Trotsky escritor: el «Stalin» y la historia del bolchevismo

Una aproximación a la lectura de "Stalin", la biografía política escrita por Trotsky durante el período inmediatamente anterior a su asesinato en México.

Por ser un libro en cierta medida raro y tardío en la obra del revolucionario ruso, repasaremos su recorrido editorial antes de ingresar al texto como tal. Como toda su obra, fue un libro maldito para el estalinismo. A 80 años de su primera (e incompleta) aparición, el Stalin permanece vigente por su aporte complementario para comprender una de las tragedias históricas del siglo pasado: la contrarrevolución estalinista.

1- Un texto perseguido y tergiversado

Lo primero para entrar al Stalin es hacer notar el estatuto problemático del texto mismo. Fue escrito entre 1938 y 1940. Se trata del último período del trabajo literario y teórico de Trotsky, interrumpido por su cobarde asesinato a manos de un sicario stalinista en agosto de 1940. El tiempo de escritura se corresponde con el de los textos contenidos en el folleto En defensa del marxismo, centrado en la pelea de tendencias dentro del trotskismo norteamericano.

El proyecto del Stalin inició como una propuesta de la editorial estadounidense Harper&Brothers. “El 15 de febrero de 1938 (un día antes del asesinato de León Sedov, el hijo de Trotsky, en París), Trotsky fue contactado por Harper&Brothers […] con una oferta de 5.000 dólares, a pagar en cuotas, para escribir una biografía de Stalin. Trotsky, que estaba profundamente afectado por la trágica pérdida de su hijo, no estaba para nada interesado por la oferta […]. Además, Trotsky había ya comenzado a trabajar en otro libro, una biografía de Lenin, la primera parte de la cual ya había terminado en noviembre de 1934”. Si bien el texto nació a partir de una propuesta editorial (que Trotsky debía de necesitar fuertemente por cuestiones económicas en un contexto de exilio y persecución) es imposible dejar de lado que el Stalin pertenece al plano del testamento teórico y literario de su autor. Se trata de una obra de inmenso valor histórico. No sólo por su minuciosidad documental sino por la profundidad de su abordaje, posibilitado por la experiencia viva de una época entera personificada en la figura de Trotsky.

Al mismo tiempo, el Stalin es políticamente ambicioso. Trotsky no se limitó a reconstruir la biografía personal de Stalin. Con esa excusa delineó una historia del bolchevismo y del movimiento socialista en Rusia (de 1905 a 1917, los años de la guerra civil y la NEP) que complementan sus trabajos anteriores (particularmente la monumental Historia de la Revolución Rusa, escrita entre 1929 y 1932) con observaciones de muchísima sensibilidad partidaria.

El trabajo de escritura se interrumpió y reinició varias veces durante los dos años siguientes, debido a los sucesivos atentados estalinistas Trotsky en México, así como a otras necesidades de su trabajo político y literario. Al momento de la muerte de Trotsky el texto quedó incompleto. Varios capítulos y pasajes permanecieron en estado fragmentario (no sólo el final del libro, también la Introducción). Los primeros 6 capítulos llegaron a ser corregidos, traducidos y revisados por Trotsky. El séptimo capítulo (que completaba el primer tomo) no pudo ser revisado en su versión traducida antes de su asesinato. El resto del texto (destinado a ser el segundo tomo) permaneció en crudo y fue ampliamente retocado por el editor para su publicación.

La relación entre el autor y la editorial fue problemática desde el principio, hecho que atentó contra el libre desarrollo del texto. La editorial asignó como traductor del manuscrito (que Trotsky escribió en ruso) a Charles Malamuth, un eslavista y periodista con algún conocimiento de política soviética por su trabajo anterior como corresponsal en Moscú. Ya en los primeros meses del proyecto, Trotsky expresó su rechazo por Malamuth, descontento con su trabajo de traducción y con su actitud hacia el texto. “Malamuth parece tener al menos tres cualidades: no sabe ruso, no sabe inglés y es tremendamente pretencioso. Dudo que sea el mejor de los traductores”, decía Trotsky en una carta a su secretario, el militante norteamericano Joseph Hansen.

La queja de Trotsky llegó luego de que el traductor mostrara sin autorización los manuscritos a Max Schatchman y James Burnham. Se trata de dos figuras del SWP norteamericano con los que Trotsky polemizó duramente en la misma época, como consta en los artículos de En defensa del marxismo. Burnham y Shachtman encabezaban el ala oportunista del partido. En la época habían encarado una polémica abierta con Cannon y Trotsky con motivo del carácter social del Estado soviético bajo la definición incorrecta de “colectivismo burocrático”. Para esto se auxiliaban, significativamente, de una posición revisionista: el abandono de la dialéctica como método[1]. Con el tiempo fueron desplazándose más y más lejos del marxismo. Tras salir del SWP en 1940, Burnham rompería sus relaciones con Shachtman e ingresaría a la Oficina de Servicio Estratégicos, una antecesora de la CIA. Esto da una idea de la calaña a la cual Malamuth eligió mostrar los manuscritos de Trotsky.

El problema editorial empeoró tras el asesinato de Trotsky. Harper&Brothers le dió a Malamuth la potestad no sólo para traducir, sino para editar los manuscritos restantes, correspondientes al Tomo II. Bajo la excusa de “eliminar repeticiones” y darle “fluidez y claridad” al texto, Malamuth introdujo miles de líneas de texto propio que fueron intercaladas entre corchetes en la primera edición del libro. El resultado fue un aumento del 30% en la extensión y una vergonzosa tergiversación de las ideas de Trotsky. Como señala el marxista norteamericano Rob Sewell “estas adiciones no autorizadas sirvieron para distorsionar y falsificar las posiciones políticas de Trotsky y fueron en contra del espíritu político del libro. Señalaban al estalinismo como el resultado inevitable del bolchevismo. Una mirada en contradicción directa a la posición sostenida por Trotsky, claramente expresada en su biografía de Stalin”.

