Elecciones presidenciales

Bolivia: el fin del ciclo del MAS y la recomposición de la derecha

En la segunda vuelta no define el futuro de un proyecto democrático-popular, sino la forma en que la burguesía boliviana buscará recomponer su hegemonía tras el colapso del MAS. El centro liberal-populista y la derecha neoliberal son solo dos caminos distintos para descargar la crisis sobre las espaldas de los trabajadores y campesinos.

El resultado de las elecciones del 17 de agosto confirmó lo que ya se vislumbraba: el ciclo del Movimiento al Socialismo (MAS) llegó a su fin. Tras dos décadas de hegemonía, la leyenda de Evo Morales y Luis Arce obtuvo solo el 3% de los votos. La segunda vuelta se disputará entre Rodrigo Paz Pereira, senador de centro que capitalizó el voto de descontento, y el conservador Jorge «Tuto» Quiroga, representante de la vieja derecha neoliberal.

Esta disputa no expresa una victoria de la democracia o de la «renovación política», sino la profunda crisis del progresismo boliviano y la ofensiva de la burguesía en sus diferentes variantes.

La derrota electoral del MAS no puede interpretarse solo como resultado de errores coyunturales o disputas internas de liderazgo. Se trata, sobre todo, de la expresión de un proceso histórico más profundo: la reabsorción del ciclo progresista boliviano, que, a pesar de haber nacido de las jornadas insurreccionales de 2000-2003, acabó por consolidar un modelo económico dependiente y una forma política centrada en el caudillismo.

Lo que se presenta hoy es, en esencia, la crisis de un proyecto que nunca rompió con las bases del capitalismo semicolonial y que, por lo mismo, llevaba en sí los límites de todo Estado burgués.

Para entender un poco más sobre la formación social y política del país, remitimos al artículo Crítica del romanticismo «anticapitalista» (2003) de Roberto Saénz, donde se indica que: “Bolivia, sin haber llegado a constituirse plenamente como país capitalista (aunque lo sea en su forma dominante), ya está destruida. Esta es la tremenda contradicción que se vive en las entrañas de la crisis del país, lo que dio origen al desarrollo de las concepciones en boga en la vanguardia y en los movimientos sociales”.

El llamado “Proceso de Cambio” reveló, en sus primeros años, la fuerza de las masas trabajadoras, campesinas e indígenas que impusieron derrotas a la vieja oligarquía. Sin embargo, una vez institucionalizado bajo la dirección del MAS, este potencial fue reabsorbido por la lógica de la administración estatal de la dependencia.

La bonanza derivada de los altos precios de las materias primas permitió, por un tiempo, distribuir beneficios sociales y sostener una amplia base popular. Pero la ausencia de industrialización, de un plan energético a largo plazo y de ruptura con el capital extranjero resultó fatal: el colapso económico desgató la legitimidad política y abrió espacio a la fragmentación interna.

Esto no es de ahora, viene de la revolución de 1952, la cual dejó inconclusa la formación del país o, como decía el sociólogo Zavaleta Mercado, quedó a mitad de camino: “Se percibe con trazos nítidos (…) cuál fue el error central de la Revolución Boliviana. Para realizar tareas nacionales que en Europa fueron cumplidas por la burguesía, el proletariado cedió el aparato estatal a lo que más se asemejaba a una burguesía nacional, en un país donde ésta casi no existe: a las capas medias del frente de las clases nacionales (…) El fondo de todo es la frustración capitalista de la Revolución y de la propia Bolivia. Así, en Bolivia, el socialismo no es una elección, sino un destino; no es un ideal de iniciados ni siquiera una postulación, sino un requisito existencial (…) sin cuyo cumplimiento la nación no podrá ser efectivamente nación” (citado por Sáenz).

Esta reabsorción no significa, sin embargo, la desaparición de las fuerzas sociales que dieron origen al proceso. Lo que está en juego es la disputa sobre quién heredará el legado de las luchas pasadas y, sobre todo, cómo se administrará la crisis.

Entre un centro liberal populista reciclado y la vieja derecha neoliberal, la burguesía busca recomponer su hegemonía. Con el objetivo de desvelar las incógnitas presentes, a continuación explicaremos los conflictos vividos recientemente en Bolivia, analizando sus raíces económicas, políticas y sociales.

Interpretación política de las elecciones bolivianas (2019–2025)

Las tres últimas elecciones generales en Bolivia —2019, 2020 y 2025— expresan de forma condensada la trayectoria de ascenso, recuperación y colapso del MAS, partido que hegemonizó la política nacional durante casi dos décadas.

