“En la encuesta de Reuters/Ipsos, la aprobación de Trump bajó al 35%, del 36% del relevamiento anterior, quedando apenas un punto porcentual por arriba del peor nivel registrado de la serie histórica (…) el republicano comenzó esta gestión con un 47% de aprobación (…) La persistencia de la guerra en Irán y los efectos en la disrupción de los mercados de combustibles por el bloqueo de Ormuz han dado las principales señales de alerta al presidente (…) La elección de noviembre va a renovar el Legislativo Nacional y puede acabar con la mayoría republicana en el Congreso. A depender de la ventaja demócrata en una eventual derrota más amplia de aliados de la Casa Blanca, el presidente puede entrar incluso en la mira de proceso de impeachment (…)”
(Folha de Sao Paulo, 20/05/26)
Habiendo pasado durante el mes de mayo por Los Ángeles y San Pablo para distintos eventos sindicales, políticos y “literarios”, me interesa dejar en esta nota, a modo de impresiones, algunas definiciones comparadas de la situación política y algo más de los tres países en esta primera mitad del 2026.
1- Mirar el mundo con los dos ojos
En EEUU, Brasil y Argentina, paradójicamente, la coyuntura vacila. Está como en un “limbo” entre la reafirmación de la extrema derecha, o su “salida” dando paso a un giro algo más al centro político (centro derecha eventualmente, se verá).[1] En los tres países la coyuntura es de interregno (entre dos reinos): entre la reafirmación reaccionaria o un corrimiento algo más al centro, que no excluye la eventualidad de la irrupción electoral de la izquierda, sobre todo en la Argentina. Lo paradójico, acabamos de señalarlo en nota al pie, es que tanto en el terreno de la lucha de clases –contención mediante de las direcciones tradicionales– como en el geopolítico (¡en medio de guerras y bombazos sin fin en Ucrania y Medio Oriente!), lo que termina haciendo bascular la situación política son las elecciones. No define las cosas la guerra de EEUU con Irán, ni tampoco define la lucha de clases, aunque sí condicionan –es decir, definen de manera indirecta–. Lo que define el péndulo político, sobredeterminado por todos los elementos señalados más la economía mundial y nacional, y a la vez sobredeterminando todo lo demás, son (de nuevo, paradójicamente) las elecciones.
En la Argentina, Milei largó en cierto modo una campaña electoral anticipada cuando falta un año y medio, y ni siquiera está claro cuáles serán las reglas de juego de las mismas. Imagínense entonces el caso de Brasil y EEUU, donde las elecciones son en octubre y noviembre y ya están en plena campaña electoral.[2]
La definición de una coyuntura entre un interregno y la “rabiosa” reacción de la extrema derecha creemos que es útil, porque marca el momento político actual. Desde ya que la extrema derecha llegó para quedarse porque expresa los detritus de lo más destructivo del capitalismo voraz del siglo XXI. Su base son millones de integrantes de las clases medias en decadencia y, también, sectores del proletariado o el lumpen-proletariado que compran como enemigos a los que son sus iguales: los migrantes, las personas de color, las mujeres, las personas trans, etc.
El fenómeno es el de una suerte de “fascismo preventivo” que en realidad no es fascismo. Esa sería una definición completamente exagerada de un fenómeno que es más bien una suerte de bonapartismo, que expresa la crisis del viejo orden mundial y la voracidad de un capitalismo excluyente, por oposición del capitalismo inclusivo de la posguerra.
