¿Se sale de control la crisis económica?

Hace un año, el gobierno tenía que amaestrar a un perro rabioso cambiario mientras montaba un caballo desbocado inflacionario. Con la ayuda del FMI, parecía haberle logrado poner un bozal al perro. El caballo seguía incontrolable, amenazando con tirar a su jinete al piso. Y, ahora, el perro parece estar logrando sacarse el bozal…

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La vieja frase “mal pero acostumbrado” podría ser el slogan de la situación económica bajo Alberto Fernández y Martín Guzmán. “Cada vez peor pero acostumbrado” sería tal vez más preciso. La clave de su política era mantener controladas las principales variables macroeconómicas (sobre todo, la cotización del dólar) mientras la vida por abajo empeoraba cada día un poco más. Si hay algo que nunca lograron ni mínimamente mitigar fue la inflación. Pero si todo lo demás se mantenía estable era menos probable que hubiera estallidos, sean económicos o sociales.

Por todo esto es que jugaron todo su futuro llegar a un acuerdo con los acreedores del Estado argentino. Desde el comienzo de su gestión, Guzmán pareciera haber inaugurado un nuevo cargo en el Gabinete, el de “Ministro de Relaciones con el FMI”, y dejado vacante el de “Ministro de Economía”.

Pero la firmeza del nudo con alambres de las variables macroeconómicas dependía en todo, de pies a cabeza, de izquierda a derecha, de que la situación internacional se mantenga estable… Y la economía del mundo de hoy es muchas cosas; si hay algo que definitivamente no es, es estable.

La economía internacional estornuda…

Hay un dato nuevo en la economía internacional que amenaza con desestabilizar todas las bases del “modelo” capitalista de las últimas cuatro décadas: la inflación. La ofensiva “neoliberal” de las burguesías imperialistas se dio precisamente con dos objetivos fundamentales: controlar la inflación en los países centrales y recomponer las ganancias empresarias.

Todo se hizo, como es sabido, con una ofensiva generalizada contra la clase trabajadora. Controlar la inflación servía para calmar todo reclamo salarial, el desmantelamiento del Estado de Bienestar implicaba “devolver” a los capitalistas una parte del plusvalor que iba indirectamente a la clase obrera.

Los datos son sumamente significativos: en Estados Unidos, la inflación anualizada era en mayo del 2020 del 0,1% y en el mismo mes del 2022 del 8,3%; en la Eurozona pasó del 0,3 al 7,5%; en el Reino Unido de un 0,5 al 7%; en Rusia del 3 al 16,7%… Los teóricos del capitalismo internacional, que hablaban sabiamente de “la nueva economía sin inflación”, se miran entre sí, estupefactos, y se preguntan qué pasó.

La pandemia y la guerra en Ucrania hicieron estallar problemas que se venían acumulando desde mucho antes. Las bajas tasas de ganancia en la “economía real” y la consecuente baja tasa de inversión tenían por resultado que todo “capital sobrante” iba automáticamente a la especulación. En los 80’ y los 90’ esta situación se había resuelto temporalmente recomponiendo las ganancias empresariales con rebajas de impuestos, privatizaciones, la “mundialización” y una ofensiva generalizada contra la clase trabajadora y sus conquistas. Pero el problema continuó y terminó estallando con la “crisis .com” a mediados de los noventa y con el desplome de las bolsas en 2008.

Fue entonces que la Reserva Federal de los Estados Unidos (FED) comenzó con la política monetaria predominante en los últimos 15 años. En el país norteamericano se le puso el nombre de “quantitative easing” (QE). Con esta orientación, el “Banco Central” más importante del mundo, responsable de emitir dólares, los prestaba a tasas de interés cercanas a cero. Los bancos centrales del resto de los países imperialistas siguieron el ejemplo. Si en enero del 2008 las tasas de interés eran del 3%, en diciembre ya estaban en literalmente el 0%.

Hicieron así durante años muy barato acceder a dólares y poco conveniente atesorarlos o tenerlos guardados. Supongamos que en un año hay una inflación en Estados Unidos del 0,2% y una tasa de interés anual del 0,1%. Quien conservara los dólares sin usarlos de ninguna manera habría perdido un poco por la inflación y un poco menos si los hubiera prestado pero habría perdido igual.

