Sobre las leyes de construcción del partido revolucionario

Lenin en el siglo XXI – La vigencia del ¿Qué Hacer? en nuestra época

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“La organización bolchevique fue la creación del propio Lenin. La idea misma de organización ocupa un lugar central en el leninismo; organización del instrumento revolucionario; organización de la revolución como tal; organización de la sociedad a la que la revolución ha dado vida. La insistencia en la absoluta necesidad de organización se encuentra en todos los escritos y toda la carrera de Lenin”[53].

Este es un fragmento del texto Lenin en el siglo XXI – La vigencia del ¿Qué Hacer? en nuestra época

Las enseñanzas de Lenin son de un grado de universalidad que atañen a las coordenadas centrales de todo partido que se precie de tal, sea que el partido esté en el estadio de organización de vanguardia (e, incluso, si es un grupo de propaganda), o con influencia entre sectores de las masas: “Lo que defiendo a lo largo del libro [¿Qué Hacer?], desde la primera hasta la última página, son los principios elementales de cualquier organización de partido que pueda imaginarse”[54].

Al mismo tiempo, es un hecho que el “modelo” de partido leninista en todo estadio debe poseer rasgos de partido de vanguardia respecto al conjunto de la clase obrera. Nos explicamos: al ser partido político y no meramente movimiento reivindicativo, siempre debe tender a encarnar los intereses más estratégicos de los trabajadores. En este sentido, jamás debe marcar el paso con los elementos de conciencia más atrasada: “La socialdemocracia en todo lugar y siempre ha sido, y no puede dejar de serlo, el representante de los trabajadores con conciencia de clase, y no de los trabajadores sin conciencia de clase”[55].

Insistimos: el partido revolucionario siempre debe ser el destacamento de avanzada de la clase: “el partido debe ser sólo la vanguardia, el líder de las vastas masas de la clase trabajadora; el conjunto (o cerca del conjunto) de ellas ‘trabajan bajo el control y la dirección’ de las organizaciones del partido, pero el conjunto de estas mismas masas no pueden ni deben pertenecer al partido”[56].

En el mismo sentido, Liebman señala que: “La convicción de Lenin de que la revolución Rusa debía ser necesariamente el trabajo de un grupo de vanguardia y no de un partido de masas, estaba basada no meramente en las características circunstanciales de Rusia de su tiempo, sino también en la forma en que concebía la relación entre la clase obrera y el partido proletario; para ser más preciso, se desprendía de su visión general respecto de la conciencia de clase que el proletariado poseía o no poseía”[57].

Pero hay otro ángulo en lo que tiene que ver con las características del partido referido a los estadios de construcción del mismo. ¿A qué nos referimos con esto? Nos referimos a que las leyes específicas de una organización en un estadio constructivo de vanguardia –esto es, que busca abrirse paso no solo en relación a las fuerzas burguesas sino al interior mismo de la izquierda–, son diversas respecto al caso donde ya está planteada la disputa por la influencia entre franjas de las masas.

Estas leyes no pueden ser idénticas a las que tienden a caracterizar una organización que ya es hegemónica al interior de la propia izquierda y de los sectores más avanzados de la clase obrera, y que se ha lanzado “de cabeza” al trabajo de masas.

Este salto en calidad al ser de una mecánica tan compleja, fue resuelto de una manera correcta solo contadas veces: siquiera en vida de Lenin y Trotsky al frente de la III Internacional esto fue tarea sencilla. Ni hablar dentro del movimiento trotskista de la 2ª posguerra. Muchísimas experiencias terminaron empantanadas en este salto debido a que sí las tensiones de las pequeñas organizaciones revolucionarias provienen más de lado del sectarismo la de las organizaciones a las que se les plantea el salto hacia las masas vienen, característicamente, del oportunismo.

Está claro, por otra parte, que lo anterior de ninguna manera debe ser razón para no afrontar este desafío so pena de ser una secta irremediable que le haría un flaco favor a la misma clase obrera que –la experiencia histórica lo ha demostrado palmariamente no puede llevar adelante una revolución propiamente socialista sin un gran partido socialista revolucionario con influencia entre las masas.

En síntesis: más allá de los determinantes generales de todo partido revolucionario que hemos visto arriba, en lo que hace a los estadios de construcción del mismo, operan leyes diversas y el salto en calidad de uno a otro es el desafío más difícil e históricamente peor resuelto en materia de construcción de la organización revolucionaria. Sin embargo, en lo que sigue, nos concentraremos sobre todo en la operación de estas leyes en el caso de las organizaciones en el estadio de vanguardia y sólo daremos unas “pinceladas” del salto hacia las masas.

La ley del más fuerte

Las leyes de construcción de una organización en el estadio de partido de vanguardia están marcadas por una “paradoja”: si su política siempre debe estar referida a las exigencias objetivas de la lucha de clases, para responder a las mismas, en cierto modo, no tiene alternativa que ir para adelante a expensas del resto de la misma izquierda. Esto es así debido a que el “espacio” y el terreno político objetivo más general que habitualmente tiene la izquierda revolucionaria (claro que esto varia sustancialmente cuando se abren situaciones revolucionarias) tiene unas determinadas dimensiones que obligan a las corrientes a chocar unas con otras.

