El día lunes 12 de enero una marejada sorprendió a los turistas y vecinos de las playas de Mar Chiquita, Mar de Cobo, Santa Clara, y Mar del Plata, dejando un saldo de un muerto y 35 heridos de distinta gravedad. El fenómeno natural es un hecho inesperado, pero sus consecuencias se vieron agravadas por la desidia y el desfinanciamiento del Estado.
Lo que pasó en la costa bonaerense no fue una “rareza” ni mala suerte. Si bien se habló de una ola gigante de unos 5 metros, la marejada tuvo una altura aproximada de unos 80 a 100 cm; de haberse tratado de una ola gigante la tragedia hubiese sido aún peor.
Muy claro @MarcosPascuan en este hilo sobre el meteotsunami en Santa Clara del Mar, la crisis climática causada por el capitalismo, el problema de la privatización de las playas y sobre la desidia profundizada por el gobierno de Milei. https://t.co/RosjHUxOdb
— Manuela Castañeira (@ManuelaC22) January 13, 2026
Sobre su origen hay dos teorías: la primera, que hubo algún movimiento sísmico en la zona de la Sierra de los Padres o sobre la plataforma continental, pero no hay comunicaciones oficiales al respecto por parte del SEGEMAR (Servicio Geológico Minero Argentino). La segunda y más aceptada hasta el momento es que se trató de un meteotsunami: un fenómeno espontáneo que se origina en una variación brusca en la presión atmosférica (en este caso por el aumento de la temperatura que registró un pico de 34° en la jornada y el ingreso de un frente frío desde el sur), generando una gran transferencia de energía entre la atmósfera y el océano, en este caso potenciada por estar el mar entrando en fase de bajamar.

Este tipo de fenómenos se ven agravados por el cambio climático, que provoca eventos cada vez más devastadores, con mayor potencia y frecuencia. El último registro histórico en Mar del Plata de un meteotsunami databa del 21 de enero 1954, en plena temporada estival y con condiciones meteorológicas similares a las vividas en el día de ayer. Pero el pasado 22 de diciembre ya se había registrado en horas de la madrugada un fenómeno de mayor potencia, pero con menores consecuencias por haber sucedido en horas de la madrugada. Se vieron afectados algunos balnearios de la zona.
Aunque el fenómeno climático no se puede evitar, sus consecuencias sí se pueden reducir. La desidia de los Estados nacional, provincial y municipales pudo haber provocado una tragedia. El desfinanciamiento del SEGEMAR y el SMN (Servicio Meteorológico Nacional) contribuyen a la falta de prevención y alerta.
Sumado a esto, el amontonamiento humano recurrente de las últimas temporadas empeoró todo. Esto es consecuencia de tres cosas que se superponen. En primer lugar, la falta de refulado (rellenado) en toda la costa, incluida Santa Clara, en los últimos 30 años, de las playas de la costa atlántica (el último data de la temporada 97-98 luego de que se realizaran tareas de dragado del puerto marplatense), que, junto a la erosión costera, va reduciendo el tamaño de las playas.
En segundo lugar, la destrucción de gran parte del sistema de dunas de la costa bonaerense por la urbanización desmedida y hecha a beneficio de la especulación inmobiliaria impide la regeneración natural de la playa.
Por último, el avance descontrolado de los balnearios privados sobre el espacio público con la anuencia de los gobiernos municipales. Estos hechos provocan una reducción espantosa del espacio público costero, ampliamente denunciada por los vecinos y turistas que acuden a las ciudades de la costa bonaerense (en especial en Mar del Plata), a contramano de lo que sucede en las principales ciudades balnearias del mundo. Esto contribuye al amontonamiento que dificulta las tareas de rescate y la dispersión de las personas en situaciones de emergencia.

Y como si esto fuera poco, debemos agregar a la lista de problemas la insuficiencia de guardavidas y equipamiento adecuado. En varias playas los puestos estaban colapsados. En algunas hay solo 2 guardavidas por tramo, teniendo que cuidar a cientos o miles de personas a la vez. Claramente es un número insuficiente ante una emergencia de estas características. También escasean los desfibriladores (DEA), ya que no hay en todos los puestos, y los botes para los rescates que son más peligrosos, aquellos que no solo ponen en juego la vida de los bañistas sino también la de los propios guardavidas. Lo de los desfibriladores roza lo grotesco, dos personas infartadas tuvieron que esperar a que los guardavidas consiguieran equipamiento de otras playas para poder asistirlos; esa pérdida de tiempo pudo haberles costado la vida.
No es la naturaleza “fuera de control”. Es la privatización de la costa, el achique de lo público y el ajuste en la prevención. Hay responsabilidades humanas y políticas en la tragedia en Santa Clara.




