“Así como todos los caminos conducen a Roma, así también llegamos lógicamente a la conclusión de que la propuesta revisionista de despreciar el objetivo final del movimiento socialista es, en realidad, recomendarnos que renunciemos al movimiento socialista en sí”.
Rosa Luxemburgo, Reforma o revolución, p. 132
“La obra de Rosa Luxemburgo consiste precisamente en el esfuerzo por introducir el método dialéctico de Marx en el centro de la lucha de clases, de hacerlo no sólo un método para la interpretación de la historia y el análisis de la sociedad presente, sino un método que se utiliza, además, para hacer la historia, esto es, se le aplica a la acción de grandes masas y a la construcción consciente del futuro”.
Leilo Basso, Rosa Luxemburgo, p. 23
Este texto corresponde al tercer capítulo de la investigación en desarrollo intitulada “Rosa Luxemburgo: reivindicación y crítica de una revolucionaria”, de la cual ya fueron publicados varios adelantos: El mundo de Rosa Luxemburgo (capítulo 1), El universo socialista de la II Internacional (capítulo 2) y El debate entre Lenin y Rosa Luxemburgo en 1904 (capítulo 4).
Reforma o Revolución es considerada la primera gran obra de Rosa Luxemburgo. A lo largo de poco más de cien páginas, rebate las premisas revisionistas que expuso Eduard Bernstein en una serie de artículos que publicó entre 1897 y 1899 en la Die Neue Zeit, principal órgano teórico del Partido Socialdemócrata Alemán (SPD) en aquel entonces.
Tras su publicación en 1899, Luxemburgo se transformó en una figura política e intelectual dentro del universo de la II Internacional. Hasta entonces, únicamente había escrito sobre los debates internos del socialismo polaco, en particular sobre la llamada “cuestión nacional” (Ouviña, 2021). Su polémica con el revisionismo, en cambio, la puso en el centro de una discusión que atravesó a la socialdemocracia alemana y al conjunto del movimiento socialista europeo.
El libro destaca por el método dialéctico con que Luxemburgo abordó la relación entre la reforma y la revolución social, así como por su entendimiento de la acción política cotidiana como un eslabón para alcanzar el objetivo final. Además, desarrolló lo que, siguiendo a Lelio Basso (1977), denominamos un sentido histórico del presente, esto es, ver el “proceso histórico” que surgía de las contradicciones del presente y “darse cuenta que la verdadera esencia de cada momento aparece solamente si consideramos dicho momento empotrado en la continuidad de la historia” (p. 24)[1].
Asimismo, está escrito con un tono polémico y con pasión militante, dos rasgos muy característicos del estilo literario de la revolucionaria polaca, quien destacó por su destreza en hacer de la pluma un “arma de la crítica”. Comprendió que el debate con el revisionismo no se limitaba simplemente al terreno teórico; implicaba también un combate contra la influencia práctica de la burguesía dentro del movimiento obrero.
Lo anterior dotó a la obra de una enorme profundidad y explica que sus conclusiones centrales tengan vigencia hasta el día de hoy. No en balde, Rosa Luxemburgo es considerada una de las pioneras del pensamiento estratégico en el marxismo revolucionario del siglo XX (Mandel, 1971 y Sáenz, 2014).
Bernstein y el revisionismo
Para el momento en que se suscitó el debate, Eduard Bernstein (1850-1932) ya era una figura consagrada en la socialdemocracia alemana y mantenía una estrecha amistad con varios miembros destacados de la dirección del SPD, como August Bebel, Wilhelm Liebknecht y Karl Kautsky. Se afilió al partido en 1872, cuando tenía 22 años y, debido a las leyes antisocialistas de Bismarck, desde 1878 estuvo en el exilio por doce años.
Conoció personalmente a Marx y Engels durante un viaje a Londres en 1880. Con este último entabló una estrecha amistad y mantuvo un prolongado intercambio epistolar. De hecho, Engels lo designó, junto con Bebel, como uno de los albaceas literarios de sus escritos y de los de Marx (Krätke, 2026).
