénz (2025), en los países donde se expropió el capitalismo “la fuerza de trabajo mantuvo el carácter de una mercancía intercambiable por un salario” debido al bajo nivel de desarrollo de las fuerzas productivas, una limitación material que dio paso a la continuidad de formas de “racionalización del trabajo según el valor producido”.

Por este motivo, es fundamental que la clase trabajadora realmente ejerza el poder, porque es la única forma de imprimirle un sentido socialista a la acumulación:

“Si redunda en una acumulación al servicio de una clase obrera que controla dicho excedente, como plantea Marx en su Crítica del Programa de Gotha, estamos ante una acumulación socialista basada en mecanismos de ‘auto-explotación’, en camino a liquidar toda explotación del trabajo (…) Si, por el contrario, se transforma en los hechos en una ‘acumulación de Estado’ al servicio de una burocracia autonomizada completamente de la clase obrera, una ‘clase política’ como hemos visto, nos encontramos frente a un fenómeno socioeconómico de otra naturaleza: el relanzamiento de las relaciones de explotación del trabajo, así sea bajo formas no orgánicas, no consagradas jurídicamente, enmascaradas en el galimatías estilo estalinista del ‘trabajo puro’ o formulaciones naturalistas por el estilo (una suerte de ‘trabajo’ que no tendría determinaciones sociales)” (SÁENZ, 2025).

Esto nos lleva directamente al concepto de productivismo, el cual se puede definir como la “lógica que confunde el desarrollo de las fuerzas productivas para atender las necesidades de la clase trabajadora con una dinámica de producción intensa”, lo cual deviene en un desarrollo desproporcionado de la industria y de la expoliación de los recursos naturales en aras de “competir con el ritmo productivo de sociedades capitalistas avanzadas” (FERNANDES, 2021, p. 09).

En el caso del estalinismo, agreguemos, se trató de un productivismo burocrático que asumió la producción como un fin en sí mismo, esto es, desligada de la satisfacción de las necesidades de consumo de las masas trabajadoras y sin ninguna preocupación por la preservación de la naturaleza. Una lógica que impuso la idea de un desarrollo unilateral de las fuerzas productivas, cuya única finalidad fue garantizar una acumulación burocrática en función de los intereses del Estado, dejando de lado el desarrollo de la industria de bienes de consumo (vitales para el grueso de la población) para potenciar la industria pesada y militar.

Para ilustrar esto, veamos nuevamente el caso de la industrialización acelerada que impulsó Stalin con el primer Plan Quinquenal. La burocracia agitó la consigna de “conquistar la naturaleza” para construir las industrias soviéticas en las regiones más inhóspitas del territorio. Además, la medición de las “conquistas” fue meramente cuantitativa, contabilizando los kilómetros de vías férreas instalados o los hornos puestos en funcionamiento, pero sin reparar en la escasez de bienes de consumo que aquejaba a la población ni en la calidad de los productos (FITZPATRICK, 2019, p. 16).

Douglas Weiner, autor de Ecología, Conservación y Revolución Cultural en la Unión Soviética, detalla que el primer Plan Quinquenal (1928-1932) paulatinamente perdió su carácter “planificado”, pues con el pasar de los años sufrió “revisiones al alza” [4]. Así, las metas iniciales fueron modificadas de forma arbitraria y bajo supuestos exageradamente optimistas; un voluntarismo burocrático que escondía los métodos irracionales con que se organizaba la economía de los Estados bajo control del estalinismo.

En este marco, la naturaleza fue asumida como un obstáculo para alcanzar los objetivos trazados y las cuotas exigidas, al mismo tiempo que comenzó a ser conceptualizada como un reservorio de materias primas para explotar indiscriminadamente:

“Muchos soviéticos políticamente activos veían la naturaleza como un obstáculo para la construcción socialista que había que conquistar (…) En la literatura popular y en la prensa, la antipatía hacia la naturaleza hostil llevó con frecuencia a los autores a antropomorfizarla. La naturaleza era retratada casi como una fuerza conscientemente antisocialista que debía ser suprimida (…) había que transformar la naturaleza y doblegarla a la voluntad humana desde la raíz” (WEINER, 2024, p. 248).

