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Irán: las protestas ponen al régimen teocrático en una situación crítica

Irán vive la mayor ola de protestas desde la rebelión del 2022. La situación económica crítica se ha convertido en crisis política. El intento de aprovechamiento del imperialismo.

Las protestas que iniciaron en Irán como respuesta a la devaluación de la moneda y la inflación se transforman progresivamente en un desafío abierto al régimen político teocrático nacido de la contrarrevolución jomeinista.

Mientras Trump observa y busca sacar rédito de la debilidad, en Irán se desarrolla un proceso popular abierto que podría ser más profundo de lo que aparentaba. La acumulación de crisis irresueltas (económica, geopolítica y de legitimidad) podría marcar el paso de sucesivas crisis de gobierno hacia una crisis de Estado.

Colapso económico

Las protestas comenzaron como un incipiente paro de comerciantes en Teherán, luego de que el rial iraní se devaluara abruptamente, totalizando una caída del 56% durante los últimos seis meses. Hoy la moneda iraní vale en el mercado oficial USD0,000024 (un dólar estadounidense vale más de 42.000 riales). Pero la cotización del dolar en el mercado «libre» es 31 veces más alta, en 1.340.000 riales. El último 30 de diciembre el dólar llegó a valer 1.400.000 riales.

El desplome histórico de la moneda nacional va en consonancia con una economía cruzada por enormes contradicciones, por la presión de sanciones internacionales (especialmente sobre el crudo, pero también en términos de financiamiento) y por la reciente derrota político – militar frente a Israel y Estados Unidos. En el último año, la inflación de los alimentos fue del 72%. El descontento masivo por las condiciones de vida encontró una vía de erupción el fin de semana.

La ola de manifestaciones se extendió en menos de una semana por 22 de las 31 provincias iraníes. La primera protesta fue un cierre de los comercios del Gran Bazar de Teherán el domingo, como protesta contra la devaluación del rial. Esta huelga comercial se extendió a locales de electrónica y luego se generalizó hacia sectores democráticos amplios, como la juventud estudiantil. Ya el domingo se notificaron protestas en al menos 10 universidades.

El jueves se conoció la muerte de tres manifestantes en Lordegan, al sudoeste del país. Y se sumaron otras tres en Azna y una en Kouhdasht, en la región central. Al 3 de enero se contaban como mínimo 10 manifestantes asesinados por la represión estatal, además de unos 130 detenidos. Para la noche del 6 la cuenta subió a al menos 34 muertos. Pero no parece que la represión esté logrando rebajar el ánimo popular.

Un desafío al régimen del ’79 

La actitud de los manifestantes está muy lejos de ser sumisa. El viernes 3 se reportó el incendio de un banco en Sarableh, provincia de Ilam. El dato es significativo no sólo por el método sino porque la sucursal pertenecía a la firma Melli. Este banco estatal viene de absorber las operaciones del Banco Ayandeh, declarado quebrado en octubre y absorbido por el Estado iraní en un episodio alevosamente fraudulento. El saldo de la quiebra es un corralito (retención de activos) a las cuentas personales de 42 millones de usuarios.

Durante la madrugada de 3 de enero se verificaron ya elementos de radicalización: ataques a bancos, comisarías, locales del clero chiíta y edificios gubernamentales. Algunos medios hablan de barricadas improvisadas en algunos distritos de Teherán, para impedir el tránsito de la policía motorizada. El enardecimiento de los manifestantes responde al uso de munición letal por parte de la policía durante las últimas horas, que podría elevar los muertos más allá de los números relevados. La dureza de los choques es tal que se reportan dos supuestos muertos entre la fuerza paramilitar Basich, que responde al Estado.

Parece ser que el estallido por la inflación le está dando cauce al enorme rechazo político existente hacia el régimen de los ayatolás, acumulado durante largos años entre amplias porciones de la sociedad iraní (especialmente entre las mujeres y la juventud pero también en sectores de la clase obrera).

La última gran muestra de este rechazo masivo latente fue la rebelión popular desatada por el asesinato de Mahsa Amini en 2022. Las protestas por Mahsa Amini reunieron a estudiantes e incluso sectores de la clase obrera industrial concentrada bajo las consignas del movimiento de mujeres que llevaba a una joven kurda como bandera. Fue un golpe inmenso a la legitimidad del régimen teocrático, que conquistó el relajamiento de las leyes del hijab.

«Por todo Teherán, y muchas otras ciudades, las mujeres se mueven sin hijab, algunas incluso en shortstank tops. En estos días, un concierto realizado en el norte iraní […] shockeó a muchos al mostrar a muchas mujeres bailando música pop pegadiza, sin la cabeza cubierta. Aunque el gobierno sigue cerrando establecimientos y ocasionalmente aplicando la regla del hijab, no hay vuelta atrás hacia el Irán pre – 2022. La presión del movimiento [«Woman. Life. Freedom» iniciado tras el asesinato de Mahsa Amini en 2022] también explica por qué el gobierno permitió a un reformista como Masoud Pezeshkian presentarse y ganar las elecciones presidenciales el año pasado, terminando con años de destierro para los reformistas» (The National, septiembre de 2025).

