“El acuerdo preliminar que pone fin a la guerra de cuatro meses del presidente Donald Trump con Irán es bienvenido, pero conlleva duras realidades. Trump cometió un terrible error al comenzar esta guerra. La llevó a cabo de forma temeraria y en abierta violación de la ley. Estados Unidos sale debilitado -militar, diplomática y económicamente- y pagará un alto precio estratégico durante los próximos años”
“El contundente diagnóstico de The New York Times: Trump perdió la guerra”, La Nación, 17/06/26
El acuerdo firmado entre Trump y el régimen de los Ayatolas en Irán es una evidente derrota del gobierno yanqui. Toda la prensa imperialista refleja que Trump se vio obligado a retirarse ahora a cambio de promesas futuras vagas del régimen iraní, en una negociación que se abre ahora por 60 días y que podría prorrogarse ad eternum.
Para colmo, Netanyahu quedó excluido de la negociación y su régimen genocida está bajo presión porque, en realidad, fue el propio Estado sionista el que introdujo a Trump en una guerra, en la cual no consiguieron ninguno de los objetivos estratégicos propuestos y el régimen iraní, en cierta forma, sale fortalecido.
Los objetivos declarados de la agresión militar eran: a) la caída del régimen de los Ayatolas, cosa que evidentemente no ocurrió, y b) recuperar el uranio enriquecido por parte de los iraníes y destruir su programa nuclear (lo cual, hasta el momento, tampoco ocurrió). Trump llegó a amenazar con el arrasamiento de «una civilización entera”, lo que horrorizó el mundo. Luego tuvo que retractarse.
El conflicto entre los Estados Unidos, el sionismo e Irán tiene algunas especificidades que conviene establecer desde el comienzo: a) defendemos incondicionalmente a Irán por ser una nación independiente. Desde ese punto de vista, es evidente que su triunfo sobre el Imperialismo yanqui y el sionismo debilita a los dos primeros y fortalece, hasta cierto punto, a otros movimientos independentistas de la que sigue siendo la principal potencia mundial aun en retroceso, los EE.UU.
Sin embargo, paradójicamente, al ser el régimen iraní un régimen tan retrógrado y reaccionario, no tiene consecuencias emancipatorias como las de otras batallas históricas contra el imperialismo. El régimen de los Ayatolas venía de hacer una masacre contra su propio pueblo en enero de este año (se especula que hubo 40.000 asesinados, además de ahorcamientos periódicos y otras prácticas brutales) y es odiado, muy justamente, por vastos sectores de masas.
Lejos de ayudar los bombardeos sionistas y trumpistas a emancipar el pueblo iraní (una estúpida demagogia que esgrimieron cínicamente Trump y Netanyahu), en realidad, lo que lograron, es someterlos más al régimen. Porque, obviamente, ningún pueblo puede emanciparse bajo una lluvia de bombas y, en cierta forma, si el país es agredido militarmente, su población (de una u otra forma y más allá de las diferencias) muy justamente cierra filas frente a la agresión.
De ahí que la circunstancia sea incomparable con otras gestas antiimperialistas históricas -y, por añadidura, anticapitalistas- como la guerra de Vietnam. En aquella oportunidad, se expresó una guerra anticolonial emancipatoria que logró apoyo mundial contra el imperialismo yanqui en su apogeo. En cierta distorsionada forma, por lo demás, no puede negarse que el Vietcong, con todo lo brutalmente estalinista que era (¡se encargó de asesinar al principal dirigente trotskista de Vietnam, Ta Thu Thao!), era, simultáneamente, una expresión genuina de los impulsos del pueblo oprimido vietnamita por su emancipación.
Hoy esto no es así: el régimen de los Ayatolas no expresa los impulsos emancipatorios de la mayoría de la población iraní sino todo lo contrario (esta guerra se trata más de una lucha geopolítica regional, sin perder de vista el elemento real de solidaridad con la causa palestina que anima a las masas árabes, obviamente).
Sin embargo, hay dos cosas que destacar: a) se le propinó una derrota política a un régimen que es abiertamente genocida como de Netanyahu, y eso marca un importante triunfo -al menos por ahora- y un límite necesario para un régimen que es literalmente fascista; b) el gobierno de Trump es la avanzada internacional de la extrema derecha, y lograr derrotarlo y hacerlo retroceder en el caso iraní no deja de ser un claro triunfo no solo contra el imperialismo yanqui en tanto que imperialismo tradicional -depredador, territorializado en el caso de Trump.
