“El estilo de disrupción, que en primer lugar emergió en Los Ángeles y luego volvió a expresarse en Chicago el año pasado, fue mejorado en Minneapolis. Se está expandiendo ahora a otras ciudades liberales que se están preparando para su propio asedio. Es un signo de cómo la estrategia de protesta contra la administración de Donald Trump se está moviendo más allá de los actos de campaña electoral hacia la acción directa. Está transformándose en uno de los más significativos esfuerzos de desobediencia civil en América desde el movimiento de los derechos civiles [en los años 60]”
(The Economist, 29/01/26)
“(…) llamamos dialéctica al superior movimiento racional, en el cual tales términos [el ser y la nada], que parecen absolutamente separados, traspasan uno al otro por sí mismos, por medio de lo que ellos son; y así la presuposición [de su estar separados] se elimina. La inmanente naturaleza dialéctica del ser y la nada mismos consiste en que ellos muestran su unidad, esto es el devenir, como su verdad” (Hegel, 1982: 135/6)
Informe del punto político de la reciente Convención Nacional del NMAS, diciembre 2025, teatros Astros y Picadero, editado levemente luego de los acontecimientos internacionales de comienzos del 2026.
La primera idea que quiero transmitirles es que tomemos este plenario, las tres jornadas y las comisiones, como jornadas de trabajo político y constructivo. Que podamos hacer una reflexión sobre la situación política nacional e internacional, pero sobre todo sobre el estadio constructivo de nuestro partido y corriente, sus fortalezas y dificultades, sus contradicciones, sus aparentes callejones “sin salida”.[1] Es decir, todo lo que tiene que ver con la dialéctica de la construcción del partido y la corriente vinculada a la dialéctica de la lucha de clases.
La idea es ir concentrándonos y encontrar en el debate colectivo esas diagonales para dar un salto en la construcción y así colaborar, también, en la construcción de nuestra corriente internacional. Nos tiene que servir para coronar este año 2025 y para prever el 2026; un espacio de verdadera elaboración colectiva.
1- De la reacción a la revolución
Lo primero es una definición de contrastes. La nueva etapa mundial que vivimos configura una nueva totalidad de problemas que difícilmente estén bajo control. No lo están: los movimientos sísmicos que hay en el mundo, por definición, están fuera de control. Hay un problema de gobernanza mundial; los problemas acumulados en el capitalismo del siglo XXI son tan inmensos, que hay una crisis de gestión del sistema. Hay dos definiciones que juegan de manera contradictoria: la de la etapa revolucionaria que se ha abierto (para definirla de manera resumida), y la de la coyuntura reaccionaria (con sus adversidades y potencialidades). El conjunto de contradicciones del capitalismo de este siglo XXI es tan grande que, dicho exageradamente, cuestiona la existencia misma del sistema capitalista en su capacidad de gestionar las cuestiones humanas y naturales. Si el fin del siglo XX parecía significar el “fin de la historia”, esta tercera década del siglo XXI muestra que la historia está más abierta que nunca.
El equilibrio capitalista mundial está roto. El viejo orden mundial de posguerra está acabado, y hemos vuelto a una época de imperialismos territorializados; para decirlo redondamente, “El retorno del capitalismo de las cañoneras”, como lo define una reciente editorial de The Economist. El manotazo de Trump en Venezuela, la pulseada por Groenlandia, el intento de regencia en Gaza, su intrusión en los negocios de las multinacionales, la división que comienza a expresarse entre la burguesía de Occidente, etc., así lo demuestran: se están forjando las “condiciones objetivas” prerrevolucionarias de la lucha de clases internacional.
Subjetivamente, sobre todo en este primer mes del 2026, ha habido un salto en la lucha de clases internacional. Ya había estado la “voz de alerta” de las huelgas generales políticas en Italia, tenemos la rebelión popular en Irán, duramente reprimida y, sobre todo ahora, el levantamiento popular en Minneapolis, que ya es histórico: Estados Unidos es ya el centro de la lucha de clases mundial, un centro donde se expresan elementos de guerra civil: “Por momentos, Minneapolis me recuerda lo que vi durante la Primavera Árabe en 2011, una serie de choques callejeros entre manifestantes y policías que rápidamente se transformó en una muchísimo más amplia pelea contra la autocracia. Como en la Plaza Tahrir de El Cairo, Minneapolis ha mostrado un enorme levantamiento civil donde una vanguardia de manifestantes ha ganado fuerza cuando muchos otros que no tienen convicciones progresistas se sumaron en el sentimiento, sino siempre en persona (…) [se trata del] aliento de esperanza que Minnesota puede proveerle al resto del país con un modelo de resistencia democrática” (“The American Winter”, Robert F. Worth, The Atlantic, 25/01/26).
Todo el escenario internacional significa contradicciones profundas no dominadas (eventualmente prerrevolucionarias, como acabamos de titular este punto).[2] Esas contradicciones profundas que vive el sistema capitalista hoy son lo que hace al carácter de la nueva etapa. Y, dentro de ella, en este Plenario Nacional 2025, así como en las últimas reuniones de nuestra corriente internacional, hemos identificado a los EEUU como el país más polarizado y explosivo del mundo en la etapa actual: uno de los países más estratégicos actualmente para la construcción de las corrientes revolucionarias (aclaramos que esta definición la realizamos antes de los acontecimientos en Minnesota, que la han confirmado completamente).
El concepto más elemental de gobierno es la administración de los asuntos “colectivos”. Pero hay una crisis internacional de gobernanza, división de la burguesía en Occidente, problemas que desbordan por todos lados. Y en la medida en que estos problemas (o fallas sistémicas) chocan con la sociedad humana explotada y oprimida, una sociedad que está viva, eso le da espesor a la realidad: “La gente que persigue los convoys de ICE (que se llaman a sí mismos «commuters», una expresión verbal que en parte es un chiste y en parte un esfuerzo por eludir la vigilancia gubernamental)[3] se organizan sobre una base barrial [neighborhood basis], mediante grupos de Signal” (The Atlantic, idem).[4]
La realidad no se compone solamente, ni fundamentalmente, de la superestructura (de la geopolítica o las maniobras en las alturas): se compone de una combinación de los problemas superestructurales con los problemas estructurales, sociales, con los problemas del nuevo mundo del trabajo, de la relación de la humanidad con la naturaleza, etc., en fin: la lucha de clases (y es en ese marco que se forjan las condiciones revolucionarias o prerrevolucionarias, los giros de una coyuntura reaccionaria a otra prerrevolucionaria).
Entonces, hay un conjunto de problemas que están abiertos y son muy complejos. Hay un descontrol de la humanidad (capitalista) en su relación con la naturaleza, que puede tener consecuencias de barbarie y que como tal es un problema nuevo: ¿es o no es capaz la humanidad de controlar su relación metabólica con la naturaleza? El capitalismo parece que no lo es.[5] Eso es un elemento histórico, porque esa capacidad humana de reversión sobre la naturaleza no existía en el pasado: para los humanos prehistóricos, la naturaleza era algo que se les imponía de manera descomunal; en la naturaleza humanizada –o deshumanizada– actual, es la humanidad la que se impone hasta cierto punto a la naturaleza terrestre, y eso es un problema inmenso (podemos recordar acá la advertencia de Engels de que la naturaleza responde de manera decuplicada a los maltratos humanos sobre ella).
