Fuera del poder, todo es ilusión” 

V. I. Lenin

El PTS se tomó un par de semanas para responder a nuestro texto, pero solo logró acumular argumentos doctrinarios y ad hominem. Nada que tenga que ver con dar cuenta de los problemas reales y reafirmando, una vez más, que por fuera de ellos no habría ninguna legitimidad; ellos serían la única corriente trotskista con derecho a la existencia, argumento estalinista si los hay1.

Nosotros, para no aburrir, intentaremos hacer lo opuesto. A cada afirmación que hagamos trataremos de colocarla en el contexto de debatir con la experiencia real. Las discusiones doctrinarias son aquellas en las que se repite lo dicho por nuestros clásicos pero sin enriquecer sus afirmaciones; sin ponerlas en el contexto de los desarrollos reales de la lucha de clases, que en el siglo pasado fue de una riqueza inusitada e hizo saltar por los aires más de un esquema.

El texto de Lizarrague está concebido, no para ayudar a pensar, sino solo para reafirmar el dogma y al PTS como su custodio. Más “trotskista que nadie”, en esa profesión de fe funda su legitimidad: un mecanismo clásico y gastado de polémica fraccional en el seno de las corrientes del trotskismo, el de afirmarse en citas y no en el estudio crítico de la realidad.

Con Lizarrague nos pasó lo que contaba Trotsky cuando el debate con Radek en La revolución permanente a finales de los años 20. Señalaba que la polémica con este había sido como “digerir algodón en rama”, porque sus argumentos eran grises, doctrinarios, apoyados en viejas formulaciones bolcheviques que la Revolución de 1917 había dejado sin vigencia, en vez de discutir el proceso real de la lucha de clases que se estaba desarrollando bajo sus ojos.

Algunas cuestiones llaman la atención en el texto de Lizarrague que no queremos dejar pasar. No se hace cargo de la publicación por parte de su corriente de la biografía de Trotsky escrita por Isaac Deutscher.

Los tres tomos de la trilogía salieron a lo largo de los años 50 y el último promediando la década del 60. Previamente, Deutscher había escrito su Stalin (1949), donde expresaba similares teorizaciones. Todo este conjunto de escritos abarcan tres o cuatro mil páginas y todas tienen el mismo problema: la revolución socialista estaría avanzando, a pesar de todo, a través del estalinismo; este estaba cumpliendo un rol progresivo. Toda la obra de Deutscher, en definitiva, es una reivindicación de Trotsky y del marxismo clásico, pero para concluir que dicho marxismo no habría estado acorde a los tiempos que se estaban viviendo, donde la revolución se había desarrollado sobre bases más “pragmáticas”: ¡el pragmatismo de los desastres de la colectivización forzosa, la industrialización acelerada, las Grandes Purgas y la liquidación de toda la generación bolchevique, la ocupación de países enteros por parte del Ejército Rojo burocrático y un sin fin de problemas más que, en definitiva, impidieron que la clase obrera se hiciera con el poder y se desarrollarla la transición socialista!

Lizarrague señala ahora que publicaron la trilogía deutscheriana con una introducción crítica. Recomendamos leerla: no tiene ninguna crítica de fondo a las concepciones objetivistas y anti-socialistas de la revolución y la transición por parte de Deutscher; sólo el ángulo correcto pero insuficiente de que, obviamente, el estalinismo no extendió la revolución internacionalmente. Esta crítica del PTS también se queda a mitad de camino, porque el informe de Albamonte presenta al estalinismo como extendiendo la revolución en el este europeo a la salida de la Segunda Guerra Mundial, ¡argumento deutscheriano si los hay!…

En fin, el carácter extremadamente fraccional del texto de Lizarrague denota dos cosas: una, que se vieron obligados a responder; si lo hicieron es porque se sintieron tocados. Y dos, que están empezando a sentir también la presión de la emergencia de una corriente como la nuestra, que se viene construyendo nacional e internacionalmente hace años, si bien más lentamente que el PTS, es verdad, pero de manera sólida, consistente y con una enorme apuesta estratégica; el solo hecho de estar haciéndolo desafía las “verdades consumadas” de la lógica de secta.

Es habitual que cuando se siente más “acorralado” el PTS recurre a la descalificación personal, como podemos ver habitualmente y no solamente en este texto de Lizarrague. En todo caso es preferible hablar en nombre propio que ser escriba de los demás (¡y para colmo con argumentos doctrinarios de manual que quedan a años luz de cualquier “dialéctica materialista”!).

La tarea del rearme estratégico

Vayamos un poco ahora a la fuente histórica de la crisis del morenismo y del trotskismo en general. El PTS arranca por la crisis del viejo MAS y la vieja LIT, y da sus definiciones en relación a ello (es decir, circunscripto a ello como la fuente de todos los males). Pero el comienzo del análisis debe ser más vasto, más amplio, y hunde sus raíces en los desarrollos del siglo pasado, el más revolucionario y contrarrevolucionario de la historia de la humanidad. Guste o no, el siglo pasado terminó con un retroceso en la lucha de clases. La caída del estalinismo coincidió con la ofensiva del capitalismo neoliberal y la globalización, lo que terminó configurando una ofensiva de conjunto sobre los explotados y oprimidos.

