EEUU a los gritos contra Xi Jinping y Putin

Vuelve el imperialismo yanqui “clásico”

Un inconfundible aroma a diplomacia estilo Guerra Fría recorrió los medios de comunicación y las sedes diplomáticas de todo el mundo a lo largo de los últimos días.

Marcelo Yunes
Intelectual marxista. Especialista en economía.


Cuando parecía que Biden venía a darle un barniz de “razonabilidad” a las relaciones internacionales de EEUU después de las volcánicas idas y venidas de Trump, de golpe aparecieron titulares anunciando que Biden había llamado “asesino” al presidente ruso Vladimir Putin. Que no se trató de un exabrupto al estilo Trump lo demuestra la confirmación deliberada de la definición por parte de Biden.

No fue el único momento de alboroto. Mucho más importante, en realidad, fue el menos mediático pero muy significativo encuentro diplomático en Alaska entre funcionarios estadounidenses y chinos, del que se esperaban las declaraciones inocuas de rigor en estos casos. Pero ya desde el comienzo hubo una atmósfera tan cargada de reproches y acusaciones mutuas que poco faltó para que terminaran a las trompadas. ¿Qué es esto? ¿Cuánto hay de show para la tribuna y cuánto de tensión real? ¿Hay una sobreactuación de Biden? ¿Hasta dónde hay continuidad de Trump y en qué medida hay un giro político en las relaciones de EEUU con sus grandes rivales geopolíticos, sobre todo China?

Lo que queda de la era Trump y lo que agrega Biden

Para tratar de entender las políticas de Estado más allá de los chisporroteos verbales, se puede empezar por poner en contexto al propio Biden, a su equipo y a los cambios y continuidades con la era Trump. No muchos tienen presente que, a diferencia de provincianos sin remedio de muy bajo nivel cultural como los dos últimos presidentes republicanos (George W. Bush y Trump) e incluso de Obama –cuyos antecedentes en materia de política exterior previos a su llegada la presidencia eran más bien escasos– Biden es “el presidente más versado en asuntos internacionales que haya tenido Estados Unidos desde la asunción de George H. W. Bush [el padre de George W. MY] en 1989. Ex titular del Comité de Relaciones Exteriores del Senado, luego vicepresidente por ocho años, ha tenido un papel en, u opinión sobre, la mayor parte de la política exterior desde el fin de la guerra fría. El equipo que ha elegido para los asuntos externos, dominado por otros veteranos del gobierno Obama como John Kerry y Tony Blinken –un ex secretario de Estado y otro a punto de asumir, que ha asesorado sobre el tema a Biden durante décadas– es casi tan acreditado” (“Back to the future”, The Economist 9229, 23-1-21). En ese equipo está también el especialista en asuntos asiáticos Jake Sullivan, ahora consejero de seguridad nacional (un cargo apenas por debajo del de secretario de Estado) y uno de los “demócratas 2021”, como llama un analista del think tank de derecha Brookings Institution al ala más anti China.

Contra la histeria de los sectores más trumpistas, si hay algo que está a la vista en la política exterior del nuevo gobierno yanqui es el claro abandono de la política Obama de “compromiso y coexistencia” con China –anclada en la mutua interdependencia comercial y integración productiva– en favor de un criterio claramente enfocado en considerar a China como el enemigo estratégico más importante de EEUU. De hecho, “Biden en esencia ha aceptado el pensamiento republicano sobre China” (The Economist, cit.), y eso explica el tono inusualmente duro de Blinkdiplomaciaen en Alaska, que le valió el aplauso incluso de los ultraconservadores de paladar negro de la Heritage Foundation: “Blinken tiene toda la razón (…). La administración Biden no tiene nada que perder al mostrar tanta dureza. Ser duros con China o Rusia reúne consensos tanto del lado demócrata como del republicano. Todo el mundo quiere ser duro”, señaló uno de sus voceros, James Carafano (Ámbito Financiero, 22-3-21).