Lógicamente que desde el punto de vista social –aunque en el contexto de otro mundo, el nuevo mundo del siglo XXI– hay rasgos de este “bonapartismo mundial” que se parecen a los rasgos del fascismo de los años 30 del siglo pasado. Pero al mismo tiempo, las relaciones de fuerzas no tienen nada que ver: no hay derrotas históricas, las libertades individuales y políticas no están realmente afectadas, la extrema derecha es más mediática e inorgánica que militante, hay polo reaccionario y bipolo opuesto –no solo electoral sino en multitud de expresiones de la lucha de clases–, etc. Sin embargo, con todos los peligros, que no se pueden obviar, mirar el mundo actual con un solo ojo y no con los dos, mal le hace a la apreciación justa de la nueva etapa en la cual hemos ingresado. Es una nueva etapa de extrema crisis, guerras crecientes, militarización, reacción, barbarie pero también rebeliones populares que se manifiestan por olas, y, por qué no, eventuales revoluciones en este siglo XXI: es decir, de polo reaccionario y bipolo progresivo.[3]
Un ejemplo clásico de mirada de los desarrollos internacionales con un solo ojo es el de Valerio Arcary, marxista brasileño al que solemos citar en nuestros artículos de coyuntura. Escribe sobre los peligros que pueden influir en un posible triunfo electoral de Flavio Bolsonaro sobre Lula, de los cuales varios son ciertos. Y, aunque jamás articula una política alternativa para que el PT salga del letargo eterno en el que vive, como siempre se extralimita delirantemente cuando plantea lo siguiente: “las repercusiones de la nueva situación internacional precipitada por la ofensiva liderada por Estados Unidos contra Venezuela, Irán y Cuba, siguen siendo muy graves, al extremo de haber alternado desfavorablemente la relación de fuerzas (…)” (“Una reelección más incierta (y más necesaria) que nunca”, Jacobin, 26/04/26).
No sabemos con qué tipo de micrómetro mide Arcary las relaciones de fuerzas, pero ya resulta abusivo que meta en la misma adversa bolsa de Venezuela y Cuba a Irán… ¡con toda la prensa mundial afirmando que el que salió peor parado es el propio Trump! Por lo demás, cuando Arcary ve una coyuntura internacional agravada mecánicamente, nosotros vemos una dialéctica mayor entre interregno y reacción.
Pero también hay otras dos enormes diferencias con los años 30: a) sean liberales o “i-liberales”, se avasalle en más o en menos el régimen de la democracia burguesa, aun cuando las cosas ocurren en sus márgenes, estos gobiernos no han desbordado el régimen político para convertirse en lisa y llanamente bonapartistas (lógicamente, excluimos acá a China y Rusia, campeones del bonapartismo internacional); b) la burguesía occidental está claramente dividida. Acá hay un punto interesante: no se puede decir que los gobiernos de extrema derecha sean agentes directos del grueso de la burguesía; más bien lo son de una minoría poderosa de ésta. Además, cuando estos gobiernos logran imponer la cuña de alguna contrarreforma, la burguesía “republicana” deshoja todo el día la margarita temiendo que esas medidas, favorables a sus intereses, puedan salirse de su control y tener el efecto inverso: ¡la irrupción revolucionaria de masas que tanto se ocupan de contener!
En esto, el ejemplo del fascismo y el nazismo es instructivo porque, en ambos casos, Hitler y Mussolini no eran la preferencia principal de la burguesía alemana e italiana, pero se rindieron a sus pies por miedo a la Revolución Rusa. Actualmente no hay ninguna Revolución Rusa pero sí el peligro de que estos gobiernos terminen destruyendo el orden mundial y desestabilicen la situación internacional al punto de introducir al mundo en una III Guerra Mundial: ¿conviene eso a los negocios capitalistas? ¿Conviene que el Estrecho de Ormuz esté cerrado desde hace tres meses? ¿Conviene generar una situación en la cual a las grandes guerras les pueden seguir grandes revoluciones? ¿Conviene tirar por la borda los principios burgueses y universales de la Ilustración? Esas son grandes dudas de amplios sectores de la burguesía, en medio, es verdad, de una polarización brutal que llegó para quedarse pero no es tan extrema como la de los años 30. La flor y nata de la burguesía internacional aún no tiene respuesta.
Volviendo a lo que estábamos señalando, leyendo en el viaje la Folha de Sao Paulo, The New York Times, The Economist, y, arribando a la Argentina, retomando La Nación, vemos la misma ubicación política “republicana”: les preocupa el avasallamiento del juego de check and balance, del juego institucional. No vaya a ser que de ese “juego” se vaya al terreno directo de la lucha de clases y, para colmo, en las condiciones donde crecen a ojos vista guerras cada vez más peligrosas.
