“El anticapitalismo puede ser una salida a los problemas concretos de la Argentina, como pedir un salario mínimo por 100 mil pesos y afectar las ganancias de los grupos concentrados en Argentina que se están enriqueciendo», arranca en diálogo con Clarín. Hoy, el salario mínimo apenas supera los 28 mil pesos”

Manuela Castañeira en Clarín, 5/08/21

 

Nuestro partido viene de realizar una campaña electoral extraordinaria aun si los resultados –medidos en votos– fueron mediocres. Nuestro objetivo aquí es sacar una serie de enseñanzas universales acerca de esta campaña, de manera tal que sirvan a la educación política de la militancia nacional e internacional de nuestra corriente amén de una serie de conclusiones políticas sobre la campaña misma y la que se viene en noviembre.

  1. Un sistema electoral antidemocrático

Primero hay que entender las condiciones generales en medio de las cuales se realizó la campaña. El sistema electoral argentino, aunque no es de los más antidemocráticos, incorporó, sin embargo, desde el 2011 y a instancias del kirchnerismo, una reforma electoral de tipo reaccionario que travestida de un mecanismo “democrático” vino a distorsionar las elecciones; a quitarles aún más del contenido democrático que adquirieron bajo la presión de la caída de la dictadura militar 40 años atrás y de la crisis del 2001.

Los mecanismos electorales en el mundo tienen todos diversas trampas. En Gran Bretaña y Francia, por ejemplo, los distritos son uninominales, razón por la cual, al no haber distrito único ni reparto de cargos por el sistema D’Hont, a la izquierda se le hace prácticamente imposible acceder a la representación parlamentaria, cristalizar algún principio de representación político-electoral (de esto no se habla cuando algunas sectas hacen comparaciones mecánicas país a país).

En los Estados Unidos, otro ejemplo, ni hablar de que la izquierda, de manera independiente, acceda a algún tipo de representación en un sistema político donde las dos máquinas electorales tradicionales, Demócratas y Republicanos, manejan a su antojo los distritos modificándolos a gusto y piaccere mediante el mecanismo llamado Gerrymanderin, según sus necesidades de lograr escaños en el colegio electoral, y la elección del presidente es indirecta vía este colegio[1].

En Costa Rica, por poner otro ejemplo, no existen elecciones de medio término: todo se vota junto (presidente y parlamentarios) cada cuatro años, y de esta manera siempre está la presión de la polarización electoral en torno a los partidos que disputan la presidencia, que son los aparatos del sistema. Así podríamos seguir con una lista interminable (un caso extraño es Brasil donde se vive un festival de candidaturas en cada elección, pero ahí contrapesa el atraso político del electorado en general).

En lo estructural, más allá de cada sistema electoral, la lucha de clases de todos los días y las elecciones actúan sobre dos principios muy distintos. Todo lo que en la lucha de clases es concentrado y centralizado y atañe a lo más dinámico, al choque de fuerzas materiales-sociales-políticas a escala pequeña o grande, en lo electoral atañe a la fragmentación de “una persona, un voto”, el impacto de lo más atrasado sobre lo más avanzado, la dilución de lo segundo en lo primero. Es decir,  por una cuestión de escala y de millones, atañe al imperio de los aparatos(una ley que opera en las internas electorales de la izquierda también, dada la desigualdad de recursos, aparatos y demás[2]). Cuando de elecciones se trata, hablamos de cuestiones como el control territorial, de los aparatos sobre todo burgueses que pueden llegar a cada votante; es una escena política “estatizada”, porque sin tal control del territorio –un control “reticular” por así decirlo de intendencias, concejalías, gobernaciones, etcétera– es imposible tener tal grado de penetración. (Atención que, de cualquier manera, cuando se logra volumen partidario militante o coaliciones electorales en la izquierda, estas limitaciones pueden y son perforadas; solo queremos dar cuenta de la complejidad de las circunstancias, a las que de todas maneras hay que intentar vencer, siempre tratando de que la estructura del partido no se adapte mecánicamente a ellas aunque las contenga: un partido de vanguardia que crece debe sumar territorialidad como criterio subordinado de construcción.)

Esta determinación del voto indirecto, por así decirlo, presiona en el sentido de unas reglas del juego, de una serie de leyes que no son las de la lucha de clases del día a día pero que de todas maneras deben ser asumidas críticamente si se pretende hacer una campaña electoral digna de tal nombre[3]. Presionan en el sentido de que en la izquierda se deben tener como “dos partidos” (clásico Lenin: el legal y el conspirativo) para enfrentar ambos terrenos de lucha, obligación inexcusable porque las elecciones son habitualmente, en condiciones no revolucionarias, el momento de la política por antonomasia para las grandes masas[4]. Pero, claro está, sin perder de vista el orden de prelación que va desde el partido de vanguardia hacia el “partido electoral” y no inversamente.

La distorsión en obra es compleja pero también una enorme oportunidad políti casi se “administra” bien. Las elecciones dan una plataforma para llegar a más amplios sectores de la cual no podemos evadirnos sino queremos ser una secta intrascendente. Y al mismo tiempo, nos suman complejidades difíciles de resolver sobre todo cuando se corre electoralmente en soledad, sin la “vidriera” de un frente o alianza, pero que, insistimos, configuran una inmensa oportunidad para proyectar al partido, sus figuras y su política al plano político general y sembrar hacia el futuro si las manejamos correctamente.

Dadas las actuales circunstancias internacionales, las elecciones aparecen como uno de los pocos momentos de totalización, aunque la lucha de clases cotidiana –que aparece fragmentada, dificultando una totalización– sea el terreno habitual de la actividad del partido. De ahí que, aun si las elecciones son algo táctico en las herramientas de los revolucionarios, son una táctica de enorme importancia(lección básica de dialéctica marxista-hegeliana: algo táctico, no estratégico, aunque obligatorio para toda organización madura).

En este contexto debemos colocar el sistema electoral argentino. Siguiendo las generales de la ley de un régimen democrático-burgués y por lo tanto de dominación capitalista, dicho régimen de elecciones parlamentarias cada dos años y presidenciales cada cuatro tiene el “costo” para la burguesía de tener que plebiscitarse de manera regular, aun cuando por lo general domina el sistema político, salvo sustos como las grandes crisis, tipo la de diciembre del 2001.

Los partidos políticos del sistema son, por antonomasia, dicha estructura territorial-política que maneja los aparatos de representación institucional. Claro que existen otras instituciones que no son electorales, como la burocracia sindical y el aparato represivo, pero los partidos patronales o sus coaliciones son los que manejan la vida política del país legitimándose cada dos y cuatro años.

El control territorial remite a un control o representación de las “fuerzas vivas” o “sociedad civil” donde, lógicamente, mandan los que dominan el terreno económico y social: los grandes empresarios industriales, comerciales, etc., y productores agrarios, y toda la “reticularidad” de sus organizaciones corporativas y de intereses que marcan la sociedad civil y logran su legitimidad en el sentido de que son “los que hacen que las cosas marchen”. Es decir, existen varias formas de representación: las parlamentarias, municipales, las gobernaciones, que son las políticas, pero también las “corporativas”, que aparecen como puramente “económicas”, de la sociedad civil, y representan sectores diversos de la grande y pequeña patronal. Por otra parte, los sindicatos (mayormente burocratizados) también forman fila en el sostenimiento del orden capitalista, reduciendo su actividad a lo estrictamente “reivindicativo” aunque también hacen política a su manera[5].

Luego de la caída de la dictadura militar, la Argentina quedó con uno de los regímenes electorales más “democráticos” de la región hasta que llegó la ley restrictiva de las PASO (2011). Desde su instalación hemos criticado el piso del 1,5% que quita representación para la elección general amén de proscribir a las agrupaciones más débiles[6]. Pero nos interesa en este caso desarrollar otro aspecto de la cuestión, que tiene que ver con transformar cada elección real –la que vale para los cargos–en una suerte de balotaje. Es decir, a todos los efectos prácticos: 1) ambas elecciones terminan en cierto modo vaciadas, terminan siendo, por una u otra razón, elecciones a medias, y 2) de las PASO a las generales las fuerzas patronales pueden operar modificaciones y tensar hacia una mayor polarización –artificial–,de manera de excluir lo más posible a terceras fuerzas por el mecanismo del voto útil.

Es verdad que el escenario 1) les ha servido a fuerzas como el FIT para excluir de la contienda a nuestro partido; porque con organizaciones de vanguardia relativamente pequeñas como somos todos y sin un frente electoral –el aparato conjunto y el voto útil en la izquierda–, es muy difícil romper el piso proscriptivo en los principales distritos[7].

Pero el escenario 2), eventualmente, también puede arruinarles las expectativas –siempre exageradas en el seno de la izquierda vernácula– a las terceras fuerzas que llegan a la elección definitiva, porque comienza a actuar el “mecanismo de absorción” de las grandes coaliciones burguesas.

Si ya es una distorsión el sistema del voto universal, un campo excelente para el dominio de los aparatos patronales millonarios y territoriales porque van de manera concentrada sobre el votante aislado y mayormente “solitario”, en esta última elección pandémica esto se llevó a remate, porque existía gran apatía electoral antes de la votación y, dadas las condiciones atípicas de la pandemia, poco y nada del voto se charló colectivamente en los lugares de trabajo; a lo sumo se expresó el fenómeno del voto que se charla en familia, además del voto por “proximidad”: voto la lista de fulano porque lo conozco. Todos fenómenos, evidentemente, de un período relativamente largo con bajos niveles de politización entre las grandes masas –esto no es así entre la amplia vanguardia, que suma elementos iniciales de anticapitalismo y recomienzo de la experiencia histórica–.