En síntesis: en el aviario de la política estadounidense hacia China, las palomas sencillamente han desaparecido. Lo único que queda son distintas variedades de halcones. Sólo a partir de la sólida base de considerar a China como la potencia no sólo más hostil sino como el verdadero rival estratégico de largo aliento empiezan a asomar algunas sutiles diferencias en el manejo de la relación bilateral. Por ejemplo, sin duda Blinken y Sullivan no quieren adoptar la postura más simplista de “guerra fría en todos los frentes” contra China al viejo estilo de la confrontación con la URSS. En el diseño de la política hacia China, si bien hay total continuidad con la definición central de Trump –hostilidad estratégica–, hay por lo menos dos puntos importantes que marcan una diferencia.

El primero es que la rivalidad con el gigante asiático debe concentrarse en las áreas clave donde hay verdadero conflicto, presente o potencial, mientras que en los terrenos –pocos, pero importantes– donde es posible alguna forma de cooperación, ésta no puede ser tirada por la borda. Así, en el plano comercial –incluyendo las cadenas globales de suministros–, en el de alta tecnología digital y en la disputa ideológica –con un claro énfasis en el terreno de los derechos humanos– y geopolítica (en particular la relación con los vecinos chinos del sudeste asiático) más general, prima categóricamente la confrontación, incluso a expensas de la globalización y corriendo el riesgo de una “splinternet” (internet dividida en áreas de influencia)1. Episodios como la cumbre de Anchorage (Alaska) ilustran ese costado de la relación, donde uno de los grandes núcleos es la competencia por la primacía tecnológica en rubros como semiconductores, 5G para celulares, robótica e inteligencia artificial.
En cambio, en problemas como el cambio climático –una decidida prioridad para el Partido Demócrata– y la gestión de salud pública relacionada con la pandemia (pese a los roces por la cuestión de la investigación del origen del covid en Wuhan), la idea es llegar a acuerdos de mutua conveniencia, que muestren a EEUU como a un líder mundial capaz de dejar a un lado las rivalidades para manejarse responsablemente en los asuntos donde urge cooperación a nivel de todo el planeta. Otra cosa es que los cortocircuitos en los primeros rubros terminen afectando las posibilidades de avanzar en los otros.

El segundo aspecto en el que sin duda cabe identificar un viraje respecto de la diplomacia de Trump es el de reconocer la necesidad de reconstruir o consolidar las alianzas geopolíticas tradicionales de EEUU con Europa y demás socios, sobre todo en Asia. Aquí no se trata, en realidad, de una novedad sino más bien de lo contrario: regresar a la política tradicional de EEUU como cabeza hegemónica de bloques de aliados, tirando por la borda el unilateralismo aislacionista de “Estados Unidos primero” de Trump, que en la práctica significaba “Estados Unidos primero, único y en soledad contra todo el resto”. Como dice un integrante de la citada Brookings Institution, Thomas Wright, “Trump tenía un problema serio con los aliados de Estados Unidos. Se enojaba más con sus aliados que con sus rivales”, lo que se explicaba, al menos en parte, por el hecho de que “Trump tenía afinidades personales con los autócratas, con los ‘hombres fuertes’. Los admiraba” (Ámbito Financiero, cit.).

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Sin entrar en los meandros psicologistas, hay un hecho político innegable: esa relación de empatía o puestas en escena de “amistad” que Trump establecía con líderes autoritarios como Xi, Kim de Corea del Norte, Erdogan de Turquía o el mismo Putin no podía menos que socavar la autoridad ideológica de EEUU como “líder del mundo libre”. Es sabido que Trump tenía un desprecio olímpico por la problemática de los derechos humanos, rayana en la envidia a los autócratas que podían darse el lujo de ignorar las formas democráticas2.

Pues bien, en esto hay un giro de 180 grados de la administración Biden, que vuelve a poner el tema en el centro del debate ideológico con rivales como China y Rusia. Con esto, reiteramos, no se hace más que volver a los motivos tradicionalmente caros a la prédica yanqui como “líder de los valores occidentales”.

