En la noche del miércoles Donald Trump pronunció un discurso en cadena nacional desde la Casa Blanca para anunciar «importantes actualizaciones» sobre la guerra contra Irán. La expectativa por el eventual anuncio de un rápido cierre del conflicto (que Trump había sugerido con diversos gestos y comentarios en las últimas horas) hizo que el precio del petróleo cayera y que las acciones estadounidenses suban en las horas previas.
Sin embargo, tras el discurso de Trump el rebote fue instantáneo. Las palabras del ultraderechista dejaron más dudas que certezas, incluso en el seno de los capitalistas del planeta y, particularmente, de la burguesía estadounidense. En la última rueda, la bolsa yanqui cerró con una caída del 0,67%, la referencia Asia – Pacífico en un 0,75% abajo y el Nikkei japonés cayó un 0,79%. Los contratos de petróleo con referencia al Brent de junio subieron un 3%, hasta los 104,75 dólares por barril.
«Triunfos» militares y fracasos políticos
Hace una semana señalábamos que «la absoluta falta de perspectivas de Trump en su incursión contra Irán ya es un hecho patente. Tras 5 semanas de conflicto, queda claro que se trata de una guerra sin estrategia clara (al menos desde la Casa Blanca). No se sabe qué tipo de guerra es porque no están claros sus objetivos. ¿Se trata de forzar un cambio de régimen, de bloquear el programa nuclear iraní, de hacer colapsar el sistema de proxys iraníes en la región? Significativamente, en los últimos movimientos estadounidenses se refleja una inversión de prioridades. La idea de un desembarco en Kharg expresa más los problemas sufridos por EEUU que la idea de sofocar al régimen iraní».
El rebote político de la agresión imperialista contra Irán se hace cada vez más pesado para el gobierno de Trump. Quedó en claro cuando comenzó su declaración del miércoles diciendo que quería «explicar por qué la operación Furia Épica es necesaria para la seguridad de América y el mundo libre«. Si Trump (una figura fascistoide caracterizada por sus provocaciones y delirios auto – justificatorios) siente la necesidad de dar explicaciones a la población estadounidense a través de una cadena nacional es porque está atravesando un problema de legitimación importante. Y no alrededor de un punto accesorio de su administración sino de la operación militar de ultramar más importante (no simplemente en términos militares o económico sino geopolíticos) del Estado yanqui desde la última campaña en Medio Oriente (Irak, Afganistán).
Lo que hace seis semanas podía ser muestra de incredulidad o impresión se está convirtiendo ya en expresiones de división burguesa en el establishment capitalista estadounidense (por no mencionar el plano internacional) alrededor de la aventura bélica de Trump.
La semana pasada, un grupo de parlamentarios republicanos se pronunciaron públicamente en contra de una eventual incursión terrestre sobre Irán, mientras se rumoreaba la posibilidad de desembarcar sobre la isla de Jarg. Más o menos por la misma fecha, Larry Fink (el dueño de BlackRock, el fondo de inversiones financieras más importante del planeta) hizo una gira por los medios internacionales declarando, entre guiños al sionismo y palabras de optimismo capitalista, que si la guerra en Irán se alarga «un año» la economía global entrará en recesión. En realidad la recesión llegará mucho más rápido.
Lo que queda claro es que la cuestión de la guerra en Irán hoy pasa mucho más por el plano económico, político y geopolítico que por lo estrictamente militar, como intenta presentarlo Trump. La agresión trumpista (y sionista) contra Irán no es una guerra total ni una de exterminio. Es una agresión imperialista condicionada por la situación política y económica internacional que, en estos momentos, está rebotando sobre el propio Trump y amenazando con hacerlo salir del conflicto bastante peor posicionado que cuando entró.
«Objetivos estratégicos»
Es en ese marco que Trump operó su milésimo giro discursivo desde el 28 de febrero (es cierto que conservando buena parte de la perorata anterior). En el discurso del miércoles 1°, el ultraderechista declaró que Estados Unidos está «muy cerca» de completar sus «objetivos estratégicos» en Irán y que «todo el mundo está hablando de eso».
