La Ciencia de La Lógica es una de las grandes obras de Hegel. Trabajó en ella varios años y la dio a luz en dos ediciones: 1812 y 1816. Siempre procuró hacer accesibles sus contenidos. En 1818 en su Enciclopedia de las Ciencias Filosóficas, la primera parte es un compendio de ella (a la que Engels llamó “la pequeña lógica”). También escribió una propedéutica de la misma para sus alumnos del gimnasio (aquí secundario) . Intentaremos un acercamiento a su Prólogo para quienes quieran iniciarse en su lectura[1]
“Hegel, el máximo filósofo de la revolución burguesa”
H. Marcuse
Hegel, a quien no pocos llamaban, como a Heráclito, “el oscuro”, por su prosa a veces críptica (Bloch decía que en verdad esto se debía a que expresaba conceptos y relaciones nuevas para cual no existían aún palabras precisas que las describieran), se propuso para ésta, una de sus obras capitales, llevar a cabo sinopsis de la misma pensando en un público no avezado. Alumnos y discípulos críticos de ésta, trataron también de realizar la misma tarea.
Marx, mientras trabajaba en los Grundrisse le escribía a Engels que le gustaría hacer un texto que divulgase y popularizase la Lógica hegeliana. Recordemos que Lenin, mientras se sumergía en su lectura y hacía anotaciones de valía en sus márgenes, señalaba que éste no había tenido tiempo para llevar a cabo para dicho propósito, pero que nos había dejado El Capital.
Intentaremos en este trabajo (y en otros posteriores) acercar herramientas para abordar contenidos centrales de la misma y tender un puente para aquell@s que quieran luego adentrarse en ella. De todas maneras, como decía un pensador vienés, en el plano de la teoría o de la filosofía, las herramientas son como una escalera, uno las utiliza y sube y luego hay que deshacerse de ellas. Deshacerse para hincarle el diente sin mediadores algunos al texto, agregamos nosotros.[2]
Comenzaremos con el prólogo del mismo autor a la primera edición de 1812. Tomaremos fragmentos que consideramos esenciales del mismo e iremos recorriéndolo en nuestra tarea de guía de este hermoso periplo por los cimientos de la dialéctica, como la definiera Marx. En una cita famosa, si bien marcaba su toma de distancia del texto hegeliano, no dejaba de señalar sus enormes méritos y potencialidades:
Mi método dialéctico no sólo difiere del de Hegel, en cuanto a sus fundamentos, sino que es su antítesis directa. Para Hegel el proceso del pensar, al que convierte incluso bajo el nombre de idea, es un sujeto autónomo, es el demiurgo de lo real; lo real no es más que su manifestación externa. Para mí, a la inversa, lo ideal no es sino lo material traspuesto y traducido en la mente humana. (…) En su forma mistificada, estuvo en boga en Alemania, porque parecía glorificar lo existente. En su figura racional, es escándalo y abominación para la burguesía y sus portavoces reaccionarios, porque en la intelección positiva de lo existente incluye también, al propio tiempo, la inteligencia de su negación, de su necesaria ruina; porque concibe toda forma desarrollada en el fluir de su movimiento, y por tanto sin perder de vista su lado perecedero; porque nada la hace retroceder y es, por esencia, crítica y revolucionaria. (Prólogo a la segunda edición alemana de El Capital, las negritas son nuestras)
Uno de los méritos de la filosofía hegeliana es introducir a la historia en ella, por el otro lado, la falencia es considerar que el sujeto de ésta no es un ser social concreto sino la “idea”, el concepto, que sale fuera de sí, se exterioriza y “crea” la historia humana y todo lo viviente[3]. Otro hallazgo de la misma es “arribar al final de su derrotero” a la unidad sujeto objeto, que el primero va descubriendo a través de su “práctica conceptual de autocreación”. Dicho de otra manera, la realidad es sujeto objeto, es espíritu, lo que expresa su filosofía especulativa. Tengamos presente que la Ciencia de la Lógica “viene” luego del saber absoluto de la Fenomenología y abre todo el sistema propiamente dicho.[4]
Realicemos ahora un sumario contexto histórico filosófico. Los “tiempos nuevos” que abren las revoluciones burguesas (holandesa, inglesa y francesa) plantean el ansía de dicha clase social por “conocerlo todo”. El avance de las ciencias naturales, el movimiento de la Ilustración y su apuesta por una nueva racionalidad, los empiristas ingleses (y no sólo ellos), dejan planteada la necesidad de una conjunción entre aquella racionalidad y la experiencia como condición del conocimiento. Immanuel Kant realizará esa “síntesis”. Si se supo decir que “no hay Marx sin Hegel”, no es menos cierto que no hay “Hegel sin Kant”. Estas brevísimas observaciones, nos permitirán comprender un poquito mejor el comienzo del Prefacio que transitaremos. Allí, Hegel afirma:
La doctrina exotérica de la filosofía kantiana – es decir que el intelecto no debe ir más allá de la experiencia, porque de otra manera la capacidad de conocer se convierte en razón teorética que por sí misma sólo crea telarañas cerebrales – justificó, desde el punto de vista científico, la renuncia al pensamiento especulativo.
