Publicado en CONTRETEMPS- REVISTA DE CRÍTICA COMUNISTA, 28 octubre 2017. Traducido del francés por Luz Licht

El análisis de la URSS realizado por Trotsky en “La Revolución Traicionada”(De la révolution, Minuit, 1963) ha dado lugar a tantos comentarios que más vale indicar de antemano, aunque sea de forma lapidaria, la doble apreciación que guía el artículo que sigue.

La fuerza del abordaje de Trotsky radica en comprender la evolución del Estado soviético como una realidad sui generis, a partir de las contradicciones que le son propias. Y de las distorsiones que pudieran existir entre los diferentes niveles de la realidad social de una formación social que no se apoyaba sobre un modo de producción estabilizado. No está mal recordar que la única caracterización general sobre la URSS que ha dado era la “de una sociedad intermedia entre el capitalismo y el socialismo”. (…) Calificar como de intermedio o de transición al régimen soviético, es apartarse de categorías acabadas como la de capitalismo (comprendiendo también al “capitalismo de Estado) y la de socialismo” (p. 606).

Haciendo esto, Trotsky moviliza el conjunto de las categorías heredadas de la tradición marxista de la época a fin de tratar dos problemas totalmente ausentes del horizonte teórico legado por Marx. El primero reside en el hecho de que una revolución proletaria pueda llevar la (re)construcción de un Estado al cual deberíamos llamar “obrero”; lo que, por otra parte, los jóvenes dirigentes de la revolución rusa hicieron. Además – y este es el segundo problema- ese Estado no solamente va a conocer deformaciones burocráticas, sino también un proceso de degeneración que condujo hacia el Estado estalinista en el cual -Trotsky no deja de repetirlo- la clase obrera perdió toda forma de control sobre el poder político.

La “Revolución Traicionada” contiene extensas páginas (sin equivalentes, por otra parte, en la época) de análisis de la evolución económica de la URSS. Sin embargo, su propósito no es producir una teoría económica del sistema soviético, sino más bien clarificar lo que hace al objeto central del libro: abordar las contradicciones específicas que atravesaron al Estado soviético, en tanto Estado del periodo de transición. Bajo este ángulo, los análisis de la burocracia, de la degeneración del Estado obrero, etc., realizados por Trotsky son enteramente políticos -es por otra parte, sobre lo que volveré más adelante, lo que hace a su fortaleza. Pero, al mismo tiempo, el abordaje hace aparecer toda una serie de debilidades o de verdaderos puntos ciegos de la teoría marxista del Estado (y de la burocracia). Es esencialmente bajo este aspecto de las cosas que voy a abordar los análisis de Trotsky.

En el pasado, este tipo de debate hubiera podido parecer académico, sobre todo porque, según la expresión consagrada, este no ponía en juego los desacuerdos sobre las tareas (en todo caso, es difícil establecer un lazo mecánico entre ambos). Hoy la situación ha cambiado. Si, en lo concerniente al análisis de la URSS, estamos en deuda respecto a algo, es sobre todo en dar cuenta de los problemas teóricos a los cuales se enfrentó la tradición marxista en este análisis. En primer lugar, por lo que a nosotros concierne, en lo que respecta a Trotsky.

Observaciones sobre el capitalismo de Estado

Sabemos que sus análisis se cristalizaron en el concepto de Estado obrero burocráticamente deformado. La categoría jamás me ha convencido realmente. Pero, a su manera, ella ilustra bien la dimensión innovadora del abordaje de Trotsky mientras que hablar de capitalismo de Estado es, desde un punto de vista, mucho más ortodoxo con relación a la tradición legada por Marx que, recordémoslo, no consideraba que la toma del poder por parte del proletariado se traduzca en la construcción de un nuevo tipo de Estado, ni siquiera obrero; y mucho menos, que se pueda transformar en Estado burocrático. Por lo tanto, si un Estado se cristaliza no puede ser más que capitalista.  La teoría del capitalismo de Estado es anterior a la de Trotsky. La encontramos entre los partidarios del “comunismo de los consejos” para quienes la continuidad de la relación salarial es sinónimo de venta de la fuerza de trabajo al Estado burocrático quien “ocupa el rol del capitalista privado expropiado”1.

Este argumento, recurrente,se puede encontrar, por ejemplo, en Charles Bettelheim: Marx hace del trabajo asalariado una característica esencial del capitalismo, su continuidad en la URSS sería, por lo tanto, sinónimo de la existencia de una forma capitalista de producción. Sin embargo, resulta que para Marx el capitalismo es igualmente sinónimo de la generalización de las relaciones de mercado que, por primera vez en la historia, se apoderan de las condiciones de producción: medios de producción y fuerza de trabajo. Es aún necesario demostrar que ambos seguían siendo mercancías en la URSS. Por lo que sería necesario dejar de reclamarse marxista para hacer tal observación. “Por más tentadora que sea la hipótesis del capitalismo de Estado, ella no parece muy sólida en tanto es en vano (como lo señalaban justamente Aron y, además Trotsky) disociar su desarrollo de la existencia de un mercado de trabajo que implica la competencia de los empresarios y la continuidad del trabajo libre”, remarca Claude Lefort en su último libro.  No esta de más recordar que, en su artículo de Socialismo o Barbarie de 1956 titulado “El totalitarismo sin Stalin”, era en los términos de un capitalismo de Estado que razonaba Claude Lefort. Para él, en esa formación social, “el capital ha expulsado a los capitalistas” y es “encarnado por la Figura del Estado”2.

De hecho, la mayor parte del tiempo, las discusiones con los partidarios de la URSS como forma capitalista han caído en problemas a la hora de caracterizar al propio capitalismo. Esto quedó de manifiesto en los años 1970 con la influencia “althousseriana” (dominante en esa época) que se apoyaba en los análisis de Charles Bettelheim. La existencia de relaciones mercantiles no espensada ya como una dimensión esencial del modo de producción capitalista el cual es solamente caracterizado por la separación de los productores directos de los medios de producción.

Más cerca en el tiempo, Jaques Sapir, antiguo partidario de Charles Bettelheim, procede a dar una definición más extensiva sobre una relación mercantil:

“Existe una relación mercantil a partir del momento en que la producción no está ya destinada principalmente al consumo, sino al de otros productores (sea intermedio final). (…) La relación mercantil funda la economía como un juego de coordinación. En este marco, podemos distinguir dos sistemas de coordinación. La comercialización del producto, que conocemos vulgarmente con el nombre de mercado, y la distribución dirigida (sea esta despótica, administrativa o democrática) como las dos formas fundamentales”3.

En este marco, Jacques Sapir puede efectivamente hablar de la URSS como capitalismo de Estado. Ocurre que esa definición de relación mercantil no es la de Marx. Y, sobre todo, ella disuelve la especificidad del capitalismo no solamente con relación a un país como la URSS, sino más en general, con relación a las formas precapitalistas de producción.