Esto último es cierto: todo el mundo está hablando del carácter absolutamente anti – estratégico del accionar trumpista, su larga lista de pequeños grandes fracasos y su desorientación general en medio de un conflicto que él mismo inició y del que no sabe cómo salir dignamente luego de convertir la economía global en una tormenta perfecta para la próxima recesión.
La lista de «éxitos» presentada por Trump es militar: la supuesta «destrucción» de las capacidades militares iraníes, de sus fábricas y lanzaderas de misiles, de su flota naval, su fuerza áerea, del asesinato de parte de la cúpula teocrática – militar iraní. Pero esos son, en todo caso, argumentos de guerra y no objetivos estratégicos como dijera Trump. ¿Cuáles son los objetivos de la guerra, que según Trump están casi cumplidos? En sus palabras, anular la capacidad militar iraní (y de sus proxys en Medio Oriente), así como su capacidad nuclear.
En cuanto al cambio de régimen Trump repitió las palabras de su inspirado ministro Pete Hegseth. «El cambio de régimen no era nuestro objetivo pero ya ocurrió» de hecho por el asesinato de determinados funcionarios iraníes. Una estupidez propia de la ultraderecha contemporánea. El país persa sigue siendo gobernado por el aparato militar – teocrático de la Guardia Islámica y los mulás. Si hoy aparece en primer plano la GRI (antes que la teocracia) es no sólo por la situación bélica sino porque la misma venía pasando a primer plano previamente al asesinato de Jameneí. Es un desarrollo orgánico del régimen iraní, promovido por el modelo económico forjado por el propio Jamenei, dándole a la GRI el control de grandes porciones de la economía a través de las bonyads.
De esa lista actualizada de objetivos queda ausente la apertura del estrecho de Ormuz. Hasta hace sólo horas atrás, esta era una exigencia supuestamente innegociable de Trump para siquiera considerar el fin de la operación militar. No sólo queda ausente sino que Trump dijo abiertamente que Ormuz es problema y responsabilidad de «los países que reciben petróleo a través de Ormuz». Así Trump se lava las manos del cierre de la canilla de hidrocarburos más importante del planeta, generada por una incursión imperialista decidida unilateralmente por él (y el genocida Netanyahu).
El giro discursivo de Trump responde a que está preparando el terreno para salir de Irán sin resolver la cuestión de Ormuz (ni ninguna otra) por el simple hecho de que no encuentra vía alguna para hacerlo. Una vez más vale resaltar que esta no es una guerra total: no alcanza con tener superioridad militar para ganar políticamente el desenlace del conflicto. En vista de haber creado una tormenta más grande de lo que puede controlar, Trump se prepara para terminar el conflicto antes de que las consecuencias económicas lo condenen al fracaso en las próximas elecciones estadounidenses. Aún así, su nueva promesa de «llevar a Irán a la Edad de Piedra, donde merecen estar» con ataques renovados en las próximas «dos o tres semanas» no transmiten demasiadas certezas. Más bien todo lo contrario.
Caos, inflación y recesión
Lo que no se entiende, si fuera cierto el panorama militar de victoria permanente dibujado por Trump, es cómo permanece Irán con el control absoluto del estrecho de Ormuz. El cierre del estrecho sigue siendo firme a pesar de las mil y una amenazas de Trump de desatar «un infierno» sobre el país persa en general y sobre la isla de Jarg en particular. En los últimos días incluso coqueteó con la idea de ocupar la isla y «tomar» el petróleo iraní concentrado en las instalaciones locales, aún si implicaba «permanecer en el terreno durante un tiempo». Una idea que no le agradó nada a los mercados ni al establishment burgués.
Las consecuencias económicas de la guerra en Irán ya están generando una crisis energética no sólo comparable sino probablemente mayor a la ocurrida tras la invasión rusa a Ucrania en 2022.
Todos los analistas serios coinciden en que la crisis desatada se parece más a la Crisis del Petróleo de 1973 tras la Guerra Árabe – Israelí. Significativamente, la Agencia Internacional de Energía realizó la mayor liberación de reservas de petróleo desde que dicho organismo existe. Y nació justamente tras la crisis de 1973. El mismo organismo declaró que la guerra contra Irán es «la mayor amenaza de la historia para la seguridad energética».
