“La multiplicación de dificultades remite a una gestión desbordada y con un esquema de administración desgastado. Si no hubiera elecciones en dos meses, el gobierno estaría en una crisis terminal” (Jorge Liotti, “Las zonas oscuras de un gobierno en shock”, La Nación, 24/08/25)
La burguesía ya no sabe hasta dónde puede llegar con Milei. Hay una crisis política en la conducción del país que ha rebalsado con el caso Spagnuolo.
Algunos analistas ya piensan que lo conseguido «de arrebato» no va y que los logros más sólidos son los «graduales» en una suerte de “vuelta atrás” de Milei a Macri. Pero el “arrebato” lo inventaron justamente en contra del «gradualismo» de Macri, que también entró en crisis.
Argentina vive una situación de semi-crisis política crónica que ahora se ha transformado en la crisis política más grave del gobierno de Milei: el odio es tan grande que no puede pisar el GBA, los vecinos lo echan a patadas. Ahora montan una campaña ridícula de que los responsables habrían sido un «grupo violento» armado previamente. No es eso lo que se ve en los videos. Y (¿no es obvio?) un «grupo» no debería ser suficiente para que el presidente del país huya despavorido de una localidad para refugiarse lo más lejos posible.
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Es una situación extraordinaria: tras dos años de gestión, el gobierno debería haber tendido a consolidarse. Lo que está ocurriendo es lo inverso. Lo que necesitaba hacer para realmente hacerse “fuerte” se lo dijeron La Nación y sectores de la burguesía política de mil maneras, casi a modo de ruego: una coalición de gobierno con partidos e instituciones con más peso en la gestión del país. El mileísmo hizo lo contrario y no paró de abrir nuevos conflictos con la «clase política», y ahora no puede controlar el Congreso (su pérdida de control parlamentario es, en estos momentos, absoluta).
El primer elemento de crisis política es la incertidumbre de cómo van a hacer para gobernar después de octubre, si es que llegan a octubre (en principio sí por la contención del peronismo y el régimen, pero las próximas semanas se adelantan como un calvario para los «libertarios»). La situación política de Argentina en este instante se desarrolla de derecha a izquierda, mientras en el mundo esto sucede, en general, de izquierda a derecha.
Hay demasiadas crisis superpuestas: política, económica y social. Y el gobierno está perdiendo en estos mismos momentos el control de la situación: es gravísimo para el gobierno que Milei no pueda pisar el GBA. Los vecinos de Lomas de Zamora acaban de echarlo del acto que pretendía hacer (dejando la imagen de Espert escapándose en una moto). Lo mismo ocurrió días atrás en Junín; donde pudo realizar su acto, pero a puertas cerradas. Perder la agenda del Congreso, y, más en general, la agenda política como tal (lo que amenaza con paralizar completamente su campaña electoral), no es sólo un problema presente sino también a futuro: si no controla ni los vetos, si ha perdido el control de la agenda parlamentaria, si se encuentra sumido en la peor crisis política de su corta presidencia, ¿cómo va a hacer las reformas que le exige la burguesía?
El caso Spagnuolo ha colocado al gobierno frente a su peor crisis política desde que asumió en diciembre 2023. El escándalo se multiplica porque es un caso de corrupción en un área ajustada que es muy sensible y, además, se viene movilizando frente a la intransigencia mileísta. Hay consenso popular en la ayuda a las personas discapacitadas.
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El gobierno perdió la iniciativa política en general, no solo la parlamentaria. Ahora la tiene la oposición, con protagonismo de los que hasta ayer fueron cómplices de Milei, y a los que Milei quiso pisotear. La situación argentina es incomparable con cualquier otro país y sus experiencias con la extrema derecha: los republicanos tienen la mitad del Congreso en Estados Unidos; el Centrão son 500 diputados en Brasil, etc. Milei no tiene suficientes diputados y, además, les escupió el ojo a sus amigos del PRO y demás colaboracionistas.
Y si vas abajo, a su base social, tampoco se ve apoyo activo: Milei es incapaz de movilizar a nadie. Las elecciones de CABA ya habían mostrado un cambio -o giro- en su base social: perdió votos en las zonas populares y las ganó entre el chetaje. En su momento señalamos que Adorni había triunfado, pero con una votación minoritaria.
En contraste, Bolsonaro, puede poner a 50 o cien mil personas en la calle el día que se le antoje; y moviliza más que Lula, que no quiere movilizar.
La crisis política se puede resumir en que el gobierno tiene un plan que, aspectos más aspectos menos, a la mayoría de la burguesía le gusta, pero no parece tener los atributos para poder llevarlo a cabo. La crisis de la incapacidad del gobierno de conducir el país se expresa en el juego parlamentario –que igualmente es inconsecuente porque es puramente institucional: nadie se plantea allí echar a Milei–.