Malamuth no tuvo ningún respeto (ni político, ni editorial, ni literario) por el texto con el que trabajaba. En cartas personales de la época, se refería al Stalin como una oportunidad de ascenso en su carrera personal. Tras la muerte de Trotsky, legitimado por el apuro de Harper&Brothers por monetizar la obra, se dedicó a traducir y editar el texto sin ningún criterio de rigurosidad teórica o lingüística. Malamuth no era adicto al trabajo manual. La traducción de los manuscritos restantes se hizo a vuelapluma. Dictada la traducción a sus asistentes, que la tipeaban sin el mínimo conocimiento del contenido del texto. Esa es la razón por la cual cientos de nombres propios citados en la primera edición tienen errores tipográficos. Malamuth era un traductor deficiente y un analfabeta político con ansias de trascender personalmente. El resultado fue una edición grotesca y tergiversada de un texto valiosísimo. Una muestra de cómo personalidades insignificantes pueden lograr hacer un gran daño en contextos de inmensa importancia histórica. El caso de Malamuth se limita a lo textual. Pero conviene retener esta idea. Trotsky abunda en ejemplos concretos para graficar cómo Stalin se eleva de la insignificancia personal a la grandeza de los dictadores, montado sobre un proceso histórico absolutamente original.

Ya en el primer intento de publicación del Stalin, Natalia Sedova (la viuda de Trotsky) y el abogado Albert Goldman intentaron evitar esta falsificación del texto. Esteban Volkov, nieto de Trotsky, haría lo propio en la década de 1960. Todos los intentos fueron infructuosos.

La edición tergiversada de Malamuth estaba ya en proceso de impresión, en 1941, cuando una intervención del gobierno estadounidense frenó su publicación y distribución. Tras la entrada de Estados Unidos en la Segunda Guerra Mundial, el gobierno de Roosevelt puso especial interés en cuidar su relación diplomática con Stalin, quien obviamente no tenía ningún interés en ver publicado un libro que detallaba sus años de esfuerzos por asfixiar el proceso revolucionario iniciado en octubre de 1917, incluyendo no pocos crímenes, traiciones y vergüenzas personales.

Recién en 1946, ya terminada la guerra y enfriadas las relaciones entre EEUU y la URSS, vería la luz el Stalin tergiversado. “Cinco años después de haber sido detenido para evitar el avergonzamiento de Stalin, [el libro] era ahora visto como un útil garrote con el que golpearlo. Y las inserciones de Malamuth proveyeron los ‘ajustes’ necesarios para convertir el trabajo de Trotsky en un arma de lucha no sólo contra el estalinismo sino tanto contra el bolchevismo. Por su parte, Harper&Brothers estaban contentos de hacer dinero con su atrasada publicación. El episodio completo está caracterizado por el más evidente cinismo de todas las partes: los publicadores, Malamuth y el gobierno estadounidense. Todos conspiraron para usar y abusar de este libro para sus propios fines. La única voz que fue silenciada fue la de su autor, León Trotsky”.

El Stalin salió a la venta con una advertencia preliminar de Natalia Sedova. Allí aclara que los comentarios intercalados entre corchetes corren por cuenta propia y exclusiva de Malamuth, a quien califica como “adversario político” de Trotsky. Esa fue la edición que más ampliamente circuló. Tanto en inglés como en sucesivas traducciones al español y al francés. Incluso en ruso, aunque vale notar que recién en 1985 vio la luz el texto en la tierra de su lengua original. Tal fue la extensión de las ondas largas de la censura estalinista en los Estados burocráticos.

En 2016 (70 años después de la publicación de Harper) apareció por primera vez una edición restituida del Stalin. Fue resultado de un valioso trabajo de archivo, traducción y edición realizado por Alan Woods y Robert Sewell. Durante una década se dedicaron a recuperar, transcribir y reorganizar los manuscritos originales en ruso, archivados en la Universidad de Harvard. En los meses anteriores a su muerte, el autor se había preocupado especialmente por el interés de Stalin en destruir su obra escrita. Por esa razón envió personalmente los manuscritos a Boston. La edición de Woods y Sewell elimina correctamente todos los agregados de Malamuth, que en varios capítulos sobrepasaban en extensión la escritura del propio Trotsky.

2) Trotsky y la historia del bolchevismo

Luego de las precisiones editoriales, nos interesa repasar la inscripción del Stalin en la obra de Trotsky, así como respecto a su recepción dentro de las lecturas marxistas. Para eso recuperamos la siguiente observación de Tony Cliff respecto a otro texto central, la Historia de la Revolución Rusa:

“El trabajo monumental de Trotsky es un logro sobresaliente, escrito por un hombre de genio quien fue uno de los supremos líderes de la revolución. En vista de este magnífico trabajo, la cuestión que claramente surge es: ¿por qué debería ser escrito otro libro sobre el mismo período? El libro de Trotsky tiene fortalezas tremendas, pero, a mis ojos, un serio defecto. Para empezar con las fortalezas: la revolución es excelentemente analizada y descrita como un evento en el cual los millones oprimidos, quienes por siglos han sido mantenidos abajo, se levantan de sus rodillas y hablan. Los cambios en la conciencia de los trabajadores, campesinos y soldados bajo las febriles condiciones de la lucha son hermosamente descritas. La única cosa notablemente perdida es el Partido Bolchevique: su tropa, sus cuadros, sus comités locales, su Comité Central. Esta laguna en el trabajo de Trotsky debe ser entendida hasta cierto punto como una imagen espejada de la distorsión estalinista del rol del Partido Bolchevique en 1917 […]. Trotsky, quien permaneció fuera del campo bolchevique […] hasta después de la Revolución de Febrero […] estaba naturalmente ansioso por probar que ser un ‘viejo bolchevique’ no solucionaba todo. De hecho […] Trotsky estaba en lo cierto. En cualquier caso, al probar su punto, infravaloró al partido como un todo. A lo largo su Historia el partido es apenas referido”. (Tony Cliff, Lenin: All power to the Soviets, 1976, traducción nuestra).