Las innovaciones de Trotsky

Volvamos a la “Revolución Traicionada”. Me parece equivocado -en su espíritu como en sus palabras- explicar que para Trotsky la burocracia no es “más que una simple casta, parasitaria y transitoria (…), superpuesta a una infraestructura socialista”4. La frase es de Claude Lefort, pero muchos otros podrían haberla escrito. Ella se ubica junto a la crítica enunciada en 1949 por Cornelius Castoriadis en “Las relaciones de producción en Rusia”, un texto fundacional de Socialismo o Barbarie según el cual Trotsky confundía la forma jurídica tomada por las relaciones de propiedad y las relaciones de producción reales5.

En los años 1970, Charles Bettelheim retomará esta temática (que será entonces presentada como una innovación teórica suprema…). No obstante, Trotsky no solamente, lo hemos leído, no confunde estatización de la producción y relaciones de producción socialistas, sino que su análisis de la formación social soviética desentona con relación a un mecanicismo economicista con tanto peso en la tradición marxista. Incluidas las corrientes de oposición al estalinismo. Así, en su texto sobre las “relaciones de producción en Rusia”, una de las principales criticas hechas por Cornelius Castoriadis a Trotsky es por poner en entredicho a la ortodoxia marxista: el derecho no puede ser más que la expresión de la economía, no puede existir distorsión entre el dominio del reparto de la riqueza y el de la producción.

Es esto, sin embargo, lo que Marx escribió blanco sobre negro en su “Crítica del programa de Gotha” y que luego retomó Lenin en “El Estado y la Revolución”. En ese texto, Marx explica que la igualdad jurídica, propia del derecho burgués, subsistirá desde el punto de vista de las normas de distribución, no solamente durante el periodo de la dictadura del proletariado, sino inclusive en la primera fase del comunismo. En “El Estado y la Revolución”, Lenin retoma esta problemática, agregando que durante este mismo periodo deberá mantenerse un Estado para garantizar la aplicación de esas normas. La deducción es analíticamente lógica, pero no se enfatiza demasiado en que esto constituye una innovación teórica enorme respecto a Marx y Engels para quienes el Estado ya no existe más durante la primera fase del comunismo.

En “La Revolución traicionada”, Trotsky se remite directamente al “Estado y la Revolución”, agregando, de alguna forma, una dimensión sociológica a los señalamientos de Lenin. El Estado obrero, explica él, está atravesado por una contradicción. De una parte, este ha expropiado a la burguesía, estatizado la producción y se fija como objetivo la construcción del socialismo. De otra parte, este mantiene las normas burguesas en lo que concierne a la distribución o asignación de los bienes de consumo. Es en este nivel que puede encontrarse la raíz de las desigualdades y que se cristaliza la burocracia. “Una pujante casta especialista de la distribución que se formó y se fortaleció gracias a la operación nada socialista que consistía en tomar lo de diez personas para darle a una sola” (p.482). La evolución es notable con relación a los análisis producidos por los bolcheviques en los años 1920.

Sin entrar aquí en detalles, podemos decir que, para dar cuenta de la existencia de una burocracia, estos últimos se contentaron con señalar las condiciones económicas generales del país, la debilidad e inexperiencia del proletariado, la existencia del campesinado, etc. Aunque se trata de factores importantes, no dejan de remitir siempre a condiciones externas, en el sentido de que no son tratadas, desde el punto de vista teórico general, las contradicciones especificas de un Estado obrero durante el periodo de transición.  En su momento, por otra parte, en el “Nuevo Curso” (De la révolution, op. cit. p. 54), Trotsky tiene, sin dudas, formulaciones mucho más claras para caracterizar a la burocracia como una capa social especifica ligada al ejercicio del poder del Estado. Él centra su atención sobre el “aparato de Estado”, “la fuente más importante del burocratismo”, negándose a remitirse a un “conjunto de malos hábitos de los empleados del aparato”. El burocratismo es un fenómeno en tanto que sistema de administración de los hombres y de las cosas”.

La inflexión se manifiesta con relación al tono de los análisis dominantes en la dirección del partido, incluyendo el de Lenin, quien insistía a menudo sobre los comportamientos más que sobre el conjunto de practicas cristalizadas en un “sistema de administración de los hombres y de las cosas” y su reproducción. Sin embargo, además de la falta de experiencia de las masas, Trotsky se remite solo a la naturaleza peculiar del Estado ruso, como Estado que cristalizó en su seno la alianza con una clase no proletaria. No obstante, en “La Revolución Traicionada”, introduce explícitamente la dimensión suplementaria señalada más arriba para hacer de las condiciones de reparto del producto social excedente un elemento clave de las condiciones de producción/reproducción de las formas estatales burocráticas en el periodo de transición:

“Cuando hay escasez de mercancías, los compradores están obligados a hacer fila en la puerta. Tan pronto como la fila se hace más y más larga, la presencia de un agente de policía se impone para poder mantener el orden. Tal es el inicio de la burocracia soviética”.

Sin embargo, este tipo de consideraciones desaparece cuando Trotsky trata la producción. Todo se disipa como si pudiéramos tratar como a dominios totalmente ajenos las condiciones de producción/reproducción de las formas estatales. La cuestión es a tal punto evidente que Trotsky dice explícitamente que estatización no es sinónimo de socialismo: “Las fuerzas productivas están aun insuficientemente desarrolladas para dar a la propiedad estatal un carácter socialista” (p.606). Y si señala que, la planificación ha permitido un desarrollo muy importante de las fuerzas productivas, esto no habilita una mirada acrítica sobre ese desarrollo. Citando a Marx, él recuerda que el salario a destajo que fue introducido es un “sistema de superexplotación sin límites visibles (…) correspondiente mucho más al mundo capitalista de la producción” (p.496). Por otra parte, él denuncia el lugar ocupado por la burocracia en la producción:

“La gestión de la industria devino extremadamente burocrática. Los obreros han perdido toda influencia sobre la dirección de las fábricas. El funcionario es (para ellos) un jefe, el Estado un amo”. (p. 598)

El olvido del despotismo de fábrica

Trotsky no ignora, por lo tanto, que la burocracia controla la producción y que, a través de este control, ella se estructura según una jerarquía social sumamente rígida haciendo del funcionario un “jefe” de los obreros y del Estado su “amo”. Pero, todo pasa como si esa cuestión no tuviera ninguna consecuencia sobre la caracterización de las formas de Estado de la URSS, como si ese control no fuera un elemento determinante de la producción/reproducción de esas formas de Estado. Y, por lo tanto, de la burocracia.