El maoísmo también reprodujo el productivismo burocrático y ecocida, pues consideró que la naturaleza era un enemigo interno que tenía que ser sometido para alcanzar las metas económicas “socialistas” (DIKÖTTER, 2023). Una visión que contrajo terribles consecuencias para los ecosistemas y seres humanos en el país asiático.

Junto con esto, Kowalewski (2021) sostiene que la gestión burocrática de la economía se sustentó en la explotación absoluta del trabajo, cuya finalidad fue acumular el excedente del trabajo a partir de métodos coercitivos, como el despotismo de fábrica, estajanovismo, aumento de la jornada de trabajo, entre otros.

Lo anterior bastó para que la producción colectiva generara un producto superior al total de la masa salarial necesaria para la reproducción de los trabajadores y trabajadoras, pero bloqueó el desarrollo de la innovación técnica para potenciar la explotación relativa a partir del de la elevación de la productividad del trabajo, algo imposible de alcanzar en ausencia de un control democrático de la clase obrera sobre la gestión económica.

Asimismo, la planificación burocrática no consideró el capital fijo como parte de los costos de producción y el valor de las mercancías, dando como resultado un derroche absurdo de materias primas (SÁENZ, 2023). Por tal motivo, la naturaleza fue concebida como un reservorio inagotable de recursos para explotar caprichosamente, una concepción que inexorablemente devino en una producción marcada por el despilfarro y los desastres ecológicos.

En China, al igual que sucedió en la URSS y el resto de países estalinistas, la burocracia se erigió como la “inteligencia universal” de un Estado que controlaba todos los medios de producción y, en consecuencia, de la organización del trabajo, el cual reglamentó bajo formas burguesas de explotación. La estatización no generó automáticamente el control obrero sobre las industrias; por el contrario, reprodujo variantes de poder similares al despotismo de fábrica (ARTOUS, 2017).

En La revolución traicionada (1936), Trotsky alertó que, dada la enorme concentración de poder en manos de la burocracia estalinista, sus errores provocaban consecuencias imprevistas y de alto impacto:

“No hay otro Gobierno en el mundo que a tal grado tenga en sus manos el destino del país. Los éxitos y los fracasos de un capitalista dependen, aunque no enteramente, de sus cualidades personales (…) el Gobierno soviético se ha puesto, respecto al conjunto de la economía, en la situación del capitalista respecto a una empresa aislada. La centralización de la economía hace del poder un factor de enorme importancia. Justamente por esto, la política del Gobierno no debe ser juzgada por balances sumarios, por las cifras desnudas de la estadística, sino de acuerdo con el papel específico de la previsión consciente y de la dirección planificada en la obtención de los resultados” (TROTSKY, 2001, p. 70-71).

Esta cita es de enorme utilidad para comprender los reiterados desastres ecológicos que se produjeron tanto en la URSS como en China. La autopercepción de la burocracia como una “inteligencia universal” y cuyas decisiones eran infalibles, combinado con una centralización sin precedentes del poder económico, potenciaron al máximo la destrucción de la naturaleza en dos países de dimensiones continentales.

A lo anterior, es preciso sumar que Pekín entró en una áspera disputa con Moscú por la hegemonía del mal llamado “campo socialista” (es decir, de los Estados burocráticos), un aspecto de orden geopolítico que incentivó el desarrollo de planes de industrialización faraónicos y sustentados sobre criterios voluntaristas burocráticos, los cuales se cobraron la vida de millones de personas y provocó la devastación del entorno natural.

Habiendo realizado un breve repaso histórico sobre la revolución china y enunciar algunos de los principales rasgos productivistas que caracterizaron a los Estados burocráticos, pasaremos a ver el caso concreto del GSA.

