Izquierda internacional

Brasil: la contradicción de la candidatura del PCBR por el PSOL y los límites de la “viabilidad” electoral

La participación parlamentaria de los marxistas revolucionarios solo puede tener un carácter progresivo cuando está subordinada a una estrategia de independencia de clase. Cuando la viabilidad electoral pasa a justificar mediaciones con partidos integrados al orden, la táctica deja de servir a la estrategia y pasa a redefinirla, convirtiendo al parlamento de instrumento auxiliar en eje político y educando para la adaptación institucional. Artículo aparecido en Esquerda Web. Traducción: Víctor Artavia.

El debate sobre la intervención de los marxistas revolucionarios en las elecciones burguesas volvió a ganar centralidad ante la combinación de la profundización de la crisis capitalista, de la ofensiva autoritaria a escala internacional y de los intentos de recomposición del orden político mediante regímenes de conciliación de clases. En una etapa marcada por crisis simultáneas y superpuestas, difíciles de administrar —como la geopolítica, la económica, la ecológica, la migratoria, etc.—, por la creciente inestabilidad de los centros políticos de la democracia burguesa y por el fortalecimiento de fuerzas ultrarreaccionarias, la discusión sobre estrategia, parlamentarismo e independencia de clase vuelve a plantear cuestiones de fondo del marxismo revolucionario para las generaciones actuales y futuras.

Es en este contexto que, recientemente, el Partido Comunista Brasileño Revolucionario (PCBR) publicó la “Nota Política – La posición del PCBR en las elecciones burguesas de 2026”, en la que presenta su caracterización del régimen político brasileño, del gobierno Lula-Alckmin y de la táctica electoral que pretende adoptar en el próximo período. En el centro de esta posición está la decisión de lanzar la candidatura de Jones Manoel a la Cámara de Diputados a través de la llamada “afiliación democrática” al PSOL, presentada como una solución táctica excepcional frente a las restricciones impuestas por la democracia burguesa. El argumento central movilizado es el de la viabilidad electoral: existiría una “oportunidad histórica para que los trabajadores impongan, a la fuerza al gran capital, un diputado federal comunista”, que no debería ser desperdiciada, so pena de abdicar de la posibilidad de transformar el parlamento en una tribuna revolucionaria.

Esa justificación, sin embargo, no resiste un análisis marxista consecuente. Lo que se presenta como táctica se revela, en realidad, como un desvío tacticista que invierte la relación fundamental entre estrategia y táctica, sustituyendo principios innegociables por cálculos coyunturales posibilistas. En nombre de la viabilidad, se sacrifica precisamente aquello que debería orientar toda política revolucionaria: la independencia de clase.

No se trata de discutir si los comunistas deben o no participar en las elecciones burguesas, porque esa cuestión fue resuelta hace más de un siglo en el seno del marxismo revolucionario. El problema es otro y más profundo: con qué método estratégico se interviene en el terreno parlamentario en una etapa histórica marcada por una situación de policrisis, por la ofensiva autoritaria y por el imperio mundial de la democracia burguesa.

I- Estrategia, táctica y el tacticismo como inversión del método

En el marxismo revolucionario, la táctica no es un expediente neutro, adaptable a cualquier circunstancia. Solo tiene sentido cuando está subordinada a una estrategia, es decir, a un sistema coherente de acciones orientadas a la conquista del poder por parte de la clase trabajadora. Cuando la táctica pasa a dictar la estrategia, el resultado no es flexibilidad, sino oportunismo.

Roberto Sáenz, en Cuestiones de estrategia[1], insiste en que la estrategia funciona como una estrella polar: es ella la que confiere sentido histórico a las batallas parciales, a las maniobras y a las iniciativas inmediatas. Fuera de esa orientación, la política deja de responder al problema del poder y pasa a responder a los criterios internos del régimen burgués.

La “viabilidad electoral” es precisamente uno de esos criterios. Mide la adaptación de una iniciativa a las reglas del juego democrático-burgués. Elevarla a principio orientador de la política revolucionaria significa aceptar que los límites del régimen sean también los límites de la estrategia socialista. Se trata de una inversión metodológica clásica, históricamente asociada al oportunismo posibilista, a la adaptación institucional y a la degeneración política.