Además, en este punto, ya no puede hacerse un pronóstico electoral certero sobre las elecciones de octubre, que venían siendo presentadas como el talismán del gobierno para recuperarse, pero ahora está en duda que vayan a resolver ningún problema. Como “elecciones sanadoras” se venían refiriendo a ellas la mayoría de los editorialistas de La Nación. Señalaban -y señalan-, que deberían servir para realizar una «refundación» del gobierno (textual, la palabra no la elegimos nosotros). Las de septiembre, el gobierno aspira -o aspiraba hasta días atrás- a no perderlas por más de 5 puntos.
El festival nacional de candidaturas tras la presentación de listas es el preanuncio de más de una coalición opositora en ciernes para 2027, si es que Milei no se ve obligado a renunciar antes. Mientras tanto, Villarruel está levantando la mano como diciendo “no se olviden de mi” y definiendo el caso Spagnuolo como “confuso”.
La burguesía en pleno le reclama al gobierno no haber armado su propia coalición, haber actuado como una «secta» de cara a las elecciones en vez de haber optado por un armado para asegurar la gobernabilidad.
De momento, la situación del gobierno es de estupefacción. Está paralizado, con la oposición jugando el juego del Congreso Nacional. Todos, eventualmente, tratan de evitar la salida a la calle que pondría en jaque la gobernabilidad. Pero el primero que quiere evitarla es el propio peronismo, que con mansedumbre se ata a la rutina del calendario electoral. Se pelean tanto entre Máximo y Kicillof que parece cierto que, lisa y llanamente, prefieren perder la elección. Su cinismo es descarado.
A la crisis política se suma la crisis económica. La mala praxis de la gestión de Milei disparó las tasas de interés. Tasas de entre 50 y 75% cuando hay una inflación de 25% frenan completamente los préstamos, y por lo tanto el consumo y la inversión; son una fiesta para los bancos que tienen retornos inéditos con el dólar planchado.
Desesperado, el gobierno subió los encajes (la cantidad de dinero en los bancos que éstos no pueden prestar ni usar de ningún modo) al 50%. En los hechos, hay más encajes que circulante. El oficialismo libertario paralizó por la fuerza el movimiento de la mayoría del dinero del país para evitar que se disparen el dólar y la inflación.
El aumento de los encajes a niveles inéditos pone en evidencia que ya casi no tienen recursos para controlar la circulación de pesos y su escape al dólar. La situación cambiaria es explosiva y hay solamente una cosa que cabe preguntarse el día después de octubre, sino antes: ¿de cuánto va a ser la devaluación?
Los economistas dicen que ya quedó en el camino el ridículo argumento de “comprar en el piso de la banda”. El actual precio del dólar es artificial, y por eso está devaluándose a pesar de la suma insólita en los encajes. ¿Cuál será el precio «de equilibrio» del dólar? El país está al borde de un salto devaluatorio que dispararía los precios cuando los costos ya son impagables-. Recordemos que todos los precios en el país corren detrás de la cotización del dólar. La otra «opción» es seguir pagando tasas de 75 u 80%. Es imposible.
Además, esas tasas de interés muestran que era todo mentira: el «triunfo» del ajuste fiscal (reventar la educación, los subsidios de la discapacidad, las jubilaciones) para pagar tasas de interés altísimas pone en evidencia que la gestión económica fracasó. Están inyectando dinero del Estado a la desesperada para “evitar” que estallen los problemas (en realidad, los problemas están estallando mientras escribimos este editorial). La pólvora se sigue acumulando: tasas tan altas impiden el crédito, para lo grande y lo pequeño.
A los inversores extranjeros quizás no les preocupa tanto eso sino la estabilidad y seguridad hacia el futuro. Pero si no hay aumentos significativos de las inversiones ni en EEUU, muchos menos habrá en la Argentina.
En el terreno social, la descomposición compite con el estallido. Basta con ver el caso de la violencia en el partido de Independiente la semana pasada para ver claramente un -¡uno entra tantos!- ejemplo de descomposición. Obviamente: juega contra de un estallido social el hecho de que estamos en elecciones y que la CGT y del peronismo no piensan convocar a movilizar a nadie. Su mantra es: «que todo se cocine en el Congreso».
Hubo dos momentos malos del gobierno. Al principio de su gestión, antes de la votación de la Ley Bases, estuvo en duda si podía sostenerse. Pero venía con el impulso de que recién se instalaba y tenía un bloque colaboracionista.
Ahora tiene un pésimo momento con la burguesía, no solo con las masas. Y el descontento de la burguesía no es solo económico: no se tragan su negativa a armar una coalición de gobierno coherente. Ya están pagando el costo político poniendo en riesgo la misma continuidad del gobierno.
