Estamos a días de completar la tercera quincena de cuarentena y es evidente que el último tramo, anunciado por el gobierno como “cuarentena administrada”, ha implicado la flexibilización de la medida. Aunque la cuarentena como tal se mantiene, y sin volver a los niveles de circulación de tiempos de pre pandemia, es notoria la ampliación de las actividades económicas exceptuadas y su correlato en el aumento de tránsito y de gente en las calles.

Los colectivos que durante las primeras semanas viajaban prácticamente vacíos, estos días circulan en muchos casos a tope, sin asientos desocupados. En trenes y subtes la cuestión se agrava cualitativamente llegando a viajar con vagones llenos en las horas pico, a la vez que ha aumentado el tránsito de vehículos particulares. Junto con esto, los números de infectados por Covid-19 y víctimas fatales continúan siendo bajos lo cual da la pauta del relativo éxito que significó, como medida precautoria, la cuarentena anticipada por el gobierno de Fernández.

Pero este “éxito” que implica haber evitado la transmisión exponencial del virus en la sociedad es un “éxito” relativo que no debe hacer perder de vista que el vehículo del virus son las personas y que, en la medida en que se flexibiliza la circulación el contagio inevitablemente va a aumentar.

Se ha vuelto moda recurrir a los enfrentamientos bélicos mundiales como parámetro del caos que está produciendo la pandemia (lo cual no deja de ser un signo del carácter histórico y universal del acontecimiento). En este sentido advertimos: es desaconsejable confundir una batalla con la guerra. Lo conquistado hoy en materia de salud puede ir al desastre si la llamada “administración de la cuarentena” presentada como una evaluación sanitarista se revela como movida por las necesidades de los negocios capitalistas y del Estado.

En estos últimos días el gobierno aparece cediendo a las presiones de la burguesía recalcitrante que reclama la apertura de las industrias, del comercio y de los servicios que aún no se encuentran exceptuados, a la vez que transmite la idea de que la responsabilidad del cuidado pasaría ahora por cada individuo: muestra de esto es la obligatoriedad del uso de barbijos que se ha extendido prácticamente por todo el país y se presenta como la nueva panacea frente al contagio.

Esta flexibilización en aumento de las medidas de confinamiento social podría transformar el “éxito” sanitario temporal en desastre sanitario mañana. Es un hecho que en lo inmediato la realidad cotidiana, los números bajos de casos, en contraste con las imágenes calamitosas del mundo, transmiten una falsa idea de seguridad ante el virus. Sumado a esto, el hastío social del confinamiento se hace sentir, generándole al gobierno cierto margen para dar lugar al relajamiento de la medida.

Pero repetimos, el aumento de circulación de trabajadores en el transporte público y los ámbitos laborales con medidas sanitarias ineficientes o directamente nulas, abren la puerta a un aumento exponencial del contagio que para cuando ocurra toda vuelta a la cuarentena puede ser tarde. No hay que perder de vista además que la imagen de la situación sanitaria del país tiene cierto retraso, los datos siempre nos muestran una foto vieja por así decirlo. Es que el Covid-19 produce síntomas entre una y dos semanas después del contagio, a la vez que tiene la capacidad de transmitirse en el periodo asintomático, por lo que las consecuencias de las medidas de flexibilización de hoy se manifiestan con un retraso de quince días para cuando todo ya puede ser tarde.

La concesión que hace el gobierno de Fernández a los empresarios marca un desplazamiento en la lógica que venía aplicado ante la pandemia: de una mirada desde la salud (aunque social en las formas y liberal en los hechos) a una mirada que parte de las ganancias del empresariado. Aunque esto no quiere decir que el gobierno levante directamente la cuarentena; y, aunque no la descuide absolutamente, es visible que la flexibilización va en aumento. ¿Puede terminar esta política en una saturación de los hospitales en el periodo siguiente? Sin duda el riesgo aumenta y en este sentido es evidente que el gobierno juega con fuego.

Hospitales, geriátricos, frigoríficos y villas de emergencia: primeros focos en donde emerge la pandemia

Algunos casos de esta última semana son índices que abonan la advertencia que hacemos. Los 20 contagios entre trabajadores del hospital Belgrano, aún sin registrarse en el país un pico de casos de Covid-19, han puesto al desnudo la desidia a la que están sometidos los trabajadores de la salud hace años y que recrudecen hoy. La flexibilización laboral lleva a que un número escaso de trabajadores cumpla varias funciones en distintas áreas hospitalarias, circulando por varias salas y sin insumos suficientes (barbijos, camisolines, cofias) lo cual aumenta la circulación del virus al interior de los hospitales.

Estos días salieron a la luz los casos de contagios en geriátricos de CABA que se suman al caso de Saldán en Córdoba. Estos verdaderos “depósitos de ancianos” en donde los adultos mayores solo cuentan como cuota parte de la torta de dinero que reciben los dueños de los geriátricos vía el PAMI o por pagos privados, han demostrado ser uno de los mayores focos de virus en el mundo. El gobierno nacional se niega a aplicar tests a quienes residen allí y de esa manera salvaguardar a quienes no hayan contraído el virus, condenando de esa forma al contagio de todos, lo cual en casos de mayores es prácticamente una condena de muerte.

