Piquetes, movilizaciones, concentraciones

¿Te sorprende que esté aumentando la protesta social? A mí tampoco

Los diarios gorilas se quejan, como siempre, de que en nuestro país la gimnasia de la lucha reivindicativa siga intacta. De que los explotados, precarizados y marginados de estas tierras no acepten su destino sin chistar y en cambio elijan el camino de intentar hacerse ver, hacerse oír y, porqué no, también hacerse respetar.



El martes pasado hubo una protesta de tercerizados ferroviarios en Constitución. También se cortó la calle en el Obelisco. Hubo dos acampes (uno en el Ministerio de Desarrollo Social y otro frente a la Casa Rosada), una protesta en Retiro y un violento desalojo en Lomas de Zamora. La flexibilización de las restricciones no es el único factor que genera un aumento en la protesta social.

Los trabajadores y sectores populares de nuestro país son portadores de una enorme experiencia de lucha reivindicativa, que se remonta a las jornadas de rebelión popular del 2001 y más allá, y que cada tanto encienden las alarmas de los gobiernos de turno, que a veces por vía inflacionaria (Alberto) y otras veces por reformas reaccionarias (Macri), intentan ajustar a los de abajo en beneficio de los de arriba.

Según relevamientos, en junio hubo 499 piquetes, y en total en el año unos 2474, lo que representa un aumento del 60% con respecto al año anterior. El nivel de conflictividad social crece por la crisis económica que no es sólo producto de los efectos objetivos de la pandemia como nos quiere hacer creer el gobierno nacional. Ellos mismos son responsables de aplicar un ajuste inflacionario con paritarias a la baja frente a un aumento de precios desorbitante. Ellos mismos dejaron correr los despidos y no dan respuesta alguna frente a los millones de trabajadores que sufren la precarización y tercerización laboral. Ellos mismos pactan pagos al FMI recortando presupuesto estatal, comprometiéndose a aplicar políticas de ajuste y empujando a miles a la pobreza.

Precarización

Uno de los reclamos que está cobrando cada vez más visibilidad es el de los reclamos contra la precarización laboral. Un mal endémico del capitalismo argentino, que se inauguró con el menemismo, pero siguió con todos los gobiernos y hoy representa un flagelo para uno de cada tres trabajadores en nuestro país.

El impacto de la crisis económica en la pandemia afectó de manera gravísima a los precarizados y tercerizados. Desamparados por sus sindicatos, que son garantes, formando una «santa alianza» junto al gobierno y las patronales, de mantenerlos cobrando la mitad o un tercio de lo que les correspondería y trabajando sin derechos.

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La novedad es que, este año, diferentes colectivos de trabajadores tercerizados comenzaron a organizarse para terminar con esta situación. Los ferroviarios de la Línea San Martín, los tercerizados de EMA (Edesur), y los repartidores de Apps que pelean por el reconocimiento de su nuevo sindicato (SiTraRepa) son algunos de estos ejemplos. Sin duda hubo un hito en su visibilidad cuando cortaron el Puente Pueyrredón el pasado 11 de junio. Estas luchas continúan, y seguramente tendrán nuevos capítulos, representando hoy uno de los elementos más dinámicos en la lucha reivindicativa de los trabajadores por cambiar su situación.

Salario

¿A alguien puede sorprenderle que las protestas aumenten en un país donde los trabajadores están viviendo con el salario más bajo de los últimos 18 años?. El gobierno selló expresamente un acuerdo con los sindicatos para planchar el poder adquisitivo. El llamado «acuerdo económico y social» de principio de año no fue más que un compromiso de los gremios de pactar paritarias según el presupuesto 2021, que estimaba una inflación del 29% y, para colmo, en cuotas. Claro que la inflación fue mayor. En lo que respecta a alimentos, la interanual representa casi el 50%.

Si los reclamos por salario no representan hoy el mayor motivo de movilizaciones callejeras, es por la criminal complicidad de los dirigentes sindicales con esta política de empobrecimiento sistemático de los trabajadores. Sin embargo, hubo grandes hitos como la histórica huelga de los elefantes de Neuquén. Trabajadores de salud que, tras desbordar a la burocracia sindical y bloquear durante días la ruta del petróleo, conquistaron un aumento considerable. Una lección inigualable de que la organización y la lucha, cuando va un paso más allá incluso radicalizando sus métodos, puede torcer la balanza a nuestro favor.

Exclusión

A pesar de los discursos demagógicos y del falaz «decreto anti despidos», Alberto dejó actuar a las patronales. Cuando no con despidos lisos y llanos, con retiros voluntarios, cierres, y ni hablar de los monotributistas (trabajadores precarizados) que se hundieron con la crisis pandémica.

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El empleo informal se está multiplicando. La pobreza está en torno al 42%, una cifra alarmante que recuerda a la crisis del 2001. Al ritmo del crecimiento de la exclusión de millones crecen los movimientos de desocupados, que protagonizan movilizaciones reiteradas por alimentos y planes sociales, y también tomas de tierras, como la emblemática lucha de Guernica en 2020 que Kicilloff y Berni aplacaron lanzando un ejército contra las familias sin techo. Pero ninguna represión puede poner fin a estas protestas mientras sigan multiplicándose los índices de desocupación, pobreza e indigencia.

¿Y ahora qué?

Se vienen las elecciones y el Frente de Todos hace eje en el avance del plan de vacunación. Especulan con la expectativa de millones de que, viendo en el horizonte el fin de la pandemia, también confíen en un mejoramiento de la situación económica. La realidad es que sus políticas fueron las de un duro y sostenido ajuste que está empobreciendo, aumentando la explotación y precarizando a millones. Y su plan de seguir negociando con el FMI no augura el fin de sus políticas de ajuste. Por suerte hay alternativas, como la lista del Nuevo MAS y Manuela Castañeira, que intentarán proyectar los reclamos obreros y populares a partir de su campaña electoral.

Hay una realidad que ni el gobierno ni la oposición de derecha quieren que se exprese. Una realidad que se pone en escena en cada piquete, corte de calle, movilización o concentración. La realidad de la clase obrera. Clase que, para dejar de ser la más postergada, la que siempre paga los platos rotos de la fiesta a la que nunca la invitan o de la crisis que los capitalistas generan, tiene la tarea de construir con sus propios hombros (como construye edificios, autos y vacunas) su propia alternativa política. En ese camino, a seguir movilizando.

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