Está clarísimo que cuando los esposos K diseñaron las paso –¡grandes conocedores del mecanismo electoral burgués porque viven de él[8]!– lo pensaron, justamente, para empujar ese escenario electoral de dos grandes coaliciones que absorban en su seno el juego político y erradiquen a terceras fuerzas (recordemos las anticipatorias declaraciones de Néstor Kirchner, que ya en los años 2000 hablaba de que se necesitaban dos grandes coaliciones de centro-izquierda y centro-derecha para hacer de la Argentina un “país normal”).

Es verdad que esta apuesta ha tenido y tiene fisuras por la izquierda –¡muy positivas aunque nuestro partido de momento no logre aprovecharlas!–,pero en definitiva es un mecanismo “estabilizador” y antidemocrático que fuerza a la adaptación a las fuerzas de izquierda, como es el caso del FIT de manera cada vez más profunda. No hay otra manera de definir la campaña mediocre desde el punto de vista político que realizaron en las PASO. Volveremos sobre esto.

Bajo estas reglas de juego se desarrollan las elecciones en la Argentina. Un mecanismo que ha llegado para quedarse, que cumplió su papel en las recientes elecciones del 12 de septiembre, y que configura una serie de presiones a la adaptación electoralista que de no asumirse de manera consciente pueden llegar a deglutir a los partidos de la izquierda (algo que ya ocurrió, por ejemplo, con el Partido Obrero[9]).Igualmente, esto no debe dar lugar a ningún reflejo sectario, porque el terreno electoral coloca una inmensa oportunidad de influir en la agenda política, ¡como lo acabamos de hacer en nuestra campaña encabezada por Manuela Castañeira!, e incluso lograr representaciones cuya importancia sería criminal subestimar.

Para nuestra “suerte”, las reglas de juego actuales de los medios y las redes sociales, junto con la audacia en el terreno material de la lucha, permite proyectar figuras de momento “extraparlamentarias”, como es el caso de nuestra compañera Manuela Castañeira, al nivel de las figuras parlamentarias dominantes del FIT, que son las del PTS (el resto de las fuerzas integrantes de la cooperativa electoral hace rato que han renunciado a la independencia política, lo que se expresa su nula participación en la lucha electoral y su nula instalación más allá del gasto de millones y de recorrer algunos estudios de TV).

  1. Voto castigo y conservador

Sobre llovido mojado, las elecciones en medio de un escenario pandémico de casi dos años se expresaron en un complejo mix de voto castigo y voto conservador, que en noviembre se clarificará del todo.

La sociedad, los trabajadores y la juventud, llegaron a las PASO de septiembre más atomizados que lo habitual para una elecciones de voto universal que ya de por sí son un mecanismo atomizador. Año y medio de pandemia tal cual se vive específicamente en la Argentina, con un comienzo progresivo del encierro y luego una extensión regresiva de las cuarentenas, no podía dejar de tener efectos electorales más o menos conservadores (estamos hablando en lo macro, no de la polarización en los extremos que veremos enseguida).

A las y los trabajadores en general se los mandó a sus lugares de trabajo sin ningún cuidado. Pero todo el ambiente socio-político fue de una depresión general: sin marchas, sin movilizaciones, sin asambleas, con “distanciamiento social y político” en los vestuarios y comedores, sin procesamiento colectivo de la experiencia, sin clases en ningún nivel educativo, etcétera.

De la juventud ni hablar: se la infantilizó al extremo de que todavía hoy no hay retorno de la presencialidad en la universidad, un acontecimiento sin precedentes históricos en los últimos 50 años. Lo que se hizo con la juventud estudiantil –¡lo que hizo a conciencia el gobierno!– fue un crimen mayúsculo sobre uno de los sectores que desde los años 60 del siglo pasado viene siendo, en general, de los más dinámicos. El gobierno se la entregó atada de pies y manos a fachos como Milei, expresando un grado de irresponsabilidad criminal insigne[10].

En fin: sectores como la sanidad pusieron el cuerpo. Pero en cierto modo se los desmoralizó porque no se les reconoció nada de su tremendo esfuerzo. Y entre la docencia en general –y también en las corrientes de la izquierda en el sector– dominó el conservadurismo, el abandono de la idea de que la educación no se puede abordar como algo meramente corporativo y que la docencia cumple una función social. El gobierno y la izquierda agrupada en el FIT le regalaron la bandera educativa a Juntos por el Cambio y su campaña “por la educación” puramente cínica y de ataque a los docentes.

Como señalamos desde el primer día, la pandemia operó como un factor reaccionario a nivel internacional, y aun en medio de grandes contradicciones y de la continuidad de rebeliones populares, tuvo –tiene todavía aunque crece la apertura y la tendencia a cierta normalización– efectos contradictorios porque atomizó y privatizó la vida cotidiana de las mayorías populares, amén de hacer aún más pequeñoburguesas a las clases medias privilegiadas y posmodernas, a las que les encanta “trabajar en virtual” mientras acarician al gato[11].

De esta manera se llegó a las paso con estos dos años (de mierda) en los que el gobierno y la burocracia sindical y estudiantil estuvieron dedicados a planchar los reclamos, a desmovilizar día y noche, a crear ideologías idiotizantes de pasivización, a exaltar abstractamente las virtudes de la virtualidad, que tiene virtudes que debemos aprovechar pero que, como todo desarrollo tecnológico bajo el capitalismo, depende de qué clase lo explote y con qué ideologías y representaciones del mundo[12].

La votación de las PASO, en estas condiciones, debe de haber sido la menos conversada socialmente, la más pasivamente asumida de los últimos años: la campaña iba hacia la sociedad, pero la sociedad devolvía poco y nada salvo en las redes sociales; es como que la población trabajadora llegó a las PASO anestesiada y sólo se despertó un poco posteriormente por la crisis que se abrió en el gobierno, en las alturas.

No está claro que todas las elecciones en el mundo durante la pandemia hayan sido iguales. Por ejemplo, en los Estados Unidos medió una rebelión popular antirracista, un escenario muy distinto al de la Argentina. Otro ejemplo, las elecciones en Catalunya, donde conuna muy baja participación se impusieron los partidos autonómicos –es decir, no hubo un giro a la derecha–.

Pero, en fin, el escenario en la Argentina fue otro: viniendo de cierto giro a la “centro izquierda” en 2019, lo que se procesó en las PASO fue este mix de un castigo conservador, más allá de la buena elección sumada de la izquierda, que no alcanza a teñir el panorama general[13]. Luego de las elecciones de noviembre podremos completar estos análisis, que por ahora son parciales.

Es verdad que ha crecido mundialmente el “voto familiar” (el voto que se discute en familia o las familias divididas por el voto, según el caso) así como la “desafiliación política”, es decir, la falta de identidades políticas e ideológicas firmes. El voto se conversa en familia y más o menos todo el núcleo familiar vota lo mismo (también se da el caso inverso, polarizado, las divisiones entre familiares, pero no en estas paso[14]).

Sin embargo, el voto prácticamente no se conversó en los lugares de trabajo. Todo el mundo marca que el debate propiamente político comenzó el día después de las elecciones con los resultados puestos…

¿La elección fue para la derecha? No, eso tampoco es real –al menos no todavía–. Se dividió entre las dos coaliciones burguesas principales con una derrota estruendosa del gobierno. Mayormente se expresó un voto castigo más o menos con lo que se tenía a mano, Juntos por el Cambio, y cierto corrimiento hacia los extremos donde capitalizó la figura de Milei en CABA (también López Murphy), pero también la izquierda en provincia de Buenos Aires (el FIT y nuestros votos sumados totalizaron un 6% de la votación), la más importante del país.

Aclaremos un poco las cosas: en CABA hubo un categórico giro a la derecha electoral porque Milei y Murphy sacaron el 25% de los votos y la izquierda algo en torno al 8% (en el 2001, en una elección que anticipó el Argentinazo, la izquierda obtuvo el 30% de los votos en CABA). Pero en provincia el escenario fue distinto, porque la izquierda quedó, electoralmente, como “tercera fuerza”, y Espert (el doble de Milei adaptado a la provincia) quedó cuarto con una floja elección.

Está claro que, en lo grueso, no hubo un voto radicalizado sino un voto castigo más bien conservador. El gobierno pagó el costo de la pandemia, el encierro y el ajuste y, sobre todo, de la miseria salarial y de las condiciones de vida (¡lo progresivo de la circunstancia es que al otro día de la elección estalló la discusión por el salario mínimo que fue el eje de nuestra campaña, aunque las fuerzas del FIT traten de minimizarlo y/o aprovecharse de ello!). No tuvo efectos electorales la tramposa excusa oficial de que la culpa de todo la tiene la pandemia. La mayoría de los trabajadores castigaron –repetimos, con lo que tenían a mano y en un contexto de atomización– la orientación social liberal ajustadora del Frente de Todos mientras que una minoría de los trabajadores se expresó por la izquierda. (El FIT y nuestro partido hicimos importantes elecciones relativas en los distritos más populares del Gran Buenos Aires expresando una elección de importancia entre los trabajadores/as precarizados).

Es un hecho que el FIT se llevó una parte de nuestros votos. De manera categórica impactó en los distritos más populares nuestra campaña por los 100.000 pesos de mínimo, pero por razones de aparato –y de confusión, porque nadie diferencia nada en el seno de la izquierda– los votos se los llevó el FIT. Es real que no pudimos perforar en proporciones mayores que otras veces el voto útil de izquierda, que volvió a votar la “unidad” …Y, aun así, nuestros casi 140.000 votos en todo el país no son nada despreciables y conservan, con sus más y sus menos, las proporciones relativas con un frente de cuatro fuerzas como se vienen dando en los últimos años. Arañamos en elecciones sucesivas el 1% de los votos nacionalmente, y en este caso presentándonos en cada vez más distritos, una cifra que no nos alcanza para pasar a las generales en las provincias más importantes pero que no es despreciable, teniendo en cuenta que tenemos todo el voto útil en contra. Podemos determinar que el Nuevo MAS esta sub-representado electoralmente, así como el FIT está sobre-representado bajo la bandera de la unidad. De ahí que el impresionismo en esta materia –como en todas las demás que atañen a la lucha política–sea mala consejera.