La primera parte de su exilio transcurrió en Suiza, pero en 1888 se tuvo que mudar a Londres. Durante su estancia en la capital británica se desempeñó como redactor en el diario Sozialdemokrat. Asimismo, entró en contacto con el socialismo moderado de la Sociedad Fabiana, que apostaba por una evolución reformista —y no por una revolución— del capitalismo hacia el socialismo (Ouviña, 2021).
Es reconocido como el primer revisionista del marxismo, pues sostuvo que Marx se había equivocado en sus previsiones sobre las crisis y contradicciones internas del capitalismo. Proponía que era necesario abandonar la fraseología revolucionaria y adecuar la teoría a la práctica efectiva de la socialdemocracia. Su objetivo era establecer una relación más “positiva” entre la teoría y la práctica efectiva del SPD. Como él mismo señalaba: “No tengo objeción que hacer al aspecto práctico del programa socialdemócrata, con el cual estoy enteramente de acuerdo; tan sólo la parte teórica deja algo que desear” (Bernstein, como se citó en Nett, 1974, p. 172).
Es importante destacar que, por entonces, la socialdemocracia alemana se organizaba en torno a la “vieja táctica probada”, una forma rutinaria y conservadora de militancia que consistía en organizar y educar al mayor número posible de militantes, aumentar la votación y la representación parlamentaria, dirigir con éxito las huelgas para mejorar los salarios y conquistar reformas sociales. Desde esta perspectiva, el ascenso de la socialdemocracia era concebido como un proceso prácticamente “irresistible”; por ello, la tarea fundamental consistía en conservar intactas las fuerzas del partido para el esperado “día decisivo” (Mandel, 1971).
Lo anterior generó una disociación creciente entre la lucha por las reivindicaciones cotidianas y el objetivo final de la revolución socialista. Dicha tensión ya estaba presente en el “Programa de Erfurt”, adoptado oficialmente por el SPD en su congreso de 1891, el cual se estructuraba a partir de una yuxtaposición vacía entre las tácticas cotidianas del partido y sus objetivos finales (Nett, 1974).
Bernstein pretendía terminar con la divergencia entre lo que el partido decía ser y lo que realmente era por su práctica cada vez más reformista. Abogaba por presionar a los capitalistas para redistribuir mejor la riqueza, para lo cual había que dejar de lado la visión “utópica” de la revolución y concentrar las fuerzas en desarrollar los sindicatos y las cooperativas de productores y consumidores. Además, sostenía que el SPD debía emplear su creciente fuerza electoral y su representación parlamentaria para impulsar las reformas políticas a nivel del Estado (Nett, 1974).
A partir de esas premisas, el teórico revisionista edificó una visión evolutiva y lineal del desarrollo histórico, cuya resultante fue renunciar a la revolución social en favor del cambio social paulatino por medio de la acumulación de reformas. Esta concepción tendía a considerar superadas, o al menos atenuadas, las contradicciones inmanentes del capitalismo y, por lo tanto, concluía que la tarea de la socialdemocracia consistía en actuar desde el interior de las instituciones del Estado burgués para extirpar sus rasgos negativos. De este modo, el socialismo fue reducido por Bernstein a un movimiento “ético” para luchar por mejoras en la redistribución de la riqueza, perdiendo en el camino todos sus atributos revolucionarios.
En suma, el revisionismo fue el primer intento de proveer de una base teórica a las tácticas reformistas dentro del movimiento obrero y socialdemócrata. De ahí que el debate de Luxemburgo con Bernstein consistiera en un enfrentamiento teórico entre dos estrategias antagónicas sobre el desarrollo del capitalismo y la validez de la teoría revolucionaria de Marx.
Por otra parte, no se debe perder de vista que Bernstein verbalizó lo que pensaba una parte del SPD, particularmente los sectores vinculados a los líderes sindicales burocráticos que estaban al frente de enormes aparatos con decenas o cientos de miles de afiliados y que habían generado intereses propios. Debido a la naturaleza teórica del debate, muchos de los sectores reformistas del partido no entraron en la discusión para apoyar las posiciones de Bernstein, aunque en el fondo compartieran sus ideas porque se correspondían con sus prácticas cotidianas[2].