A esto hay que agregarle que durante gran parte del siglo pasado las fuerzas burguesas y burocráticas dominaron al movimiento obrero, y nuestra corriente marxista revolucionaria quedo en gran medida marginalizada.

De ahí que sea caprichosa la crítica que el PTS les hace a prácticamente todas las corrientes del trotskismo en la posguerra; las evalúa post festum, por fuera del contexto real de la lucha de clases. Y claro, con el diario del lunes es fácil…

El PTS extrema en forma subjetivista los elementos de balance; quita a las corrientes de su contexto y parece perder de vista que en todo el recorrido del trotskismo de posguerra hay enseñanzas e hilos de continuidad que hay que recoger críticamente. Necesariamente, el balance debe combinar elementos objetivos y subjetivos, tanto la crisis del oportunismo como del sectarismo.

El PTS cree que la crisis del trotskismo es una mera crisis de oportunismo, cuando se trata de algo más complejo y más grande: es una crisis de la marginalización de nuestro movimiento como subproducto de la derrota desde los años ‘20 de nuestra corriente socialista revolucionaria y el imperio sobre el movimiento obrero del estalinismo, la socialdemocracia y el nacionalismo burgués.

Los acontecimientos que rodearon la caída del Muro de Berlín y del conjunto de los Estados burocráticos dieron contexto a la crisis, no solo de la vieja LIT, sino del conjunto de las corrientes del trotskismo internacional. En el caso del morenismo, pesó además una armazón teórica-estratégica completamente objetivista que desestimó todos los elementos estratégicos. Llama la atención la crítica que nos hace el PTS en su último texto de que “defendemos a Moreno contra Trotsky”, porque en realidad PTS comparte con Moreno muchos más presupuestos de la teoría de la revolución que nosotros…

Desde los años ’90, el núcleo fundador de nuestro partido y nuestra corriente se ubicó en que, ante la magnitud histórica de los acontecimientos, había que partir de un balance estratégico de conjunto. En este camino coincidimos con otros viejos cuadros de la vieja LIT, de los cuales aprendimos mucho aun si después debimos dar una durísima batalla porque fueron deslizándose, cada vez más, al liquidacionismo. Esta elaboración y esta batalla tuvieron elementos internacionales debido a que la vieja LIT era una corriente bastante grande, y a pesar de su retroceso, ese contexto general nos permitió en ese momento enriquecer nuestra batalla.

Lizarrague critica que algunos compañeros con los cuales compartimos batallas en los ‘90 luego se deslizaran al oportunismo, lo cual es un hecho. ¿Y qué? ¿Qué tiene de novedoso que haya gente que se sale del camino revolucionario luego de haber compartido con nosotros senderos más correctos? ¿O acaso Lenin no compartió batallas con Plejanov y Martov en su momento? ¿O acaso Lenin no apreciaba a Kautsky entre sus maestros? ¿O acaso Rosa no fue amiga durante mucho tiempo de los esposos Kautsky? El propio argumento del PTS es ridículo, porque uno de los cuadros de origen de su corriente es el actual dirigente de Democracia Obrera (grupo casi locoide trotskista argentino), el otro es un economista marxista valioso pero que se declara, expresamente, no trotskista, mientras que otro más se dedica hoy a ser chismólogo del trotskismo en las redes sociales. Y esto sin contar a Martin Ogando y Jorge Sanmartino, devenidos en dirigente e intelectual kirchnerista respectivamente…

Así que, al contrario de lo que dice el PTS, estamos orgullosos de nuestra trayectoria. No solamente en relación a los momentos más culminantes de la lucha de clases en las últimas décadas, Argentinazo, conflicto campestre, jornadas del 14 y 18 de diciembre del 2018, Guernica, etcétera, por solo nombrar las nacionales, sino por la preocupación consciente de sacar las enseñanzas de la experiencia histórica y poner a la luz de ellas todas las evaluaciones.

De comienzo a fin, el texto de Lizarrague es doctrinario. ¿Qué significa el doctrinarismo? La negativa a discutir los problemas reales, reemplazar su estudio por recetas prescritas. Esto es más dramático aún cuando se trata de acontecimientos históricos de la lucha de clases, llamados a dejar enseñanzas epocales.

Ante la crisis de la vieja LIT y el morenismo, el PTS tuvo, como “estrategia de salida”, la vuelta a Trotsky. Toda la crítica a Nahuel Moreno fue en la medida en que este “se alejó de Trotsky”… El PTS criticó a Moreno sin tomar en cuenta que uno de sus méritos metodológicos, si bien fallido porque no pudo llevarlo a buen puerto, ¡fue intentar dar respuestas a una realidad compleja que desafió muchas de las previsiones de nuestro movimiento2!