II- El imperio mundial de la democracia burguesa en la era de la combustión

El concepto de imperio mundial de la democracia burguesa, desarrollado por Roberto Sáenz, es central para comprender los peligros específicos del parlamentarismo en la etapa actual. No designa una fase de estabilidad liberal ni de consenso democrático, sino una forma histórica de dominación capitalista capaz de sobrevivir a la crisis, a la barbarie y a la violencia extralegal.

Vivimos una etapa inédita de crisis simultáneas: crisis económica prolongada, crisis ecológica irreversible en los marcos del capital, crisis geopolítica y crisis de hegemonía del imperialismo occidental. El orden internacional de la posguerra ha terminado, y ninguna nueva orden está estabilizada. En este contexto, la geopolítica —es decir, la relación de fuerzas entre Estados en un sistema desequilibrado— pasa a desempeñar un papel central.

Las guerras coloniales, la expoliación territorial, la militarización y la violencia discrecional dejan de ser excepciones. Gaza es el ejemplo extremo: un genocidio llevado a cabo por un Estado formalmente democrático, con el apoyo explícito de las principales potencias de Occidente. La democracia burguesa no se opone a la barbarie; la administra.

En el plano interno, esto se traduce en una democracia plástica, capaz de incorporar elementos bonapartistas y autoritarios sin romper formalmente con la legalidad. Los derechos democráticos se preservan solo mientras funcionan como mecanismos eficaces de contención de la lucha de clases. Cuando dejan de cumplir esa función, son relativizados o suspendidos.

En este escenario, el parlamento se convierte en un dique político: un espacio capaz de absorber el descontento social, canalizar las rebeliones hacia la institucionalidad e impedir que las crisis sociales se transformen automáticamente en crisis de poder. Por eso, puede haber crecimiento electoral de la izquierda sin ningún avance estratégico de la clase trabajadora. Esta disociación vuelve la experiencia parlamentaria más peligrosa que en otras etapas históricas.

III. La necesidad y el peligro de la experiencia parlamentaria

Sería un error infantil y sectario negarse, por principio, a pasar por la experiencia parlamentaria. Las organizaciones revolucionarias que se abstienen sistemáticamente de la disputa electoral tienden al aislamiento político, a la irrelevancia social y a la marginalidad, perdiendo la capacidad de dialogar con sectores más amplios de la clase trabajadora. La conquista de mandatos puede, en determinadas condiciones, sacar a una corriente revolucionaria de la invisibilidad, ampliar su audiencia pública y crear nuevos puntos de apoyo para la propaganda socialista y la denuncia del Estado burgués.

Además, la herramienta parlamentaria —que no es más que un frente auxiliar en la lucha de los socialistas revolucionarios— sirve para educar a la clase trabajadora a confiar exclusivamente en su propia fuerza organizada de manera independiente, al exponer, desde dentro de la cueva de los bandidos (el parlamento), la farsa de la democracia burguesa. En este sentido, Rosa Luxemburgo subraya que hablar en el parlamento es, por naturaleza, hablar por la ventana, con el objetivo de fortalecer el movimiento extraparlamentario de los explotados y oprimidos[2].

Pero es precisamente por eso que el problema debe ser tratado con la máxima seriedad estratégica. La experiencia parlamentaria es, al mismo tiempo, necesaria y peligrosa. Históricamente, ha constituido uno de los principales vectores de adaptación de las organizaciones socialistas al orden burgués. El peligro no reside en la participación electoral en sí, sino en la dinámica objetiva que el parlamentarismo impone cuando deja de estar subordinado a una estrategia revolucionaria consciente.

Nuevamente, Rosa Luxemburgo fue particularmente precisa al identificar este mecanismo[3]. La obtención de algunos parlamentarios tiende a generar una lógica acumulativa propia: se desean más mandatos, más votos, más espacios institucionales, creando la sensación de que el crecimiento parlamentario, por sí solo, produciría una evolución progresiva del partido y de las condiciones de lucha. El parlamento pasa entonces a aparecer como la expresión de totalización de la política, como si en él se concentraran las fuerzas decisivas de la historia, ocultando el hecho fundamental de que las palancas materiales de la lucha de clases están fuera de las instituciones, en la acción directa de las clases sociales.