Exóterica, como algo que en ese momento en el mundo filosófico estaba en boga y en cierta forma constituía una especie de “sentido común”. Si bien Hegel no reniega de la experiencia (es más, en su Fenomenología la primera “forma” del conocer es la certeza sensible), ésta se torna insuficiente. El sujeto que intenta aprehender el conocimiento, comprueba con su propia experiencia que esto es así. Aquí Hegel señala que la filosofía kantiana aduce que es caer en telarañas cerebrales, “traspasar” la experiencia (lo fenoménico). Si así ocurriese provocaría la caída en “antinomias” expresará el propio Kant en el prólogo de su obra más acabada), en contradicciones, en ese aspecto éste se mantiene dentro de la lógica aristotélica y su principio de no contradicción.[5]
Al hacer esto, el punto de vista científico “renuncia” al pensamiento especulativo, que es el que reivindicará Hegel, y que es (para decirlo un tanto exageradamente) ponerle fin a todo dualismo. El que se plantea entre sujeto y objeto, entre fenómeno que se puede conocer y nóumeno o “cosa en sí” al cual sólo podemos pensar, pero no conocer, al “mundo suprasensible” y el mundo sensible, etc. Hegel como máximo filósofo de la revolución burguesa, se propone “conocerlo todo” y proclama no perder de vista que “lo verdadero es la totalidad”. La ciencia (Wissenschaft), el sistema a construir, tiene que expresarlo y exponerlo, siendo tan importante el trayecto como el resultado del mismo.
Continúa señalando:
En apoyo de esta doctrina popular acudió el clamor de la pedagogía moderna, que toma en cuenta sólo las exigencias de nuestra época y las necesidades inmediatas, afirmando que, tal como para el conocimiento lo primordial es la experiencia, así para la idoneidad en la vida pública y privada las especulaciones teóricas son más bien perjudiciales; y que lo único que se requiere es la ejercitación y la educación prácticas, que son lo sustancial.
Habíamos advertido que el autor de la Ciencia de la Lógica siempre le está tomando el pulso a la historia y por ende, a los pensamientos que pueden tornarse “lugares comunes” en determinada coyuntura o etapa histórica. “Las especulaciones teóricas”, como se le endilga al sistema que está construyendo, son ridiculizadas o directamente dejadas de lado por la “ejercitación y educación prácticas”. En verdad ésta era una práctica limitada y lo que dejaba ver era un sujeto pasivo y meramente contemplativo. Al menos el de Hegel, era un idealismo activo.[6]
Los estiletazos siguen. Con una prosa que intenta ser entendible para aquell@s que la abordan, escribe:
De modo que, ahuyentada esta oscuridad, es decir la incolora ocupación del espíritu retraído en sí mismo y que se consideraba a sí mismo, la vida parecía transformarse en el alegre mundo de las flores, entre las cuales, como se sabe, no hay ninguna que sea negra.
Hegel que saludó efusivamente la revolución francesa, tendrá bastante reticencia para el accionar de la política jacobina y su culto a la razón, a la cual denominará en realidad entendimiento (Verstand) para diferenciarla de la razón (vernunft), como al idealismo alemán al cual considerará unilaterales, ya desde sus trabajos de juventud. Su sistema filosófico es hijo de “la seriedad y el apego al esfuerzo por conocer” como escribía en el Prefacio de la Fenomenología, de lo contrario, se cae en la “noche en donde todos los gatos son pardos”, o como señala aquí “el alegre mundo de las flores en donde ninguna es negra”. Y para decirlo de otra manera y sentar posición clara, apostrofa:
El nuevo espíritu surgido en la ciencia (su sistema. N GP) no menos que en la realidad, no trasluce todavía en ella. Pero es absolutamente imposible, cuando la forma sustancial del espíritu se ha transformado, querer conservar las formas de la cultura anterior; son hojas secas que caen empujadas por los nuevos brotes, que ya surgen sobre sus raíces.
De nuevo aparece la referencia al tiempo histórico que presenta un horizonte económico político y social que despunta y con él, la posibilidad de una nueva racionalidad[7]. Se plantea por primera vez el proyecto de su mencionado sistema (que se plasmará en la Enciclopedia de las Ciencias Filosóficas, un lustro después), y constará de tres momentos (en su estructura general o macro dialéctica):
… la ciencia lógica, que constituye la propia metafísica o la filosofía especulativa pura, ha sido hasta ahora muy descuidada (…) A la lógica seguirá más tarde la elaboración de las dos ciencias reales de la filosofía mencionadas (naturaleza y espíritu).