2019 – La crisis de la hegemonía del MAS

En 2019, Evo Morales buscó un cuarto mandato consecutivo. A pesar de obtener el 47% de los votos, la diferencia de poco más de 10 puntos sobre Carlos Mesa para ser declarado ganador de la primera vuelta fue muy ajustado y, debido a un “apagón” en el conteo de votos, las sospechas de fraude extendieron el descontento popular, específicamente en los centros urbanos.

El MAS nunca fue a segunda vuelta en las elecciones anteriores, pues siempre ganaron en el primer turno con más del 50% de los votos. La denuncia de fraude generó una explosión de movilizaciones y una ofensiva golpista de las Fuerzas Armadas, culminando en la renuncia de Morales. En este momento es cuando asumen el poder Añes, Camacho y compañía, hoy presos por golpistas. No obstante, este episodio marcó la primera fisura seria en la hegemonía del MAS y abrió una etapa de transición política inestable, en la que la derecha intentó recomponerse bajo la bandera “antifraude”.

2020 – El arrasador regreso

Un año después, la memoria fresca del golpe y la incapacidad de la derecha para estabilizar el país, favorecieron el retorno del MAS al gobierno. Luis Arce venció con el 54,7%, un resultado contundente que le dio no solo la presidencia en primera vuelta, sino también mayoría absoluta en el Congreso: 21 de los 36 senadores y 75 de los 130 diputados.
El MAS parecía recuperar su legitimidad y fuerza electoral, apoyado en el recuerdo del crecimiento económico de los años 2006–2014 y en el rechazo a la represión del gobierno transitorio de Jeanine Áñez. Sin embargo, esta victoria ya escondía contradicciones: la economía estaba en crisis, la dependencia del gas y del litio se agravaba y el partido mostraba signos de burocratización, casos de corrupción y alejamiento de las bases sociales.

En este período, varios dirigentes se alejaron y crearon alianzas para disputar elecciones de forma independiente, como Eva Copa, que fue alcaldesa de El Alto en 2020, o Andrónico Rodríguez —Presidente del Senado y figura influyente en las bases aimaras, fue durante mucho tiempo visto como el heredero político de Evo Morales. Sin embargo, en 2025 rompió con el MAS y formó su propio partido, obteniendo el 8% de los votos.

2025 – Giro a la derecha, por búsquedas de alternativas ante la acumulación de insatisfacciones

Cinco años después, el escenario ha cambiado radicalmente. En las elecciones de 2025, el MAS sufrió un golpe de realidad: el candidato Eduardo Del Castillo, representante del partido, obtuvo solo el 3,17% de los votos, un resultado que apenas garantizó su permanencia legal en la contienda electoral.

Bolivia tiene uno de los regímenes más antidemocráticos de la región, ya que quien obtiene menos del 3% de los votos pierde su personería jurídica y, además, debe pagar una multa. No viene al caso explicarlo detalladamente en este momento, pero muchas familias burguesas ceden las personarías jurídicas a candidatos y, ante la posibilidad de pocos votos, muchos se retiran de la carrera electoral antes de las elecciones.

En esta ocasión, el MAS perdió los 21 escaños en el Senado y se quedó con solo 2 diputados. Mientras tanto, surgió un nuevo bloque político: Rodrigo Paz Pereira (PDC) y Jorge Quiroga (Alianza Libre), representantes de una recomposición conservadora, con el discurso de la modernización capitalista y de apertura pro-mercado. El centro y la derecha, divididos entre corrientes tradicionales y populistas, pasaron a disputar la dirección del Estado.

La implosión del MAS no es solo electoral. Ella expresa el agotamiento del modelo económico extractivista, incapaz de sostener la redistribución social en medio de la caída de los ingresos del gas, la estagnación de la industrialización y el creciente peso de la deuda pública. Además, refleja la fragmentación de las alianzas sociales que sustentaron a Morales y Arce: sectores indígenas, urbanos pobres y parte de la clase trabajadora migraron a otras opciones o se abstuvieron.

Colapso del modelo económico

La derrota del MAS no puede entenderse sin considerar el agotamiento del modelo basado en el extractivismo. Entre las materias primas, el gas natural generó buenos dividendos, pero también el litio y otros minerales. El problema es que una parte importante de estos ingresos se destina a importar hidrocarburos que el país no produce. Esta balanza comercial desequilibrada, agravada en los últimos años, desencadenó innumerables problemas y expuso la fragilidad política del modelo.

La nacionalización «parcial» de los hidrocarburos llevada a cabo por Morales en 2006, permitió una década de crecimiento sostenido por los altos precios internacionales. Pero, a partir de 2014, la caída de las materias primas, la reducción de la demanda de Brasil y Argentina, así como la ausencia de nuevas inversiones, revelaron sus límites.
Durante algunas décadas, Bolivia vivió una estabilidad sin precedentes, en parte sostenida por los precios internacionales del gas. Eso, sin embargo, quedó en el pasado.