4- La pugna inter-burocrática como antesala del Gran Salto Adelante

La muerte de Stalin, acaecida el 5 de marzo de 1953, abrió una etapa de enconadas disputas y reacomodos entre sectores de la burocracia. Aunque sus efectos se hicieron sentir de inmediato en los pasillos del Kremlin, sus réplicas no tardaron en propagarse en el resto de Estados burocráticos donde se expropió el capitalismo[5].

En el caso de China, Mao vio una oportunidad para posicionarse como el nuevo líder del “bloque socialista”. Es bien conocido que el líder chino guardaba un profundo resentimiento hacia Stalin, el cual se gestó a lo largo de varias décadas en las que sostuvo fricciones con la política de Moscú para contener la revolución.

Las tensiones no cesaron tras el triunfo de la revolución en 1949; por el contrario, se profundizaron en los años subsiguientes. En primer lugar, porque Stalin trató con prepotencia y desprecio a su homólogo chino, del cual desconfiaba por la “independencia” de carácter y su orgullo personal[6]. En segundo lugar, Mao se molestó por el escaso y esporádico apoyo aéreo que los soviéticos brindaron a las tropas chinas durante en la guerra de Corea (1950-1953), dejando a los soldados de Mao más expuestos al poder militar de los estadounidenses. Para empeorar las cosas, Stalin exigió que China pagase por el equipo militar que la URSS desplegó en este conflicto.

Por último, pero no menos importante, resultó evidente que la URSS pretendía establecer relaciones desiguales con China, similares a las que impuso a los Estados satélites de Europa del Este.  En 1950, Moscú firmó un tratado de protección mutua con Pekín en caso de una agresión militar de Japón o los Estados Unidos. Como parte del acuerdo, los soviéticos otorgaron una ayuda militar de US$300 millones distribuidos a lo largo de cinco años, una suma irrisoria tratándose de un Estado de las dimensiones continentales de China.

En contrapartida, Stalin exigió una serie de concesiones económicas expoliadoras, que no se diferenciaban mucho de los abusivos tratados comerciales impuestos por las potencias europeas en el siglo XIX. China, por ejemplo, tuvo que ceder a la URSS el control de Lüshun (Port Arthur) y del Ferrocarril Oriental Chino, en Manchuria, hasta mediados de los años cincuenta. También, otorgó derechos de explotación de los depósitos mineros de Xinjiang.

En vista de todo lo anterior, Mao vio una oportunidad para romper la relación de dependencia con Moscú tras la muerte de Stalin, a la vez que aspiraba a posicionarse como la gran figura y eje político del “bloque socialista”, un anhelo que consideraba posible porque ninguno de los posibles sucesores del poder en el Kremlin se le comparaba. Veía Kruschev con desprecio, pues lo consideraba un cuadro del aparato que no había dirigido ninguna revolución, a diferencia de él que había encabezado una guerra de liberación nacional contra la ocupación nipona y una revolución anticapitalista en uno de los países más grandes del planeta, además de que enfrentó militarmente a los Estados Unidos en la península coreana

Pero las aspiraciones de grandeza de Mao afrontaron obstáculos desde el inicio. Por un lado, el llamado proceso de “desestalinización” que impulsó Krushov -que fue parte de la pugna inter-burocrática por el poder luego de la muerte de Stalin- se transformó en un problema para el líder chino. Si bien debilitaba la imagen de la URSS ante el resto de Estados burocráticos, el cuestionamiento de la conducción unipersonal y los métodos sangrientos de Stalin abrió un potencial flanco de críticas a nivel interno, principalmente porque dotó de argumentos a los sectores dentro del PCCh que estaban molestos con la excesiva concentración de poder de Mao.

Esto se hizo patente en el 8° Congreso del Partido, realizado en Pekín en septiembre de 1956, en el cual se acordó retirar una referencia al “Pensamiento de Mao Tsé-tung” de la Constitución, se reivindicó la dirección colectiva del partido y se criticó el culto a la personalidad (DIKÖTTER, 2023).