En primer lugar, señalemos que Cliff parece dejar de lado la sensibilidad partidaria, militante[2], de la Historia de la Revolución Rusa de Trotsky: la dialéctica masas – vanguardia – partido es el punto nodal de la constelación teórica del libro. No se trata simplemente de un bello relato de la revolución, como parece sugerir la cita del marxista inglés. Es evidente, además, que el abordaje de Trotsky no es histórico – descriptivo, sino histórico – conceptual. Lo expone claramente la estructuración del libro en largos capítulos temáticos. No es una mera yuxtaposición cronológica de episodios. De hecho, Trotsky relata y analiza varias veces cada suceso y cada fecha en capítulos sucesivos, abordándolos desde distintas perspectivas (en el marco de distintos problemas conceptuales, teóricos y políticos relativos al proceso revolucionario) en cada capítulo.

Obviamente, la sensibilidad partidaria de Trotsky no podía expresarse en una apología lineal o formal de la experiencia bolchevique, ni mucho menos de sus organismos en tanto máquina. Los ideologemas brutos del tipo partido único son una herencia (anti) teórica del estalinismo. Esa no era la concepción partidaria de Trotsky ni de Lenin. Más allá de la influencia que pudiera tener la trayectoria relativamente autónoma de Trotsky en relación a las dos fracciones mayoritarias del POSDR, la pluritendencialidad no fue solo una posición política adoptada por Lenin y Trotsky en los albores de la Rusia soviética, sino un punto de partida tácito para una perspectiva marxista de la actividad partidaria[3].

El postulado de Cliff es una idea fácil de entender, pero cuanto menos imprecisa. Los márgenes de la observación son demasiado estrechos. La sensibilidad partidaria (sensibilidad por las tareas partidarias, por la militancia revolucionaria como actividad de construcción colectiva de una subjetividad histórica) no se reduce al rastreo nominal del Partido Bolchevique durante la cronología de 1917.

Es innegable que en HRR el bolchevismo está presente como actor dirigente. La profundidad particular del abordaje de Trotsky (que Cliff parece confundir con una omisión) radica en que muestra en qué medida la organización bolchevique fue un factor subjetivo que se transformó en un factor objetivo en el proceso revolucionario. Al relatar las sucesivas ofensivas represivas sobre los bolcheviques, Trotsky narra una y otra vez cómo la organización partidaria resurgía donde parecía no quedar nada.

Pero también sus organismos, sus “tropas y cuadros”, están presentes. Justamente porque Trotsky se esfuerza en diferenciar el papel de determinados elementos del partido en contraste con otros organismos partidarios, soviéticos y de las masas en general. HRR pasa revista de la actuación del CC bolchevique, de su Organización Militar, del Comité de Viborg, del Comité de Petrogrado, del Comité Militar Revolucionario del Soviet, del Congreso de los Soviets, los sindicatos, el Vikhzel ferroviario y los comités de fábrica, entre otros.

Ya en 1929 – 1930 (años de escritura de HRR a partir del bosquejo anterior de Cómo hicimos la Revolución Rusa, texto aparecido en 1918), para historizar la Revolución de Octubre era necesario desmitificar la realidad paralela del relato estalinista, todavía en construcción. Parte de las tesis que recorren HRR es la desigualdad interna del Partido Bolchevique (entre su base y la mayoría del CC, entre sus distintos organismos y comités locales) durante el año de la revolución.

La reconstrucción histórica lograda por Trotsky tiene resonancias de relato épico. Habían pasado ya doce años desde la revolución y la impresión que transmite el texto es vívida, vibrante. Una narración que evade, por la vía de exponer la lógica interna de los hechos mismos, todo determinismo del proceso histórico. Y el papel protagónico asignado por Trotsky a las masas es un elemento rector de esa reconstrucción.

Sería ridículo ver en esto un desmedro del papel del partido, que Trotsky se ocupa de señalar y analizar insistentemente en todos los puntos nodales del relato. Sobre todo en relación al problema concreto del poder en los dos puntos críticos del año (Febrero y Octubre). Pero no es un mero relato apologético. Las consecuencias de los eventuales errores cometidos por el bolchevismo (desde la cesión del poder a la burguesía en Febrero hasta el peligro de aborto revolucionario y rebote contrarrevolucionario entre agosto y octubre) son un síntoma más del papel decisivo que le corresponde al partido (y que ningún otro actor u organismo puede cumplir) llegada la hora de la disputa por el poder.

En todo caso, el inconcluso Stalin completa con creces el (supuesto) “vacío” historiográfico que reclamara Cliff. Si lo que Cliff necesitaba eran más detalles sobre las particularidades de la jerarquía partidaria durante 1917, el Stalin suma un desarrollo pormenorizado de los organismos del Partido Bolchevique (y de los movimientos de Stalin dentro de los mismos). Para escribir la biografía política de Stalin, Trotsky reconstruye la biografía política del bolchevismo y del socialismo militante ruso. El resultado es un texto que supera ambiciosamente el proyecto que prometiera su título.

A lo largo del Tomo I Trotsky pasa revista del mismo período que Tony Cliff recorre en Lenin: Building the party. Pero no sigue a Lenin sino a Stalin. Cliff recorre los virajes y búsquedas de Lenin para construir una herramienta política revolucionaria de la clase trabajadora. El Stalin de Trotsky, por otro lado, da un pantallazo de las enormes presiones y rigideces con las que Lenin debió luchar para lograrlo, incluso dentro del mismo Partido Bolchevique. No se trata de simples presiones subjetivas o problemas de capacidades y ambiciones individuales. Se trata, en primer lugar, de las presiones objetivas del material con el que se trabajaba: las presiones enormes que ejercía el atrasado interior del Imperio Ruso sobre las concentraciones obreras de Petrogrado y Moscú (y, consecuentemente, sobre el Partido Bolchevique). Trotsky expone a Stalin como personificación de esas presiones en un contexto de crisis histórica, efervescencia revolucionaria y, luego, de reacción y contrarrevolución.

