“Yo era ‘el niño mimado’ de los Estados Unidos… [Pero] no podía contarles a los norteamericanos qué era lo que haría en Malvinas. Me habrían parado. Yo confiaba en que ellos mantendrían una posición equidistante; no esperaba que ellos asumieran la posición que tomaron. Yo a lo que jugué fue a la no intervención de Estados Unidos… Sí; le puedo decir que si hubiéramos tenido la certeza de que Estados Unidos iba a tomar la posición que finalmente adoptó, no habríamos invadido…” 

General Leopoldo Galtieri, entrevista realizada el 28/07/1982 y publicada en Clarín el 02/04/1983

 

En vísperas de iniciarse el conflicto, el 2 de abril de 1982, la dictadura del Proceso, que tenía de presidente en ese momento a Galtieri, estaba profundamente desgastada y ante la perspectiva de una crisis terminal. Comenzaban a presentarse los síntomas clásicos que habían precedido la caída de otros regímenes militares en Argentina, en primer lugar, el rechazo de un amplio espectro de la sociedad, desde la clase trabajadora hasta los sectores de clase media, acompañado también de cuestionamientos en el seno de la misma burguesía.

A diferencia de su hermana-rival, la dictadura de Pinochet en Chile, los militares argentinos habían sido incapaces de consolidar un sostén político-social significativo de sectores civiles. Se había desvanecido hacía tiempo el consenso con que el golpe de 1976 había sido recibido por la burguesía, por amplios sectores de clase media e incluso por franjas más de retaguardia de la clase trabajadora. Un sentimiento de hartazgo de los militares, iba ganando cada vez más espacio.

Lo importante era que este vacío político-social en que venía flotando la dictadura había comenzado desde hacía tiempo a agitarse, a salir de la pasividad. Estaban, por ejemplo, los movimientos de derechos humanos que reclamaban por la represión y los desaparecidos. Pero lo más grave para la dictadura era la vuelta a escena del movimiento obrero. Así, el 30 de marzo de 1982, tres días antes del desembarco en Malvinas, decenas de miles de personas salieron a la calle en Buenos Aires y ciudades del interior, como Mendoza. Habían sido convocados por un sector “combativo” de la burocracia sindical, el que encabezaba el dirigente cervecero Saúl Ubaldini, organizado en la “CGT de calle Brasil”. La movilización de Buenos Aires fue duramente reprimida en Plaza de Mayo, pero el sentimiento en todo el país fue de gran simpatía, repudio a la dictadura… y la sensación de que había comenzado la cuenta regresiva para los militares.

Es en ese contexto que la Junta Militar había comenzado a preparar en secreto, desde meses antes, la toma de Malvinas. Era en el fondo una jugada desesperada, a todo o nada, que estimaba le iba a dar popularidad, y eventualmente un plafond para luego legitimarse en las urnas.

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La clave para comprender esto la da Galtieri: “Yo era ‘el niño mimado’ de los Estados Unidos…” Entonces, suponía que como tal, el papá de Washington toleraría alguna travesura. Y, efectivamente, la dictadura en esos momentos era su niño mimado… pero hasta el más tolerante de los padres se ve obligado a poner límites… En este caso, era un disparate pensar que el imperialismo yanqui rompería su alianza histórica con el imperialismo británico–forjado en dos guerras mundiales e imprescindibles frente a la Unión Soviética– en obsequio de un dictador de morondanga.

Pero este increíble espejismo de Galtieri tenía su “racionalidad”. Después de Jimmy Carter, en enero de 1981 asumió la presidencia de EEUU el super conservador Ronald Reagan, que junto a Margaret Thatcher impulsaría –a palos– el giro mundial al neoliberalismo. Y Reagan y la dictadura argentina iniciaron un idilio.