Junto con esto, Mao tuvo otra derrota en dicho Congreso, pues en la segunda sesión plenaria se resolvió suspender la “Marea Alta Socialista”, nombre con que Mao bautizó su política para acelerar de forma abrupta el desarrollo económico del país. Para esto, impulsó una campaña de colectivización forzosa del campo, provocando el malestar entre el campesinado que, al igual que sucedió en la URSS en los años treinta, prefirió matar sus animales y esconder las cosechas de cereales antes que entregarlas al Estado.

Consecuentemente, la producción de cereales y otras materias primas cayó abruptamente, provocando un faltante de estoques para abastecer a las industrias en las ciudades y una caída de la producción industrial. Además, se reportaron casos de hambruna en varias provincias del país.

Lo anterior provocó un debate público que trascendió a la prensa, donde se criticó abiertamente a la Marea Alta Socialista por “intentar hacer todo de un día para el otro”, lo cual fue interpretado por Mao como un agravio personal y que replicaba a nivel local las críticas a la política agrícola de Stalin que expuso Kruschev (DIKÖTTER, 2023, p. 35).

Para tratar de contrarrestar este retroceso y ajustar cuentas con los opositores interno, Mao estimuló la campaña de las “Cien Flores” en abril de 1957. Su idea era abrir el espacio para la crítica pública, con el fin de ganar el apoyo al régimen de los intelectuales y científicos, a la vez que dejaría al descubierto a quienes adversaban su mandato. De esta forma, suponía Mao, evitaría que estallase una revolución antiburocrática como la de Hungría en octubre de 1956; una apertura controlada permitiría fragmentar la oposición en pequeños “incidentes húngaros” que serían más fáciles de aplastar.

Pero la realidad es más rica y compleja que cualquier plan burocrático. La apertura dio paso a una serie de críticas profundas contra la conducción burocrática del PCCh y de Mao en particular. Mao acusó a sus detractores de “derechistas” y tuvo que colocar a Deng Xiaoping al frente de una campaña “anti-derechista” contra medio millón de personas, en su mayoría estudiantes e intelectuales, los cuales fueron deportados a regiones distantes para que realizaran trabajos forzados.

Esto permitió que Mao afianzara burocráticamente su dominio sobre el partido y, además, le “habilitó” para pensar que los fracasos económicos fueron producidos por saboteadores derechistas a lo interno del partido. Una conclusión que sería el punto de partida para relanzar sus campañas de industrialización acelerada, aunque ahora bajo la denominación de “salto adelante”.

El banderazo de salida del GSA tuvo lugar en 1957, luego de que Kruschev anunciara que la URSS superaría en quince años a los Estados Unidos en rubros centrales de la producción industrial. En respuesta a esto, Mao dijo lo mismo de China con respecto a Gran Bretaña:

“Este año, nuestro país tiene 5,2 millones de toneladas de acero y, después de cinco años, podremos tener de 10 a 15 millones de toneladas; después cinco años más, de 20 25 millones de toneladas; sumen, entonces, cinco años más y tendremos de 30 a 40 millones de toneladas. Quizás yo esté presumiendo aquí y quizás, cuando tengamos otro encuentro internacional en el futuro, ustedes me critiquen por ser subjetivo, pero hablo con base en pruebas considerables (…) El camarada Kruschev nos dice que la Unión Soviética superará a los Estados Unidos en quince años. Yo puedo decirles que, en quince años, nosotros podremos equiparar y ultrapasar a Gran Bretaña”. (DIKÖTTER, 2023, p. 42).

Este breve repaso histórico nos sirve para comprender las razones detrás del Gran Salto Adelante, que impulsó Mao para industrializar a China en tiempo récord y competir por la hegemonía del “bloque socialista” con la URSS. Una aventura burocrática y voluntarista que contraería terribles resultados ecológicos y humanos para la población del gigante asiático.