Y también es un triunfo (¡y esto no es nada menor!) contra la extrema derecha internacional. Esto abre un interregno político en el terreno de la lucha de clases internacional; en el sentido de si el experimento de la extrema derecha (que llegó para quedarse sobre la base material de las consecuencias económico y sociales de la barbarie capitalista del siglo XXI) podrá afirmarse -o no- electoralmente en los próximos años.
Dicho lo anterior, pasemos someramente a los términos del acuerdo (no podemos en este breve texto abordar la cosa punto por punto, lo haremos en otro artículo de este suplemento). Lo más concreto es que Trump se escapa -la palabra es literal- ahora de la guerra a cambio de posibles concesiones futuras del régimen iraní en una negociación por 60 días que podría extenderse en el tiempo sine die, como ya hemos señalado.
La excusa declarada públicamente por Trump en su red social es que “había que cerrar el acuerdo porque estaba en peligro de estallido la economía mundial”. Esto por el agotamiento inminente de las reservas petroleras del imperialismo tradicional, y por el aumento del precio del barril del petróleo y, por consecuencias, de las naftas para todo tipo de usos. Es evidente que si la proporción relativa de petróleo en el uso energético mundial disminuyó en algo en los últimos años, de todas maneras siguió aumentando en términos absolutos. Y la política retrógrada y anti ecológica de Trump de “perforar, perforar y perforar” sólo acentúa la dependencia de la energía fósil, el cambio climático y la polución urbana, así como refuerza la era del Antropoceno en que la humanidad entró.
Como nota de color, habiendo estado recientemente en Los Ángeles en el Getty Museum (que está ubicado en una colina a unos 40 kilómetros del Down Town) nos olvidamos señalar en nuestro artículo “Los Ángeles: Una metrópolis monumental” ¡que el smog que cubre hace décadas la ciudad hizo imposible que la viéramos y eso que era un día despejado!
Trump tiene elecciones de medio término el 3 de noviembre, es decir, casi de manera inminente. Actualmente, todas las encuestas lo muestran perdiéndolas en al menos una de las dos cámaras del Capitolio, lo que que expresa dos elementos muy claros entre la mayoría de los votantes: a) el hartazgo por la subida de la gasolina y de los precios en general (es decir, el deterioro económico), b) que la guerra contra Irán es considerada ajena, es completamente impopular.
No por nada, por lo demás, Trump yiene ahora una aprobación bajísima del 37%, aparentemente la aprobación más baja desde que se lleva registro para este momento de la presidencia en un presidente yanqui. Aunque atención que esto no significa que vaya a perder dichas elecciones. Porque no solamente, de todos modos, falta algo de tiempo sino que, además, los republicanos están intentando por todos los medios modificar las circunscripciones electorales en beneficio propio.
En lo inmediato, lo que obtiene Trump es la apertura del estrecho de Ormuz y no mucho más: “el petróleo comenzará a fluir nuevamente” afirma. ¡Pero el petróleo fluía normalmente antes de que desatará la guerra haciéndole seguidismo a Netanyahu! En segundo lugar, consigue promesas vagas respecto del programa nuclear iraní que comenzarían a discutirse en los próximos días en negociaciones que nadie sabe cuánto podrían durar. Pero de ninguna manera, obviamente, logró un cambio de régimen, cosa que quedó fuera de agenda (por todo esto y mucho más que enseguida veremos, Netanyahu se ha introducido en una fuerte crisis política en el Estado sionista).