En fin, en las grandes fábricas no fue este el caso: el grueso del proletariado industrial más o menos efectivo –no así la juventud trabajadora– voto por la “grieta”, las coaliciones burguesas mayoritarias, lo que se explica porque en los lugares más concentrados de la clase obrera pesan más los aparatos burgueses y burocráticos.

El mix de voto castigo y voto conservador viene entonces de estos resultados contradictorios y no definitivos de unas PASO con la lucha de clases aplacada y contenida por las direcciones sindicales criminales y los K cero progresistas: lo suyo es el control del Estado y no cualquier veleidad transformadora. El desenlace electoral final, su resultante final –electoral claro está, no en materia de la lucha de clases– habrá que verlo el 14 de noviembre.

Hay que agregar que a nivel “micro” y de la vanguardia se viene de una seguidilla de luchas y cortes del Puente Pueyrredón encabezadas por los tercerizados ferroviarios y los eléctricos de Ema, protagonistas excluyentes de la lucha estos meses, una pelea en la cual nuestro partido fue uno de sus principales protagonistas, sino el principal, el que más puso el cuerpo militante[15]. Además, a no olvidarse, los movimientos piqueteros independientes se han mantenido activos con enormes movilizaciones en medio del recrudecimiento de la pobreza, movimientos que, quizás, hayan tenido un impacto electoral en la votación de la izquierda en algunos municipios del Gran Buenos Aires que no estaban en nuestros cálculos).

En este caso el protagonismo principal es del Polo Obrero, movimiento de desocupados ligado al Partido Obrero, que ha hecho de este frente de masas su principal herramienta de reconstrucción partidaria. Han abandonado en cierto modo los centros –sobre todo estudiantil y universitario, y en menor medida sindicales– para irse a los “márgenes”: a los barrios populares. Para organizaciones de amplia vanguardia que aspiran a la influencia de masas, tener influencia barrial es imprescindible. Pero para que esto no te “coma” el partido una condición: el núcleo partidario orgánico debe estar sólidamente implantado bajo las leyes constructivas de partido de vanguardia, es decir, reclutamiento político y no movimientista de la militancia. El problema de los movimientos piqueteros es que por abrumadora mayoría la adscripción es reivindicativa, por los planes sociales, y no política, con lo cual mezclar los criterios partidarios, diluir las fronteras reales del partido como organización política, es muy peligroso (un confusionismo inaceptable de los criterios partidarios, como señalaba clásicamente Lenin).

En las proporciones de la Argentina, para tener un peso barrial real, que sume y no distorsione al partido, se necesitan dos mil o tres mil militantes socialistas revolucionarios reales (¡cosa que hoy día el PO y el MST no tienen ni por asomo!). Esto sin hablar de los criterios no socialistas con que se mueven los movimientos sociales, que son bajo contraprestación: “sino te movilizas, no cobras el plan” … entre otras veleidades del manejo clientelar (a pesar de todo, obviamente, es mejor que revisten en las filas de la izquierda y no en los partidos patronales y sus movimientos).

  1. Adaptación del FIT, audacia del Nuevo MAS

En este “arco de tensiones sociopolíticas” se colocó la campaña de nuestro partido, que fue histórica por cómo marcó agenda –aunque fue pobre en los resultados electorales[16]y por su enorme audacia política.

La campaña del FIT, por contraste, fue de un grado de adaptación electoralista dramático: no dijo nada audible, nada claro, en momentos en que, paradójicamente, se procesó un importante y polarizado debate que apunta al futuro, a la orientación del país en el contexto internacional y regional, a las contradicciones profundas y estructurales no resueltas de la Argentina capitalista[17].

El contexto macro: un conjunto de tensiones sin definición que atraviesan el capitalismo mundial y que tienden a convertirlo en un sistema sin contrapesos, muchísimo más atrincherado y fragmentado que durante los “treinta gloriosos” de la posguerra, súper explotador y precarizador del trabajo, con bolsones crecientes de barbarie (Centroamérica, África, países árabes, etcétera), con una brecha dramática entre ricos y pobres de escala histórica, sin antecedentes si no nos remontamos al siglo XIX[18], etcétera, algo bien retratado en películas como Parasite (no casualmente su director coreano es sociólogo). A todo esto hay que agregarle la destrucción del planeta y la pelea con las empresas petroleras que queman combustibles fósiles sin importarles nada[19].

Desde ya que estas tendencias conviven con otros sectores burgueses que buscan “aggiornar” el sistema, sostener las macro ganancias (nadie cuestiona el trasfondo neoliberal) pero con determinadas compensaciones sociales, concesiones o lo que sea, mayormente “ideológicas” pero no económicas (matrimonio igualitario y conquistas así; lo del aborto legal es más complejo), y tienen su lógica: quieren evitar los estallidos sociales; quieren evitar nuevas revoluciones antes de que lleguen. (Los que se confunden con los cantos de sirena del reformismo, el aun dominante posibilismo, deberían recordar que las grandes transformaciones, así como las grandes reformas, son siempre forzadas por grandes movilizaciones o revoluciones[20]).

Dicho en términos generales, estas tendencias contrapuestas y no resueltas –las tendencias políticas reaccionarias y “progresistas” vienen más bien “rebotando” sin definirse[21]– se expresan en la región sudamericana con casos extremos de Chile a Brasil (dos escenarios tampoco resueltos). En la Argentina se expresan alrededor de la idea general de si el gobierno de Alberto Fernández es un “interregno” entre dos gobiernos de Juntos por el Cambio, o viceversa: si el gobierno de Macri fue un interregno entre dos gobiernos K social liberales del Frente de Todos…

Todas estas cuestiones reenvían en definitiva a la lucha de clases, pero a la vez se expresan en un arco de tensión política-ideológica donde la polarización se está dando en la polémica entre el ultra capitalismo y el anticapitalismo que crece en el mundo y en la Argentina, al tiempo que el juego político dominante continúa ubicado en el “centro” (burgués).

La cobardía del FIT frente a este debate fue insigne: hicieron la campaña electoral más pobre de las que se tenga memoria; orientados por las empresas de marketing electoral, siguieron la recomendación de “no hacer olas”. Mientras tanto, por el contrario, nuestra campaña, evitando en todo momento caer en posiciones izquierdistas infantiles (una pésima escuela que no educa en nada si se quiere llegar a más amplios sectores que el pequeño círculo habitual), metió picante y chispa en el debate desde el ángulo general anticapitalista.

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Desde nuestro partido siempre intentamos hacer nuestras campañas con un ángulo general anticapitalista o socialista según sea el caso. Eso no quiere decir campañas meramente abstractas o propagandistas, sino “mechar” el concepto o contextualizar nuestro programa de transición o propuestas, explícitamente, dentro de ese marco, de manera de aportar aunque sea un gramo a la reconstrucción de la conciencia de clase de los trabajadores y la juventud. Sabemos que esto no es algo que dependa de nuestra pura voluntad: una recuperación socialista del movimiento obrero vendrá de varias tendencias agregadas, muchas de ellas objetivas. Pero tampoco vendrá espontáneamente “del aire” si ninguna corriente encara la tarea.

Ese “paralelogramo de fuerzas político-electoral” polémico que se armó entre determinados medios y redes sociales, fue explotado al máximo por la campaña de nuestro partido y por nuestra compañera Manuela Castañeira, que se destacó valientemente, una vez más, como una de las figuras de la izquierda con más personalidad. Y esto fue así aun si los votos no nos acompañaron, lo que ya depende de otras leyes vinculadas al “aparato” que uno puede desplegar, a la instalación de la “marca electoral” (dicho en el lenguaje del marketing) y a cuestiones que están pendientes de resolución –territorialidad–aunque venimos acumulando cuantitativamente en la materia.

La viralización de muchos programas y posiciones políticas, reportajes televisivos y en portales, etcétera, expresó objetivamente lo que estamos señalando: nuestro partido marcó, en la campaña hacia las PASO e incluso después, agenda por la izquierda. La continuidad de esto, incluso sin candidatura propia en el centro del país, es el próximo lanzamiento de la campaña por los 100.000 pesos de mínimo.

Desde ya que esto no alcanzó. El conjunto del electorado estaba “anestesiado” y solamente se despertó en parte luego de las PASO… Además, una cosa es impactar políticamente y otra “fidelizar” electoralmente, por así decirlo: llevar la simpatía genérica por los planteos a la figura y de ahí a la boleta. Y esto amén de la vastedad de los territorios, el grado de conocimiento de las figuras, algo dificilísimo de lograr porque estamos hablando de masas, de “capas geológicas” y territoriales de votantes, la desigualdad de medios financieros, etcétera[22]. La izquierda es una “marca” o un “sello” genérico en la Argentina. La instalación del FIT es mayor y en la izquierda cupieron las generales de la ley: el voto fue conservador, se votó a lo que se considera “útil”, por eso caló más la “unidad” que la renovación entre los votantes de la izquierda. Junto con esto hubo una enorme confusión: nuestra campaña y nuestra figura cooperaron considerablemente con los votos del FIT –sobre todo en la provincia de Buenos Aires con la campaña de los 100.000 y contra la precariedad laboral–, con mucha gente votando al FIT creyendo que votaban a Manuela Castañeira y nuestras propuestas…Es decir: no se discriminó demasiado en el seno de la izquierda en general (lo que nos afectó electoralmente, pero no nos afecta en el día a día en la instalación de nuestras figuras, sino lo contrario: ¡la proyección de Manuela parece no tener techo![23]).

El FIT no hizo nada parecido. Campaña de “tercera fuerza”, auto-referencialidad alrededor de la figura de Myriam Bregman y un opacamiento de la figura de Nicolás del Caño, que entendemos tiene que ver con la presión real –que a veces se olvida o se da por sentada de manera sectaria–de ser figura pública de una fuerza minoritaria. Del resto de las figuras del FIT mejor no hablar, porque al no tener primeros puestos siempre quedan relegadas; todos trabajan para Del Caño y Bregman aunque se lleven algún “poroto” menor.