La crisis política, el imperialismo y la situación internacional

Mientras Irán atraviesa su grave crisis política por las protestas, el imperialismo y el sionismo intentan aprovechar la situación. Como se pudo ver en Venezuela recientemente, como también en la historia de Irán, toda supuesta defensa de las protestas y la «democracia» por parte del imperialismo es para aplastar toda soberanía nacional.

El presidente Masoud Pezeshkian fue electo el último año con un discurso reformista y una administración que fracasó antes de comenzar. Desde la asunción hasta acá, Pezeshkian ya perdió a su ministro de Economía y a su vicepresidente.

La estructura económica de Irán lleva meses dando muestras de colapso. Apagones constantes en las ciudades, infraestructura deteriorada, una moneda sin valor, inflación aguda, bancos quebrados con procesos fraudulentos. No queda aire para reformas en el mundo de los ayatolás. El régimen político nacido de la contrarrevolución jomeinista da signos de agotamiento histórico ante el cambio de la situación internacional. No pueden solucionarse los problemas objetivos que acucian al país bajo el chaleco de fuerza del régimen teocrático y oscurantista.

«El tema más profundo no es simplemente la mala administración sino la ausencia de cualquier camino viable hacia adelante […]. Esta ronda [de protestas] hiere más profundo porque señala una crisis de supervivencia estatal más que de errores políticos«. La muestra más patente de esto no es sólo la actividad callejera sino la división de las élites iraníes y la desorientación general en el aparato gubernamental.

El régimen iraní y su élite vienen de pasar vergüenza durante la llamada Guerra de los 12 días. El Líder Supremo Alí Jamenei no dejó una gran imagen ante la población, pasando todo el conflicto refugiado en un bunker mientras casi 1000 iraníes morían en los bombardeos. Y las noticias de los últimos meses expresan desorientación en la élite chiíta en lo que respecta a rearmarse de cara a próximos conflictos (todo el mundo sabe que el conflicto con el sionismo no se terminó).

La crisis de perspectivas de las clases dominantes iraníes responde a dos variables que se cruzan. Primero: el agotamiento histórico de una gestión extremadamente reaccionaria y anti – moderna de los asuntos del país. Y segundo: el cambio de época hacia una de crisis y guerras, con un ordenamiento geopolítico absolutamente desestabilizado.

Todas las variables económicas iraníes son, al menos hoy, las de una economía colapsada, aparentemente ingobernable. Su población no sólo vive oprimida por su propio Estado sino amenazada por el peligro bélico constante. ¿Cómo puede legitimarse un Estado que pisotea brutalmente a su población y ni siquiera puede garantizar una existencia medianamente normal dentro de su territorio? De ahí provienen las vacilaciones del gobierno durante los primeros días de protestas, cuando Pezeshkian llamó «a dialogar» a los líderes de las movilizaciones, en un intento de calmar los ánimos. Y también de ahí proviene la absoluta brutalidad de la represión estatal una vez tomada la vía de la fuerza. El régimen político iraní se siente débil y se mueve de forma zigzagueante.

Trump quiere aprovechar la situación para amenazar la independencia de Irán, lo que es uno de los mayores peligros para los manifestantes. El imperialismo yanqui e Israel los quieren de rodillas. El viernes, Trump declaró que si el gobierno iraní asesina manifestantes, EEUU está «cargado y listo para disparar». El gobierno yanqui, como en Venezuela, quiere aprovechar todo signo de debilidad del gobierno de Teherán para pisotear toda soberanía nacional. Los yanquis ya tienen una larga historia de sometimiento de Irán a través de la dinastía Pahlavi. El supuesto «heredero» del último sha, déspota agente de los yanquis derrocado por la revolución del 79, es uno de los que «apoyó» las movilizaciones. Estados Unidos, Israel y el pseudo rey le quieren arrebatar su potencial triunfo contra el régimen al pueblo que protesta para someterlo a sus intereses.

La situación fue perfectamente sintetizada por el colectivo Roja en su análisis de los hechos. «Frente a estos enemigos, insistimos en la legitimidad de estas protestas, en la intersección de las opresiones y en el destino común de las luchas. La corriente monárquica reaccionaria se expande dentro de la oposición de extrema derecha iraní, y la amenaza imperialista contra el pueblo iraní, incluido el peligro de intervención extranjera, es real. Pero también lo es la furia popular, forjada a lo largo de cuatro décadas de brutal represión, explotación y el «colonialismo interno» del Estado contra las comunidades no persas.»

 

Todos los testimonios desde Irán reflejan que la población siente que el régimen está más débil que nunca. Sucede que a la crisis económica descomunal que pesa sobre el país persa se suma la derrota geopolítica que le infligieron Trump y Netanyahu hace pocos meses. Y la crisis iraní llega en un momento de renovada combustión en Medio Oriente y el continente africano, por no hablar de la incursión yanqui sobre Venezuela. En la última semana hubo noticias bélicas en Yemen (Arabia y Emiratos se disputan el control de la zona mediante proxys), Siria, Nigeria y Burkina Faso.

