Después de las elecciones del 26 de octubre se reabrió el debate sobre el rumbo de la economía argentina. Milei logró ganar aire sin solucionar ninguno de los problemas que lo habían llevado al borde del abismo. El peronismo se revuelca en el barro de su propia derrota sin atinar ningún camino de salida. Mientras tanto, millones de trabajadores esperan intranquilos el tratamiento de la reforma laboral mileísta durante el verano que promete una explotación aumentada.
Pero el respiro electoral no puede ocultar la realidad de una economía sumamente precaria en lo financiero, abiertamente recesiva en la industria y la construcción, y de caída permanente en el consumo.
La sociedad bajo Milei
Se cruzan varias líneas de análisis. Primero: la decadencia del sistema productivo argentino bajo todas las variantes capitalistas existentes. Hace 15 años que la Argentina no crece. Los partidos tradicionales ya fracasaron y el outsider Milei acaba de recibir un respiro gracias a Trump pero su programa económico se demostró fracasado bastante antes del 26-O.
Segundo: la reconfiguración del capitalismo en el siglo XXI, con nuevas formas de explotación que llegan tardíamente a la Argentina (con Milei y pandemia mediante) por la mediación que impuso el ciclo del Argentinazo.
Tercero: el modelo económico mileísta es uno de recesión y destrucción de fuerzas productivas. La recesión recién está empezando a hacerse sentir y la sociedad está ya en los límites de lo soportable. El cuento mileísta de «sacrificarse ahora para estar mejor en el futuro» es en realidad «sufrir ahora para estar peor en el futuro».
Es absolutamente falso que el programa de ajuste y «estabilización» macroeconómica de Milei creen suelo fértil para la recuperación económica vía inversión extranjera. De hecho, los únicos capitales que tienen deseos de llegar a la Argentina son los capitales golondrina de los parásitos financieros. La tónica la dan varias multinacionales que vendieron sus filiales argentinas a capitales locales para llevarse el rédito a las matrices.
Hasta el Estado yanqui hace negocios con la timba mileísta. Se calcula que el Tesoro ya recuperó los dólares inyectados al mercado local con al menos U$S 200 millones de ganancia. El mecanismo (que lleva la marca de agua de Caputo) constaba básicamente de la compra de pesos que iban a letras de deuda del BCRA especialmente creadas para el caso. Es deuda pública fantasma que no pasa por el Congreso. Menos de un mes después, esas letras se canjearon con jugosos intereses que van del 5% al 10% en 15 días. Una tasa anualizada de entre el 120% y el 240%.
Todo el mundo sabe que el 26-O no resolvió ninguno de los problemas económicos subyacentes. Si el dólar no se disparó tras la elección, esto no quita que se mueva siempre en torno al techo de la banda, sin dar señales de desinfle. La economía argentina sigue sufriendo un déficit absoluto y crónico de divisas. La recesión ya es un hecho gracias a la política de infraestructura 0%, la apertura indiscriminada de importaciones y la pulverización salarial que lleva el consumo a mínimos históricos.
Un peronismo sin balance y sin programa para organizar la derrota
La tesis principal de los opinólogos peronistas después del 26-O es la idea de una «peruanización» de la sociedad argentina. El término es de Natanson, redactor de Le Monde. La idea es que la sociedad argentina, fruto de los ataques mileístas, se reconfiguró definitivamente hacia una estructura de clases inorgánica y puramente tercermundista. Habrían desaparecido del cuerpo social los órganos que daban estructura a la clase trabajadora. En esta lectura, el rol de los sindicatos, las organizaciones populares, los partidos políticos, barriales, culturales y un largo etcétera ya no es un factor de la totalidad social que se busca caracterizar.
En realidad, esta «lectura» social se desprende de una posición política más elemental: el compromiso de todo el peronismo para garantizar la gobernabilidad de Milei. El razonamiento es: la elección define la realidad social y no al revés, ergo la sociedad se peruanizó; se definió a imagen y semejanza del gobierno, ergo la reforma laboral «ya pasó», es una realidad empírica que el Congreso indefectiblemente va a ratificar con un sello.
Algunos analistas agregan un último término (que otros se limitan a insinuar): el peronismo perdió la elección porque habría desaparecido «la sociedad peronista», las estructuras sociales que le daban entidad al peronismo. Huelga señalar que dichas «estructuras» no son «peronistas» sino fruto y derecho del quehacer de la clase trabajadora y los sectores populares. El peronismo se limitó históricamente a cooptar esas estructuras desde el Estado burgués con un proyecto de disciplinamiento obrero. Si dichas estructuras aparecen hoy más debilitadas que hace algunos años, entre los responsables se cuentan evidentemente las direcciones peronistas que permiten su desgaste.
