Recientemente, la fiscalía de Milán abrió una investigación sobre la participación de ciudadanos italianos en los llamados “safaris humanos” durante el asedio de Sarajevo, uno de los capítulos más cruentos y horribles de la Guerra de Bosnia. Según testimonios y nuevas evidencias, durante los años del sitio (entre 1992 y 1996), cientos de civiles extranjeros habrían pagado para ocupar posiciones de francotiradores junto a las fuerzas serbio-bosnias y disparar contra la población civil cercada.
Estas matanzas son la expresión extrema de la capacidad de una fracción de la clase burguesa (los reportes señalan a personas adineradas, militares en ejercicio o en retiro y personas ligadas a la extrema derecha) para convertir el sufrimiento ajeno en objeto de consumo, entretenimiento y reafirmación de poder.
Estas “personas”, ricas y protegidas por su posición social, no son “turistas de guerra”, sino participantes de una aberración que sólo puede emerger cuando la vida humana está radicalmente jerarquizada por su condición de clase. Este sector privilegiado intervino en la guerra como quien accede a un safari: pagando, protegido, acompañado por guías armados y con la garantía de que su acción mortal permanecería impune.
El asesinato se volvió aquí una “mercancía de lujo”, una “experiencia exclusiva” solo disponible para quienes poseen recursos económicos y conexiones militares. Es el componente sádico de una burguesía decadente que, lejos de verse afectada por la guerra, la consume desde afuera como un espectáculo extremo, una transgresión permitida por la distancia social y por la certeza de que su estatus los coloca fuera del alcance de la ley y del juicio moral.
La existencia misma de estos actos revela un proceso de deshumanización profundo: para que alguien pague por matar, primero es necesario que quien muere no sea considerado plenamente humano. Y esta deshumanización no fue un acto individual, sino parte de una táctica política y militar para convertir Sarajevo, sus habitantes y refugiados en un laboratorio del terror, un territorio donde la vida era totalmente expuesta para ser destruida.
La burguesía sádica que participó en estos hechos no surgió de la nada, no se levantó un día y dijo “quiero matar sarajevitas”. Es el resultado de un proceso donde se alimentaron del discurso nacionalista, racista y clasista que justificaba la violencia y de un sistema social que les permitió circular entre zonas de conflicto como si fueran parques temáticos del horror.
Este fenómeno hay que insertarlo dentro del marco de las “experiencias límite” del siglo XX. Como plantea Roberto Sáenz en La condición humana después de Auschwitz, los campos de exterminio nazis constituyen el punto más alto de un proceso de destrucción de la condición humana: allí se reducía a las personas a una “igualdad monstruosa”, privadas de identidad, despojadas de toda dignidad y convertidas en cuerpos desnudos expuestos al exterminio.
Esta “monstruosa igualdad” (marca profunda de la barbarie moderna) no significa igualdad liberadora, sino igualación hacia abajo, hacia la completa vulnerabilidad, hacia la pérdida del reconocimiento social que permite afirmar: “yo soy humano, y el otro también”. El asedio de Sarajevo operó bajo una lógica que, aunque distinta en forma, comparte el mismo núcleo, es decir, la reducción de la población civil a un objeto “manipulable”, sufriente y eliminable.
La ciudad cercada constituye un espacio donde la vida humana pierde valor, donde el cuerpo está totalmente expuesto, donde la existencia cotidiana se transforma en supervivencia mínima. Esta es la lógica de deshumanización, un entorno total que no solo destruye físicamente, sino que degrada simbólicamente, borrando los límites que separan la vida del campo de concentración o de la ciudad sitiada de la vida cotidiana.
De esta forma, este tipo de asesinatos solo es posible porque se consumó previamente la deshumanización de la víctima. Para que un sujeto adinerado pueda pagar por matar a un niño desde una colina, primero ese niño debe haber sido despojado (en su imaginario) de toda humanidad. Igual que en los campos nazis, donde la desnudez marcaba la pérdida total de resistencia moral, en Sarajevo la desnudez fue simbólica: la persona está expuesta, sin protección, sin resguardo, sin posibilidad de escapar. Se vuelve blanco, presa y, en última instancia, objeto.
En los sistemas de exterminio, el perpetrador y sus facilitadores se transforman en “burócratas de la muerte”, un engranaje funcional que administra el asesinato como procedimiento técnico. En estas matanzas, este proceso aparece bajo su forma posmoderna, es decir, el asesino no es siquiera un soldado, sino un consumidor. No mata porque obedece una orden, sino porque paga. No es un agente disciplinado de un aparato estatal, sino la expresión decadente de una burguesía ociosa y sádica que convierte la guerra en entretenimiento.
Estamos frente a una forma de deshumanización que combina lo más atroz del siglo XX (la lógica de campo, el exterminio como técnica, la reducción del otro a materia desechable) con las dinámicas del capitalismo; es una síntesis perversa, con la vida reducida a objeto y la muerte convertida en mercancía. El otro no solo no es humano, es parte de un “paquete turístico”.
La barbarie no es un resabio del pasado, es un mecanismo vigente, susceptible de reaparecer cuando las condiciones políticas y sociales lo permiten, y capaz incluso de adaptarse al mercado y al consumo elitista.
Por otra parte, no se debe perder de vista que, ante la barbarie planificada en Gaza, millones de jóvenes y trabajadores en todo el mundo se organizaron para participar de innumerables protestas contra el genocidio. La sociedad es un cuerpo viviente y la historia enseña que, los explotados y oprimidos, reaccionan ante los ataques y la barbarie de la burguesía y el imperialismo. La huelga en solidaridad por Palestina y contra el genocidio sionista que reunió a dos millones de trabajadores y jóvenes hace unos meses en las calles de Italia, es la contracara de los safaris humanos en Sarajevo organizados para burgueses.