Lo que obtienen los iranies -es decir, el régimen iraní, no mecánicamente la población de Irán, obviamente- muestra a simple vista que han salido victoriosos: a) el régimen, eventualmente con mayores divisiones, sale, al mismo tiempo, paradójicamente, consolidado y fortalecido (el régimen no cayó como era una de las pretensiones de Netanyahu y Trump), con las masas iranies que lo cuestionaban debilitadas; b) el programa nuclear iraní (¡que tienen todo el derecho de poseerlo como nación independiente!) y las reservas de uranio enriquecido al 60% siguen en sus manos, enterradas en las profundidades del país y nadie sabe si este status quo cambiará en las negociaciones que vienen; c) el régimen ha descubierto que tiene un “arma nuclear” económica poderosísima, que nunca se había animado a utilizar: cerrar Ormuz; d) además, lograría destrabar fondos retenidos en Occidente y, supuestamente, inversiones millonarias por 300.000 millones de dólares para la reconstrucción de la infraestructura destruida…
A simple vista, y sin que este listado sea exhaustivo, se puede apreciar quién gano y quién perdió al menos hasta ahora.
Al mismo tiempo, hay otra consideración de enorme importancia: el régimen genocida de Netanyahu sale del conflicto en crisis y debilitado. Llevó adelante un genocidio tremendo en Gaza, que hizo trizas por décadas sus prestigio internacional. Sin embargo, no pudo destruir Hamas, y, mucho menos pudo destruir Hezbollah. Ha seguido bombardeando el Líbano e, incluso Beirut, pero el acuerdo, a priori, le podría atar las manos para seguir haciéndolo. Para colmo, su principal aliado internacional, el mismo Trump, le hace reprimendas públicas todos los días de que tiene que “parar de matar gente”, lo que no deja de ser sintomático.
Acá se ven las diferencias entre un gobierno de extrema derecha como el de Trump y el gobierno fascista de Netanyahu, que no son exactamente lo mismo. Es una lección sobre la importancia de la tipología precisa de los regímenes políticos cuando amplios sectores de la izquierda y la intelectualidad llaman “fascistas” a regímenes que, en general, son gobiernos de extrema derecha en el marco de democracias burguesas (giradas a la derecha, o a la extrema derecha, “liberales” o iliberales) o regímenes lisa y llanamente bonapartistas como el de China y Rusia, pero no fascistas.
Los regímenes fascistas conllevan relaciones de fuerzas -eventualmente genocidas- con las masas como vemos en las del Estado sionista con los palestinos; en los demás casos, el grado de las relaciones de fuerzas es distinto o muy distinto.
Además, siquiera con un régimen y una mayoría de la población israelí -según parece- pasadas para el lado del fascismo y la extrema derecha en Israel, el Estado sionista, paradójicamente, parece no tener futuro histórico porque no se puede simplemente asesinar a 200 millones de árabes. El fascismo sionista se revela históricamente condenado como ha dicho el eminente historiador Ilan Pappe.
Y sin embargo, hay consecuencias de mayor alcance estratégico aun subproducto de este conflicto. La cachetada soberana que recibió Trump de parte del régimen iraní pone en cuestión su proyecto de imperialismo territorial: toda la lógica del “transaccionalismo”, de las inversiones inmobiliarias y todo lo demás (ocupar Groenlandia, anexar Canadá, hacer de Gaza no se sabe qué emprendimiento inmobiliario, etc.) es parte de esta lógica de imperialismo territorializado.
¿Qué viabilidad estratégica tiene el matonazgo internacional tacticista del imperialismo territorializado de Trump luego de este cachetazo? ¿Qué nuevos territorios ha conseguido hasta ahora más allá de someter al régimen venezolano? ¿Cuál es su idea de “orden internacional” -en el que se pelea con sus aliados históricos del G7 (el histórico eje atlantista) pero es evidente que no puede hacer acuerdos estratégicos con China y Rusia, que tienen otra lógica y otro diseño del mundo en su cabeza-?.
Las tres son potencias imperialistas ya consagradas o en construcción (no entraremos en este debate acá, lo hemos expresado en enorme cantidad de textos), cuya lógica tiene fuertes diferencias y ninguna expresa un orden consolidado sino una tendencia a una conflagración internacional a mediano plazo (¿cómo acomodar a EE.UU., China y Rusia en un mismo mundo?)
La burguesía yanqui está dividida entre el trumpismo territorializado apoyado por algunos de los principales sectores burgueses más fuerte de la High Tech pero minoritarios, y la burguesía imperialista tradicional (expresada en los Demócratas y los medios periodísticos liberales tradicionales, amén de determinados sectores económicos), que quiere recuperar las buenas relaciones con la UE y ver la manera de administrar de otra manera la globalización, que, de momento, nos parece, subsiste aunque con agujeros aquí y allá.
