Las últimas semanas la coyuntura estuvo “absorbida” por el alistamiento del gobierno para estos combates: recambios en el gabinete, reuniones con los gobernadores, alineamiento con Trump, etc. Mientras el peronismo se hunde en su crisis de perspectivas y se prepara para negociar la reforma laboral.
Lo que dejaron las elecciones
Las elecciones fueron una encrucijada de contradicciones políticas y estructurales, de las cuales la elección resolvió sólo un interrogante importante: que Milei sigue en el gobierno. Este elemento no estaba tan claro en la previa, de ahí incluso el salvataje de la dupla Trump-Bessent para evitar el derrumbe. En este caso, las elecciones operaron como elemento conservador, estabilizador. Pero pasados unos días, se empezaron a expresar el resto de las incógnitas: cuál es el sentido de la segunda parte del gobierno de Milei, cuál es su plan económico, su modelo país y si se va a dotar de las herramientas políticas e institucionales para conseguirlo.
Lo más objetivo es que el gobierno ganó, y este dato electoral y político configura el escenario ante el cual nos encontramos. Los motivos son dos elementos fundamentales: el primero es que dominó un voto conservador –aunque en el corte de clase hay matices–[1] porque no se vio alternativa. El gobierno se impuso en las principales provincias del país, porque la alternativa era el abismo. El peronismo, que venía de un gran triunfo electoral en septiembre en la Provincia de Buenos Aires, creyó que solamente apostando a “frenar a Milei” le iba a alcanzar para que le caiga en su regazo la bronca que genuinamente tiene una enorme porción de la población con el gobierno. Y frente al desmadre que se avecinaba, un sector se movilizó electoralmente para optar por lo conocido.
El segundo elemento que motivó el triunfo del gobierno es que el peronismo no quería ganar al carecer de un programa alternativo frente a los principales problemas del país: cómo superar la crisis orgánica que arrastra hace varios años, la relación con Estados Unidos, qué hacer con la deuda externa, etc. El peronismo no tiene programa ni voluntad para gobernar con lo cual, con la excusa de “respetar la institucionalidad”, esperan que Milei haga el trabajo sucio, para ver si en 2027 pueden retornar sobre los escombros de un país destruido.
La votación de octubre, con el temor al caos y con la actitud del peronismo, operó como contrapeso conservador a toda la dinámica del año, que fue de deterioro del gobierno y de cierta presencia de la vanguardia en las calles. Así como en septiembre Kicillof ganó con la agenda que la calle le dio al Congreso, en este caso las urnas le respondieron a la calle: en el régimen democrático burgués, las urnas están primero, y las calles están subordinadas.
En este sentido, colocamos con tanto peso el elemento de la responsabilidad de la dirección, no solo de manera escandalosa de la CGT, sino del peronismo político: si la oposición de masas se niega a ganar, se le regala el triunfo al oficialismo.
Además de estos dos elementos clave, un factor adicional pero importante es la etapa mundial, que aún con polarización asimétrica, sigue siendo reaccionaria. Las condiciones internacionales no ameritaban que un gobierno que llegó tan reaccionario cayera en dos años. La burguesía exige de Milei transformaciones que todavía no pudo llevar adelante y, con el triunfo, renovó sus expectativas. La intervención de Trump en la previa electoral y ahora con el acuerdo comercial son un espaldarazo en el mismo sentido. El peronismo tampoco quería que el gobierno cayera, porque esto implicaría un giro a la izquierda, y la posibilidad de desborde.
En este marco, el gobierno se sostiene en un cruce de contradicciones descomunales. Hay una crisis orgánica y una crisis de relaciones de fuerzas que no se solucionan. Aunque se mantuvo, por ahora el gobierno fue derrotado en la intención de reventar las relaciones de fuerzas. Y, como no logran reventarlas, desde el punto de vista capitalista el país se sigue deteriorando. Empezar a solucionar ese problema significa imponer contrarreformas y una derrota al movimiento de masas. De ahí los esbozos por construir un gabinete con más consenso, con más representación, con más bases de sustentación para poder enfrentar todo eso.
Es evidente que el gobierno sale fortalecido de octubre, pero en este instante es una fortaleza relativa. Desde el punto de vista institucional, obtuvo una cantidad de bancas en el Congreso que podría acercarlo a ser una primera minoría, y los gobernadores dadores de gobernabilidad están a disposición. También sale renovado políticamente, pero sin volver al estadio de 2023: la experiencia de estos dos años ha dejado marcas, y el momento es menos reaccionario.
El gobierno prepara la ofensiva para después del 10 de diciembre: están construyendo un guión de trabajo y tienen el voto conservador para hacerlo. Sin embargo, no es un camino allanado: debe probar las relaciones de fuerzas. Por ejemplo: la reforma laboral, a la que toda la burguesía aspira, genera sin embargo una contradicción con la burocracia sindical. Muchos de los puntos en los que se pretende avanzar significarían quitarle su elemento de mediación y fragmentar el unicato sindical.