3) Antídoto contra la falsificación estalinista

Nuestra época es, sobre todo, una época de mentiras. No quiero decir con esto que otros períodos de la historia humana se distinguieron por una mayor veracidad. La mentira es el fruto de contradicciones, de luchas, del choque de las clases, de la supresión de la personalidad y del orden social […]. Yo no creo que en toda la historia humana pueda hallarse, ni remotamente, algo que asemeje a la gigantesca fábrica de mentiras que se organizó en el Kremlin bajo la dirección de Stalin. Y una de las finalidad principales de tal fábrica es elaborar una nueva biografía de Stalin […]. Algunas de estas fuentes fueron fabricadas por Stalin mismo. (Trotsky, Stalin, Tomo I, pp. 10-11. Negritas nuestras)[4].

El Stalin es uno de los textos menos conocidos y estudiados de Trotsky. Pero no por eso es menos actual y vigente para nuestra época. Trotsky ya había dedicado otros textos a caracterizar e intentar comprender el fenómeno original del estalinismo: la burocratización de la primera revolución socialista triunfante, una contrarrevolución encabezada por sectores del partido dirigente a la cabeza de una nueva “capa” social[5]. El proyecto de escribir una biografía del burócrata georgiano suma una nueva pregunta: ¿cómo pasa un mismo individuo de formar parte del personal dirigente del partido que encabeza la revolución a ser el principal orquestador de su burocratización y de una de las contrarrevoluciones más sangrientas de la historia?

Es el tipo de pregunta que la crítica burguesa gusta de vulgarizar hasta el ridículo. Así lo hizo el propio Malamuth al postular que el problema del estalinismo anidaba en el partido de Lenin desde el principio, igualando revolución y contrarrevolución en una muestra de analfabetismo político absoluto y autocomplaciente. No fue el único ni el último en hacerlo. Si esta aberración teórica es posible se debe no sólo a la mala fe de la opinión pública burguesa sino al trabajo de falsificación constante que acompañó la contrarrevolución estalinista. Stalin dedicó inimaginables cantidades de recursos humanos, organizativos, materiales y económicos a construir una historia alternativa de la revolución rusa. Una en la que Stalin era el principal dirigente bolchevique en todos los planos: la mente maestra tras la insurrección, el ideólogo del nuevo Estado, el estratega militar de la guerra civil, el mejor amigo personal de Lenin y cuantas cosas más hicieran falta para borrar la verdadera historia de Octubre e, incluso, de las dos décadas anteriores.

Para desanudar esta historia apócrifa Trotsky presenta un profuso trabajo documental, que debe haber sido tanto más difícil cuanto más aisladas y urgentes fueron las condiciones de su escritura. Con el archivo en tiempo real de la revolución blindado por la censura estalinista, Trotsky se sirve de su archivo personal y de un puñado de publicaciones de la época. Con eso le alcanza para desmentir, a través de una reconstrucción minuciosa y tortuosa, la fantasía biográfica de Stalin. Desde la infancia de Stalin hasta su ascenso al poder tras la muerte de Lenin, el texto contrasta las fuentes documentales con el relato que Stalin y sus escribas construyeron en las publicaciones soviéticas.

Los desmentidos son groseros. Stalin no viene de una familia obrera, como clamaban sus biografías autorizadas, sino de una familia disgregada de la pequeñoburguesía hambreada de Georgia. No se formó como un gran lector del marxismo clásico, sino como un seminarista descarriado, más impulsado por el resentimiento hacia el orden zarista que por ideas políticas claras. No era un hombre de acero como insinúa su pseudónimo, sino un hombre de susurros e intrigas, más dado a destruir y arruinar proyectos ajenos que para impulsar los propios.

Ya desde su época de militancia georgiana en Tiflis, Stalin no se destaca como activista público ni es reconocido por las masas. Es, en cambio, el modelo vivo de los komitetchiki (“hombres de comité”) contra los que Lenin disputara criterios constructivos en el Congreso de 1905. “Kruspskaia observa que […] el ‘hombre de comité […] solía ser persona presumida; estaba poseído de la enorme influencia que las actividades del Comité ejercían sobre las masas […] no reconocía democracia alguna dentro del Partido […] sentía desdén por el ‘centro extranjero’, que rabiaba y gritaba y armaba trifulcas” (Stalin, I, 92). Este prototipo partidario era el de un sector provincialista y tosco, activistas habituados a y moldeados por las condiciones de militancia clandestina de un largo período reaccionario. Stalin era “el ‘hombre de Comité’ por antonomasia. Ya en 1901, al comienzo de su carrera revolucionaria en Tiflis, se opuso a que entraran trabajadores en su Comité” (ídem). El ingreso de trabajadores a los comités locales era una exigencia planteada por Lenin durante las discusiones de 1905.

Debatiendo el tema en Tiflis, Stalin les pidió a los trabajadores socialdemócratas que reconozcan “con la mano en el corazón” que ninguno de ellos era digno de ingresar al comité (ídem, 93). Trotsky comprueba que si Stalin no quedó comprometido en esta polémica fue simplemente porque, para ese momento, era todavía un absoluto desconocido de la plana mayor bolchevique. 1905, año del ensayo general para los revolucionarios rusos, pasa para Stalin como un año ignoto, un torbellino de renovación en el cual el komitetchiki provinciano no logra orientarse. En la etapa previa al estallido de 1917, Stalin parece más predispuesto a llevar una vida bucólica en el exilio siberiano que a escapar y volver a la militancia clandestina, como hicieron muchos bolcheviques en la misma época.

Los horrores políticos de Stalin recorren todo el año de la revolución, como ya mostrara Trotsky en HRR. En febrero postula una formulación menchevique desde la redacción de Pravda: la “división de tareas” de la revolución democrática (poder burgués con soviets decorativos). Quizá lo más significativo de todo sea la absoluta intrascendencia de Stalin durante los día de la toma del poder. En octubre, cuando Lenin logra tensar al partido hacia la acción y Trotsky organiza el asalto junto a Sverdlov, Stalin vegeta entre los organismos de la dirección bolchevique, ausentándose frecuentemente de las reuniones del Comité Central.