Esto junto a los devaneos de marketing de auto-proclamarse “tercera fuerza” (así no más, sin siquiera decir “tercera fuerza electoral”) … Lo real es que no existe en el país ninguna “tercera fuerza” que no sea la burocracia sindical, que no se legitima electoralmente porque es una fuerza extraparlamentaria[24].

La izquierda revolucionaria revista como una fuerza orgánica de vanguardia. Electoralmente, los votos sumados de todas sus fuerzas constituyen una vanguardia de masas[25](apunte importante: los votos del Nuevo MAS y Manuela Castañeira son de enorme importancia porque son propios; fuera de la cooperativa electoral y del “mantra” de la unidad). En total, la izquierda es aún una fuerza minoritaria aunque con una inmensa conquista que no existe en muchas partes del mundo[26], a saber: a) una fuerza independiente con orgánica en sectores amplios de la vanguardia; b) una fuerza que es parte obligada del debate político nacional aun si está en minoría, y c) una fuerza electoral independiente con elementos de vanguardia de masas que alcanza, grosso modo y conjuntamente, el 5% de los votos y tiene algunas representaciones institucionales.

El FIT hizo una campaña oportunista, de adaptación a las reglas de juego del régimen, y se llevó los votos de la izquierda por instalación. Nuestro partido hizo una campaña audaz, se colocó en el paralelogramo de fuerzas de una campaña que politizó a un sector variable, cuyos alcances es difícil medir pero que tuvo enorme impacto objetivo. Pero con esto no nos alcanzó: las fuerzas de la inercia, de aparato, más conservadoras, fueron superiores en esta oportunidad, en razón de la falta de ascenso de la lucha de clases y de la pandemia.

A una organización de izquierda que concurre sola a las elecciones, que orgánicamente es limitada, aunque joven y muy militante, todos los fenómenos objetivos tienen por fuerza que afectarla más: sea la polarización en 2019, sea la pandemia y la pasivizacion ahora en 2021.

Sin embargo, nos llevamos un enorme logro –aunque no en el terreno de los votos–, que es haber realizado una campaña independiente, sembrar hacia el futuro, aportar a la agenda política, objetivizar una campaña como nunca antes (es decir, ser un actor electoral objetivo), romper las paso en cinco distritos (razón por la cual estamos relanzando la campaña electorala sí como una ofensiva con el proyecto de los 100.000 pesos de mínimo) y construirnos estratégicamente en todo el país. Que nos faltó un triunfo expresivo, y que los triunfos permiten un salto en calidad, es así y no vamos a negarlo: es una ley de toda construcción y hay que seguir trabajando día a día en función de ese salto en calidad[27].

  1. Una campaña que marcó agenda

Veamos ahora, específicamente, los ejes políticos y los momentos de nuestra campaña electoral. Toda campaña electoral comienza por una lectura de la coyuntura y ajusta a tal circunstancia su programa.

En realidad, en campaña no se hace algo muy distinto a lo que hace el partido en su actividad cotidiana en materia de ejes políticos; sí se buscan las formas más pedagógicas de formular nuestra política. Además, la campaña electoral termina poniendo un foco popular en la política, cosa que no ocurre cotidianamente –esto puede ocurrir más activamente o más pasivamente según las circunstancias–. De cualquier manera, el contexto electoral obliga doblemente al partido revolucionario a ser preciso y pedagógico en sus planteos dada la ampliación de la audiencia.

La campaña electoral, como toda campaña, es un momento concentrado y centralizado de actividad para el partido, con un eje que tiene como dos planos: a) uno tiene que ver con los planteos políticos generales, eventualmente más propagandísticos, el anticapitalismo por ejemplo, y b) otro plano más concreto vinculado a una serie de propuestas transicionales, a un programa que dé respuesta a las necesidades populares más urgentes.

El contexto internacional de cuestionamiento y debate entre la reafirmación reaccionaria ultracapitalista y la emergencia de un movimiento juvenil anticapitalista alimentaron en la campaña, y alimentan en todo el mundo, un progresivo crecimiento del debate ideológico sobre el sistema que es de enorme importancia tomar en nuestras manos, hasta porque es educativo hacia amplios sectores. El FIT no lo hizo, por ceguera o cretinismo político inexplicable cuando incluso los enemigos de clase suscitan el debate sobre el sistema; nuestro partido lo viene haciendo hace años en sus campañas. Y en este caso estuvimos en nuestra “salsa”, porque el debate sobre el capitalismo se transformó, del debate propagandístico que solía ser, en una lucha política áspera y polarizadora con los liberfachos, los reaccionarios de toda laya e incluso, de manera indirecta, con los posibilistas arrastrados del sistema (los K).

El ángulo del anticapitalismo tuvo ribetes de provocación, como cuestionarle a Manuela Castañeira que utilizara un teléfono móvil iPhone y estupideces por el estilo, como si todo lo que existe bajo este sistema, hasta los inodoros y el papel higiénico[28], no dependiera del trabajo humano y del desarrollo de las fuerzas productivas históricas de la humanidad sino de los parásitos capitalistas[29]

El trap de la juventud con el llamado a votar a Manuela tuvo un impacto y una viralización que todavía sigue vigente y se va a reactivar hacia las elecciones de noviembre. Tal ha sido el impacto que lo hemos patentado en Sadaic para que a ninguno se le ocurra robárnoslo. Dicho impacto tiene el mismo objetivo y las mismas razones: la manera en que se ha ido colocando internacionalmente en el centro de la escena el debate sobre el capitalismo.

Parte de lo anterior, aunque en otro plano, es la campaña por renovar a la izquierda, otro enorme acierto de la campaña, independientemente de que no es sencilla cuando pesa la “unidad” entendida como voto útil. Ante el planteo ultimatista y tramposo del PTS de que el Nuevo MAS baje sus banderas y candidatos para ir detrás de su campaña rutinaria y para que legitimemos la cooperativa electoral oportunista, terciamos hasta donde pudimos –desde el punto de vista del impacto mediático– con el planteo de un debate previo entre Manuela y Del Caño, al cual, evidentemente, el PTS se negó rotunda y cobardemente[30].

Todos estos fueron logros de la primera etapa de la campaña, pero en el desarrollo de la misma y haciendo la experiencia a partir del ida y vuelta –en realidad, hubo mucha “ida” y poca “vuelta” por la pandemia y la pasivización del movimiento de masas– pasamos a centrar nuestra campaña en el eje de los 100.000 pesos de mínimo y la condena a la precariedad laboral, una consigna que conectó con amplísimos sectores de trabajadores precarios y jóvenes (y que terminó agarrando vergonzantemente el propio FIT). Para las mentes formales la consigna puede parecer “mínima”, pero en estas condiciones, donde una de las claves del ajuste es que el salario promedio esté pulverizado en alrededor de 250 dólares, el más bajo de los últimos 18 años, el colocar un piso de unos 550 dólares apunta a levantar el piso salarial de todos los trabajadores.

Desde ya que al plantear los 100.000 $ y salir todo el periodismo fascistoide, derechista y kirchnerista a afirmar que sería “imposible”, se colocó inmediatamente la discusión de las medidas –anticapitalistas–para lograr tal propuesta. Eso denotó otro de los elementos del programa de transición, porque una medida que lleva a otras es transicional; como contra ejemplo, es mínimo y no transicional el reclamo de alimentos y planes sociales que levantan los movimientos de desocupados, incluso los dirigidos por la izquierda.

De ahí que Manuela Castañeira y el resto de nuestros candidatos y candidatas hayan empezado a plantear el aumento de las retenciones al 50% en un país donde los capitalistas agrarios nadan en los dólares de la renta diferencial (“que se aumenten las retenciones al 50% y se dejen de joder” afirmó Manuela para Infobae), así como todo un conjunto de medidas de afectación de las ganancias empresarias, de eliminación del falso impuesto al trabajo, de establecimiento de verdaderos impuestos a las riquezas, etcétera, confluyendo hacia el no pago de la deuda externa y la ruptura con el FMI.

En realidad, en condiciones de ausencia de crisis política inminente, la campaña hacia septiembre terminó siendola presentación de un plan económico alternativo con medidas anticapitalistas para que paguen los empresarios. La abstracción, correcta pero abstracción al fin, de reducción de la jornada laboral a 6 horas del FIT, es algo que nadie entendió ni conectó con ninguna fibra real de los trabajadores[31].

En las condiciones de miseria salarial actual, donde casi el 50% de la población es pobre, es decir no alcanza la canasta básica de 67.000$, el planteo de los 100.000 pesos tuvo enorme impacto, tan grande que no pudimos “fidelizarlo” con la figura de Manuela Castañeira y de nuestro partido y se lo llevó, en importante medida, sobre todo en el centro del país, el FIT (la izquierda en general digamos).

Junto con lo anterior, y vinculado a la pelea de los tercerizados de EMA, del ferrocarril y los cortes en el Puente Pueyrredón, pelea obrera de vanguardia que cruzó todas las PASO, instalamos con muchísima fuerza también el eje contra la precarización laboral así como la exigencia del reconocimiento del Sitrarepa, el sindicato de base de reparto por aplicaciones impulsado por nuestro partido y que viene siendo exitoso en el sector.

Desde ya que el vuelo bajo del periodismo y el revolcarse día y noche en el más llano sentido común, más los ataques de la ultraderecha y el mirar para otro lado del Frente de Todos (la apuesta al aparato y nada más que el aparato), hicieron que la discusión electoral no fuera fácil[32].

La campaña electoral del partido y todos sus candidatos y candidatas en todo el país, fue la más grande que hayamos realizado nunca, independientemente de los resultados más bien modestos.