En el mundo de la “aceleración”, todos los días es una de cal y otra de arena: la dinámica está, permanentemente, “suspendida en el aire”, en una suerte de impase. Más ahora cuando se ha abierto esta dinámica entre interregno y reacción y cuando, en ocasiones, mete la cola la lucha de clases (como ha venido ocurriendo en la Argentina en las cuatro marchas históricas –con grados diversos de contención– de estos meses: 24/03, 30/04, 12/05 y esta semana el 3/06).
En EEUU, como decimos al comienzo de esta nota, la noticia es la caída de la popularidad de Trump: el dato es que está peor que después del intento de asalto al Capitolio en 2020, y que esto se debe al precio de la gasolina, a la inflación y a la guerra con Irán.
Respecto de Irán, la cosa es complicada. ¿Cómo salir de ese atolladero en el que se metió solo –más bien a instancias del verdadero fascista que es Netanyahu?–. “(…) Trump se metió solo –veremos luego el papel de Netanyahu e Israel en la ecuación, pero la decisión última fue del presidente yanqui– en un problema del que no sabe bien cómo salir sin aparecer como débil, irresoluto y hasta derrotado (…)” (Yunes, “Impacto, lecciones y perspectivas –provisorias– de la tercera guerra del Golfo”, izquierda web).
Por lo demás, el de Netanyahu sí es un régimen fascista porque es un régimen de ocupación, limpieza étnica y genocidio del pueblo palestino. Que internamente, con la población sionista, no haya logrado cerrar el parlamento ni el tribunal de justicia es un cierto “contrapeso” adelgazado hasta lo infinitesimal, porque la población de Israel va, políticamente, de la derecha al fascismo. El Estado sionista es una de las sociedades más asfixiantes del mundo, lo cual denota su imposibilidad histórica como Estado tal.
De cualquier manera, una definición tentativa, descriptiva, del Estado sionista de hoy sería la de un régimen fascista de ocupación de tipo espartano carente de verdaderas libertades democráticas (no somos especialistas en el tema, por lo cual esto que decimos necesita de un análisis ulterior. Ver a este respecto el trabajo de nuestro compañero Marcelo Yunes: “Impacto, lecciones y perspectivas –provisorias– de la tercera guerra del Golfo”, en izquierda web).
En Medio Oriente las cosas están así: a) el régimen de Teherán permanece y hasta se ha radicalizado; b) esto no quiere decir que haya salido indemne de la confrontación, y está condicionado por la presión de la población iraní urbana, harta de los ayatolas; c) Ormuz se abriría pero en cualquier momento podrían volver a cerrarlo (los ayatolas encontraron un arma “nuclear” tremenda para causar disrupción en la economía mundial que antes no habían usado); d) se desbloquearían fondos por 12.000 millones de dólares iraníes retenidos en Occidente; e) Israel debería retirarse del Líbano.
En fin, esta esdrújula sería el acuerdo provisorio para la firma de la tregua. Queda pendiente el problema del uranio enriquecido y la producción nuclear para discusiones ulteriores. Un acuerdo provisorio que Trump necesita como del agua, porque las elecciones de medio término se aproximan. No se sabe cómo podrá disimular esta salida vergonzosa de una contienda que él mismo comenzó de manera gratuita, con su voluntarista y estratégicamente inconducente lógica de “táctica sin estrategia” (o de imperialismo territorial por ahora básicamente fallido).
Con una mirada integral del mundo, hoy tenemos también: a) Rusia con una lógica de imperio territorial a la vieja usanza, con mucha destrucción pero realmente pocos avances en Ucrania;[4] b) China ahora “globalista al palo”, aunque pensando el momento para invadir Taiwán, del cual defendemos incondicionalmente su derecho a la autodeterminación; c) Trump con su imperialismo territorial del “viejo tipo” pero sin grandes resultados a la vista; d) la otra mitad de la burguesía imperialista yanqui y la UE, básicamente, también globalistas. El viejo orden mundial capitalista neoliberal democrático-burgués imperialista está en crisis, pero por el momento la dinámica está irresuelta.