En la experiencia histórica que conocemos más de cerca, la del viejo MAS –que había “resuelto” las relaciones de fuerzas en el seno de la izquierda–, este logró en pocos años extender su “espacio” de actuación más allá de la vanguardia. Pero la tremenda contradicción estuvo cuando empezó a rozar al peronismo: entró en una espiral de crisis que lo llevó a la disolución. Esto porque tuvo un proyecto errado para dar el salto hacia la influencia entre amplios sectores de las masas: un proyecto básicamente barrial-geográfico-electoral en vez de uno orgánico-laboral-estructural. Este desvío oportunista en materia de organización –junto a un conjunto de otras razones– lo liquidó.

Pero lo habitual entre las corrientes de vanguardia sin peso de masas es una construcción que se lleva a cabo a expensas del otro. Los “espacios” se crean porque una corriente se “cae” y otra que viene acumulando de manera progresiva lo ocupa. Se trata de una suerte de “ley de selección natural política”, de supervivencia del más apto, aunque más “lamarkiana”[58] que “darwinista” porque, a diferencia de la naturaleza, en la sociedad, cuenta el factor subjetivo de la voluntad[59]. Se trata de una ley materialista que rige la vida de las corrientes revolucionarias: se deben calificar unas contra otras: la que tiene más capacidad y es sobreviviente en un medio hostil, se construye: esa es la ley.

Según Liebman, el propio Martov en la época de la vieja Iskra señalaba que: “la pelea entre los ‘Iskristas’ y los oponentes de la centralización a veces tomaba la forma de una ‘guerra de guerrillas’ en la cual ‘tácticas subversivas’ debían emplearse y en la cual, finalmente, ‘la ley del más fuerte terminaba imponiéndose’. De ahí que los militantes aprendan sus primeras lecciones [en el arte de la dura lucha de tendencias políticas”][60].

Desde el punto de vista anterior, y durante esta durísima pelea, que muchas veces abarca todo un período histórico (precisamente esa fue la experiencia de bolcheviques y mencheviques en la Rusia prerrevolucionaria[61]) es que a la hora de capitalizar o “ganar” aciertos o ubicaciones políticas, el hecho es que el más “fuerte” es el que “saca más” a la hora del “reparto”: si hay diez compañeros para ganar, la corriente más fuerte se “lleva”, por así decirlo, siete y las más débiles se “reparten”, entre ellas, uno cada uno…

La cuestión es que toda organización revolucionaria que no se ajuste a estas leyes objetivas de disputa, selección y reclutamiento en la vanguardia se verá incapacitada para pegar un salto constructivo de calidad. Esto mismo es lo que planteaba Trotsky en su balance respecto del debate Lenin-Luxemburgo en materia de organización (debate que se salda con el triunfo de la tesis leninista). Es que, efectivamente, como decía Trotsky, el problema de Luxemburgo estuvo en que no poseyó la capacidad de visualizar que la construcción de la organización revolucionaria está determinada por un esfuerzo subjetivo en seleccionar, reclutar, concentrar y formar a los mejores elementos de la vanguardia para que hagan de columna vertebral del partido. Rosa quedó colocada irremediablemente como “espontaneista”, porque dadas las circunstancias históricas que le tocó vivir, lo suyo tuvo mucho de apuesta a la emergencia espontánea e independiente de la base obrera contra el aparato de la dirección socialdemócrata, cuestión que en sí misma no estaba mal pero devaluó la otra tarea que tenía planteada que era la construcción de una fuerte fracción centralizada a la interior de la socialdemocracia alemana.

Pero retornemos a nuestro punto. Como venimos señalando, lo que nos interesa es apuntar cómo son las leyes de crecimiento de una organización de vanguardia. Sus leyes son dialécticas como dialécticas son las leyes de movimiento tanto en la naturaleza como en la sociedad. Se trata de una comprensión profunda de la operación de esta ley: los saltos en calidad se producen luego de una progresión caracterizada por toneladas de esfuerzos y desarrollos cuantitativos previos.

Es decir, la ley de acumulación en el terreno de la naturaleza, la economía y también de la construcción del partido, requiere de una base material, de un esfuerzo previo, que es el que en realidad ocupa prácticamente la historia entera del proceso, donde el período de acumulación cuantitativo lleva un largo período de desarrollo. Se trata de una ley de desarrollo pautada por largos períodos de acumulación cuantitativos previos a los cortos períodos de estallido revolucionario cualitativo.

En síntesis: toneladas de esfuerzos “reformistas” son necesarios para crear las condiciones materiales de un salto cualitativo en materia de construcción del partido revolucionario.

