Hace pocos días se publicó la nueva Estrategia de Seguridad Nacional de la Casa Blanca. Este documento que se presenta con cada nueva administración del ejecutivo estadounidense delinea las principales orientaciones en política militar y de seguridad internacional de la potencia yanqui. En esta edición, Donald Trump reafirma lo actuado durante su primer año de mandato.
La estrategia del trumpismo es la ruptura de los consensos internacionales que imperaron desde la segunda posguerra hasta acá, con el intervencionismo directo (sea económico, diplomático, político o directamente militar) sobre cada trozo de tierra que Trump dictamine dentro de la esfera de influencia norteamericana.
Doctrina Monroe 2.0: desmalezar el «patio trasero» de EEUU
El primer punto a hacer notar del texto publicado es el viraje en los centros de atención de la política exterior estadounidense. De Medio Oriente o el Sudeste asiático, Trump gira todas las mirillas hacia Latinoamérica, el llamado «Hemisferio Occidental». «Tras años de abandono, Estados Unidos reafirmará y aplicará la doctrina Monroe [que proclamaba el intervencionismo estadounidense en Latinoamérica] para restaurar su preeminencia» y lograr «una restauración sensata y contundente del poder y las prioridades estadounidenses».
El texto es una verdadera declaración de intenciones. Con la particularidad de que la declaración llega luego de los hechos, en plena operación militar sobre la costa venezolana y el Caribe. Según el gobierno trumpista, se buscará un «reajuste» de la presencia militar en el continente americano para garantizar la lucha contra «el narcoterrorismo, la inmigración y el surgimiento de potencias adversarias en la región«.
El texto se explaya en justificaciones. «Queremos garantizar que el Hemisferio Occidental permanece lo suficientemente bien gobernado y razonablemente estable para impedir y desalentar la migración masiva a Estados Unidos; queremos un Hemisferio en el que los gobiernos cooperen con nosotros contra los narcoterroristas, los carteles y otras organizaciones criminales transnacionales; queremos un hemisferio que se mantenga libre de incursiones hostiles extranjeras y de posesión foránea de activos clave, y que apoye las cadenas de suministros fundamentales; y queremos garantizar nuestro acceso continuado a localizaciones estratégicas clave«.
No hace falta siquiera leer entre líneas para entender los objetivos reales de la administración Trump en la región. Un Hemisferio «libre de posesión foránea de activos clave» significa que los recursos naturales latinoamericanos son propiedad y derecho del imperialismo yanqui y de ningún otro. «Apoyar las cadenas de suministros clave» significa que los gobiernos locales no deben osar interferir en las operaciones de extracción de valor imperialista. «Nuestro acceso continuado a localizaciones estratégicas clave» no es otra cosa que proclamar el propio derecho de localizar bases militares en cualquier punto del continente, sin preocuparse por cuestiones menores como la soberanía de los Estados nacionales ni de los pueblos latinoamericanos.
El tono de la cuestión latinoamericana es bien claro. Trump gira su política exterior luego de años de fracasos estadounidenses en regiones más remotas (Medio Oriente es el caso testigo durante las últimas dos décadas) para contrarrestar la influencia china sobre la región. Es sabido que existen en la región determinadas reservas de recursos clave para la industria moderna e incluso para la industria militar. Es el caso del litio y de las tierras raras (de las cuáles China controla cerca del 80% de las reservas globales). Por no mencionar enormes reservas de agua dulce, petróleo y el potencial económico general de la región.
Como para despejar dudas al respecto, el documento emitido por la Casa Blanca explicita que «los países latinoamericanos —’especialmente aquellos que dependen más de nosotros, y sobre los que, por tanto, tengamos más capacidad de presión’— tendrán que adjudicar contratos a las compañías de Estados Unidos sin necesidad de concurso público. Que Washington hará ‘todo lo posible para expulsar a las empresas extranjeras que construyen infraestructura en la región‘, una alusión a China, cuyas corporaciones levantan desde puertos como el de Chancay en Perú al sistema de metro en Bogotá».
No hace falta mencionar que todas estas disposiciones violan cualquier tipo de consenso o legislación internacional en lo que compete a la injerencia sobre administraciones extranjeras. En esto, Trump es transparente: sus valores internacionales son los del matonazgo imperial – colonialista.
El primer año de su segundo mandato da expresas muestras. No sólo asesinó ilegalmente a más de 80 personas en aguas internacionales como parte de la amenaza de ocupación militar sobre Venezuela. También hizo acuerdos de tráfico de migrantes con Nayib Bukele, el presidente fascistoide de El Salvador. Intervino al menos dos procesos electorales. El argentino (enviándole 20.000 millones de dólares a Milei) y el hondureño (indultó en plena elección al expresidente derechista JOH, preso en EEUU por delitos relacionados al narco).
Trump contra la UE y por el retorno de los nacionalismos racistas
El otro gran punto de los lineamientos de Seguridad de la Casa Blanca es la formalización de un viraje en la política pública de EEUU hacia la Unión Europea y, por añadidura, hacia la OTAN misma. Lo sorprendente de la situación es que el gobierno trumpista le está dando la espalda a los Estados que fueron uno de los puntos de apoyo de la hegemonía estadounidense durante las últimas 8 décadas. Se trata de las potencias europeas (Francia, Alemania, Reino Unido con la mediación del brexit) que durante muchos años secundaron toda iniciativa yanqui en la arena internacional, sin ninguna pretensión de autonomía geopolítica.
