Tomate esa pastilla… socialista (III)



    La podredumbre moral y económica del régimen capitalista argentino no sólo se puede ver y palpar a través de los negociados, coimas, empresas off shore y tutti quanti; sino también en el plano de la política y en el ámbito programático de ésta, si es que los partidos patronales le adjudicaron alguna vez, importancia al mismo.

    Vamos al grano. Todos los medios gráficos y audiovisuales del país, reflejaron en estos días un casi seguro acuerdo para las elecciones del año entrante (evitan el término alianza) entre la ex radical y hoy “centroizquierdista” Margarita Stolbizer y el ex kirchnerista, peronista “de siempre” Sergio Massa. Las crónicas del mismo, entre otras cosas, expresaban lo siguiente: “Sergio Massa y Margarita Stolbizer presentarán hoy su acuerdo político. El GEN (organización de la segunda) celebró el viernes pasado un encuentro nacional donde se resolvió dejar de lado el purismo ideológico que llevó a esa fuerza al filo de la extinción con 2,5% de los votos en las elecciones 2015” (negritas nuestras).

    En nuestra ex madre Patria, España, Pablo Iglesias de la organización Podemos (ubicada en la centro izquierda del tinglado político ibérico), luego de su mal perfomance de votos a fines de junio, señaló que “seguimos con la idea de llegar a la presidencia de España y para eso trabajaremos en forma realista para lograr acuerdos con todas las fuerzas que sean posibles” (negritas nuestras). No mencionó abandono de “purismo ideológico” alguno, pero para el buen entendedor pocas palabras y éstas iban en aquella dirección.

    Aclarando, por si hiciese falta y nunca está de más hacerlo, que las elecciones no son el ámbito privilegiado en donde se resuelven los problemas políticos, sin embargo es la instancia en donde la mayoría de la población se “sumerge” en el debate político y éste pasa a ser un tema corriente en la fábrica, el comercio, la escuela y el propio hogar. Para muchos entonces la conclusión en relación a los políticos es que “son todos iguales”, “todos se mezclan con todos”, “éste ayer estaba acá y hoy está del otro lado”, etc., etc.

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    El revolucionario León Trotsky, y aquí tenemos la pastilla socialista de esta semana, cuando hacía un balance del partido bolchevique en los años veinte, decía: Una de las virtudes del bolchevismo fue el haber sido fuertemente inflexible en la cuestión de los principios y a la vez, sumamente elástico en sus tácticas. Los principios del socialismo revolucionario no pueden ser muchos, pero sí son trascendentales, en el sentido de que si éstos faltan la política deviene oportunismo e hipocresía. La independencia de clase de los trabajadores, el apoyo a sus luchas y el bregar por la autodeterminación de éstos pueden ser sin duda, unos de esos pocos principios cardinales. Claro está que hacer política sobre una realidad determinada (que nunca es como quisiéramos) obliga a ciertos y variados acuerdos, participación en sindicatos dirigidos por la burocracia, unidad de acción para impulsar una movilización y hasta frentes electorales si cupiese. A esto último llamaba el socialista ruso “elasticidad en las tácticas”.

    Los partidos burgueses, pro patronales y también la centro izquierda (mucha de ella que no se pone colorada al denominarse a sí misma “socialdemócrata”), son organizaciones que están al servicio de la sobrevivencia del sistema capitalista, más allá de sus matices y pertenencia social. Como se observa aquí y en el mundo, los discursos para la tribuna en aras de más justicia social u otras lindezas por el estilo, se dejan en el arcón de los recuerdos cuando llega el momento de la real politik: las componendas con los que hasta ayer eran adversarios, la “sensatez” que obliga a ser realistas si no se quiere desaparecer (caso del GEN) o si se pretende arribar al poder del Estado… burgués, para administrarlo y cambiarle algo (muy poco) para que nada cambie (caso Podemos).

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    Los partidos socialistas a través de su historia no estuvieron exentos de esos vicios y hasta llegaron a cogobernar dentro de elencos políticos pro capitalistas (en la Francia de principios de siglo, eso causó una discusión enorme y rompimientos en su interior). Por eso la frase de Trotky, y del socialismo revolucionario todo, pasó a ser una admonición y una advertencia. En ese sentido y para terminar, podríamos decir que les cabe entonces a los políticos burgueses y pequeños burgueses una pastilla marxista, pero en este caso de Groucho, no de Carlos, cuando afirmaba con una sonrisa ante sus posibles interlocutores: Estos son mis principios, si no les gustan, tengo otros.

     

    Guillermo Pessoa

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