Hasta hace poco, la censura de libros parecía algo asociado a regímenes autoritarios del pasado o a contextos de dictadura explícita. Sin embargo, en los últimos años, el debate sobre qué puede leerse, enseñarse o circular libremente ha regresado con fuerza a distintas regiones del mundo. Estados Unidos, Argentina y Hungría (países con historias, sistemas políticos y tradiciones culturales muy diferentes) ofrecen ejemplos claros de cómo la censura contemporánea adopta nuevas formas, muchas veces legitimadas por los discursos morales, identitarios o económicos de la extrema derecha.
Lejos de las hogueras medievales, la censura actual suele operar a través de decisiones administrativas, recortes presupuestarios, presiones políticas o marcos legales ambiguos. El resultado, no obstante, es similar: restricción del acceso a ideas, relatos y miradas críticas.
Los gobiernos de la ola reaccionaria que vive el mundo han recurrido a la censura y al ataque contra aquellos libros que, con críticas profundas, despiertan el cuestionamiento del poder establecido. Ya sea a través de la narración de hechos históricos desde perspectivas incómodas o mediante la denuncia de realidades sociales silenciadas.
Los libros y, las ideas que contienen, evidentemente los incomodan. Y una y otra vez se tuvieron que enfrentar a la resistencia de lectores, autores y comunidades que se niegan a renunciar a la palabra.
El campo de la literatura: un terreno de disputas
El campo del arte y la cultura puede pensarse como un espacio de disputa ideológica en el que se entrecruzan fuerzas de dominación y de resistencia. Legitima valores, identidades y narrativas dominantes; también en él emergen voces disidentes que cuestionan esa hegemonía y abren fisuras en el orden establecido. En esa lucha, la literatura puede funcionar como instrumento de reproducción ideológica, reforzando ideológicamente las relaciones de opresión de clase, género y raza. Pero también es un vehículo de resistencia, capaz de visibilizar lo silenciado, denunciar injusticias y proponer horizontes alternativos.
Es verdad que cada canon literario, cada premio, cada crítica publicada, es parte de una red de legitimación que busca consolidar una visión del mundo, sin embargo, nunca logra eliminar del todo las voces que se rebelan contra esa visión. Así, los márgenes, las literaturas periféricas, las narrativas de grupos subalternos, se convierten en espacios de resistencia que disputan el sentido mismo de lo que se considera “LA literatura» .
En este campo, las tensiones se hacen visibles, la literatura no queda exenta de la influencia del mercado, la política o la ideología dominante. No obstante, incluso en los espacios más controlados, la resistencia se filtra, ya sea en forma de metáforas, de géneros marginales como el gótico o la ciencia ficción, o de narrativas que rescatan memorias colectivas silenciadas.
Entonces, algunas de las conclusiones que podemos sacar es que la literatura y el arte en su más amplio aspecto, son espacios vivos de tensión, conflicto y posibilidad emancipadora. Cada texto y cada práctica cultural se convierten en actos políticos que pueden sostener el orden dominante o contribuir a transformarlo.
Retomemos brevemente la maravillosa obra Literatura y revolución. León Trotsky plantea con notable lucidez una idea clave para comprender el vínculo entre arte y sociedad. En esa obra fundamental, el autor sostiene que ni la literatura, ni el arte surgen en el vacío ni responden únicamente a impulsos estéticos, sino que se inscriben de lleno en los grandes movimientos históricos de su tiempo.
“Es ridículo, absurdo y hasta estúpido en el más alto grado pretender que el arte permanecerá indiferente a las convulsiones de nuestra época. Los acontecimientos se preparan por los hombres, se realizan por los hombres y reinfluyen a su vez sobre los hombres y les hacen cambiar. El arte, directa o indirectamente, refleja la vida de los hombres que hacen o viven los acontecimientos.”