Esto significa, asimismo, el fin del maltrato a los aliados –los suspiros de alivio de las sedes diplomáticas europeas con el triunfo de Biden se escuchaban desde Washington– y, por el contrario, la paciente reconstrucción de las alianzas y tejidos diplomáticos con las potencias europeas, con Japón, con Corea del Sur, con Australia, con India y también con Taiwán y los diez países con costas sobre el Mar de China Meridional (incluido Filipinas, cuyo líder Rodrigo Duterte venía dando preocupantes señales de acercamiento a China).

Todo este complejo entramado que imbrica posicionamientos viejos y nuevos, relaciones tradicionales en desuso y alianzas renovadas, acercamientos y alejamientos relativos en unos terrenos u otros, es el que empezó a ponerse de manifiesto en la cumbre de Anchorage. Allí, como veremos enseguida, el áspero intercambio entre diplomáticos chinos y estadounidenses del más alto nivel, más allá de los costados un poco teatrales del asunto, ya pone de manifiesto parte de la agenda, de las formas y de los motivos que van a signar las relaciones entre las dos mayores potencias del planeta en el próximo período.

Una diplomacia de lo menos diplomática

El encuentro en Alaska ya venía sazonado con el fuerte cruce de Biden a Putin (“es un asesino”, en referencia específica a lo sucedido con el opositor liberal Alexei Navalny), que representaba un escalón superior al primer llamado telefónico en febrero, en el que, según Biden, “le dije claramente, de una manera muy diferente a mi predecesor, que el tiempo en que Estados Unidos se sometía a los actos agresivos de Rusia [en alusión a la actitud casi displicente de Trump ante la anexión de Crimea por parte de Putin] ha terminado”3.

En cuanto al mensaje hacia China, ya el lugar y momento mismo de la cumbre eran un indicio. Estados Unidos había insistido en que el encuentro se realizara en su territorio, y los principales representantes del gobierno yanqui, el secretario de Estado Blinken y el asesor de seguridad nacional Sullivan, acababan de terminar una gira por los principales países aliados de EEUU en Asia, Japón y Corea del Sur.

Por lo pronto, aunque los aspectos más ríspidos de la relación comercial no iban a ser parte de la agenda, la idea de los yanquis era mostrar que en la disputa tecnológica se iba a recurrir a jugadas más sutiles que el brutal manejo de Trump contra Huawei (meter presa a una de sus principales directivas con la ayuda de otro aliado, Canadá) o contra TikTok. Así, la carrera con China “en todos los frentes para ofrecer tecnología competitiva, en inteligencia artificial y superconductores” va a tener lugar recurriendo a “miles de millones de dólares en inversiones del Estado para proyectos de investigación y desarrollo, y a través de nuevas asociaciones con industrias de Europa, la India, Australia y Japón”, si bien como reconoce Kurt Campbell, asesor de Biden en temas asiáticos y arquitecto de la nueva estrategia, “no es algo que vaya a resolverse en semanas o meses; probablemente sea un plan para sucesivos gobiernos” (“EEUU, en una feroz competencia como en la Guerra Fría, pero por otros motivos”, D. Sanger, The New York Times, en La Nación, 20-3-21).

Sin embargo, este civilizado intercambio de ideas rápidamente se vio contaminado por medidas de clara provocación tomadas por EEUU, como la sanción a 24 funcionarios chinos por “atentar contra las libertades democráticas en Hong Kong”, seguidas de amenazas similares para otros en relación con la situación de los uigures (“genocidio”, según EEUU) 4 y hasta las sanciones cruzadas que hay entre China y Australia, hoy en plena escalada. Claro que Xi no les iba muy en zaga: en febrero, tras una conversación telefónica de dos horas entre Biden y Xi, éste no tuvo mejor idea que declarar que “la mayor fuente de caos en el mundo actual es Estados Unidos”, que representa además “la mayor amenaza para el desarrollo y la seguridad de nuestro país” (“Biden y Xi empiezan a medirse y una nueva política norteamericana toma forma”, D. Sanger y M. Crowley, La Nación, 18-3-21).