5- El Gran Salto Adelante y la catástrofe ecocida

Para Mao, la naturaleza era un enemigo que había que dominar y someter mediante el esfuerzo de las masas. De acuerdo a Dikötter, el líder chino pregonaba una filosofía voluntarista (burocrática, agregamos nosotros), según la cual era posible transformar radicalmente las condiciones materiales y superar cualquier adversidad para la construcción del “comunismo”. Por eso, cuando lanzó el GSA, declaró: “Existe una nueva guerra: debemos abrir fuego contra la naturaleza” (DIKÖTTER, 2023, p. 230).

En este sentido, el maoísmo replicó una visión similar a la del estalinismo soviético, que, como vimos previamente, concibió a la naturaleza como una “fuerza conscientemente antisocialista que debía ser suprimida” y doblegada “a la voluntad humana desde la raíz” (WEINER, 2024, p. 248). Es un enfoque dualista de la relación entre los seres humanos y la naturaleza, que excluye totalmente la preocupación de Marx por restablecer el equilibrio metabólico entre ambos polos (naturaleza-sociedad).

Las derivaciones ecocidas inherentes a este enfoque se desplegaron por completo durante el GSA. En un periodo de cinco años, el maoísmo concentró todos los recursos productivos, humanos y políticos para encarar la “nueva guerra” contra la naturaleza, provocando un grado de destrucción ambiental en diversos frentes.

Bosques

Los bosques del país resultaron diezmados severamente durante el GSA. Entre las principales causas de la deforestación, se encuentra la fiebre por la madera que desató la campaña del acero. Con el fin de elevar exponencialmente la producción de esta aleación, el gobierno ordenó la construcción de infinidad de hornos artesanales en los patios traseros de las casas de campo. Así, de la noche a la mañana, millones de campesinos pasaron de arar la tierra a convertirse en “herreros”.

Además de la pésima calidad del acero producido en hornos artesanales por personas sin conocimiento alguno, los campesinos arrasaron con bosques enteros para cortar árboles y extraer madera para utilizar como combustible de los hornos. En el condado de Yizhang, Hunan, se talaron dos tercios de los exuberantes bosques que anteriormente cubrían las montañas, las cuales en 1959 ya lucían totalmente arrasadas.

Otro factor que potenció la deforestación fue la colectivización forzosa, la cual contrajo una terrible hambruna debido a la abrupta caída en la producción de cereales y carnes. Aunado a esto, había un faltante de combustible para cocinar, pues los bosques fueron destruidos para fundir el acero.

Conjuntamente, dado que la tierra era de “todo” el pueblo, el gobierno desmanteló gran parte del sistema de protección de los recursos naturales, lo cual facilitó el robo de madera para sobrevivir. En la zona de Wudu, en Gansu, el personal a cargo de vigilar los bosques pasó de 760 antes del GSA a menos de 100 para 1962.

El robo de madera entre comunidades fue una práctica común, a la vez que sintomática de la ruptura de las relaciones de solidaridad social. En Huariou, cien agricultores fueron enviados a la frontera con el condado de Yanqing, donde cortaron ilegalmente 180 mil árboles en cuestión de tres semanas.

Lo anterior da cuenta de la terrible situación social que aquejaba a las masas chinas, particularmente en el campo. “Lo que está debajo de la olla es todavía más escaso que lo que está dentro de la olla”, rezaba un dicho popular de la época. Por este motivo, el fuego se transformó en un producto de lujo que se intercambiaba en las “economías de trueque” de las aldeas.

En este contexto de desesperación por el hambre y de “sálvese quien pueda”, los planes de reforestación estaban condenados al fracaso de antemano. Por ejemplo, en 1959, desde Pekín se enviaron a miles de voluntarios para cultivar 2.600 hectáreas de follaje protector a la Reserva de las Tumbas Ming, pero la comunidad local arrasó con más de la mitad en menos de un año.

Los incendios también arrasaron con enormes porciones de la cobertura forestal. Las emergencias ígneas se incrementaron a causa de la mayor actividad humana en los bosques combinado con el faltante de guardabosques. Solamente en Hunan, 56 mil hectáreas fueron devoradas por las llamas en miles de incendios durante el GSA. Algo similar ocurrió en las planicies de Shaanxi y Gansu, donde se reportaron 2.400 incendios que destruyeron 15 mil hectáreas en la primavera de 1962.