La dialéctica entre fines y medios
Luxemburgo comienza problematizando el título de su obra, el cual escogió adrede para causar polémica. “¿Podemos contraponer la revolución social, la transformación del orden imperante, nuestro objetivo final, a la reforma social?”, se pregunta. A partir de este cuestionamiento inicia un debate cuyo hilo conductor es la tensión finalista que existe entre la reforma y la revolución social, dos polos que están unidos por una dialéctica de fines y medios.
¿Qué significa esto? Primeramente, que la lucha cotidiana por reformas parciales en el marco del capitalismo es el único medio para integrarse a las luchas de la clase obrera. Pero, al mismo tiempo, la pelea por dichas reformas prepara las condiciones (en materia organizativa y de maduración de la consciencia) para alcanzar el objetivo final del movimiento socialista, esto es, la conquista del poder político y la supresión del trabajo asalariado. Por consiguiente, desde una perspectiva socialista revolucionaria existe un “vínculo indisoluble” entre la reforma y la revolución : “La lucha por reformas es el medio, la revolución social, el fin” (Luxemburgo, 1979a, p. 60).
En contraposición, la teoría de Bernstein opone los polos de la ecuación, pues nos “aconseja” renunciar a la transformación social y hacer de las reformas el fin último del movimiento obrero. De esta forma, el teórico revisionista invierte la relación entre ambos factores y altera el producto, pues transforma la reforma social -el medio de la lucha de clases- en su fin último. “¡El objetivo final no es nada, el movimiento lo es todo!”, reza una conocida frase de Bernstein que sintetiza su planteamiento reformista.
Por tal motivo, para Luxemburgo la disputa con el revisionismo no consiste en diferencias sobre las tácticas a desarrollar, sino que remite al núcleo o la esencia del movimiento socialdemócrata, de su “ser o no ser”: “(…) todo el partido debe comprender que no se trata de tal o cual método de lucha, del empleo de tal o cual táctica, sino de la existencia misma del movimiento socialdemócrata” (Luxemburgo, 1979a, p. 60).
Acto seguido, explica que todo nuevo movimiento parte de apoyarse en lo que existía previamente, aunque en realidad se encuentra en contradicción con sus bases fundacionales. Por eso, nos alerta, Bernstein apela a la terminología socialdemócrata y sus objetivos para “demostrar” que también lucha por el socialismo, porque utiliza el idioma que tiene más a mano hasta que logre desarrollar su propio lenguaje y formas.
Todo esto nos lo dice en los primeros cinco párrafos del libro, en los que despliega una política prefigurativa que entrelaza dos temporalidades distintas, pero complementarias al mismo tiempo: las prácticas del presente anticipan -o contienen- los embriones de la sociedad del futuro (Ouviña, 2021).
Comprender la relación dialéctica entre las tareas del presente y el objetivo final fue la base desde la cual Luxemburgo desarrolló una agudeza extraordinaria para comprender la política revolucionaria. Vislumbró en las luchas cotidianas un punto de encuentro entre los aprendizajes estratégicos acumulados históricamente y la transformación revolucionaria del presente, la cual estaba orientada por el objetivo final de superar el capitalismo y construir el socialismo.
Esto es lo que Lelio Basso denomina como un sentido histórico del presente, el cual explica en los siguientes términos:
“Por su parte, Rosa Luxemburgo buscó siempre desarrollar en sus escritos el sentido histórico del presente, es decir, la capacidad de analizar los acontecimientos contemporáneos y de ubicar las fuerzas en movimiento y sus tendencias de desarrollo, de desembarazar lo esencial de lo accesorio, de desenredar los ovillos más complejos, de valorar las recíprocas acciones y reacciones y descubrir así también las leyes escondidas del desarrollo social y prever algunas líneas fundamentales del devenir histórico” (Basso, 1977, p. 43)
Las falacias del método oportunista
Tras establecer las premisas generales del debate, Luxemburgo emprende el ataque contra lo que identifica como el núcleo del aparato teórico de Bernstein, a saber: su concepción sobre la evolución objetiva del capitalismo, a partir de la cual escinde “la relación de mediación rica en tensiones entre el objetivo inmediato y el distante” (Haug, 2020, p. 75).