El problema no es solamente de índole teórico: sabemos que en los años 1930, la URSS conoció un formidable proceso de industrialización que jugó un importante rol en la estructuración del Estado burocrático6. No voy a extenderme aquí en los ejemplos que muestran, de una parte, que Trotsky no ignora el poder de la burocracia sobre la sociedad vía la estatización de la producción y, de otra parte, de como él jamás toma en cuenta los efectos de esta estatización cuando se trata de dar cuenta, en el fondo, de las formas de Estado burocráticas en las cuales “el punto de partida” se sitúa afuera, en la esfera de la distribución. De hecho, el marco teórico desde el cual Trotsky piensa las condiciones de producción/distribución de las formas de Estado tiene una especie de punto ciego ya presente en “El Estado y la Revolución”; que reaparece de forma exacerbada podríamos agregar. Es suficiente, explica Lenin, con expropiar a la burguesía y estatizar la producción para que la gran industria desarrollada por el capitalismo devenga la base al fin encontrada que permita comenzar la extinción del Estado. Y agrega:

“Todos los ciudadanos devienen empleados y los obreros de un solo “cartel” del pueblo entero, del Estado. (…) La sociedad entera no será mas que una sola empresa y un solo taller, con igual trabajo e igual salario”7.

Ciertamente el futuro de la joven república soviética no estaba escrito en un libro, pero no podemos solo contentarnos en convenir sobre el carácter un poco “exagerado” de la formulación. Además, por el hecho de que ella no perteneció de forma exclusiva a Lenin, ella es, al contrario, representativa de la forma en que la tradición que se cristalizo en la revolución de octubre estuvo -de forma mas o menos dominante- marcada por ese olvido respecto a los análisis de Marx sobre el despotismo de fabrica8. Es decir, sobre los efectos de la división del trabajo instaurada por el capitalismo tratados no solamente en términos de diferenciación social, sino también en términos de formas especificas de poder; y no solamente dentro de la fábrica.

A fin de cuentas, esta tradición tiene aún cierta legitimidad. La encontramos en el “Anti-Dühring”, cuando Engels explica que alcanza con suprimir la propiedad privada de los medios de producción para que se exprese la socialización inmanente de la producción que portan las fuerzas productivas que el capitalismo ha desarrollado, de ahí que esta dialéctica un tanto sorprendente le permita afirmar que el Estado se extingue en el momento donde se apropia de los medios de producción. Pasamos entonces a la “administración de las cosas”, es decir, a una simple gestión técnica de las fuerzas productivas. O bien, a la puesta en marcha de una simple “gestión técnica” de la producción, según la fórmula de Pasukanis; o aun, para citar esta vez a Preobrajensky al advenimiento de una simple “tecnología social”, entendida como “ciencia de la producción socialmente organizada”9. Aquí, no se trata de la vulgarización del “marxismo leninismo” nacido del estalinismo, sino de un marxismo revolucionario viviente que se esforzó por pensar con rigor (y de actualizar) la perspectiva, legada por Marx, acerca de la extinción del Estado, del derecho y de la forma valor. Trotsky por otra parte va a modificarla. Así, en 1932 escribió:

“Si existe una inteligencia universal, descrita por fantasía intelectual de Laplace, (esta) podría construir a priori un plan económico definitivo y sin falla alguna, comenzando por calcular las hectáreas de forrajes y terminando por los botones de los chalecos. En realidad, la burocracia se figura a menudo que es ella quien principalmente tiene una inteligencia así; es por esto por lo que ella se libera tan fácilmente del control del mercado y de la democracia soviética. En verdad, la burocracia se engaña profundamente en la evaluación de sus recursos intelectuales”10.

La burocracia como una “inteligencia universal”

La función socioeconómica dada a la democracia soviética introdujo elementos de ruptura con una visión tecnicista del desarrollo de las fuerzas productivas. Y recordamos que Trotsky caracteriza claramente el salario a destajo introducido en la URSS como un método capitalista. Sin embargo, la idea no parece sugerirle que el poder de esa burocracia, que se presenta como “inteligencia universal” de una economía estatizada, no guarda analogía con lo que Marx describía cuando hablaba del despotismo de fábrica:

“En el régimen capitalista de producción, la masa de productores directos se enfrenta con el carácter social de su producción, bajo la forma de una autoridad organizadora severa y de un mecanismo social, perfectamente jerarquizado, del proceso de trabajo”11.

En lo concerniente al despotismo de fabrica como forma de poder generada por la organización capitalista del proceso de producción, sus relaciones con el Estado moderno y la burocracia, no podría más que remitirme a otros textos12. Yo señalaría simplemente dos puntos importantes:

  • En sus análisis sobre el despotismo de fábrica, Marx intenta dar cuenta de una forma de poder social históricamente inédita, ligada al movimiento de separación de los productores de los medios de producción. Por otro lado, más allá de la perdida de propiedad, en el sentido jurídico, ese movimiento se traduce en un cuestionamiento del “proceso de trabajo individual”- según una formula que Marx y Engels emplean a menudo- característica de las formas precapitalistas y la emergencia del “trabajo colectivo” que se apoya sobre una división del trabajo en el seno del proceso inmediato de producción. Pero, esta organización colectiva se organiza bajo el mando del capital. Para caracterizarla, Marx habla de “separación entre trabajo manual y las fuerzas intelectuales de la producción”13. No se trata de una lectura “naturalista” en referencia al trabajo manual (de quienes trabajan con sus manos), lo que allí se describe es la separación entonces introducida entre las tareas de concepción/organización del proceso de trabajo y aquellas de ejecución que no existía en el proceso de trabajo individual.
  • Los efectos de esta forma históricamente nueva no conciernen solamente al proceso inmediato de producción. Así, en “El 18 Brumario”, Marx habla de un “poder de Estado cuyo trabajo está dividido y centralizado como en la fábrica”. Pero la formulación permaneció aislada. En la época de “El Capital”, él no produjo un análisis del aparato de Estado capitalista, ni tampoco del Estado moderno. Aquí, se podría mostrar mas extensamente como, por otro lado, Max Weber produjo un análisis coherente de las especificidades de la burocracia moderna (de hecho, de la burocracia en sí ya que, en sentido estricto, esta categoría es una invención del capitalismo) señalando su homología estructural con las formas de organización del trabajo de la fabrica capitalista.
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No creo que ese análisis alcance para dar cuenta del conjunto de las dimensiones del Estado capitalista ya que la sociedad burguesa no es gobernada como una fábrica. Ella está igualmente estructurada por relaciones mercantiles generalizadas que unen a los individuos como sujetos político-jurídicos en un Estado representativo. Pero, en lo que respecta a la estructura del aparato del Estado, los análisis de Max Weber sobre la burocracia me resultan pertinentes. La burocracia es esa “inteligencia universal” de la cual hablaba Trotsky; es decir, una forma social a través de la cual está llamada a cristalizarse, esta vez no solo la única inteligencia necesaria para la organización del proceso de producción inmediato, sino la necesaria para la organización de una sociedad devenida compleja por efecto del desarrollo de la división social del trabajo.