2- Un gigante llamado Brasil
En Brasil la paradoja es que el interregno parece inverso, yendo de Lula a Flavio Bolsonaro… Sin embargo, la noticia en las últimas semanas es el escándalo de corrupción monumental con el Banco Master (que está cerrado), de la familia Vorcaro (padre e hijo están presos), que enchastra fundamentalmente a la extrema derecha (pero también al juez del STF que condenó a Bolsonaro por golpista, Alexandre de Moraes).[5] El PT como tal, esta vez no aparece involucrado. Sin embargo, el problema en Brasil es que no parece que Lula gobierne. Tampoco los Bolsonaro, aunque ocupan una parte desproporcionada de los medios. Gobierna el parlamento dirigido por el Centrão.
Es decir, en Brasil hubo un cierto cambio en la mecánica del régimen político en los últimos años. Amén del golpe parlamentario que derrumbó a Dilma Roussef, se ha pasado de una forma de régimen llamado “presidencialismo de coalición”, en el cual el lulismo armaba coaliciones de colaboración de clases pero gobernaba Lula, a la circunstancia actual bajo Lula 3, donde el que parece gobernar es el Congreso Nacional, que tiene una bancada desproporcionadamente enorme de representantes “fisiológicos”. Los políticos fisiológicos son figuras generalmente de centro derecha, derecha y extrema derecha, que van y vienen según los vientos del poder pero que, en general, están arbitrando las decisiones políticas y la legislación hacia la derecha, frente a lo cual Lula tiene poca o nula reacción.
Como digresión, Arcary, al que respetamos de todas maneras como intelectual marxista (aunque para nuestro gusto, además de los graves problemas políticos de toda índole que reiteradamente le señalamos, sostiene un marxismo demasiado positivista y poco dialéctico), en un artículo reciente hace una enumeración pedagógica del “reformismo sin reformas” de Lula. Considera que sus gobiernos fueron “insuficientes para alterar, cualitativamente, el grado de injusticia estructural del capitalismo brasileño, por cuanto se preservaron los dogmas neoliberales del superávit fiscal [el llamado “techo fiscal” que ahora también el peronismo argentino dice que no cuestionará si reemplaza a Milei], las metas de inflación [ídem en el caso del peronismo] y el tipo de cambio flotante para tranquilizar a los acreedores de la deuda interna [la mecánica de esta deuda es distinta en la Argentina, marcada dramáticamente por la deuda externa], además de un sistema tributario concentrado en el consumo, que exime a los ingresos y al patrimonio [algo que también quiere profundizar Milei], y de las condiciones de precariedad que condenan a 40 millones de personas a la economía informal [ídem Milei y el peronismo]” (“Brasil, país anómalo”, Jacobin, 26/04/26).
No podemos dejar pasar la ocasión de comentar algunos de los debates internos de Resistencia sobre la caracterización actual de China (y que son perfectamente aplicables a la ex FT). Resulta que al igual que el economista británico Michael Roberts, consideran que la planificación, per se, sería un elemento “anticapitalista”… Pero esto tiene dos problemas. Primero, planificación hay también en el capitalismo a nivel intrafirmas, etc., y eso no las hace firmas “socialistas”. Lenin tomaba en El Estado y la revolución el ejemplo de la planificación del correo alemán de la época, perfectamente burgués, y la Primera Guerra Mundial desarrolló enormes elementos de planificación. De todos modos, efectivamente sería impensable el capitalismo sin la anarquía del mercado en el orden global de la economía. Segundo, luego de toda el agua que ha corrido bajo el puente en las experiencias no capitalistas del siglo XX, seguir considerando la planificación en sí misma como un mecanismo automáticamente obrero o no capitalista, es una burrada total: todo el problema se resume en quién planifica y para qué objetivos se planifica (Naville).[6]