Cuando la voluntad es “todo”

Pero hay algo más en lo que hace a la organización de vanguardia: se trata del pasaje de ser una organización que depende de la sola voluntad de sus integrantes (característica de las organizaciones de vanguardia) a transformarse en una corriente, digamos, histórica. En este sentido, Gramsci (que evidentemente tenía muchísima sensibilidad en materia de organización) señalaba algo muy agudo. Citamos in extenso: “La cuestión de cuándo se ha formado un partido, o sea, cuando tiene una tarea precisa y permanente, produce muchas discusiones. Verdaderamente se puede decir que un partido no está nunca perfecto y formado, en el sentido de que todo desarrollo crea nuevas obligaciones y tareas (…). Aquí se desea aludir a un particular momento de ese proceso de desarrollo, al momento inmediatamente posterior a aquel en el cual un hecho puede tener existencia o no tenerla en el sentido de que la necesidad de su existencia no ha llegado todavía a ser ‘perentoria’ sino que depende ‘en gran parte’ de la existencia de personas con una extraordinaria potencia volitiva y de extraordinaria voluntad.

¿Cuándo se hace históricamente ‘necesario’ un partido? Cuando las condiciones de su ‘triunfo’ están al menos en vías de formación y permiten prever normalmente sus ulteriores desarrollos. Pero, ¿cuándo puede decirse que un partido no podrá ser destruido con medios normales? Para contestar esta pregunta hay que desarrollar un razonamiento: para que exista un partido es necesario que confluyan tres elementos (propiamente, tres grupos de elementos):

  • Un elemento difuso, de hombres comunes, medios, cuya participación está posibilitada por la disciplina y la fidelidad, no por un espíritu creador y muy organizador. Sin ellos, es verdad, el partido no existiría, pero también es verdad que el partido no existiría ‘solamente’ con ellos. Ellos son una fuerza en la medida que hay alguien que los centralice, organice y discipline, pero si falta esta otra fuerza viva de cohesión, se dispersarán y se anularán en una pulverización impotente.
  • El elemento principal de cohesión que centraliza en el ámbito nacional, que da eficacia y potencia a un conjunto de fuerzas que, abandonadas a sí mismas, contaría cero o poco más; este elemento está dotado de una fuerza intensamente cohesiva, centralizadora y disciplinadora, y también, o incluso tal vez por eso, inventiva (si se entiende ‘inventiva’ en cierta orientación, según ciertas líneas de fuerza, ciertas perspectivas, y también ciertas premisas); también es verdad que este elemento solo no formaría el partido, pero lo formaría, de todos modos, más que el primer elemento considerado. Se habla de capitanes sin ejército, pero en realidad es más fácil formar un ejército que formar capitanes. Tanto es así que un ejército ya existente queda destruido si se queda sin capitanes, mientras que la existencia de un grupo de capitanes, coordinados, de acuerdo entre ellos, con finalidades comunes, no tarda en formar un ejército incluso donde no existe.
  • Un elemento medio que articule el primero con el segundo, los ponga en contacto no solamente ‘físico’, sino también moral e intelectual. En realidad, para cada partido existen ‘proporciones definidas’ entre estos tres elementos, y se alcanza el máximo de eficacia cuando se realizan esas ‘proporciones definidas’.

Para que esto ocurra [es decir, ocurra la formación del partido, R.S.] es necesario que se vaya formando la convicción férrea de que es necesaria una determinada solución de los problemas vitales. Sin esa convicción no se formará al segundo elemento, cuya destrucción es la más fácil, por su escasez numérica; pero es necesario que este segundo elemento, cuando es destruido, deje como herencia un fermento a partir del cual pueda reconstruirse”[62].

Pedimos perdón por la extensión de esta cita. La quisimos reproducirla completa porque es brillante y capta en toda su tremenda agudeza el carácter a priori “voluntarista” por así decirlo (lo que no quiere decir que no se apoye en premisas objetivamente fundamentadas) que necesariamente tiene la construcción de toda organización de vanguardia. O para decirlo de una manera más “universal”, de una corriente política definida con una identidad tal que introduzca un matiz en el conjunto del movimiento revolucionario de su época.

En definitiva, según Liebman la ventaja que gozaba el bolchevismo sobre el menchevismo (más allá, claro está, de las diversas estrategias), se fundamentaba no tanto en un equipo teóricamente superior, sino en la capacidad de mantener viva, a pesar de todos los fracasos y retrocesos, e incluso a pesar de las más difíciles condiciones, una organización de partido, que en períodos de reacción y desmoralización que vio el colapso de los mencheviques, salvaguardara lo esencial y asegurara que habría un futuro para la socialdemocracia rusa.