El gobierno tiene que escalar una montaña empinada, pero aún están en el campamento base. Transitar ese camino significa sortear miles de escollos: se mezclan los intereses de clase con intereses corporativos, como los de la burocracia, los gobernadores, el parlamento, etc. Argentina es un país muy estatizado, y la pretensión mileísta de transformarlo en uno liberal, es una aspiración que no consiguió ni la dictadura militar. Como señala un analista: “Por distintos frentes, se ha iniciado en esta fase de la política económica argentina una etapa en la cual las decisiones técnicas tocan intereses concretos, aunque a veces no se ve directamente esta vinculación. Por ejemplo, discusiones que tienen que ver con impuestos o aranceles. Aquella intervención de la discusión política sobre intereses concretos mueve pasiones: determinan la supervivencia o desaparición de empleos, de sectores de la economía y de determinadas actividades. Empieza así una etapa darwiniana que plantea una gran cantidad de problemas al orden social y económico” (Carlos Pagni, La Nación, 18/11/25).
Un acuerdo comercial en sintonía con el “nuevo mundo”
En este marco hay que incorporar el acuerdo comercial con Estados Unidos. Evidentemente, es un espaldarazo político para el gobierno de Milei que, sin embargo, no está exento de contradicciones. Con los pocos detalles que se conocen de momento, sin embargo el mismo significa un pacto de sometimiento colonial en el que Argentina se compromete a garantizar un montón de beneficios a EEUU, como la reducción de aranceles en numerosos productos, la eliminación de barreras no arancelarias y la apertura al mercado agrícola norteamericano del cual nuestro país es competidor, entre muchos más. También oficializa la sumisión en materia de seguridad económica con EEUU. A cambio de una lista larguísima de beneficios para EEUU, los cuales suponen reventar la industria argentina; el país del Norte solo se compromete a eliminar aranceles recíprocos sobre ciertos recursos naturales no disponibles y artículos no patentados para uso farmacéutico.
Para medir la envergadura de esta entrega hecha a medida del imperialismo yanqui, Claudio Jacquelin señala que “la Argentina asume el doble de compromisos que los Estados Unidos, aunque algunas fuentes diplomáticas más estrictas consideran que la relación es de 5 a 1 en cuanto a obligaciones” (La Nación, 14/11/25).
La lógica de este alineamiento político-ideológico responde al tránsito a una nueva configuración mundial, lo que denominamos “la era de la combustión”.[2] La asunción de Trump en su segundo mandato expresa el paso de un orden mundial consensual y globalizador, a uno de reparto y de rapiña del mundo. El viejo orden globalizador queda atrás y está en juego la reformulación de uno nuevo donde Estados Unidos intenta reafirmar su preeminencia en el sistema jerarquizado de Estados, arrastrando ciertas debilidades, producto del ascenso de nuevos imperialismos como China y Rusia (en construcción el primero, con rasgos territoriales-militares el segundo). Es un momento de menor hegemonía desde el punto de vista de “contener a todos” y dar una perspectiva, y de mayor polarización y relaciones de fuerzas desnudas, lo que abre el escenario para choques: “Hay una racionalidad en la modificación del tipo de imperialismo: al imperialismo de la globalización se le impuso otro tipo de imperialismo, que es el de la territorialización. Al capitalismo del plusvalor relativo se le impuso otra lógica, por decirlo redondamente, la del plusvalor absoluto. Al capitalismo de la acumulación específicamente capitalista (es decir, sin elementos extraeconómicos) se le impone, o se le agrega, la ‘acumulación primitiva’ (la acumulación por medios violentos, por ejemplo, por la apropiación de territorios, como diría Marx en su teoría de la renta agraria y minera, de porciones de la atmósfera e incluso del cosmos). Al capitalismo de la explotación se le agrega el de la expoliación, de los recursos naturales y de los seres humanos” (Roberto Sáenz).
La base de esta situación es que el capitalismo mundial no crece, y se instala la lógica de unos a expensas de otros; un capitalismo mucho más brutal y agresivo al que conocemos, por lo menos desde la segunda posguerra.
En este nuevo mundo de “esferas de influencia” Milei quiere incorporar de pleno derecho al país bajo los parámetros de hacer del mismo una plataforma para la explotación de capitales internacionales, aprovechando las “ventajas competitivas”. Es el paso de un país semi industrializado a uno primarizado y dependiente: al agro, la minería, la energía, el turismo. Pero reprimarizar el país implicaría derrotar a la clase obrera argentina. Arriazu, economista cercano al gobierno ya señaló que en este esquema “el Gran Buenos Aires es el gran perdedor” porque “es la creación del proteccionismo”.
Este es el programa de Milei, y aquí tiene importancia el peso que está adquiriendo la lucha ideológica, porque es la misma extrema derecha la que la ha reabierto. Esta es la situación ante la que el peronismo se encuentra frente a una trampa, porque no hay condiciones económico-sociales para un proyecto más o menos distributivo de conciliación de clases: los centros tienden a adelgazarse, y la lucha se traslada a los extremos. De aquí la pertinencia de nuestro Manifiesto Anticapitalista y el debate en redes que procesamos con los voceros del mileísmo. Si ellos son defensores del ultracapitalismo, nosotros somos los anticapitalistas que queremos cuestionar todo, y tenemos un programa desde la izquierda (algo de lo que carece el FITU)[3] para la transformación revolucionaria.