Con esta política empujaban a los capitalistas a tener que invertir en empresas, bonos, acciones, etc., que rindieran por encima del mero préstamo. Lograron con ella volver a niveles de crecimiento “aceptables” (aunque inestables). Pero también se dio el retorno de las inversiones “riesgosas” o la más pura especulación: era muy fácil recibir dólares de la FED, ponerlos en lugares con ganancias rápidas (como las criptomonedas), retirar el dinero y pagar la deuda habiendo obtenido ganancias más que importantes.

Con la inflación, todo este esquema se desmorona. La suba de los precios implica que el dólar pierde fuerza en la circulación en suelo norteamericano (aunque sea muy fuerte en el resto del mundo), el QE hacía lo mismo en el terreno de los préstamos (aunque fuera de manera bastante artificial por una consciente política de Estado). La política de la FED frente la inflación está siendo, entonces, fortalecer el dólar frente a las mercancías que circulan en Estados Unidos para frenar un poco el aumento de sus precios. Conclusión: suben las tasas de interés y, en consecuencia, se fortalece aún más el dólar en el mundo.

Las alzas abruptas del tipo de interés están siendo las más altas en décadas. Al cierre de esta edición (15 de junio), la FED anunció que la tasa de referencia pasaba del 1,5 al 1,75%. Y se espera que el alza continúe por un buen tiempo.

De esta manera, los capitales se retiran masivamente de las inversiones poco seguras; lo que incluye criptomonedas, empresas de alta tecnología… y las deudas soberanas de los países oprimidos.

… a la economía argentina le agarra una neumonía bilateral

Entonces, en todo el mundo adquirir dólares es más caro. Pensemos unos segundos: ¿quién tiene ya graves problemas para conseguirlos? ¿Qué economía los necesita de manera acuciante? ¿Qué Estado está fuertemente endeudado en esa moneda y su cotización es cosa de vida o muerte? La respuesta a estas preguntas retóricas es muy, muy, obvia para cualquiera que sepa algo de la situación argentina. A la economía nacional le hacen falta, más que cualquier otra cosa, dólares; y éstos se están volviendo cada vez más caros de conseguir en todo el mundo.

No había manera de que la suba de las tasas de interés de la FED no redundara en que se rompa la frágil empalizada de madera podrida que el gobierno puso alrededor del dólar. El pasado lunes 13 de junio; el “blue” tuvo un importante salto de 6 pesos -alcanzando los 216- mientras el MEP llegaba a los 237 y el “Contado con Liqui” a 230. Si el gobierno pierde el control sobre el dólar, todo su plan económico puede derrumbarse y perder el control de todo lo demás. De ser así, no es descartable (aunque todavía no parece ser inminente) el retorno a situaciones de descontrol con corridas cambiarias, fuga masiva de capitales, etc.

La gestión económica tiene, pese a todo, un más que importante respaldo: el Fondo Monetario Internacional le sostiene la mano cual madre sobreprotectora. La primera revisión trimestral de cuentas dio por aprobados a Fernández y Guzmán y eso significaría un desembolso del FMI para el Estado argentino de más de 4 mil millones de dólares. Sin embargo, éste deberá pagar en concepto de deuda externa 2.700 millones de dólares a finales de junio, 1.300 en julio y 900 en agosto. Lo que el FMI da es para pagar deuda y a lo sumo sirve para que el dólar no se descontrole (o no tanto). Mientras tanto, la revisión determinó (y anotó como cosa positiva) que el gobierno “sobre cumplió” la meta de déficit fiscal: es decir, el ajuste ya comenzó (y está muy lejos de haberse terminado).

Pese a todo, el aumento del dólar oficial respecto al peso está muy por detrás de la inflación. Si el primero apenas osciló en subir el último año entre un 20% y 30%, la suba de los precios anualizada está en torno al 60%. La divisa norteamericana puede, entonces, subir mucho más. Y si eso pasa le daría un nuevo impulso a la inflación, alimentando un círculo vicioso infernal.