Frente a la noticia de las sanciones –para colmo, acompañadas sobre la hora de la revocación de licencias a compañías chinas de telecomunicaciones y citaciones judiciales a varias empresas tecnológicas con la excusa de la “seguridad nacional”– el canciller chino, Wang Yi, comentó que “ésta no es manera de recibir a los invitados”. Por su parte, Yang le preguntó sin rodeos a Blinken si el momento del anuncio de las sanciones se había elegido deliberadamente. “Bueno, creo que pensábamos demasiado bien de Estados Unidos. Creíamos que Estados Unidos iba a seguir los protocolos diplomáticos necesarios”, disparó (“US and China publicly rebuke each other in first major talks of Biden era”, Justin McCurry, The Guardian, 19-3-21).

Digamos que China respondió inmediatamente anunciado el juicio a dos canadienses, que según Ottawa son “rehenes diplomáticos” en represalia por la detención en Canadá de Meng Wanzhou, una alta directiva de Huawei (y la hija de su fundador).

Con estos antecedentes, no debieron quedar tan atónitos los periodistas presentes en la reunión de Anchorage cuando, violando todas las convenciones diplomáticas, los representantes de ambos países, en vez de respetar profesionalmente el límite de dos minutos por intervención, se despacharon con encendidas parrafadas de quince minutos a grito pelado durante más de una hora, lo que en un momento obligó a los funcionarios yanquis a evacuar la sala de periodistas, que no daban crédito a lo que veían y oían.

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Como observa con la sequedad y understatement típicamente británico una periodista presente, “las aperturas de cumbres diplomáticas suelen ser eventos aburridos y cuidadosamente coreografiados, una vidriera para las cámaras del mundo antes de que se cierren las puertas y empiecen las conversaciones en serio. De modo que si la gente que está a cargo de lo que es probablemente la relación bilateral más significativa del mundo es incapaz de contener la tensión por los pocos minutos que dura la grabación de un resumen de prensa, eso sugiere que tenemos por delante tiempos todavía más turbulentos” (“Will a chilly meeting in Anchorage set the tone for US-China relations?”, Emma Graham-Harrison, The Guardian, 19-3-21).

La cosa no tuvo desperdicio: el máximo encargado de la diplomacia china, Yang Jiechi, ofendido por un comentario de Blinken sobre los derechos humanos en China, se despachó un cuarto de hora contra “el racismo, la hipocresía, la condescendencia y el bullying” de Washington. Se dio el lujo de apostrofar a EEUU por sus violaciones a los derechos humanos “y no sólo en los últimos cuatro años”, como lo demostraba el surgimiento del movimiento Black Lives Matter (J. McCurry, cit.). Y agregó: “Creemos que es importante para EEUU que cambie su imagen y deje de proponer su propio modelo de democracia al resto del mundo”, ya que “mucha gente dentro de EEUU tiene de hecho muy poca confianza en la democracia de Estados Unidos” (ídem).

Blinken, por su parte, se refirió a las “acciones de China en Xinjiang, Hong Kong, Taiwán, los ciberataques a EEUU y la coerción económica a nuestros aliados” como una “amenaza a la estabilidad global”, a lo que Yang replicó que “Estados Unidos usa la fuerza militar y la hegemonía financiera para actuar fuera de su jurisdicción y oprimir a otros países. Abusa de la supuesta seguridad nacional para obstruir el comercio e incita a varios países a atacar a China. Permítame decirle que Estados Unidos no está calificado para decir que quiere hablarle a China desde una posición de fuerza” (ídem).

¡Como se ve, estamos muy lejos de la habitual jerga versallesca de la rutina diplomática y más cerca de una discusión entre dos bandas de gánsgters!