Segundo problema: por ejemplo en la Argentina, ¿qué derecho tiene la burguesía a gobernar si hunde el país, si no es capaz de encontrar una vía de desarrollo? “Actualmente el 73% de la generación de dólares proviene de la agroindustria asentada en el corredor central del país, contra el 27% generado por la energía y la minería. Sin embargo, la proyección es que para 2030, dentro de solo cuatro años, la ecuación se invierta y la energía y la minería superen al agro en una proporción de 53% a 47%. Esto representa un desplazamiento del epicentro productivo hacia los ejes andino y patagónico (…) En consecuencia, el gran interrogante es qué va a pasar con los conurbanos, no solo el bonaerense, que seguirán concentrando a la amplia mayoría de la población, pero en un contexto de perspectivas económicas menos prometedoras. La sociedad argentina se está transformando mucho más rápido de lo esperado, con tendencias que están fuera del alcance del gobierno” (Jorge Liotti, 18/01/26).
Y Liotti agrega otro elemento estratégicamente central: “La Argentina es un país con altísima concentración urbana. Según el informe del Cippec, 9 de cada 10 habitantes residen en las ciudades, uno de los índices más altos del mundo. Esta centralización responde a un modelo económico del siglo XX, en el cual las ciudades, y en particular el AMBA, atraían a la población por su desarrollo industrial. Pero esa fotografía quedó desactualizada ante el radical cambio de perspectivas económicas, en donde el cordón suburbano aparece deprimido por la caída de la industria, la construcción y el comercio, mientras que por otro lado emergen con mucho más potencial la zona andina, gracias a la minería, y la patagónica, a partir del despegue del sector hidrocarburífero” (ídem), sectores que acaparan poca mano de obra.
Lo anterior forja tanto, eventualmente, degradacion y desmoralización social como condiciones prerrevolucionarias, porque a semejantes agregados poblacionales concentrados lo único que se les ofrece es miseria, precarización y desafectación estatal, lo que puede dar lugar a un estallido social como otros que ya ha vivido reiteradamente la Argentina. (En un ranking internacional el país figura como el más polarizado del mundo, dato significativo, aunque opinamos que hoy, por condiciones históricas estructurales, EEUU lo es mucho más: es el país candidato a una “guerra civil”.)
Volviendo al plano internacional: ¿qué derecho tiene la burguesía a gobernar si no les da perspectivas a las nuevas generaciones? ¿Qué legitimidad tiene un sistema social voraz que no le da futuro a la mayoría de los explotados y oprimidos, y en el cual el 0,001 de la población tiene más riqueza que el 50%?: “(…) como señala OXFAM en su último informe, la riqueza de los multimillonarios creció en unos 2,5 billones de dólares durante el último año, una cifra superior a la riqueza total que posee la mitad más pobre de la humanidad (más de 4000 millones de personas)” (La Nación, 20/01/26).
La economía mundial está, desde la crisis del 2008/9, en una suerte de “estancamiento secular” a pesar de los altísimos niveles de súper explotación, combinando modos muy profundos de acumulación por desposesión (extractivismo, en suma), extracción de plusvalor absoluto (superexplotación directa) y relativo (IA y automatización) con parasitismo económico (por ejemplo ahora el relanzamiento de la industria militar); es decir, no vuelca de manera suficiente ese plusvalor en la inversión y en un aumento consistente de la productividad.
La burguesía mundial gasta sus ganancias en yates de siete pisos, mansiones, etc., acapara una riqueza morbosa, una riqueza alienada (riqueza material, no “espiritual”). El concepto de riqueza en Marx es el máximo desarrollo de todas las potencialidades humanas, lo opuesto a lo que se está viviendo en este siglo XXI. La riqueza material es una condición de posibilidad de ese desarrollo, no es la riqueza en el sentido marxista más profundo del término. Por el contrario: el capitalismo de hoy está cayendo en sus índices de desarrollo humano porque, además de pretender llevar la conciencia humana nuevamente hacia la irracionalidad, el racismo, la misoginia, etc., está atacando ferozmente el nivel de vida promedio de la clase trabajadora en general.
Tercer problema, la disputa geopolítica que se reabrió. Vuelven las guerras de rapiña territorial, y pueden volver las guerras interimperialistas (la importancia del debate sobre el carácter de China –que desgarra a tantas corrientes– o la increíble disputa con la UE por Groenlandia, son parte de eso).[6] El mundo en el cual vivíamos se forjó por tres eventos históricos de la primera mitad del siglo XX –el mundo se forja, se construye, no está hecho; la historia no está hecha, la hacemos, la construimos, la militamos, la transformamos, la revolucionamos las y los explotados y oprimidos, o la hacen barbarie los capitalistas–: Primera Guerra Mundial, Segunda Guerra Mundial y Revolución Rusa. Marx decía que el capitalismo llegó al mundo chorreando sangre y lodo, como ocurrió en las dos guerras mundiales, y la Revolución Rusa abrió la ventana emancipatoria (la apuesta futura, con todos los dolores de parto que implica la apertura de una nueva época para la humanidad).
Todavía no se vislumbra la revolución pero ya se vislumbran las guerras y las condiciones prerrevolucionarias –las rebeliones populares– que modifican la cotidianeidad de la vida de las personas: es difícil acomodar a China y EEUU en el mismo mundo, la Alianza Atlántica que rigió el mundo desde la Segunda Guerra está en crisis, la UE debe combinar austeridad y remilitarización atacando lo que queda del Estado benefactor europeo, la guerra de Rusia contra Ucrania ya cumple cuatro años, en Gaza ocurrió un genocidio, Minneapolis se levanta contra el ICE, etc.[7] Las guerras se producen, entre otras cosas, porque el mundo está constituido por Estados, que compiten y son parte histórica de lo que ha sido y es el capitalismo, que es un sistema mundial de Estados contradictorio con la tendencia a la globalización del mercado mundial y cuyo rasgo característico actual es, precisamente, el retorno de los Estados (de las disputas fronterizas, de la guerra comercial, del acaparamiento de territorios, de la rapiña de recursos naturales, etc.).[8] Imagínense una guerra interimperialista entre EEUU y China o Rusia (o escaramuzas con la Unión Europea): ¿cuál es el límite para el armamento convencional y cuál para el armamento nuclear?[9]
2- Minneapolis como punto de quiebre
Este mundo desequilibrado tiene un cuarto problema: hay choques entre Estados, pero también entre clases, que es lo que la mayoría de los analistas, incluso los marxistas, no ven, aunque este mes de enero del 2026 ha sido aleccionador al respecto (no hay que olvidarse del levantamiento en curso en Irán). Y tiene una crisis de los regímenes políticos de estabilidad de la democracia burguesa, que no son una pura abstracción y una pura superestructura, sino que expresan relaciones de fuerzas. Hay gobiernos de extrema derecha, pero no es tan fácil que avasallen las conquistas sociales y democráticas del movimiento obrero, la juventud y las masas, como se ve claramente en la Argentina.