Es en este punto donde Rosa denuncia el cretinismo parlamentario: la ilusión —funcional a la burguesía, sobre todo cuando ya está en el poder— de que el parlamento sería el eje central de la vida social y el motor real de la historia. Tal ilusión conduce a la incapacidad de ver más allá del “parloteo de algunos cientos de parlamentarios”, desviando la mirada de las fuerzas profundas que operan fuera de la legalidad institucional y que efectivamente determinan el rumbo del desarrollo histórico.

Esta crítica mantiene plena actualidad en la etapa del imperio mundial de la democracia burguesa. Como señala Roberto Sáenz, el parlamento contemporáneo no solo refleja la correlación de fuerzas existente, sino que actúa activamente como un mecanismo de contención preventiva de la lucha de clases, absorbiendo presiones sociales, desviando procesos de radicalización y reforzando la idea de que la política se resuelve prioritariamente en el terreno institucional. Cuanto más se autonomiza esta lógica, más tiende a erosionarse desde dentro la estrategia revolucionaria.

Por eso, el error no está en disputar elecciones ni en utilizar el parlamento como tribuna, sino en cómo hacerlo y a partir de qué mediaciones concretas. Cuando la participación electoral deja de estar subordinada a la independencia de clase, a la centralidad de la lucha extraparlamentaria y a la preparación consciente para choques mayores con el Estado burgués, deja de ser un instrumento auxiliar y se convierte en un factor de adaptación. En ese punto, la experiencia parlamentaria ya no fortalece la estrategia revolucionaria, sino que pasa a sustituirla.

IV- El PSOL como partido del orden

La contradicción central de la propuesta del PCBR reside en el instrumento elegido. El PSOL de hoy no es un terreno neutro ni un mero “dispositivo electoral” disponible para un uso circunstancial. Se trata de un partido que ha atravesado un profundo proceso de degeneración política, culminando en su integración orgánica al régimen burgués.

La entrada de Guilherme Boulos en el gobierno de Lula expresa el resultado lógico de una trayectoria marcada por la adaptación sistemática a la institucionalidad y por la aceptación de la conciliación de clases, transformando al partido en un socio minoritario del capitalismo brasileño, como ala izquierda de un gobierno liberal-social.

Cabe añadir que la caracterización del gobierno Lula-Alckmin como “social-liberal”, sostenida por los compañeros del PCBR, resulta insuficiente para captar su naturaleza política y de clase. El gobierno actual representa una inflexión hacia la derecha, directamente comprometida con la recomposición del orden burgués, el ajuste fiscal permanente y la desmovilización preventiva de la lucha de clases.

Esta naturaleza política y de clase se expresa en hechos concretos. Los sucesivos Planes Safra destinan cientos de miles de millones de reales al agronegocio empresarial, reforzando el modelo exportador-primario, concentrador, violento y destructivo. Al mismo tiempo, el gobierno defiende la ampliación de la explotación petrolera en la Margen Ecuatorial, incluso en áreas sensibles de la Amazonia, reafirmando su alineamiento con el neoextractivismo del capital energético internacional.

En el plano fiscal, el nuevo techo de gasto —el Marco Fiscal— opera como una contrarreforma permanente. Bajo su vigencia, el gobierno castiga duramente los servicios públicos como la educación y la salud para preservar exenciones al gran capital y garantizar transferencias al rentismo. Esta política se materializó en el voto de la mayoría de la bancada del PSOL, incluido Guilherme Boulos, a favor del recorte del Beneficio de Prestación Continuada (BPC), afectando a personas mayores y a personas con discapacidad en extrema pobreza, en nombre de la “responsabilidad fiscal”.

Esta lógica se completa con privatizaciones y concesiones ambientales. Proyectos asociados a la explotación maderera y a grandes emprendimientos en los ríos Tapajós, Tocantins y Madeira profundizan la expoliación de la Amazonia y el ataque a los pueblos originarios, confirmando que el lulismo no rompe con el neoliberalismo, sino que lo administra con un barniz de “responsabilidad”.

El proceso de degeneración y capitulación del PSOL no comenzó ahora. La adhesión al frente amplio Lula-Alckmin en 2022 selló la ruptura del partido con cualquier perspectiva de independencia de clase. Desde entonces, el PSOL pasó a organizar su existencia en función de la gobernabilidad, de la ocupación de cargos y del cálculo parlamentario.