Otro analista del mercado petrolero anticipa que «podríamos ver que los precios del petróleo alcancen los 200 dólares por barril si los combates se prolongan durante un mes más […]. Este es un escenario muy probable que no debe descartarse«. La gran mayoría de los economistas y fondos de inversión anticipan que el barril de petróleo podría alcanzar precios récord, entre los 150 y 200 dólares por barril en cuestión de semanas. El valor más alto registrado en la historia es de 146 dólares el barril y corresponde a julio del 2008, al comienzo de la última Gran Recesión.
El resultado de una disparada del precio de los hidrocarburos de semejante magnitud sería contundente: espiral inflacionaria y presión recesiva. A mediano plazo, estanflación global. Según el FMI, cada 10% de aumento en el precio internacional del petróleo implicaría un aumento generalizado de la inflación en torno del 0,4% y una retracción económica del 0,15%. «Según estos cálculos, si el crudo se mantuviera en 150 dólares, el planeta reviviría un episodio inflacionario con los precios encareciéndose alrededor de un 6% y la economía mundial en recesión. El panorama se ensombrecería con los barriles aún más caros».
Una vez más, los cálculos finos alrededor de los tiempos son claves para pensar las consecuencias inmediatas. Algunos organismos anticipan un margen casi inexistente para evitar un enfriamiento de la actividad económica y un alza inflacionaria de magnitud. La Reserva Federal de Dallas calcula que, si Ormuz permanece cerrado hasta junio (otros 60 días) la retracción económica mundial anualizada para el segundo trimestre del año sería del 2,9%. Y 60 días no parece descabellado teniendo en cuenta que Trump le da «dos o tres semanas» de gracia a la guerra. Basta decir que al comienzo del conflicto le daba «dos o tres días» y ya corre un mes de bombardeos.
Desorientación estratégica y competencia imperialista
Lo más llamativo de la hoja de ruta de Trump (decirle «orientación» al raid de fracasos y traspiés del último mes sería demasiado) es que todo parece señalar que su gobierno saldrá del conflicto peor de lo que ingresó. Esto es así en al menos dos planos.
A nivel interno, la inflación con estancamiento que está conjugando la guerra en Irán podría sepultar las perspectivas electorales de Trump para este año. A pesar de la perorata trumpista en torno a la supuesta «autonomía energética» estadounidense, el país norteamericano no escapará de ninguna manera a las consecuencias económicas del cierre de Ormuz. La inflación para este año ya se anticipa en, al menos, el 4% dentro de EEUU. El encarecimiento de los combustibles podría destruir unos 10.000 empleos mensuales en el país, al ritmo actual. Sería un golpe duro para el relato «proteccionista» de Trump. Y caería en un momento como mínimo delicado, con encuestas que señalan un rechazo masivo a la guerra, además de la ya constante presencia de las movilizaciones de masas en Estados Unidos. En los últimos días, unos 8 millones de personas se movilizaron en una nueva edición del No Kings en todo el territorio estadounidense.
En segundo lugar, la guerra está agudizando toda una serie de problemas geopolíticos y abriendo otros nuevos para EEUU. La situación en Medio Oriente queda mucho menos que «resuelta», aún si Israel extiende su control (y, posiblemente, sus fronteras). La región ya está prendida fuego y sufrirá seguramente graves consecuencias económicas durante un largo tiempo luego de terminado el episodio bélico. Además de los problemas políticos y sociales internos y regionales de todo tipo, desde los desplazados (casi un millón en Líbano) hasta la destrucción de infraestructura civil, militar e industrial en varios países además de Irán (caso de aliados estadounidenses como Qatar y otros).
Y, hablando de aliados estadounidenses, Trump se dio el gusto de tensar aún más las relaciones con la Unión Europea y, especialmente, los países integrantes de la OTAN. El ultraderechista amenazó en los últimos días con abandonar el Tratado del Atlántico Norte. Fue como respuesta a la negativa de Francia, Italia y España a permitir el uso de sus bases militares y espacios aéreos como vía de paso para tropas y armamento estadounidense con destino a Irán. Lo propio hizo con Gran Bretaña, que se negó a participar activamente de la guerra.