Tras su llegada al poder y ya construida su inmensa fábrica de falsificación, Stalin se ocuparía de “corregir” estos pequeños traspiés. Libros oficiales, archivos, biografías, textos académicos y manuales de historia fueron corregidos para primero disimular, luego equilibrar y, finalmente, deformar absurdamente cada acción y omisión de Stalin desde el día de su nacimiento hasta el día de publicación del texto. Se inventaron de la noche a la mañana supuestos organismos en los que Stalin habría dictado la hoja de ruta de la insurrección. Se ocultaron y destruyeron millones de documentos y fuentes de valor histórico. Una contribución más (y no menor) de Stalin al acervo universal de la ignorancia y el oscurantismo. Semejante manipulación de la realidad no podía dejar de ser grotesca. A medida que Stalin actualizaba su historia apócrifa según sus necesidades inmediatas, dejó millones de pequeñas y grandes contradicciones, lagunas, absurdos y puntos ciegos en el relato histórico y las fuentes tergiversadas. El texto de Trotsky se ocupa de reducir cada una de esas monstruosidades documentales a su medida histórica.

4) Contra el maquinismo burocrático

Hitler insiste […] en que sólo la palabra vívida, oral, señala al caudillo […]. Este criterio […] se basa en gran parte […] en que no sabe escribir. Marx y Engels adquirieron millones de prosélitos sin recurrir en toda su vida al arte de la oratoria […] Un orador no engendra escritores […], un gran escritor puede inspirar a miles de oradores […]. Stalin […] no es un pensador, ni un escritor, ni un orador. Tomó posesión del Poder antes de que las masas aprendiesen a distinguir su figura […], no valiéndose de sus cuadriláteros personales, sino con ayuda de una máquina impersonal. Y no fue él quien creó la máquina, sino la máquina quien lo creó. Esa máquina, con su fuerza y autoridad, era el producto de la lucha persistente y heroica del Partido Bolchevique, que surgió de las ideas. La máquina era la portadora de la idea antes de transformarse en un fin intrínseco. Stalin decapitó la máquina desde el momento en que cortó el cordón umbilical que la unía a la idea, y la convirtió en una cosa nada más. Lenin creó la máquina mediante una asociación continua con las masas […] Stalin no creo la máquina, sino que tomó posesión de ella (Trotsky, Stalin, I, 10-11).

Trotsky desarrolla varias caracterizaciones políticas sobre Stalin durante ambos tomos. Una de ellas es su carácter anti – teórico. Stalin es, durante toda su trayectoria, un práctico. En las reconstrucciones más benevolentes se lo califica de organizador. En realidad no fueron pocos sus errores organizativos, algunos muy peligrosos. Durante la guerra civil se destacó por su negligencia para organizar acciones coordinadas en los frentes en los que intervino. No parecía la labor de un organizador de excelencia. Trotsky lo aduce a su adicción a la intriga y la ambición personal, suficiente para poner en riesgo porciones del territorio con tal de asegurar un mejor reparto de funciones, recursos y prestigios. La cortedad de miras fue una marca permanente de la carrera política de Stalin.

En términos de horizontes, el itinerario estalinista deja claro que sus (primitivos) instintos estratégicos eran más cercanos al menchevismo que a Lenin. ¿Qué lo lleva, entonces, a la organización bolchevique? Para Trotsky, el único elemento que seduce a Stalin hacia el bolchevismo es su carácter de organización centralizada, jerárquica y funcional por oposición a la laxitud anti – militante del menchevismo. A partir de este postulado es que Malamuth intenta descubrir en la forma organizacional leninista el espíritu embrional de las Purgas.

Por el contrario, Trotsky señala que, si todo partido entraña una u otra forma de máquina política, Stalin no era un político sino un mero maquinista. En la concepción estalinista la máquina deja de ser una herramienta para convertirse en un fin, un sujeto automático[6]. Una concepción alienada en materia de organización que reduce al partido al nivel de la materia inorgánica. El partido estalinista no vive, pero de todas maneras se mueve, actúa. No se moviliza para darle cauce a la acción de las masas, sino para auto – abastecerse.

Un elemento ineludible para entender la contradicción estalinista es el carácter provinciano de su formación política y personal. Ya mencionamos la presión de las inercias del territorio sobre los komitetchiki. En el contexto provinciano de Georgia, para el seminarista frustrado Dzhugashvili (le faltaban todavía años para ser Stalin) lo particular del leninismo no era la perspectiva de la revolución internacional sino la mera conformación de una máquina centralizada y funcional que permitiera sobreponerse a la disgregación interminable del interior del Imperio Ruso.

Trotsky toma varios extractos de textos tempranos de Stalin, aparecidos en folletos y publicaciones periódicas del Cáucaso, para delinear su desarrollo político. Allí Stalin intenta reproducir las líneas de la fracción leninista pero las degrada instantáneamente. Compara así dos textos de 1905, uno de Stalin y otro de Lenin. Dice Stalin:

“[…] ‘juntemos nuestra manos y agrupémonos en torno a los Comités […] sólo los comités pueden guiarnos dignamente […] sólo ellos pueden iluminar nuestra ruta hacia la Tierra Prometida[7]’ […]. Durante aquellos mismos días, Lenin escribía […]: ‘¡Abrid paso al furor y al odio que se han acumulado en vuestros corazones durante tantos siglos de explotación, sufrimiento y martirio!’. El contraste entre estas dos personalidades en su actitud frente a lo que unía a ambas políticamente (la Revolución) no podía expresarse más concisa ni más expresivamente (Trotsky, Stalin, I, 96).

5) El individuo y la historia

Stalin tenía que contar prácticamente con veinte años para imponer al país un panorama histórico en el que remplazó a los efectivos organizadores de la insurrección y les atribuyó el papel de traidores a la Revolución. Sería injusto pensar que comenzó con un plan de acción ya perfilado para su personal engrandecimiento. Circunstancias históricas extraordinarias han dado a su ambición un vuelo asombroso aún para él mismo. En un sentido se ha mantenido firme: prescindiendo de otras consideraciones, aprovechó toda situación concreta para consolidar su propia posición a expensas de sus camaradas […], paso a paso, piedra a piedra, pacientemente, sin alterarse, ¡pero también sin conmoverse! En la tarea de urdir constantemente intrigas, en la cauta dosificación de verdades y mentiras, en el ritmo orgánico de sus falsificaciones, es donde mejor se refleja Stalin como personalidad humana y jefe de la nueva capa privilegiada (Trotsky, Stalin, II, 69).