Moreno afirmará honestamente que la realidad de dichas revoluciones sin clase obrera, que terminaban expropiando y parecían consumarse como “revoluciones socialistas” (cuestión en la que no coincidimos, evidentemente), fue un tema que le rondó en la cabeza a lo largo de 30 años (y no solo a él, sino a prácticamente todo el trotskismo de posguerra). Y verdaderamente, estos procesos de posguerra –así como la degeneración estalinista– han sido un verdadero “galimatías histórico” que el PTS parece “resolver” porque encara fenómenos completamente originales con las anteojeras del doctrinarismo. Es significativo que no le mueva un pelo la ausencia de la clase obrera en esas revoluciones anticapitalistas ni, peor aún, la profundidad inaudita de la contrarrevolución estalinista y las enseñanzas que deben desprenderse de ello.

Lizarrague señala que hay que dar cuenta de los fenómenos nuevos “pero sin perder de vista la norma”: es decir, el conjunto de enseñanzas históricas que resumen nuestra teoría. Pero si esto es versad, también existe el peligro simétrico de atarse doctrinariamente a una supuesta “norma” haciéndola valer por encima de la experiencia de real de los explotados y oprimidos: como las revoluciones tienen que ser “obreras y socialistas” porque supuestamente así lo había definido Trotsky, y como el Estado debe seguir siendo obrero porque así lo había definido él también, incluso aunque se pase por encima de la experiencia histórica real, de las vivencia reales de los explotados y oprimidos, hay que afirmar la norma contra los hechos…

Repetimos: esta cuestión remite a la dialéctica entre actualización y enseñanzas históricas adquiridas por parte del marxismo. Las corrientes sectarias se quedan en la mera defensa del patrimonio –más bien su letra escrita– sin darse cuenta de que el patrimonio del marxismo revolucionario, su riqueza, debe ser vivificado cada día para que no se petrifique y muera. Claro que a su vez, las corrientes oportunistas o posmodernas no tienen asumido en profundidad nuestro legado y caen en el eclecticismo y la verdulería teórico-política, lo que nos remite a los desastres del pragmatismo (ese pragmatismo al que era muy afecto, sin embargo, un amigo del PTS: Isaac Deutscher).

Nuestra corriente internacional surgió de la lucha política en el seno de la vieja LIT y el viejo MAS. De allí también emergió el PTS, en tiempos algo distintos aunque como parte de un mismo proceso de crisis general del morenismo. Pero nuestra corriente tuvo un ángulo muy distinto al del PTS para encarar dicha crisis. Nuestra preocupación principal en el terreno teórico-político ha sido siempre intentar sacar las lecciones de la experiencia histórica, mirarla con nuestras herramientas clásicas pero sin anteojeras.

Con estos fundamentos, quizás, se pueda entender mejor la historia de cada uno y no pretender arrogarse una única legitimidad; sobre todo cuando, en el caso del PTS, esta “única legitimidad” se encarna en un proyecto con fuertes rasgos de secta y doctrinario, además de acumular elementos de creciente oportunismo.

Algunos señalamientos teórico-estratégicos

El doctrinarismo del PTS le impide sacar lecciones de la experiencia real. Ninguna teoría de la revolución y de la transición socialista en el siglo veintiuno puede ser “copia fiel” de la de Trotsky, sencillamente porque la historia continuó luego de su asesinato.

Esta no es ninguna afirmación “iconoclasta” mal entendida, sino simplemente la constatación de que la realidad del siglo pasado fue más compleja.

Lizarrague mezcla libremente lo que afirmamos y no ha leído una línea de nuestra elaboración respecto de la revolución y la transición socialista en el siglo veinte. Una elaboración que siempre concebimos como un plan de trabajo abierto, imposible de “cerrar” sin que canten las nuevas revoluciones socialistas que están en el porvenir.

Básicamente, la síntesis de Trotsky en La teoría de la revolución permanente era que ya no existían más países maduros e inmaduros para la revolución socialista, que en todos los países la revolución es posible, descartando así la teoría de la revolución por etapas del estalinismo y afirmando que la transformación de las tareas democráticas en socialistas, la transición socialista dentro del propio país y la revolución internacional, debían ser comandadas por la clase obrera. Esto es, muy básicamente, lo que afirmaría Trotsky en 1929, rechazando, repetimos, tanto la revolución por etapas como el socialismo en un solo país (ambos productos “teóricos” acabados del estalinismo).

Sin embargo, diez años después, en El Programa de Transición, Trotsky agregaría un pequeño párrafo señalando una enseñanza que le legara Lenin: no se podía descartar que, como subproducto de grandes crisis, guerras, cracks económicos, etcétera, las direcciones pequeño burguesas fueran más lejos en el camino del anticapitalismo. Lenin había formulado esta hipótesis en relación a los mencheviques y socialistas revolucionarios en algunos momentos álgidos de 1917, hipótesis que finalmente no se confirmó. Pero Trotsky inmediatamente agregaba que, en todo caso, esa experiencia sería por un cortísimo período de tiempo e inmediatamente se plantearía el pasaje a la dictadura del proletariado propiamente dicha, es decir, al poder de la clase obrera.

