Una verdadera fiesta latina, cargada de un inmenso afecto y orgullo por su tierra natal, Puerto Rico, marcaron el espectáculo de Bad Bunny en el Super Bowl, uno de los escenarios más codiciados y vigilados de la industria musical global.
Durante el medio tiempo del evento deportivo, el artista desplegó un show cargado de símbolos e imágenes identitarias, acompañado por artistas de alto renombre como Lady Gaga y Ricki Martin, quienes se sumaron al espectáculo y aportaron al desarrollo del show sin perder la estética y simbolismo del mismo.
La puesta en escena también contó con la presencia del actor chileno Pedro Pascal, la rapera puertorriqueña Young Miko, la rapera de familia dominicana Cardi B y la cantante colombiana Karol G, a quienes se les vio bailando y disfrutando en el porche de la ya icónica “casita” del cantante, la cual figura como parte del escenario en todos sus shows y simboliza una vivienda tradicional puertorriqueña.
A través de escenarios que remiten a la memoria y cultura latinoamericana, el artista interpretó varios de sus más grandes éxitos como «El apagón” y “NUEVAYoL”, en los que la cultura puertorriqueña y el orgullo latinoamericano resonaron en cada nota, transformando el espectáculo en mucho más que un simple show musical.
Una presentación disruptiva en tiempos de ICE
El Super Bowl y el fútbol americano suelen estar relacionados a sectores más conservadores de la sociedad estadounidense, de esos que creen que la cultura “americana” tiene dueño, un único idioma (el inglés por supuesto) y fronteras claras. Por eso, lo que ocurrió este fue una cachetada para todos los supremacistas blancos y xenófobos del país. La presencia del cantante puertorriqueño tuvo un impacto cultural del que ya se está hablando en todos los medios de comunicación a nivel mundial.
Lejos de limitarse a una exhibición tan solo de hits, el artista utilizó esos trece minutos de show para construir un relato del que muchos pudimos sentirnos parte. Si bien no realizó una protesta explícita (en comparación a otras de sus presentaciones), sí construyó un tejido a partir de imágenes reconocibles para millones de personas que, rara vez, se ven reflejadas en el centro del imaginario cultural estadounidense. La “casita”, la barbería, la caña de azúcar y las sillas de plástico, fueron todos objetos cotidianos que, puestos en ese contexto, se transformaron en una reivindicación cultural.
Otro gesto profundo y contundente fue la presencia del español, hablado y cantado sin traducción ni concesiones. En el evento más visto de la televisión estadounidense, la lengua de millones de migrantes y sus descendientes, dejó de ocupar un lugar marginal y pasó a convertirse en protagonista.
Las apariciones de otras artistas y figuras latinas enriquecieron ese mensaje. Por ejemplo, destacó la presencia de Ricky Martin, quien no se limitó a acompañar el espectáculo, sino que interpretó fragmentos de “Lo que le pasó a Hawaii”, una canción que denuncia el colonialismo y la expulsión de las comunidades de sus propios territorios. Letras como “quieren quitarme el río, y también la playa, quieren el barrio mío y que abuelita se vaya” resonaron con fuerza en un escenario global, transformando el festejo en un canto colectivo de memoria, resistencia y celebración.
La diversidad de orígenes -Puerto Rico, Colombia, República Dominicana, Chile- reforzó una idea simple, pero potente, a saber, que lo latino no es un bloque homogéneo, sino una constelación de historias, cuerpos y trayectorias que atraviesan la cultura estadounidense desde hace décadas.
En tiempos de discursos que criminalizan la migración y de políticas que refuerzan el miedo y la exclusión, el show de Bad Bunny se transformó en una respuesta disruptiva desde lo cultural. No confrontó de manera directa, pero tampoco fue inocente. Celebrar lo propio, hacerlo visible y masivo, es también una forma de resistencia.
Lo que más impactó (e incomodó a los sectores del movimiento MAGA) del show de Bad Bunny no fue el volumen, ni el baile, ni siquiera el idioma. Lo que impactó fue el contexto. Mientras el gobierno de Trump refuerza políticas de persecución a la población migrante, redadas violentas y deportaciones por cuotas en manos de los agentes de ICE, el escenario más visible del entretenimiento estadounidense fue ocupado por aquello que se intenta disciplinar: cuerpos latinos, lengua española y orgullo identitario. En ese contraste se juega la verdadera dimensión política del espectáculo.
La reacción de Trump no se hizo esperar. A través de su red social Truth Social, el presidente estadounidense calificó el espectáculo como “absolutamente terrible” y “uno de los peores de la historia”, asegurando que “no tiene sentido” y que representa “una afrenta a la grandeza de Estados Unidos”.
También, atacó que Bad Bunny interpretara su actuación mayoritariamente en español, ante lo cual dijo que “nadie entiende ni una palabra” de lo que dice y calificó el baile como “repugnante”, sobre todo para los niños que lo vieron. Trump sostuvo que el show no representaba “los estándares de éxito, creatividad o excelencia” que él atribuye a la cultura estadounidense y lo describió como una “bofetada al país”.
Claramente, para un racista y xenófobo de extrema derecha como Trump, un show que contradiga su discurso, visualice la cultura latina y que exponga que Latinoamérica no es su patio trasero, sino un conjunto de pueblos con historia, memoria y cultura propia, es algo que le resulta intolerable. No es casual que lo haya calificado como “repugnante”; pues le genera rechazo u show musical disruptivo que cuestiona su relato antiinmigrante.
La reacción de Trump deja al descubierto el núcleo de su proyecto político, una idea de nación cerrada, jerárquica y excluyente, donde lo latino solo es aceptable si es mano de obra barata para explotar y los países son territorios de donde extraer recursos en función de los intereses imperialistas de Estados Unidos.
Para el cierre de su show, Benito pronunció “God bless America” y procedió a nombrar uno por uno los países del continente Americano, rematando con un “seguimo´aquí”, junto a una pelota de fútbol americano que tenía escrito «Together, We Are America». Gesto que encarna la disputa directa por el sentido de qué es y quiénes encarnan la idea de América.
En un contexto de fuerte polarización política, donde la violencia ejercida por ICE se intensifica y, al mismo tiempo, la organización y solidaridad entre les de abajo crece, el show de Bad Bunny funcionó como una intervención cultural disruptiva y que tuvo impacto en la esfera política. No cambió leyes ni detuvo redadas, pero puso en evidencia algo que el trumpismo intenta negar: que la América real es diversa, mestiza y multilingüe, y que no acepta volver a los márgenes.




