Guerra en Medio Oriente

Trump anunció el acuerdo con Irán: crónica de un fracaso anunciado

Aún no se conoce la "letra chica" del acuerdo, pero todo indica que es una retirada de la guerra a cambio de promesas de negociaciones durante los próximos 60 días, sin certeza de cuál será su resultado final. De momento el resultado arroja una derrota para Trump y una victoria para el régimen de los ayatolás. Continúa la preocupación por la población iraní, que fue masacrada por el régimen en enero de este año.

El principio de acuerdo fue anunciado el domingo por Pakistán (que viene actuando como mediador diplomático) y, posteriormente, fue confirmado tanto por el trumpismo como por el gobierno iraní. “Ambas partes han declarado el cese inmediato y permanente de las operaciones militares en todos los frentes, incluido el Líbano. La ceremonia de firma tendrá lugar el viernes 19 de junio en Suiza”, anunció el primer ministro pakistaní,, Shehbaz Sharif. En respuesta al anuncio, el precio del crudo cayó un 3% en la primera jornada del Brent, que se estacionó en 84 dólares por barril.

Declaraciones

Trump replicó el anuncio en su red Truth Social con su habitual tono triunfalista. “El acuerdo con la República Islámica de Irán ya está cerrado […]. Autorizo plenamente la apertura del estrecho de Ormuz sin peajes y, simultáneamente, autorizo el levantamiento inmediato del bloqueo naval de los Estados Unidos. Barcos del mundo: ¡arranquen motores! ¡Que fluya el petróleo!”. El viceministro de Relaciones Exteriores de Irán, Kazem Gharibabadi, anunció que “el texto del memorando de entendimiento ya está ultimado”.

La noticia llega luego de largas semanas de negociaciones entre Trump y el régimen iraní, durante las cuales las partes jugaron a las escondidas respecto a la posibilidad de un eventual acuerdo. La semana pasada se barajó la posibilidad de una escalada en el conflicto tras ataques (de menor envergadura) cruzados entre ambos ejércitos. El mismo domingo del anuncio, las versiones fueron y vinieron, cuando nuevos bombardeos israelíes sobre el Líbano pusieron en duda la efectiva llegada a un acuerdo entre las partes.

Aún tras el anuncio, los elementos de duda e incertidumbre son innumerables. En primer lugar, todavía no se conoce el texto real del memorándum que sería firmado este viernes por las delegaciones diplomáticas de ambos gobiernos. Pero, además, vale notar que no se trata de un acuerdo de paz como tal. El texto a firmar este viernes en Ginebra será, en todo caso, un acuerdo de cese al fuego en nuevas condiciones, que daría inicio a un período de negociaciones de 60 días para llegar a un “acuerdo definitivo”, según el ministerio de Exteriores iraní.

Según Gharibabadi, en esa (larguísima) ronda de negociaciones “se abordará el levantamiento de sanciones a Irán, así como su programa nuclear, mecanismos para la supervisión del cumplimiento de los compromisos y un plan de reconstrucción para Irán” (El País, 14/6). Del mecanismo diplomático participarían Pakistán, Qatar, Turquía y Egipto como Estados veedores del proceso. Y comenzaría, “una vez que haya entrado en vigor el nuevo alto el fuego, el desbloqueo del estrecho de Ormuz y se hayan descongelado fondos iraníes en el exterior”.

Un pre – acuerdo con más dudas que certezas

Es evidente que resta esperar los términos efectivos del texto a firmarse este 19 de junio para hacer mayores diagnósticos. Pero el primer dato que salta a la vista es que el acuerdo (o pre – acuerdo) que Trump anuncia con bombos y platillos, deja indefinidos y pospone todos los puntos problemáticos de la negociación que se desarrollaba hasta ahora. El único dato confirmado por ambos gobiernos, hasta ahora, es la apertura del estrecho de Ormuz por parte de Irán y el levantamiento del bloqueo naval impuesto por Estados Unidos.

Este punto básico implica retrotraer las condiciones para negociar con más estabilidad, pero deja irresueltos todos los puntos centrales de la disputa por la cual Trump comenzó la guerra. El pre – acuerdo parece una extensión de las dudas estratégicas y el tacticismo eterno que Trump esgrimió durante todo el conflicto. En vista de lo anterio, de momento el resultado arroja una derrota para Trump y una victoria para el régimen de los ayatolás.

