Trabajo social y anticapitalismo: una mirada crítica de la profesión y sus potenciales transformadores

Este texto fue elaborado a partir de una charla realizada con estudiantes de Trabajo Social de la Universidad Nacional de Lanús el pasado 14 de abril, la cual estuvo organizada por la juventud anticapitalista ¡Ya Basta! Durante la misma, se abordó el quehacer de la profesión del Trabajo Social desde una perspectiva anticapitalista.

Pensar nuestra práctica, como estudiantes y profesionales, desde una mirada crítica que cuestione el régimen social de explotación y opresión en el que vivimos y sobre el que intervenimos, pero que también construya herramientas para su transformación. Aquí nos proponemos indagar sobre estos límites, y qué posibilidades tenemos de ir más allá.

A lo largo de la formación profesional, se reflexiona y estudia el trabajo social como una herramienta de transformación a partir de la intervención en distintas problemáticas sociales. La perspectiva desde la que nos paramos nos permite entender estas problemáticas con distintas características y la posibilidad real de transformación (o no).

En primer lugar, es importante señalar que hablar de anticapitalismo nos ubica en oposición a un sistema social, de producción y reproducción que se sostiene con la explotación del 99% de la población, para el disfrute opulento y grosero del 1%; con la opresión de la mitad de la humanidad que somos las mujeres y diversidades; con la expoliación del planeta, como si se tuviera otro de reserva: es decir, nos ubica en oposición al capitalismo patriarcal.

Cabe preguntarnos, entonces, ¿qué potencialidades tiene el Trabajo Social, en la intervención sobre la realidad que genera este mismo sistema?

Vulgarmente se ha escuchado a sectores de la derecha atacar a les anticapitalistas sosteniendo que no se puede ser anticapitalista y “usufructuar” los desarrollos tecnológicos y productivos de la sociedad. También desde sectores académicos más “progres”, se dice que no se puede ser trabajador/a social y anticapitalista porque la profesión es una invención capitalista, y nos desarrollamos laboralmente en el Estado.

Ambas ideas son incorrectas.

Ser anticapitalista es cuestionar un sistema basado en la explotación y opresión de las grandes mayorías sociales, y pelear para que éstas puedan disfrutar de todo lo que se produce en la sociedad, (producción que se realiza bajo el sistema capitalista). Y eso, por supuesto, también incluye los desarrollos tecnológicos y productivos. Queremos que todes podamos gozar de las grandes creaciones humanas, del tiempo libre, de nuestras vidas.

Desde esta perspectiva, podemos atrevernos a pensar un Trabajo Social anticapitalista: esto es incorporar en nuestras prácticas la mirada del mundo desde el cuestionamiento del sistema tal cual es, y la acción para su transformación; reconociendo los límites de la profesión, y construyendo los ámbitos colectivos para ir más allá de esos límites.

En este artículo queremos realizar un aporte para pensar la profesión vinculada a la perspectiva anticapitalista. Abordaremos la génesis del trabajo como subproducto de la lucha de clases, conceptualizando la categoría “problema social” como una construcción del Estado burgués en la búsqueda de dar respuestas a las propias contradicciones del sistema capitalista patriarcal. Vamos a incluir el rol crítico de nuestras intervenciones, desde un posicionamiento ético político; la ubicación de les profesionales como trabajadores parte de una clase social; y finalmente la importancia de la organización política como herramienta para la transformación social.

Cuestión social y problemas en disputa

Para comenzar vamos a adentrarnos en un debate que atravesó la formación del trabajo social en relación a su origen y orientación. El primer contacto que en general tenemos en nuestra profesión con “la historia del trabajo social” es el estudio de una línea teórica que vincula a la profesión con el desarrollo, la sistematización, y un abordaje más científico de las actividades de caridad y la filantropía: por ejemplo, se estudia mucho el devenir de organizaciones como la sociedad de beneficencia; el higienismo; y la caridad.

En esta línea teórica, el trabajo social tiene su origen y fundamenta su existencia en la asistencia a los más necesitados, a los pobres, a aquellos sectores sociales marginados.

Sin embargo, en el devenir histórico podemos vincular esas prácticas más a la asistencia eclesiástica, a organizaciones de ayuda mutua, incluso al funcionamiento de las ONGs (aunque esto es un poco más complejo porque en este tipo de organizaciones también opera la tercerización de la política pública estatal), que a la propia intervención profesional actual.

El Trabajo Social tendría así un carácter primordialmente asistencialista de compensación a aquellos individuos/as que por sus propias trayectorias de vida han quedado en los márgenes del sistema.