Especificar históricamente la categoría de burocracia

A menos que se crea que la gran industria engendrada por el capitalismo es portadora de una socialización inmanente de las fuerzas productivas, la expropiación de la burguesía y la supresión de la propiedad privada de los principales medios de producción en pos de su estatización no suprime la separación de los productores directos de los medios de producción instaurada por el capitalismo. Se impone entonces no solamente el problema de las formas de control del “obrero colectivo” sobre los medios de producción, sino también el de los efectos, en términos de poder, de esa separación todavía presente; habida cuenta de que esta se sitúa en una formación social en la cual el Estado mismo, controla esos medios de producción.

En su contenido, este segundo problema parece simple. Sin embargo, resulta un verdadero punto ciego en Trotsky (y, por consiguiente, en la tradición “trotskista”) que, incluso denunciando el control de la burocracia sobre la economía, no llega a concebir, desde el punto de vista teórico, que allí hay un factor decisivo de la producción/reproducción de las formas de Estado burocráticas durante el periodo de transición. No digo que el Estado burocrático estalinista tenga ante el conjunto de la sociedad un poder idéntico al del Capital sobre el proceso inmediato de producción. Eso sería ignorar los efectos de la desestructuración de las relaciones de producción capitalista tras octubre del 17 y las formas especificas de legitimidad de este Estado. Y, a fin de cuentas, estas consideraciones no son suficientes por si solas para dar cuenta de la burocracia estalinista como burocracia particular. Ellas apuntan simplemente a señalar un mecanismo decisivo de la producción/reproducción de las formas burocráticas eclipsado por Trotsky y su posteridad.

Ellas son igualmente importantes para especificar históricamente la categoría de burocracia. Quienes han retomado este análisis de Trotsky han explicado generalmente que, en último término, la burocracia es una forma social ligada a la penuria; de donde se encuentra la imagen del gendarme necesario para asegurar el reparto de un excedente social insuficiente. Podríamos discutir la noción de penuria que, en sí misma no es rigurosa. Señalemos simplemente como todas las sociedades conocidas han vivido bajo un régimen de penuria (en el sentido empleado aquí), es difícil a partir de ese abordaje producir conocimiento sobre una sociedad determinada.

De hecho, hay que especificar históricamente la categoría. Max Weber señala bien las dos características de la burocracia moderna. En primer lugar, su estructura es la del funcionariado, en el sentido general del termino (el funcionario no es propietario de los medios de la administración). Además, ella es concomitante a la separación de los productores directos de los medios de producción y de las formas de existencia comunitarias (comunidades campesinas, corporaciones, etc.) características de las sociedades precapitalistas en las que esa separación no existe.

El poder de los Estados precapitalistas (mismo en el llamado “despotismo oriental”) se articula siempre con sus formas de organización sociopolíticas comunitarias en las cuales los individuos están insertos; al contrario, el de la burocracia moderna se ejerce directamente, en cierta medida, sobre individuos aislados y separados de los medios de producción. Si, además, vía el Estado la burocracia tiene el control de estos últimos, es concebible que ella pueda generar un poder totalitario, impensable en las sociedades precapitalistas.

Sabemos que Trotsky señala a menudo el carácter totalitario del Estado estalinista. Si no queremos contentarnos con una simple recuperación literaria de la formulación, es de la forma de dominación particular de un Estado burocrático moderno de lo que hay que dar cuenta. Trotsky da, por otra parte, indicaciones en ese sentido14.

A propósito del “despotismo oriental”

Parece, por tanto, difícil de escribir como Daniel Bensaïd15, que existe “una fuerte homología estructural” entre la sociedad estalinista y esos “despotismos burocráticos” de los cuales habla Karl Wittfogel en “El despotismo oriental” (Minuit 1964). Esta obra, que hizo cierto ruido al momento de su aparición, intentó dar cuenta de la particularidad del Estado estalinista a partir del análisis del despotismo oriental. Mostrando, entre otras cosas -contra la tradición trotskista y la ortodoxia marxista dominante- que habían existido en el pasado clases dominantes directamente estructuradas por la función ocupada en el Estado. Volvamos al problema a propósito del Estado estalinista. Pero, en lo que concierne a la categoría de “despotismo oriental”, podemos retomar la apreciación de Perry Anderson: el método de análisis que agrupa bajo la misma categoría a sociedades tan diferentes como la de Rusia, el Egipto de los mamelucos, el Perú, la Roma Imperial, etc., se revela como un “vulgar palabrerío” sostenido por un “vulgar heredero de Spencer”16.

Las formulaciones son lapidarias, sin embargo, en un muy interesante prefacio publicado con la primera edición francesa de la obra de Karl Wittfogel, Pierre Vidal-Naquet hacía ya remarcar que la categoría era demasiado abarcativa17. Aquí, se podría entrar más en detalle sobre las discusiones que atravesaban al movimiento obrero ruso en lo concerniente al carácter “asiático” (la caracterización es discutible) del Estado zarista. Ellas enfatizaban en el lugar particular ocupado por el Estado en ese país que, sin ninguna duda, permite aclarar ciertos problemas a los que se enfrentó la Revolución de Octubre y comprender algunos aspectos del Estado estalinista. Pierre Vidal-Naquet -siempre en su prefacio- hizo una presentación muy pertinente al respecto.

En particular, recordando como, en el joven Trotsky (que retoma ciertos análisis de Plejanov) se articula con sus polémicas con Lenin y la critica del “sustituismo” y del jacobinismo de los bolcheviques. En un texto como “1905” o “Resultados y perspectivas” (Minuit 1969), él marca la diferencia entre el absolutismo ruso con el de otros países, insistiendo sobre su carácter “asiático”. El Estado aparece entonces no solamente como un todopoderoso, sino como jugando un rol un clave en el desarrollo económico (“toda la economía rusa es una creación artificial del Estado”), frente a una sociedad civil incapaz de tener autonomía y de desarrollarse. La intelligentsia, nacida de las necesidades del Estado se vuelve contra esta en el cuadro de lo que Trotsky llama el sustituismo: las diferentes fracciones de la intelligentsia substituyen (desde el punto de vista de la acción política y de la ideología) a las diferentes clases poco desarrolladas. La tendencia al “jacobinismo” de los bolcheviques se inscribe, por lo tanto, dentro de ese fenómeno más basto característico de la sociedad rusa.

Es sistematizando ese tipo de análisis quelas corrientes mencheviques y “consejistas”- que, por otra parte, no todas cuestionaban Octubre del 17 y la toma del poder- van a producir la teoría sin dudas de las más coherentes sobre la URSS como capitalismo de Estado, al estar articulada a una historia de las particularidades de Rusia, tanto desde el punto de vista “interno” como desde su inserción en el capitalismo mundial. Según estas, el partido bolchevique, es el representante de una intelligentsia radicalizada en busca de apoyos en el seno de la clase obrera (pero también del campesinado) sustituyó, vía el Estado emergido de la revolución, a la burguesía para realizar la acumulación primitiva.