Más adelante, el sistema o “nuevo procedimiento científico” tiene un basamento esencial, que es expuesto en primer término, distinguiéndolo de aquellos que no lo son. Veamos:
El punto de vista esencial es que se trata, sobre todo de un concepto nuevo del procedimiento científico. La filosofía, si tiene que ser ciencia, no puede, como lo he recordado en otro lugar (de nuevo, Prefacio de la Fenomenología del Espíritu N de GP), tomar en préstamo para este fin sus métodos de otra ciencia subordinada, como sería la matemática, ni tampoco puede contentarse con las aserciones categóricas de la intuición interior, ni puede servirse del razonamiento fundado sobre la reflexión exterior.
Como vemos hay todo un trabajo de construcción del sistema que ya lleva poco más de una década[8] y que intenta ahora ser expuesto en su totalidad, a través de “negaciones parciales” (por unilaterales) de los postulados o paradigmas anteriores. Adelantándonos: el sistema (que es lógico, pero también ontológico; se halla en la realidad: natural y humana) se mueve por contradicciones inmanentes al mismo, pues conforma una relación orgánica, no por “algo” externo que produce su dinámica y desequilibrio.
Una vez expuesto esto, lo que resta (no olvidemos que se trata de un prólogo) es empezar a presentarlo por la “positiva”. Desgranándolo y viendo en dicha totalidad los diversos momentos que la componen. Pero eso será tarea del siguiente artículo.
[1] Una serie de artículos ya publicados, van en la misma dirección y objetivo. Como también ya hemos señalado allí, no leemos alemán lo cual es una mengua importante (no irremediable, pero mengua al fin). Señalemos que para este trabajo tomamos la edición clásica en castellano, que es la traducción de Rodolfo Mondolfo, en dos tomos, Ediciones Solar, 1948 y siguientes. Otrosí decimos: esperamos que la tarea que emprendemos resulte medianamente fructífera y que no ocurra (salvando las enormes distancias) lo que a un amigo: “leí a Hyppolite para que me ayude con Hegel y entendí menos que con la lectura del genio alemán”, comentaba desesperanzado.
[2] El pensador de marras es Ludwig Wittgenstein (1889-1951), vinculado a la corriente de los denominados empiristas lógicos. Si bien no es “santo de nuestra devoción”, hay dos frases que nos resultan sugerentes, la mencionada aquí y aquella otra, famosa, en la que señala: De lo que no se puede hablar, mejor callar.
[3] La lógica es el estudio de la Idea. Ésta constituye el fondo, la estructura, el entramado o plan de toda realidad. Pero la idea, tal como la considera la lógica, no es aún nada real (ni naturaleza ni espíritu), sino el conjunto de condiciones de ello: es sólo el plan inteligible de la realidad, como una partitura musical respecto de su ejecución. Stace, T: The philosophy of Hegel (citado en Carpio A: Principios de filosofía, Glauco, 1973)
[4] Con el saber absoluto culmina el “saber fenoménico”, para dar paso al “saber real” que se despliega en la Ciencia de la Lógica. Para el saber fenoménico la conciencia o sujeto está separado del objeto, y además se trata una conciencia individual. Este saber pasa a ser real cuando el sujeto capta que sujeto y objeto conforman una totalidad, y que en el saberse del sujeto, está el saber del objeto y viceversa. Además, comprende que este saber es intersubjetivo. Dri, R: Hegel y la lógica de la liberación. La dialéctica del sujeto-objeto. El autor reconoce que en esto sigue el texto clásico de Bloch E: Sujeto Objeto. El pensamiento de Hegel.
[5] El filósofo alemán vivió entre 1724 y 1804. La obra de referencia es la Crítica de la razón pura de 1781. Una elaboración que dé cuenta de la importancia de su filosofía (“una revolución copernicana” la llamaba) excede este artículo.
[6] Si bien en una coyuntura posterior, Marx lo dirá muy bien en esa carillita (Engels dixit) escrita en 1845 que son las Tesis sobre Feuerbach.
[7] Para una referencia pedagógica al citado Prólogo, ver nuestra Hermenéutica al Prefacio de la Fenomenología (I, II, III y IV) como así también los Ejercicios dialécticos (primera y segunda parte) del compañero Roberto Sáenz, todos en Izquierda Web
[8] Esa elaboración, rigurosa y metódica, la lleva a cabo en disputa (como si estuviera en el “ágora ateniense” dirán muchos de sus exégetas) con pensadores que lo precedieron (y lo marcaron). Por ejemplo, sus trabajos: Diferencia entre los sistemas de Fitche y Schelling (1801), Fe y saber (1802) y los cursos que dicta, hoy conocidos como Filosofía de Jena o Filosofía real (1803). Además de artículos en revistas de filosofía de dicho período. Uno de ellos tiene el sugestivo título de: Cómo la filosofía interpreta el sentido común.