Después del escandalete, un vocero de la cancillería china aclaró que no era intención de China buscar la confrontación, y que sólo se había respondido a una provocación. Pero luego de la reunión, la cosa siguió con acusaciones cruzadas de EEUU contra la “fanfarronería” de los chinos, y éstos replicando que los funcionarios yanquis habían sido demasiado verborrágicos y “poco hospitalarios”. Inclusive, en las redes sociales chinas se hacía referencia al “banquete de Hongmen”, un hecho histórico de hace más de 2.000 años en el que un líder rebelde invitaba a otro a una fiesta con la intención de asesinarlo, y que es en China una especie de epítome del anfitrión traidor (ídem).

Sin embargo, en medio de semejante tirria, hubo espacio para que la estrategia Biden de confrontación en algunos planos y cooperación en otros se abriera paso, pese a todo. Funcionarios yanquis reconocieron que hubo conversaciones “directas, serias y sustantivas” en temas de interés mutuo, como un abordaje común frente al cambio climático y el desafío que representa el programa nuclear de Corea de Norte (E. Graham-Harrison, cit.). Si esto es una señal de que la pirotecnia verbal en Anchorage fue más bien un espectáculo para consumo político interno o de que la “relación bilateral más significativa del mundo” va a caminar por la cornisa permanente de que un exceso retórico termine gatillando conflictos más serios, es todavía temprano para decidirlo. Una cosa es segura: el sendero de las relaciones políticas entre Estados Unidos y China, lejos de avanzar hacia un marco institucionalizado de procesamiento de conflictos, se parece cada vez más a un campo minado.

1 El aspecto de la competencia armamentística está más velado, pero no hay que descuidarlo. Aquí, a diferencia de lo que ocurría con la URSS en tiempos de la Guerra Fría, la carrera no es por ojivas nucleares –el arsenal chino al respecto es más bien modesto, aunque es lo suficientemente nutrido como para cumplir su función disuasoria—sino en armamento “convencional” pero sofisticado, sobre todo naval, y aplicaciones de alta tecnología en satélites, dispositivos espaciales y, en menor medida, misiles.

2 Ver al respecto la primera sección de nuestro texto “China, anatomía de un imperialismo en ascenso”, en izquierdaweb.com.

3 No tenemos espacio aquí para desarrollar los cambios en cuanto a la relación estratégica de EEUU con Rusia; sólo dejaremos sentado que tanto por lo limitado de su envergadura económica (el PBI ruso es inferior al de Canadá, país con cuatro veces menos población) y de su influencia geopolítica y cultural (prácticamente no puede hablarse de “poder blando” ruso), así como por su retraso relativo en los sectores tecnológicos de punta, el único factor que resulta de real preocupación para EEUU es la capacidad nuclear de Rusia, la segunda del mundo y muy por encima de quienes lo siguen (aliados de EEUU como el Reino Unido y Francia, o la propia China). Aun con lo relevante que es este elemento, decididamente no alcanza para poner a Rusia en un plano de competencia directa, de igual a igual, con EEUU por la hegemonía global. Su relación con China, teñida por una mediada pero creciente subordinación, es un claro indicador de esa realidad.

4 No tenemos espacio aquí para desarrollar los cambios en cuanto a la relación estratégica de EEUU con Rusia; sólo dejaremos sentado que tanto por lo limitado de su envergadura económica (el PBI ruso es inferior al de Canadá, país con cuatro veces menos población) y de su influencia geopolítica y cultural (prácticamente no puede hablarse de “poder blando” ruso), así como por su retraso relativo en los sectores tecnológicos de punta, el único factor que resulta de real preocupación para EEUU es la capacidad nuclear de Rusia, la segunda del mundo y muy por encima de quienes lo siguen (aliados de EEUU como el Reino Unido y Francia, o la propia China). Aun con lo relevante que es este elemento, decididamente no alcanza para poner a Rusia en un plano de competencia directa, de igual a igual, con EEUU por la hegemonía global. Su relación con China, teñida por una mediada pero creciente subordinación, es un claro indicador de esa realidad.

 

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