Comienza por señalar que el revisionismo funda su programa en una falsa concepción del desarrollo capitalista, al cual asume como un orden social cada vez más estable y exento de las contradicciones internas identificadas por Marx. Bernstein considera que el capitalismo demostró más capacidad de adaptación y logró diversificar su producción, pues desarrolló herramientas que lo hicieron más resiliente y estable. Entre estas, destaca el sistema crediticio y las nuevas combinaciones capitalistas de propiedad (esto es, los trust o carteles patronales).
Luxemburgo objeta cada uno de los “medios de adaptación” enunciados por Bernstein y demuestra que los fundamentos del revisionismo son totalmente falaces. En primer lugar, argumenta que el crédito reproduce todos los antagonismos fundamentales del sistema capitalista y, por tal motivo, no es una herramienta que estabiliza la economía, al menos visto desde una perspectiva histórica y no cortoplacista. Por el contrario, actúa como una “fuerza motriz interna” que provoca que la producción exceda los límites del mercado, lo que puede dar paso a una sobreproducción que desborda la capacidad de consumo restringida del mercado.
Igualmente, destaca que el crédito es cobarde porque ante el “primer síntoma de la crisis desaparece” y abandona el intercambio, demostrando que es inútil e ineficaz para reabsorber la crisis que ayudó a generar. Asimismo, es un medio técnico que favorece la especulación, ya que pone en manos de los capitalistas la “propiedad ajena”, transformando así al intercambio en un mecanismo complejo y artificial.
Con respecto a las organizaciones patronales, explica que la concentración de la propiedad bajo la forma de trust o cárteles puede contener parcialmente la anarquía de la producción capitalista, pero al final de cuentas ésta se impone porque persiste la lógica de la “suma cero”. Es decir, la concentración de la propiedad solamente puede aumentar la tasa de ganancia de una rama de la industria a expensas de otra.
De ahí que sea falso que la concentración de la propiedad anule la anarquía de la producción en el capitalismo, porque:
“cuando se extiende a todas las ramas importantes de la industria esta tendencia suprime su propia influencia (…) En última instancia los cárteles no son sino un recurso del modo capitalista de producción para detener la caída inevitable de la tasa de ganancia en ciertas ramas de la producción” (Luxemburgo, 1979a, p. 71-72).
Junto con esto, identifica que los carteles agravan el antagonismo entre el capital y el trabajo, pues desarrollan las fuerzas productivas y socializan el modo de producción, pero simultáneamente profundizan el modo de apropiación privada. Por este motivo, las “nuevas combinaciones capitalistas de propiedad” no tienden hacia la superación de las contradicciones internas que expuso Marx; por el contrario, oponen “de la manera más brutal la fuerza organizada del capital a la clase obrera” y “agravan la contradicción entre el carácter internacional de la economía capitalista mundial y el carácter nacional del estado (sic)” (Luxemburgo, 1979a, p. 73).
Al respecto de lo anterior, es importante anotar que Luxemburgo escribió Reforma o revolución a finales del siglo XIX, un periodo de gran prosperidad del capitalismo europeo conocido como la Belle Époque[3]. Esto otorga mayor relevancia a su análisis, porque apoyándose en las herramientas del materialismo histórico comprendió que la “estabilidad” momentánea del capitalismo europeo era un fenómeno efímero que no iba a perdurar en la larga duración, pues, en última instancia, se iban a desarrollar las contradicciones internas del sistema. Algunos años después sus predicciones se materializaron a escala histórica con el estallido de la “Gran Guerra” (1914-1918) y de la “Gran Depresión” (1929), dos acontecimientos que expusieron la irracionalidad intrínseca del capitalismo.
La crítica al gradualismo reformista
Más adelante, confronta las formas de transitar hacia el socialismo que propone el revisionismo. En particular, polemiza con las tesis presentadas por Konrad Schmidt, un economista socialdemócrata devenido en revisionista, quien sostenía que se podría lograr la superación del capitalismo mediante la consecución paulatina de conquistas sociales y reformas a nivel estatal.