Escribir una biografía política no vulgar de Stalin entrañaba, aún sin ser un proyecto central sino secundario para Trotsky, una cierta cantidad de dificultades. Además de una aproximación marxista al problema original de la burocratización, debía poder realizarse una reconstrucción que pusiera la figura de Stalin en su justa proporción dentro de la escena histórica. Trotsky despeja este problema desde las primeras páginas del texto. Stalin no se destaca en la historia por aptitudes personales irrepetibles, sino por representar fielmente a una nueva capa social expoliadora. No se distingue de otros burócratas por diferencias sustanciales sino por su mayor determinación, voluntad de esfuerzo, abnegación y ausencia de escrúpulos. Respecto a la burocracia soviética que encabeza, Stalin es menos un creador que una criatura.

No se trata de que Stalin fuera un mero fruto de la nueva capa, sino de que fueron las condiciones generales del desarrollo histórico (las contradicciones del atraso ruso frente a la mayor revolución moderna) las que crearon las condiciones de posibilidad para la elevación política de Stalin, el proceso en el cual “un revolucionario provinciano se convirtió en dictador de un gran país” (ídem, 245).

La contrarrevolución burocrática no es una mera exhalación de la sed de sangre de Stalin, una explicación repetida por muchos historiadores vulgares ante cualquier fenómeno dictatorial. En relación a las virtudes sangrientas, anti – humanistas de Stalin, Trotsky se ocupa en señalar que no se trata de una cualidad netamente personal. La barbarie estalinista se gestó menos en la psiquis de José Dzhugashvili que en las furias de la contrarrevolución, el reflejo invertido y deformado de la revolución asediada por el imperialismo y el reflujo de la lucha de clases. Lo cual no quita que la criatura se haya tornado creador al estabilizarse como dictador de una contrarrevolución político-social consumada con el proceso que comprende la supresión de la Oposición, la colectivización forzosa y las Grandes Purgas de los ‘30.

En todo caso, Trotsky expone claridad metodológica al abordar un tema para nada sencillo ni desinteresado, teniendo en cuenta que días antes de comenzar a escribir Stalin había concretado el asesinato de León Sedov a un océano de distancia de Coyoacán. Sobre su enemistad directa con Stalin y el lugar de la personalidad en la historia, dice Trotsky hacia el final del Tomo II:

Durante mi actual destierro de más de diez años, los agentes literarios del Kremlin se han excusado sistemáticamente de la necesidad de contestar en forma adecuada a lo que escribo sobre la Unión Soviética, aludiendo con habilidad a mi ‘odio’ a Stalin. El difundo Freud no tenía en la menor esitma este género barato de psicoanálisis. El odio es, después de todo, una especie de vínculo personal. Pero Stalin y yo hemos estado separados por sucesos tan terribles, que han consumido en llamas y reducido a cenizas todo lo personal, sin dejar el menor residuo. En el odio hay cierto elemento de envidia […]. Stalin es mi enemigo. Hoy alimento tan poco odio hacia Stalin como hacia Hitler, Franco o el Mikado. Por encima de todo trato de comprenderlos, a fin de estar mejor pertrechado para combatirlos. En términos generales, cuando se trata de asuntos de importancia histórica, el odio personal es un sentimiento minúsculo y despreciable. No solamente degrada, sino que ciega. Pero a la luz de acontecimientos recientes en el palenque mundial y en la URSS, incluso muchos de mis adversarios están ya convencidos de que yo no estaba tan ciego (ídem, II, 244).

6) Trotsky escritor y los problemas de la literatura marxista

Cerramos esta aproximación al Stalin con algunas consideraciones generales sobre su lugar en la obra escrita de León Trotsky. Las precisiones sobre su derrotero editorial que ya vimos, reenvían a problemas más generales sobre la literatura marxista clásica. La misma está marcada de principio a fin por las dificultades de su producción y circulación.

En términos de producción, es evidente que los clásicos del marxismo revolucionario dedicaron al trabajo teórico el tiempo que, en un sentido, robaron al resto de sus obligaciones. Por poner un ejemplo, Estado y revolución de Lenin, una de las mayores obras del marxismo, nació como un folleto “popular” escrito al calor de la revolución rusa y quedó incompleto. También quedó incompleto el propio Capital de Marx, aunque en este caso obedeció a la voluminosidad de la tarea intelectual que desarrolló el fundador del comunismo científico. Las durísimas condiciones de vida de muchos revolucionarios marcaron a fuego su producción. Basta mencionar a Gramsci: la mayor parte de su obra se escribió en la cárcel, aislado por el fascismo de la realidad social y política en una de las épocas más críticas de la historia moderna. Las acuciantes condiciones de producción (no sólo por la represión, la persecución y la pobreza sino también por la urgencia de su contenido) de la teoría marxista del siglo pasado imprimió, en diversos grados, un elemento críptico, hermético o fragmentario a la obra de varios autores clásicos (además de Gramsci, se nos viene a la memoria el caso de Christian Racovsky condenado al exilio en Siberia bajo terribles condiciones de vida).

Lo propio sucede en la esfera de la circulación. La circulación de textos en la sociedad contemporánea no es un libre ir y venir de ideas y palabras. La mera mediación del mercado editorial, gobernado por las leyes de intercambio mercantil antes que por cualquier filosofía o criterio teórico, es de por sí un condicionamiento enorme. El Stalin es un ejemplo claro. El interés lucrativo de Harper&Brothers permitió que Malamuth deformara el texto a su gusto.. El libro de Trotsky circuló durante exactamente 70 años bajo una forma degradada. Aún hoy, existiendo la edición curada por Woods y Sewell, la versión que más circula sigue siendo la de Malamuth. No sólo el mero lucro de la editorial, sino también los designios del gobierno estadounidense y la presión contrarrevolucionaria del estalinismo, operaron sobre el texto.