Volviendo a donde estábamos, no se puede afirmar que Brasil haya dejado de ser una democracia burguesa en un inmenso país dependiente que, a su modo, es sin embargo una potencia económica mundial. Pero sí se puede afirmar que el régimen está bajo una presión reaccionaria que no terminó con la derrota electoral de Jair Bolsonaro, que continúa con el débil gobierno de Lula 3 y que tiene el peligro real de que el bolsonarismo vuelva al gobierno con Flavio Bolsonaro (a pesar de que en las encuestas recientes, para segunda vuelta, y dado el escándalo de los Vorcaro, Flavio está en estos momentos a 4 puntos de Lula: 47% versus 43%).[7]
Y sin embargo, en Brasil también hay bipolaridad porque, en un hecho enormemente significativo aunque todavía de amplia vanguardia, se aprecia un cambio en el metabolismo de la lucha de clases en dicho país. El PT, la CUT (histórica Central Única de Trabajadores), el MST (Movimiento sin Tierra), el MTST (los sin techo), reflejando con sus más y sus menos lo que podríamos llamar “la vieja vanguardia”, están a la defensiva. Pero está ocurriendo la irrupción desde abajo e independiente de nuevos movimientos que expresan lo que llamamos en nuestra corriente el reinicio de la experiencia histórica de los explotados y oprimidos. Tenemos ejemplos como el movimiento indígena a comienzos del año, que en un gesto “anticapitalista” cuestionó y logró triunfar en su lucha contra la privatización de determinados ríos del Amazonas; los ya históricos breques –paros– nacionales de las y los repartidores (en los cuales nuestra corriente tiene gran protagonismo), y también, con gran protagonismo de nuestra juventud, la reciente ocupación de la rectoría de la USP. Más en general, también está la larga huelga de los no docentes y luego de los estudiantes de las universidades públicas del Estado de San Pablo, que en cierto modo pusieron contra las cuerdas o a la defensiva al gobernador de extrema derecha del Estado, Tarcísio.
Volviendo a las elecciones de octubre próximo, que en estos momentos todo lo inundan, cada quince días hay encuestas, y en la última, como ya señalamos, apareció Flavio Bolsonaro cuatro puntos debajo de Lula, cuando había estado primero en la anterior. Y en esto juegan las definiciones dialécticas de “interregno y reacción” (aunque superestructuralmente). Porque, por así decirlo, el “interrgeno” apareció con el escándalo de los Vorcaro, y la reacción fue el viaje relámpago de Flavio Bolsonaro a los EEUU a pedirle a Trump que declare como “grupos terroristas” al Comando Vermelho y al Primer Comando de la Capital. En realidad, no son grupos terroristas sino grupos criminales (la distinción no es menor pero en nada disminuye su carácter reaccionario). La derecha así le da pie a Trump para meterse con la soberanía de Brasil, lo que es un escándalo que Lula denunció oportunamente de manera correcta, aunque no movió un dedo para impedirlo.[8]
3- División burguesa y… bipolaridad
Un elemento clave del análisis internacional es la división de la burguesía imperialista. Está claro que la extrema derecha llegó para quedarse (independientemente de los próximos resultados electorales) porque expresa el movimiento de descomposición del capitalismo que es dramático.