Eventualmente, este carácter asistencialista comenzó a ser  cuestionado particularmente a partir de los años 1960/1970 con el alza de la lucha de clases y el ascenso de movimientos de lucha que impactaron también en los ámbitos de estudio y profesionales. El cuestionamiento al carácter asistencialista se intentó zanjar con dejar de nombrarnos como asistentes sociales para pasar a ser trabajadoras, trabajadores sociales, distanciando la profesión (al menos en términos conceptuales) de la asistencia.

Muchos autores, aunque no sostengan una perspectiva crítica del Trabajo Social, dan cuenta de la vinculación de la profesión con las consecuencias directas del capitalismo sobre la vida cotidiana de la clase trabajadora. Esta línea de análisis se queda en una rápida y superficial definición, sin ahondar en la potencialidad transformadora que puede tener para la intervención profesional comprender en profundidad esta relación.

Paulo Netto (1992), en su obra Capitalismo Monopolista y Servicio Social, logra dar una explicación clara y más profunda de la vinculación de nuestra profesión con la contradicción misma del capitalismo (capital / trabajo), encontrando ahí su origen, su objeto y su sentido. ¿y cuál es esa contradicción? La de vivir en un régimen en el que las grandes mayorías trabajan y viven en la miseria, para que las enormes minorías, el 1%, se enriquezca y tenga vida de lujos.

Esa contradicción es la que se expresa como “Cuestión Social” que, siguiendo a Netto (quien a su vez retoma a Cerqueira Filho), podemos definir como “el conjunto de problemas políticos, sociales y económicos que el surgimiento de la clase obrera impuso con la constitución de la sociedad capitalista” (Netto, J. P., 1992).

La Cuestión Social se manifiesta refractaria y fragmentariamente en lo que denominamos ‘problemas sociales’: en un proceso conceptual en el que se sectoriza la realidad (se acotan algunos fenómenos o síntomas de la barbarie capitalista patriarcal), se le atribuyen ciertas características y se los denomina de manera individual: la pobreza, el consumo problemático, el analfabetismo, la explotación sexual, etc.

Esos problemas sociales son conceptualizaciones de las manifestaciones de vivir en el capitalismo (podríamos decir que son los síntomas del capitalismo), o sea, las distintas manifestaciones de la cuestión social, y les trabajadores sociales vamos a intervenir en la mitigación de esos problemas sociales.

Las manifestaciones de violencia estructural y barbarie del capitalismo existen desde que existe el capitalismo mismo. No así la conceptualización del problema social o la cuestión social tal como nos referimos en este artículo. Durante mucho tiempo, durante todo el periodo de consolidación del capitalismo, la clase trabajadora se moría en las fábricas porque trabajaba excecivas horas y eso no era considerado un “problema social”.

Netto ubica esta temporalidad con la consolidación del capitalismo monopolista, en la que el Estado Burgués centraliza las respuestas a dichas manifestaciones y construye las respuestas en términos de política social y pública. De esta manera el Estado interviene más o menos directamente en el sistema productivo poniendo reglas y trazando acciones concretas en la producción y reproducción social (un ejemplo de esto son los subsidios que funcionan como salario indirecto).

Rosa Luxemburgo decía en 1899 que “El desarrollo capitalista modifica esencialmente la naturaleza del Estado, ampliando su esfera de acción, imponiéndole nuevas funciones constantemente (sobre todo en lo que afecta a la vida económica), haciendo cada vez más necesaria su intervención y control de la sociedad.”, y refiere a la “legislación laboral como la primera intervención consciente de la ‘sociedad’ en el proceso social vital”. Agrega que “el Estado existente es, ante todo, una organización de la clase dominante. La legislación laboral se promulga tanto para servir a los intereses inmediatos de la clase capitalista como para servir a los intereses de la sociedad en general.” (Luxemburgo, R. 2015)

Siguiendo este análisis podemos entender a la política social como parte de esta intervención de la “sociedad” en las funciones del Estado.

Así, los problemas sociales se nominan y definen de acuerdo a lo que el Estado burgués requiere en cada periodo histórico (en el marco de la lucha de clases, de la puja por intereses contrapuestos)[1]. No siempre existieron los mismos problemas: por ejemplo, la ilegalidad del aborto no siempre fue un “problema social” así categorizado, pero en un momento, de la mano de las luchas de organizaciones feminista y luego del conjunto del movimiento, empezó a serlo.