De cara a 2026, sectores como Resistência defienden abiertamente un programa común con el frente amplio burgués. Como afirman: “Si se construye un Frente de Izquierda y disputa la dirección del Frente Amplio es posible ir más allá (…) [pero es necesario] aceptar la necesidad del Frente Amplio[4]”. Esta formulación sintetiza el núcleo del desvío: la independencia de clase deja de ser un principio estratégico y pasa a ser tratada como una variable contingente, subordinada a la gobernabilidad y a la aritmética electoral, nada más que eso.

Ingresar al PSOL, incluso bajo la fórmula jurídica de la “afiliación democrática”, no es solo un movimiento táctico-electoral. En el marxismo revolucionario, la táctica solo es legítima cuando está subordinada a una estrategia de independencia de clase. Cuando ocurre lo contrario, la excepción táctica pasa a dictar los límites de la estrategia. La “afiliación democrática” no suspende esa relación. Al aceptar una mediación partidaria integrada al Estado burgués, la táctica redefine el contenido estratégico, desplazando el eje de la independencia de clase hacia el terreno de lo posible institucional: el oportunismo posibilista[5].

Esta adaptación se expresa de forma particularmente nítida en la actuación de Guilherme Boulos, ya integrado al gobierno. Al defender el PLP 152/2025, Boulos legitima un proyecto patronal que crea la categoría jurídica de “trabajador plataformizado”. El proyecto rompe con la noción de subordinación del trabajo al capital, convierte el derecho laboral en una excepción y abre el camino a un proceso en cadena de degradación de las condiciones de trabajo, no solo de repartidores y conductores, sino de cualquier profesión mediada por plataformas digitales.

Al avalar el PLP 152 y apostar por un nuevo y farsesco Grupo Técnico de Trabajo (GTT) como instancia de “perfeccionamiento”, el PSOL ayuda a convertir el derecho laboral en un obstáculo a ser sorteado en nombre de la gobernabilidad. La gravedad se profundiza con la actuación del ministro de Trabajo, Luiz Marinho, integrante del GTT, quien anuló actas de infracción por trabajo análogo a la esclavitud, retirando empresas de la “Lista Sucia” y beneficiando a empleadores responsables de jornadas extenuantes y condiciones degradantes.

En este contexto, el PLP 152, el GTT y la injerencia del Ministerio de Trabajo componen un mismo engranaje de recomposición del orden burgués, basado en la flexibilización extrema de derechos, en la normalización de la superexplotación y en el blindaje político del empresariado.

Por lo tanto, es decisivo abordar esta discusión desde el punto de vista de la independencia de clase, lo que vuelve el problema verdaderamente central. No existe una candidatura “independiente” en el interior de una forma partidaria integrada al orden, pues la mediación condiciona desde su origen el sentido político de la intervención.

En términos estratégicos, la “afiliación democrática” no constituye un uso instrumental excepcional del régimen. Planes Safra multimillonarios, extractivismo, nuevo techo de gasto, recortes sociales, privatizaciones ambientales y la legalización de la superexplotación forman un mismo bloque de políticas. Ese es el contenido real del gobierno Lula-Alckmin y el lugar que ocupa el PSOL: ala izquierda de un proyecto burgués de estabilización del orden, cuya función central es desarmar políticamente a la clase trabajadora y sabotear cualquier perspectiva de independencia de clase.

V- La falsa separación entre forma y contenido

La defensa presentada por el PCBR de que sería posible preservar íntegramente su autonomía política y programática utilizando al PSOL únicamente como un medio formal se apoya en una separación antidialéctica entre forma y contenido. Se trata de una concepción que ignora uno de los presupuestos más elementales del marxismo: no existe contenido sin forma, es decir, ninguna esencia existe fuera de una forma histórica determinada.

Richard Gunn, en su trabajo sobre Hegel, sintetiza este punto con precisión al recordar que, para Hegel, “la esencia debe aparecer”[6]. Las esencias no existen por sí mismas, en un plano abstracto; para existir, necesitan necesariamente asumir una forma, un modo de existencia concreto. No se trata de un detalle filosófico, sino de un principio ontológico central de la dialéctica.

En la tradición marxista, esta formulación se radicaliza: forma y contenido no son términos independientes que luego “se relacionan”, sino momentos interdependientes de un mismo proceso histórico. La forma no es un envoltorio externo y arbitrario; es parte constitutiva del contenido. Por ello, su separación mecánica no es solo un error teórico, sino un desvío antimarxista.