La política en el puesto de mando

“Tampoco pienso que pueda dar una fórmula tal sobre centralismo democrático que ‘de una vez por todas’ elimine los malentendidos y falsas interpretaciones. Un partido es un organismo activo. Se desarrolla en la lucha contra obstáculos exteriores y contradicciones internas (…). El régimen de un partido no cae hecho del cielo sino que se forma gradualmente en la lucha. La línea política predomina sobre el régimen; en primer lugar, es necesario definir los problemas estratégicos y métodos tácticos correctamente con el fin de resolverlos. Las formas organizativas deberían corresponder a la estrategia y la táctica. Solamente una política correcta puede garantizar un régimen partidista saludable. Se entiende que esto no significa que el desarrollo del partido no dará lugar a tales problemas de organización. Pero implica que la fórmula para un centralismo democrático debe encontrar inevitablemente una expresión diferente en los partidos de diversos países y en distintos estados de desarrollo de un mismo partido”[63].

Acerca de la espinosa cuestión del régimen del partido se han escrito toneladas de páginas, la más de las veces inservibles. Aquí sólo queremos dejar establecidos una serie de criterios que creemos fundamentales para abordar esta problemática comenzando por señalar que nunca se podría tratar de tomarlos como un “recetario”. En última instancia, las determinadas “reglas de juego” del funcionamiento del partido, dependen de las circunstancias concretas de la lucha de clases en que la construcción del mismo se lleva a cabo y en cierta forma también del estadio constructivo en que se encuentra el partido, tal cual acabamos de ver que plantea Trotsky.

Comenzaremos despejando cuestiones básicas. La primera, es que siempre los problemas de organización (y el régimen de partido dentro de ellos) se siguen dialécticamente de la política. Es a todas luces evidente que un partido volcado a la mera actividad electoral tendrá un tipo de régimen muy diverso al de una organización revolucionaria cuya actividad principal es el intervenir cotidianamente en la lucha de clases.

En esa intervención, lo que debe mandar son siempre las exigencias que coloca la lucha. Es decir, no hay cómo resolver los problemas de la intervención del partido por una vía donde se impongan intereses extraños a los de la misma lucha. Los irrevocables intereses del partido deben hacerse valer de una manera que contribuyan al desarrollo, politización y triunfo de esa misma lucha. Lo contrario sería un instrumentalismo y nada más que instrumentalismo qué flaco favor le haría a los trabajadores y al progreso de su conciencia de clase.

El régimen de partido es pasible de otro tipo de “reduccionismo”: el hacer una interpretación del mismo en clave “formalista”. Es decir, creer que el régimen puede ser “atrapado” en la aplicación formal de un “estatuto” que condena al partido a la inanición, liquidando el despliegue de su vida militante en toda su riqueza y diversidad. Porque lo que manda en una organización auténticamente revolucionaria es la política, el contenido de las apuestas estratégicas: “La fracción y el peligro de una escisión [del partido bolchevique en oportunidad de la lucha contra la oposición de izquierda al acuerdo de Brest Litovsk, R.S.] fueron vencidos no por medio de decisiones formales basadas en los estatutos, sino con la acción revolucionaria[64].

En el mismo sentido, Marcel Liebman insiste una y otra vez (y de manera convincente) que, sobre todo en condiciones de ascenso revolucionario (cuando hay retroceso, necesariamente, rigen otras leyes, más “cerradas”, en lo que hace a la vida de la organización), el “partido de Lenin” es uno extremadamente flexible y abierto a la presión revolucionaria proveniente desde abajo como veremos más adelante.

¿Centralismo o federalismo?

Aunque se siguen dialécticamente de los problemas políticos, está claro que hay y no puede dejar de haber una especificidad de los problemas de régimen de partido. Esta especificidad hace a varias leyes de funcionamiento de la organización: se trata de las cuestiones que atañen al federalismo o centralismo en materia de organización y a la combinación de la libre discusión[65] con la férrea unidad en la acción.

Nos interesa comenzar por el federalismo: históricamente, este ha sido el reflejo organizativo del economicismo: una expresión poco madura en el terreno político; un marcar el paso con lo más atrasado de la clase; el hacer valer los intereses “particularistas” contra el conjunto; un criterio de despolitización. En fin: varios de los temas caros a la corriente anarquista-autonomista[66].

Precisamente: el debate entre concepciones federalistas y centralistas en materia de organización se dio ya en los tempranos tiempos de la I Internacional. Es conocido que Marx era partidario del centralismo. El partidario del federalismo era Bakunim. Este acusaba a Marx de “socialista burocrático”: “Los anarquistas [veían] en toda centralización un obstáculo para la libre iniciativa local y para el impulso revolucionario de las masas. Lejos de desear que se dieran al Consejo General [de la I Internacional al frente del cual estaba el propio Marx] poderes más amplios a fin de dirigir el movimiento, querían acabar con él por completo y reemplazarlo por una mera Oficina de Correspondencia que mantendría en relación a los grupos de distintos países, pero que no estaría encargada de dirigir, en ningún sentido, la actuación de estos”[67].

Pero cómo señalara Lenin, en materia de organización partidaria, el federalismo es un “cáncer”: una traba organizativista al libre debate y decisión políticas en el conjunto del partido. Porque el federalismo supone una pelea de relaciones de fuerzas en el seno de la organización que no depende de las posiciones políticas lanzadas al libre debate y la creación de mayorías y minorías políticas, sino el hacer valer en los debates supuestas “cuotas” de la misma organización.