La guerra en Ucrania hizo que se disparen los precios internacionales de los productos de la agroindustria y los derivados del petróleo. Argentina, como país productor de ambos, podría verse beneficiada de esta situación de no ser por su capitalismo atrasado y semicolonial. Es increíble pero absolutamente cierto por la irracionalidad económica de la burguesía argentina y su Estado: lo que podría estabilizar al país lo hace tambalearse más. Los patrióticos exportadores del campo se niegan a liquidar sus divisas especulando con que los precios de los granos suban aún más, poniendo un freno al ingreso de dólares. El país tiene una inmensa reserva de gas natural en Vaca Muerta pero, como no tiene la infraestructura para transportarlo, debe importar pese a que podría exportar. Compra en dólares lo que podría vender.

Y, como si fuera poco, hace pocos días hubo una crisis con los bonos del gobierno en pesos. El Banco Central emite pesos para financiar el déficit fiscal del Tesoro, el Tesoro emite bonos en pesos (se endeuda) para que parte de los billetes salgan de la circulación y no le den un impulso mayor a la inflación. Algunas de las empresas con las que el Estado se endeuda a través de esos bonos son… empresas estatales. La distribuidora estatal de gas, ENARSA, se desprendió de muchos de esos bonos para poder conseguir dólares para importar gas en pleno invierno. Desató así una venta masiva de esos bonos y la caída de su cotización. Y sin esos bonos, los pesos emitidos van a la circulación y le dan impulso (cuándo no) a la inflación. El Estado se hizo una zancadilla con su propio pie mientras se agarraba a sí mismo la mano para no caerse.

Pero hay algo de lo que no se mueven, su única coherencia es que el ajuste inflacionario sostiene su curso, intocable. Su objetivo es controlar la crisis aumentando los ingresos de los empresarios a costa de los trabajadores de a poco, al ritmo de los números de los aumentos de los precios.

La crisis, las luchas y la política

El gremio del neumático está dando su pelea más importante en años. La exigencia de horas los fines de semana al 200% implica una conquista ni más ni menos que en el Convenio Colectivo de Trabajo, cosa pocas veces vista desde hace bastante tiempo. Sin embargo, la conducción del sindicato (la Lista Negra) intenta que las cosas se hagan lo más rutinariamente posible, sin la participación masiva de la base.

Otro rechazo a los planes para el país de la clase capitalista son las luchas contra la precarización laboral: los tercerizados ferroviarios, los repartidores que pelean por el reconocimiento del SiTraRepa…

En el momento en que escribimos estas líneas, el gobierno y los grandes medios han lanzado una ofensiva contra los movimientos de desocupados independientes y dirigidos por la izquierda. Pese a que en su campaña de desprestigio se apoyan en problemas reales de las organizaciones piqueteras, se trata de una evidente ofensiva para debilitar a las que vienen movilizándose en las calles y fortalecer a las controladas directamente por el Estado capitalista. A la larga, su objetivo es poder ajustar a los desocupados sin trabas.

Si la política “progresista” resulta un fracaso de ajuste y crisis, naturalmente su retórica convence cada vez menos. La clase dominante ha logrado torcer el debate por arriba hacia la derecha sin que dejen de vivir entre la minoría y la marginalidad delirante los Macri, Bullrich y Milei. Quien se beneficia con esto es naturalmente el ala de Larreta de Juntos. Para ganarse el apoyo de una parte más rabiosamente atrasada y derechista de la base social de la derecha es que impulsó la prohibición del lenguaje inclusivo en las escuelas porteñas.

El amparo presentado por Manuela Castañeira y el Nuevo MAS en rechazo tiene la importancia de ser una herramienta para frenar todo avance reaccionario, incluido este contra el movimiento feminista y LGBT. La palabra decisiva la tendrán las escuelas y la calle.

Pero todas estas luchas para no retroceder eventualmente necesitan plantearse cómo avanzar. Y la única manera posible es con un programa propio opuesto de los trabajadores, las mujeres y la juventud: uno anticapitalista.

 

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