China, por lo pronto, tiene dos objetivos: a) transformarse en la primera potencia economía mundial y aparecer como campeona del “libre cambio” en el mundo globalizado; b) recuperar Taiwán incluso si fuera necesario por la vía militar (pero esto puede abrir la puerta, realmente, a una tercera guerra mundial, razón por la cual debe manejarse internacionalmente con mucha mesura). Rusia está involucrada en una carrera armamentística con Europa (¡la UE ahora se subió con todo en dicha carrera!) y en la guerra en Ucrania, donde se muestra, de momento, empantanada. Es una potencia imperialista (o un imperio en reconstrucción) territorial de segundo orden pero con enorme potencial nuclear. Su lógica es abiertamente territorial-militar y no tanto económica (es exportador de materias primas).
En este contexto, el principal imperialismo, el principal jugador político-militar imperialista internacional, que sigue siendo los EE.UU., aunque debilitado, sale con una derrota vergonzosa en Irán en el marco de una crisis del orden internacional en el que acechan peligros por todos lados. Incluso el peligro, a mediano plazo, como ya señalamos, que la cosa no se ordene “pacíficamente”. Históricamente, las relaciones entre rivales imperialistas nunca se ordenan pacíficamente sino mediante guerras mundiales que se desatan incluso por nimias razones no queridas (el antecedente de la Primera y Segunda Guerra Mundiales se ha vuelto presente promediando la tercera década del siglo XXI).
La situación mundial se mide, como señalara clásicamente Trotsky, por tres elementos: la economía mundial, las relaciones entre Estados y la lucha de clases.
La larga coyuntura reaccionaria internacional que vive el mundo sigue estando dominada por el elemento geopolítico. Su trasfondo es una economía mundial que no se recupera del todo desde el 2008 y que parece quedar chica para la rivalidad económica entre Estados Unidos y China (las esperanzas están colocadas ahora en la IA, la industria armamentística, y cuestiones de actualidad por el estilo que deben ser más estudiadas). De ahí, entre otros elementos, el crecimiento espectacular de las rivalidades geopolíticas de todos los órdenes -económicas, políticas, geopolíticas y hasta espaciales- que marcan estas décadas del siglo XXI.
Sin embargo, no todo es geopolítica. Y sería un error caer en visiones campistas como hace la mayoría de la izquierda. El ángulo de los socialistas revolucionarios es la lucha de clases, la emancipación de los explotados y oprimidos y no la lucha entre Estados imperialistas.
Y es desde ese punto de vista que se debe abordar, en primer lugar, la derrota de Trump en Irán: abre un interregno internacional en el que no se sabe si la extrema derecha, que ha venido dominando la coyuntura en los últimos años, logrará afirmarse gubernamentalmente o no.
Como afirmábamos en una intervención en la “Fiesta Marx” en Brasil semanas atrás, hay que mirar el mundo con los dos ojos: no se puede ver solamente a la extrema derecha y la pugna geopolítica. Hay que ver, también, la lucha de clases: los elementos polarización y de bipolaridad que marcan el mundo.
Trump salió con una derrota en Irán. En Minneapolis, ICE fue echado de la ciudad por un proceso de lucha masiva que rechazó la cacería de inmigrantes y, por el momento, no logró asediar ninguna nueva ciudad (más allá que ICE, discretamente, sigue trabajando). El movimiento de mujeres y del Orgullo internacional son una conquista inmensa que no se dejan intimidar por los gobiernos de extrema derecha. Emerge una nueva clase obrera a nivel internacional vinculada de los Gig Workers y el trabajo por aplicación, precarizada, evidentemente, pero multitudinaria y que comienza a lograr conquistas y derechos.
Lógicamente que en Irán, paradójicamente, debido a la agresión imperialista y sionista, su movimiento de masas emancipatorio quedó paralizado. Pero seguramente se recuperará tarde o temprano.
¡Trump perdió e Irán ganó! ¡La tarea del momento es lograr que esta derrota del imperialismo yanqui se transforme en renovadas posibilidades emancipatorias para los explotados y oprimidos! ¡Adelante con el anticapitalismo y la lucha por relanzar la batalla por el socialismo!