Es decir, en la economía capitalista se vive un doble movimiento: por un lado, el enriquecimiento brutal de un sector minoritario de mil millonarios, millonarios, clases medias altas, etc.; por el otro, un empobrecimiento generalizado de la clase trabajadora y las capas medias bajas, además de un crecimiento brutal de la precarización laboral. Coexisten el desarrollo de nuevas ramas de punta, de relocalizaciones industriales, noticias todos los días –más bien distópicas por ahora– sobre nuevos desarrollos de la IA, inversión inmobiliaria millonaria (visible en San Pablo pero paradójicamente no en Los Ángeles), crecimiento monumental de la industria armamentística, gentrificación, nuevos lugares de acumulación capitalista, etc., con desinversión generalizada en infraestructura –salvo en China y otros lugares, de los cuales no tenemos análisis ni percepción–, deterioro de los servicios públicos, megalopolización urbana (tendencia poblacional hacia ciudades que carecen de infraestructura para recibir tantas personas), precarización laboral extrema de toda una porción de la nueva clase obrera (¡aunque simultáneamente, asalarización monumental de una nueva clase trabajadora que antes era cuentapropista!), un Buenos Aires sin ningún signo de modernidad (la ciudad tiene partes bellas y otras pobrísimas pero parece estancada en los años 60, comparada con los centros de San Pablo que son de una acumulación de capital delirante), un Los Ángeles downtown pos-humano en medio de una megalópolis estilo centroamericano, flujos migratorios descomunales y mucho más. El capitalismo voraz del siglo XXI, habiendo desarmado mayormente el Estado benefactor (porque por ahora perdió el miedo a la revolución social), es así de contrastante. Y de estos contrastes se nutre la extrema derecha. Así como se nutre todo el mundo “progresista” y de la izquierda en la bipolaridad del movimiento de mujeres universal, del movimiento LGBT universal, de la nueva clase obrera, de las movilizaciones de masas en defensa de los derechos democráticos, del levantamiento contra ICE en Minneapolis, de las huelgas generales en Italia en solidaridad con Gaza, del SEIU 721 a punto de conquistar el mayor contrato histórico en los EEUU con las y los trabajadores de Uber de la ciudad (unos 100.000), y un largo etc. Es un mundo de polarización a derecha pero también a izquierda.[9]
Un elemento de enorme importancia es que la burguesía imperialista tradicional está dividida. Bolsonaro, Milei y Trump –por resumirlo en ellos tres– expresan un sector minoritario de la burguesía pero el más agresivo.[10] Está dividida por varias razones. En el análisis de las relaciones de fuerzas, se puede explicar mejor con la Argentina, a través de las declaraciones de Aníbal Fernández, que dijo que hay dos cosas que no se pueden tocar de lo hecho por Milei: el techo fiscal y la reforma laboral. O sea, el peronismo no va a modificar eso, como Lula no modificó las leyes laboral y previsional de Bolsonaro. Pero ahora que la burguesía ya logró esas conquistas, ¿le conviene seguir con Milei o no? Porque el peronismo frena y contiene, pero en este año ya hubo cuatro movilizaciones históricas en pocos meses. La experiencia del 2001 está lo suficientemente presente como para que la patronal se pregunte hasta dónde se puede estirar la cuerda: “(…) ante cada crisis severa, como ocurrió en nuestro país en 2001/2002, regresa la idea de prescindir del presidencialismo y reemplazarlo por un sistema parlamentario o mixto, como la V República Francesa. A la luz de la actual crisis europea, donde el proceso de polarización es similar o aún más marcado que en el continente americano, es imprescindible adoptar una actitud prudente y cuestionarnos si los diseños institucionales son capaces de resistir olas tan vigorosas de malestar social y mala praxis de las élites políticas [como las actuales]” (“Riesgos y consecuencias de los procesos de polarización extrema”, Sergio Berensztein).
En EEUU, una parte importante de la burguesía no quiere seguir con Trump: hay todo tipo de temores institucionales y se llega a veces a hablar de juicio político por insania. El estrecho de Ormuz sigue cerrado a pesar de que se gastaron una parte enorme del arsenal en Medio Oriente. Una tapa reciente de The Economist se titulaba “Still in La La Land” y tenía como ilustración un petrolero suspendido en el aire: el precio del crudo sigue rondando los 100 dólares el barril, porque la situación no se termina de resolver tras una agresión que no arregló nada y deterioró todo. Ni hablar de que la reciente encíclica de León XIV estuvo dirigida enteramente contra la visión del mundo de Trump (¿será León XIV más político y menos populista que Francisco, aunque ambos conservadores en materia de relaciones humanas?).
Un dato de enorme importancia en el sentido de lo que estamos analizando es la fragmentación de la burguesía atlantista. El mundo mismo se ha, en cierto modo, fragmentado: hay una relativamente menor “unidad universal” de los asuntos que en las décadas posteriores a 1989. La UE está más preocupada por Rusia y la guerra en Ucrania que por China. Por su parte, Trump se empantanó en Medio Oriente y apareció debilitado en su reciente encuentro con Xi Jinping. Emergen potencias subregionales como Arabia Saudita, Pakistán, India, Turquía, etc. El orden mundial se ha transformado en una suerte de rompecabezas sin centro claro, porque tampoco China ha logrado –al menos aún– tomar relevo.