Existe un interjuego entre el carácter de extrema derecha de Trump, Bolsonaro en su momento, a modo de parodia por ahora Milei en la Argentina, y los regímenes políticos genéricamente de democracia burguesa; en el caso paradigmático de Trump y el ICE, donde este último es una institucion estatal-paraestatal, incluso en este caso, todavía no se puede hablar propiamente de fascismo porque el fascismo no es un mero gobierno, es un régimen político. Y el régimen político en los EEUU, de momento, no ha cambiado. Para que cambie, Trump debería desconocer las elecciones de mediano término (ya hay preocupación sobre esto expresada, por ejemplo, en The Economist), o, por ejemplo, clausurar el Congreso yanqui… (Acá cabe aclarar, sumariamente, el carácter del ICE, que tiene elementos de organización paramilitar, lo que es nuevo y hace a la caracterización del gobierno de Trump, aunque no creemos que, por sí mismo, haya cambiado el régimen político yanqui, al menos no por ahora.)[10]
Las tareas democráticas entrelazadas con las sociales son de fundamental importancia en este período. Y es un error subordinarlas o condicionarlas de manera sectaria aunque, al mismo tiempo, deben estar ligadas a una dinámica permanentista. Por ejemplo, en este momento vuelve a destacar el derecho de Ucrania a su autodeterminación. No le ponemos condiciones a dicho derecho, porque si no, no sería tal. Otra cosa es que nuestro programa no termina ahí: nuestro programa obviamente es por la refundación de una Ucrania independiente en el sentido auténticamente obrero, popular y socialista. Lo mismo pasa con Taiwán, Groenlandia o Venezuela: no les ponemos condiciones a su derecho a la autodeterminación, aunque nuestra perspectiva es socialista revolucionaria. Si le pusiéramos condiciones, entonces no estaríamos defendiendo su derecho a la autodeterminación en la tradicion del leninismo; nos pasaríamos, en ese caso, a la posición de Rosa Luxemburgo por ejemplo, que estaba en contra del derecho a la autodeterminación de Polonia respecto de Rusia porque afirmaba que eso “dividía a la clase obrera”. Una posición contraria también a Marx, que defendía incondicionalmente el derecho a la autodeterminación de Irlanda respecto de Gran Bretaña: los obreros ingleses deben luchar por la independencia de Irlanda si quieren sacarse de encima sus cadenas, decía, palabras más, palabras menos.[11]
Trump es un gobierno de extrema derecha, pero no es fascista: ¿por qué? Porque no puede cerrar el parlamento; hay que diferenciar en el análisis los gobiernos de los regímenes. Milei es un extremo-derechista de opereta, le habló al país de espaldas al Congreso, pero no pudo cerrarlo, ni siquiera pasarle por arriba (depende de hacer mayorías en él), y menos que menos pudo superar la dialéctica plaza-palacio que caracteriza a la Argentina y que hace hermoso a este país (así como lo hace feo la burguesía, lo hace hermoso el movimiento de masas): “Ni una dictadura militar ni un Estado policíaco puro –para no hablar de una monarquía absoluta– tienen las capacidades suficientes para atomizar y desmovilizar por mucho tiempo a una clase social consciente compuesta por millones de hombres y mujeres, y, por tanto, de impedir la reaparición de la lucha de clases aún más elemental producida periódicamente por el simple juego de las leyes del mercado” (Mandel, 1973: 265).[12]
Como afirmaba Lenin (¡insistimos en la actualidad del pensamiento leninista en la presente etapa!), la democracia burguesa es un régimen de estabilidad, porque es un engaño, pero un engaño que se sostiene con el voto y la anuencia popular –distorsionada–. Los gobiernos de crisis tienden a ser bonapartistas, autoritarios; pero para ser autoritario hay que tener relaciones de fuerzas que lo permitan, y esto todavía tiene que probarse. Es decir, vivimos una suerte de “bonapartismo internacional” bajo Trump, pero es importante tener claro que el régimen yanqui no es aún del todo bonapartista, porque Trump también es “Mr. TACO” (“Trump Always Chickens Out”, Trump siempre se vuelve atrás), expresa las relaciones de fuerzas existentes: avanza, mide y luego retrocede y vuelve a avanzar y así sigue la rueda sin que las relaciones de fuerzas terminen de resolverse, y pueden ir tanto para escenarios reaccionarios más brutales como para escenarios prerrevolucionarios.
Recordemos que nuestra definición es que estamos en una coyuntura internacional reaccionaria pero marcada por un profundo proceso de polarización asimétrica donde las relaciones de fuerzas no están saldadas y donde en los EEUU están apareciendo elementos de “guerra civil”.
En síntesis: el gobierno de Trump es una suerte de “bonapartismo internacional”, pero, atención, no deja de ser un bonapartismo con elementos de debilidad además de peligroso. (La dialéctica de “debilidad y peligro” es importante para entender los riesgos y las posibilidades de desestabilización que entrañan estos gobiernos.)[13]
Todos estos elementos configuran la nueva etapa mundial de crisis –ecológica, económica, social, etc.–, guerras –ya las hay, algunas genocidas como en Palestina–, reacción –gobiernos de extrema derecha–, pero también de rebeliones, guerras civiles y, potencialmente, revoluciones. ¿Por qué revoluciones? Porque trastocar hasta lo indecible la vida de los explotados y oprimidos, la vida de nuestra clase y nuestra juventud, puede generar a veces desmoralización y a veces respuestas revolucionarias: nuevas revoluciones sociales, de las cuales no ha habido ninguna en los últimos 50 años (¡ya son demasiados años sin revoluciones sociales, y en el momento “menos pensado” volverán, aunque para ello hay que trabajar y construir duro y parejo!). “(…) «nunca pensé que sería de nuestro gobierno que tendríamos que proteger a nuestros niños y niñas (…) los mantenemos fisicamente a salvo, pero ellos ven lo que ocurre» (…) Los niños y niñas fueron un límite moral para mucha gente con la que me junté en las Twin Cities [las dos ciudades que conforman Minneapolis]” (The Atlantic, ídem).[14]
La coyuntura mundial sigue siendo reaccionaria pero han crecido los elementos de bipolaridad en los últimos meses. Lo más emblemático antes de Minneapolis fue la huelga general política en Italia por Gaza, pero a esto se le sumaron las dos marchas “No King’s” en los EEUU, los levantamientos urbanos populares en Los Ángeles y Chicago contra la ICE, las movilizaciones de masas en Irán y ahora Minneapolis.
Igualmente, también está la avanzada reaccionaria sobre Venezuela y la capitulación del régimen madurista frente a Trump, además de que juega a favor de la reacción la descomposición social del país generada desde la inconsecuencia de Chaves. Ahora el peligro pasa a Cuba, a la cual Trump pretende asfixiar si el régimen no se pasa para su lado gepolítico (Trump parece no intentar cambiar los regímenes sino que estos se pasen a su bando geopolítico).
La degradación de circunstancias como la de Venezuela ha hecho por ahora muy difícil el elemento antiimperialista, al tiempo que los hechos de Minneapolis ponen con más fuerza sobre la mesa los sentimientos anticapitalistas. La extrema derecha mantiene la iniciativa, pero Trump también es TACO. Venimos de un genocidio en Gaza; destruyeron Gaza, pero hay una resistencia palestina que se niega a salir de su tierra, lo que pone sobre la mesa las cuestiones de la emancipación nacional (Ucrania, con toda su especificidad, ídem).
Cualquier análisis que sólo agite el cuco de la extrema derecha y no tenga en cuenta la respuesta desde abajo, es unilateral. Italia venía de una derrota desde el fin de los 70. La autobiografia de Tony Negri es aleccionadora en ese sentido: “Asesinar a Aldo Moro fue más que criminal [Aldo Moro era el dirigente de la Democracia Cristiana, uno de los dos partidos junto al “Comunista” de Italia a finales de los años 70): porque –como el día después del secuestro entendieron y escribieron los periódicos del movimiento– permitió y legitimó una represión feroz que destruyó los movimientos sociales antagonistas. Pero más criminal fue aquel montaje procesal para acusar de ese crimen a toda una generación. Véase la Italia de hoy, su grado de miseria intelectual, de mezquindad política, de debilidad moral; esa decadencia empezó con la destrucción de la generación en movimiento y en revuelta en los años 70 –¡desde entonces en el bel paese ya no hay generación, sino corrupción!–” (Negri, 2022: 33). Bueno: como se puede apreciar por contraste, las últimas huelgas generales han comenzado a revertir esta situación de derrota que venía desde finales de los años 70 en Italia. Hubo una huelga general política en solidaridad con Palestina organizada por sindicatos que corrieron por izquierda a la burocracia sindical tradicional. Una, dos huelgas generales, que deben ser el acontecimiento de masas más importante de la lucha de clases en Italia en años.[15] Una huelga general política es pura solidaridad: es una huelga por intereses universales (no sólo reivindicativos). Su concepto desborda al concepto estrecho de la burocracia, que lo que hace es corporativizar, evitar la huelga política.