Bien. El problema es que no fue esto, exactamente, lo que ocurrió en la segunda posguerra. Las direcciones pequeñoburguesas-burocráticas terminaron rompiendo con el capitalismo dada la presión de las condiciones objetivas, configurándose revoluciones anticapitalistas en las que la clase obrera nunca llegó al poder. El período durante el cual las direcciones burocráticas se mantuvieron al frente de los Estados se eternizó. Y, a nuestro entender, esto significó que esos procesos no terminaran de devenir realmente en revoluciones socialistas propiamente dichas3.

En ningún caso Trotsky había anticipado nuevas revoluciones socialistas conducidas por la burocracia, como en cierto modo afirma Albamonte. Tampoco había adelantado, es verdad, la idea de revoluciones anticapitalistas sin socialismo, como opinamos nosotros que fueron las de posguerra: una originalidad histórica, y es que justamente para eso está la historia, ¡para ser original muchas veces! Pero en nuestro caso, al menos pretendimos siempre recoger el espíritu más profundo de la elaboración marxista revolucionaria en general, cuya apuesta axiomática –Hal Draper– siempre ha sido al protagonismo histórico de la clase obrera para transformar el mundo, un proceso de emancipación que es una autoemancipación, y no que venga cualquier sucedáneo a “salvar” a la clase obrera…

Luego tenemos la teoría de la transición socialista. Lizarrague nos acusa de pensar “una ‘transición’ que siempre ‘avanza’, que si tiene deformaciones o degeneraciones deja de ser ‘transición’, a diferencia del método materialista dialéctico de Trotsky (…)”.

Es verdad que la transición no siempre avanza, que puede pasar por avances, retrocesos, etcétera; así es la dialéctica histórica. Ahora bien, de esta manera el PTS pretende despacharse respecto de uno de los acontecimientos históricos más dramáticos en la historia de la ex URSS como la colectivización forzosa y la industrialización acelerada, que junto a las Grandes Purgas liquidaron a la generación bolchevique y desplazaron a la clase obrera del poder.

Lizarrague afirma que Trotsky había hecho bien en considerar al régimen social de la ex URSS en los años ‘30 como “transitorio entre el capitalismo y el socialismo”, en lo que coincidimos. Siempre señalamos que Trotsky había tenido el cuidado de no enterrar una revolución que consideraba viva. Sin embargo, también es cierta otra cuestión que Lizarrague barre convenientemente bajo lo alfombra, y es el hecho de que, en discusiones en el año 1939, Trotsky había señalado que era un error tomar la categoría de Estado obrero como meramente “lógica”; que la misma debía ser abordada como “una categoría histórica al borde de su negación”, y que incluso se podría estar en una misma organización con compañeras y compañeros que tuvieran una definición distinta de la URSS en la medida en que se coincidiera en las tareas a encarar4.

Sin embargo, el “materialismo dialéctico” del PTS luce muy acartonado cuando deja congelado el proceso histórico. Es decir, cuando transforma los acontecimientos de los años ‘30 en la ex URSS en categoría lógica, vaciando su contenido histórico-concreto, al revés de lo que recomendaba Trotsky; cuando pierde de vista la acción y reacción de la base y la superestructura en la transición socialista; cuando pretende que la imposición de la burocracia sobre dichos Estados a lo largo de 70 años no tuvo consecuencias sobre las propias conquistas de la revolución más allá de meras “deformaciones o degeneraciones”. Encima, estas deformaciones y degeneraciones siempre fueron tomadas por el PTS, en su sectarismo hacia la experiencia concreta de dichos países, como clisés; jamás ha encarado un estudio serio sobre el tema, un estudio por la positiva y no meramente ad-hoc, como sí hemos llevado adelante nosotros en Crítica de las revoluciones socialistas objetivas, un texto de 20 años atrás, o Dialéctica de la transición. Plan, mercado y democracia obrera, de 10 años atrás, en nuestros estudios críticos sobre las revoluciones de China y Cuba, sobre las revoluciones antiburocráticas de posguerra y un larguísimo etcétera5.

En todo el texto de Lizarrague falta una condición fundamental para la transición socialista a la cual ni siquiera atina a mencionar y que estaba en el centro de la reflexión de Trotsky y, en general, del marxismo revolucionario y su teoría del Estado: el poder de la clase obrera6.

Lizarrague habla de la propiedad estatizada, del monopolio del comercio exterior, de la planificación (burocrática; porque atención que otra palabra de la cual carece por completo su texto es la de democracia obrera7), etcétera, como condiciones de la transición, las que, en términos generales, coincidimos, son parte de sus condiciones materiales. Pero se olvida de lo que es central dada su insensible adaptación pablista de la teoría de la revolución: el problema del poder. Lo que por lo demás cuestiona, repetimos, la propia teoría marxista del Estado, que señala, con absoluta claridad que el carácter de clase del Estado deviene de la clase que lo posee y domina.