Cada “Problema Social” refiere a una porción de la realidad a la que se la describe y se le adjudica un tipo de resolución específica por parte del Estado burgués. Para que el Estado pueda intervenir en la mitigación del Problema Social sin que esto signifique un cuestionamiento de fondo de la estructura social, al definirlos conceptualmente se le adjudica ciertas características particulares.

La primera característica es que los “problemas sociales” son presentados de manera fragmentada y reflejan una porción intencionalmente recortada de la Cuestión Social. Se individualiza y tabica un “problema social” de otro provocando un proceso de descontextualización de cada problemática.

Se muestra al Problema Social aislado artificialmente de la realidad, y de la estructura que lo genera (separa al problema de la cuestión social); entonces, ya es más difícil pensar, por ejemplo, el problema social ‘embarazo adolescente’ como resultante de la contradicción capitalista. Pensar el ‘consumo problemático de sustancias psicoactivas’ con el capitalismo.

En la secuencia “Capitalismo – Cuestión Social – Problema Social” no hablamos de las “consecuencias del capitalismo”; hablamos de la pobreza, el desempleo, la tuberculosis, la explotación sexual, el embarazo de adolescentes, el consumo problemático de sustancias, etc. Se toma una porción de la realidad, se le atribuyen ciertas características y definiciones, y se la desvincula del resto de las porciones.

Se opera una separación entre la manifestación fragmentada, que es el problema social, y el capitalismo, que es el origen, el “responsable” de los problemas sociales. Y si el capitalismo no es el responsable, ¿quién es el responsable de estos problemas sociales? La/el individuo que padece ese problema; la familia; la comunidad.[2]

Esta es una segunda característica con la que se presenta a los Problemas Sociales; son problemas individuales, con responsabilidades individuales, que requieren soluciones individuales. Y que, en todo caso, el Estado burgués lo que puede hacer es “ayudar” a esos sectores de la sociedad que no se adaptan a la sociedad generando desequilibrios.

Por ejemplo, el desempleado es el que no puede encontrar un trabajo, no es parte del ejército industrial de reserva, una herramienta de la burguesía y el empresariado para presionar por la baja de los salarios del sector ocupado, como lo ha explicado Marx en su obra El Capital. El aumento de embarazos no deseados de adolescente ¿es producto de la inconciencia de las adolescentes o son un reflejo de la falta de ESI en las escuelas y el recorte de recursos para la anticoncepción, o las restricciones para el acceso al derecho al aborto, fogueado por los discursos de la extrema derecha patriarcal?

Esta idea de la responsabilidad individual que hoy los gobiernos de extrema derecha difunden tan ampliamente, es profundamente capitalista: cada une es responsable de su propia situación. Es la individualidad la que manda para esta perspectiva. Plantear lo contrario pone en discusión la existencia misma de un régimen que trabaja para el pleno disfrute del 1% y la superexplotación del 99% restante.

Intervención estatal y lucha de clases

De esta manera el Estado burgués puede dar respuestas a problemas reales, (que se nominan como tal a través de la presión de la clase trabajadora) sin comprometer la existencia del capitalismo patriarcal.

¿Por qué el Estado burgués busca dar respuestas más no sea asistenciales a estos problemas? ¿Cuál es el interés? O sea, ¿cuál es el objetivo? ¿Por qué en un momento empieza a hacerlo? ¿Por qué define problemas sociales? ¿Por qué define una problemática como un problema social y no otra?

En este punto no hay que perder de vista que el Estado es siempre un instrumento de la clase dominante, y representa sus intereses (presentándolos como intereses del conjunto social). Dice Lenin en El Estado y la Revolución: “El marxismo nos enseña que el Estado, es decir todo Estado, es un instrumento para la opresión de una clase por otra. Por lo tanto, el Estado no puede ser neutral. Ya en El Manifiesto Comunista, Marx y Engels explican que ‘el gobierno del Estado moderno no es más que una junta que administra los negocios comunes de toda la clase burguesa’” (Lenin, V. I. 2004).

El Estado tiene dos funciones muy importantes en términos de la política social: una tiene que ver con garantizar las condiciones de vida de la clase trabajadora para que pueda seguir siendo explotada, y esas condiciones, que es lo necesario para sobrevivir, es producto del desarrollo de la sociedad y también de la puja de los interés de las clases contrapuestas. Las primeras políticas sociales del Estado, que están vinculadas al desarrollo del trabajo social, estaban dirigidas a las condiciones de vida de la clase obrera, incluso dentro de las fábricas.