Quizá lo más paradójico de todo es que Trump se vanagloria de la supuesta «inmunidad» energética de Estados Unidos porque no importa cantidades significativas de petróleo a través del estrecho de Ormuz. La inmensa mayoría del crudo y gas que sale de la región se dirige a la India, China y otros puntos del sudeste asiático y el norte de África. Pero resulta que EEUU podría sufrir las consecuencias económicas más duramente que China, su principal competidor en la contienda mundial. Sucede que la economía china presenta algunas fortalezas relativas por las particularidades de su formación político – social de tipo capitalista de Estado. Además de grandes reservas estratégicas de crudo (y otras fuentes de abastecimiento que no requieren del paso por Ormuz) China tiene amplias herramientas de intervención sobre precios para maniobrar sobre la inflación. Al mismo tiempo, su economía está mucho menos orientada al mercado interno que la estadounidense. Por lo cual un aumento de la inflación interna no tendría efectos tan recesivos sobre su entramado industrial.
El papel del colonialismo sionista
Desde el inicio de la guerra en Irán circula la idea de que Netanyahu arrastró a Trump hacia el conflicto. El reparto de responsabilidades en esa formulación es evidentemente desproporcionado teniendo en cuenta que EEUU es la principal potencia mundial, además del principal sostén histórico de la existencia del Estado colonial de Israel. Por no mencionar que es el principal responsable de las incursiones bélicas sobre Irán, tanto aéreas como navales y, de llegar a ese punto, el único actor dispuesto a realizar incursiones terrestres. Las narrativas de que Estados Unidos sería una pobre víctima de Israel son delirantes.
Dicho esto, es indudable que Israel posee un alto grado de autonomía regional. Esto se refuerza después del transcurso del último período. El sionismo viene de transformar Gaza en un enorme campo de concentración a cielo abierto, de avanzar territorialmente sobre Siria en la zona de los Altos del Golán, y ahora está ocupando militarmente una porción de tierra en el sur del Líbano, delimitada por el río Litani y equivalente al 10% del territorio nacional.
Esta ocupación, iniciada con la excusa de Hezbolá, se encamina cada vez más claramente hacia un intento de anexión. Israel prepara el terreno para la anexión destruyendo infraestructura y vías de transporte (dinamitó cinco puentes sobre el Litani), desplazando a la población local y demoliendo indiscriminadamente todas las urbanizaciones de la zona. Cuando transforma infraestructura civil en ruinas de forma masiva no se trata de una «zona de amortiguación» sino de la ocupación para posterior anexión de una región, con un claro criterio de limpieza étnica. Es básicamente el procedimiento operado por el sionismo en el territorio palestino desde 1948.
La idea de anexar el sur de Líbano no es nueva. Es un viejo avatar del ideario colonialista del Gran Israel. Un sueño racista del sionismo fundado en delirios bíblicos que plantea anexar (además de los territorios palestinos ocupados a fuerza de genocidio) zonas de Líbano, Siria y Egipto, además de la anexión definitiva de Gaza y Cisjordania. Esta idea fue reflotada de hecho por Bezalel Smotrich, ministro de Finanzas de Netanyahu y representante del ala más racista y reaccionaria del sionismo israelí. Este fascista moderno planteó abiertamente el deseo de anexar el territorio al sur del Litani, convirtiendo este río en la nueva frontera norte de Israel.
Las incursiones sobre Líbano son una constante histórica durante las últimas décadas. A fines del siglo pasado, Israel ocupó la región al sur del Litani durante «18 años que incluyeron escándalos como la masacre de Sabra y Chatila (cometida por sus aliados, las falanges libanesas), torturas en prisiones secretas o el bombardeo de un recinto de la ONU en el que murieron 100 civiles que buscaban allí refugio. El coste en vidas de los propios soldados israelíes gestó un movimiento interno de protesta en Israel, y Ehud Barak acudió a las urnas con el compromiso de retirarlas de Líbano si ganaba. Sucedió, en 2000, y desde entonces Israel solo ha controlado varios kilómetros de territorio libanés en contextos bélicos y temporales. Desde 2024 mantenía ya cinco posiciones en Líbano (vulnerando el alto el fuego de ese año, que hablaba de retirada completa)».