En amplios círculos más o menos politizados, la campaña cruzó “como un rayo en un cielo sereno”: la viralización de intervenciones y posiciones –sobre todo a través de Manuela Castañeira– fue inmensa, desconocida, sin antecedentes para nuestro partido, una siembra a recoger en el futuro inmediato (no tenemos claro el grado de instalación al cual hemos llegado aún sin haber pasado las PASO en provincia de Buenos Aires; pero hay algo objetivo y grande en nuestras manos).

Las enseñanzas son miles, pero quizás una de la más importantes es la capacidad que tuvo nuestro partido de ubicarse dentro de las coordenadas políticas del momento, en el centro del debate político, aprovechando un “tándem” que va desde la participación televisiva o radial, de los medios periodísticos de portales y papel, y de ahí a la difusión en redes sociales, lo que, en los casos de alto impacto, se encargaron de hacer las propias redes sociales de los grandes medios de comunicación, “atrapados” entre sus posiciones reaccionarias de desprecio e intento de bajarle el copete a la izquierda y la presión del rating y la competencia con los demás medios.

Esto se expresó en la campaña electoral: la “magia” de la política revolucionaria, la capacidad de entrar en el paralelogramo de fuerzas armado por la propia campaña, dio lugar a una determinada objetivación de la misma como nunca logramos, aun si en esta oportunidad, y por razones macro que también existen y hay que seguir trabajando por resolver, no alcanzó para romper los pisos proscriptivos o para traducir el impacto político del debate sobre el conjunto electoral.

En esto, no hay que negarlo, pesa también que un partido joven y dinámico como es el Nuevo MAS, atravesado por dos años continuos de pandemia y sin clases universitarias, tiene poca “reticularidad” hacia abajo; todavía una limitada extensión territorial (¡aunque conquistamos más de una docena de legalidades, un logro inmenso!) e inserción orgánica, que de todas maneras también está en crecimiento fundamentalmente en fábricas, en el proletariado industrial.

La enseñanza es que hacen falta ambas determinaciones –la política y la orgánica-territorial–aunque no sean fáciles de lograr (política más aparato). Pero de todas maneras, la enseñanza sigue siendo que la política es la que manda, aunque manda mucho más en condiciones revolucionarias (ver al respecto las enseñanzas de Trotsky en la Historia de la Revolución Rusa cuando señalaba que la idea de que el bolchevismo era un aparato inmenso era falsa; también las enseñanzas de Nahuel Moreno cuando explicaba que aun con partidos pequeños se pueden hacer cosas grandes, aunque, claro está, sigue siendo fundamental llegar a ser organizaciones maduras con miles de militantes reales organizados si queremos cambiar la historia).

  1. El oportunismo del FIT

Nuestro balance está claro y lo hacemos público. Estamos orgullosos de la campaña política que hicimos, de lo que aportamos al debate más estratégico sobre lo que está en juego en el país y en la región, y seguiremos trabajando por romper el piso electoral. Nos hacemos cargo de nuestros puntos fuertes y débiles, pero con mucho orgullo por lo que significa la construcción de esta organización de vanguardia todavía juvenil revolucionaria. ¿Y el FIT?

En estas elecciones tuvieron más pánico que nunca de que el Nuevo MAS pasara las paso. Le cedieron una interna a una organización como el MST que les robó muchos votos para una estrategia de conciliación de clases, para un grupo político advenedizo. Todo para qué: para sostener una cooperativa electoral que a veces amenaza estar atada con alambre porque acumula, una tras otra, inercias oportunistas y desconstrucción –no construcción por abajo–.

Veremos los resultados en noviembre. Como siempre, llamaremos a votarlos críticamente tanto a ellos como a Zamora en CABA (además de votar a nuestros candidatos en las provincias donde rompimos el piso, lógicamente), porque su oportunismo es colosal pero continúan como una coalición independiente. Aunque con el peligro creciente del MST, que vendió su independencia política y no sacó nada de lo que buscaba: cargos. Les fue mal en Córdoba, no llegaron al 2% en los principales distritos, y su campaña de “re-evolucionar” la izquierda fue de lo más oportunista en el “mercado de la izquierda”).

Si el FIT consagra diputados en noviembre –algo muy factible sobre todo en provincia de Buenos Aires–, continuará y veremos cómo siguen las cosas de aquí en adelante. Si no los consagran, o no consagran los suficientes, veremos las consecuencias. Lograr representaciones parlamentarias, dejar la marginalidad, ir hacia una influencia mayor, son condiciones imprescindibles para construir un partido revolucionario; logros que no pretendemos negar. Quien no pase por esa escuela quedará toda la vida como una secta, una organización que no le servirá a la clase obrera.

Sin embargo, se trata de un desfiladero muy complejo donde las acechanzas oportunistas están a la vuelta de la esquina y ya se deglutieron un partido, el Partido Obrero, transformado en un movimiento social de lucha (por decirlo de alguna manera), el Polo Obrero; por no hablar del viejo MAS o de otras organizaciones trotskistas en otros países en décadas anteriores.

Hasta ahora hablamos de conclusiones provisorias en lo macro y lo micro. Veremos noviembre y veremos el escenario político del 2022, que sin duda será movido porque el gobierno se va a someter al FMI; sino lo hace va derecho a un default y no están dispuestos a tomar ninguna medida revolucionaria, ni siquiera progresista. El propio gabinete remixado es pesado, de paladar negro peronista, para aguantar una eventual crisis de gobernabilidad.

Nuestro partido aportó al debate político estratégico y no regaló su independencia política a nadie. Sembramos y vamos a cosechar en lo que viene por delante, en la crisis eventualmente aguda que está en el horizonte. Más que nunca hay que construir el Nuevo MAS sobre bases sanas: ni oportunistas ni sectarias, apropiándonos de todo el terreno ganado en la campaña.

  1. El nuevo gabinete y las perspectivas de crisis para el 2022

Respecto del nuevo gabinete no desarrollaremos mucho en este texto ya que está toda la coyuntura ad-referéndum de la votación definitiva el 14 de noviembre.

Sin embargo, se pueden adelantar algunas cosas: desde ya que no es un gabinete progresista ni nada por el estilo. En todo caso, al “voto castigo” el Frente de Todos lo leyó, más bien, como un voto conservador con un mix de motivaciones económicas y también por la falta total de timming y el cierre excesivo por la pandemia, razón por la cual han salido a adelantar medidas en ambos ámbitos (paliativos y apertura pandémica).

En materia económica las concesiones a la burguesía son más reales, por ejemplo, el levantamiento a las restricciones a la exportación de carnes, o que a partir de 2022 la exportación automotriz por encima de lo exportado en 2020 no pagará un centavo de retenciones. Mientras tanto, para los de abajo son solo migajas que no cambian nada estructural. Todo este verso de los “programas” o “proyectos” o asistencia monetaria o cosas así solo consagran un mercado laboral tripartito del cual son cómplices todos los gobiernos capitalistas –los Fernández y Macri–, consagrando un núcleo en blanco cada vez más chico, una enorme franja precarizada y todo un tercer universo de desempleados estructurales. La precariedad laboral es política de Estado, de ahí que el conflicto de 30 o 40 eléctricos de EMA a lo largo de meses no haya tenido más respuesta que planes o algo de plata, pero ni por las tapas aceptar la idea de que puedan ser reincorporados y pasados a planta.

Parte de esto mismo es mantener el escandaloso impuesto al trabajo, al cual se le “sube el piso” transitoriamente, pero inflación y devaluaciones mediante se vuelve a derrumbar con los trabajadores pagando 30.000, 40.000 y hasta 50.000 pesos de “ganancias” mensuales, lo que configura un techo insuperable para las franjas obreras mejor pagas, las automotrices, petroleros, aceiteros, etcétera. En la Argentina de Alberto Fernández y Macri –porque el Frente de Todos y Juntos son cómplices en todo lo que es de fondo en el país– el salario no tiene piso, casi el 50% de la población está por debajo del nivel de la pobreza, pero el salario sí tiene techo: ningún trabajador puede ganar –de bolsillo– algo más que 150.000 pesos, lo que visto en dólares sigue siendo una miseria espantosa[33]. Mientras tanto, todo un PBI –¡350.000 millones de dólares!– está como tenencia de los argentinos pudientes en el exterior o en algunos colchones, y a nadie le importa que Vicentín sigue vivito y coleando a pesar de la estafa insigne realizada, que es haber realizado reiteradas exportaciones en negro vía Paraguay al tiempo que vaciaba la empresa en la Argentina. ¡Y ahora tienen el tupe de pedir una quita del 70%!

El verso del “progresismo” kirchnerista es eso: puro cacareo y la incapacidad orgánica de tomar ninguna medida estructural de fondo o mínimamente progresista contra la patronal. De esto mismo surge el carácter del nuevo gabinete. Si vuelven a perder o si empatan las elecciones de noviembre –nadie espera que el gobierno las gane, pero podría empatarlas, sobre todo recuperarse algo en la provincia de Buenos Aires–, lo que han nombrado es un gabinete para aguantar el chubasco, asegurar la gobernabilidad. Y a no olvidar que, de todos modos, el peronismo monopoliza los sindicatos.

A nadie se le ocurre que el gobierno vaya a romper con el fondo, aunque pueden sobrevenir turbulencias y crisis en el Frente de Todos por tener que pagar el costo político del ajuste. Pero el año que viene vencen 19.100 millones de dólares, y si no se refinancian se puede caer en un default y una nueva hiperinflación; una crisis como la del 2001 que ningún sector patronal quiere.

Así las cosas, lo que se viene, gane quien gane las elecciones, es una nueva devaluación del 20 o 30% en enero –se hacen los giles convalidando devaluaciones en el verano para que la población esté distraída– y un 2022 de ajuste donde, pasada la pandemia y su factor anestesiante, quizás haya más luchas y reclamos; un año más caliente que los últimos dos. Luchas y reclamos donde la izquierda deberá tener un importante rol a la vanguardia de los procesos, así como transformarse en el vocero político de dichos reclamos y del planteo de un programa alternativo al ajuste permanente.