La censura de libros como mecanismo de represión
En distintos rincones del mundo se intensifican los intentos de censura literaria, una práctica que restringe el acceso a obras que exploran la igualdad de género, la sexualidad, la diversidad y los derechos de las mujeres y de la población LGBTI+. Países como Estados Unidos, Hungría y Argentina han protagonizado algunos de los episodios más recientes.
En Estados Unidos, la censura de libros ha crecido de manera significativa desde 2021, especialmente en bibliotecas escolares y públicas. Se trata de un fenómeno impulsado desde gobiernos estatales, distritos escolares y grupos como Moms for Liberty (Madres por la Libertad), una organización republicana de presión para la censura disfrazada de «familias preocupadas». Han impulsado campañas coordinadas para retirar miles de títulos de bibliotecas escolares y públicas, alegando que contienen material “inapropiado” o “peligroso” para los menores.
La organización PEN America, dedicada a la defensa de los derechos humanos y la libertad de expresión con especial foco en el acceso a la literatura, denunció que entre julio de 2023 y junio de 2024 se prohibieron más de 10.000 libros en 29 estados y 220 establecimientos escolares públicos.
No debería sorprendernos que este incremento en la censura y el ataque a la literatura se produzca bajo el gobierno del ultrarreaccionario Donald Trump. Acusan a la educación, al arte y a la cultura de fomentar lo que él y sus aliados denominan despectivamente como “ideología woke” para reprimir todo lo que no se acomoda a su agenda conservadora. Esta etiqueta funciona como un arma política para desacreditar cualquier discurso que promueva la igualdad, la diversidad o la memoria histórica. Presentan así como «ideología» la sola existencia de las personas trans, los deseos de las mujeres de ser más que madres, la denuncia del racismo, etc.
En apenas un año, los casos de censura pasaron de 3.362 a más de 10.000. Al profundizar, PEN America sostiene que desde julio de 2021 se registraron 15.940 prohibiciones en 43 estados y 415 distritos escolares públicos. Según ellos, estas medidas se apoyan en cambios de políticas y nuevas leyes estatales diseñadas para suprimir la enseñanza de ciertos puntos de vista, identidades e historias. La mayoría de los textos censurados abordan temáticas vinculadas a la raza, la sexualidad y la identidad de género.
“La campaña utiliza falsedades, miedo y odio para deshumanizar, desestimar y disminuir voces importantes en la esfera pública, y estos esfuerzos están remodelando la educación pública estadounidense”, denunció la organización en uno de sus comunicados.
En el ámbito europeo, el caso de Hungría se ha convertido en uno de los ejemplos más señalados por organismos internacionales. Bajo el gobierno del primer ministro Viktor Orbán, la censura sobre libros, obras de arte y expresiones culturales ha experimentado un notable incremento, especialmente a partir de la aprobación en 2021 de la denominada ley de “protección de la infancia”. Esta normativa prohíbe la difusión de contenidos que “promuevan o representen” la homosexualidad o la diversidad de género ante menores de edad como también limita la educación sexual en escuelas, y solo instructores aprobados por el gobierno pueden enseñar la materia.
Esta ley aparece, intencionalmente, redactada de una manera ambigua que ha permitido una aplicación amplia y restrictiva. En la práctica, la ley ha impactado directamente en la publicación, distribución y exhibición de libros, películas, obras teatrales y materiales educativos, incluyendo literatura infantil y juvenil que aborda la diversidad familiar o la identidad de género. Como consecuencia, editoriales y librerías han sido obligadas a colocar advertencias visibles en las portadas de ciertos libros, a venderlos en secciones separadas o a limitar su acceso exclusivamente a mayores de edad.
En algunos casos, el incumplimiento de estas disposiciones ha derivado en multas económicas y sanciones administrativas. Estas medidas no solo afectan a autores y editores, sino que restringen el derecho del público a acceder libremente a contenidos culturales diversos. Organizaciones de derechos humanos han advertido que esta ley vulnera principios fundamentales como la libertad de expresión, la igualdad y la no discriminación. Desde el gobierno húngaro, sin embargo, la norma es defendida como una herramienta para preservar los «valores tradicionales» y «proteger a los menores».