Los gobiernos no invirtieron en infraestructura para garantizar el suministro de combustibles y, en la actualidad, los problemas vuelven a manifestarse. Del llamado «milagro boliviano» a la escasez solo hubo un paso.

No es solamente el diésel: su falta también desencadenó la falta de dólares, y el gobierno intenta restringir su circulación. En un país dependiente de la importación de insumos, este escenario fue terreno fértil para conflictos que no tardaron en llegar — en 2023, por ejemplo, hubo más de 200 días de bloqueos de carreteras.

Las reservas del Banco Central cayeron de 15.1 mil millones de dólares a solo 1.7 mil millones en 2024, prácticamente convirtiéndose en polvo. En 2010, Morales intentó eliminar los subsidios a los combustibles, que consumían cientos de millones de dólares anuales del presupuesto estatal. El decreto que elevó los precios —el llamado «gasolinazo»— fue revocado después de una semana de intensas protestas, uno de los momentos más críticos de su gobierno. Quedó claro que el MAS no tenía un «cheque en blanco»: sin refinerías, sin prospección petrolera y con dependencia de las importaciones, tarde o temprano el ciclo de bonanza se agotaría, arrastrando consigo los proyectos políticos construidos sobre él.

La ausencia de una política de hidrocarburos a largo plazo y la falta de inversiones estratégicas produjeron un grave desequilibrio de las cuentas públicas. Ni Evo ni Arce alteraron las bases de la dependencia boliviana: un capitalismo semicolonial atrasado, basado en la exportación de materias primas sin industrialización. Ese modelo no podría durar mucho. La política entreguista de sostenerlo llevó al país a un callejón sin salida, sumiendo a los gobiernos que se decían «socialistas» en una nueva crisis política, económica y social.

Este colapso erosionó la legitimidad del MAS. El partido, que nunca rompió con la lógica de la dependencia capitalista, se limitó a administrar el declive, resultando en la ruptura política con amplias masas populares, que ya no ven salida en el llamado «socialismo del siglo XXI».

Las elecciones de 2025 solo expresaron este fin de ciclo; sus raíces vienen desde años atrás, con la herencia de subsidios insostenibles, colas interminables y escasez de productos básicos, que fueron minando lentamente las bases sociales del movimiento.

La fractura política del MAS

La crisis económica se sumó a la disputa entre Arce y Morales, que dividió al partido en facciones rivales y paralizó cualquier perspectiva de unidad. Evo Morales se encuentra confinado en su bastión del Chapare —zona de cultivo de la hoja de coca (Erythroxylum coca), en el departamento de Cochabamba— para evitar ser arrestado, mientras que el presidente Luis Arce, quien legalmente ostenta la sigla del MAS, se hundió en las encuestas por no lograr revertir la situación económica del país.

Arce resistió las presiones para un «ajuste» económico, negándose a aplicar medidas ortodoxas hasta el final de su mandato en octubre. Esta decisión, sin embargo, no le trajo beneficios: el 88% de la población evalúa la situación económica como «mala», «muy mala» o «regular» —el peor resultado de la región— y el 87% expresa el deseo de seguir en una dirección «muy distinta» a la del gobierno actual. La crisis erosionó su base de apoyo y aceleró la descomposición del proyecto arcista.

Paralelamente, Morales, imposibilitado de postularse, convocó al voto nulo —que alcanzó el 19%— en un intento por preservar su influencia personal. Su capital político hoy se limita a disfrutar de un «voto duro» en el medio rural, especialmente en el Chapare, pero también con cierto apoyo en las periferias urbanas, sumando alrededor del 20%. Aun así, está muy lejos de sus números del pasado, tras perder a la clase media emergente que antes había sido uno de los pilares de su hegemonía.

Este desenlace ya había sido anticipado en agosto de 2023 por el exvicepresidente y principal teórico del llamado «proceso de cambio», Álvaro García Linera —quizás el único dirigente importante que se mantuvo al margen de la disputa fratricida en el campo indígena y popular. «Dividido, el MAS puede perder ya en la primera vuelta», advirtió.

Poco después, Andrónico Rodríguez, joven presidente del Senado y considerado por algunos como el heredero natural de Morales, reforzó el pesimismo: en un año «estaremos frustrados, decepcionados, exiliados y de repente presos».

En otras palabras, en la disputa fratricida, todos intentan apropiarse del legado del caudillo, pero sin la trayectoria histórica de Morales.