Esto se vincula a otra clásica ceguera del PTS: en sus elaboraciones jamás figura Lenin (este texto de Lizaguirre no es la excepción)… Ni más ni menos que Lenin, que el propio Trotsky reconocía con humildad que tenía mayor sensibilidad política que él8. El camarada Lenin escribió una obra clásica titulada El Estado y la revolución, en agosto de 1917, obra que quedó sin terminar por los avatares de la revolución en curso, donde precisamente se plantea el problema de la destrucción del Estado burgués y la puesta en pie de un nuevo Estado o semi-Estado proletario que organice la dominación de la clase obrera (nunca le escuchamos al PTS problematizar la dictadura proletaria como semi-Estado proletario, una definición de proviene directamente de Lenin9).

Es decir, la transición socialista es inconcebible sin la clase obrera en el poder. ¿Cómo el socialismo podría ser construcción consciente como afirmaba Trotsky en Literatura y revolución si esto no fuera así? ¿Cómo podrían comandarse los medios de producción estatizados en un sentido emancipador sin la clase obrera en el poder haciéndose cargo de los mismos realmente desde el semi-Estado proletario?

Finalmente, el otro núcleo teórico del PTS es la teoría de la “burocracia obrera”. En esto la secta es mandelista consumada, aunque no del último Mandel, mucho más matizado. La teoría de la “burocracia obrera” hizo estragos en el trotskismo de posguerra, lo mismo que la vulgar comparación de la URSS con la burocracia sindical tradicional.

También en esto faltan al estudio de Trotsky –estudio que debe ser crítico, por lo demás, no porque lo que decía Trotsky estuviera mal sino porque todo estudio es crítico aun tratándose de nuestros clásicos10– que ya en La revolución traicionada había señalado que la burocracia de la URSS era especial, porque no competía con una burguesía autóctona, sino que era la única capa verdaderamente privilegiada y dominante del país. Ninguna burocracia en los países capitalistas, afirmaba Trotsky, ni estatal ni sindical, había gozado hasta ese momento de semejante independencia.

Por lo demás, en esta discusión estamos con Cristian Rakovsky, siempre lo hemos subrayado. En un texto tan brillante como anticipatorio, “Los peligros profesionales del poder”, texto reivindicado por el propio Trotsky en La revolución Traicionada y también en su inconcluso Stalin, Rakovsky señaló con claridad que la diferenciación primero funcional planteada por las tareas del poder, había devenido en diferenciación social, es decir, en un aprovechamiento de la función del poder para satisfacer sus propias necesidades sociales diferenciadas y que, como producto de esto, la burocracia estalinista había roto amarras con la clase obrera; era una nueva categoría social y no una mera burocracia obrera como de manera oportunista –¡a la Isaac Deutscher!– la presenta Lizarrague 70 años después. Rakovsky no hablaba de “burocracia obrera”, y muchos sectores del trotskismo “ortodoxo” en la posguerra señalaron que la burocracia era una capa pequeño burguesa; ¡la definición de los compañeros es pablista y oportunista a más no poder11!

Sobre la Segunda Guerra Mundial no vamos a desarrollar aquí, si no este texto se nos haría interminable y no es nuestra preocupación central en esta polémica. Contra las acusaciones de Lizarrague, siempre consideramos que la Segunda Guerra fue una guerra interimperialista y, al mismo tiempo, una guerra contrarrevolucionaria en relación a la ex URSS. También estudiamos la obra de Mandel sobre la contienda, que es muy valiosa, y suscribimos su afirmación de que, en realidad, la segunda guerra fue cinco o seis guerras en una: guerra inter-imperialista, guerra revolucionaria contra el fascismo en la ex URSS, guerra de emancipación nacional en países como China y la ex Yugoeslavia, etcétera. En “Causas y consecuencias del triunfo de la ex URSS sobre el nazismo” nos explayamos sobre el tema, señalando que el conflicto social básico que recorrió la contienda fue su carácter inter-imperialista. También dejamos anotado que a este carácter social básico se le adosó el hecho de que los regímenes que encabezaron cada bando imperialista eran distintos. Este dato no podía derivar en cambiar su contenido de clase, como erróneamente había hecho Moreno al hablar de la segunda guerra como una “guerra de regímenes” perdiendo de vista así la base material del análisis; un error de apreciación oportunista que desarmaba frente al carácter social de la guerra. Pero tampoco sirve repetir doctrinariamente fórmulas haciendo abstracción de las características concretas de esta guerra histórica, así como de todo un conjunto de problemas democráticos que estuvieron involucrados y que fueron un quebradero de cabezas para el naciente movimiento trotskista. Efectivamente, la entrada en la segunda guerra fue una colosal derrota del movimiento obrero mundial, y su final, distorsionadamente, tuvo elementos de triunfo popular en amplias regiones de globo, si bien los socialistas revolucionarios peleamos no por el triunfo del “bando imperialista democrático” sino porque la salida de la segunda guerra fuera la revolución socialista tanto en Occidente como en Oriente. En Yalta y Postdam, Roosevelt, Churchill y Stalin pactaron contrarrevolucionariamente para impedirlo.