La lucha contra la ICE en EEUU, de la que venimos hablando, muestra que el nuevo mundo social de los explotados y oprimidos tiene una riqueza descomunal. Si el movimiento obrero de posguerra era muy masculinizado y muy homogéneo, este tipo de heterogeneidad “fragmenta” pero también en cierto modo universaliza, enriquece, porque son varones, mujeres, personas trans, chicanos, árabes, de todo: toda una enorme nueva riqueza y potencialidades del mundo social que expresa este reinicio de la experiencia histórica del cual hablamos desde hace años en nuestra corriente.
Por supuesto, eso genera también la reacción de extrema derecha, un “asalto a la razón”, como la urticaria que les generan las marchas del Orgullo en el mundo, que son, quizas, las más grandes movilizaciones hoy en día.
Pero ICE puede hacer explotar EEUU “en mil pedazos”: abre elementos de guerra civil porque el país es un verdadero “polvorín social” (un palimpsesto forjado históricamente de relaciones de explotación y opresión combinadas). “Semejante disrupción, destructividad, brutalidad, no limitada a algunos, sino tomándose en variadas direcciones al mismo tiempo, ha sumado para un desborde que ha hecho que incluso algunas circunscripciones trumpistas sean ingobernables (uneasy). Siendo que ninguno de estos desarrollos se asemejan a la experiencia bajo Nixon, forzado a renunciar 18 meses después del comienzo de su segundo mandato, está claro que el público evolucionó contra Trump, como se ha visto tanto en elecciones recientes como en las encuestas de opinion que muestran su apoyo debajo del 40%” (Kevin Anderson, “Trumpist fascism: The Worm Turns”, 27/12/25, artículo escrito como se ve antes de los hechos en Minneapolis).
Y no es casual que el Congreso Mundial de Gig Workers que en mayo próximo va a su segunda edición con la participación de 25 países, del cual somos protagonistas excluyentes junto con el SEIU, sea en Los Ángeles. Nuestra aún limitada corriente internacional refleja con todo ese nuevo mundo social: la nueva clase trabajadora y la juventud que están transformando dicho “mundo social”. En la charla de pre-fundación de SoB Francia en noviembre pasado había chicos y chicas argelinos, tunecinos, chicos y chicas trans, estudiantes, trabajadores, súper diverso.
Y hay otro tema que habría que desarrollar y que hace a las condiciones prerrevolucionarias internacionales: hay división burguesa internacional. Una es la burguesía imperialista clásica neoliberal globalista, como los demócratas en EEUU y, en general, los gobiernos de la UE; otra es la burguesía imperialista “revisionista” del viejo orden, representada por Trump, por Xi Jin Ping (este último en otro sentido porque es globalista, le conviene a China el viejo orden globalista en lo económico aunque no en lo político). Eso también es nuevo: lo que habíamos vivido hasta ahora era la unidad de la burguesía imperialista occidental. (Nahuel Moreno se excedía en los años 80 cuando hablaba de “frente contrarrevolucionario mundial” dando cuenta de esa unidad burguesa imperialista neoliberal incipiente, pero algo de verdad tenía ese concepto exagerado.)
Bueno, eso se acabó: se rompió el consenso imperialista internacional, amén de la emergencia de nuevos imperialismos y nuevas potencias regionales. Y estas contradicciones y grietas son también las que hacen a la configuración de la nueva etapa como etapa de crisis, guerras, reacción y revoluciones: “Cuando los dueños de algunas de las más grandes empresas del mundo se encuentren en la montaña suiza de Davos, una preocupación central va a ser la impactante intromisión de los gobiernos en sus negociaciones transfronterizas. Con la guerra habiendo retornado a Europa, y con una China autoritaria más asertiva, los políticos han rediseñado el mapa de los negocios globales, estableciendo dónde las multinacionales pueden operar y dónde no. El presidente americano, Donald Trump, ha llevado las cosas más lejos. Él ve a las empresas como una herramienta útil para elevar el poder del Estado [es decir, la economía al servicio de la política, “La era de la combustión”]. Ha urgido a los jefes de las empresas de petróleo estadounidenses a volver a Caracas o enfrentar sanciones, presionado a empresas de defensa a dejar de entregar concesiones y demandado que las tecnológicas que venden procesadores de avanzada a China corten dichas ventas con su gobierno (…) Las transformaciones en el orden geopolítico [y las divisiones entre la burguesía imperialista, podríamos agregar] están en este momento reconfigurando a las multinacionales occidentales” (TE, “America’s gunboat capitalism will make the world poorer”, 15/01/26).[16]
Compiten dos preguntas generales que son una unidad dialéctica. Una es: ¿por qué son tan reaccionarios estos gobiernos? La verdad es que en el fondo remite a que se produjo un profundo desequilibrio en la gestión del capitalismo. En los 90 vivimos un “momento kautskiano” –Kautski era un teórico socialdemócrata que decía que el capitalismo, por su propio desarrollo, tiende a atenuar las contradicciones–. Ahora volvimos a un “momento leninista”, porque Lenin decía que el capitalismo es contradicción, es explotador. Es una idea simple: un sistema de explotación y opresión es difícil que sea estable, que tienda al equilibrio y la armonía. El comunismo y el socialismo están vinculados a una convivencia armónica; las condiciones brutales de explotación no tienden a relaciones humanas armónicas, porque te desafían todo el tiempo.
¿Por qué decimos que la historia está abierta? Porque el cuerpo de la sociedad es un cuerpo vivo, y si lo atacan, ¿cómo se va a lograr armonía? La idea reformista, que ha fracasado, se trata de que las contradicciones tienden a reabsorberse porque el desarrollo del capitalismo es lineal, y la idea revolucionaria es que el capitalismo es auto-contradictorio, con quiebres, rupturas, revoluciones –leer el ensayo Karl Marx, de Lenin, de 1914–.
El capitalismo no es una sociedad armónica, y la absorción de las contradicciones se ha demostrado falsa; al contrario, vivimos una actualización de las tendencias destructivas del capitalismo, por eso el momento tiende a ser leninista. Kautsky decía que hay una tendencia a la “armonización de las contradicciones” porque el capitalismo es progreso, pero el capitalismo es progreso y regresión, y la obra de Marx hay que leerla de manera dialéctica. En el Manifiesto comunista, Marx dice que el capitalismo revoluciona constantemente las relaciones de producción y las relaciones humanas, pero no las revoluciona tendiendo a la armonía sino a la superexplotación: esa es la lógica íntima del capitalismo.
Por supuesto, es un “sístole y diástole”, hay etapas de reacción y etapas de reabsorción; la posguerra, después de dos guerras mundiales, fue una etapa de reabsorción y de concesiones. Bueno, entramos ahora en una etapa revolucionaria en la que el capitalismo reacciona brutalmente, y sucede que las relaciones de fuerzas no son tan fáciles de avasallar y le ponen ciertos límites. Ahí está la dialéctica de la cosa: si se pasan de rosca en el desafío a esas relaciones de fuerzas, pueden hacer explotar todo, esto es de lo que tienen miedo los “reformistas” (los demócratas en los EEUU, por ejemplo).