Por todo lo anterior, entre 1958y 1962, la destrucción de los bosques alcanzó niveles nunca vistos en China. En condados de la provincia de Liaoning, se perdió el 70% de la cobertura forestal, mientras que en Kaifeng la destrucción fue del 100% y 27 mil hectáreas se desertificaron.

“Nunca antes una diversidad tan grande de bosques (…) sufrió ataque tan inmenso y prologando” (DIKÖTTER, 2023, p. 233). Una conclusión que da cuentas del grado de destrucción de los bosques que provocó la aventura burocrática de Mao.

Agua

En lo que concierne a las aguas, el panorama no fue mejor. La burocracia china ordenó la realización de proyectos de irrigación de dimensiones faraónicas, con el objetivo de disponer del recurso hídrico para las nuevas plantaciones. En su enorme mayoría se trató de trabajos realizados de forma apresurada y sin ninguna planificación real, cuyo resultado fue la perturbación del sistema natural del agua y el aumento del riesgo de inundaciones.

Veamos el caso de Cangzhou, ubicado en la región de Hebei. Allí, un tifón provocó enormes inundaciones que dejaron bajo el agua a la mitad de los campos de cultivo. Un equipo de investigación que se desplazó hasta la zona, descubrió que el sistema natural de drenaje había sido destruido por los trabajos de irrigación que se llevaron a cabo como parte de los proyectos del GSA.

Asimismo, en todo el país se erigieron obras defectuosas, las cuales fueron construidas por cientos de millones de campesinos hambrientos y sin conocimientos técnicos apropiados. Esto devino en un desperdicio de recursos humanos y económicos exorbitante, además de exponer a riesgos y accidentes a las comunidades vecinas.

Un ejemplo dramático fue el proyecto para “Domar el río Huai”, para lo cual se construyeron las represas Banqiao y Shimantan en el periodo 1957-59. En agosto de 1975 un tifón azotó la zona y dichas represas colapsaron, provocando la muerte de 230 mil personas por ahogamiento y por causas indirectas derivadas de la catástrofe.

En Henan la situación no fue mejor. En 1980 se rompieron 2.976 represas, todas construidas durante el GSA.

Tierra

Aunque la expectativa era aumentar la productividad de los suelos, en este período aconteció lo contrario, pues enormes porciones de las tierras cultivadas se salinizaron, en gran medida como consecuencia de los proyectos faraónicos de irrigación en zonas áridas, pues las bajas precipitaciones no permiten la remoción de las sales solubles acumulada transportada de otras zonas.

Aunque no hay datos certeros, aproximadamente se perdieron entre un 10% y 15% de todas las tierras irrigadas para la siembra de granos. Ahora bien, los porcentajes varían según las regiones: en Henan, la salinización pasó del 8% al 28%, mientras que en Hebei se perdieron 1,5 millones de hectáreas.

Conjuntamente, otras regiones se desertificaron cientos de miles de hectáreas por la deforestación para habilitar nuevas tierras de plantación con cultivos extraños en regiones inapropiadas. Veamos el caso de la cuenca de Qaidam, donde las comunidades fueron obligadas a deforestar 100 mil hectáreas de arbustos y vegetación desértica nativa para cultivar cereales en grano. No pasó mucho tiempo para que los habitantes de las haciendas colectivas abandonaran el lugar, escapando de la arena que estaba cubriendo vorazmente las tierras.

Polución

El proyecto de industrializar en quince años el país para superar a una potencia imperialista como Gran Bretaña, provocó una terrible contaminación en las aguas y el aire alrededor de las fábricas que se construyeron sin planificación. Es decir, la burocracia china orientó construir fábricas por doquier, pero el país no contaba con plantas de tratamiento de residuos urbanos o industriales.

Por este motivo, los ríos se transformaron en vertedores de aguas negras y peligrosos químicos industriales. Entre las sustancias vertidas estaba el fenol, arsénico, fluoruro, nitratos y sulfatos.