El MAS fue el partido más poderoso de la historia boliviana, producto de una rebelión popular que canalizó el descontento social hacia vías democrático-burguesas. Ese potencial fue un diferencial en la región. El grado de radicalidad de las jornadas de octubre de 2003 solo fue contenido con mucho trabajo de base en los movimientos sociales y por la concesión de beneficios que, hasta hoy, son reconocidos por amplios sectores populares. Pero Morales nunca tuvo un «cheque en blanco»: ya en 2016 sufrió la derrota en el plebiscito sobre la reelección, cuando ganó el No —resultado que fue posteriormente desconsiderado mediante una maniobra judicial que le dio una nueva oportunidad de postularse en 2019.

El analista político Fernando Molina, resume así la cuestión: la respuesta está en el carácter «caudillista» del sistema político boliviano. Se trata de una herencia antigua —primero precolombina, luego colonial— consolidada por la debilidad de las instituciones democráticas y por la llamada «empleomanía»: la dependencia de los cargos públicos como medio de ascenso social en un país con pocas empresas modernas y donde el 80% de la economía es informal.

En algunos aspectos, los gobiernos del MAS buscaron modernizar el país, pero las tradiciones políticas y culturales bolivianas son fuertes, y las transformaciones sociales se dan a largo plazo.

En este sistema, si el caudillo cae, toda la red cae con él. El líder es el significante que articula las demandas de sus seguidores, no solo políticas, sino también materiales. De ahí se derivan comportamientos típicos: la dificultad del líder para renunciar, la tendencia a eliminar rivales en disputas de «todo o nada», la resistencia a aceptar la alternancia o sucesión.

Entre 2006 y 2019, Evo Morales encarnó el movimiento indígena y popular, el modelo extractivista y redistributivo, el «Estado grande»; encarnó la “izquierda”, el nacionalismo e incluso la idea de nación. Fue él quien personalizó la hegemonía del «proceso de cambio». No faltaron los síntomas de culto a la personalidad: edificios e instituciones bautizados con su nombre (o el de sus padres), un museo en su ciudad natal, Orinoca, e innumerables títulos honoríficos —incluyendo, ya fuera de la presidencia, el de «comandante» del MAS.
Pero, tras su caída el 10 de noviembre de 2019, ese poder personal se disipó con el exilio —primero en México, luego en Argentina. El MAS volvió al poder en 2020 con Luis Arce, quien obtuvo el 55% de los votos en una contundente victoria electoral. Sin embargo, quienes regresaban no eran propiamente el «partido», sino un nuevo caudillo con su propia red, surgida en oposición al entorno evista.

Vale recordar que Morales apoyó abiertamente a Arce —su exministro de Economía y aliado de larga data—, pero la disputa entre los dos polos pronto emergió, explicando en gran medida la actual descomposición del movimiento.

Por otro lado, David Choquehuanca, vicepresidente de Arce y exministro de la era de Evo, en una posición relativamente aislada y apoyado solo por un círculo restringido de intelectuales de orientación «indigenista» o «indianista», enunciaba formulaciones de carácter idealista, como la metáfora del «cóndor que solo puede volar cuando su ala derecha está en equilibrio con la izquierda» (sic); o aún nociones vagas de «complementariedad» y «descolonización», carentes de contenido materialista e histórico.

Tales elaboraciones, en última instancia, expresaban una ideología conciliadora que, lejos de apuntar a la superación del capitalismo, permanecía dentro de los marcos de una perspectiva liberal y de adaptación al sistema.

Por su parte, los sectores opositores a Evo, al caracterizar su experiencia política como simple «evismo», tampoco ofrecieron un horizonte programático cualitativamente distinto. La crítica no se tradujo en propuestas revolucionarias, sino que permaneció en el mismo terreno de límites estructurales: la administración del Estado burgués. Así, lejos de una ruptura con el capital, el proceso de gobierno fue cediendo progresivamente espacio a la burguesía criolla, mientras que los sectores populares vieron restringida su participación y capacidad de decisión.

A pesar de las apariencias, el caudillismo es un fenómeno colectivo. La red de apoyo depende del líder para sobrevivir. Visto en retrospectiva, Evo Morales puede ser considerado una de las figuras más emblemáticas de la historia boliviana.

Esa lógica caudillista se mostró con claridad a finales de 2023. Cuando una sala del Tribunal Constitucional, asociada al oficialismo, prohibió a Morales participar en las elecciones, sus partidarios reaccionaron con bloqueos de carreteras en todo el país.

Fue el principio del fin del MAS como sigla. La intención de Morales de postularse en 2025 no fue aceptada por Arce, quien también buscaba heredar el aura de poder eterno. Como tantas veces en Bolivia, el estancamiento degeneró en movilizaciones y bloqueos: los evistas marcharon hasta La Paz para presionar al gobierno, mientras sectores ligados a Arce endurecían la represión.