Trotsky decía –ya en 1930– que EEUU, como primera metrópolis mundial, había metido dentro de EEUU las contradicciones de todo el mundo. No parece tan universal China, aunque el sudeste asiático esté en el centro de la economía mundial: la cultura dominante en los dos últimos siglos ha sido la occidental. EEUU es un polvorín donde están la mayor riqueza de identidades y la mayor concentración de población migrante, y el Ku Klux Klan. Un artículo reciente se preguntaba: “¿Guerra civil en EEUU?”, y sí, es posible.
La reacción sale del desequilibrio mundial, y tiene condimentos que también tuvo el fascismo, aunque la reacción de ahora no es fascismo porque no le da. La reacción se cree impune. Es hija de la clase media decadente que tiene miedo de perder sus privilegios; en la Guerra de Secesión del siglo XIX, la base del ejército del sur esclavista eran los blancos pequeñoburgueses sin propiedad. Hoy hay una desproporción entre la reacción y el nuevo mundo social que es una conquista de la humanidad, y eso es un choque feroz. ¿Cómo naturaliza su condición de precarización una persona precarizada? Son conscientes de ser precarios, y no quieren serlo.
Bueno, quedó planteado en nuestra agenda qué hacer con EEUU. Tenemos una ventana de acceso que es un hecho. En la discusión internacional es clásico preguntarse dónde está el centro de la revolución mundial: hoy es EEUU, y ¿a quién se le podía ocurrir que ese país iba a estar en el radar de la revolución mundial, viniendo del EEUU de Reagan hace pocas décadas? Es muy contradictorio el capitalismo. Y cuando decimos que la historia está abierta, resulta que está abierta en primer lugar en los EEUU.
3- La dialéctica de la construcción revolucionaria
Entonces, el primer concepto es que construimos esta corriente y este partido en este mundo del capitalismo voraz y el imperialismo territorial del siglo XXI. ¿Estamos preparados como organización para las revoluciones? No todavía: es difícil estar preparado porque hay que anticiparse. La paradoja de la construcción revolucionaria, lo contraintuitivo, es que la parte fundamental de la misma debe llevarse a cabo en condiciones no revolucionarias, a contratendencia, porque cuando llega la revolución, si el partido no está construido, no puede cumplir un papel revolucionario –objetivo–.[17]
Obviamente las revoluciones no suceden de un día para el otro, se forjan en las condiciones que las hacen posible; ¿ya están esas condiciones?, están comenzando a forjarse. ¿Estamos preparados para condiciones más duras?, no todavía. Nos preparamos intelectualmente a sabiendas de que esas condiciones más duras están llegando. Pero la preparación para las revoluciones no pueden ser “clases teóricas de natación”… hay que “tirarse a la pileta”; y es ahí donde entra la práctica, la experiencia; ahí entra la necesidad del partido y la corriente de crecer: de ganar más trabajadores y trabajadoras.
El partido, por su composición, es un “intelectual colectivo”, pero la experiencia no se aprende sólo intelectualmente. ¿Cómo adquieren experiencia el partido y la corriente?, ¿haciéndonos todos proletarios? No, se adquiere logrando que el partido sea una “comunidad” que unifique a jóvenes y trabajadores, y ese es un paso que el partido tiene planteado dar en el próximo período, sin menoscabo de que nuestro primer objetivo en la Argentina es ser la corriente del trotskismo más fuerte en la juventud.
La juventud tiene menos experiencias reales de vida y trabajo, que son condiciones duras, muchas veces de pelea de todos contra todos, de atraso también; condiciones de hacerte valer en el lugar de trabajo, que no te aventajen haciéndote pagar derecho de piso, hacerte amigo del que te puede enseñar: la vida real.
Una corriente estrictamente juvenil tiene poca “vida real”. Tenemos una corriente juvenil valiosísima, con un montón de futuro, pero no mucha “vida real”, nos falta bastante. No sólo por un problema nuestro, sino porque, en cierto modo, la realidad ha sido “irreal”. Pero se está acabando la irrealidad y hay que estar preparados.
Pasamos algunas pruebas en el último período. Enfrentamos el primer impacto de Milei, alertamos sobre su “declaración de guerra a las y los trabajadores” antes que nadie, etc. Ahora bién: estuvimos en la primera línea en los enfrentamientos de finales del 2023 y primera mitad del 2024, y, en cierto modo, Milei fue “cepillado” bastante rápido: es un peligro, pero le falta orgánica para destruir todo lo que quisiera. Por eso nuestro análisis es objetivo, no impresionista; no fuimos facilistas, alertamos que no era un “gatito mimoso”: ¡eso son tonterías de gente que vive en los pasillos del Congreso! La vida cotidiana de las y los trabajadores se puso más dura bajo Milei, no hay dudas de ello: en muchos sectores populares no hay ni para “el café con leche”; hay un deterioro enorme de las condiciones de vida.
Bueno, todo esto hace a la idea del período y a la idea de este plenario, que es de preparación partidaria.
Pensando en la Argentina, el gobierno no está estabilizado del todo. Milei ganó las elecciones de medio término y sacó adelante la ley de presupuesto. Por lo demás, ahora quiere meter una reforma laboral ultra esclavista (el miércoles 11/02 arranca el debate en Senadores). La reforma laboral reduce los despidos por indemnizaciones, admite el pago del salario en especie (o en cualquier moneda), liquida la ultraactividad y los convenios por rama, permite el aumento de la jornada laboral legal a 12 horas y con el banco de horas elimina las horas extra, además de que fracciona las vacaciones y muchas otras cosas, entre ellas convalidar el carácter de “autónomos” de las y los repatidores legalizando la “inexistencia” de la relacion laboral, cuestión que desde el SITRAREPA venimos denunciando en los grandes medios hace semanas.
La CGT está transando a cuatro manos y el peronismo sólo especula con hacer una “oposición” levantando la mano en el Congreso Nacional (el peronismo ya ha dado a entender que no tiene “margen político” para hacer nada, pero es mentira: para congraciarse con la patronal dejan pasar la ley sin hacer olas). Pero el interrogante es: ¿hay relaciones de fuerzas para que pase esta contrarrevolucion laboral thatcheriana? ¿Es real lo que afirman al unísono el PTS y el PO de que la ley pasa? ¡La verdad es que nos parece derrotista esta afirmación y más en un país como la Argentina, donde las contradicciones sociales, aunque no se vean en este enero del 2026, están en carne viva y pueden volver en cualquier momento!
Lógicamente, eso habrá que verlo en la experiencia. La apuesta del gobierno es jugar de espaldas a la sociedad en pleno verano y tratar de imponer la contrarreforma en las extraordinarias; como era imposible llegar en diciembre, ahora apuesta a que se llegue en febrero. Sabe que con el comienzo real del año, en marzo, con todos los gastos adicionales que implica el inicio del año escolar, y cuando el “respiro” de las vacaciones quedó atrás, cuando hay que remontar la cuesta de un largo año en pésimas condiciones de salario, empleo, transporte público, etc., el ambiente social del país se puede caldear.
Las temporalidades pueden ser distintas. No esperábamos una explosión social como la del 2017 contra Macri en diciembre pasado, entre otras cosas porque la ley laboral aún no se empezó a tratar (entonces la cosa queda abstracta para las mayorías). En realidad, lo que esperamos es, más bien, un escenario tipo finales del 2023 y primera mitad del 2024, aunque corrido en el tiempo, pero esto habrá que verlo.
Las contradicciones ya empezaron a aflorar. Aunque la CGT y el PJ no hacen nada, los gobernadores cuestionan algunas partes tributarias de la ley (ganancias, que es coparticipable y perderían 1,2 billones de pesos de recaudación anual). CAME cuestiona que se saque la ultraactividad porque considera que eso le dará inseguridad jurídica a la eventual ley (por la inconstitucionalidad de esta eventual medida) y entonces pide que se saquen esos artículos, etc.
