pacto neoliberal

Unión Europea-Mercosur: Un acuerdo desindustrializador y de sometimiento

El día de ayer se hizo con bombos y platillos el anuncio del acuerdo de libre comercio entre la Unión Europea y el Mercosur por parte de los gobiernos de Macri y Bolsonaro. El tratado ha sido anunciado por los voceros de ambos mandatarios como un “triunfo” y un “cambio histórico” para la región. Como es de esperar de todas las buenas noticias de ambos gobiernos, el acuerdo nada bueno puede traer al tejido industrial y los trabajadores de los países del Mercosur.



ilustración: La Gente Noticias

Es sabido en el análisis económico marxista que para los países dependientes y atrasados con un rol subordinado en la división internacional del trabajo, los tratados de libre comercio sólo pueden debilitarlos. La competencia directa entre países como Argentina y Brasil, por un lado, con la industria de países del centro de la economía mundial y el imperialismo, por el otro, implican necesariamente un retroceso relativo del desarrollo de las fuerzas productivas para los primeros. Acuerdos como el que estarían cerrando ambos bloques económicos implican un fortalecimiento de los términos del comercio internacional ya existente. Esto es: los unos se dedican a la exportación centralmente de materias primas con poco “valor agregado” (como Argentina y Brasil hacia la UE); los otros a las exportaciones industriales de mucho más alto desarrollo técnico (como es la UE hacia el Mercosur). Ese intercambio desigual tiende a reforzarse con los tratados de libre comercio, esto es ineludible y no se le escapa a nadie.

Los propios términos del acuerdo hasta ahora conocidos son una clara manifestación de su intención de reforzar el rol de cada uno en la división internacional del trabajo. Los productos del Mercosur que más rápidamente serán “liberalizados” son los de la agroindustria: los derivados de la soja y el maíz, las carnes, etc.

No es necesario ser marxista para saber todo esto, hasta los entusiastas redactores liberales de La Nación están dando cuenta de eso. “O mejoran su productividad o se extinguen” dijeron hoy en una de sus notas hablando sobre ciertas ramas de la economía local. Y, a su manera, tienen razón. El asunto es que “mejorar la productividad” en la competencia internacional puede tener dos contenidos diferentes. Por una parte, puede significar una inversión alta para el promedio internacional en maquinaria y tecnología: con menos trabajo se produce más. Cada unidad producida es (relativamente) más barata e implica menos costes a la larga. Así funciona la competitividad para los países imperialistas como Francia o Alemania.

Mirá también:  ¡Justicia para Marielle Franco!

En economías relativamente más atrasadas, con un nivel de productividad media mucho más baja, ser “competitivo” implica lograr el mismo resultado por otros medios. En vez de invertir en tecnología y maquinaria, en un desarrollo integrado del conjunto de la economía, sobrevivir en la competencia internacional significa “bajar costos” bajo las mismas condiciones técnicas de relación trabajo/producto. La salida es, entonces, producir más reforzando las cadenas de explotación de los trabajadores y bajando sus salarios. Y quien no lo consiga, “se extingue”. Estamos, entonces, frente a la eventualidad de trabajadores más pobres, con las espaldas más rotas, y menos empleo en la industria. Así logran “competitividad” los países periféricos de la división internacional del trabajo (lo que no significa, claro está, que las grandes potencias  no intenten hacer lo propio también, pero lo hacen desde un piso mucho más alto).

Así, las condiciones económicas consecuentes de estos tratados de libre comercio tienen también consecuencias políticas. Serán eventualmente un factor “disciplinador” para los trabajadores, pues no aceptar condiciones de explotación más duras podrá implicar quedarse en la calle.

Los capitalistas industriales argentinos entienden muy bien las consecuencias de este acuerdo. Sus voceros de la UIA han dicho que prefieren ver “la letra chica” del tratado antes de opinar sobre las consecuencias que tendrán para ellos. Porque, si bien apoyan políticamente el acuerdo por las condiciones de sometimiento a la UE y de disciplinamiento de los trabajadores que implica, son muy conscientes de la imposibilidad de competir de manera directa con la industria europea.

A lo largo de su historia, incluso los países imperialistas fueron proteccionistas hasta ser lo suficientemente fuertes para competir sin aranceles ni restricciones. Si los ingleses eran los grandes partidarios del librecambio a lo largo de todo el siglo XIX por su indisputada hegemonía industrial; Francia, Alemania y Estados Unidos eran proteccionistas para no sucumbir frente a la fuerza británica. Así lo expresó sin ambigüedad alguna el presidente yanqui Ulises S. Grant: “Por siglos Inglaterra ha confiado en la protección, la ha llevado a extremos y ha obtenido resultados satisfactorios de ella. No hay duda que a este sistema le debe su actual fortaleza. Después de dos siglos, Inglaterra ha encontrado conveniente adoptar el libre comercio porque piensa que el proteccionismo no puede ofrecerle nada más. Muy bien, entonces señores, mi conocimiento de nuestra nación me lleva a creer que dentro de los próximos 200 años, cuando América haya obtenido de la protección todo lo que puede ofrecer, adoptará también el libre comercio.” [1] Su error fue sobre los plazos: Estados Unidos superó a su antecesor británico mucho antes de cumplirse dos siglos de estas palabras.

Mirá también:  Reflexiones de un trabajador metalúrgico de Córdoba

Los términos de las cosas cambiaron hacia el final de esa centuria y comienzos de la siguiente; cuando, frente al creciente peso de alemanes y norteamericanos, la política económica británica fue adoptando cada vez más una política proteccionista. Y aún así, por motivos más que obvios, todos ellos fueron siempre partidarios de la “libertad” de compra y venta con los países y regiones que no pudieron nunca hacerles sombra (como América Latina).

Rechazamos el acuerdo EU-Mercosur desde el punto de vista de los trabajadores: porque la desindustrialización relativa le quita peso a la clase obrera social, política y económicamente; porque tiende a reforzar la explotación y disciplinar a la clase trabajadora. El tratado será un arma en manos del macrismo para fortalecerse y tratar de pasar a la ofensiva contra los trabajadores. A su vez, el kirchnerismo tiene una importante cuota de responsabilidad por haberse jugado todo a “achatar” la situación, que nadie piense en luchar y todos en votar mientras ellos negocian con los empresarios y el FMI.

 

[1] “Capitalism and Underdevelopment in Latin America”, André Gunder Frank

Print Friendly, PDF & Email

DEJAR UN COMENTARIO

Ingresar comentario
Ingrese su nombre