Un proceso de signo abierto

Lo cierto es que, por más que Trump busque su oportunidad para debilitar al régimen iraní, no fueron motivaciones extranjeras las que iniciaron las movilizaciones. La ola de rechazo que toma las calles de Irán se alimenta de largos años de descontento latente y de una crisis de perspectivas nacionales total. Ahora se abre una disputa por ver en qué dirección se desarrolla el movimiento y quién se queda con su representación.

Un elemento novedoso es la aparición de cánticos pro – monárquicos en varias manifestaciones. Durante los últimos meses se vieron operaciones mediáticas que buscaban instalar la posibilidad de restauración de la dinastía Pahleví, que gobernara Irán antes de la Revolución de 1979. Es difícil medir la proporción de estos elementos dentro del movimiento en su conjunto. Pero es evidente que existen sin ser únicos ni predominantes. El contenido mayoritario de las movilizaciones es anti teocrático y democrático en un sentido amplio.

La aparición de estas consignas parece estar relacionada (amén de las campañas de medios afines a distintos intereses imperialistas y regionales) con la aparición en escena de sectores de las clases medias y la pequeña burguesía de distintas envergaduras. Parece ser el caso de los Bazaaris, los comerciantes de los bazares de Teherán, tradicionalmente un punto de apoyo del régimen de la República Islámica. En las últimas horas, el príncipe emigrado Reza Pahleví hizo un llamamiento público a manifestaciones pasivas (cánticos) en el que mencionaba especialmente a los Bazaaris. El intento de instalarse como figura de recambio ante la crisis de los ayatolás sería irrisoria si no contara con evidente sponsoreo externo.

La dinámica relativa de los distintos sectores que entran a participar de las protestas es un punto importante para determinar su carácter, su alcance y sus posibles direcciones. En la rebelión anti hijab de 2022, el protagonismo fue ampliamente femenino, juvenil y con participación colectiva de los trabajadores. En las protestas de la última semana, estos elementos aparecen mucho más difuminados. Evidentemente, el colapso económico y el quiebre bancario sacó a primer plano el descontento de las capas medias de la sociedad.

Lo cual no significa que no haya participación de otros sectores o que puedan pasar a primer plano, eventualmente, otras reivindicaciones. Los cánticos pro monárquicos no fueron las únicas consignas presentes esta semana. «Muerte al dictador» es la consigna más vociferada. Es un canto habitual que ya se escuchó en 2022 y que se remonta a 1979. En esa ocasión la canción no se dirigía a los ayatolás sino al Shá Pahleví. Se registran pronunciamientos de distintos sindicatos, como los docentes, llamando a participar de las movilizaciones en varias provincias. Y, en todo caso, la quema de sucursales bancarias no parece un método demasiado «monárquico» de por sí.

Es evidente que en las protestas actúan elementos de auténtica actividad de las masas que responden a los embates del gobierno. Durante la noche del 2 al 3 de enero, los manifestantes se endurecieron tras celebrar el funeral de las víctimas de la represión. En barrios de Teherán e Isfahan se reporta que determinadas zonas quedan fuera del control de la policía por la efervescencia de los manifestantes. La ciudad sagrada de Qom, un baluarte ideológico de la teocracia, registró inéditas movilizaciones que cantaban «muerte a Jamenei».

Si las manifestaciones siguen desarrollándose, existe la posibilidad bien concreta de que se despierten elementos de la riquísima tradición histórica iraní. De que entren en escena la clase trabajadora organizada que creó los shoras en 1979 o el movimiento de mujeres que hizo temblar el territorio persa en 2022. En las últimas horas trascendieron mensajes entre presos políticos del régimen y estudiantes universitarios. Los primeros emitieron una carta a la juventud en la que llaman a «enterrar la dictadura de los mullahs [la teocracia chiíta] y el Shah [la vieja monarquía]«.

En la noche del 6, el gobierno reprimió las manifestaciones en Teherán usando kalashnikovs con munición real. Los detenidos ya son más de 1000 y entre los muertos se contaron tres menores de edad. Ni siquiera así se logró calmar el ánimo popular. En la Plaza Gomrok, centro de la capital, los manifestantes cortaron las calles con piquetes incendiarios. El canto era «abajo el opresor, sea el Shá o los mullahs«.

En Abdanán, provincia occidental de Illam, las masivas manifestaciones desbordaron definitivamente a la policía local. Las fuerzas represivas se replegaron y abandonaron la ciudad, que quedó en manos de las masas. Los manifestantes ocuparon la estación central de policía y colmaron las calles de festejos. Se reportaron situaciones similares en la ciudad de Malekshahi. Es una situación inédita en los casi 50 años de gobierno teocrático en Irán. Los reportes que llegan desde Abdanan y Malekshahi no mencionan al príncipe emigrado. Se repite una misma consigna: «Muerte al dictador».

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