Memoria, Verdad y Justicia

Son 30 mil, fue genocidio

La verdad sobre la cantidad de compañeros detenidos desaparecidos y el plan de exterminio sistemático de los genocidas.

Federico Dertaube
Editor del Suplemento semanal de Izquierda Web.


Quienes en su momento negaron los crímenes de los genocidas («los desaparecidos están en Europa», «eran terroristas muertos en combate») han tenido que retroceder en sus mentiras por la abrumadora cantidad de pruebas en su contra.

Sus deformaciones ideológicas son hoy dos. La primera, la negación del carácter sistemático del plan de exterminio de los genocidas del golpe del 76′. La segunda, la negación de la cifra de 30 mil compañeros detenidos desaparecidos.

Fue genocidio

“Se parte así de un primer equívoco cuando se califican de genocidio los hechos ocurridos en la Argentina y se los equipara con los sufridos por la comunidad judía y por otras minorías en la Alemania nazi y en los países ocupados. Según la Real Academia, se entiende por genocidio la aniquilación o exterminio sistemático y deliberado de un grupo social por motivos raciales, políticos o religiosos. La palabra genocidio está, por lo tanto, bien aplicada en el Holocausto, pero no se corresponde con lo sucedido en la Argentina ni en el resto de Sudamérica en la década del setenta. No hubo una persecución impulsada contra personas por sus ideas, sino una respuesta a acciones de violencia y terrorismo de grupos armados que intentaron tomar el poder. Primero sucedieron esas acciones y luego la represión. Esa fue la secuencia.”

Así escribía un editorial anónimo del diario La Nación en marzo del año pasado.

Sin que se les caiga la cara de vergüenza por su demostración repugnante de deshonestidad intelectual, nos afirman que no hubo aniquilación o exterminio sistemático por motivos políticos. Después de tantos años, no debería ser necesario tener que discutir estas cosas. Que hubo un plan deliberado, largamente preparado, de exterminio está sobradamente probado: no sólo porque el método de secuestro, desaparición, tortura y asesinato se repitió a lo largo y ancho del país durante casi una década, sino por lo reconocido por los propios genocidas. Así lo describía el mismísimo Jorge Rafael Videla:

“No, no se podía fusilar. Pongamos un número, pongamos cinco mil. La sociedad argentina, cambiante, traicionera, no se hubiere bancado los fusilamientos: ayer dos en Buenos Aires, hoy seis en Córdoba, mañana cuatro en Rosario, y así hasta cinco mil, 10 mil, 30 mil. No había otra manera. Había que desaparecerlos. Es lo que enseñaban los manuales de la represión en Argelia, en Vietnam. Estuvimos todos de acuerdo. ¿Dar a conocer dónde están los restos? Pero ¿qué es lo que podíamos señalar? ¿El mar, el Río de la Plata, el Riachuelo? Se pensó, en su momento, dar a conocer las listas. Pero luego se planteó: si se dan por muertos, enseguida vienen las preguntas que no se pueden responder: quién mató, dónde, cómo.”

El dictador, María Seoane

El genocidio fue sistemáticamente preparado por las Fuerzas Armadas antes de 1976, asesorados por las instituciones represivas del imperialismo estadounidense y francés. Esto también está ampliamente probado. Negar el carácter genocida de la dictadura militar es en este caso más que ser cómplice: el diario La Nación fue partícipe explícito.

Luego está la mentira histórica: primero llegó el “terrorismo” (no se sabe de dónde ni por qué), que obtuvo así su merecida respuesta represiva. No, para cualquiera que haya terminado la primaria debería ser evidente que están mintiendo. Desde 1930 no hubo gobierno electo que no termine su mandato echado por las botas militares. Incluso bajo gobiernos “democráticos”, la presencia militar como espectro que se cierne sobre toda la vida nacional era una cosa siempre presente. Cualquier fortalecimiento relativo de los reclamos obreros y populares era respondido con la violencia y el asesinato. Durante cuatro décadas, las urnas no habían resuelto casi nada significativo: la última palabra la tenían las fuerzas armadas.