Andrea Oliva plante que la acelerada y poco planificada urbanización que se desarrolla al calor de los procesos de industrialización trajo consigo una ruptura en las instituciones de beneficencia o filantrópicas (acá podemos pensar en la Sociedad de Beneficencia, e incluso la Iglesia), que se vieron sobrepasadas por las nuevas demandas de la clase obrera (alimentación, vivienda, salud, educación, etc.) que a la vez se constituyó como la destinataria principal de la ayuda estatal (Oliva, A., 2015).

Y agrega que “el carácter colectivo de las demandas histórico-sociales de la época, no permite que la dádiva puntual sea la forma de resolver las necesidades, sino que se requieren acciones más complejas para dar respuestas no a “un” mendigo o “un” desocupado identificable sino a la “población obrera”” (Ibidem).

Así el Estado comienza a “ocuparse” de las demandas que la clase trabajadora logra imponer como problemas, y que son conceptualizados como Problemas Sociales. Esto es resultado de un proceso poco lineal, donde se encuentran y chocan las necesidades de una clase trabajadora expresadas en términos de demandas, y la necesidad del Estado burgués de garantizar las condiciones mínimas (históricamente determinadas) para la subsistencia y reproducción de dicha clase.

Como describe claramente Andrea Oliva, las primeras acciones que se pueden vincular al actual trabajo social en Argentina, comenzaron como relevamientos dentro de las fábricas: se relevaban las condiciones de trabajo, de higiene, el cumplimiento de la ley. Porque para el Estado burgués es muy importante que la clase trabajadora se siga reproduciendo para poder seguir siendo explotada: ¿qué sería de las fábricas sin trabajadores que las pongan a producir?

Si el capitalista individual en su fábrica lleva las condiciones de superexplotación a niveles exorbitantes, está claro que nadie sobrevive, y si eso es generalizado la burguesía no tiene a quién más explotar, no tienen cómo generar ganancias.

Reproducción ideológica de la política pública

Por otro lado, el Estado interviene a través de la política social con un rol ideológico, para reproducir las ideas dominantes (para, entre otras cosas, legitimar el status quo). Dicen Marx y Engels en La Ideología Alemana: “Las ideas de la clase dominante son las ideas dominantes en cada época; o dicho en otros términos, la clase que ejerce el poder material dominante en la sociedad es, al mismo tiempo, su poder espiritual dominante.” (Marx, K., Engels, F., 2015)

La política social es una de las herramientas del Estado burgués para mantener un mínimo de supervivencia de la clase trabajadora, pero también permite mantener vivos ciertos valores, ciertas ideas. Es decir, hay un elemento moralizador o ideológico que el Trabajo Social puede servir de conductor para intervenir a través de las familias, individuos y el conjunto de la sociedad. Cada intervención que se realiza desde la profesión tiene una perspectiva ideológica por detrás. ¿Cómo intervenimos con adolescentes en conflicto con la ley penal? ¿Qué posición tomamos en relación a la jerarquización del derecho a la propiedad privada sobre el derecho a la alimentación impuesto por el régimen capitalista? ¿Desde qué perspectiva intervenimos con adolescentes en situación de explotación sexual? ¿Podemos cuestionar un régimen patriarcal capitalista de sometimiento, sin caer en posiciones opresivas de la sexualidad?

De esta manera nuestra profesión cumple un rol social vinculado a la reproducción ideológica. Cada intervención puede ser una práctica de sostenimiento del status quo ideológico, o una práctica crítica; esta última requiere problematizar y desnaturalizar la realidad que nos atraviesa a cada une de nosotres como profesionales y también a la población que acompañamos o sobre la que intervenimos.

A la hora de pensar nuestras intervenciones, es muy interesante la lectura que aporta Karel Kosik en el sentido de poder ver la realidad en su esencia, más allá del fenómeno manifiesto. Dice Kosik: “El mundo de la pseudoconcreción es un claroscuro de verdad y engaño. Su elemento propio es el doble sentido. El fenómeno muestra la esencia y, al mismo tiempo, la oculta. La esencia se manifiesta en el fenómeno, pero sólo de manera inadecuada, parcialmente, en algunas de sus facetas y ciertos aspectos. El fenómeno indica algo que no es él mismo, y existe solamente gracias a su contrario. La esencia no se da inmediatamente; es mediatizada por el fenómeno y se muestra, por tanto, en algo distinto de lo que es. La esencia se manifiesta en el fenómeno. Su manifestación en éste revela su movimiento y demuestra que la esencia no es inerte y pasiva. Pero, igualmente, el fenómeno revela la esencia. La manifestación de la esencia es la actividad del fenómeno.” (Kosik, K., 1967)