En los ríos Songhua y Mudan, por ejemplo, los niveles de fenol durante el GSA oscilaron entre los 2 y 24 miligramos por litro, cuando el máximo recomendado es de 0,001miligramos para el agua potable y 0,01 para criar peces. Esto produjo la muerte de cientos de millones de peces, como sucedió en el río Nen -un afluente del río Songhua-, en el que los pescadores removieron 600 toneladas de peces muertos en un día de la primavera de 1959.

Otro tanto hicieron las compañías petroleras, las cuales cada año arrojaron 24 mil toneladas de queroseno en los ríos. Las fábricas de textiles, cueros, papel y productos químicos de Lanzhou, un centro industrial ubicado al noroeste del país, pasaron de producir 1.680 toneladas de aguas residuales en 1957 (el año previo al inicio del GSA) a generar 12.750 toneladas dos años después.

Al ubicarse cerca de centros urbanos, la contaminación producida por las fábricas generó enormes afectaciones entre los trabajadores y las comunidades aledañas, cuya única fuente de agua eran los ríos contaminados. En Nanquim, una sola fábrica que empleaba a 275, producía diariamente entre 80 y 90 toneladas de agua residual con material radioactivo, las cuales eran vertidas en el río Qinhuai.

Fauna

En lo que respecta a la fauna, fue víctima de las campañas de Mao para acabar con las “pestes”. Como apuntamos al inicio de este acápite, estaba obsesionado con la idea de movilizar a las masas para conquistar la naturaleza. Teniendo esto en mente, en 1958 hizo un llamado para acabar con los ratones, moscas, mosquitos y gorriones.

En particular, los gorriones eran vistos como “enemigos” a vencer, porque se comían las semillas de los cereales, lo cual afectaba las expectativas de aumentar la producción agrícola. Para tal fin, Mao ordenó la movilización sincronizada para que hicieran ruido con tambores y ollas en el mismo horario, provocando que los gorriones se asustaran y se mantuvieran volando hasta morir por cansancio. Millones de personas subían diariamente a los tejados de los edificios en las ciudades o a las copas de los árboles en el campo, para librar la “guerra” contra estas aves. Además, destruían los huevos y sus nidos.

Además de innumerables accidentes por la caída de personas de los edificios y de los árboles, el daño contra la naturaleza fue tremendo. En Nanquim, se utilizaron 330 kilos de pólvora en dos días para disparar a los gorriones, aunque en realidad se mataba todo tipo de ave. Igualmente, se empleó cebos envenenados en los bosques, que provocaron la muerte de lobos, conejos, ovejas, gallinas, patos, perros, palomas y otras especies.

Según un informe de Shanghai, la guerra contra las pestes acabó con la siguiente cantidad de especímenes: 48.695,49 kilos de moscas, 930.486 ratones, 1.213,05 kilos de cucarachas y 1.367.440 gorriones.

Los gorriones fueron llevados al borde de la extinción, pero fueron retirados de la lista de pestes cuando la burocracia maoísta se percató de que comían insectos. Pero fue una medida que tardó en llegar, pues antes el país sufrió el azote de plagas de insectos a partir de 1958, los cuales afectaron las cosechas agrícolas. En la provincia de Hubei, cerca de un 15% de la cosecha de arroz fue devorada por una plaga de saltamontes.

6- A modo de conclusión

La RPCh se fundó tras el triunfo de una colosal revolución social que fue protagonizada socialmente por el campesinado y dirigida políticamente por el partido-guerrilla de Mao. Conquistó la independencia de la nación asiática ante el imperialismo y se radicalizó en un sentido anticapitalista, expropiando a los capitalistas y terratenientes.

A pesar de esto, la clase obrera nunca gobernó en la nación asiática y, si bien obtuvo algunas concesiones económicas desde arriba, no participó en la toma de decisiones sobre la planificación de la economía y de la sociedad en su conjunto, las cuales quedaron en manos de la cúpula dirigente. Asimismo, el campesinado que protagonizó la revolución y conquistó la reforma agraria, posteriormente sería sometido a métodos de explotación del trabajo bajo formas brutales.