Del lado gubernamental, la policía intentó capturar a Morales en una operación relámpago, pero fracasó. El episodio dejó claro que la disputa es total. Morales podría haber muerto en esa acción, un desenlace que habría dado contornos trágicos a la lucha fratricida. Confinado en el Chapare, protegido por su militancia cocalera, Morales sigue actuando desde la región, que desde hace décadas mezcla sindicalismo, política y lucha de clases.
Morales no desapareció físicamente, pero el gobierno busca borrarlo simbólicamente. La acusación de violación, amplificada por el aparato estatal, le causó un enorme daño político — lanzada no por interés en la supuesta víctima, sino como arma de desmoralización. La joven, lejos de ser protegida, terminó perseguida por la propia Fiscalía, obligada a vivir en la clandestinidad.

Su derrota más simbólica, sin embargo, fue perder su propio partido. En noviembre de 2024, la facción de Arce-Choquehuanca obtuvo el control legal del MAS gracias a una decisión del Tribunal Constitucional que ya había inhabilitado su candidatura. Morales perdió así la sigla que él mismo había fundado en 1997 y que le dio poder por más tiempo que a cualquier otro político boliviano.

Tal vez ahí resida la principal causa del fin de ciclo: no solo el desgaste económico y político, sino la implosión de la propia estructura que, durante años, canalizó e institucionalizó la fuerza de las masas trabajadoras, populares, campesinas e indígenas. Estas fuerzas no han desaparecido ni serán derrotadas fácilmente, pero ya no se reconocen como parte del MAS como antes.

De la crisis política y del golpe contra las organizaciones y movimientos sociales, sobrevivió con organicidad y capacidad de movilización el movimiento cocalero del Trópico de Cochabamba —precisamente la base social de Evo Morales, articulada en la Coordinadora de las Seis Federaciones del Trópico.

A partir de este espacio, el evismo aún conserva la posibilidad de recomponer un bloque popular y erigir un nuevo proyecto común. Sin embargo, lo esencial es comprender que esta recomposición solo podrá significar una verdadera reanudación del agonizante “Proceso de Cambio” si es capaz de romper con la lógica de conciliación con la burguesía y con los límites impuestos por el Estado capitalista, recolocando en el centro la independencia política y la autoorganización de los trabajadores y campesinos.

Rodrigo Paz: el heredero que viste la máscara de la renovación

La gran sorpresa de la primera vuelta electoral fue Rodrigo Paz Pereira, que saltó de las últimas posiciones en las encuestas al primer lugar, con el 32% de los votos. Su repentino ascenso fue interpretado como señal de «renovación», pero su trayectoria muestra lo contrario: hijo del expresidente Jaime Paz Zamora (1989-1993), uno de los protagonistas de la política boliviana de los años 90, Rodrigo creció en el exilio, estudió Economía y Relaciones Internacionales en Estados Unidos y construyó su carrera entre el parlamento y la alcaldía de Tarija. Hoy senador, se presenta como «alternativa de centro» ante el colapso del MAS.

Su biografía revela, sin embargo, más continuidad que ruptura. El propio candidato, en un mitin, resumió: «Mi padre me enseñó que no hay futuro sin ternura con el pueblo». La frase, cargada de simbolismo, muestra que la novedad que Paz pretende encarnar está profundamente arraigada en el viejo sistema político burgués boliviano, del cual Jaime Paz fue una expresión acabada. Al igual que su padre, busca vestir un discurso conciliador, capaz de dialogar con sectores medios urbanos y con fracciones empresariales, presentándose como punto de equilibrio frente a la polarización entre evistas y arcistas.

El «capitalismo popular» de Rodrigo Paz

En el plano económico, Paz defiende la llamada «Agenda 50/50», que promete la redistribución del poder político, la reforma judicial y la descentralización estatal. Pero detrás de esa fachada democrática, su propuesta tiene un contenido liberal en lo económico, aunque se ubica al centro en lo político. Por ejemplo, declaró que aplicaría “un plan de estabilización, no de ajuste”. Su programa prevé:

• Cierre o congelamiento de empresas estatales deficitarias, retomando la vieja lógica de ajuste fiscal.
• Apertura a las importaciones, con reducción de aranceles y flexibilización de barreras comerciales.
• Estímulo al crédito privado, especialmente a través de microfinanzas y bancos comerciales.
• Reforma tributaria regresiva, prometiendo reducción de impuestos para pequeños y medianos empresarios, sin tocar los privilegios del gran capital.