Cuando se entrevista a una persona, un grupo, cuando nos acercamos a una problemática, la pregunta, la repregunta, escuchar los silencios, adentrarnos en qué hay “más allá”, qué oculta el fenómeno que se nos presenta delante, es realmente importante para no quedarnos en lecturas superficiales que no den cuenta de la complejidad de la realidad.[3]

Lo que supone un ejercicio continuo frente a cada acción, que ponga en cuestión desde qué perspectiva ética política estamos pensando nuestras intervenciones, qué consecuencias tiene en la vida de las personas con quienes intervenimos, qué mandatos estamos reproduciendo. Y en tal caso, poder discernir las consecuencias de las propias acciones, asumiendo la responsabilidad de las mismas.

El trabajo social se desarrolla en distintos ámbitos, ya sea en el ámbito de la salud, de la educación, de la niñez, pero siempre la intervención está bien vinculada al trabajo con las familias. La política pública, los programas sociales, están diseñados para que el área de influencia profesional se circunscriba (más directa o indirectamente) a la familia (incluso en los programas comunitarios).

¿Y eso por qué? Porque la familia es el ámbito de socialización más importante (junto con la escolaridad); es la institución del régimen burgués donde se “socializan” los valores, la moral y la ideología dominante, y donde se reproduce el conjunto del orden social.

En El Origen de la Familia, la Propiedad Privada y el Estado, Engels explica el rol de la familia como institución para la reproducción social y, siguiendo a Marx, sostiene que la familia moderna reproduce en miniatura todos los antagonismos de clases de la sociedad. Así, podemos comprender la importancia que tiene para el Estado burgués la intervención sobre la institución familiar (Engel, F., 2007).

Trabajo Social, lucha de clases e intervención profesional

Hasta acá podemos decir entonces que el Trabajo Social como profesión, tiene su origen en la contradicción capital – trabajo, y que surge como una necesidad del Estado burgués de dar respuesta a los problemas sociales surgidos de esa contradicción. También, que no todos los problemas que vivimos cotidianamente sean un problema social es porque no se los definió como tal. Y se los define como tal en el proceso de la lucha de clases, cuando la clase trabajadora, (entendiendo a todos los sectores de abajo), logra instalar una problemática como una demanda general construyendo un conflicto con la clase dominante.

Nominar un aspecto de la realidad como Problema Social es producto de esta lucha en la que el Estado burgués se ve impelido a dar algún tipo de respuesta para evitar la conflictividad. Pero dijimos también que el Estado tiene sus propios intereses en construir “sus propios problemas sociales”.

El Trabajo Social aparece así vinculado también a la perspectiva de la clase trabajadora en la pelea por la mejora de sus condiciones de vida, y eventualmente de su emancipación. Esta perspectiva es la que nos permite pensar las intervenciones profesionales desde una mirada crítica, de cuestionamiento al statu quo, es decir, anticapitalista.

Todo este análisis resulta fundamental para visualizar con claridad desde qué perspectiva nos vamos a parar para el desarrollo de nuestra profesión, aprovechando su potencial transformador; ¿nos paramos del lado de los intereses de la población con la que trabajamos, y en perspectiva, del conjunto de la clase, o sostenemos los intereses impuestos por el régimen?

Somos producto de la lucha de clases y somos productores y parte de esa misma lucha. Entonces en las intervenciones entender, tener la perspectiva que los problemas con los que intervenimos, los problemas que aquellas personas que vamos a entrevistar, que nos vamos a juntar, esos problemas que nos relatan son producto de la contradicción del capitalismo, en oposición a entenderlos como “imposibilidad” de la población a adecuarse a un sistema a un régimen. Hay una tarea constante de vinculación de cada problemática con la totalidad de la realidad, y con los movimientos profundos que interpelan a la sociedad.

La comprensión que tengamos de los problemas sociales nos va a imprimir una perspectiva en las intervenciones que desarrollamos: podemos trabajar para la adaptación al régimen, o para su cuestionamiento. Cada intervención requiere una reflexión ética política que nos permita discernir las intervenciones moralizantes, intervenciones de responsabilización hacia el otro.

Escaparnos de esas intervenciones es sumamente importante y requiere un ejercicio constante de problematizarnos. La política social está construida en el sentido del sostenimiento y adaptación a las condiciones tal cual están: las prácticas del cuestionamiento son a contramano de todo lo que va a ser la vida laboral y profesional.