Una de las expresiones clásicas de este desvío es el nominalismo: juzgar las cosas por lo que dicen ser, por la forma que adoptan discursivamente, abstrayéndose de su contenido real y de su función objetiva en el proceso social.

Esta reflexión no es abstracta. Se aplica directamente al debate en curso. El PSOL no es solo una “forma jurídica” disponible para un uso táctico. Es una forma política históricamente determinada, cuyo contenido real se fue transformando a lo largo de su trayectoria hasta asumir una función objetiva en el interior del régimen burgués. Hoy, ese contenido es innegable: se trata de un partido integrado al orden burgués y asociado a la gobernabilidad liberal-social, que opera exclusivamente dentro de los límites del régimen.

Sostener que sería posible “usar” esa forma sin absorber su contenido equivale a afirmar que una esencia puede existir sin aparecer, o que podría aparecer bajo cualquier forma sin transformarse. Es precisamente eso lo que la dialéctica niega. Forma y contenido constituyen una unidad contradictoria: la forma resulta del contenido y, al mismo tiempo, lo condiciona, delimitando su manifestación concreta e imponiendo mediaciones objetivas que no pueden ser neutralizadas ni superadas por la voluntad subjetiva o por garantías formales.

Un mandato parlamentario electo por la sigla del PSOL no habla desde un lugar abstracto. Habla desde el interior de una forma política concreta, cargada de determinaciones históricas: alianzas, compromisos, expectativas sociales, vínculos políticos y funciones dentro del régimen. Incluso si quien ocupa el mandato es honesto, combativo y consecuente, el mandato fortalece material y simbólicamente al partido que lo alberga, amplía su legitimidad social y refuerza la ilusión de que esa forma todavía podría servir como vehículo de transformación radical.

Es aquí donde la contradicción se vuelve insoluble. Para que el parlamento funcione como una verdadera tribuna de los explotados y oprimidos, no basta con la radicalidad del discurso; es necesario el lugar desde el cual se habla. La independencia de clase no es “solo” un atributo de principios: se expresa en las formas organizativas concretas. A través del PSOL, esa independencia queda negada desde el punto de partida.

Separar forma y contenido en este caso no es una abstracción inocente. Es una operación política que conduce, inevitablemente, a la adaptación. La mediación partidaria no es externa al mandato: lo constituye. No existe una candidatura “independiente” en el interior de una forma política que se ha asumido como parte del orden, del mismo modo que no existe un automóvil que siga siendo automóvil después de ser reducido a chatarra.

La dialéctica marxista no autoriza atajos conceptuales. Allí donde forma y contenido entran en una contradicción irreconciliable, no estamos ante una tensión dialéctica fecunda, sino ante un salto cualitativo. Y, en este caso, el salto ya ocurrió: el PSOL dejó de ser una forma susceptible de expresar de manera independiente a la clase trabajadora y se convirtió en un instrumento funcional de la dominación burguesa.

Por eso, la tesis del “uso formal” de la sigla no solo fracasa teóricamente, sino que también fracasa políticamente. Se apoya en un nominalismo estratégico que confunde el nombre de las cosas con su realidad, la apariencia jurídica con la función histórica, y termina por disolver, en la práctica, aquello que afirma preservar en el discurso: la independencia de clase.

La tribuna parlamentaria no es neutra, ni puede reducirse a la expresión personal de quien la ocupa. Habla, ante todo, desde el lugar político desde el cual se habla. Por eso, para que el parlamento pueda funcionar como una verdadera tribuna de los explotados y oprimidos, es indispensable ingresar en él con una independencia de clase real, es decir, a partir de una mediación organizativa que no esté integrada al orden burgués. A través del PSOL, esto es estructuralmente imposible, pues la forma partidaria condiciona el mandato desde su origen, delimitando su alcance político y el sentido estratégico de su intervención.

VI- Estrategia revolucionaria y elecciones burguesas

Nuestra elaboración Cuestiones de estrategia[7] ofrece los elementos centrales para comprender este problema. A partir de ella, y lejos de toda autoproclamación, afirmamos que la estrategia no es la suma de iniciativas eficaces en el corto plazo, sino el encadenamiento consciente de las acciones orientadas hacia el objetivo histórico: la toma del poder por parte de la clase trabajadora.