En ese contexto de expansionismo genocida y racista, también Israel está empezando a sentir el desgaste de la guerra contra Irán. En las últimas semanas se repitieron casos de penetración de misiles en el sistema de defensa aérea israelí. Los informes militares dan cuenta de que se debieron a la escasez de interceptores de alto nivel en el arsenal israelí. Nadie sabe a ciencia cierta cuántas unidades de este tipo le quedan a Israel porque se trata de información clasificada. Pero es real que el ejército sionista está optando cada vez más por utilizar interceptores más baratos que los Arrow de punta.
Son las primeras señales de desgaste militar en Israel. Una muestra de que, a pesar de su inferioridad militar, tecnológica y económica, Irán tiene la capacidad de hacer daño y, sobre todo, de perturbar la normalidad social y económica del Estado sionista. Desde hace un mes que Israel ve interrumpidos los ciclos lectivos escolares y tiene cerrado su principal aeropuerto, obligando a redirigir vuelos a las fronteras de Egipto y Jordania.
Autodeterminación y anticapitalismo en Irán, Medio Oriente y el mundo
A la vez que se multiplican las consecuencias económicas y se agudizan las dudas sobre la futura resultante geopolítica, la agresión imperialista sobre Irán ya se traduce en gravísimas consecuencias humanitarias y sociales para las amplias mayorías de la población mundial. Además de los miles de muertos en Medio Oriente resultado de los bombardeos de Trump y Netanyahu, la tendencia estanflacionista que empieza a operar promete millones de nuevos pobres por el encarecimiento de la energía, y consecuentemente de los alimentos e insumos básicos, junto al enfriamiento general de la actividad económica.
Se ensancha rápidamente la desigualdad entre regiones y países. Los países pobres, semi – coloniales y dependientes sufren lo más duro de la crisis. Por obvias razones. Lo que en países imperialistas como EEUU o las potencias europeas será una espiral inflacionaria aguda se traducirá, en otras zonas, como desabastecimiento de combustibles y en otras ramas de la economía. Países como Indonesia o Malasia tienen reservas de combustible que sólo alcanzan para 20 días de suministro, mientras que países de la UE como Dinamarca y Países bajos tienen reservas para 300 y 500 días. En decenas de países ya están operando restricciones al suministro y consumo, tanto industrial como de masas.
En zonas de África se prevé falta de alimentos por el encarecimiento adicional de los fertilizantes. El 30% de los fertilizantes del planeta pasan por el estrecho de Ormuz. La urea, el más común de ellos, ya aumentó un 45%.
Las consecuencias económicas, sociales y humanitarias de la guerra en Irán son tan reaccionarias como la motivación imperialista que le dio inicio. Trump y Netanyahu quieren arrodillar a una nación de 90 millones para garantizar su dominio imperial – colonial sobre toda la región. Mientras se multiplican las previsiones catastróficas sobre la economía del próximo período, un puñado de imperialistas decide, sin plan ni estrategia, el destino de miles de millones. Los que más sufren son los que menos voz tienen en el concierto. La actualidad del reclamo por el derecho a la autodeterminación planteada por la agresión contra Irán se repite en la región, como muestra el caso del Líbano. Y se repite cada vez más internacionalmente, parejo a la extensión de la crisis energética y económica, como la necesidad de una alternativa anticapitalista e internacionalista. La agresividad sin estrategia, la lógica irracional del trumpismo no es una simple marca de carácter del ultraderechista sino una marca de época.
La guerra en Irán concentra y amplifica los hilos de una nueva etapa de guerras, crisis, reacción y barbarie capitalista. Es una guerra engendrada por las contradicciones de un imperialismo re – territorializado, una capitalismo de la desposesión, que cocina, anticipa y le da forma a una nueva crisis económica global. Lo cierto es que ninguna solución a la guerra puede encontrarse en la hoja de ruta de Trump, de Israel, ni de ninguna de las potencias capitalistas (tampoco en la tibieza de los Estados europeos y europeístas).
La única perspectiva progresiva ante la agresión imperialista – colonial en Medio Oriente está plasmada en las movilizaciones de masas que recorrieron el mundo, primero por Palestina, luego en defensa de la autodeterminación iraní en países como Yemen y otros puntos de Medio Oriente. También en las multitudinarias protestas contra el ICE y la política bonapartista de Trump en Estados Unidos. La única conclusión racional del caos global y los vaticinios de catástrofe es la necesidad imperiosa de nuevas revoluciones sociales que le pongan un freno a la barbarie capitalista.