Sostener esa mirada es lo que nos permite también la disputa de la política pública, la disputa de la política social interviniendo en la generación de nuevas políticas o en la defensa de lo que ya existe.

Esta es una mirada que hay que sostener, con más razón  en momentos de avanzada de la extrema derecha que cuestiona la existencia misma de la política social. Cuando Javier Milei pregona un modelo de sociedad sin sociedad, les trabajadores sociales jugamos un rol muy importante en su defensa, con el conocimiento y la práctica que nos da la profesión.

Las conquistas ganadas en las últimas décadas han sido producto de luchas de les de abajo: ya sea derechos para las mujeres y diversidades (como el derecho al aborto, la aplicación de la ESI, programas de atención en situaciones de violencia, la Ley de Identidad y matrimonio igualitario, entre otras); conquistas de les trabajadores como frenar el intento de reforma previsional esclavizante; conquistas democráticas vinculadas al consenso social del Nunca Más sobre la última dictadura militar y el genocidio del ‘76. Haberlos conquistado con movimientos de luchas en las calles les da una enorme fuerza frente a los ataques. Sin embargo en un mundo en combustión donde la extrema derecha llegó para quedarse con sus ataques a todes les de abajo, la respuesta que demos frente a cada provocación, es fundamental para ponerle límites a estos movimientos reaccionarios.

Simonne de Beauvoir decía: “No olviden jamás que bastará una crisis política, económica o religiosa para que los derechos de las mujeres vuelvan a ser cuestionados» , una reflexión que vale también para todas las conquistas de les de abajo.

Ejercicio profesional y clase trabajadora

Siendo profesionales que desempeñamos una tarea en la política pública, somos también parte de la clase trabajadora: es decir, somos trabajadores y trabajadoras que vendemos nuestra fuerza de trabajo por un salario, reclamamos derechos laborales, nos atraviesa la precarización laboral.

La ubicación como trabajador / trabajadora, permite pensarnos como parte de un colectivo que puede ser sujeto de grandes transformaciones en oposición a una ubicación profesional y elitista.

Es también un cuestionamiento a la perspectiva del voluntariado como herramienta de transformación de la sociedad, que no tiene nada que ver con el sentimiento, el ímpetu que nos impulsa y nos convoca a esta profesión, de ayuda, de solidaridad y que implica inherentemente un cuestionamiento a la realidad tal cual es.

El voluntariado como acción altruista es importante, combatir el mal, pelear contra la mezquindad, el individualismo. Pero cuando en el ámbito profesional hablamos de caer en prácticas voluntaristas nos referimos a intentar resolver con nuestra voluntad, con nuestros recursos, problemas que son sociales y tienen responsables. ¿Qué es lo que termina ocurriendo? Que por ejemplo une se queda realizando horas extras porque faltan recursos; que se solventan gastos de la práctica cotidiana con el propio salario; que se toman todo tipo de decisiones que recaen en el esfuerzo individual del o la profesional, sin que ese esfuerzo se traslade a una exigencia hacia los ámbitos de poder. Y con una consecuencia muy grave y muy común entre les trabajadores: el burn out.

Asimismo, el voluntariado remite a una práctica que además desconoce la responsabilidad del régimen social en el que vivimos. En lugar de responsabilizar a les sujetes con quienes intervenimos, el responsable de “solucionar” el problema es el profesional: se corre la responsabilidad del Estado, del régimen, hacia les trabajadores.

Ubicarnos como trabajadores/as y parte de una clase nos permite profundizar en la perspectiva de las problemáticas en las que intervenimos, distanciarnos de roles de auto responsabilización de las mismas, y pelear contra las condiciones que las generan, ubicándonos en la potencialidad de la lucha y la disputa.

Dicho esto, es fundamental reconocer que en el día a día, el trabajo cotidiano presiona y empuja brutalmente para ese lado. Existen múltiples mecanismos que se apoyan en la ideología dominante para reafirmar estas posiciones, como por ejemplo el culto a “la vocación de servicio” (también utilizado para denostar el trabajo docente o de salud).

No es fácil no quedarse horas extras trabajando, sin reconocimiento ni salarial ni de ningún tipo, cuando un niño está esperando el ingreso para un dispositivo convivencial.

Pelearlo es una tarea a contramano.

Parte de sostener ese movimiento a contramano requiere indefectiblemente el trabajo en equipo, las instancias colectivas dentro del propio ámbito de trabajo: capacitaciones e instancias de formación; construir equipos de trabajo; supervisión / co-visión de las intervenciones y de las dinámicas grupales (donde poder pensar las intervenciones y cómo éstas impactan en las subjetividades y en las dinámicas grupales de trabajo); etc. Estas son formas también de defender la política social en la que intervenimos, y de nuestras propias condiciones laborales.