De acuerdo a Schmidt, al final del camino de las reformas graduales el capitalista perdería el poder sobre su empresa y se establecería una “explotación colectiva”:
“las luchas sindicales por la jornada laboral y el salario, y las luchas políticas por reformas conducirán a un control cada vez más extenso sobre las condiciones de producción [y] a medida que las leyes disminuyan los derechos del propietario capitalista, su papel se reducirá al de un simple administrador” (Schmidt, como se citó en Luxemburgo, 1979a, p. 78).
A partir de esta tesis, el revisionismo presenta una vía de “realización progresiva del socialismo” que comprende el accionar de los sindicatos, las cooperativas, la reforma social y la socialización por la vía parlamentaria del Estado burgués. Es una derivación lógica de la concepción del capitalismo como un sistema cada vez más estable, lo que permite plantear “medidas de adaptación” para institucionalizar al movimiento obrero y la socialdemocracia.
En otros términos, el revisionismo postula como estrategia contener las contradicciones del capitalismo, con la expectativa de que así sería factible transitar al socialismo mediante reformas. Bajo esta concepción, el socialismo deviene en un movimiento ético cuyo objetivo pasa a ser la corrección de las inequidades del sistema, perdiendo en el proceso todos sus atributos revolucionarios. De hecho, Bernstein se refiere al socialismo como un esfuerzo por alcanzar un modo de distribución “justo, más justo y aún más justo” (Bernstein, como se citó en Luxemburgo, 1979a, p. 115).
Lo anterior guarda relación con la crítica de Bernstein al supuesto “dualismo” de El Capital de Marx, al cual consideraba un análisis científico de la sociedad capitalista, pero que estaba orientado a demostrar un “esquema” previamente establecido. En otras palabras, cuestionaba la pretensión de cientificidad de la principal obra del fundador del comunismo científico, en la cual demostraba el funcionamiento del capitalismo y las contradicciones inmanentes que lo atravesaban, mismas que sólo podrían superarse mediante una transformación revolucionaria.
De acuerdo a E.V. Iliénkok (1977), esta crítica confirma que el revisionismo organizó su “teoría” bajo la bandera del kantismo, pues se fundamentó en unir lo que consideraba como el “pensamiento científico estricto” con los “valores éticos” (trascendentales). Por este motivo, los revisionistas no se esforzaron en analizar las relaciones materiales que estaban en la base del sistema de explotación capitalista, sino que dirigieron su atención a construir una “política interpretada moralmente” o, más precisamente, hacia la “interpretación moral-literaria de los vicios derivados secundarios del régimen burgués, en sus pisos estructurales secundarios” (p. 336-337)
Luxemburgo advirtió las implicancias de la crítica de Bernstein a El Capital y reivindicó la concepción de la ciencia crítica del marxismo. Ante el cuestionamiento del revisionista, responde que Marx fundó su ciencia desde un ángulo de clase y, por tal motivo, no es academicista ni contemplativo; por el contrario, es interesado y tiende un puente entre el presente de una sociedad capitalista con explotación de clase y el futuro socialista:
“¿Pero qué es el “dualismo” de Marx si no el dualismo del futuro socialista y el presente capitalista? Es el dualismo del capital y el trabajo, el dualismo de la burguesía y el proletariado. Es el reflejo científico del dualismo que existe en la sociedad burguesa, el dualismo de los antagonismos de clase que se debaten en el orden social capitalista.
(…)
¿Qué es el “monismo” de Bernstein —la unidad de Bernstein sino la unidad eterna del régimen capitalista, la unidad del ex socialista que ha renunciado a su objetivo y ha decidido encontrar en la sociedad burguesa, única e inmutable, la meta del desarrollo de la humanidad?” (Luxemburgo, 1979a, p. 109).
1- Sindicatos y cooperativas: formas de organización no anticapitalistas
Bernstein sostenía que los sindicatos se impondrían paulatinamente sobre la tasa de ganancia mediante la lucha por mejores salarios. De este modo, en determinado momento se terminaría con la extracción de plusvalor por parte de los capitalistas y, en consecuencia, también cesaría la explotación capitalista (Frölich, 2013).