En estas condiciones: ¿Cómo no iban a crecer generaciones enteras que no vieran otra salida a su situación de opresión que la lucha abierta? A partir del Cordobazo surgió un inmenso activismo obrero, estudiantil y popular que, luego de triunfar en las calles contra una dictadura militar, sacó la conclusión de que la organización y movilización de masas era la salida a su situación insostenible. Muchos, inspirados por la revolución cubana, apostaron por la guerrilla. La amplia mayoría de los desaparecidos son militantes obreros, profesionales y estudiantes: organizadores de sus lugares de trabajo y estudio. El iniciador de la violencia no fue la guerrilla, fue la clase dominante con sus esbirros de verde apoyados por La Nación en los golpes de estado de 1930, 1943, 1955, 1962 y 1966. Eso es “memoria completa”.

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No hay ningún genocidio, ni uno, en toda la historia que cuente con el número exacto de víctimas simplemente porque los genocidas no son gente predispuesta a mostrar a la luz del día las cosas que hicieron. Allí es donde la comparación con el Holocausto es perfectamente aplicable, igual que las leyes europeas que penalizan su negación.

No tenemos 6 millones de nombres para las víctimas del más horroroso régimen de la historia humana, el nazismo. Los crímenes del Holocausto han condenado a millones de víctimas al anonimato. Tampoco tenemos los 20 a 25 millones de nombres rusos asesinados durante la invasión alemana, ni los 20 millones de chinos muertos por los japoneses. Negar esos números es defensa y apología de los genocidios, es negación de su investigación, es luchar contra el propósito de alcanzar justicia.

Las penas impuestas en Alemania a un negador del Holocausto o de su gravedad pueden ser de hasta 5 años, en Francia entre 1 y 5 y en Austria de hasta 20 años con una cifra de 6 millones tan “inventada” como la de los 30 mil, ambas en realidad ampliamente validadas por diversos estudios. El fascista francés Jean-Marie Le Pen vio su carrera política dificultada por sus múltiples causas por negar el Holocausto.

Debemos considerar de la misma manera a nuestros negacionistas locales. Poder impunemente negar el genocidio, el plan sistemático de exterminio de una generación entera de luchadores, tiene implicancias que van mucho más allá de la “libertad” de un idiota a decir idioteces.

Son 30 mil

Nadie sabe el número exacto de víctimas porque los ejecutores del terrorismo de estado jamás hicieron públicos los registros de sus crímenes. El número de 30 mil detenidos desaparecidos es una estimación hecha por investigadores y luchadores por los derechos humanos y es también una consigna política: hay que luchar hasta conseguir justicia hasta por el último compañero, hasta saberse la verdad completa.

La cifra de la CONADEP es el número de casos registrados hasta el momento de la publicación del “Nunca Más”, a mediados de la década de los 80’. Los negacionistas pretenden vender a sus devotos ignorantes que ese es el número final al que hay que atenerse de las víctimas del terrorismo de Estado. Sin embargo, para 2003 ya había una total de más de 13 mil casos registrados.

Muchos amigos y familiares de las víctimas tuvieron miedo de denunciar lo que había pasado con sus seres queridos con sobrados motivos. ¿No desapareció Julio López por denunciar al repugnante genocida Etchecolatz nada menos que en el año 2006? ¿Cuántos murieron sin poder contar su historia? ¿Cuántos callan aún? ¿Cuántos grupos familiares y de amistades enteras fueron arrasadas por los genocidas sin dejar a nadie vivo para dar su testimonio? No importa cómo se lo disfrace: negar a los 30 mil es una posición política, es exigir que se termine con las investigaciones, con las denuncias y las condenas a los asesinos despiadados que gobernaron el país.