Qué combinación habrá de voto castigo y conservador, se verá el 14/11. Por ahora la definición más equilibrada parece ser que en septiembre hubo precisamente eso: un voto castigo conservador con alguna polarización en los extremos –bien a la derecha en CABA y compensado por la izquierda en provincia de Buenos Aires (suma de los votos del FIT y el nuevo más). Noviembre dejará el resultado electoral puesto, expresando las tendencias agregadas en ese terreno, pero, como sabemos, tampoco serán la última palabra. La última palabra la tiene la lucha de clases. Y más allá de derrotas de importancia como la escandalosa “votación” en la asamblea de “campo de concentración” de Toyota del convenio a la baja impuesto por el SMATA semanas atrás, puede haber cierto “sopor”, si se quiere, o “impasse en la lucha de clases” en la coyuntura –salvo en el movimiento de desocupados engrosado en los últimos dos años–,pero de ninguna manera una derrota generalizada[34].

Si la burguesía maneja mal el timming le puede aparecer una nueva jornada de diciembre como la del 2017, un hecho demasiado reciente que evidencia el dinamismo del país; la “rebeldía del país plebeyo” (más bien obrero y popular como decimos nosotros).

Las clases universitarias finalmente volverán. Y también veremos alguna recuperación del movimiento de mujeres si es que los anti-derechos vuelven a la carga. Además, están las luchas más dinámicas que vienen siendo las de los trabajadores precarizados, la pelea por el reconocimiento del Sitrarepa, las ocupaciones de tierra con el antecedente de Guernica y todos aquellos movimientos de masas que hacen de la Argentina un país muy dinámico. Sin olvidarnos de cómo está creciendo el movimiento ecologista y lo que se va a plantear como la puesta en pie de un movimiento antifascista si lacras como Milei, Espert o López Murphy (sobre todo el primero) siguen creciendo.

  1. Frentes únicos y partidos. Alcances y límites

Lo anterior nos lleva a los problemas del frente único y al carácter del FIT. El FIT se ha convertido, definitivamente, en una cooperativa electoral donde todos los demás grupos consagran la hegemonía política del PTS. El PTS es un partido más o menos juvenil y plebeyo con alguna inserción laboral y territorial incomparablemente más débil que el viejo MAS, que, justo es decirlo, respondió al cierre de otra etapa histórica –todos los partidos del trotskismo de los años 70 y 80 fueron sustancialmente más grandes de lo que somos todos hoy–. Ni siquiera tiene la envergadura e inserción que llegó a tener el viejo PO sobre el filo del 2010 –cuando, de todas maneras, ya acumulaba elementos visibles de crisis e inercia–.

Todas las organizaciones parecen haber perdido militancia por la pandemia, y las virtualizadas al exceso como el PTS, más. Como ya sabemos, el FIT es además un frente único contra el nuevo MAS simplemente porque preferimos seguir un camino independiente; no nos interesa consagrar una hegemonía ficticia de la secta oportunista del PTS,y se verán las alternativas tácticas hacia el futuro, pero nuestra independencia política es una marca de nuestra identidad.

Nada de esto implica una teorización sectaria contra los frentes únicos. Los mismos, como tácticas, son lógicamente sentidos por los trabajadores y el público de izquierda en general, y es correcto que sea así porque todo el mundo quiere la unidad contra el enemigo de clase, al cual se visualiza –y lo es salvo en condiciones revolucionarias– como más fuerte.

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Nuestro partido impulsará los frentes únicos en todos los casos que sean necesarios y posibles –claro que jamás a costa de nuestro “cadáver”–y ni hablar de la unidad de acción en la lucha común. La paradoja aquí es que la cobardía del PO al haberse transformado en un grupo sumiso al PTS le ha cedido la hegemonía en lo que es más importante, la hegemonía política, mientras que por fuera del FIT, aun sufriendo cierto aislamiento y sin perder las proporciones de las cosas (no dirigimos ningún frente de masas todavía), nuestro partido ha logrado imponer una figura nacional de las más importantes de la izquierda, así como construirnos fuertemente en la juventud, insertarnos socialmente de manera creciente entre los trabajadores sobre todo fabriles y extendernos nacionalmente.

Que nos gustaría sacar más votos y pasar las paso en los principales distritos, lógicamente. Pero no subordinamos la estrategia a consideraciones tácticas, ni estamos dispuestos a ir a la cola de nadie:¡nuestras concepciones profundas no se las cedemos a nadie porque hacen parte de un balance estratégico del movimiento obrero y de cómo concebimos nuestra relación con la clase[35]!. La acumulación está en función de la estrategia de la revolución social, no de algún logro efímero electoral de los cuales ya hemos visto muchísimos desde los años 1980 para que luego aquellas corrientes que giraron al tacticismo se hundieran como castillos de naipes –viejo MAS, PO, etcétera–[36].

Desde ya que esta ubicación, que se ordena alrededor de lo más estratégico, debe evitar caer en todo sectarismo. No es que con la estrategia alcanza: la táctica es el eslabón que ayuda a llevar a efecto la estrategia, que sino puede quedar abstracta, en el aire. Pero en todo caso es una ley de la lucha de tendencias que para maniobrar mejor tácticamente hay que hacerse valer, hay que tener una acumulación y una referencia general en determinados sectores que permitan en el choque de fuerzas de la izquierda –que siempre es un choque material y no puramente verbal o “platónico”–, a la hora de las negociaciones, tener posiciones materiales de fuerza para hacerse valer.

Lógicamente, somos conscientes de que necesitamos votos y representaciones parlamentarias para disputar hegemonía sobre amplios sectores de masas. Pero esto tampoco se puede lograr si se impone el tacticismo de ir a la rastra de alguna organización u organizaciones que no solamente se deslizan al oportunismo sino que tienen concepciones estalinoides reñidas con el socialismo revolucionario, con la pelea para que el partido revolucionario colabore con hacer de lo mejor de nuestra clase una protagonista real de la transformación social revolucionaria.

Por lo demás, el FIT tiene los puntos fuertes y débiles de todo frente único. No existe hegemonía real consagrada en la izquierda argentina. Todas las fuerzas del FIT dependen de la cooperativa electoral para lograr sus ganancias parlamentarias y no podrían sostenerlas por fuera de tal frente. Está más o menos consagrado como un frente oportunista de independencia de clase; el oportunismo es lo absolutamente negativo, como se pudo ver en la campaña electoral dominada por la rutina, y la independencia política el elemento progresivo que sobrevive y reconocemos.

Los puntos fuertes del FIT son, también, dialécticamente, sus puntos débiles: tienen la fuerza y la debilidad del frente único(algo que suma hoy y puede desmoronarse mañana si se desarma, porque es un frente y no un partido unificado). Y, de momento, se llevan la bandera la unidad. Además, al ser una fuerza minoritaria, no quedan expuestos en sus falencias y miserias frente al electorado en general. La debilidad, repetimos: roto el frente único se derrumba todo.

Pero en fin, nada de esto niega que el frente único sea una herramienta fundamental que nuestro partido deberá aprender a utilizar en la medida en que logre una fortaleza relativa para hacerse valer dentro de los mismos; una herramienta en la que tenemos poca experiencia por cuenta de nuestro aislamiento, de la necesidad que hemos tenido de abrirnos paso por fuera del FIT dadas nuestras leyes constructivas, y que una corriente todavía esencialmente juvenil no saber manejar.

Aquí existe otra ley: toda corriente o partido emergente se ve obligado, muchas veces, a hacerse valer por fuera si es que tiene “arriba” un adversario o grupo de adversarios que trabajan por la destrucción del partido, por la liquidación de su independencia política (como es el caso del FIT en relación a nuestro partido).

Cuando el FIT se configuró en el 2011 con el frente único del PO más el PTS-IS, bloquearon nuestro ingreso porque rechazaron el pedido nuestro de un cargo –menor– para poder hacer política de manera independiente. Trataron de humillar a nuestro partido, someterlo. Y en los últimos diez años, amparándose en su adaptación al régimen, mantuvieron la misma tesitura incluso haciendo chanchadas sin principios como ir a la justicia burguesa para proscribir nuestra boleta –¡la justicia electoral patronal estuvo a la izquierda de ellos rechazando semejante pretensión!–.

El FIT es –hasta el momento; se verá mañana–un adversario político acérrimo de nuestra organización. Nuestro partido tiene abierto un abanico de tácticas que se resolverán en cada momento, pero jamás a costa de renunciar a nuestra independencia. Más temprano que tarde, la falta de porotos podrá hacerles crisis y eso planteará un barajar y dar de nuevo en la izquierda (si las circunstancias son diferentes porque el FIT sostiene su estabilidad y logra una buena elección, se verá). Para ese momento seguiremos construyéndonos de manera independiente y fortaleciéndonos bajo nuestros propios criterios y leyes constructivas, las de una organización de vanguardia revolucionaria todavía juvenil pero con tendencia a una creciente inserción entre los trabajadores amen de su creciente extensión nacional, que intenta no ser ni sectaria ni oportunista, pero que no podemos concebir por fuera de las circunstancias de tiempo y lugar: en otros países nuestra corriente tiene otras leyes (hasta el momento somos parte crítica del NPA en Francia así como del PSOL en Brasil, mientras que en Costa Rica construimos el NPS porque no existe otro espacio independiente de mediación).

  1. Figuras, medios y redes sociales

Respecto del problema de las figuras hemos escrito en varias oportunidades pero es necesario volver sobre el tema. Esta campaña electoral extraordinaria mostró la importancia de las mismas. Las figuras, aunque no tengan un cargo parlamentario (es mejor tenerlo para consagrarlas, desde ya) cumplen un doble rol: son un vehículo esencial hacia dejar de ser una secta, hacia más amplios sectores, además de que se entrelazan en el debate político nacional, sobre todo porque en la Argentina, como en algunos otros países, aun siendo minoritaria la izquierda es una parte esencial del debate político.