3. La trayectoria de los revolucionarios

El PTS repite su cuento fundacional. Su historia sería la única valida, todas las demás no valdrían nada; un vulgar esquema de secta. Pero la realidad es que en medio de grandes crisis de las corrientes históricas socialistas revolucionarias, como fue la de comienzos de los años ‘90, cada grupo de cuadros tiene derecho a hacer su experiencia. Y eso es lo que resolvimos los jóvenes cuadros que “volvimos” al viejo MAS y la vieja LIT para confluir –en un terreno de durísima batalla por varios años– con cuadros muy valiosos nacionales e internacionales con los cuales lanzamos la construcción del Nuevo MAS y la Corriente SoB a partir de 1999.

¿Sólo el núcleo que dio lugar al PTS tenía el derecho a hacer una experiencia independiente en todo el trotskismo mundial? ¿No es esto una acabada lógica de secta o una teoría laica de la predestinación?

Como hemos afirmado varias veces en relación a esta corriente, citar mil veces a Trotsky, publicar sus obras, defender su legado, todas estas acciones son correctas, pero no asegura que se entienda realmente a nuestros maestros.

Parece que el PTS nunca leyó Mi vida. En dicha obra, de 1927, Trotsky se esfuerza por explicar a lo largo de páginas y páginas por qué tenía el derecho a transitar una experiencia independiente, a no ser bolchevique. Trotsky afirmaba que por un camino independiente llegó mejor a las enseñanzas de Lenin, más profundamente. Y tenía razón: su fortaleza única entre los ex dirigentes bolcheviques en los años ‘30 está para demostrar que no existe un solo camino revolucionario, que puede haber varios, que la legitimidad hay que demostrarla con acciones y que la construcción revolucionaria es una batalla que nos prueba todos los días. Así que no nos vengan con la idea de que la única coherencia es la de ustedes. ¡Por favor! ¡Que lógica de secta irrespirable!

Cuando el PTS valora a las demás tendencias revolucionarias jamás toma en cuenta, ni mínimamente, este criterio: su ángulo de medida es siempre el de la secta auto-referencial: los del PTS somos unos genios, los demás unos renegados…

Con este esquema, por lo demás, aunque se diga mil veces “dispuesto a confluir con otros”, es falso, un saludo a la bandera; como máximo una maniobra. Es imposible confluir con nadie si se piensa que todos los demás son unos centristas irrecuperables.

Nosotros evaluamos siempre críticamente a las demás tendencias y no nos caracterizamos por establecer relaciones de manera oportunista. Tenemos clarísimo que el mundo está hecho de presiones sociales, muchas oportunistas, otras sectarias. Sin embargo, siempre que nos toca encarar una relación tratamos de ir con la cabeza abierta, ver qué se trae la corriente en cuestión, qué puede aportar, amén de apreciar críticamente también, obviamente, qué vicios arrastra…

Veamos de paso algunos elementos de balance de los últimos diez años del propio PTS, como para ver que nada es tan lineal ni mecánico como pretende en su mundo. El PTS estuvo prácticamente ausente de la batalla por barrer a Pedro Wasiejko del neumático en el 2007/8. El PTS se negó a plantear la ocupación de Kraft (2010) y luego también la de Lear (2014), señalando en el primer caso que si los trabajadores ocupaban “saldrían en bolsas negras”, y en el segundo caso, que el conflicto se ganaba simplemente desde la Panamericana. En Gestamp (también 2014) rechazaron la ocupación del puente grúa, que fue una acción histórica y heroica de dicha vanguardia proletaria sin muchos antecedentes (Molinos Minetti, donde nuestro partido también tuvo cierto protagonismo, tuvo rasgos semejantes en el comienzo de 2019). Cuando la fundación del FIT en el 2011, además de excluirnos, se negaron a denunciar la ley proscriptiva en su programa y su denuncia nunca fue un eje de dicho frente. A la vez, mil veces impugnaron la lista de otra organización socialista, la nuestra, en la justicia burguesa, una falta a nuestros principios de clase como denunciamos oportunamente. En relación al derecho al aborto, arrancaron una década atrás afirmando que “el movimiento de mujeres no existía”. Para colmo, en el programa inicial del FIT este derecho ni figuraba. Y tuvieron, sistemáticamente, una posición sectaria en relación a la conquista de este derecho como si los únicos derechos a defender fueran “clasistas”, lo que no tiene nada que ver con nuestra tradición marxista revolucionaria. En un conocido cruce entre Del Caño y Castañeira en el 2017, el primero afirmó que “con 20 diputados” del FIT el desalojo de Pepsico no hubiera ocurrido”, una afirmación des-educativa y oportunista si las hay. Por lo demás, cuando el reciente conflicto en Guernica, cometieron el bochorno de ausentar a Del Caño y Bregman, sus dos figuras nacionales, el día del desalojo, y esto a pesar de su compromiso explícito de estar. Tampoco se les vio la cara a sus figuras cuando el golpe de Estado en Bolivia, hecho que como toda la vanguardia amplia y el periodismo en el país sabe, sí tuvo como protagonista a nuestra compañera Manuela Castañeira, que fue a llevar la solidaridad al país hermano en uno de sus momentos más difíciles. Como se ve, es difícil calzarse tan simplemente el “galardón revolucionario”…