La burguesía atlantista del G-7 (EEUU, Gran Bretaña, Alemania, Italia, Japón, Canadá y Francia) fue el “centro” del mundo capitalista desde el final de la Segunda Guerra Mundial. Se reafirmaron con la caída del Muro hacia el mundo entero en los años 90. Se impuso la globalización neoliberal (que hoy, a los tumbos y con tabiques y mediaciones, más o menos sigue sobreviviendo; las cadenas de abastecimiento se han regionalizado en ciertos aspectos pero siguen siendo internacionales hasta donde podemos intuir) pero, políticamente, el desorden es colosal.
La sobreactuación permanente de Trump es una expresión de debilidad y no de fortaleza, como hablábamos con una valiosa compañera en Los Ángeles. De ahí el apelativo, que en ciertos casos es exagerado pero en otros no, de TACO (Trump always chiquen out, Trump siempre se raja). Lógicamente, con un presupuesto militar de 1,5 billones de dólares para este año o el que viene (no recordamos ahora exactamente), EEUU sigue siendo la primera potencia militar.
4- Una nueva etapa
Economía, política, geopolítica y lucha de clases se entremezclan en una situación internacional que tiene tanta inestabilidad y temáticas nuevas –y en cierto modo fuera de control– que confirma que hemos ingresado en una nueva etapa de crisis, guerras, reacción y revoluciones. Un signo de ella, y de todo análisis elemental de la situación política, es, como se sabe en marxismo básico, la división burguesa. Es el lema de Lenin “los de arriba no pueden y los de abajo no quieren”, que se leyó erróneamente en el pasado con las anteojeras del objetivismo pero, bien mirado, tiene elementos de verdad.[11]
En este nuevo mundo estamos construyendo nuestra corriente internacional Socialismo o Barbarie, con los avances del ¡Ya Basta! en la Argentina para convertirse en la principal juventud del socialismo revolucionario en el país, el reciente éxito del II Congreso Mundial de repartidores en Los Ángeles, con la presentación de la obra El marxismo y la transición socialista en Brasil por Editorial Boitempo y, sobre todo, con la nueva generación que, en todos los países donde está anclada nuestra corriente, inunda nuestra militancia.
[1] Brasil tiene elecciones presidenciales en octubre de este año con una suerte de empate técnico que va y viene entre Lula y Flavio Bolsonaro; EEUU tiene el 3 de noviembre elecciones de medio término, y la Argentina tiene elecciones recién en 2027, lo mismo que Francia, que también tiene presidenciales el año próximo.
Sin embargo, parece un momento donde, al menos en Occidente, las crisis geopolíticas y las económicas, como los eventos de la lucha de clases, todo termina confluyendo finalmente en elecciones. Como en el santo y seña de “Ha muerto el rey, viva el rey”, la vida política en estos momentos en muchos países parece transcurrir de elección en elección.
[2] Sin olvidar que en estas semanas hay segundas vueltas en Perú y Colombia y quizás en otros países de la región y del resto de Occidente (con Occidente nos referimos a las Américas y Europa).
[3] Minneapolis fue un buen ejemplo de desborde de la estatalidad, no solo del ICE por derecha sino también por la izquierda por parte de los vecinos blancos que se organizaron de manera independiente para defender a sus vecinos migrantes o de color. Desde enero, Trump no ha podido hasta ahora asediar una nueva ciudad.
[4] Cuatro años de una guerra durísima para ocupar solo el 20% del país. Las corrientes que no han defendido el derecho a la autodeterminación del pueblo ucraniano han cometido un crimen político de proporciones, así como las que se embanderaron con la OTAN. Entre las primeras destacamos la ambigüedad entre Argentina y Francia en la ex FT, lo mismo que la unilateralidad ciega del SWP que jamás ha defendido derechos a la autodeterminación nacional; entre las segundas, a la Cuarta mandelista.