El eslogan de campaña —»capitalismo para todos»— sintetiza bien la esencia de su proyecto. Se trata de un liberalismo populista, que busca seducir con promesas de crédito fácil, consumo masivo y redistribución aparente, pero que preserva los pilares de la dependencia económica. En otras palabras: el país sigue ligado al extractivismo (gas, litio, minerales), sin industrialización significativa, solo administrado con una cara más moderada o moderna.

Este modelo no rompe con el atraso estructural boliviano. Por el contrario, busca reciclar aspectos del recetario neoliberal en un discurso de «capitalismo inclusivo». En la práctica, significa garantizar al empresariado condiciones para ampliar sus beneficios, ofreciendo al mismo tiempo migajas de crédito y consumo popular como válvula de escape para el descontento social.

Base social y límites

Desde el punto de vista social, Paz logró capitalizar el voto de sectores medios urbanos cansados del MAS, de jóvenes despolitizados y de trabajadores urbanos precarizados, que ven en su figura una vía de salida «moderada» frente a la crisis. Su candidatura también atrajo a empresarios y comerciantes que rechazan tanto el radicalismo evista como la dureza neoliberal de Quiroga. El resultado fue una coalición electoral inestable, pero eficaz para llevarlo al primer lugar en la primera vuelta.

Pero la apariencia de «renovación» no debe engañar. Lo «nuevo» que Paz encarna es solo una adaptación de lo viejo. Su trayectoria personal y familiar muestra vínculos directos con la oligarquía política, y su propuesta económica no cuestiona la dependencia extractivista ni la sumisión al capital internacional. Así, su ascenso debe ser comprendido como expresión de la descomposición del MAS y de la necesidad de la burguesía boliviana de ofrecer un rostro renovado para administrar el mismo orden social.

El papel de Edman Lara y la ilusión popular

Si la figura de Rodrigo Paz transmite continuidad con la vieja política, fue su vicepresidente, Edman Lara, quien le dio a la fórmula la apariencia de novedad y frescura. Expulsado de la policía tras denunciar esquemas de corrupción, Lara construyó rápidamente una imagen de forastero honesto, alguien que «pagó el precio» por enfrentarse a la podredumbre institucional.

Transformado en un fenómeno en las redes sociales, especialmente en TikTok, Lara supo utilizar un lenguaje directo, cargado de moralismo e indignación, para atraer a sectores descontentos con el MAS. Su retórica anticorrupción, dirigida contra la «vieja clase política», resonó particularmente entre jóvenes urbanos precarizados, trabajadores informales y segmentos populares que perdieron la confianza, tanto en el progresismo como en la derecha tradicional.

Lara asumió el papel de portavoz de la indignación moral, actuando como canal para absorber la ira contra los escándalos y la crisis económica. Esa imagen le dio una enorme popularidad, convirtiéndolo en el verdadero motor de la campaña Paz-Lara. Mientras Rodrigo Paz hablaba de «capitalismo para todos» y se presentaba como un gestor responsable, Lara inflamaba multitudes con un discurso simple: «acabar con los corruptos».
Sin embargo, desde nuestro punto de vista, se trata de una válvula de escape controlada. La ira social, en lugar de transformarse en movilización independiente, fue canalizada hacia una candidatura burguesa, que solo ofrece un cambio de rostros para administrar el mismo sistema. Lara cumple, así, el papel de legitimar a Rodrigo Paz entre sectores populares, prestándole una credencial de «honestidad» que enmascara el contenido liberal de su programa.

La fórmula Paz-Lara logró, por lo tanto, unir el rostro moderado del hijo de la oligarquía con la imagen combativa de un outsider popular, construyendo una candidatura capaz de disputar tanto el electorado urbano de clase media como sectores significativos del voto trabajador cansado del MAS por las razones que marcamos anteriormente.

Pero esta combinación no representa una ruptura real: es solo una actualización de la política tradicional, que busca domar la insatisfacción social bajo nuevas banderas.

Entre el «nuevo» y el viejo sistema

A pesar de presentarse como «renovación», Rodrigo Paz lleva en su trayectoria marcas de continuidad con la vieja política boliviana. Su biografía y sus vínculos familiares lo sitúan en el corazón del establishment, y su carrera demuestra que estuvo lejos de ser un outsider.
Como senador, Paz fue aliado de Carlos Mesa, ex presidente y figura central de la oposición liberal al MAS, integrando articulaciones que buscaron presentarse como una «tercera vía» frente al evismo. En 2019, por ejemplo, participó en la Coordinadora de la Defensa de la Democracia, plataforma que, bajo el pretexto de garantizar «elecciones limpias», apoyó la ofensiva contra Evo Morales y terminó legitimando el golpe que llevó a Jeanine Áñez al poder, hoy presa por golpista.