Es conocido que uno de los cánceres del POUM español de los años ’30 –que acompañaba organizativamente su centrismo político– fue que a pesar de haber llegado a agrupar una cantidad importante de militantes (algo en torno a los 40.000) era una organización pautada por caciques y caudillos regionales que se negaban a subordinarse por mezquinos intereses localistas a toda organización y directivas políticas centralizadas.

Otra cosa completamente distinta es cuando se piensa en la organización del Estado (ya no el partido). Y cuando, además, este estado está integrado por una serie de nacionalidades diversas a las que hay que permitirles incondicionalmente libre expresión: se trata del derecho a la libre autodeterminación nacional. Es el caso –cuando la formación de la ex URSS en vida del propio Lenin– acerca de si la Rusia bolchevique debía ser una Federación de repúblicas soviéticas –posición de este– o una Unión (posición gran rusa de Stalin). Porque la Unión, lo que tendía a hacer, e hizo, era a liquidar los derechos a la autodeterminación de las minorías futuras integrantes de la URSS.

Sin embargo, cuando de lo que se trata es del partido, se habla de otra cosa muy distinta: el federalismo se convierte en una traba organizativista que impide la unidad de la organización en su acción revolucionaria. Repetimos: una traba organizativista que se pone por encima de toda decisión política. Se trata no de un criterio de democracia partidaria, sino de algo muy distinto: un criterio de aparato, de “cuotificación” del régimen de partido.

Cómo señalara Liebman: “El propósito de la Iskra era terminar con este choque de los distintos grupos locales. El centralismo de Lenin, era mucho más, sin embargo, que esta vocación para unir: era una concepción de las relaciones en el seno de la organización entre el ‘liderazgo’ y la ‘base’, entre el ‘centro’ y las ‘regiones’ dependientes de él, una definición de las reglas de jerarquía que debían prevalecer en la organización, un conjunto de cuestiones que traían a colación la cuestión de la democracia en el seno del partido”[68].

Democracia y centralismo

En segundo lugar, está la famosa cuestión de cómo establecer la combinación de los criterios de centralización en la acción con la libre discusión democrática al interior de la organización. Esta combinación, históricamente, se ha expresado en una fórmula propuesta por Lenin en el año 1906 al interior del POSDR: el centralismo democrático[69]. Clásicamente, este alude –como su nombre lo indica– a un par dialéctico, donde están combinadas dos exigencias distintas. Por un lado, la exigencia de un amplio espectro de democracia y libre debate al interior de la organización: los militantes partidarios no son “autómatas” sino compañeros dotados de conciencia crítica que deben poder ejercer sus derechos de opinión e, incluso, de decisión autónoma.

Como señala agudamente Trotsky: “Sabíamos que el régimen de partido se basaba en los principios del centralismo democrático. Se suponía, desde el punto de vista teórico (y así se hizo, desde luego, en la práctica), que esos principios implicaban la posibilidad absoluta para el partido de discutir, de criticar, de expresar sus descontento, de elegir, de destituir, al mismo tiempo que permitía una disciplina de hierro en la acción, dirigida con plenos poderes por órganos directores elegidos y revocables. Si se entendía por democracia la soberanía del partido sobre todos sus organismos, el centralismo correspondía a una disciplina consciente, juiciosamente establecida, que garantizase en cierto modo la combatividad del partido”.

Precisamente: junto con el elemento de absoluta libertad en la discusión es que hay que subrayar que no hay organización de lucha –y el partido lo es que pueda funcionar frente al carácter centralizado del Estado capitalista y la patronal, de una manera que no implique la más férrea unidad en la acción de la organización. En este sentido, Moreno decía correctamente, que cuestionar el centralismo es cuestionar la eficacia misma y que ninguna revolución puede triunfar sin un alto grado de disciplina y centralización.

Aquí se coloca otro agudo problema: ninguna organización revolucionaria puede volcarse a la intervención en la lucha de clases sosteniendo dos políticas[70]. Esto la condenaría a la impotencia más escandalosa: tomando un concepto “contable”, se trataría de la esterilidad de una contabilidad de suma cero.

De ahí que, llegado un punto, el debate al interior del partido –en cualquiera de sus organismos– debe resolverse para pasar al plano de la acción. Porque sin esa acción el partido pierde su atributo de partido militante: en su seno el debate democrático e, incluso, la elaboración teórico-política, deben estar al servicio –en última instancia de la acción: de ejercer una acción militante transformadora sobre la realidad.

Entonces, la unidad de teoría y práctica, la praxis en materia de un régimen de partido militante, se resuelve en la condena del federalismo y el impulso de la más libre democracia en la discusión y la más férrea unidad en la acción: “[Lenin] dice que todavía había trabajo para hacer para ‘realmente aplicar los principios del centralismo democrático en la organización del partido, trabajar incansablemente para hacer de las organizaciones locales las unidades organizacionales principales del Partido en los hechos y no meramente en las palabras. Su aplicación ‘implica universal y total libertad para criticar, siempre y cuando esto no socave la unidad en la acción; [esta regla] dictaminaba cortar de cuajo todo ‘criticismo’ que rompiera o hiciera difícil la unidad de una acción decidida por el partido”[71].