El estalinismo fue (y sigue siendo) un escollo adicional inmenso sobre la circulación de la literatura marxista a nivel global. No sólo suprimió parcial o totalmente la obra de diversos autores[8], también deformó su contenido de formas inimaginables en épocas anteriores. Es evidente que la obra más afectada por este fenómeno fue la del propio Trotsky, un elemento que quizá se pierde de vista por la voluminosidad que de todas maneras tienen sus escritos. Sewell recuerda que ya durante su exilio en Prinkipo los agentes del estalinismo asaltaron y destruyeron parte del archivo personal del revolucionario ruso. Posteriormente, un servicio del GPU que se movía bajo el pseudónimo de Etienne, infiltró las organizaciones de la Cuarta Internacional en Europa para filtrar materiales directamente a la oficina de Stalin en Moscú. En el último período de su vida, Trotsky decidió enviar parte de sus manuscritos a Harvard (entre ellos las decenas de folios que conformarían el Stalin) para que fueran resguardados por personal calificado.

La deformación estalinista dejó una pátina de desprestigio sobre el marxismo que sigue operando en los principales circuitos de lectura y crítica[9]. Esto explica más de un bache en la apropiación de la obra literaria marxista. El de Trotsky es un caso significativo justamente por la inmensidad de su obra escrita.

Trotsky fue uno de los grandes escritores del siglo XX. Transitó eventos de significación histórica y produjo un corpus textual diverso y de enorme calidad, que no se limita a la teoría política. Escribió una monumental obra histórica sobre el evento fundante de su siglo (la HRR). Mi vida, su autobiografía, iguala y supera a muchas de las principales narraciones de no ficción de los últimos cien años. Durante los años posteriores a octubre produjo diversos textos que constituyen ejemplos valiosos del abordaje marxista de los problemas culturales más amplios. Literatura y revolución de 1924 recoge los debates sobre las nuevas tendencias literarias, especialmente las que se identificaban dentro de las vanguardias. Este texto ha sido ampliamente bastardeado por la academia. Lo cual no alcanzó para evitar que siga siendo un texto de referencia obligatorio en el estudio de dicho período hasta el día de hoy.

Decir que la década del ‘20 fue la más productiva para la literatura del siglo XX sería quedarse corto[10]. Sería más exacto decir que la literatura del período modeló la literatura de los próximos 70 años, así como la Revolución Rusa modeló los siguientes 70 años de la vida social, política e ideológica internacional[11]. Literatura y revolución fue criticado por su juicios quizá demasiado taxativos respecto a las vanguardias. En todo caso, había ya en ese texto planteos metodológicos correctos: no podía superarse en el arte aquello que no fuera superado en el conjunto de la vida social.

El estilo literario de Trotsky tiene quizá algo de decimonónico, que la crítica burguesa ha querido contrastar con la velocidad de la vanguardia[12]. Es innegable que su escritura tiene complejidad y que su obra es densa. ¿Podía ser de otra manera? El material con el que trabajó Trotsky no fue ligero ni breve. La vida del siglo XX correspondía más a la épica que a la lírica[13].

El Stalin cierra la obra de Trotsky, no por una particularidad interna del corpus, sino porque fue allí donde la máquina de persecución estalinista cortó su producción. El período tardío de su escritura es quizá el menos estudiado y el más diverso. Dejó escritos polémicos, históricos, biográficos e incluso notas filosóficas de espesor. De no haber sido interrumpido por el asesinato, Trotsky habría seguido escribiendo y produciendo interminablemente.

Muchos escritores ganaron galardones y pasaron a la inmortalidad crítica por mucho menos. Con la misma facilidad pasan continuamente al olvido. La obra de Trotsky, en cambio, perdura más allá del reconocimiento que le concedan las instituciones de la academia y la crítica política, cultural y literaria. Y perdura más allá del punto en que fue interrumpido, pues su obra se actualiza día a día, pues las necesidades de la lucha política exigen la reapropiación de su obra para las nuevas generaciones. Trotsky es, hasta el día de hoy, un escritor infinito.

 

Bibliografía:

Cliff, Tony: Lenin: Building the Party. Pluto Press. Londres. 1975.

Cliff, Tony: Lenin: All the power to the Soviets. Pluto Press. Londres. 1976

Sáenz, Roberto: El marxismo y la transición socialistaTomo I: Estado, poder y burocracia. Editorial Prometeo. Buenos Aires. 2024.

Sáenz, Roberto: Trotsky, la «Historia de la Revolución Rusa» y la escuela de Lenin. IzquierdaWeb. 2024.

Trotsky, León: En defensa del marxismo. Editorial El Yunque. Buenos Aires. 1975.

Trotsky, León: Historia de la Revolución Rusa. Juan Pablos Editor. México. 1972.

Trotsky, León: Literatura y Revolución. Editorial Antídoto. Buenos Aires. 2002.

Trotsky, León: Stalin. Editorial El Yunque. Buenos Aires. 1975.


[1] La exposición de Trotsky alrededor del tema en los artículos contra Burnham remite a otra arista de su obra: su faceta como polemista. El tratamiento es sumamente pedagógico en la medida que (más allá de las particularidades de la pelea de tendencias concreta en cuestión) expone la primacía de un método para encarar cualquier crítica. Burnham promulgaba el abandono de la dialéctica como una cuestión “filosófica, de segundo orden” en relación a los problemas políticos inmediatos (la posición que se debía asumir frente a la URSS como formación social y en el contexto geopolítico de la segunda guerra). Trotsky demuestra cómo el abandono del método (la dialéctica materialista) lleva necesariamente a la desorientación general, a asumir interminablemente posiciones aberrantes en términos de la política inmediata. Una conclusión que muchas organizaciones que se reivindican “trotskistas” no parecen haber asimilado 80 años después.