Por su parte, después de Octubre del 17, Trotsky volverá sobre el tema publicando en 1922 un estudio sobre “las particularidades del desarrollo histórico en Rusia” que reproducirá como anexo de su Historia de la Revolución Rusa (1934) integrando esos elementos en el primer capitulo del libro. A través de sus consideraciones sobre el desarrollo de las ciudades europeas y rusas desde la época medieval, de la debilidad de las clases dominantes y el lugar del Estado, del clero reducido al funcionariado, encontramos los temas de sus textos de juventud. Su preocupación esencial es ilustrar la ley del “desarrollo desigual y combinado” permitiendo comprender la dinámica proletaria de la Revolución Rusa. Pero, él señala igualmente el peso de la herencia del Antiguo Régimen sobre esta última.

Sobre la categoría de Estado obrero deformado

Volvamos a los análisis de la “Revolución traicionada” y de la categoría de Estado obrero deformado. Cuando, en los años 1920, Lenin habla del Estado soviético como un Estado obrero deformado burocráticamente, el termino obrero reenvía empíricamente a muchos elementos (expropiación de la burguesía, estatización de los medios de producción, sistema soviético, carácter revolucionario del partido bolchevique, etc.) que permitían globalmente decir que, a pesar de su deformación burocrática, ese Estado es aun una herramienta en la lucha proletaria para su emancipación.

Por el contrario, luego de la contrarrevolución estalinista, ese Estado no es obrero ni en el plano político (partido y aparato de Estado), ni en el plano de las relaciones de producción. A menos que hubiese operado un cambio afirmando la estatización de los medios de producción -cuya existencia Trotsky defiende justamente- que implicara que esas relaciones sean obreras, en el sentido en que defendían, aunque de manera mediatizada, los intereses históricos de esta clase; por lo tanto, también lo hacía el Estado. Esta cuestión se desarrolla en “En defensa del Marxismo” (EDI 1976). Podríamos multiplicar las citas que muestran que, por otra parte, Trotsky intuye bien que, teniendo en cuenta la estatización de los medios de producción, la burocracia estalinista tiene características inéditas y demasiado particulares. Pero, de conjunto la tonalidad de la obra es dogmática, ya que se presenta como una defensa e ilustración de conceptos elementales (Estado, clase social, etc.) del marxismo que funcionan de manera suprahistórica y no son especificados en función de la formación social estudiada.

Uno de los argumentos de Trotsky -luego a menudo retomados por Ernest Mandel- que se tornan decisivos consiste en explicar que, en la caracterización de Estado obrero deformado se juega de hecho la teoría marxista del Estado. No existe Estado por encima de las clases, un Estado defiende siempre los intereses históricos de una clase determinada, aun si ese Estado puede tomar distintas formas políticas. Así: “La naturaleza del Estado se define, no por sus formas políticas, sino por su contenido, es decir, por el carácter de las formas de propiedad y las relaciones de producción del Estado en cuestión. (…) La dominación de la socialdemocracia en el Estado y en los soviets (en Alemania en 1918-1919) no tenía nada en común con la dictadura del proletariado en la medida en que ella deja intacta la propiedad burguesa. Por el contrario, un régimen que preserva la propiedad expropiada y nacionalizada contra el imperialismo es, independientemente de sus formas políticas, una dictadura del proletariado” (p.88, 89)

Esta vuelta a la ortodoxia marxista parece incontestable. Esta esuna referencia a la llamada infraestructura económica, a las relaciones de producción que permite caracterizar un Estado, más allá de sus formas políticas. Aun si pudiera haber un desfase importante entre la clase dominante y el Estado que, en ultimo análisis, defiende los intereses de una clase determinada y de esta última. El abordaje ilustra bien la lógica de una argumentación que hace funcionar de forma abstracta categorías de análisis olvidando lo que son las características de una formación social del periodo de transición del capitalismo al socialismo (a la que llamaremos sociedad post-capitalista) que no es asimilable a una formación social estructurada por el modo de producción capitalista.

Es en nombre de esta misma ortodoxia que Ernest Mandel rechaza de plano toda reflexión sobre la burocracia como forma social particular y sobre la especificidad histórica de las formas de dominación del Estado estalinista como Estado burocrático:

“La fórmula “Estado burocrático” no tiene sentido. ¡El Estado es “burocrático” por definición! Este representa aparatos separados de la sociedad. Todo depende de la naturaleza de clase del Estado y, por lo tanto, de la burocracia. Hay burocracias despóticas (aquellas presentes en el modo de producción asiático), burocracias esclavistas, burocracias feudales y semi-feudales (estas últimas presentes en las monarquías absolutas), burocracias burguesas, burocracias obreras. Resulta aquí, que la burocracia soviética es todavía una burocracia obrera”18.

Este tipo de discurso suprahistórico sobre la naturaleza de clase de toda burocracia o el tipo de analogía establecida más arriba en la cita de Trotsky sobre las variaciones de las formas de Estado capitalista y del Estado de transición suprime la especificidad de las formaciones sociales que se construyeron en el periodo de transición al socialismo que no podemos, por otra parte, comparar con otros periodos de transición; por ejemplo, el del feudalismo al capitalismo. No solamente una sociedad post-capitalista se estructura a partir de relaciones de producción no estabilizadas, pero la dinámica de su evolución está, en última instancia, ligada a la política desarrollada por el Estado. En efecto, como lo recuerda Charles Post, “el socialismo es la primera forma de sociedad basada en la planificación consciente y deliberada del del desarrollo económico”; en consecuencia, ese tipo de analogía “tiende a oscurecer la diferencia especifica de la transición al socialismo”19.

El Estado no es una simple “superestructura”

El Estado ocupa un lugar particular en las sociedades post-capitalistas. Ellas están estructuradas por relaciones de producción con una lógica contradictoria, sin embargo, lo que hace a su diferencia especifica con las relaciones de producción capitalista -lo que las caracteriza- reside en la estatización de los principales medios de producción y sus efectos: la planificación y supresión de la dominación de las relacionesmercantiles. Y esta diferencia tiene una consecuencia decisiva sobre la forma de estructuración objetiva de esas sociedades que marcan, también, sus diferencias especificas con las sociedades capitalistas. Mientras que en estas es “la economía” la dominante, en aquellas, este rol recae en las relaciones políticas tal como están estructuradas en esas formaciones sociales, es decir, en el Estado. Lo que, a fin de cuentas, es consecuencia de las relaciones de producción que las caracterizan. Aunque, el Estado no puede pasar por encima de ciertas limitaciones que impone la economía, los movimientos de esta última dependen de un plan, es decir de una política de Estado (que este sea opaco, o no esté sometido a control alguno, es otro problema).