Aunque los votos no acompañaron, el impacto político de la campaña con Manuela Castañeira marcando agenda por la izquierda fue objetivo y no hay nadie que pueda tapar esto. Manuela polarizó y le puso contenido a la campaña de una manera que opacó a un frente de cuatro partidos con recursos millonarios como es el FIT.

¿Cómo funcionan hoy las figuras? Un poco como funcionaban en el siglo pasado las siglas partidarias. Lo que en el pasado era más indeterminado –aunque más colectivo–, y más allá de que las figuras siempre tallaron (pensar en el papel de Karl Liebknecht por ejemplo[37]), hoy se expresa en las figuras políticas emergentes que en las condiciones del siglo XXI son más fáciles de visualizar por la gente. Un partido, una “firma” partidaria, puede sonar –salvo en las organizaciones de masas– como algo muy “abstracto”. Pero una persona de carne y hueso que se transforma en una suerte de “personaje” de la política, es algo que se puede tocar y palpar (aunque sea algo más “etéreo”, evidentemente, que una organización).

Las figuras suelen instalarse con representación parlamentaria, la que, insistimos, es fundamental lograr. Sin embargo, en las condiciones de este siglo, con la fuerza de la política partidaria y también buenas representaciones que expresen movimientos sociales reales de los de abajo y tengan personalidad propia, es factible instalar figuras “extraparlamentarias” que participen del debate político en pie de igualdad con cualquier otro político patronal (obvio, la representación parlamentaria ayuda a la legitimidad y a ser menos atacados).

Si la figura es visualizada en todas las luchas –como corresponde a una figura de la izquierda; ¡recordar cómo todo el FIT se ausentó de Guernica, al contrario de nosotros con Manuela, una vergüenza insigne!– y además no es un “ñoqui” sino que trabaja de manera asalariada, eso da una legitimidad que muchas veces supera la legitimidad parlamentaria, sobre todo por abajo aunque en los medios esto sea muchísimo más complejo.

Hay que representar movimientos de lucha, hay que estar en las luchas más importantes poniendo el cuerpo y hay que tener política y formación; solvencia y personalidad para todos los debates y polémicas públicas en la TV y los medios, circunstancia que se va a polarizar y radicalizar conforme crezca la crisis capitalista.

Por lo demás, fundamentales son las comisiones de medios, todos los compañeros y compañeras que trabajan sobre la TV, la radio, la prensa escrita y el inmenso multiplicador que son todas las redes sociales. Esto también es un sustituto –parcial– de la representación parlamentaria porque la proyección que da la participación en los medios sumada a las redes sociales es dinamita pura.

Pasa que acá ocurre otra cosa: el campo político está cruzado por la política, es decir, por sentar posiciones frente a los eventos. Y la “velocidad del sonido” que han adquirido la política y los planteamientos con los medios y las redes sociales, no tiene antecedentes (de ahí también la importancia de los portales, aunque el papel siga cumpliendo un papel formador accesorio y en el trabajo persona a persona).

La política siempre fue como un “rayo” que cruza el campo social. Y más aún lo es hoy, incluso si, paradójicamente, el medio en el cual se actúa es mucho más despolitizado que décadas atrás y aunque la política esté transformada en muchos casos en espectáculo y amarillismo como para degradarla, como para alejar a la mayoría de la población de los asuntos generales y dejar que cristalice en manos de una minoría de vivillos burgueses.

Pero las necesidades y reivindicaciones reales de los explotados y oprimidos terminan irrumpiendo en el campo social y político, y las figuras partidarias, sumadas a los medios y las redes, son un vehículo con una potencialidad inmensa que, si se le suma la representación parlamentaria que no deja de ser imprescindible, puede ir construyendo una fuerza de la izquierda con creciente influencia de masas orgánica que pueda hacer historia.

Nuestro partido acumula estratégicamente y trabaja pacientemente para ese lado. No tiene la pretensión de hacerlo solo como una secta estalinista de las que tanto pululan en el mundo y en la Argentina. Pero sí tener la suficiente relación de fuerzas en cualquier frente único que se precie de tal y sea progresivo, para imponer lo que considera más importante: lograr un crecimiento orgánico como organización revolucionaria con influencia de masas orientada a la revolución social que signifique, simultáneamente, un progreso político real de lo mejor de nuestra clase. Esta perspectiva estratégica nuestra es “marca de orillo” de nuestra corriente y es irrenunciable: hace a nuestra concepción del socialismo y la revolución, y no la cederemos ante ninguna presión.

  1. Votos, orgánica y construcción partidaria

Esto nos lleva, finalmente, al vínculo entre los votos y la inserción orgánica. Esta relación admite todo tipo de desarrollos desiguales. Se puede tener mucha inserción orgánica y pocos votos, o viceversa. El caso de la izquierda hoy en la Argentina es precisamente la segunda: bastantes más votos que inserción; y en el caso donde esto es más agudo es en nuestro partido, no tenemos problema en reconocerlo.

Hay una serie de proporciones entre el 5% más-menos que saca la suma de la izquierda en los últimos 10 años y determinada acumulación en la juventud estudiantil, la vanguardia obrera y el movimiento de desocupados, el movimiento de mujeres, etcétera.

Estas relaciones, como todas las relaciones, son desiguales. Y en el caso del siglo XXI, más desiguales si se quiere, porque si el estalinismo está destruido, no es el caso del reformismo. Y por lo demás seguimos en un período histórico más despolitizado, donde el horizonte de la revolución parece estar todavía, aunque menos que 20 años atrás, por fuera del horizonte de las grandes masas (de ahí el crecimiento de fenómenos como el trumpismo, el bolsonarismo y los evangélicos entre sectores de masas).

De cualquier manera, el debate político, el construir figuras, el sacar votos y representaciones influencia en el peso orgánico y viceversa: existen determinadas proporciones entre uno y otro término, y no hay ninguna ley que diga qué va primero y qué le sigue; es un proceso desigual (aunque es real que hace falta un piso orgánico mínimo para todo lo demás).

Cuidando las proporciones de las cosas, evitando la adaptación electoralista pero sin ser sectarios anti-electorales (un cretinismo ridículo que significa dispararse un tiro en el pie), dando pasos constructivos pacientes y sistemáticos, avanzando en la orgánica en el movimiento estudiantil y obrero, siguiendo las leyes férreas de construcción de un partido de vanguardia (¡que convocan a evitar como la peste todo populismo!), el partido y la corriente internacional se van construyendo y acumulando para un proceso de radicalización de la lucha de clases que la tendencia caótica del mundo cada vez coloca más cerca.

Dicho todo lo anterior, presentamos este texto como “acta” o incluso material de formación, como las primeras enseñanzas dejadas por esta campaña electoral histórica que nuestro partido acaba de realizar, y que continúa ahora con la presentación del proyecto de los 100.000 pesos de mínimo y la pelea en las cinco provincias donde, por primera vez en 10 años, rompimos el piso proscriptivo.

¡Vamos por la construcción del Nuevo MAS, un partido que viene de una campaña electoral extraordinaria y que apunta a transformarse en una de las principales organizaciones de la izquierda argentina y con mayor proyección estratégica!

 


[1] Demás está decir que esto no es excusa para militar dentro de las formaciones burguesas imperialistas, como es el caso de los Democratic Socialists of America, que revistan dentro del Partido Demócrata (incluso con éxitos en materia de reclutamiento militante y representación parlamentaria). De esta “prisión política” que liquida la independencia de clase todavía no se ha encontrado la forma de salir, aunque en la tradición política de la izquierda norteamericana hay ejemplos de actuación electoral independiente (a principios del siglo XX por parte del Partido Socialista y Eugene Debbs y hacia mitad del siglo pasado con las candidaturas –muy minoritarias por cierto– del SWP (Socialist Workers Party) norteamericano.

[2]Está clarísima la desigualdad de una pelea de cuatro fuerzas contra una.

[3] Está clarísimo que marcar las dificultades que entraña una campaña electoral con aspiraciones a representación parlamentaria no significa decir “gracias, no fumo”: cuidando las leyes constructivas de la organización revolucionaria, hay que “adaptarse” hasta cierto punto, siempre críticamente, a las reglas de juego que entraña cualquier campaña electoral, cualquier intento de llegar a más amplios sectores que el estrecho círculo de la actuación cotidiana de vanguardia. De no intentarse esto, nunca se logrará instalar figuras políticas, representación parlamentaria, nunca se logrará ser una “fuerza elegible” y la organización se mantendrá en la marginalidad, consumiéndose: ¡imposible construir así un verdadero partido revolucionario con intenciones de hacer historia!

[4] En la vida cotidiana en la “sociedad civil”, las y los trabajadores viven alrededor de los asuntos del día a día: básicamente, la supervivencia económica. Esto cambia en dos momentos: a) distorsionadamente a la hora de las elecciones, cuando el voto aparece como la acción política por antonomasia; y sobre todo, con mucha más profundidad, b) en las grandes crisis revolucionarias, cuando amplísimos sectores de los de abajo toman las cosas –tareas, decisiones, gobierno– en sus manos.

[5]Una política ultracapitalista o reformista según los casos.

[6] Piso proscriptivo que se revela muy difícil de romper con las organizaciones de vanguardia que somos todos los partidos de izquierda hoy en la Argentina, estando por fuera de alguna coalición.

[7] En la reciente elección nuestro partido lo logró en algunas provincias de menor importancia, una conquista relativa que nos permite, simultáneamente, sostener nuestra legalidad nacional partidaria.

[8] Todos los partidos políticos patronales en el mundo son grandes máquinas electorales; nunca hay que olvidar esto ni perder las proporciones de las cosas; además de participar en las elecciones porque son una plataforma política inexcusable, no hay que perder de vista que nuestro objetivo es hacer la revolución sobre la base de la lucha en las calles de las grandes masas.