El salto hacia las masas

“En enero de 1905, en el momento de desencadenarse la revolución, la organización bolchevique estaba integrada por 8.400 miembros. Para la primavera boreal de 1906 el total de miembros del POSDR alcanzaba los 48.000, de los cuales 34.000 eran bolcheviques y 14.000 mencheviques. En octubre de ese año, el total de membresía excedía los 70.000 (…) y para el congreso de Londres en 1907, el partido tenía 84.000 miembros, de los cuales 46.000 eran bolcheviques y 38.000 mencheviques”[72].

Como señalamos más arriba, no nos detendremos in extenso en ese “anexo” en lo que hace a los complejos problemas del pasaje del partido de vanguardia a uno con influencia entre las masas, ni a las leyes internas específicas de este último. Sólo haremos, en todo caso, una serie de someros señalamientos dejando sentado que cuando hablamos de “partido con influencia entre las masas” tratamos de diferenciarlo de la idea, lisa y llana, de “partido de masas”, precisamente por lo que hemos explicado más arriba acerca de la preocupación leninista de que todo partido revolucionario debe mantener su carácter de “vanguardia” en lo que hace al conjunto de la clase.

Aquí hay varias cuestiones pero lo primero que se debe señalar es que en la operación de las “leyes” antes señaladas ocurre, evidentemente, una transformación. Esto tanto en materia de las leyes de crecimiento del partido, o mismo en lo que hace incluso al régimen interno del partido. Porque si la organización de vanguardia es hasta cierto punto una suerte de “brigada de combate”, un partido que se está lanzando a la influencia entre sectores de las masas, evidentemente debe tener una serie de criterios propios en materia de organización y funcionamiento que configuran en muchos casos una suerte de “inversión dialéctica” de las leyes que rigen el estadio de vanguardia.

Esto no quita que, al mismo tiempo, en todos los estadios rijan leyes de desarrollo desigual y combinado. Nos explicamos: si es muy malo confundir los estadios constructivos del partido, esto no quiere decir que no ocurren circunstancias donde núcleos muy pequeños cumplan un rol de enorme importancia, con una proyección en el campo político muy por encima de sus fuerzas organizativas[73].

Pero digamos algo respecto de las leyes de crecimiento de un partido con peso entre las masas. Los multiplicadores en lo que hace a cantidad de militantes, inserción y envergadura política y organizativa del partido en época revolucionaria, evidentemente varían sustancialmente respecto del período en que la organización es un partido de vanguardia. Se trata de otras leyes las que rigen el salto hacia las masas: aquí operan leyes de multiplicación “geométrica” y no aritméticas, que es lo que caracteriza al partido en estadio de vanguardia.

Es decir, el partido de vanguardia “recluta” de a unidades de compañeros o, a lo sumo, de a decenas por así decirlo. El partido que se vuelca hacia tener influencia entre sectores de las masas, recluta de a conjuntos de compañeros: capta núcleos, agrupaciones, organizaciones y/o sectores enteros de trabajadores o estudiantes. A este respecto son ilustrativos los criterios planteados por Lenin –para los bolcheviques– en oportunidad de la revolución de 1905: Lenin planteaba la necesidad de poner en pie “cientos” de nuevas organizaciones del partido e insistía que esto no lo decía en sentido “figurado” sino literal.

En fin, el tema de los multiplicadores es toda una discusión porque hace justamente a las leyes dialécticas del salto de cantidad en calidad en materia de construcción partidaria. Porque ese salto precisa, cómo ya ha sido señalado, de esa acumulación cuantitativa previa para producirse. Pero aquí está la “astucia” de la cosa. Llegado un punto la adición cuantitativa de un sólo elemento más… produce ese salto en calidad que coloca al partido de conjunto en otro terreno. La gota que desborda un vaso de agua es solamente una gota más entre otras… sin embargo, su resultado es cualitativo.

En segundo lugar, el tema de los multiplicadores es difícil pensarlo “abstractamente”: habitualmente está ligado a la búsqueda de un “vehiculo” para producir este salto en calidad. Hay vehículos y vehículos y el tema aquí es si van o no en el sentido estratégico de la construcción de la organización como partido revolucionario.

Para que, además, no sea un salto al vació, por más “vehículo” que haya, hace falta la existencia de una acumulación previa en materia de construcción partidaria. Lo que ocurre, es que en un sinnúmero de momentos se le coloca al partido esa posibilidad. Pero si no hay partido organizado previamente, hay un dicho que pinta de cuerpo entero la impotencia de esta situación: es como “tomar sopa con tenedor”[74].