En Hungría, la censura es parte de una estrategia estatal más amplia orientada a moldear los valores sociales y reforzar una identidad nacional conservadora, que tuvo como uno de sus hechos más visibles la prohibición de la Marcha del Orgullo, que sin embargo fue desafiada por miles de personas. El control de los contenidos culturales se articula con una creciente influencia gubernamental sobre los medios de comunicación, las universidades y los espacios artísticos, configurando un escenario en el que el pluralismo cultural y la libertad creativa enfrentan restricciones cada vez más severas.
En Argentina también se han registrado episodios que se inscriben dentro de esta ola reaccionaria a nivel global. Durante 2024, funcionarios y referentes de La Libertad Avanza impulsaron cuestionamientos y acciones contra determinadas obras literarias, con el argumento de “proteger a la infancia” frente a supuestos contenidos sexuales inapropiados. Amplios sectores del ámbito cultural y educativo lo interpretaron como intentos de censura encubiertos bajo un discurso moralizante.
Entre las obras señaladas se encuentran Cometierra, de Dolores Reyes; Las primas, de Aurora Venturini; Si no fueras tan niña, de Sol Fantin; y Las aventuras de la China Iron, de Gabriela Cabezón Cámara. Se trata de textos ampliamente reconocidos por la crítica y utilizados en espacios educativos y académicos, que abordan problemáticas sociales complejas como la violencia de género, la desigualdad, la identidad y las relaciones de poder.
Uno de los ataques que mayor repercusión pública generó fue el dirigido contra Cometierra, la novela de Dolores Reyes publicada en 2019. El libro narra la historia de una adolescente del conurbano bonaerense que, al comer tierra, adquiere la capacidad de tener visiones sobre personas asesinadas o desaparecidas. A través de este recurso simbólico, la obra expone la violencia estructural, los femicidios, la pobreza y la impunidad que atraviesan a amplios sectores de la sociedad argentina.
Lejos de cumplir el objetivo de silenciar la obra, los intentos de censura generaron el efecto inverso. La polémica despertó una fuerte ola de solidaridad con la autora y reavivó el interés por el libro, que volvió a circular masivamente en clubes de lectura, escuelas y bibliotecas. Para muchos lectores, leer Cometierra se convirtió en un gesto colectivo de lucha contra los intentos de limitar la libertad artística y el acceso a la cultura.
Aunque los mecanismos y los contextos nacionales difieran, estos casos comparten un mismo núcleo: la censura se legitima bajo la idea de la «protección». «Protección de la infancia», de la «moral pública», de la «identidad nacional» o de una supuesta neutralidad ideológica. La censura de libros no es una suma de episodios anecdóticos, es un síntoma de la voluntad autoritaria de la extrema derecha de imponerse por la fuerza.
En un escenario global atravesado por crisis políticas, económicas y culturales, el control de los relatos se vuelve un recurso central de poder. La disputa por lo que puede decirse, leerse o imaginarse acompaña y profundiza la polarización política que define este nuevo mundo, un mundo en llamas donde las tensiones no quedan al margen del arte ni de la experiencia colectiva y atraviesa de lleno a la producción cultural, que se vuelve un terreno estratégico para la reproducción del orden existente o para su cuestionamiento. Cada libro censurado revela, en última instancia, el miedo del poder a aquello que no puede controlar del todo.
La defensa de la literatura y del acceso libre a la cultura adquiere una dimensión política ineludible. Proteger los libros no es sólo preservar objetos culturales, sino sostener el derecho colectivo a la memoria, a la crítica y a la diversidad de ideas. Frente al intento de imponer un relato único, la lectura sigue siendo una forma de resistencia, una práctica silenciosa pero profundamente subversiva, capaz de disputar sentidos y de mantener abierta la posibilidad de un futuro distinto.