La cuestión del programa nuclear iraní, postulada por Trump como centro del conflicto durante el último período, no formaría parte del texto de este viernes (19) y quedaría pospuesta para ser discutida en las próximas semanas. Las negociaciones nucleares aparecen atadas, de momento, a las económicas. El régimen iraní quiere negociar (y conseguir) el levantamiento de sanciones económicas internacionales, el descongelamiento de fondos iraníes freezados en el exterior (que ascienden a 24.000 millones de dólares, una cuarta parte del total afectado por las sanciones) e incluso recibir fondos internacionales para un plan de reconstrucción de infraestructura interna por unos 300.000 millones de dólares. La versión difundida por el trumpismo es que esas partidas estarán supeditadas a la entrega del material nuclear iraní. Algo para nada claro en estos momentos.

El otro gran punto que adelanta problemas es, obviamente, la cuestión libanesa. Ya durante las últimas semanas, el avance territorial israelí sobre el sur del Líbano y los repetidos bombardeos sobre la zona del Dahiye en Beirut, hicieron peligrar una y otras vez las negociaciones entre Trump e Irán. Es cierto que el anuncio anticipa un acuerdo de cese al fuego “en todos los frentes, incluido Líbano”. Pero lo mismo sucedió con el cese al fuego pactado en abril. Desde entonces, los ataques israelíes sobre Líbano no se detuvieron. Sólo se volvieron más pausados para luego incrementarse. La extensión de la línea amarilla de las IDF está deglutiendo una porción de territorio cuatro veces mayor a la capturada al comienzo del cese al fuego.

De lo que no queda duda, es que Netanyahu y el régimen sionista israelí expresan una voluntad colonial desbocada, que no encuentra freno ni mesura política. En estas coordenadas, el (pre) acuerdo Trump – Irán queda corto para resolver cualquiera de los puntos de crisis regional (y global) que la agresión imperialista del propio Trump (secundado por Netanyahu) comenzó pocos meses atrás.

¿Qué ganó Trump?

Además de las dudas en torno al cuál será el nuevo status quo de la región en caso de que se alcance el fin de la guerra, la pregunta que surge es qué ganó Trump con la incursión imperialista que comenzó unilateralmente tres meses y medio atrás. “Lo cierto es que, si como todo el mundo desea, la guerra iniciada en febrero pasado termina de una vez, lo hará sin que hayan llegado a conocerse las razones por las que empezó. Y no porque Trump lo haya mantenido en secreto, sino porque ha ido cambiando continuamente de motivo hasta evidenciar su falta de convencimiento” (El País, 16/6).

Trump comenzó, secundado por Netanyahu, una guerra que parecía proponerse el derribamiento del régimen teocrático iraní. Trabajó con una hipótesis Venezuela que no se verificó en el país persa. No es para menos, dado que existen enormes diferencias entre el régimen de los ayatolás y la Guardia Revolucionaria con respecto al del madurismo decadente.

Posteriormente, Trump viró su discurso al problema nuclear. Este martes (16) dijo desde la cumbre del G7 en Francia que “el acuerdo se trata de que Irán no tenga jamás un arma nuclear”. La contradicción es doble. Primero, porque fue el propio Trump quien terminó unilateralmente con el acuerdo nuclear firmado en 2015 por Irán con EEUU y otras potencias. El mismo establecía un límite para el enriquecimiento de uranio iraní del 3,67% de pureza a cambio del levantamiento de sanciones económicas, a la vez que obligaba a Irán a descartar el 97% del material enriquecido que tenía almacenado. En aquel entonces, Trump dijo que el pacto era una abominación de la gestión Obama que le proveía miles de dólares a un régimen sanguinario.

Desde la ruptura del acuerdo original (el JCPOA), el régimen de los ayatolás enriqueció uranio libremente hasta acumular unos 450 kilos de material enriquecido al 60%. El nivel de enriquecimiento necesario para producir armas nucleares se estima en torno al 90%.

