Elecciones presidenciales

Honduras: se extiende la inestabilidad de los resultados electorales 

El 30 de noviembre, se realizaron las elecciones presidenciales en Honduras. Desde entonces, el resultado electoral sigue sin resolverse. Los reportes del Consejo Nacional Electoral (CNE), con el 97% de las actas procesadas, el candidato del conservador Partido Nacional, Nasry Asfura, mantiene una ligera ventaja con el 40,52% de los votos. Muy de cerca le sigue Salvador Nasralla, aspirante del Partido Liberal, que acumula el 39,18%. En un tercer lugar quedó la “centroizquierda” del oficialismo (Partido Libre), con la candidata Rixi Moncada, con un 19,32%.

Así, la diferencia entre los dos primeros lugares es de solamente 9.855 votos. Por ello, actualmente la disputa por la sucesión presidencial en el país centroamericano está en disputa entre dos candidatos de derecha. En el caso de Asfura, recibió directamente el apoyo de Trump y, con relación a Nasralla, meses atrás viajó a Estados Unidos a buscar el respaldo del magnate y se puso la gorra de “MAGA”, aunque se la quitó cuando la Casa Blanca comenzó con las redadas migratorias y deportaciones.

Tras conocerse los primeros cortes de resultados, no tardó mucho para que todos los sectores cruzaran denuncias de fraude electoral. El sistema de conteo se “cayó” por varias horas en reiteradas ocasiones. Esto dio paso para que Nasralla denunciara que, tras uno de esos cortes, los resultados electorales fueron alterados.

El viernes 5 de diciembre el conteo volvió a caerse, pero esta vez se reanudó hasta el domingo 7 de diciembre. Luego de esta última interrupción, desde el oficialista Libre llamó a movilizar y desconoció el resultado electoral. “Libre no reconoce las elecciones celebradas bajo una injerencia y coacción del presidente de Estados Unidos, Donald Trump y la oligarquía aliada que han embestido al pueblo hondureño”.

Previo a las declaraciones de Moncada, Nasralla y Asfura habían “advertido” a sus simpatizantes que el oficialismo intentaría hacer un fraude o usar la fuerza para aferrarse al poder. La última vez que se hicieron unas elecciones con tanta incertidumbre en Honduras fue en el 2017, cuando el mismo día de las elecciones estallaron protestas por los resultados y se impuso un toque de queda y se impuso José Orlando Hernández. Alrededor de 20 personas fueron asesinadas en aquel momento.

El factor Trump

Uno de los elementos que atravesaron la carrera electoral fue la intromisión de Trump. “¡Espero que el pueblo de Honduras vote por la libertad y la democracia, y elija a Tito Asfura como presidente!”. Con esta palabras, el presidente estadounidense llamó a votar a la población hondureña. Además, aseguró que con Asfura podrían “trabajar juntos para combatir a los narcocomunistas y brindar la ayuda necesaria al pueblo hondureño”.

A pesar de los intentos de Nasralla por acercarse al mandatario estadounidense, desde la Casa Blanca no lo consideraron un “aliado confiable para la libertad” y, en el caso de Moncada, la tildó de comunista.

De hecho, Nasralla y Asfura pasaron gran parte de la campaña electoral en Washington, buscando dejar claro que comparten línea con el gobierno de Trump. Por su parte, Moncada intentó separarse del calificativo de Trump con una publicación en su cuenta de X: “Me llaman comunista para esconder la verdad: le temen a la democratización de la economía, les aterra la Ley de Justicia Tributaria; y quieren que el dinero siga siendo un privilegio para las diez familias (más acaudaladas del país) y no un derecho a favor del Pueblo”.

Pero Trump no es el único que tuvo injerencia en las elecciones hondureñas. La representante republicana por Florida, María Elvira Salazar, enmarcó la elección en el plano ideológico al declarar que “yo no les estoy diciendo a nadie cómo tienen que votar (…) lo único que les estoy diciendo es que no elijan a una comunista”.

Como parte del apoyo de Trump hacia Asfura, liberó al ex narco-dictador Juan Orlando Hernández (JOH), quien fue extraditado a los Estados Unidos en 2024 y condenado a 45 años de prisión por cargos de narcotráfico, corrupción y contrabando de armas. De tal manera, el presidente estadounidense deja patente -una vez más- como su “guerra contra las drogas” sólo es la fachada para justificar un mayor intervencionismo en la región en aras de controlar la que considera su zona de influencia.

En ese sentido, mantener el control férreo sobre Honduras le garantiza a Washington un acceso a Centroamérica. Ya en el pasado, el territorio catracho sirvió al imperialismo estadounidense como una base de operaciones para hacer llegar el financiamiento y apoyo militar a la Contra para combatir a la revolución nicaragüense del 79’.

Xiomara Castro: un gobierno con una política reaccionaria de seguridad y muchas deudas

Los resultados provisionales de la elección dan luz sobre un voto castigo contra el oficialismo que no pudo resolver los problemas del costo de vida y la violencia vinculada al crimen organizado. Honduras tiene la tasa de homicidios más alta de Centroamérica; para el 2023 cerró en 31,1 homicidios por cada 100 mil habitantes.

A lo anterior se le suma que, frente al crimen organizado, Castro optó por el “modelo Bukele” y en 2022 declaró el estado de sitio, el cual se mantiene en vigor hasta la fecha y este año se extendió a 226 municipios (de 298 existentes en el país). Esto le dio enormes atribuciones al ejército; por ejemplo, en octubre les asignó la tarea del aseguramiento de la transmisión y resguardo de las actas de los resultados electorales.

La pobreza y la violencia persisten en el país, muchos hondureños compaginan dos o tres trabajos a la vez, al tiempo que luchan contra las amenazas de extorsión de los grupos del crimen organizado, que se alían con las fuerzas policiales. “Solo tenemos para comer; nada más”, dijo Lenin Sacasa, de 21 años, que vende ropa usada y agua embotellada, y suele ganar apenas lo suficiente para alimentarse a sí mismo y a sus padres.

En materia ecológica, a pesar de promulgar una prohibición a la minería a cielo abierto, en la práctica la actividad no solo no se detuvo, sino que avanzó sobre territorios indígenas y áreas protegidas. Honduras continúa entre los países más letales del mundo para los defensores ambientales.

También, se comprometió con la Comisión de Seguridad Agraria y Acceso a la Tierra en 2023, con el fin de impulsar una reforma agraria. Sin embargo, los sectores campesinos han denunciado que es insuficiente y la critican por corrupción.

Además, el gobierno de Xiomara Castro se sometió a la política migratoria del imperialismo estadounidense. Actualmente, se estima que 30 mil personas hondureñas fueron deportadas por la Casa Blanca y, ausente al inició la presidente catracha amenazó con cerrar la base militar de Palmerola, al poco tiempo se alineó con los intereses de Washington y siguió la línea de políticas sumisas al imperialismo norteamericano.

De tal manera que el gobierno de Xiomara y la “democratización de la economía” no logró resolver ni el lodo ni la barbarie del capitalismo hondureño. Muy por el contrario, su gobierno se dedicó a sostener una política reaccionaria de estado de sitio, incluso durante las votaciones, al estilo Bukele. Por lo cual, los resultados del oficialismo y el viraje a la derecha pueden leerse como un castigo al oficialismo y descontento con el gobierno.

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