En el plano internacional hacen profesión de fe, últimamente, de dos cuestiones tácticas pero de importancia que los pintan como una secta: primero, haber llamado a la abstención en Bolivia entre la candidatura del MAS boliviano y los candidatos golpistas. Segundo, haberse negado a votar críticamente a Boulos en San Pablo en segunda vuelta en función de una serie de acuerdos que hizo este con referentes burgueses pero que en ningún caso se incorporaron a sus listas. En el colmo de la cobardía política, el grupo del PTS en Brasil ni siquiera fijó posición pública de manera clara en tiempo real… El voto es una cuestión táctica, pero a veces es una táctica de enorme importancia, como abstenerse ante candidaturas golpistas y negarse a votar una figura reformista de izquierda que acapara el voto del 40% de la principal ciudad de Latinoamérica y que más allá de todos sus límites, por elevación, terminó siendo un golpe contra Bolsonaro.

Finalmente, el argumento de su “internacionalismo” por su caricatura de Conferencia Latinoamericana no se sostiene. Nuestro planteo intenta arrancar del terreno real. La rebelión en los Estados Unidos puso sobre la mesa un nuevo activismo –lo mismo que el movimiento de mujeres, el movimiento contra al cambio climático, etcétera– y el tema es cómo hacemos para intervenir en él. La experiencia del Foro Social Mundial está agotada. Tampoco es que las corrientes trotskistas, muy chicas, puedan llamar a amplios sectores como el Black Lives Matters y otros para confluir y procesar una experiencia; de ahí nuestro planteo de conferencia internacional anticapitalista.

Tiene que ponerse en pie algún ámbito donde procesar una experiencia. La pandemia vino a cortar muchas cosas pero no es el fin de la historia. La reciente crisis en el Capitolio demuestra que el proceso de crisis y polarización abierto en Estados Unidos es histórico y reafirma la necesidad de Conferencia Anticapitalista.

Socialismo o barbarie

Lizarrague señala que nada decimos sobre la época de crisis, guerras y revoluciones que estamos transitando. Pero para nosotros es un hecho que estamos en ese contexto; siempre hemos hablado de su vigencia. Cuando hablamos de “época” nos remitimos a coordenadas básicas objetivas y profundas que atañen al sistema, y cuestionar que esta es una época de crisis significaría que el capitalismo podría haber entrado en un período de ascenso histórico, lo cual no tiene nada que ver con nuestras posiciones.

Aunque tampoco pensamos que el capitalismo haya sido en el último siglo pura y mecánica decadencia. Nuestra opinión, más bien, es la de un parejo desarrollo de las fuerzas productivas y las destructivas; las fuerzas productivas siguieron desigualmente desarrollándose, pero bajo la camisa de fuerza de las relaciones de producción capitalistas están creando cada vez mayores fuerzas destructivas, como se puede apreciar con la actual pandemia, que junto a la crisis ecológica está actualizando de manera descomunal el pronóstico alternativo que Rosa Luxemburgo señaló en 1915: ¡socialismo o barbarie!

La coyuntura mundial marcada por la crisis de 2008, el incremento de las tensiones geopolíticas entre Estados Unidos y China, la crisis pandémica y ecológica y la oleada sin fin de las rebeliones populares auguran una polarización creciente de la lucha de clases mundial, que ya está viéndose y que podría ser la mayor de las últimas décadas de mediación democrático burguesa –imperial o no– en Occidente.

Los recientes e insólitos acontecimientos en los Estados Unidos, el intento fallido de “puch anti-electoral” por parte del trumpismo, la complicidad o pasividad del aparato militar, las simpatías de la Guardia Nacional con las milicias, etcétera, aunado a la histórica rebelión antirracista, anuncian en el mundo que viene, y no en cualquier lugar, sino en la que todavía es la primera potencia mundial. Un mundo donde, efectivamente, reemerge a cada paso esta época de crisis, guerras y revoluciones que pareció anestesiarse en las últimas décadas.