Hoy Trump está negociando, con la guerra de por medio, desde más atrás incluso que cuando rompió el JCPOA en 2018. Según los datos trascendidos hasta el momento, la discusión con Teherán estriba en imponer un límite de enriquecimiento del 5%. Trump pretende que Irán entregue los 450 kilos de uranio enriquecido (cuyo paradero hoy es incierto), pero el régimen de la GRI pretende en cambio sólo diluirlo hasta llevarlo al límite de enriquecimiento estipulado.

No sólo fue la ruptura del JCPOA por parte de Trump la que permitió un mayor enriquecimiento de uranio. Sino que dicho proceso se había frenado con la llamada Guerra de los doce días del año pasado, cuando los bombardeos de profundidad estadounidenses impidieron que Irán continuara sus operaciones nucleares con normalidad. Es decir, que la guerra iniciada por Trump el 28 de febrero no parece, hasta el momento, haber hecho avanzar la cuestión nuclear ni un ápice.

Variables inciertas a mediano plazo

Vale recordar que la situación del régimen iraní era poco menos que acuciante a comienzos del año. Tras el revés de la Guerra de los doce días, el régimen teocrático – militar iraní no lograba controlar las variables económicas básicas. La masiva rebelión popular de diciembre – enero fue uno de los mayores procesos de movilización de masas en la historia de la República Islámica, que expresó el hartazgo de la población urbana iraní con el régimen. La Guardia Revolucionaria lo sepultó bajo el fuego de las kalashnikovs. Pero la imagen política que dejó el proceso fue la de un régimen sin herramientas para gestionar la economía del país y con cada vez menos elementos de legitimidad en el seno de la población.

Trump interrumpió al régimen en uno de sus momentos más críticos. Hoy la situación es distinta: el régimen iraní podría salir de la guerra mejor de lo que entró. En primer lugar, porque la guerra trumpista subordinó la mayor amenaza de los ayatolás y la Guardia Islámica: la movilización y la actividad independiente de las masas trabajadoras iraníes. Cualquier actividad independiente de la población quedó limitada por los bombardeos yanquis y sionistas. Además, el régimen iraní mostró globalmente una carta de fuerza: su capacidad para cerrar el estrecho de Ormuz sin apenas gasto de recursos y generando un daño económico de magnitud global.

No se trata de que el régimen iraní (e Irán como país) no hayan sufrido daños por la agresión. Es esperable que las consecuencias económicas sean duras para la infraestructura local, tanto en la industria energética como militar y en otros rubros. Por no mencionar los 7.000 muertos causados por Trump y Netanyahu. Pero esto no necesariamente se traduce en más debilidad política del régimen. Sobre todo si llegan a concretarse, firma del acuerdo de por medio, la entrega de fondos iraníes congelados en el exterior y el levantamiento de sanciones económicas. “Ese dinero y el levantamiento de algunas medidas de castigo puede constituir un salvavidas para un régimen que antes de la guerra estaba en horas bajísimas. Esos fondos le darán margen para mejorar algo la economía nacional y disminuir el descontento, sobre todo si van acompañados del plan de reconstrucción millonario que quiere obtener Irán” (El País, 16/6).

La semana pasada recordábamos que Trump se embarcó en una guerra confiando en su supremacía militar, para luego chocar con la subordinación de lo militar a la política y la economía internacionales. La falta de una estrategia clara en torno a la guerra contra Irán, sumada a la insuficiente legitimidad interna para encarar una nueva aventura militar de ultramar, le abrieron elementos de crisis política que arrastra desde hace meses.

Hoy Trump aparece necesitado de cerrar la crisis del Golfo para frenar el desgaste político y concentrarse en la carrera electoral de medio término, que podría tomar un cariz cada vez más refrendario en Estados Unidos. Aún así, el pre-acuerdo anunciado el domingo no le resuelve definitivamente ningún problema. Por más que lo presente con gestos de triunfo, no se trata de un punto final a la guerra, sino de una nueva etapa de negociaciones.