Lo mismo pasa, vis a vis, con la situación del partido: el salto hacia las masas requiere de una acumulación anterior so pena que, incluso si existe un vehículo a “mano” para dar ese salto, el mismo no se pueda concretar por la carencia de esa acumulación previa.

Aquí hay un tercer problema: la variación de las leyes de construcción en el caso del partido que se lanza a tener influencia de masas que muchas veces lleva a estrellarse contra la pared. Es decir, se puede dar el caso que se tenga tanto el “vehículo” como cierta acumulación partidaria para acometerlo. Pero aquí ocurre otro grave problema, central: es muy distinto el grado de politización de la militancia del partido de vanguardia; es muy distinto también los métodos de dirección más “personalizados” que caracterizan a la organización de vanguardia. Pero cuando el partido se hace realmente “impersonal” y todo descansa en los cuadros, en el grado de educación que los mismos han recibido, y en su capacidad de actuación autónoma (aún sea esto dentro de los parámetros de la política general de la organización), este elemento de la acumulación de cuadros previa, se transforma en el elemento clave.

Además, el partido transformado ya –hasta cierto punto– en un “hecho objetivo”, tiene la tendencia a desarrollar intereses “propios” de una manera muy fuerte lo que plantea el problema de que nunca se debe pensar el partido independientemente de la lucha de clases. Es decir, está el típico peligro del partido “grande”: considerarlo un fin en sí mismo, tener miedo a arriesgar, desentenderse de los problemas de la sociedad y de la clase como si el partido podría construirse “independientemente de la lucha de clases” (el caso extremo fue el de la socialdemocracia alemana, caracterizada como un “Estado dentro del Estado”). Es decir, se debe establecer un correcto balance entre la vida “interna” del partido y su vida habitual, que está volcada, y no puede dejar de estarlo, al servicio de la lucha de clases.

Veamos un cuarto problema: el de las “anclas” del partido. Aquí nos referimos a los contrapesos que deben estar adquiridos para que las presiones sociales que comienza a ejercer una franja de las masas sobre la organización –con todos sus elementos de atraso– no lo hagan desbarrancar.

Estas anclas son: el grado de politización de su núcleo partidario, su composición social, la autoridad de su dirección, las tareas a las que habitualmente se dedica (no es lo mismo que lo cotidiano sea la intervención en las luchas obreras… a que su actividad básica sea la electoral), el armazón teórico-estratégico de la organización, y su carácter internacionalista[75]. Porque característicamente, y ligado dialécticamente al anterior, hay otro problema que es absolutamente clave: el grado de flexibilidad del partido en materia de nutrirse de lo mejor de la joven generación que entra a la lucha. Es decir, el partido debe dejar atrás toda inercia conservadora y lanzarse de lleno a intervenir política y constructivamente en la lucha de clases incrementada. Es aquí donde entra la capacidad de adaptación del partido, su flexibilidad revolucionaria, su capacidad de sacarse de encima toda inercia conservadora, toda estructura inflexible que no sea capaz de nutrirse de los impulsos revolucionarios de la realidad.

Aquí hay otra exigencia más. En situaciones de ascenso de la lucha de clases, el partido corre el riesgo de quedar por detrás de la situación –tanto política como organizativamente– en vez de ser la vanguardia. Como decía Lenin en 1905: “nosotros necesitamos aprender a ajustarnos a este completamente nuevo alcance del movimiento’. Esta adaptación a los eventos significa [dice Liebman] que la distinción entre la organización y el movimiento, entre la ‘red horizontal’ y la ‘red vertical’, y, finalmente, entre la vanguardia y la clase trabajadora, comenzaba a hacerse más tenue”[76].

Esto ocurre cuando hay un ascenso revolucionario: el partido debe sacarse de encima toda la inercia, revolucionarse junto con la clase. Hay, hasta cierto punto, y como ya hemos señalando, una “inversión” de los principios enunciados más arriba. Pero para que este salto no sea uno al vacío, el estadio de partido de vanguardia debe haber sido resuelto de una manera satisfactoria. El partido mantendrá su carácter general revolucionario sólo si cuando se “fusiona” con las masas (como señala Lenin en “El izquierdismo…”) tiene firmes sus columnas vertebrales en tanto que organización revolucionaria. Ahí ya se estaría cerrando todo un “circulo dialéctico” que hasta ahora sólo el bolchevismo ha sido capaz de transitar satisfactoriamente pero que seguramente tendrá nuevos capítulos en este siglo XXI.

 


[53] Marcel Liebman, ídem, pp. 25.

[54] “Un paso adelante, dos pasos atrás. Respuesta a Rosa Luxemburgo”, Obras Completas, tomo VII, Cartago, Argentina, 1971, pp. 519.

[55] Liebman ídem, pp. 32.

[56] “Construyendo el partido”, Tony Cliff, 1893-1914, Bookmarks, Inglaterra, 1994, pp. 108.

[57] Marcel Liebman, ídem, pp. 29

[58] En Lamark la adaptación parecía surgir de un esfuerzo “subjetivo” de la especie que se tratara en vez de la “coincidencia” darwinista objetiva entre la especie y el medio que hacía que unas especies (casualmente más adaptadas a sus circunstancias) sobrevivieran y otras no.