[5] Que Alexandre de Moraes esté metido en este escándalo, es un escándalo, porque deslegitima hasta cierto punto la muy justa prisión a Bolsonaro por golpista: “Este año empeora la evaluación del Supremo Tribunal Superior [la Corte Suprema de Justicia de Brasil] por parte de los brasileños. De diciembre del 2025 para acá, la porción de los que consideran el trabajo de los ministros de la Corte como malo o pésimo aumentó del 35% al 40% (…) En el mismo período, el índice de bueno u óptimo se derrumbó del 32% al 22%” (Folha, 20/05/26).
Es oportuno plantear el criterio de que no es igual el cuestionamiento de las instituciones de la democracia burguesa desde la derecha que cuando esto ocurre desde la izquierda vía la movilización popular o la puesta en pie de organismos de autodeterminación popular independientes.
[6] Por lo demás, Resistencia (o como se llama actualmente, Semear) parece comprar el cuento de que como el PCCh se llama “Partido Comunista Chino”, efectivamente sería un partido “comunista”. Dos cosas más: el PCCh se convirtió en un partido campesino y no obrero ya en los años 30 del siglo pasado, algo establecido por toda la investigación); y es obvio de toda obviedad que el PCCh actual es el partido de la burocracia burguesa que gobierna China.
[7] Está claro que el gobierno de Lula es la impotencia hecha gobierno, que no revirtió ninguna de las contrarreformas de Temer y Bolsonaro y un largo etc., y que es una traba para el desarrollo de la movilización independiente. Por esto mismo, es un crimen político de carácter estratégico, como lo señalamos en su momento, que el PSOL haya vendido su independencia política integrándose al frente popular de Lula y Alckmin e incluso a su gobierno, con ministros como Boulos (Resistencia y el MES han permanecido en este frente amplio popular de conciliación de clases aun bajo las circunstancias que estamos señalando). Así y todo, claro está, no da igual si Lula o Flavio Bolsonaro ganan la elección, como tampoco daba igual si Jair Bolsonaro iba preso (aunque esté en su casa) o no. Esta falta de apreciar grises y matices en la política revolucionaria es la contracara sectaria y economicista del oportunismo, y es lo que caracteriza a grupos como el PSTU o el MRT (el grupo del PTS en Brasil).
La construcción de una izquierda revolucionaria independiente es la tarea del día en Brasil, y en esto está involucrada nuestra joven corriente SoB con muchísimo esfuerzo y valentía.
[8] Para profundizar en la coyuntura brasileña, reenviamos a las valiosas notas de nuestros compañeros Antonio Carlos Soler, “Polarización por arriba, injerencia imperialista y nuevo metabolismo de la lucha de clases” y de Renato Assad, “Fin del 6×1: una conquista parcial de dimensiones históricas”, en este suplemento.
[9] Es obvio que la presión de la extrema derecha se siente a donde se vaya; si no, la coyuntura internacional larga no sería reaccionaria. Pero, como venimos señalando, es de fundamental importancia ver todo el cuadro de situación, el calidoscopio de contrastes que es la situación mundial hoy.
[10] Mucho del sector de alta tecnología de los Estados Unidos que dos décadas atrás era “progresista”, hoy viró a la derecha o la extrema derecha. No es sólo el caso de Musk sino de muchísimos otros. Los dueños de Antropic parecen ser una “excepción” (un joven socio de esta empresa se sentó al lado del papa León XIV cuando éste leyó su nueva encíclica “Magnifica Humanitas” y luego le dio la palabra), aunque no hemos estudiado suficientemente el tema ni tenemos el análisis del posicionamiento de los grandes grupos económicos; nos guiamos, más bien, por los medios y los funcionarios internacionales.
[11] Hay nuevos temas enormes que acá no podemos desarrollar pero dejamos anotados: IA; uberización (que ya incluye muchos oficios como plomero, gasista, etc., oficios que eran cuentapropistas y ahora se vuelven asalariados a través de la aplicación, aunque esté disfrazado de trabajo autónomo); la guerra asimétrica con drones es otro tema nuevo, etc.