Ubicarnos como trabajadores también habilita la lucha por las condiciones laborales, peleas sindicales que defiendan nuestros derechos. Los ámbitos en los que nos desempeñamos, que refieren a lo social, (como los son también la docencia, la salud, etc.), tienen ese punto de cruce entre la tarea que realizamos y la propia condición de trabajadores: pelear contra el vaciamiento de la política pública es también pelear contra la precarización contractual y laboral y pelear por mejores condiciones de trabajo también nos permite llevar adelante intervenciones más profundas, que tengan un impacto que vayan más allá de lo inmediato y lo superficial.

El caso de Laura Iglesias es ejemplificador de esto que traemos. Ella era trabajadora social y fue asesinada en el marco de la precarización laboral. Trabajaba en el Patronato Del Liberado, en el marco de una visita a un ex-detenido (ex policía), él la mató. Ella iba sola, sin dupla de trabajo, sin más herramientas que su palabra, sin ninguna contención. La precarización absoluta de la trabajadora, la expuso a un tipo de tarea que terminó con su vida, y que tampoco ofrecía ninguna respuesta para la “inserción” de los ex detenidos.

Estas peleas requieren la construcción de espacios colectivos políticos – sindicales, que permitan la organización de les trabajadores, la pelea por las demandas, y la defensa de las conquistas propias. La organización desde abajo del conjunto de trabajadores, en sindicatos, colegios profesionales, asambleas, etc., desde los cuales poder articular las peleas que se mencionan arriba, en el plano de la política social y en el plano de los derechos de les trabajadores.

Reflexiones finales

En los últimos años hemos visto la profundización de los rasgos más barbáricos del capitalismo, y actualmente estamos viviendo un mundo en combustión con ataques desde la extrema derecha, y movilizaciones importantísimas que le ponen un freno. Un régimen que lleva al extremo la explotación de les trabajadores, la expoliación sin fin del planeta, la opresión a mujeres y diversidades. Somos testigos de un genocidio a la vista de todo el mundo, del regreso de las guerras territoriales.

Existe una acumulación de crisis de distintas índoles que se superponen y retroalimentan y que le dan un carácter de mayor radicalización a la etapa que estamos viviendo. Una policrisis de carácter económico, ambiental, geopolítico, migratorio, político (Artavia, V., 2025).

También existen movimiento de resistencia y de lucha que en todo el mundo expresan que hay una alternativa, que es anticapitalista, que es feminista y socialista. El movimiento de mujeres y la diversidad, las peleas en defensa del Aborto Legal y la lucha contra la violencia patriarcal, el movimiento Black Lives Matter, las movilizaciones del No King, la lucha contra el genocidio en Palestina, y las batallas que en todo el mundo se ven de la mano de una nueva generación de la clase trabajadora.

El Trabajo Social interviene justamente en esta realidad, caótica, disruptiva, exacerbada, desequilibrada, radicalizada y con futuro.

En este texto hemos definido a la profesión, resaltando su esencia contradictoria: una profesión con elementos tanto transformadores como conservadores.

Dijimos que el trabajo Social es una profesión que surge en el seno del Estado capitalista, como herramienta para dar respuesta a problemas sociales surgidos de la contradicción misma del régimen capitalista, y que a la vez, al ser producto de la lucha de clases, (lucha entre clases antagónicas que buscan imponer sus propios intereses) el Trabajo Social puede tener un elemento de cuestionamiento, de perspectiva de la intervención crítica, fundamentales para desarrollar una práctica transformadora.

La pelea por la definición de qué es un problema social, la perspectiva con que se lea la realidad social, las intervenciones que pongan el acento en la capacidad transformadora del conjunto de la población con la que trabajamos, la ubicación del profesional como parte de la clase trabajadora, la organización colectiva, son todos elementos que nos permiten decir que es posible pensar un trabajo social anticapitalista.

Y entendiendo que el capitalismo es un sistema de producción y reproducción específico, que “(…) la dominación de clase no se basa en ‘derechos adquiridos’ sino en relaciones económicas reales: el hecho de que el trabajo asalariado no es una relación jurídica, sino exclusivamente económica.” (Luxemburgo, R., 2015) no alcanza con pelear por derechos, por una “ciudadanía plena”. Hoy en día no existe ninguna teoría más o menos actualizada que niegue la centralidad de la Cuestión Social como refracción de la contradicción del capitalismo. Pero esto no alcanza, si nuestra práctica no va a estar íntimamente ligada con los procesos de transformación social.