Por lo demás, estos artículos son un modelo excelente de la polémica como género. En unas pocas decenas de páginas, Trotsky pulveriza a su adversario hasta reducirlo al ridículo. Por otra parte, es necesario anotar que en algunos tramos de esta obra Trotsky incurre en ciertas aseveraciones objetivistas a la hora de caracterizar la naturaleza del Estado Soviético (disociando el régimen político de la estructura económica) que fueron posteriormente replicadas de forma acrítica y doctrinaria por la mayoría de las corrientes trotskistas en la posguerra. Una vez más, vale recalcar el esfuerzo de recuperación (filológico) necesario para reponer el sentido de contexto de la elaboración marxista. Los artículos contenidos en En defensa del marxismo no son textos pensados para la exposición abstracta o para manuales de marxismo, sino ensayos críticos y polémicos dedicados a una lectura bien situada: la polémica en tiempo real con la fracción de Burnham y Shachtman, que amenaza con echar por la borda la incipiente construcción del trotskismo en Norteamérica. En la polémica Trotsky acentúa determinados puntos para marcar el contraste de posiciones, pero otros elementos se desplazan, quedando unilaterales. Los artículos fueron reunidos y publicados posteriormente a la muerte de Trotsky, cambiando objetivamente las claves de entrada al texto.

[2] Sobre el valor militante de HRR ver el tratamiento exhaustivo del tema en “Trotsky, la Historia de la Revolución Rusa y la escuela de Lenin” de Roberto Sáenz . De aquí en adelante citamos el texto de Trotsky como HRR.

[3]Las organizaciones “socialistas” que siguen alimentando los idearios del unicato se reducen conceptualmente al nivel de las sectas. Estas concepciones esconden la pluritendencialidad como principio de selección objetivo para justificar las prácticas más antisocialistas que existen. En el estalinismo estas prácticas asumieron dimensiones de tragedia histórica. En algunas sectas actuales la cuestión se contrae a un nivel ridículamente autoproclamatorio. La primera vez como tragedia, la segunda como farsa. La sentencia de Marx describe la trayectoria “teórica” de más de una organización que se reivindica marxistas, incluso trotskista, pero que dejan de lado por ignorancia o decisión política la historia misma del movimiento marxista del último siglo.

[4] Para los siguientes apartados nos permitimos citar en extenso varios pasajes del texto de Trotsky. Todas las citas están tomadas de una edición popular aparecida en Argentina en la década de 1970, por la editorial El Yunque. La traducción es, obviamente, la de Malamuth. Omitimos citar cualquier pasaje que incluya los “comentarios” del traductor. Obviamente, el estatuto problemático del texto exige un tratamiento crítico y cuidadoso para recuperar los argumentos de Trotsky.

[5] La burocracia soviética, que pasaría de ser una mera capa a una nueva clase política según la definición del oposicionista ucraniano Christian Rakovsky. El abnegado esfuerzo de Trotsky constituyó, obviamente, un trabajo progresivo cruzado por grandes dificultades objetivas. Remitimos a El marxismo y la transición socialista: Estado, poder y burocracia de Roberto Sáenz, especialmente al capítulo 5.

[6] No hay, a priori, ningún matiz despectivo en la palabra máquina, que Trotsky utiliza recurrentemente en el texto para referirse a la partido bolchevique. Se refiere justamente al aspecto organizativo del partido, a su cuerpo: la ligazón de personas y organismos para hacer concreta la política. Pero Trotsky se ocupa de señalizar que, en una organización socialista y revolucionaria, la máquina es una herramienta subordinada a una política, justamente para efectivizarla. El maquinismo estalinista es una inversión anti socialista: subordinar la política (y el partido en su conjunto) a una máquina que ahora es patrimonio único de la burocracia y solo sirve a sus intereses de casta diferenciada (eventualmente, de una nueva clase política).

[7] El estilo mesiánico parece haber sido una constante de la producción literaria estalinista durante sus primeros años, evidentemente heredado de sus años estudiando para ser pope. El de Lenin, por el contrario, es bien terrenal.

[8] Un caso testigo es el de los marxistas anti estalinistas de Europa del Este, cuya obra fue destruida u ocultada durante décadas por la persecución de la burocracia. Roberto Sáenz recupera la obra de estos autores en el capítulo 9.4 de El marxismo y la transición socialista. Tomo I: Estado, poder y burocracia. La recuperación de ese corpus textual es crucial, no sólo por su valor historiográfico, sino por la originalidad de su aporte al acervo general del marxismo, al ser una obra escrita desde el terreno en el que operaba un fenómeno asimismo original (la burocratización de primera revolución socialista triunfante).

[9] Nos referimos principalmente a los circuitos institucionales y académicos. Vale la precisión en la medida que la crisis internacional del capitalismo empuja objetivamente hacia el revival del marxismo, que parece también una marca de esta época. Aún si, obviamente, no alcanza con la mera crisis para generar nuevos aportes significativos a la tradición teórica marxista.

[10] No nos referimos ya a la literatura marxista (el corpus de textos que contiene la elaboración política y filosófica del marxismo revolucionario), sino al campo literario y a la literatura como arte. Vale mencionar que el siglo XX fue uno de constantes desafíos a los compartimentos estancos entre géneros textuales. Testimonios de este punto fueron fenómenos como la literatura de no ficción y las vanguardias que cuestionaban la institución-arte en general.

[11] En realidad, las vanguardias literarias de principios de siglo siguen modelando la literatura contemporánea hasta el día de hoy. Aún el corte del posmodernismo durante el cambio de siglo no logró borrar las referencias que se construyeron en el período iniciado con las vanguardias que respondieron a la Primera Guerra y que se nutrieron de la Revolución Rusa como fuerza vital. La influencia de las vanguardias del XX no termina porque los contornos impuestos por dichas vanguardias no fueron superados, así como la vida política no ha logrado superar la referencia de la Revolución. Lo cual no significa que el cambio de siglo, con sus propios problemas y fenómenos originales, no plantee la perspectiva de nuevas vanguardias literarias y artísticas. Se trata de una dialéctica arte – vida que admite determinaciones pero no determinismos.

[12] Al día de hoy, más de un crítico intenta identificar al Trotsky de Literatura y revolución con las perspectivas burdas e idiotizantes del realismo estalinista. Una operación burda y poco original. Basta recordar el ejemplo de Malamuth al igualar leninismo y estalinismo.

[13] Ejemplos literarios de recuperación de la épica con gran vertiginosidad son la obra de Joseph Roth y Bertolt Brecht, por citar dos casos.

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