Ocurre que, para colmo, el gobierno presentó un proyecto de ley que mezcla los capítulos laboral, sindical y tributario, lo que agrega contradicciones a la cosa.
Aunque en 2023 se abrió una etapa reaccionaria y el gobierno de Milei tiene vocación de extrema derecha, hasta ahora sus resultados han sido magros en relación a sus intenciones (salvo en materia de ajuste, que es brutal).
Logró ganar las elecciones de medio término, superar –gracias a la capitulación del peronismo, que le perdonó la vida en los peores momentos de la segunda mitad del año pasado– la prueba electoral de octubre, sueña con ser reelecto en 2027 (comienza ya la pugna por dichas elecciones), tiene el apoyo de Trump, del FMI y parte de la burguesía (las abiertas peleas con Rocca acerca de la dialéctica apertura / proteccionismo muestra crecientes divisiones burguesas), la gobernabilidad “asegurada” por el PJ y la burocracia, etc., pero hay dos cosas fundamentales, decisivas, que el gobierno no logró aún: derrotar las relaciones de fuerzas forjadas tanto en 1982/3 como en el 2001. Es decir, no logró cambiar el régimen político de la democracia burguesa y tampoco liquidar del todo –aunque éstas sí están más horadadas– las conquistas del 2001.[18] La Argentina no es todavía un país normal.
¿Para qué dan las relaciones de fuerzas, sumadas a la contención del peronismo? Para que gane las elecciones; para que lo ayude Trump; posiblemente, para seguir hasta 2027 sin que lo saquen a patadas; para que sectores del movimiento obrero se sientan a la defensiva por no ver salida. El gobierno de Milei es un peligro porque busca destruir la “Argentina industrial” –nosotros no defendemos a la burguesía industrial pero sí al entramado de la clase obrera–. Transformar al país de dependiente en semicolonial extractivista.
Señalamos arriba con Lenin la categoría de los países en el sistema mundial de Estados. Por su entramado industrial, concentración urbana y formación de la mano de obra, el país es, todavía, dependiente. Pero la orientación reprimarizadora de la economía, el ataque brutal a la educación pública y la infraestructura, el aperturismo tout court, pretenden llevar al país a la situación de semicolonia.
¿Para qué dan las relaciones de fuerzas? No parece que den para llevarse puesta a la sociedad –lógicamente, esto hay que probarlo en la experiencia–. Milei esbozó liquidar las relaciones de fuerzas del 2001 y 1983, pero no lo pudo hacer. Y no sabemos si a medida que se sepa en qué consiste la ley laboral, aun si el 50% de la mano de obra ya es precarizada, no pueda estallar un polvorín social (hoy, 31 de enero, es imposible saberlo porque la sociedad, en cierto modo, está de vacaciones).
En cuanto al peronismo, la capitulación es asquerosa. Cuando el Sitrarepa fue al Congreso en los últimos días de diciembre pasado, los diputados peronistas lloriqueaban que “la reforma laboral ya pasó” (algo similar a lo que afirma el FITU).[19] Jacquelin, editorialista de La Nación, mucho más vivo que la propia izquierda, viene afirmando que “los números estarían” salvo que la lucha de clases meta la cola. Por ahora, la cola la están metiendo los gobernadores que no quieren renunciar a sus 1,2 billones de pesos.
El problema es que semejante contrarreforma es un objetivo para una dictadura militar… Es un interrogante legítimo preguntarse cuál es el verdadero corazón de la reforma, lo mismo que su verdadero carácter: ¿contrarreforma?, ¿contrarrevolución?, ¿esclavización?, ¿descalificación radical de la mano de obra?, ¿precarización total? ¿Qué reforma laboral para qué país? Porque lo primero va en funcion de lo segundo.
El objetivo es atomizar al movimiento obrero, y desde ese punto de vista es contrarrevolucionaria. Pero es difícil lograr un objetivo contrarrevolucionario bajo un régimen democrático burgués. Fujimori en el 92 dio un autogolpe y cerró el Congreso, y a continuación asesinó a 80 o 90 mil personas de la población originaria y, lógicamente, reventó a la clase obrera peruana que tenía su tradición (la dictadura de Velazco Alvarado en los 70 había sido industrialista). Milei dice querer que la Argentina sea Perú, pero ni la dictadura militar argentina logró derrotar del todo a la clase obrera; derrotó a la vanguardia clasista, pero se cuidó de no provocar a la burocracia.
4- La contemporaneidad de nuestra corriente
En la clase obrera sigue pesando algo que muchas corrientes no ven porque son una secta: decís socialismo y te contestan “Chernobil”. Eso hay que responderlo; la crisis de alternativa no es un problema ideológico solamente, es un problema derivado de que las primeras revoluciones, las del siglo XX, se burocratizaron, y terminaron sin ser alternativa para el movimiento de masas.
Hay que explicar que esas revoluciones fueron un primer ensayo, un poco como lo decía Rosa en su famoso folleto sobre los bolcheviques (La Revolución Rusa): “no se puede pedir que el primer ensayo de revolución proletaria en condiciones tan difíciles sea un ejemplo de socialismo y democracia”. Pero sabiendo que eso se lo decía a los bolcheviques… no a Stalin, que fue la contrarrevolución. Bueno, la idealidad de esta corriente, aunque nos quede grande, es aportar a la segunda tanda de la experiencia histórica de la revolución socialista y el anticapitalismo, y las conclusiones –la elaboración teórico-estratégica– son fundamentales porque hubo una primera tanda y no podemos hacer como que no existió, como esas corrientes ridículas –tipo PTS– que no responden a lo que automáticamente te dice la gente: si te dicen “Chaves”, es más superficial; pero si te dicen “Chernobil” tenés que responder, es el fracaso de la planificación burocrática, que es la desidia total, que es la desaparición de la planificación en el plan (Moshe Lewin), que no es la planificación socialista.
La URSS estalinista era un conjunto de cooperativas que competían entre sí, un regateo entre burócratas, una anarquía de competencia de empresa contra empresa. La planificación no existía: acaparaban mano de obra y materia prima al pedo, para cumplir con objetivos formales del plan. Eso no se explica desde hace cincuenta años, porque estamos rodeados de sectas que no son capaces de reflexionar. ¿Cómo se hace la planificación? No es tan sencillo. ¿No vamos a discutir nada de todo eso?
Esa es la lógica de secta, no discutir nunca los problemas reales. En la corriente internacional del PTS se están peleando por la caracterización de China, la China ultra capitalista de hoy. Cuando fue la Revolución China era difícil discutir, porque fue una gran revolución, y podés discutir diez años porque fue muy compleja. Pero hoy, ¿no tenés un solo chino y hace diez años que discutís China? En la posguerra el trotskismo discutió un montón las revoluciones porque eran procesos de transformación social frustrados. Hoy no hay una sociedad con más explotación que China (dicho de manera exagerada para que se entienda): ¿tantas dudas te crea China?
Eso es no tener ningún reflejo del movimiento de masas, es discutir abstracciones, que si tal porcentaje de la propiedad es estatal es un “Estado obrero”…[20] China tiene un montón de riqueza y complejidad como formación social, pero nuestro análisis es de clase y socialista. Una amiga de una compañera fue a China, amiga de unos chicos de clase media de allí; los chicos de clase media llegaron en un… Mercedes Benz. La compañera le preguntó a su amiga: “¿viste algún obrero chino?”. “No –le contestó–, eran todos puntitos negros a lo lejos”… ¡qué hermoso ex “Estado obrero”!