[9] Es significativo que los partidos del FIT aparezcan adelgazados en su capacidadmilitante aunque electoralmente logren éxitos. Tienen una inserción histórica mayor que nuestro partido y más capas generacionales intermedias, pero hay que entender por qué luego de estar en cierto “candelero electoral” durante largo tiempo –muy progresivo, hay que decirlo–, esto se no se ha traducido en mayor inserción orgánica. Esto se explica por factores objetivos, pero también subjetivos, de balance.

[10]Las corrientes estudiantiles del gobierno y también gran parte de la izquierda han cometido un crimen contra el estudiantado con pocos antecedentes históricos al desmovilizarlos de tal manera.

[11] Un sector pequeñoburgués con veleidades tuvo la posibilidad de irse a “trabajar” a distancia a lugares de ensueño mientras la flor y nata de la clase trabajadora trabajó en peores condiciones que las habituales. Es verdad que hay confusión también por algunas ventajas reales que da la virtualidad para determinados sectores, lo que no podemos desconocer, pero en total el efecto pandémico fue reaccionario (creador de ideologías posmodernas y atomizador de la lucha social).

[12] Hay que decir lo que es, pero también evitar ideologías sectarias al respecto: la herramienta virtual ha abierto un campo de acción incrementado, ensanchado, para llegar a sectores a los que en la actividad cotidiana, uno a uno, no podemos llegar, además de permitir conectarnos con el mundo, con el trabajo de nuestra corriente internacional, por ejemplo, de manera más regular.

[13] La lectura “conservadora” se agiganta porque los cambios de gabinete fueron más bien para ese lado, pero de todos modos hay que evitar cualquier impresionismo. Nada se ha modificado en las relaciones de fuerzas y todavía faltan las elecciones de noviembre que, atención, no descartamos para nada que se den vuelta, aunque existe un dato negativo a registrar en el movimiento obrero, que es la falsa asamblea en Toyota donde miles de trabajadores “votaron”, en una asamblea irregular y a punta de pistola, contra sus conquistas (la votación que hubiera correspondido, en todo caso, era con voto secreto).

[14] Ejemplos de divisiones electorales polares en las familias –incluso radicales- las tenemos en los últimos años en Francia, por ejemplo, con el vuelco se sectores a votar a Marie Le Pen del ex Front Nacional, fuerza que reivindica la herencia fascista y antidreyfussiana reaccionaria francesa).

[15] Sistemáticamente llevamos más militancia a los cortes, de principio a fin de la lucha, que las demás corrientes (el PTS, siempre, menos militancia que nuestro partido; el PO básicamente delegaciones de los movimientos).

[16] Hubo demasiado contraste entre ambos términos por razones objetivas y subjetivas: la pasividad de la sociedad hacia las PASO a causa de la pandemia, la enormidad del territorio a cubrir así como la “condena” a competir electoralmente en soledad, por fuera de cualquier frente único o alianza.

[17] La “indomable Argentina plebeya” como la presenta un sociólogo vernáculo.

[18] Acá hay que evitar impresionarse con los alertas preventivos de revistas imperialistas como TheEconomist y demás analistas lúcidos del capitalismo. La pandemia tuvo un efecto general reaccionario que no termina de ser compensado con la regular explosión de rebeliones populares, muy progresivas. Las tendencias progresivas y regresivas que surcan la polarizada situación internacional no están resueltas. Pero es necesario un ascenso en regla de la lucha de clases para derrotar estos últimos 40 años de capitalismo neoliberal feroz.

Otra cosa es que crecen las amenazas a este orden, por la vía del movimiento “anticapitalista” ecologista mundial, la movilización de la juventud, el movimiento de mujeres, las rebeliones populares a repetición, etcétera, razón por la cual, como contratendencia, también crece internacionalmente la extrema derecha.

[19] Un dato científico es que, efectivamente, el mundo ha entrado, producto de la acción humana sobre la naturaleza, en una nueva era geológica: el antropoceno, capitaloceno o la era del “capitalinio” (Bellamy Foster). Esta temática está llamada a crecer entre la militancia de nuestra corriente, aunque cuidando nuestro perfil anticapitalista y no ecologista light.

[20] Clarísimo el caso argentino con la marea verde y el aborto legal, una conquista que está repercutiendo en la activación del movimiento de mujeres en todo el continente. En Estados Unidos también está renaciendo en razón de que algunos Estados y una Corte Suprema conservadora están intentando revertir esta histórica conquista de las mujeres yanquis obtenida en los años 1970.

[21] Imposible saber, en muchos casos, si se está entre dos ciclos “progresistas”, uno más light que otro, o en medio de la continuidad discontinua de un largo ciclo reaccionario (esto dicho en términos políticos; en términos capitalistas-estructurales la ofensiva patronal continúa en todas partes).

[22] Todo esto sin olvidarnos de la bandera de la unidad monopolizada por el FIT, que pudimos haber contrapesado en parte con el planteo del debate Castañeira-Del Caño, al que se negaron. Pero luego rige la materialidad de las cosas: el FIT es una cooperativa electoral y el Nuevo MAS debe correr solo a las elecciones, problema que se agiganta por el régimen proscriptivo.

[23]Nos referimos a Manuela centralmente por la instalación que tiene la compañera. Pero contra viento y marea nuestro partido viene instalando, de manera creciente, figuras competitivas en todo el país e incluso avanzamos en varios distritos de la provincia de Buenos Aires y el Gran Buenos Aires.

[24] El olvido de que la burocracia sindical es una fuerza que apela a elementos de acción directa, extraparlamentarios, cuando se siente amenazada, es otro signo de adaptación al régimen burgués.

[25] Así como el FIT está sobre-representado electoralmente, nuestro partido, al tener que correr solo, está sub-representado (es decir: hay más gente que nos quisiera votar, pero no lo hace por cuenta del voto útil o confusión).

[26] El trotskismo tiene una acumulación desigual pero importante en la Argentina y Francia, luego vienen Gran Bretaña y Brasil, y luego los demás países con todas las desigualdades del caso, desigualdades de condiciones que no permiten trazar un racero igual o abstracto como hacen algunas sectas auto-proclamatorias para engañar a la gilada.

[27] Hace años señalamos que la ley constructiva de las organizaciones revolucionarias en condiciones no revolucionarias requiere toneladas de esfuerzos “reformistas”, constructivos y políticos, para ir a un salto en calidad; dicha afirmación sigue completamente vigente.

[28]La polémica en Intratables con el ex izquierdista Levinas devenido en apologista del sistema fue para alquilar balcones, lo mismo que la parada de manos a Milei en TN, donde Manuela le espetó que su programa económico era el de Rafael Videla y que en su economía no cabe la sociedad. No solo impactó, sino que cumplió un rol objetivo clarificador hacia el electorado.

[29]Hay que dejar apuntado que toda figura de la izquierda que se objetiviza y emerge, como el caso de nuestra compañera Manuela Castañeira, va a ser objeto –como ya lo es– de provocaciones crecientes, cuestión que hay que medir muy bien si son solo “virtuales” o pasan a los hechos y plantean tareas de “cultura”. Por lo demás, Marx mismo ya había alertado clásicamente que toda figura pública que se destaca por encima del promedio y se hace visible es pasible de provocaciones que hay que tomar con tranquilidad y templanza, lo que vale para todas las demás figuras partidarias que se vayan destacando en los ámbitos y los países de la corriente SoB.

[30]Era obvio que no íbamos a arrastrar a Manuela a una derrota segura con Del Caño en una interna por razones de aparato y, por lo demás, tampoco atarnos políticamente al carro de una cooperativa electoral comandada por la secta del PTS; una cooperativa que de “unidad” tiene solo la cáscara.

[31] La política del FIT es formal y de laboratorio. Lo único real, pero como siempre auto-referencial, fue la justa aspiración a ser “tercera fuerza” (electoral, agregamos nosotros), que más allá de que sea abstracta, no deja de ser una consigna hacia uno mismo, interna, hacia la propia fuerza, no algo que parta de resolver los problemas de nadie. Si aun así el FIT tiene éxitos electorales es porque está instalado, porque es un frente de varias fuerzas, y porque más allá de las estupideces inaudibles que dicen en la campaña, la población trabajadora, de manera muy justa, identifica a la izquierda en general como una fuerza que defiende sus intereses.

[32]La explotación del sentido común por parte de los grandes medios es un dato a retener. Existe una farandulización de la política, una degradación que la transforma en espectáculo, en puras reglas de mercantilización e, incluso, una “vedetización” que intenta obturar la mente del electorado trabajador y juvenil.

[33]Un salario industrial promedio en el llamado “mundo desarrollado” está en 3000 dólares y en la Argentina no supera los 700 dólares…

[34]Hay que tener en cuenta también el enorme impacto que tendrá la evolución de la coyuntura en Brasil y si se concretan o no los intentos golpistas de Bolsonaro, o la reacción popular que un intento fallido así pueda despertar en el país hermano, más allá de la política de repliegue y traición total del PT.

[35]Nuestro balance teórico estratégicofunda de manera profunda las concepciones y el proyecto de nuestra corriente internacional; no somos gente que nos caractericemos por el tacticismo, aunque, repetimos, la táctica es fundamental para llevar adelante la estrategia.Dicho de otra manera, en las condiciones del siglo XXI nos ordena la construcción de una corriente internacional y no meramente de un partido u otro, una cuestión que entraña toda una complejidad.

[36]Aquí cabe otra reflexión: la combinación del pragmatismo y el anti pragmatismo en la izquierda es algo complejo y crítico. Si no se tiene algún elemento pragmático es como que te despegás de la realidad; pero si el pragmatismo –que lo termina inundando todo sin que te des cuenta– se impone, se termina perdiendo la estrategia. La combinación de ambos planos es una de las cuestiones más difíciles de la construcción revolucionaria y puede derivar tanto en propagandismo-sectarismo como en adaptación, dos males que dialécticamente hay que evitar en la construcción revolucionaria de nuestros partidos de vanguardia con aspiración a la influencia de masas.

[37]Ya sabemos que la comparación es ridícula.

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