A esto se suman por estas horas la clausura del frigorífico “El Federal” de Quilmes ante la muerte de un trabajador y el contagio de otros 7 (mientras 6 permanecen en observación). A pesar de la primera muerte por coronavirus de un trabajador del Senasa que cumplía tareas en el frigorífico ocurrida días atrás la patronal se negó a entrar en cuarentena y ahora el resultado está a la vista.

Por último, la aparición de dos casos en la Villa 31 sumado a los casos en la Villa 1-11-14 da la pauta de que el virus circula en barrios donde el hacinamiento es enorme y el riesgo de transmisión es mucho mayor.

Estas situaciones son índices de que el contagio se está extendiendo en sectores altamente riesgosos. Recordemos que hasta el día de hoy la política del aislamiento social ha sido la única política que el gobierno ha tenido frente a la epidemia en la medida que ni siquiera se ha dignado a lanzar testeos generalizados para detectar los casos de infectados asintomáticos y así prevenir la difusión de virus antes que este llegue a los hospitales. Ante esta situación exigimos que se terminen las dilaciones y se dé comienzo a la aplicación de testeos masivos en lugares de trabajos, hospitales y geriátricos donde se sospeche de contagios para atender a quienes se infecten y resguardar a quienes den negativo. Además ante la reapertura de nuevas actividades es necesario impulsar comités de higiene y seguridad en todas a las estructuras laborales para no quedar a merced de los empresarios que como en “El Federal” ponen en riesgo la salud de los trabajadores para seguir llenándose los bolsillos. A su vez alertamos sobre la aplicación de “cordones sanitarios” que tiendan a segregar a la población de los barrios con hacinamiento donde hayan casos de coronavirus, por esto mantenemos la exigencia de un sistema universal de salud, para que todos los recursos hospitalarios del país (sin distinción entre públicos y privados) estén al servicio de quienes los necesiten. Ante cualquier caso de contagio en lugares con alta densidad de población (sean asentamientos, geriátricos o lugares con hacinamiento) el mejor lugar para estar deben ser los hospitales, el cercamiento de barrios o edificios en donde hay enfermos para que la enfermedad no salga como forma de evitar el contagio (como ocurrió en un geriátrico de Villa Urquiza) es una medida medieval que condena a los no enfermos al contagio seguro.

La economía mete presión

El gobierno define su política como una guerra contra el coronavirus, pero en una guerra se debe tomar medidas categóricas para poner toda la capacidad del país en función de vencer al “enemigo”. La metáfora guerrerista del gobierno no pasa del estado de simple literatura.

Como venimos advirtiendo en este periódico, la economía no deja de meter presión sobre la cuarentena. La economía argentina está presionada en primer lugar por una recesión que se arrastra desde hace más de dos años que ha erosionado las cuentas de casi todo el aparato productivo. Junto con esto y de manera mucho más acuciante está la brutal inflación que afecta principalmente a los trabajadores que no paran de ver como su salario y calidad de vida se hunden en un precipicio sin fin. Además debemos sumar el calamitoso estado financiero que dejó el gobierno de Macri con un país endeudado hasta los tuétanos y sin acceso al crédito en ninguna ventanilla. Así las cosas, el gobierno de Alberto Fernández apostó a tratar de sostener este mes de cuarentena tratando de hacer equilibrio entre la calamitosa situación social que amenaza permanentemente con estallar por los aires, y su vocación de no afectar los intereses de las patronales. Pero lo concreto es que la naturaleza y la economía son más fuertes que los deseos de los gobiernos y los funcionarios de turno; y que la alquimia albertista, más temprano que tarde va a chocar con los tozudos hechos de la realidad.

Bajándolo a tierra: si la Argentina ya arrastraba una parálisis económica que venía de lejos, la cuarentena significó por un lado el parate de gran parte del aparato productivo y del circuito comercial (esto tanto en la Argentina como en el mundo) con la consecuente caída del consumo, la producción y los ingresos fiscales, y en el otro lado un incremento exponencial del gasto del Estado, caída de los ingresos y salto de egresos sin acceso al endeudamiento. Frente a este intríngulis, el gobierno se niega a que los grandes capitalistas, los bancos y el imperialismo sean quienes carguen con el costo de “la guerra” y la única medida económica que tomó Alberto Fernández es imprimir billetes y más billetes.

Desde ya que no nos oponemos a que se financie la asistencia a los sectores populares, pero lo que no debemos perder de vista es quien va a pagar el costo de estas medidas. Porque la voraz impresión de billetes sin una contrapartida de crecimiento económico proporcional y sin ingreso de divisas (dólares) que lo compensen, incentiva más temprano que tarde, cuando haya pasado la cuarentena, una escalada inflacionaria que podría eventualmente abrir el paso a episodios hiperinflacionarios, a una nueva disparada del dólar y a un redoblado sablazo sobre los salarios.