[59] Jugando con la analogía que estamos haciendo con las leyes que rigen la selección natural, demos a conocer lo que decía al respecto el arqueólogo marxista Gordón Chile: “Para el biólogo, el progreso –si es que emplea este término– significará el éxito en la lucha por la existencia. La supervivencia del más apto es un buen principio evolutivo. Sólo que la aptitud significa justamente el éxito en la vida. Una prueba provisional de la aptitud de una especie sería la de contar el número de sus miembros durante varias generaciones. Si el número total resultara ser creciente, se podría considerar que la especie ha tenido buenos resultados; si el número disminuye, estará condenada al fracaso”. En “Cómo el hombre se hizo a sí mismo”, Fondo de Cultura Económica, México, 1954, pp.19.

[60] Liebman, idem, pp. 28. Se trata de uno de los mejores trabajos acerca de la construcción del partido en Lenin. Es superior al más conocido de Pierre Broue (El partido bolchevique) que es más bien una reconstrucción histórica.

[61] Liebman señala que el Trotsky pre-bolchevique denunciaba que la Iskra (bajo la conducción de Lenin) “peleaba no tanto contra la autocracia como contra las otras fracciones del movimiento revolucionario”… Está claro que el joven Trotsky todavía no terminaba de entender la mediación de la pelea en la vanguardia para llegar a las más amplias masas y el valor político que tenía la polémica entre las corrientes revolucionarias. Ídem, pp. 29.

[62] Antología, textos de los cuadernos posteriores a 1931, Editorial Siglo XXI, 1999, España, pp. 347.

[63] León Trotsky, “Sobre el centralismo democrático. Unas pocas palabras acerca del régimen de partido”. En textos sobre centralismo democrático, Antídoto, Argentina, 1992, pp. 104

[64] León Trotsky, “El nuevo curso”, en “Textos sobre centralismo democrático”, ídem, pp. 26.

[65] Libre discusión que nunca podría ser “democratismo”, que es otra cosa muy distinta. Como señala Trotsky: “La madurez de cada miembro del partido se expresa particularmente en el hecho que no exige del régimen partidista más de lo que éste puede dar. La persona que define su actitud hacia el partido por los golpes personales que le dan en la nariz es un pobre revolucionario. Es necesario, por supuesto, luchar contra todos los errores individuales de los dirigentes, toda injusticia, etcétera. Pero es necesario determinar esas ‘injusticias’ y ‘errores’ no en ellos mismos sino en conexión con el desarrollo general del partido a escala nacional e internacional. Un juicio correcto y un sentido de las proporciones en política son extremadamente importantes”. “Sobre el centralismo democrático”. En “Textos sobre centralismo democrático”, ídem, pp. 105.

[66] G.D.H.Cole caracteriza la lucha entre Marx y Bakunim como una entre los defensores de la acción política (Marx) y los federalistas-anarquistas-localistas (Bakunim).

[67] Historia del Pensamiento Socialista, Tomo II, G.D.H.Cole, FCE, México, 1958, pp. 185. Cole agrega que: “(…) donde Marx acentúa la necesidad de una dirección centralizada y una organización de clase disciplinada, Bakunin ponía su fe en la acción espontánea de los trabajadores individuales y en los grupos primarios que sus instintos naturales de cooperación social lo llevaran a forma, cuando la necesidad surgiese”. Idem, pp. 211.

[68] Liebman, ídem, pp. 38.

[69] Esta fue la manera que halló Lenin de resolver –en el congreso del POSDR de Londres de 1906–la relación entre bolcheviques y mencheviques en el seno del partido sin poner en riesgo su unidad en la acción.

[70] No hacemos referencia aquí a las circunstancias transitorias que se pueden dar en una organización que se crea como organización de frente único de tendencias revolucionarias y que necesariamente entonces debe regirse por un régimen con libertad de tendencias políticas por todo un período. Acerca de este tópico ver artículo de Antonio Carlos Soler, revista SoB N° 22.

[71] Liebman, ídem, pp. 51.

[72] Liebman, ídem, pp. 47.

[73] Históricamente en Latinoamérica, el máximo ejemplo de este desarrollo desigual con muy poca “orgánica”, es el ejemplo del POR boliviano y su peso entre los mineros en el final de la década del ‘40 del siglo XX. Está claro que amén de la desviación política oportunista que sufrió en la revolución del ’52, no dejó de pagar muy cara su incapacidad de pegar un salto constructivo: el partido fue “comido” por el movimiento.

[74] En la historia de la corriente morenista hay un ejemplo emblemático en este sentido: la inmensa elección del FOCEP en Perú en el año 1978: alrededor del 20% de los votos con sólo 40 militantes…

[75] Es evidente que estas “anclas” fallaron completamente en el caso del viejo MAS.

[76] Liebman, ídem, pp. 46

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