Mas allá de esta observación empírica, esta característica tiene consecuencias sobre la forma en la que se deben articular las categorías de análisis en función de la especificidad de la formación social dada. Afirmar en ese caso que el Estado es una simple “superestructura” con relación a lo que sería “la infraestructura” representada por las relaciones de producción no tiene sentido, porque es, justamente el lugar ocupado por el Estado en las relaciones económicas lo que hace a la especificidad de esas relaciones de producción. Al contrario, el Estado es un elemento decisivo de dicha infraestructura y, de sus formas de estructuración.

Es en este marco que hay que discutir el devenir de la burocracia como, justamente, capa social generada por el aparato del Estado. Para describir el mecanismo general de ese movimiento de burocratización, nos podemos remitir a un texto escrito en 1928 por Rakovsky, miembro de la Oposición de Izquierda. “Cuando una clase social toma el poder, uno de sus partes deviene en el agente de ese poder. Así surgió la burocracia. En un Estado socialista, donde la acumulación capitalista está prohibida por los miembros del partido dirigente, esta diferenciación comienza por ser funcional; luego esta deviene en una diferencia social”20. El interés del abordaje es, teniendo en cuenta que estas son las condiciones en que se erige el proletariado como clase dominante, poner el acento sobre los mecanismos específicos de ejercicio del poder político, en baseal lugar ocupado por el Estado en el periodo de transición.

La burocracia no es una capa social preconstituida que, en un momento, se habría apoderado del poder del Estado. Al contrario, como capa social particular, ella es el producto del aparato del Estado ya que, para retomar las formulaciones de Trotsky, el “burocratismo”, como “sistema de administración de los hombres y de las cosas” es la forma de existencia de ese aparato. Las características de la burocracia están, por lo tanto, ligadas a las características estructurales del Estado de la transición. Para dar cuenta de esto último, no podemos remitirnos solo a las formas de distribución del producto social excedente, hay que, igualmente, remitirnos a los efectos del despotismo de fábrica (es el nombre que, bueno o malo, nos ha legado Marx en “El Capital”). Es decir, a una forma históricamente nueva de poder “inventada” por el capitalismo, concomitante con la separación del productor directo de los medios de producción, de la emergencia del “obrero colectivo” y de su organización bajo el yugo del capital.

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En las sociedades post-capitalistas, la estatización de los medios de producción no hizo emerger (de menara durable) formas de socialización democrática de ese obrero colectivo y ha reproducido formas de poder, sino idénticas, al menos similares a aquellas que Marx caracterizó como despotismo de fábrica y que son un elemento decisivo de la producción/reproducción de las formas estatales. Formas estatales, reiteramos, que juegan un rol central en la estructuración de las relaciones de producción.

Si estas son las características del Estado obrero de la transición, esta claro que la expropiación política del proletariado que realizó la contrarrevolución estalinista inicia una dinámica de cristalización social de la burocracia, como capa específica, mucho más profunda de lo que ha sido descrito por Trotsky. En una sociedad post-capitalista, la organización de la producción y la apropiación del producto social excedente se realiza a través del Estado, tal como lo hemos definido. Si el proletariado pierde toda forma de control (aunque sea mediatizada) sobre ese Estado, ocurre lo mismo con respecto al control del producto social excedente.

Burocracia, clase obrera y relación de explotación

En la tradición marxista, por explotación hay que entender una forma históricamente dada de control del producto social excedente. Es esta la dinámica que se pone en marcha luego de la expropiación política del proletariado. No se trata de explicar que, de un momento a otro, aparece, como por milagro, un nuevo grupo social dotado de todos los atributos de una clase explotadora. Se trata simplemente de señalar que las relaciones entre la clase obrera y el Estado burocrático se inscriben en una dinámica distinta a través de la cual son realmente relaciones de explotación las que comienzan a cristalizarse.

Por el contrario, Trotsky, esto es claro en “En defensa del marxismo”, razona a partir del que es el modelo de la clase dominante en el modo de producción capitalista: es solamente en las relaciones económicas, en la llamada infraestructura donde puede emerger una clase social que debe apoyarse sobre una forma de propiedad directamente “económica” (en la práctica, una relación de “posesión” de los medios de producción es pensada solo en base a la forma de la propiedad privada en el sentido moderno del término). El Estado es una simple superestructura. Ciertamente, esto puede generar cierta estratificación social, pero las grandes divisiones sociales que atraviesan a la sociedad tienen sus raíces en otra parte. Entonces se excluye que una clase social que cobra existencia por la medicación del Estado pueda generar una relación de explotación.

Aquí, habría que entrar más en detalle en la discusión de las teorías de “la nueva clase explotadora”. En “En defensa del marxismo”, Trotsky discute esencialmente los análisis hechos sobre la burocracia como una nueva clase explotadora en una sociedad que, si no es “obrera”, tampoco es capitalista, pero que se inscribe en una evolución general de dos sistemas rumbo a un modo de producción dominado por la capa de los “directores”, cuyo rol decisivo no esta determinado por las relaciones de propiedad. Este es un tema que va a desarrollar, luego de su ruptura con la IV Internacional, James Burhnam en “TheManagerialRevolution”, un libro llamado a tener un importante impacto, pero, que no es más que un plagio de “La burocratización del mundo” de Bruno Rizzi21.

No se trata aquí de una simple discusión sobre el lugar del Estado en el periodo de transición. Y, por otro lado, con respecto a este ángulo, hacer referencia como hace Trotsky a los elementos más clásicos de la definición de una clase social (en particular de las formas estabilizadas de propiedad de los medios de producción) tenía un sentido. Ya que lo que se jugaba era, de hecho, saber si se asistía a la emergencia de un nuevo modo de producción, en sentido pleno, y no de una apreciación de las formas de degeneración de un Estado de transición.

Después de la Segunda Guerra Mundial, esta temática de la convergencia del Este y el Oeste en una dinámica de superación del capitalismo clásico ha sido, bajo formas diversas, recurrente; para la “derecha” como para la “izquierda”. Esta estaba ligada a un cierto análisis -dominante en esa época- del capitalismo que, gracias al desarrollo de la intervención del Estado, el plan, etc., habría encontrado formas de regulación que le permitían controlar al mercado, incluso de marginarlo. Es así como razona Cornelius Castoriadis en 1972 (cerca de dos años antes de la inversión de la segunda onda larga en 1974) para explicar que el capitalismo en el Oeste ya no se rige por las mismas leyes que el capitalismo clásico y tiende, por lo tanto, a converger con lo que él llama el “capitalismo burocrático” de los países del Este22.

En la misma época Ernest Mandel era no solamente capaz de dar cuenta, cuestionando a cierto dogmatismo marxista, de la evolución de un “capitalismo tardío”, sino de prever la inversión de esa tendencia. Y es con las mismas herramientas conceptuales que criticaba con pertinencia a los que consideraban la URRS en una variante del capitalismo. Está claro que, más allá de cuales sean las discusiones sobre la noción de Estado obrero deformado, no podemos sacar un balance equilibrado de los análisis de la época sin tomar en cuenta el conjunto de elementos de los cuales venimos de hablar.