Prepararse para enfrentar los ataques que vienen
En este marco, el gobierno está terminando de pulir su calendario: en las extraordinarias de diciembre, tratar el presupuesto 2026 y la ley de inocencia fiscal; en febrero, la reforma laboral e impositiva. Suma a su vez iniciativas reaccionarias como la modificación de la ley de glaciares y el proyecto de ley de educación medieval.
Mientras todo esto se procesa en las alturas de la “sociedad política”, la población trabajadora se encuentra metabolizando los ataques que se vienen. La situación por abajo se mueve entre la catástrofe cotidiana de vivir en un país en crisis (solo en los últimos días se vivieron hechos dramáticos como el descarrilamiento del tren Sarmiento y la explosión e incendio en el parque industrial de Spegazzini) y el hartazgo frente a un gobierno agresivo que, si no se logró derrotarlo en las elecciones, no significa que la bronca haya desaparecido y pueda expresarse ante algún giro de las circunstancias.
La etapa reaccionaria de 2023 sigue abierta pero en forma más light, porque ni en la campaña ni en la postcampaña se vivió la asfixia de 2023. Aquí entra el interrogante frente a qué escenario nos encontramos. Hay tres variantes: rebelión popular tipo 2001, enfrentamientos con la vanguardia de masas estilo diciembre de 2017, o escaramuzas del tipo 2023-2024.
El primer escenario está descartado por ahora, su posibilidad estaba dada si el gobierno perdía las elecciones y quedaba cuestionada la gobernabilidad. Para el segundo escenario, haría falta una movilización mayor de los aparatos sindicales que permitan una confluencia con la izquierda y la vanguardia de masas. El tercero es más probable, con una ofensiva parlamentaria muy reaccionaria, la posibilidad de que quieran reimponer el protocolo antiprotesta, y de mayor roce y enfrentamiento con la vanguardia.
Para eso hay que prepararse alertando a los trabajadores y trabajadoras que la reforma laboral es esclavista, y construir un programa alternativo de unidad de efectivos y precarios que parta de un salario de 2 millones de pesos y una jornada laboral de 6 hs, con plenos derechos para todos. A la par hay que poner en pie frentes únicos y coordinaciones que impulsen la lucha y la movilización y sean un punto de partida para imponer a la burocracia sindical entreguista un plan de lucha y una huelga general activa hasta derrotarla.
Mientras tanto, este fin de semana se desarrollará en Corrientes el Encuentro Plurinacional de Mujeres y Diversidades, donde nuestras compañeras de Las Rojas participarán con la consigna de que Milei y la extrema derecha son los responsables ideológicos de los ataques a estos sectores y que hay que organizarse para tomar las calles y enfrentarlos.
Y con la fuerza de la juventud del ¡Ya Basta! preparamos el 6º Campamento Anticapitalista Internacional para el 14, 15 y 16 de febrero, un evento que es referencia para la juventud del país y un punto de organización para las peleas que se vienen.
Nuestro partido se encamina a desarrollar un Plenario Nacional de Cuadros el 19, 20 y 21 de diciembre para evaluar colectivamente la coyuntura abierta con el triunfo electoral de Milei, la crisis a la que está sometido el peronismo, y las oportunidades de la izquierda revolucionaria, y de nuestro partido, en este nuevo momento. La campaña electoral anticapitalista que hemos desarrollado conquistó un nuevo piso político, organizativo y de instalación, que debemos saber aprovechar para seguir construyendo al Nuevo MAS como una de las fuerzas más dinámicas de la izquierda en la Argentina.
[1] Desde el punto de vista del corte de clase hubo modificaciones políticas y sociales. En lo político, el pasaje de 2023 a 2025 hizo su trabajo de esmerilar al gobierno. El gobierno se ratifica y tiene más bancadas pero, al mismo tiempo, los ángulos más reaccionarios quedaron muy maltrechos, que son en los que no tiene mayoría social. Por ejemplo, las bravuconadas contra las diversidades: la Marcha del Orgullo realizada una semana después de la elección fue muy colorida, inmensa y bastante política. Lo mismo con el Protocolo antipiquete, del cual quedó el tweet de Adorni diciéndole a Manuela Castañeira: “en la vereda por favor”. Por eso el voto fue conservador, pero no reaccionario. Todo el espacio desde la centroderecha hasta la extrema derecha, se lo llevó LLA, y la totalización no quedó en la extrema derecha, quedó más en la derecha a secas. El gobierno no pasó la prueba de modificar el régimen político.
[2] Ver “La era de la combustión” de Roberto Sáenz, en izquierdaweb.com.
[3] Hemos desarrollado en otras notas el “agujero negro” del FITU y el PTS desde el punto de vista de una agitación de cualquier elemento que trascienda la autoreferencia parlamentaria y el “luchismo” vacío de ideas.