Esto, que es una disquisición teórico-estratégica, la dificultad que tiene es que no hay un punto de referencia como había a comienzos del siglo XX, cuando el socialismo era una promesa que estaba en las masas europeas trabajadoras. El mundo de hoy es riquísimo, empieza a haber una experiencia con el capitalismo y crece el anticapitalismo, pero todavía no se transforma en promesa emancipatoria creíble para millones. La reacción cuestiona las conquistas de la revolución burguesa, no las de la revolución socialista. El mundo va a explotar porque quieren volver al mundo del siglo XVII y estamos en el siglo XXI. La sociedad humana no se reduce sólo al capitalismo, eso es una mirada sectaria –por eso es mejor el concepto de antropoceno que el de capitaloceno, porque en la transición al socialismo va a seguir habiendo problemas en la relación con la naturaleza–; hay una dialéctica de avance y retrocesos: las perspectivas son el socialismo o la barbarie; pero ha habido progresos enormes en la humanidad, y ahora hay una reacción que los cuestiona.
Volviendo al problema de la clase trabajadora: arranca de más atrás, siempre fue más difícil porque la fábrica –o los lugares de trabajo– son una institución de confinamiento (como las cárceles o los psiquiátricos). Llegás a tu casa después de doce horas en el trabajo, te vas a dormir y volvés al trabajo; tu vida transcurre en la fábrica.
Hay países que se desindustrializaron y otros que no, y la burguesía imperialista tradicional está preocupada por reindustrializar. Eso quiere decir que en diez o quince años va a haber más clase obrera de vuelta en los países centrales, además de que hay lugares que son vírgenes: el lugar donde dicen que va a haber más proletariado industrial en 2050 es África.
Hay otra cosa que decir: el proceso de recomposición de la clase obrera arranca más político, no tan reivindicativo. El Congreso Mundial de Gig Workers, aunque todavía es de vanguardia, es político. La discusión del Sitrarepa sobre el reconocimiento de la relación laboral es política, no sólo reivindicativa. Con la contrarreforma laboral utilizamos el concepto de contrarrevolución porque atañe a la idea misma de autorreconocimiento como clase, quieren atomizar a la clase. Y es lógico, porque el problema para el capitalismo en la Argentina es quién le pone el cascabel al gato de la clase obrera.
Otro nudo de la discusión es la contemporaneidad de la corriente. Podemos ser contemporáneos porque ajustamos el balance del estalinismo hace veinte años. El PTS y el PO opinaban hace cinco años que China era un “Estado obrero”. No es una pavada: si opinás que es un Estado obrero, o que es un Estado capitalista pero no imperialista, te ponés del lado de China contra EEUU, y estamos en un mundo donde puede haber guerras interimperialistas. Habría que estar en China, pero en China no hay trotskismo, en cierta medida porque Mao asesinó a todos los trotskistas, lo mismo que Ho Chi Min en Vietnam. No vamos a caracterizar China ni Vietnam de ese momento sólo por eso, pero no podemos caracterizarlas sin eso. No caracterizamos a la URSS estalinista sólo por las purgas, pero no podemos caracterizarla sin las purgas.
Hay cosas que no se comen. Una clase obrera atomizada no puede ejercer el poder, y si no ejerce el poder es difícil definir esa sociedad como Estado obrero; ese es un marxismo de puro empirismo, que además aprecia las relaciones sociales como no humanas o pos humanas, como relación entre objetos.
No somos humanistas “a la violeta”, es una necesidad material “fusilar a medio mundo”. A la reacción hay que fusilarla, no hay revolución sin fusilamientos, hay una dialéctica entre la tensión utópica y la tensión realista y el marxismo es una combinación de ambas tensiones. En la Comuna de París, no fusilaban a nadie hasta que la aristocracia empezó a fusilarlos a ellos; ahí empezaron a fusilar, porque no elegís vos los términos de la lucha, se te imponen.
Como la famosa discusión de Serge con Trotsky. Serge era un alma buena, decía que no hay nada que esté por encima de la vida humana en abstracto. Y no es así, la perspectiva empancipatoria está por encima de la vida humana en abstracto. En la revolución, la mayor parte de la gente mira; es la vanguardia de masas la que encabeza la revolución. Mucha gente se pregunta quién va a ganar, y si ven que la burguesía está fusilando y los revolucionarios no, se van con la burguesía, porque los revolucionarios les parecen débiles. Son las leyes de la guerra civil.
En la lucha de tendencias también hay leyes de guerra civil; en las etapas prerrevolucionarias también hay leyes, unidas dialécticamente con la perspectiva emancipatoria pero que son de guerra civil; el partido tiene que aprender a hacer maniobras y piquete de ojos, etc.
Eso va al concepto de contemporaneidad de la corriente y el partido, que es la capacidad de dialogar con los fenómenos reales. El oportunismo es llorón, el sectarismo es encerrarse en sí mismos porque lo que hay afuera es feo. El partido es un elemento de la subjetividad de los explotados y oprimidos, es un elemento de la realidad, no se puede pensar que todo afuera del partido es malo, eso es de secta; el partido se construye en un diálogo con la realidad, y la realidad tiene un montón de cosas progresivas.
El trotskismo es una secta, y eso es un problema; nosotros no queremos construir una secta. El trotskismo es tan secta que no se percibe como secta. Las sectas se enojan con la realidad, las corrientes revolucionarias no, se enojan con lo que hay que enojarse.
El partido es un eslabón fundamental en una cadena más amplia; al mismo tiempo, sin partido esa cadena no va a ningún lado. La contemporaneidad de la corriente es saber nutrirse de los movimientos reales, y al mismo tiempo no ir por detrás. La composición de la corriente y el partido, y el saber no fugar hacia adelante con nuestros problemas. El gran problema es cómo crecer, aunque todo lo que fuimos haciendo fue para crear esas condiciones, porque no se pueden dar saltos con garrocha sin entrenarse. Ahora tenemos una acumulación: ¿cuál va a ser nuestra garrocha?
La revolución viene, es una cosa material. La idea de que no va a ocurrir nada distinto de lo que uno vivió, es muy humana: a Lenin le costó seis meses recuperarse de la traición de la socialdemocracia en la Primera Guerra. Pero van a ocurrir muchas cosas que nunca vimos, y hay que prepararse para esas cosas creciendo.
Bibliografía
Kevin Anderson, “Trumpist fascism: the worm turns”, MRonline, 27/12/25.
Alex Callinicos, “Sheriff Trump opens up a rift in ruling clase”, Socialist Worker, 27/01/26
- W. F. Hegel, Ciencia de la Lógica, Ediciones Solar, Argentina, 1982.
Ernest Mandel, Alemania, la revolucion y el fascismo, Juan Pablos Editor, Mexico, 1973.
Antonio Negri, Historia de un comunista II, Carcel y exilio, Tinta limón, Buenos Aires, 2022.
Leon Trotsky, La lucha contra el fascismo en Alemania, tomo II, ediciones pluma, Buenos Aires, 1974.
[1] Es sugerente una reflexión del pintor alemán Max Ernst acerca de los “callejones sin salida” que se encuentran en toda actividad humana, que tomamos con las licencias del caso: “Cuando llego a un callejón sin salida con mi pintura, lo que ocurre una y otra vez, la escultura es la única salida, porque la escultura es más un juego que la pintura. En la escultura intervienen las dos manos, como en el amor. Así que es como si me tomara unas vacaciones para volver después a la pintura” (Max Ernst, Surrealismo, Arte y Cine, Martina Mazzorta y Jürguen Pech, Skira, Madrid, 2024).