Durante Carter, EEUU había tenido roces públicos con los militares argentinos, por el tema “derechos humanos”. Es que el imperialismo yanqui, malparado por la paliza de Vietnam en 1975, ensaya con Carter una nueva política, la de “reacción democrática”: frente a las luchas obreras y populares, y especialmente las peligrosas rebeliones en países con dictaduras, EEUU se planta como campeón de la “democracia”… burguesa. Es decir, que las protestas y revueltas no lleguen a amenazar la explotación capitalista ni la dominación imperialista, que se detengan en el límite democrático-burgués. El santo remedio son las elecciones: que se vayan dictadores y militares, que vengan las urnas y los políticos patronales… y que todo el resto siga como antes… [1]

Ronald Reagan da un giro importante en relación a esta política (aunque sin abandonarla del todo). El motivo fundamental es el triunfo de la Revolución Nicaragüense en 1979, que además implica la apertura de un enorme proceso revolucionario que, desigualmente, abarca a toda Centroamérica… el “patio trasero” de EEUU. La política de la zanahoria de la “reacción democrática” fracasa en contener esto, y Reagan decide volver a la línea del “gran garrote”. Allí tienen su papel los militares argentinos.

Es que Reagan no sólo los aplaudía por haber masacrado en Argentina a una generación de luchadores obreros y juveniles, sino porque ahora le estaban sirviendo para hacer lo mismo en Centroamérica. En efecto, muchos torturadores y “desaparecedores” de las Fuerzas Armadas argentinas habían sido enviados a Centroamérica, a las órdenes del Pentágono, como cuadros organizadores de represiones cuyas víctimas se contarían por cientos de miles, especialmente en Nicaragua, El Salvador, Guatemala y Honduras.

¡Reagan tenía motivos para considerarlos sus “niños mimados”… pero como sirvientes o, más bien, sicarios a su servicio! [2]

 

Atrapados sin salida: una guerra que la dictadura no podía ni quería ganar

“En una reunión de la Junta Militar propuse un proyecto de declaración a las Naciones Unidas que dijera que en un lapso de 60 días, la Argentina retiraría sus tropas, de una manera escalonada… todos los presentes coincidieron en que no había margen interno para eso. Todas las encuestas que recibíamos nos indicaban el estado de euforia que se vivía en la población.” (Galtieri, entrevista cit.)

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Al ocupar las islas, la dictadura cometió una doble equivocación. Por un lado, supuso que EEUU dejaría pasar la cosa. El otro error no fue menos grave: creyó que eso le daría gran apoyo popular.

Pero lo que la gran mayoría sostuvo en su momento no fue a los militares, sino a la acción objetivamente antiimperialista de retomar un territorio del que se había apoderado el Imperio Británico, desalojando a la población argentina e instalando un enclave colonial.

Por eso, como confiesa luego el mismo Galtieri en la entrevista citada, “no había margen interno” para retroceder. La “euforia” popular se debía a la recuperación de las islas. No era por simpatía a Galtieri ni a la dictadura, sino a pesar de ellos. En cuanto diesen un paso atrás, se derrumbaban… como efectivamente sucedió.

Al quedar atrapada en este atolladero, la dictadura (pro imperialista hasta los tuétanos) se ve ante la misión imposible de ser el jefe militar de una guerra objetivamente antiimperialista.

La derrota de Argentina tiene que ver esencialmente con esa contradicción político-social, no con problemas simplemente “técnico-militares”. O, mejor dicho, esos problemas “técnico-militares” derivan de allí. La evidente improvisación y falta de preparación, y luego la disparatada estrategia de “defensa estática” que dejaba la iniciativa totalmente en manos británicas, fueron el subproducto de que al jefe de esa guerra le resultaba imposibleinconcebible, combatir al imperialismo británico respaldado directa y abiertamente por el “Gran Hermano” de Washington.

Esta contradicción, que llevaría a la derrota de Argentina, se expresó de mil maneras, no sólo militarmente. Así, por ejemplo, el canciller argentino, Costa Méndez, proclama, ya iniciado el combate, que “a la Argentina no le interesa derrotar a Gran Bretaña”. (La Prensa, 10/05/1982) ¡Un confesión insólita para el gobierno de un país en guerra con otro, pero que reflejaba exactamente el pensamiento de estos cipayos!

En la misma onda de “no nos interesa derrotar a Gran Bretaña”, hubo otros hechos inéditos en conflictos bélicos, como por ejemplo, no afectar ni la propiedad ni las ganancias de empresas británicas, y seguir pagando puntualmente la deuda externa a los acreedores del Reino Unido y de los países que lo apoyaban. ¡Debe ser un caso único en la historia, que el gobierno de un país en conflicto haya contribuido así, financieramente, al esfuerzo de guerra de su enemigo!

 

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