El cese al fuego anunciado en abril pasado fue, más que un alto a las hostilidades, un atenuamiento de las mismas. Lo que anticipa el acuerdo en ciernes es una nueva postergación del problema sin perspectivas claras de resolución, al menos por ahora. Lo cierto es que Trump debe hacer pasar como una victoria un “pre-acuerdo” que, en principio, solo volvería atrás los problemas generados por el propio Trump (el cierre de Ormuz). El régimen iraní, por otro lado, aún si sufrió daños materiales, económicos y en términos de su influencia regional, tiene la posibilidad de aparecer sobreviviendo al ataque coordinado del ejército yanqui y las fuerzas sionistas.

Netanyahu: entre el expansionismo sin medida y el aislamiento político

En este panorama de variables inciertas, es indudable que el principal factor de inestabilidad regional sigue siendo la existencia y el accionar del Estado sionista. Los intereses coloniales de Israel sobre Medio Oriente no solo fueron una de las motivaciones para el inicio de la agresión, sino que hicieron peligrar todas las instancias de desescalamiento militar y, aún hoy, ponen al borde del abismo toda perspectiva de fin del conflicto.

Netanyahu y el conjunto del establishment sionista no dan ninguna muestra de mesura en su orientación. Parecen decididos a avanzar territorialmente, aunque tal accionar cuenta con un rechazo masivo a nivel internacional. Continúa los ataques sobre Líbano,  a pesar del rechazo formal de Trump y de las amenazas de Irán de interrumpir negociaciones si no se retiran las IDF del territorio libanés.

Lo cierto es que la perspectiva de un pacto Trump – Irán le abre una serie de problemas a Netanyahu. Sucede que la acción militar expansionista sobre la región no tenía motivaciones únicamente territoriales, sino también políticas. Hacia adentro del Estado colonial israelí, el estado de guerra permanente funciona como un factor de legitimación, con una lógica obviamente racista y de limpieza étnica. «Para Netanyahu […] atacar la República Islámica no era solo un “sueño” desde hace cuatro décadas (en sus propias palabras) para el que le faltaba un socio dispuesto en la Casa Blanca. Era, de haber salido bien, una especie de redención personal y política por el otro inmenso fiasco de seguridad de su mandato: el ataque de Hamás de octubre de 2023″.

Hoy los medios de comunicación sionistas ya hablan de un “fracaso” de la incursión de Netanyahu sobre Irán. Figuras de la ultraderecha sionista critican a Netanyahu por no llevar más adelante el ataque contra Irán y la incursión del Líbano. Y, en las últimas horas, Trump declaró desde el G7 que está “poco feliz” con el accionar de “Bibi” Netanyahu por la invasión y asedio del Líbano.

En términos militares, Israel está en un momento de amplia expansión. No controlaba tanto territorio ajeno desde 1982 (cuando encaró la mayor invasión del Líbano, que duraría 18 años) y nunca había bombardeado tantos países como en 2025. Pero Netanyahu tiene pocos triunfos para presumir ante la base social colonialista israelí: el régimen iraní no cayó, Hezbolá no fue barrido del Líbano, Hamás sigue controlando parte de Gaza, aunque Israel mantiene ocupado el 70% de la franja, y la vida dentro de Israel sigue estando lejos de la normalidad por el estado de guerra permanente.

Lo cual no significa que los colonos sionistas no estén ganando terreno sobre los países limítrofes, perpetrando actos de limpieza racista diariamente. Pero la situación para Netanyahu es hoy contradictoria y podría aumentar sostenidamente sus niveles de impopularidad. «En abril, un día después de decretarse el alto el fuego entre EE UU e Irán, el Instituto Agam y la Universidad Hebrea de Jerusalén efectuaron otro sondeo. El resultado: solo un 10% calificaba de éxito notable la campaña en Irán, lanzada el 28 de febrero; un 64% lamentaba la tregua y un 40% abogaba por seguir atacando en solitario. Los tres principales sentimientos respecto al alto el fuego eran desesperación (36,8%), confusión (18,1%) y enfado (15,6%)».

En todo caso, no alcanzará con un pre-acuerdo de fechas y términos inciertos para frenar la matanza sionista en Líbano y en todo Medio Oriente. Este martes (16) las IDF atacaron con drones el sur de Líbano y mataron a por lo menos cuatro personas. Los muertos a manos del sionismo desde el 2 de marzo (inicio de la actual agresión sobre Líbano) ya se cuentan por encima de los 3.800 y los desplazados por encima del millón.

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