Decir que el “responsable es el capitalismo” no deriva directamente en entender que es la estructura productiva y reproductiva la que genera las problemáticas en las que trabajamos, y por lo tanto, los esfuerzos tienen que estar dirigidos a transformar estas relaciones reproductivas y productivas, y no a fortalecer la superestructura administrativa y jurídica que es parte del sostenimiento del mismo régimen. ¿cómo pensar la perspectiva de “ampliación de derechos” cuando el 1% vive a costa del trabajo, la miseria, y a la explotación y la opresión del 99%?

No vamos a plantear en este texto que podemos plantear únicamente desde la profesión un proceso revolucionario de transformación del conjunto social. Pero sí, remarcar las potencialidades que tiene esta profesión para aportar en ese posible proceso por la transformación del régimen, por la transformación de las estructuras capitalistas y patriarcal de esta sociedad. En el ámbito de las intervenciones poder desenmascarar la verdadera esencia de los problemas sociales; ser parte de procesos de críticos de cuestionamiento de la realidad social en la que viven las personas con las que intervenimos; organizarnos como trabajadores de la política pública para disputar y demandar a los ámbitos de poder respuestas en favor de los intereses de les de abajo. Y finalmente organizarnos como parte de la clase trabajadora para dar la pelea por la emancipación definitiva del conjunto de la humanidad.

Que cada intervención sea un acto de desobediencia frente a un sistema que nos oprime, nos explota, y descarga sobre las grandes mayorías sociales su descomposición.

Bibliografía

Artavia, Víctor. (2025). Entre la combustión y la rebelión: claves para comprender la coyuntura internacional. En: https://izquierdaweb.com/entre-la-combustion-y-la-rebelion-claves-para-comprender-la-coyuntura-internacional/

Carballeda, Alfredo Juan Manuel. (2013). La intervención en lo social como proceso. Una aproximación metodológica. Editorial Espacio.

Engel, Friedrich. (2007). El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado. 10ma edición. Claridad.

Kosik, Karel. (1967). Dialéctica de lo concreto. (Estudio sobre los problemas del hombre y el mundo). Editorial Grijalbo.

Lenin, Vladimir Ilich. (2004). El Estado y la Revolución. Nuestra América.

Luxemburgo, Rosa. (2015). Reforma o Revolución. Akal Editorial.

Marx, Karl y Engels, Friedrich. (2015). La ideología alemana. Akal.

Montaño, Carlos. (2023). Teoría y práctica del Trabajo Social crítico: desafíos para la superación de la fragmentación positivista y post-moderna. en Mallardi, Manuel Waldemar (Ed.), Procesos de intervención en trabajo social : contribuciones al ejercicio profesional crítico. Colegio de Asistentes Sociales o Trabajadores Sociales de la Provincia de Buenos Aires.

Netto, José Paulo. (1992). Capitalismo Monopolista y Servicio Social. Cortez Editora.

Oliva, Andrea. (2015). Trabajo social y lucha de clases : análisis histórico de las modalidades de intervención en Argentina. Dynamis.

Sáez, Roberto. (2024). Un mundo más peligroso, un mundo más polarizado. Parte 1. En: https://izquierdaweb.com/un-mundo-mas-peligroso-un-mundo-mas-polarizado-parte-1/

Seiffer, Tamara. (2022. Los fundamentos de la política social desde los aportes de la crítica de la economía política en López Ximena (Ed.). Política Social y Trabajo Social: Fundamentos y Debates Actuales. Colegio de Asistentes Sociales o Trabajadores Sociales de la Provincia de Buenos Aires.


[1] El Estado Burgués se arroga la potestad de definir qué es un problema social y qué no, sin embargo no hay que dejar de ver las tensiones entra las clases que logran imponer su propia agenda.

[2] Como forma también de legitimar las definiciones que se imponen de los problemas sociales, se opera un proceso de “naturalización” de dichos fenómenos: los problemas aparecen como existentes desde siempre, porque sí, y de manera inmutable.

[3] “La representación de la cosa, que se hace pasar por la cosa misma y crea la apariencia ideológica, no constituye un atributo natural de la cosa y de la realidad, sino la proyección de determinadas condiciones históricas petrificadas en la conciencia del sujeto.” Kosik, Karel. (1967). Dialéctica de lo concreto. (Estudio sobre los problemas del hombre y el mundo). Editorial Grijalbo.

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