Es evidente que la debacle económica sostenida y, sobre todo, un programa económico recesivo como el de Milei afectan la estructura social del país. No podría ser de otra manera, teniendo en cuenta que el mileísmo apuntó particularmente contra los eslabones sensibles del tejido social.
Por tomar algunos ejemplos, la tasa de informalidad laboral aumentó casi dos puntos en el segundo trimeste del año, llegando al 43,2%. Es la cifra más alta desde el 2008. La crisis de vivienda masiva está alimentando un boom de la indigencia que no queda representado en las cifras del INDEC pero que se puede ver en primera persona en todos los centros neurálgicos del AMBA. La destrucción sistemática de las áreas de servicios públicos da quizá los reflejos más tercermundistas de la escena. El descarrilamiento del Sarmiento hace pocos días, en el que no hubo víctimas fatales de pura casualidad, es un ejemplo suficiente. Por no extenderse en los casos conocidos como el Garrahan y Discapacidad.
Lo que el peronismo no puede comprender (no quiere reconocer) es que los cambios y desplazamientos a nivel de la estructura orgánica de la sociedad no se definen únicamente por los guarismos electorales ni tampoco por el mero desarrollo de la economía en abstracto. El tercer término de ese metabolismo es la lucha de clases y es el elemento que le da concreción a los dos anteriores. Pero para comprender eso es necesario dejar de ver a los trabajadores como un mero objeto (de estudio, de instrumentación, de disciplinamiento) para concebirlos como sujeto político independiente. Una óptica que era ajena al peronismo en su nacimiento 80 años atrás, y que le sigue siendo absolutamente ajena hoy (quizá más que nunca).
El denominador común de todos los «análisis» peronistas y «progresistas» de su derrota electoral es que la culpa siempre es de la sociedad, de la gente, de los cambios en la estructura económica, pero nunca es culpa del peronismo.
La urgencia del anticapitalismo
No recogemos la idea de Natanson porque sea particularmente aguda o profunda, sino porque es lo más parecido a una explicación que esbozaron los analistas progresistas y pro – peronistas. Eso ya es todo un síntoma de la profunda crisis que atraviesa el peronismo en estos meses. Hay que estar muy mal para ser el primer partido burgués del país y que el balance político de la elección esté más abonado por las redacciones periodísticas que por los dirigentes de dicho movimiento.
El balance de CFK («se perdió por el desdoblamiento») generó solo enojo y malestar en la base kirchnerista. El balance de Juan Grabois fue que se perdió por condiciones climáticas (sic). Es una excusa más adecuada para un torneo de Fútbol 5 que para una elección plebiscitaria que podía enderezar o torcer el futuro del gobierno. Con declaraciones tan inspiradas no sorprende que en los medios hayan estado girando politólogos, periodistas, economistas y todo tipo de voces secundarias preguntándose cómo dotar al peronismo de algo parecido a un programa económico (y político, agregamos).
La falta absoluta de todo tipo de programa alternativo por parte del peronismo (también señalado por el periodismo progresista, al menos por parte de él) es un realidad innegable. A tal punto que se impuso como un elemento de balance real en parte considerable de la base kirchnerista – peronista. Al periodismo progre le gustaría una solución del tipo relaciones públicas: hacer nacer una figura mediática que de una pátina de confianza económica al peronismo. El ballet de economistas ya empezó con nombres como Álvarez Agis (ex número dos de Kicillof en el gobierno de CFK), Letcher, De Mendiguren (funcionario de Alberto Fernández y otros).
Pero ni la «peruanización» explica la elección del 26-O ni la crisis del progresismo puede resolverse con mejores tecnócratas. El problema del peronismo no es de marketing sino de programa y orientación estratégica. Y no puede ser de otra forma: es imposible tener un programa alternativo al mileísmo sin salir de las reglas de juego capitalista.
Basta ver la cuestión reforma laboral. No fue el peronismo de derecha sino CFK y Ofelia Fernández quienes salieron a declarar la necesidad de una reforma laboral buena. La diferencia entre la reforma buena del peronismo y la mala de Milei, los peronistas no saben explicarla aún. Pero la incapacidad de al menos aparecer como oposición al programa oficialista es, una vez más, sintomática.
Para resolver la crisis orgánica de la Argentina es indispensable tomar medidas anticapitalistas globales. Aumentar el salario mínimo (que hoy está en $300.000) a $2 millones (el costo de vida mínimo para una familia), terminar con la precariedad laboral y la hiper explotación afectando las ganancias de la burguesía parasitaria. Ir hacia una planificación democrática de la economía desde la iniciativa de los trabajadores, los únicos interesados en desarrollar la infraestructura, crear puestos de trabajo, mejorar la educación y la salud pública. En suma, los únicos capaces de desarrollar la economía real, la que hacen (y sufren) los trabajadores de carne y hueso.