Hay que decir que, esta capacidad de análisis de la dinámica del capitalismo contrastaba con la apreciación que Ernest Mandel tenía sobre la URSS. En 1977, él hablaba de la propiedad de Estado existente en ese país como de una “forma de propiedad social”, explicando “que sobre la superioridad de este último aspecto de la economía soviética no cabe duda, al menos desde el punto de vista de una visión a largo plazo”. Y, él agregaba que la burocracia seguía siendo una simple capa privilegiada de la clase obrera ya que, a pesar de sus privilegios, ella participaba “exclusivamente en la distribución de la renta nacional como una función de remuneración de la fuerza de trabajo”23.

Aquí aparecen claramente los efectos del ocultamiento de una problemática del análisis que excluye -a priori, podríamos decir- que, sobre la base de la propiedad estatal de los medios de producción, la burocracia de un Estado de transición puede desarrollar relaciones de explotación con la clase obrera. No solamente, repitámoslo, para devenir de la noche a la mañana y estar dotada de todos los atributos clásicos de una clase, sino para transformarse cada vez más en una proto-clase, no teniendo nada que ver con la clase obrera. En un artículo que posterior, yo vuelvo más extensamente sobre los análisis de Ernest Mandel en lo concerniente a la URSS. Se vera que estos no son una simple continuación de los de Trotsky. A estos se suman una teorización propia sobre la naturaleza de las relaciones de producción soviéticas.

A modo de conclusión

No iré más allá con mis señalamientos. El articulo no tenía por objeto volver sobre el conjunto de los elementos de análisis a través de los cuales Trotsky intenta dar cuenta del estalinismo como fenómeno histórico especifico. Se trataba de trabajar un aspecto particular de la cuestión a fin de señalar que ciertos limites en el abordaje de Trotsky se remiten directamente a lo que es sin dudas una de las principales debilidades de la tradición marxista: el análisis del Estado. Y, más en particular, de esa institución inédita que es el Estado moderno.

Que esta debilidad encuentra sus raíces en Marx, esto va de suyo. Si, por ejemplo, yo hablé del olvido de los análisis sobre el despotismo de fábrica esto no significa que basta con releer los textos de Marx para develaruna verdad oculta por la tradición marxista y hallar respuestas cuasi resueltaspara problemas que, de todas formas, estaban fueradel horizonte teórico de Marx. Por el contrario, lejos de todo dogmatismo, me parece importante mostrar que es posible trabajar sobre estos problemas a partir de Marx.  Bajo este ángulo, además, sería interesante continuar profundizando estos señalamientos para mostrar cómo, después de la Segunda Guerra Mundial, las corrientes que emprendieron una critica a Trotsky mientras mantenían al mismo tiempo -al menos en un primer momento- referencias a Marx, lo hicieron a partir de un “marxismo” muy atravesado por la época.

Así, Cornelius Castoriadis resume bien una de las preocupaciones de Socialismo o Barbarie: “La burocratización, como proceso dominante de la vida moderna, había encontrado su modelo en la organización de la producción específicamente capitalista (…), pero desde ahí esta se impregnaba en el conjunto de la vida social”. Sin embargo, cuando de lo que se trataba era de saber en que medida puede ser útil para dar cuenta del fenómeno, el autor explica que, en lo concerniente al análisis de la producción, “Marx había partido de los postulados últimos del capitalismo: su denuncia de los aspectos monstruosos de la fábrica capitalista se ceñían a un aspecto externo y moral, centrada en la técnica capitalista, él veía la racionalidad misma que imponía ineluctablemente una y solo una organización de la misma, esta también, por lo tanto, de un extremo a otro racional”24. Concebimos que,a partir de tal lectura de Marx, no podría más que desprenderse de ella para dar arribar a un análisis que da cuenta de “la burocratización como proceso dominante de la vida moderna”.

En lo que concierne a los análisis de Trotsky, no he opuesto a la teoría del Estado obrero deformado un análisis de la burocracia estalinista como grupo social dotado, desde su nacimiento, del conjunto de los atributos clásicos de una nueva clase explotadora. He simplemente subrayado que esta caracterización -y, sobre todo, el análisis de las contradicciones que atravesaban al Estado de la transición que les daba sustento- no permitía comprender la dinámica abierta por ese proceso de degeneración a través del cual la burocracia perdió poco a poco su carácter “obrero” para transformarse en una proto-clase.

Mantener, hoy, una discusión para intentar periodizar ese proceso no tiene gran sentido. Sabemos que Trotsky no contemplaba que el Estado estalinista pueda perdurar en el tiempo, aunque lo hará después de la Segunda Guerra Mundial. Es seguramente a partir de este periodo que los efectos de la inadecuación de la teoría del Estado obrero deformado se harán sentir ya que, en política el tiempo no es neutral.

Esta permanencia en el tiempo no podía más que reforzar la dinámica degenerativa señalada más arriba. Más aun cuando, en la misma época, se planteaban los problemas de las relaciones de la URSS con diversas revoluciones (china, yugoslava, vietnamita, cubana) y el nacimiento de nuevos Estados obreros. Si los comparamos con aquellos legados por los partidarios del capitalismo de Estado o- peor- con aquellos forjados en la época de los partidarios de la “nueva clase explotadora” que, muy a menudo, para abordar esas nuevas revoluciones razonaban esencialmente en términos de expansionismo soviético, las herramientas de análisis del estalinismo elaboradas por Trotsky resultaron mucho más funcionales. Ese al menos es mi parecer. Sin dudas porque, más allá de la categoría de Estado obrero deformado, Trotsky -como ya lo señalé al comienzo de este articulo- tenía un abordaje esencialmente político del estalinismo. Él analiza la URSS como una sociedad que comenzó un proceso de ruptura con el capitalismo, donde las relaciones capitalistas fueron desestructuradas y, en la cual el futuro se jugaba a partir de la evolución de las relaciones de fuerzas internacionales. No existe en absoluto una “infraestructura socialista” ni, por otra parte, estrictamente capitalista.

Es justamente la ausencia de relaciones de producción estabilizadas lo que permite comprender la hipertrofia de un Estado que controlaba la economía, cuya función era la de organizar a la burocracia contra el proletariado. Todo, tratando de mantener el estatus quo internacional (una forma de equilibrio de las relaciones de fuerza a nivel internacional) que es la condición de su existencia; esto contra los cuestionamientos que venían del imperialismo, pero, igualmente de las nuevas direcciones revolucionarias que cuestionaban, de hecho, una de las raíces de su poder: su pretensión de ser la “inteligencia universal” del proletariado.