Las elecciones burguesas pueden y deben ser utilizadas por los marxistas revolucionarios, pero nunca como eje, nunca como sustituto de la lucha de clases directa y jamás a costa de los principios fundamentales. La experiencia histórica demuestra que cada vez que la izquierda revolucionaria subordinó su estrategia a la lógica electoral, terminó desarmada, integrada, derrotada o desmoralizada.

Rosa Luxemburgo advertía contra la transformación del parlamento en un fin en sí mismo. Lenin insistía en que la participación electoral solo es legítima cuando fortalece la organización independiente del proletariado. Trotsky fue categórico al afirmar que las maniobras tácticas solo son admisibles cuando sirven al fondo político de la estrategia, y no cuando lo erosionan.

La defensa de la “viabilidad” como criterio es precisamente el abandono de ese método. ¿Viable para qué? ¿Para quién? ¿En qué horizonte? Una candidatura que amplía el alcance individual de un militante, pero refuerza a un partido del orden, no acumula fuerzas para la revolución, aunque pueda producir buenos discursos.

El marxismo revolucionario no se define por una “pureza” abstracta, pero tampoco sobrevive a la dilución de sus fundamentos vertebrales. La independencia de clase no es un adorno programático: es el alfa y el omega de cualquier estrategia socialista consecuente.

Transformar el parlamento en una tribuna de los explotados exige ingresar en él contra el orden, y no desde el interior de sus partidos en descomposición. Exige hablar a los de abajo sin ataduras, sin mediaciones conciliatorias, sin fortalecer instrumentos políticos de la burguesía, aunque estén recubiertos de un barniz progresista.

La alternativa no es el abstencionismo pasivo ni el fetichismo electoral. Es la construcción paciente, difícil e innegociable de una política que subordine todas las tácticas —incluidas las electorales— a la estrategia revolucionaria. Fuera de eso, el riesgo no es solo el error táctico, sino la reproducción, bajo una nueva forma, de las mismas capitulaciones que ya conocemos.


[1] Sáenz, Roberto. Cuestiones de estrategia: reivindicaciones, partido y poder. Disponible en: https://esquerdaweb.com/questoes-de-estrategia/

[2] Luxemburgo, Rosa. Socialdemocracia y parlamentarismo. 1904. Disponible en: https://www.marxists.org/espanol/luxemburgo/1904/12/05.htm
(Nota: en algunos repositorios la traducción al español puede variar o no estar disponible; el enlace original en portugués es el citado.)

[3] Luxemburgo, Rosa. Reforma o revolución. São Paulo: Expressão Popular, 2003. Véase especialmente el capítulo dedicado a la crítica del parlamentarismo y a la ilusión institucional, donde la autora desarrolla la noción de “cretinismo parlamentario”.

[4] Arcary, Valério. Contra el fiscalismo y el quietismo. Esquerda Online, 12 nov. 2025. Disponible en: https://esquerdaonline.com.br/2025/11/12/contra-o-fiscalismo-e-o-quietismo/

[5] El término “posibilismo” se remonta a fines del siglo XIX, con los llamados posibilistas franceses, dirigidos por Paul Brousse, que defendían la limitación de la acción socialista a las reformas inmediatas y factibles dentro del orden parlamentario. Esta concepción operaba una contraposición mecánica —y, en muchos aspectos, reaccionaria— entre reforma y revolución, siendo duramente criticada por Engels, y posteriormente por Rosa Luxemburgo, Lenin y Trotsky. Ya en el siglo XX, el posibilismo fue ampliamente adoptado, más allá de la socialdemocracia, por los partidos “comunistas” bajo dirección estalinista, principalmente a través de las llamadas “frentes populares”, presentadas como instrumentos de combate al fascismo. Esta orientación fue determinante para la derrota de revoluciones socialistas como la de España en los años 1930, abriendo el camino para la victoria de la contrarrevolución encabezada por Franco. Países como Grecia e Italia también vieron sus posibilidades revolucionarias inhibidas por esta misma política, cuyas consecuencias históricas continúan pasando factura hasta hoy.

[6] Gunn, Richard. Forma y esencia en Hegel y Marx. Izquierda Web, jun. 2019. Disponible en: https://www.izquierdaweb.com

[7] Disponible en: https://esquerdaweb.com/questoes-de-estrategia/

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