Por eso repetimos, quiénes van a cargar con el costo, porque el gobierno que ha congelado los salarios de los trabajadores por la vía de los hechos, que ha incentivado que se arregle las bajas salariales en el marco de la cuarentena y que se apresta a negociar el pago de la deuda externa a los bonistas internacionales en medio de esta crisis, es absolutamente incapaz de tomar la menor medida que afecte a la patronal. Ya vimos cómo retrocedió en chancletas frente a los propietarios de las clínicas privadas ante el esbozo de un anuncio que declarara el sistema de salud como de interés nacional, y ahora como se diluye cual azúcar en el agua el tan mentado “impuesto patriótico” que parece que va a morir sin llegar a ser concebido.

Los sindicatos y la izquierda deben organizar la solidaridad desde abajo

Que el capitalismo deba recurrir a un método del Medioevo como la cuarentena para afrontar las consecuencias del virus con cierta eficacia da cuenta de los límites enormes de este sistema. Y es a su vez una confesión más profunda. Si la producción y reproducción de la humanidad es siempre social, el método de confinamiento es un recurso de aplicación colectiva pero que lleva a la sociedad al último rincón de la individualidad: cada quien vive la cuarentena desde “su mundo” y afronta las dificultades, sean económicas, sean de violencia de género (una epidemia en aumento en Argentina y en el mundo), o la que fuera desde ese lugar.

Así el capitalismo que ha socializado y mundializado como nunca antes en la historia la producción social, es incapaz de darle una salida colectiva a la pandemia a través de sus gobiernos sin retroceder a métodos del siglo XIV y a la fragmentación social.

Este hecho pone sobre la mesa dos cosas: la incapacidad congénita de la burguesía de dar respuestas a los dramas sociales creados por su accionar irracional, y la necesidad de que otra clase asuma un rol histórico ante el desastre actual, una clase que sea capaz de representar los intereses de los explotados y oprimidos. Este rol sólo puede ser ocupado por la clase obrera en situaciones de crisis extraordinarias si logra elevarse a clase histórica (a dirección de toda los explotados y oprimidos) para lo cual debe contar como aliado y dirección con un partido revolucionario.

Mientras esto no ocurre, el Estado burgués actúa como el ámbito de centralización y dirección de todos los asuntos sociales y tiene siempre como último objetivo la preservación de los intereses de la clase que representa. Cada acción del Estado lleva siempre, en última instancia, agua al molino de la clase que domina. Así, todo partido y política que se limita a exigirle al Estado educa a la clase obrera en la pasividad, y es por ende reformista. Lejos de plantear a los trabajadores el desafío de disputar la dirección de los asuntos sociales y por esa vía proyectarse como alternativa, educa en que es el Estado (ajeno) el que debe solucionar los problemas.

Esta es la ubicación de la enorme mayoría de la izquierda argentina, que ha adoptado una posición de absoluta pasividad (reaccionaria) regalándole todo el terreno de acción al gobierno de Fernández, el Estado, los partidos patronales, la iglesia y la burocracia sindical.

Mientras corrientes como el PO que tienen responsabilidad de dirección en organismos sindicales duermen la siesta, la burocracia sindical le lava la cara al gobierno repartiendo las “bolsitas” de comida (cínicamente llamadas bolsones por el oficialismo) y ocupa todo el espacio de “resolución” de los asuntos sociales. Lo decimos una vez más: negarse a abrir los sindicatos o seccionales independientes como son los Sutebas o el SUTNA es colocarse a la derecha del gobierno y permitir que la burocracia le lave la cara al gobierno.

El PO ha diluido toda su actividad en las etéreas redes sociales, mientras dan la pelea política porque los sindicatos y seccionales se mantengan cerrados y nadie haga nada… salvo el Estado y el gobierno. Por su parte toda acción solidaria del PTS parece haberse esfumado con el correr de los días…

Todo partido que no disputa la organización de la solidaridad entre los trabajadores, que no pelea contra el corporativismo que impulsa la burocracia sindical para fragmentar y controlar a los trabajadores, y peor aún, que fomenta el corporativismo y educa a los trabajadores que el mundo empieza y termina en el gremio y sus afiliados, no puede preciarse de socialista ni revolucionario.

Nuestro partido por el contrario viene desarrollado diversas acciones de solidaridad, participando en movilizaciones como la del frigorífico Penta, yendo a escuelas y secundarias de CABA, Gran Buenos Aires, La Plata, Córdoba y las principales ciudades del país. A su vez, realizando colectas de elementos de limpieza, máscaras protectoras y todo lo que sea de utilidad para diversos hospitales.

Detrás de estos humildes actos de solidaridad est la búsqueda de estrechar los lazos del partido con los trabajadores y alentar la organización independiente por abajo. Siempre con la máxima responsabilidad y el máximo cuidado de higiene y seguridad en cada actividad. Y siempre con la mira puesta en el futuro.

Sumate a la discusión dejando un comentario:

Por favor ingrese su comentario!
Por favor ingrese su nombre aquí