El día de ayer, los mineros de Río Turbio hicieron una asamblea común con los obreros del Astillero Río Santiago. Dicho así, tan someramente, parece poco más que algo anecdótico. Pues ¿qué puede tener de raro o extraordinario que dos grupos con intereses comunes se junten? De poco común tiene bastante, de extraordinario tiene mucho, de importante aún mucho más.
Antes que nada, contemos brevemente. Se trata de dos sectores de trabajadores de lo más concentrado de la industria, de los más estratégicos y poderosos de la clase trabajadora. Además, son luchas muy cercanamente emparentadas por varios motivos. Porque si bien toda la clase obrera sufre diariamente el ajuste macrista, ellos son víctimas de una misma estrategia gubernamental: el vaciamiento de importantes empresas productivas estatales, la desinversión para ir al cierre o la privatización. El “proyecto de país” macrista es el de un granero que no cuente ni con la seudo-industrialización argentina, la destrucción de la mina y el astillero para hacer lo que sería realmente “productivo”: tomar deuda, pagarla con jugosos intereses, exportar limones y soja. Ambos sectores tienen una larga tradición de lucha. No casualmente YCRT y el ARS son empresas estatales: son de las pocas que lograron pararle la mano al menemismo. Hoy se les plantea una pelea de vida o muerte: el presupuesto 2019 contempla cerrar ambas empresas.
Hoy, una delegación de mineros se acercó al ARS mientras diversos sectores de éste tenían asambleas. Uno de ellos, el primero en entrar en contacto, con compañeros delegados y activistas a la cabeza, recibió a los obreros del sur y convocó a más para ser parte de una reunión común. Se discutió allí comenzar a coordinar empezando por la participación de trabajadores del astillero en el acampe en Plaza Congreso y de las actividades que se desarrollarán esta semana.
Lo que puede estar gestándose con esta experiencia (aún germinalmente) no es para nada poco, se trata de una recuperación de los métodos del clasismo.
En primer lugar, ambos sectores de trabajadores empiezan a romper las barreras corporativas que los dividen. En situaciones de “normalidad”, los capitalistas y los burócratas sindicales logran mantener a cada sector del movimiento obrero peleando por su cuenta, por sus reivindicaciones parciales, despreocupado de lo que pasa a los demás. Pero en esos momentos es también a veces posible arrancarles a los patrones conquistas propias. Hoy no es así: cada aumento salarial es licuado rápidamente por la inflación y la devaluación, los puestos de trabajo están permanentemente en riesgo sin que nadie peleando por su cuenta los pueda defender por un período prolongado, las conquistas en cuanto a condiciones de trabajo son atacadas al mismo tiempo en cada sector, etc. Las condiciones para que cada uno por su lado consiga algo (aunque sea defender algo ya conquistado) son más y más estrechas.
Luego, para lograr coordinar, juntarse, plantearse mutuamente sus intereses comunes, debieron pasar por arriba de las osificadas estructuras de la burocracia sindical. Éstos, en tanto agentes de los empresarios en el movimiento obrero, se esfuerzan porque cada uno piense sólo en sí mismo siguiendo, por supuesto, las órdenes del oficinista de turno autodenominado “dirigente”. Los trabajadores debieron tomar la iniciativa por su cuenta, discutiendo desde abajo qué hacer. De ese proceso surgen verdaderos dirigentes, capaces de ser los primeros en tomar la iniciativa entre sus compañeros. Se recupera así también la democracia obrera. En la asamblea unificada de los mineros con los obreros del ARS se vio claramente: la dirección sindical fue mero espectador de lo que hacían los trabajadores.
La fuerza de las circunstancias borra de plano toda ilusión en los “acuerdos”, en el “consenso” con un gobierno enemigo de los trabajadores. Cuando hay crisis, funcionarios-empresarios como Macri quedan al desnudo como lo que son: viles explotadores enemigos de quienes producen las riquezas que mueven al mundo. No hay “desacuerdos”, sólo intereses opuestos. Se borran los prejuicios de que el movimiento obrero se trata de personas dispersas que sólo se dedican a trabajar mientras algunos oficinistas-dirigentes se sientan en cómodas sillas a debatir con empresarios que ostentan sus propios confortables sillones. Los trabajadores jamás han conseguido nada de sus enemigos si no es imponiéndolo, con su lucha colectiva.
Finalmente, esta combinación de cosas hace de esta una lucha política. Las luchas pueden definir el curso del país, los trabajadores les pueden sacar de las manos el destino de millones a algunos funcionarios bien pagos. La “política” es más que un bien vestido y perfumado personaje mostrándose como el mejor producto del mercado con una campaña multimillonaria, los de abajo tiene algo para decir también y pueden pasar por arriba de la “buena costumbre” de dejarse esquilmar por los “profesionales” de la política. En los próximos meses las cosas pueden llegar a plantearse del siguiente modo: el curso del país lo define Macri a favor de un puñado de multimillonarios, o lo definen las luchas de los trabajadores en beneficio de las amplias mayorías.
¿Por qué hablamos de los “métodos del clasismo”? Porque éste, “clasismo”, fue el nombre que adoptó un proceso similar –aunque por ahora infinitamente más profundo- allá por los 70’, un movimiento de luchas obreras y populares tan importante que la clase dominante sólo pudo domar con el baño de sangre de la dictadura militar. Esa es la magnitud del terror que puede producir en los empresarios y su gobierno el avance en la organización y la conciencia de los trabajadores. El clasismo le dio al movimiento obrero gestas como el Cordobazo y el Rodrigazo, jornadas de lucha que hicieron temblar a los poderosos como pocas veces antes en nuestro país.
¿Por qué ese nombre? Porque sus luchas ya no eran entre un grupo de obreros fabriles y su jefe, ni de un gremio contra todos los jefes de esa rama de la industria o el comercio, sino de una clase social entera contra otra. Eso es también lo que se puede comenzar a poner en juego: los intereses de una clase social, los trabajadores, contra los de la clase que se enriquece con su trabajo y sus vidas, los empresarios. Y éstos ya tienen un representante, un capitalista colectivo dispuesto a defender sus intereses y sus bolsillos: el gobierno de Macri. El “clasismo” se trata de transformar las luchas obreras en una sola fuerza colectiva que golpee con un solo puño a quien está tratando de pasarlos por arriba.