La justicia actuó con una rapidez desacostumbrada en el caso Spagnuolo porque lo ve «tecleando» al gobierno. Y a todo lo que venimos señalando hay que agregarle que el gobierno debería tener mayorías en las cámaras para hacer las contrarreformas pendientes, juntar los dólares para pagar el año próximo vencimientos por 20.000 millones de dólares y un largo etc.
¿Cómo lo van a hacer? ¿Con otra refinanciación? Todo esto destruye una de las bases políticas del gobierno, que es la de legitimación del ajuste.
Por su parte, veamos un poco más el caso del peronismo. Taiana es un candidato de consenso. Tiene prestigio pero es demasiado viejo. Además, no lo conoce nadie en la Provincia. Realmente, el peronismo lanzó sus listas con la idea de que perdía las elecciones. Pero ahora no se sabe, realmente, qué puede pasar en octubre (para los tiempos de Argentina, falta un siglo para el 26).
A pesar de todo, si polariza con Espert (cuya última foto de campaña es huyendo en moto de actos fracasados) puede aparecer como un tipo serio; pero no es una figura competitiva como Cristina o Máximo. Recalde va para senador en la Capital e Itaí Hagman es poco conocido.
Realmente, parecen candidatos para perder.
La izquierda y el partido tienen una oportunidad en estas elecciones. Lógicamente, el FITU se negó a cualquier acuerdo con nosotros y se van a jugar a acaparar todo el voto de la izquierda. Aunque últimamente el argumento de la unidad (“somos 4 partidos y ellos están solos”) ha perdido fortaleza: hay un sector que les desconfía y ve en Manuela Castañeira y nuestro partido una oportunidad de renovación en la izquierda.
Nuestras figuras comenzaron a aparecer en la campaña planteando consignas que conectan con las necesidades populares reales y la crisis del país, y nuestros planteos encuentran simpatía. La consigna de los 2.000.000 de mínima pega muchísimo porque la discusión sobre el salario es omnipresente en todos los lugares de trabajo.
A tanto río revuelto, hay una oportunidad para la izquierda y el partido. Nos preguntábamos si el escenario electoral iba a ser de polarización o fragmentación, y parece haber -o parecía haberlo hasta hoy- una polarización de baja intensidad combinada con fragmentación.
Hay cosas delicadas que son importantes en el seno de la izquierda: Bonfante jugando a la Play station con Marra… no da. Por un lado, contribuye a la cholulización de la política, y eso es malo para la clase trabajadora; por otro lado, contribuye a legitimar a Marra. Marra es un provocador de extrema derecha que es abiertamente nuestro enemigo. ¿Hasta dónde se puede llegar para figurar? En el mismo sentido va la foto de Solano con Lemoine…
Hay una frontera delicada entre fines y medios, y acá hay una adaptación muy fea, justo en medio de una crisis política terrible en la que puede ser que la izquierda amplíe su representación. La otra adaptación clara es la enorme presencia por arriba y la escasa por abajo, la falta de criterios militantes en la construcción de los grupos del FITU.
En esta campaña electoral, lo que más nos fortalece a nosotros es afrontar la situación no rutinariamente. El FITU es pura rutina; no tiene una consigna central unificadora, todo es autorreferencial. Nuestra consigna de dos millones de salario mínimo es muy identitaria y da voz directamente a la vivencia cotidiana de las y los trabajadores.
Tenemos también como fuerte nuestro perfil militante. Salta a la vista que el FITU es demasiado «parlamentario», sus candidatos aparecen como «políticos profesionales» y no como trabajadores que hacen política revolucionaria. Ellos han perdido ese perfil. La política parlamentaria revolucionaria es una táctica importantísima, pero es una táctica; no puede ser en un periodo como este que una figura de la izquierda sea parlamentaria permanente. Como decía Trotsky, la adaptación viene de la convivencia permanente con la superestructura.
En todo caso, el principal interrogante estratégico de la elección es si un sector de la base peronista va a expresar un corrimiento orgánico hacia la izquierda.
Algo está pasando. La pregunta es si esa ganancia constructiva que estamos viendo se puede expresar en una ganancia electoral alrededor de Manuela Castañeira y nuestras otras figuras o candidatos.
Finalmente, hay que darle una respuesta a la crisis política abierta con los audios de Spagnuolo. Es necesaria una comisión investigadora independiente para tratar este caso, de la que puedan participar las familias que sufrieron el ajuste en Discapacidad. Si llegara a haber interpelación a los funcionarios involucrados, tiene que hacerse con proyección pública en todos lados para que se pueda ver masivamente qué se discute. Y finalmente, si la crisis siguiera profundizándose debería empezar a plantearse la convocatoria a una Asamblea Constituyente, porque fueron estas instituciones las que nos llevaron a este callejón sin salida.