En todo caso, quienes parecen incapaces de superar la sorpresa son los gobiernos europeos. Pero la maniobra de Trump tiene una racionalidad subyacente muy clara: la forma de dominación imperialista de las últimas décadas dejó de rendirle saldos suficientes a Estados Unidos. Dejar la hegemonía para pasar a la polarización y la confrontación imperialista internacional implica dejar de lado (o reacomodar) a los viejos aliados. Esta salvedad es importante porque la posición que delinea la Estrategia de Seguridad no es tanto anti – Europa sino anti – europeísta.
Trump señala 2 «problemas» de la Unión Europea: su atraso económico en la carrera de las potencias internacionales y la «perspectivo real de la desaparición de su civilización en los próximos 20 años o menos».
El primer problema es real y remite a la idea (muchas veces señalada por Trump) de que Europa se convierte en una «carga» para Estados Unidos. Este fue uno de los argumentos privilegiados por Trump para justificar su plan de desmembrar Ucrania y regalarle el Donbás a Putin. Es un problema en el cual la responsabilidad yanqui no es menor. Si las potencias europeas son hoy potencias «de segunda» la respuesta remite en primer lugar a su sumisión durante casi un siglo a la hegemonía estadounidense.
Contradictoriamente, es el establishment europeísta (los partidos burgueses tradicionales de la Unión Europea) quien no logra reacomodarse ante el viraje trumpista. La UE se siente huérfana ante la pulverización de los consensos que dichos Estados secundaron como meros apéndices del imperialismo yanqui durante décadas.
El segundo «problema» que señala el documento es lisa y llanamente una provocación racista de matriz nazi para justificar discursivamente los intereses estratégicos del imperialismo y la ultraderecha. La idea de la «desaparición de la civilización europea» o de que «a largo plazo, es más que plausible que, a más tardar en unas décadas, la mayoría de los miembros de la OTAN sean no europeos» remite a la teoría conspirativa del reemplazo étnico o el «gran reemplazo«. Una matriz de pensamiento que abreva en los conceptos de la pureza racial y que Trump ya ha azuzado incluso dentro de los Estados Unidos, dándole aire a muchos grupos neo-nazis que lo secundan y que abiertamente han desplegado banderas fascistas en algunas ciudades.
Para evitar el «gran reemplazo» Trump propone algo bien concreto: «cultivar la resistencia a la trayectoria actual de Europa dentro de las naciones europeas». Es decir, intervenir en los procesos electorales europeos para beneficiar a los partidos de la extrema derecha nacionalista en cada uno de los países, al estilo de Vox en España o la AfD en Alemania. En el mismo sentido había dio el vicepresidente yanqui J.D. Vance en un discurso pronunciado en Münich hace algunos meses. Allí dijo que la principal amenaza para Europa no era externa (Putin) sino interna, en alusión a los migrantes.
Disputa global: amistad con Putin y cautela con China
«Se articula así de forma explícita la estrategia de permanente sometimiento de Europa, tras la imposición a la Comisión de aranceles unilaterales, la sumisa aceptación del incremento del 5% en los gastos de la OTAN y la marginación europea en los planes de futuro para Gaza y Ucrania. Es también la respuesta desafiante e irrespetuosa a la diplomacia aduladora adoptada por muchos dirigentes, como el secretario general de la OTAN, Mark Rutte, y la presidenta de la Comisión, Ursula von der Leyen. El propósito es seguir torciendo el brazo a los europeos y abandonar más pronto que tarde los compromisos de seguridad y defensa en vigor desde hace 80 años. Da así por amortizadas tanto a la UE como a la OTAN, a la primera con el desarme normativo que exige para las empresas tecnológicas y a la segunda con la paralización de la política de ampliación de la Alianza para satisfacer a Putin» (El País, 7/12).
El desconocimiento hacia el establishment europeísta está indisolublemente ligado a la posición de Trump respecto a Rusia y Putin. El documento de Seguridad de la Casa Blanca deja en claro que Trump no tiene intenciones de confrontar abiertamente con el imperialismo en reconstrucción ruso. Bien por el contrario, Trump desea establecer acuerdos de no agresión e incluso de cooperación con Moscú.
Así lo demostraron las negociaciones en Alaska, en las cuales Trump sinceró su intención de partir Ucrania al medio. Y así lo dice el documento: «Es un interés fundamental de Estados Unidos negociar un cese rápido de las hostilidades en Ucrania para estabilizar las economías europeas, evitar una escalada o expansión involuntaria de la guerra y restablecer la estabilidad estratégica con Rusia».
Al mismo tiempo, el documento plantea una posición más bien cauta hacia China. «La estrategia del Gobierno de Trump también describe un enfoque doble hacia China, impulsando la contención de la influencia global de Beijing, a la vez que preserva los lazos económicos y mantiene la situación actual en Taiwán, afirmando que ‘prevenir un conflicto por Taiwán, idealmente preservando la superioridad militar, es una prioridad‘». La cautela ante posibles enfrentamientos directos con China va en consonancia con las últimas jugadas de Trump en este ámbito. Hace algunas semanas se anunció una futura reunión presencial entre el mandatario estadounidense y Xi Jinping.
Es cierto que el año comenzó con el acoso arancelario trumpista hacia China (y todas las restantes naciones del globo). Pero el descenso de los decibeles parece indicar que Trump pretende diferir enfrentamientos directos (y sobre todo en el plano físico, militar) para un futuro poco definido. Por ahora, la Estrategia de la Casa Blanca expresa un movimiento previo y preparatorio: definir la zona de influencia territorial del imperialismo yanqui (el llamado «Hemisferio Occidental») para reforzar sus posiciones comerciales, políticas y militares de cara a la carrera con la otra gran potencia internacional.