[2] La idea de “contradicciones no dominadas” se nos vino a la cabeza bajo la forma del “pasado no dominado” en la Alemania de posguerra (ex RFA) respecto de la complicidad de la burguesía alemana y el aparato de Estado todo con el nazismo (algo muy apropiado para el mundo polarizado que estamos viviendo hoy). Como categoría filosófica está presente en Ernst Bloch –señalado en este caso por Mandel–: “El «pasado no dominado» está vinculado ciertamente con el hecho de que en Alemania Occidental las relaciones sociales que hicieron posible la toma del poder fascista, todavía existen (…) Debido a que el pasado no puede (o no será) explicado exhaustivamente, no puede ser dominado” (Mandel, 1973: 250). La obra de Bloch donde aparece este término –en cierto modo hermano gemelo del desarrollo desigual y combinado de Trotsky– es Héritage de ce temps, 1935.
[3] La traducción de “commuter” es viajante diario.
[4] Es este espesor de la realidad el que pierden de vista los marxistas escépticos tipo Valerio Arcary o la revista Jacobin.lat, en general.
[5] Las quemas y canículas que se viven alrededor del mundo son uno de los tantos testimonios del calentamiento global, así como las bajas tremendas de temperatura en el otro extremo (precisamente en Minneapolis en estos momentos las temperaturas son bajo cero).
[6] Nuestra posición es clara: China es un imperialismo en construcción que ha avanzado más y más por ese camino. A diferencia de grupos como la Fracción Trotskista, hoy rebautizada Revolución Permanente (PTS), no opinamos que China deba pasar necesariamente por una guerra mundial para transformarse en potencia imperialista de pleno derecho, lo que en cierto modo ya plenamente es. Las guerras mundiales son por la hegemonía en el sistema mundial de Estados; cuando Alemania desencadenó las dos guerras mundiales del siglo pasado ya era una potencia imperialista, evidentemente. La Fracción Trotskista se devana los sesos hace diez años en una discusión que no logra cerrar por la falta de balance del estalinismo. Se ha transformado en una corriente de frente único donde una de las dos fracciones que la integran, el eje Francia-Brasil, tiene posiciones que fácilmente pueden caer en el campismo. Mezcla la definición del acceso al status imperialista con la de la pelea por la hegemonía mundial, dos cosas vinculadas pero no idénticas (si no fuera así habría que defender a la potencia no imperialista, supuestamente China, una posición campista que defiende Arcary).
[7] El historiador Marc Ferro insiste en que una de las condiciones objetivas más revolucionarias es trastocar las condiciones de vida normales de la gente; algo de esto es lo que está ocurriendo profundamente en Minneapolis, como ocurrió en Los Ángeles y Chicago antes y puede ocurrir en otras ciudades yanquis mañana.
[8] La “vuelta de Lenin” es característica del retorno de la época revolucionaria que estamos viviendo: la problemática del imperialismo, de las guerras civiles, del derecho a la autodeterminación nacional, del carácter de los países (imperialistas, independientes, dependientes, semicoloniales, coloniales), la problemática del partido revolucionario, etc.
[9] Respecto del carácter de la China actual también discuten otras corrientes del trotskismo, como el PO argentino, con una diversidad de posiciones, Resistencia/Valerio Arcary con una posición campista pro-China, lo que queda de la LIT(CI) con una posición esquemática que pierde de vista los grises de China pero que la define como imperialista (los grises los tomamos de Au Loong Yu que señala, a la vez, el ascenso imperialista de China y cuestiones nacionales no resueltas), en tanto que el SU mandelista o posmandelista y el SWP inglés, creemos recordar que definen a China como imperialista (el SWP, como siempre, sin reconocer la cuestión nacional legítima en el caso de Ucrania, cosa que tampoco hacen ni el PO ni el PTS argentinos).
[10] Los raids del ICE en las ciudades yanquis persiguiendo inmigrantes se parecen en términos generales a los raids del fascismo italiano sobre las ciudades gobernadas por el PS o el PCI a comienzos de la década del ‘20 en Italia, aunque las magnitudes son muy otras y la resistencia popular también.
[11] Esto nos diferencia profundamente de organizaciones como la FT, que se negó a movilizar por Cristina Kirchner cuando el atentado y se opuso ridículamente a levantar la consigna de cárcel para Bolsonaro en Brasil. Ahora tiene una discusión sobre la teoría de la revolución permanente, donde una de las posiciones es que las tareas democráticas no tienen ninguna especificidad y deben ser condicionadas al desarrollo socialista del proceso. Por su parte, lo que queda de la LIT tiene una posición opuesta por el vértice: tiene dos programas donde las tareas democráticas son el eje de una lógica etapista que rompe con lo más sólido de la teoría de la revolución permanente, según la cual dichas tareas no pueden ser resueltas de manera consecuente con independencia del carácter socialista de la transformación social (la LIT apoyó con todo el envío de armas imperialistas a Ucrania, un crimen de leso trotskismo).
Ni una cosa ni la otra: las tareas democráticas no pueden ser condicionadas al carácter socialista de los procesos, pero, desde el punto de vista de la revolución permanente, deben ser encadenadas a la perspectiva obrera y socialista de la revolución so pena de no poder resolverlas de manera consecuente.
[12] Alex Callinicos, en cierto modo, también confunde bonapartismo con fascismo por oposición a las enseñanzas de Trotsky (“Is the United States turning to fascism?”, Socialist Worker, 13/01/26). Ante la confusión, podemos recordar las enseñanzas de Trotsky, no para desconocer los peligros, que los hay, sino para medirlos milimétricamente: “Si hemos insistido en distinguir bonapartismo y fascismo no ha sido por pedantería teórica. Los términos sirven para diferenciar conceptos; a la vez, los conceptos sirven en política para distinguir fuerzas reales” (Trotsky, 1974: 46).
[13] Dan risa aquellos que quieren desconocer la dialéctica y reducir la lógica a la mera lógica formal: en esas condiciones, sería imposible entender el contradictorio y dialéctico mundo actual.
[14] El periodista agrega sobre dos de sus entrevistados: “Dan y Jane resisten la idea de que han devenido en politizados. Una palabra mejor, afirmó Jane, es la de humanistas. Su enojo es inseparable de la idea de que Trump está violando principios cristianos”.
[15] Eso también da elementos para el análisis del gobierno de Meloni: un gobierno populista reaccionario pero que ni siquiera está claro que sea de extrema derecha (la democracia burguesa continúa funcionando en Italia).
[16] Alex Callinicos tiene a este respecto un buen punto: “(…) los precios de acciones en los EEUU cayeron el martes de la semana pasada, el día antes del arribo de Trump a Davos. Las grandes corporaciones de los Estados Unidos han sido muy cuidadosas en no desafiar a Trump personalmente. Pero, como puntualiza el historiador Adam Tooze, si «individualmente los jugadores pueden ser atrapados y victimizados, los ‘mercados’ son anónimos. Usted no puede retaliar sobre ellos en la misma cruda y directa manera»” (“Sheriff Trump opens up a rift in ruling class”, Socialist Worker, 27/01/26).
[17] Esta discordancia entre la construcción del partido y las condiciones políticas es lo que caracteriza la agudeza del pensamiento de Lenin en la materia.
[18] La “derrota” anunciada anticipadamente por Martín Mosquera, amigo de Valerio Arcary, aún no llegó.
[19] La política del PTS es presionar sobre los senadores en vez de presionar por un paro general, es delirantemente oportunista. Además afirman sin pestañear que “la ley pasa” y la tarea es “hacerle pagar el costo político a los senadores”…
[20] Esta es la posición, por ejemplo, de Michael Roberts, importante economista marxista británico.