Esta historia muestra que, lejos de representar una novedad independiente, Paz ya estuvo asociado a pactos que abrieron camino a la recomposición de la derecha tradicional. Su discurso actual de «capitalismo popular» solo refina esa trayectoria, ofreciendo una imagen modernizada y empática para el mismo programa de dependencia y ajuste.

Así, su ascenso electoral debe leerse no como la expresión de un nuevo proyecto político, sino como la respuesta de la burguesía a la descomposición del MAS: el camino fue poner un rostro fresco para administrar el orden capitalista. La victoria de Paz en la primera vuelta revela la forma en que el desencanto con el progresismo, principalmente en los centros urbanos, abrió espacio para candidatos que reciclan viejos esquemas bajo la máscara de la renovación.

Tuto Quiroga: la vieja derecha neoliberal a la espera de la revancha

El segundo lugar en la primera vuelta fue para Jorge «Tuto» Quiroga, con el 27% de los votos. Natural de Cochabamba, ingeniero industrial formado en Texas, Quiroga inició su carrera en el sector privado (IBM) antes de ingresar en la política por Acción Democrática Nacionalista (ADN), partido del general Hugo Banzer —dictador entre 1971 y 1978 y presidente electo en 1997. Vinculado desde temprano a esta tradición, Quiroga fue ministro de Hacienda en 1992, vicepresidente en 1997 y, tras la renuncia de Banzer, asumió la presidencia entre 2001 y 2002.

Representa a la derecha clásica boliviana, la misma que las rebeliones de 2003 habían derrotado en las calles. Defensor de la ortodoxia fiscal y del alineamiento con Washington, su paso por el poder consolidó las reformas neoliberales. Derrotado por Evo Morales en 2005, intentó regresar en 2014 y 2020 —cuando llegó a renunciar a su propia candidatura en nombre de la «unidad de la oposición» al MAS.

En la campaña actual, Quiroga buscó capitalizar el desgaste económico y político del masismo, presentándose como un gestor experimentado y patriota. Su retórica se centró en dos ejes: la promesa de «rescatar a Bolivia de la venezuelización» y la cruzada contra el narcotráfico. Acusa a la legalización parcial de la hoja de coca de haber favorecido a facciones criminales, como el Primer Comando de la Capital (PCC) y el Comando Vermelho (CV), y defiende una línea dura de represión, subordinada a una agenda de seguridad alineada con Estados Unidos.

En el plano económico, su programa es un choque neoliberal clásico:

• recortes en los subsidios y un ajuste fiscal severo;
• privatizaciones de empresas estatales y apertura al capital extranjero;
• ampliación de la exploración de gas y litio en asociación con multinacionales;
• inserción de Bolivia en nuevos acuerdos de libre comercio con Asia y Europa;
• políticas ambientales subordinadas a las exigencias del mercado internacional.

Quiroga promete «revertir los retrocesos» de las dos décadas de gobierno del MAS, pero en la práctica propone profundizar la dependencia externa. Su plataforma representa la restauración del recetario neoliberal de los años 90, ahora legitimado por la crisis del MAS.

Sin embargo, Quiroga expresa directamente los intereses de la burguesía tradicional y del imperialismo. Su regreso a la segunda vuelta es una victoria simbólica de la vieja oligarquía, que busca volver al poder después de haber sido desplazada por las rebeliones populares de hace dos décadas. Para los trabajadores y campesinos, su victoria significaría más ataques a los derechos sociales y una mayor subordinación al capital extranjero.

Entre dos caminos de la misma clase

La segunda vuelta enfrenta a Rodrigo Paz, el liberal-populista de rostro renovado, y a Tuto Quiroga, la vieja derecha neoliberal. A primera vista, parecen proyectos distintos: Paz habla de «capitalismo para todos» y de descentralización, mientras que Quiroga promete disciplina fiscal y combate al narcotráfico. Pero, en esencia, ambos defienden la preservación del mismo modelo dependiente y extractivista.

Rodrigo Paz busca vender la idea de un «capitalismo inclusivo»: crédito fácil, impuestos más bajos para pequeños empresarios, descentralización administrativa y la ilusión de que el crecimiento puede beneficiar a todos. Su promesa es aliviar la crisis con medidas cosméticas, sin alterar la lógica estructural de la dependencia boliviana.

Tuto Quiroga, por su parte, propone un choque neoliberal clásico: recortes en los subsidios, ajuste fiscal, privatizaciones y entrega ampliada de los recursos naturales al capital extranjero. Su lenguaje es duro y su agenda no esconde su alineamiento con Trump y con las multinacionales.