El maoísmo relanzó nuevas formas de explotación del trabajo y desarrolló un productivismo burocrático con derivaciones ecocidas, pues desde temprano concibió a la naturaleza como un enemigo a vencer en el marco de un nuevo tipo de “guerra”.

Lo anterior explica que en las economías planificadas de comando burocrático nunca se intentó restablecer el metabolismo socionatural entre los seres humanos con la naturaleza. Por el contrario, dichas formaciones sociales fueron escenarios de varios de los peores ecocidios perpetrados en el siglo XX.

El “Gran Salto Adelante” fue un acto de barbarie ecológica planificada, llevado a cabo de forma improvisada por una burocracia que, creyéndose una “inteligencia universal” que controlaba el curso de la historia, movilizó todos los recursos del país en aras de metas irracionales. Aunque hay controversias en los datos, las más recientes investigaciones parecen confirmar que durante el GSA murieron alrededor de 45 millones de personas producto de la hambruna que azotó e país entre 1958-1962.

La principal lección que nos brinda el estudio del GSA, es que no puede haber ningún Estado obrero sin una planificación con democracia socialista, que permita que la clase trabajadora y el conjunto de las masas explotadas decidan el rumbo que debe tomar la producción y el consumo en la perspectiva de transitar hacia el socialismo.

Solamente así será posible romper con las lógicas productivistas, ya sea la que promueven los capitalistas o las que desarrolló la burocracia estalinista. Es la única forma para revertir el despilfarro de recursos y la destrucción de la naturaleza, orientando la producción social hacia la elaboración de valores de uso para satisfacer las necesidades materiales de la sociedad y, al mismo tiempo, permitir el pleno desarrollo de las potencialidades humanas en equilibrio con la naturaleza.

 Referencias

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WEINER, Douglas R. 2024.Ecología, Conservación y Revolución Cultural en la Unión Soviética. Madrid: Ediciones Doscuadrados.


[1] Para profundizar sobre el balance estratégico de nuestra corriente en torno a la revolución china, sugerimos la lectura del ensayo China 1949: revolución campesina anticapitalista de Roberto Sáenz, en el que analiza elementos históricos y políticos de este evento central de la lucha de clases del siglo XX.

[2] Aclaramos que la continuidad en el poder del PCCH no significa que China continúe siendo un Estado burocrático. Desde nuestra corriente caracterizamos que en el gigante asiático se restauró plenamente el capitalismo y, actualmente, es un imperialismo en construcción que entró de lleno en la disputa por la hegemonía mundial con los Estados Unidos. Para profundizar sobre el tema, sugerimos la lectura de China hoy: problemas, desafíos y debates de Marcelo Yunes.

[3] Para elaborar este acápite, retomamos varios trechos de nuestras investigaciones La política (anti)ecológica en la URSS y Apuntes críticos sobre el balance del estalinismo.

[4] Agreguemos que esto se replicó en los Estados del Este Europeo. Ver Democracias populares y resistencia obrera: una aproximación histórica a los Estados burocráticos del Glacis (1945-1956).

[5] Por otra parte, este período estuvo marcado por la irrupción del movimiento de masas en varios países de Europa del Este, como el “Mayo checo” y la rebelión obrera de la RDA en 1953, así como el “Octubre polaco” y la revolución húngara de 1956.

[6] No es casualidad que Stalin tuviera fricciones con Tito y Mao. Ambos tenían en común el haber dirigido verdaderas revoluciones de liberación nacional que se radicalizaron en un sentido anticapitalista. Aunque los regímenes que encabezaron fueron burocráticos, eran personalidades que no se sometían dócilmente a los mandatos del Kremlin, como sí aconteció con el resto de “líderes” de aparato que estaban al frente de los Estados satélite del Glacis, los cuales fueron impuestos por la URSS.

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