Este abordaje guardó gran parte de su funcionalidad después de la Segunda Guerra Mundial. Es en todo caso lo que permite comprender la calidad desigual de los análisis de Trotsky sobre la política de Stalin antes de esta guerra. He dicho que es a partir de una recaída en la ortodoxia marxista a través de la cual Trotsky sustenta su caracterización en “En defensa del marxismo” Por el contrario, en “La Revolución traicionada” no evita el dogmatismo. Por el contrario, en “La Revolución Traicionada”, como en muchos de sus textos sobre la política de la URSS estalinista, él elude el mecanismo que aun dominaba en el marxismo -y lo dominará por mucho tiempo aun- en provecho de un método de análisis en el cual Merleau-Ponty veía un ejemplo de “dialéctica en acción”25.

Referencias:

  1. Korsch, Mattick, Pannnekoek, Tühle, Wagner, La Contre-révolutionbureaucratique, 10-18 1973 p. 61.
  2. Claude Lefort, La Complication, Fayard 1999 p. 162. El artículo de 1956 se reprodujoen Élémentsd’une critique de la bureaucratie, TElGallimard 1979.
  3. Jacques Sapir, lettreadresséeà Critique communiste de janvier 1992.
  4. Claude Lefort, L’inventiondémocratique, Fayard 1981 p. 167.
  5. Cornelius Castoriadis, La sociétébureaucratique 1, 10/18, 1973. El libro es un compendio de artículos publicados enSocialisme et Barbarie, con el agregado de un prefacioescrito en 1972.
  6. Raya Dunayevskaya (antigua secretaria de Trotsky, en 1937 y 1938 en Méxicorompióconél antes de la segunda guerra mundial), hizo del desarrollo de los planes quinqueneles un elemento clave de la cristalización de la burocraciastalinista, en referencia explícita a los análisis de Marx sobre el despotismo de la fábrica; cosa rarapara la época. Lo que, según ella, estaba en juego no era solamente unacuestión de normas burguesas de distribución, como lo creía Trotsky, “se trataba de un método burgués de producción” que va a conducira la instauración de un capitalismo de Estado. Marxisme et liberté, Champ Libre 1971 p. 236 y las siguientes. Primeraedición americana 1958.
  7. Lenin, L’État et la révolution, Oeuvres t. 25 p. 251.
  8. Entre las dos guerras mundiales, las corrientes que se reclamaban del “comunismo de los consejos” son los únicosen señalar sistemáticamenteeste aspecto de las cosas. Así las “tesis sobre el bolchevismo”, escritas en 1934, explican que Lenin, retomando las tesis de Hilferding, considera como ya socializadas las fuerzas productivas desarrolladas por la gran industria En consecuencia, “sobre el problema de la socialización, él no ve más que los aspectos técnicos y no los aspectos ligados al proletariadoy sociales”. La Contre-révolutionbureaucratique, op. cit. p. 44.
  9. Pasukanis, La Théoriegénérale du droit et le marxisme, EDI 197; Préobajensky, La Nouvelleéconomique, EDI 1965.
  10. Trotsky “L’économiesoviétique en danger. Au seuil du plan quinquennal”, Écrits, Rivière 1935, p. 125.
  11. Marx, Le Capital, III.3 p.256.
  12. Ver mi artículo “Étatouvrier et bureaucratie”, Critique communisten°xx et Marx,L’État et la politique, Syllepse 1999.
  13. Marx, Le Capital, I.2 p. 105
  14. Aquí, se hace referencia a una formulación de Louis XIV, él escribió: ““El Estado” soy yo es casi una formula liberal en comparación con las realidades del régimen totalitario de Stalin (que) abarca la economía entera del país. A diferencia del Rey Sol, Stalin bien podría haber dicho: “La sociedad soy yo” (Stalin, UGE1979 t.2 p.338). Mientras que el Antiguo Régimen está estructurado por formas sociopolíticas (comunitarias) de poder que Marx caracterizó bien: “La antigua sociedad civil tenía directamente un carácter político, esdecir, que los elementos de la vida civil tales como la propiedad o la familia, o lasformas de trabajo, eran promovidas, bajo la formaseñorial, por las órdenes ylas corporaciones, elementos de la vidadelEstado. Ellos determinaban, bajo esta forma, la relación particular delindividuocon el Estado, esdecir su relación política”. (La QuestionJuive, Pléiade t. 3 p. 370).

15.Daniel Bensaïd, La discordance des temps, Ediciones de la Passion 1995 p. 120. Sin embargo, en referenciaa la obra de Wittfogel, Claude Lefort, en La Complication (op cit.), señala, a título justo, el carácter moderno del “totalitarismoestalinista”. En consecuencia, no se puede hablar “de un proto-totalitarismoen los tiempos delzarismo”, aun cuando se pueda “detectar una formación social despótico-burocrática sobre la cual serespaldó el régimen comunista” (p. 167).

16.Perry Anderson, L’Etatabsolutiste, 1978 t. 2 p. El autor hace una buena síntesis de la historia de la categoría de modo de producción asiáticoy muestra, de forma convincente que (más allá de cuál sea, por otra parte, el interés de las preocupaciones de Marx y de Engels) el concepto no esoperativo para tratar a las diferentes sociedades involucradas, teniendo en cuentalos conocimientos actuales sobre estasúltimas.

17.Antiguo miembro del partido comunista alemán (fue en estaépoca que él comenzó sus trabajos sobre el despotismo asiático) exiliado en losEE. UUy devenido un “anticomunista” militante, Karl Wittfogel, a quien no le gustabael prefacio, demanda que la edición seadestruida… Ellase reprodujo, acompañada de muchas explicaciones, en Pierre Vidal-Naquet, La démocratiegrecquevued’ailleurs, Flammarion 1990. El autor jamás se dijo “marxista”, por elloresulta aún más desagradable que muchos de quienes, en su época, se decían tales, no tuvieran – al respecto – su culturay su inteligencia.

18.Ernest Mandel, “Bureaucratie et productionmarchande : les bases théoriques de l’interprétationmarxistes”, Quatrièmeinternationale abril 1987 p. 87.

19.Charles Post, “Ernest Mandel et la théoriemarxiste de la bureaucratie”, Le marxismed’Ernest Mandel, bajo la dirección de Gilbert Achar Puf 1999, p. 124.

20.Rakosvsky, “Les dangersprofessionnels du pouvoir”, De la bureaucratie (compilado de textos), Maspéro, 1971 p. 119.

21.James Burhnam, L’Ere des organisateurs, Calmann-Lévy, 1947. Bruno Rizzi, La Bureaucratisation du monde, Champs Libre 1976.

22.Cornelius Castoriadis, La sociétébureaucratique, op. cit.

23.Ernest Mandel, “Sur la nature de l’URSS”, Critique communiste oct/nov 1977.

24.Cornelius Castoriadis, La Sociétébureaucratique 1, op. cit. p. 40 et 35.

25.Maurice Merleau Ponty, Les aventures de la dialectique, Gallimard 1955.

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