Los propios miembros de la CONADEP descartaban que el número registrado en su informe fuera a ser definitivo. Sábato sostuvo en la entrevista que le hicieron en el libro «El Drama de la Autonomía Militar», en 1995, que era plausible calcular dos casos no denunciados por cada caso registrado en el informe «Nunca Más» de 1984. En ese caso, con casi 9 mil nombres (hasta ese momento), la proyección alcanza unas 29 mil víctimas del terrorismo de estado. Evidentemente, el número de los «30 mil» no salió de la nada.

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A la estimación de 30 mil desaparecidos se llegó por muy diversas vías. Como hemos visto más arriba, el propio Videla reconocía la posible certeza de ese número. Se hicieron cálculos en torno a la cantidad de centros clandestinos de detención y la cantidad promedio de víctimas en cada uno, se calculó ese número en base a los habeas corpus presentados durante el gobierno de facto, etc.

Tal vez lo más significativo sean los pocos archivos desclasificados. Estados Unidos hizo público en un documento del agente de inteligencia chileno Arancibia Clavel en el que éste contaba que sus contactos del batallón 601 en Argentina estimaban la cantidad de víctimas en 22 mil para el año 1978. De ese mismo año es el documento de la embajada de Estados Unidos desclasificado que sostiene que los genocidas habían informado en diciembre que se habían «tenido que hacer cargo» de al menos 15 mil personas. En ambos casos, todavía quedaban seis años más de régimen del terror.

Otro caso que nos permite acercanos a la verdad sobre la cantidad de compañeros detenidos desaparecidos son los datos disponibles sobre el «Operativo Independencia», el ensayo del genocidio más grande antes del golpe del 76′. De él, hay un total individualizado de 769 víctimas. Sin embargo, tenemos una fuente de información de la cantidad total de víctimas completamente insospechado: el principal responsable de esa misión genocida. Adel Vilas, que regenteó el centro clandestino de detención de Faimallá en 1975, dijo él mismo en su diario de campaña sobre su «misión» que la cantidad total de personas torturadas, asesinadas y desaparecidas llegó bajo su mando a 1507. La proyección entre la cantidad de víctimas total y los nombres que se llegaron a registrar son, como vemos, aproximadamente de tres a uno.

El mismísimo monstruo de la Provincia de Buenos Aires Miguel Etchecolatz hace una numeración de la cantidad de víctimas enterradas como NN por la policía de esa provincia que supera lo registrado hasta el día de hoy por el Estado en los casos con nombre y apellido. Así lo hizo en su libro La Otra Campana del Nunca Más. En esa nómina, sin embargo, no están contadas las víctimas de Campo de Mayo y la ESMA, porque lo que registra el genocida son los cadáveres enterrados como NN y en esos campos de concentración luego de matar arrojaban a las víctimas al mar.

El represor Vergez, miembro del Comando Libertadores de América, cometió la imprudencia de querer demostrar su hombría de asesino escribiendo un libro. «Yo Fui Vargas: el antiterrorismo por dentro» se llama ese documento que intentó publicar como libro para hacer gala de su valentía. Allí habló del «operativo Moncholo», comandado por él, y se jactaba del secuestro de 48 personas de JUP y Montoneros a los que habría llevado al campo de concentración de la Rivera (en Córdoba). En los juicios por la verdad se pudieron registrar apenas 21 víctimas, menos de la mitad.

Uno de los datos más significativos, que son de amplia importancia para alcanzar el número aproximado de 30 mil, es lo que se sabe de la ESMA, Campo de Mayo y La Perla. Solo en estos tres centros clandestinos de detención, ulteriores investigaciones llegaron a cifrar una cantidad de víctimas mayor que la que se sabe del informe de la CONADEP. Haciendo proyecciones hacia todo el país, donde hubo un total de unos 500 campos de concentración y exterminio, se llega a la cifra tan debatida.

Los 30 mil son verdad y memoria hasta que no haya justicia por cada uno de ellos. Serán nuestra bandera hasta que no haya un genocida impune. Lucharemos por ellos hasta borrar todo resto de impunidad. La sangre de nuestros compañeros no será negociada.

 

 

 

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