El dilema que se plantea al pueblo boliviano no es entre renovación y experiencia, sino entre dos formas de administrar la crisis capitalista: un liberalismo de centro populista que busca domesticar la rabia social y un neoliberalismo ortodoxo que promete aplicar el ajuste sin disfraces. En ambos casos, el precio lo pagarán los trabajadores, campesinos y sectores populares.

Lo que está en juego

La segunda vuelta de octubre no representa una elección entre proyectos opuestos, sino entre dos variantes de la misma clase. Como expusimos previamente, Rodrigo Paz es un candidato de centro liberal populista de fachada inclusiva; Quiroga defiende un neoliberalismo clásico. Ambos significan ajuste (en formas e intensidades diferentes), más dependencia y ataques a los derechos sociales.

En la segunda vuelta no define el futuro de un proyecto democrático-popular, sino la forma en que la burguesía boliviana buscará recomponer su hegemonía tras el colapso del MAS. El centro liberal-populista y la derecha neoliberal son solo dos caminos distintos para descargar la crisis sobre las espaldas de los trabajadores y campesinos.

Lo que está en juego no es solo una cuestión económica, sino de triunfos que fueron conquistados por la movilización social, en los que muchas veces el propio Movimiento al Socialismo estaba en contra de dar tantas libertades democráticas. Roberto Sáenz, en el texto citado al inicio, escribía que lo sucedido en octubre de 2003 hoy podría estar en peligro por las variantes que tomarán el poder: “Se trata – para decirlo desde el principio – de una cuestión absolutamente genuina, en la medida en que el Estado boliviano no es solo un Estado capitalista, sino un Estado de opresión racial blanca sobre la población originaria indígena de estas tierras. Por lo tanto, desde el marxismo revolucionario, es una tarea de primer orden reconocer el derecho de estas nacionalidades a la autodeterminación de manera incondicional» (Sáenz).

Las tareas de la izquierda

La derrota del MAS abre una nueva etapa histórica en Bolivia. El agotamiento del masismo, su incapacidad para romper con la dependencia y la transformación del partido en una arena de caudillos, revelan la necesidad urgente de una alternativa independiente.

“Una nueva perspectiva del socialismo revolucionario en el país no podrá ser construida sin levantar bien alto, desde la clase trabajadora, la bandera del libre e incondicional derecho a la autodeterminación nacional de las naciones originarias, en el marco de la lucha por una Bolivia verdaderamente multiétnica y multicultural, que, para nosotros, solo podrá ser una Bolivia Socialista, indisolublemente ligada a la lucha de los explotados y oprimidos de toda América Latina” (Sáenz, dixit).

Una lucha que el MAS se negó a realizar y boicoteó todo intento de formar un partido de los trabajadores. Hoy las posibilidades están abiertas nuevamente para conformar un movimiento del socialismo revolucionario que pueda dar voz a los trabajadores, campesinos e indígenas, para destruir de una vez por todas el capitalismo opresor, el cual algunos creyeron que podían transformar el capitalismo en algo «bueno».

“Este es el debate estratégico planteado hoy en el proceso revolucionario boliviano: ¿cómo restablecer el lugar central de la clase trabajadora en alianza con el resto de los explotados y oprimidos, después de la debacle de 1985 y el fracaso del proceso de la revolución de 1952? (…) En realidad, el desafío es hacer de los trabajadores el centro de una nueva alianza de los explotados y oprimidos para poner fin al capitalismo en Bolivia” (Roberto Sáenz, Crítica del romanticismo «anticapitalista», 2003).

Las tareas planteadas son claras:

• Reconstruir una herramienta política propia de la clase trabajadora, campesina y popular, que no se limite a administrar el capitalismo dependiente.
• Enfrentar la ofensiva neoliberal, que vendrá ya sea con el liberalismo de centro populista de Paz o con el ajuste ortodoxo de Quiroga.
• Retomar la perspectiva de un gobierno obrero, campesino, indígena y popular, basado en la autoorganización y movilización de las masas, y no en la conciliación con el capital.

Sin esta alternativa, Bolivia quedará atrapada en el falso dilema entre renovación y experiencia, cuando en realidad se trata solo de dos máscaras diferentes para el mismo orden social.

Entonces, en las elecciones del 19 de octubre de 2025 no ofrecen ninguna salida real para los explotados y oprimidos. Entre Rodrigo Paz y Jorge Quiroga, no hay diferencia de fondo: ambos representan la continuidad de la explotación imperialista y del poder de las élites.

Por eso, llamamos a votar nulo —no como gesto de resignación, sino como mensaje claro de que el pueblo trabajador no se reconoce en ninguna de estas alternativas. El voto nulo es un paso en la lucha por una alternativa de clase, socialista, indígena y popular.

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