Los explotados y oprimidos están reiniciando su experiencia histórica. Las nuevas generaciones están en muchos casos al frente de la rebelión y aparecen contingentes históricos nuevos de la clase obrera, como es la clase obrera migrante china (sobre la paradoja del curso histórico de China volvemos a alentar el estudio del marxista hongkonés Au Loog Yu, una extraordinaria puerta de entrada a la China actual).

En este contexto, la caída del Muro de Berlín 30 años atrás no dejó sólo consecuencias negativas, claro que no: simultáneamente desbloqueó históricamente la perspectiva del socialismo. Sin embargo, y al mismo tiempo, este proceso viene siendo complejo, porque la herencia de las frustraciones del siglo pasado todavía sigue pesando en nuestra clase. Y porque la clase obrera tendrá que realizar un procesamiento de estas experiencias para volver a poner en pie una conciencia socialista que hoy todavía está ausente y que marca una diferencia de importancia con la situación de cien años atrás.

La Segunda Internacional entró en bancarrota con el estallido de la Primera Guerra Mundial, pero el movimiento obrero europeo tenía una difusa tradición socialista general. Y ese “suelo nutricio” les permitió avanzar a los bolcheviques. La conciencia es algo dialéctico –¡es lo más conservador que hay, afirmaría mil veces Trotsky!– y no se puede esperar a tener una conciencia “completa” para que se desencadene la revolución, obviamente. Pero tampoco es muy materialista pensarla por fuera de las condiciones histórico-reales. Cuando la mayoría de la clase obrera es difusamente socialista, las condiciones son más propicias para que una franja gire a la izquierda que en ausencia de ello; y sin embargo ninguna condición es absoluta, en cualesquiera condiciones puede emerger la revolución.

Pero el PTS parece desestimar de plano un problema real de nuestro tiempo: el hecho de que todavía se viva un período general de crisis de la alternativa socialista, lo que se aprecia en cómo a la clase trabajadora le cuesta imprimir su sello en los acontecimientos. Y sin embargo, las condiciones históricas están mejorando –¡quizás cualitativamente!– para que se produzca una superación de esta herencia y se abran condiciones para relanzar la batalla por la revolución socialista, en la huella dejada por la Revolución Rusa cien años atrás. Esta es la apuesta de nuestra corriente internacional, y para dicha apuesta, el tufillo estalinista de todo el armazón teórico-estratégico del PTS no sirve.

2 Atención que el morenismo fue una corriente real, no una caricatura. Su síntesis teórico-estratégica y su deslizamiento objetivista hicieron estallar la corriente por los aires bajo la presión de los acontecimientos de finales de los años ’80 pero, sin embargo, el morenismo dio lugar a una experiencia de construcción real de bastante envergadura e insuperada hasta ahora en su arraigo en la clase obrera.

3 A diferencia del PTS, que critica a Altamira por sostener hoy esta posición en relación a Cuba, a nosotros nos parece muy bien. Ver “Altamira y la Revolución Cubana” en izquierdaweb.

4 Lógicamente, este es un esquema que rompe los moldes de la secta.

5 Lizarrague destaca que el estalinismo preparó la restauración, pero no subraya nunca las consecuencias del proceso mismo de burocratización más allá de las palabras “deformado y degenerado”. Pero qué implicaciones tuvo, en tiempo real, esta deformación y degeneración, ¡el PTS no sabe y no contesta!

6 Demás está decir que salir a teorizar desde el punto de vista marxista alrededor del Estado y perder esta dimensión fundamental, qué clase social lo posee realmente, es una afrenta de leso marxismo.

7 El PTS nunca entendió que en un verdadero Estado obrero la democracia obrera y socialista no es solo una forma de régimen sino una verdadera relación social, porque la planificación no es un mero comando económico sino un comando económico-político cuyo direccionamiento dependen de quién, qué clase o fracción de clases, está realmente al comando del Estado. Es imposible pensar en la planificación socialista sin este anclaje también político, porque es el Estado, repetimos, quien comanda la economía en este proceso.

Mirá también:  La revolución de 1949

8 Los textos de Lenin de seguimiento de la experiencia bolchevique en el poder son uno más brillante que el otro. Hace muchos años escribimos un texto titulado “Problemas del Estado soviético según la visión de Lenin” (1993), que no está digitalizado; debería hacerse, porque sigue teniendo vigencias en muchos aspectos.

9 Lástima que en este texto no podemos desarrollar todos los temas. Pero dejamos anotado para quien quiera consultar que el concepto de semi-Estado proletario de Lenin contenía dos caras: era tanto una dictadura de nuevo tipo, de la mayoría sobre la minoría, como una democracia de nuevo tipo en el sentido del primer ejercicio histórico pleno del poder por parte de los explotados y oprimidos.

10 Por doctrinarismo, el PTS falla también en este criterio metodológico fundamental.

11 Incuso Nahuel Moreno, tan denostado por el PTS, tenía en este punto más sensibilidad que ellos, como ya hemos escrito varias veces, y hablaba de “burocracia pequeño-burguesa” para referirse al estalinismo y no de “burocracia obrera”…

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