En respuesta a este planteamiento, Luxemburgo demuestra que los sindicatos tienen un límite en su accionar, pues son organizaciones gremiales que no se proponen revertir la explotación y, a lo sumo, aspiran a contenerla dentro de ciertos márgenes. Su objetivo consiste en mejorar el precio —es decir, el salario— que los capitalistas pagan por la compra de la fuerza de trabajo, pero sin afectar en lo más mínimo los fundamentos de la economía capitalista.
En otras palabras, los sindicatos constituyen organizaciones defensivas de los trabajadores y las trabajadoras frente a los ataques del capital, sin cuestionar la condición de explotación a la que estos se encuentran sometidos bajo el capitalismo:
“De modo que el radio de acción de los sindicatos se limita esencialmente a la lucha por el aumento de salarios y la reducción de la jornada laboral, es decir, a esfuerzos tendientes a regular la explotación capitalista en la medida en que la situación momentánea del mercado mundial lo impone. Pero los sindicatos de ninguna manera pueden influir en el propio proceso de producción.” (Luxemburgo, 1979a, p. 80-81).
Lo anterior no implica que tuviese una postura sectaria ante los sindicatos. Por el contrario, los valoraba como escuelas de formación del movimiento obrero en la lucha de clases. Pero insistió en señalar sus límites estratégicos, así como las dificultades históricas que enfrentaban para defender las conquistas obtenidas. Por ello, sostenía que lo esencial era “el desarrollo del aspecto político de la lucha de clases” (Luxemburgo, 1979a, p. 82)[4].
Luxemburgo también marca los límites de las cooperativas que, a criterio de Bernstein, constituyen la otra gran herramienta de la clase obrera para redistribuir la riqueza de la sociedad. Para la revolucionaria polaca, por el contrario, constituían “pequeñas unidades de producción socializada”, pero —y aquí reside una contradicción fundamental – “dentro del sistema del intercambio capitalista”. Por ello, los obreros que conforman las cooperativas no escapan a las leyes de la economía capitalista y se ven obligados a “gobernarse con el máximo absolutismo”, esto es, comportarse con relación a sí mismos como empresarios capitalistas (Luxemburgo, 1979a, p. 110-111).
Aunado a lo anterior, considera inviable que las cooperativas sustituyan a la gran industria capitalista, pues ello supondría retrotraer el capitalismo industrializado a la economía mercantil de la Edad Media[5]. Esto le confirma que el revisionismo abandonó la lucha contra el modo de producción capitalista para orientar al movimiento socialista hacia la búsqueda de una distribución más equitativa.
Luxemburgo, en contraposición, sostiene que “la socialdemocracia quiere establecer el modo de distribución socialista mediante la supresión del modo de producción capitalista” (Luxemburgo, 1979a, p. 115). Una posición que se condice con lo que planteó Marx (1875/2012) en la Crítica del programa de Gotha, en el que demuestra que la distribución de los medios de consumo es una consecuencia directa de las condiciones de producción que, a su vez, se deriva del modo de producción.
Es decir, la producción produce al consumo, por lo cual ambos polos están íntimamente ligados. Bernstein no consiguió ver esta relación, porque carecía de una visión de totalidad y veía las partes por separado del todo. En virtud de ello, señala que el revisionismo era la generalización teórica hecha desde el punto de vista del capitalista individual, porque no trascendía el plano de la economía burguesa (vulgar) y su visión fragmentada del proceso de producción.
2- La “expropiación por etapas” y la “socialización” por el parlamento
Otra premisa primordial para el revisionismo y su tránsito gradual al socialismo es lo que Luxemburgo denomina como la “teoría de la expropiación por etapas”. Según Schmidt, el derecho de propiedad se divide en dos: 1) derecho de “soberanía” (propiedad), que atribuye a la sociedad y apuesta por extenderlo; y 2) el derecho de uso, el cual es ejercido por el capitalista en tanto que administra la empresa. A partir de este esquema, el economista revisionista concluye que se puede “socializar” gradualmente la sociedad mediante la conquista de una mayoría parlamentaria.
Luxemburgo responde que se trata de una concepción anacrónica del derecho de propiedad, más cercana a la existente en la economía natural durante el feudalismo. Bajo ese sistema, la distribución del producto social se realizaba a partir de las relaciones personales imperantes entre el señor feudal y sus vasallos. En consecuencia, la propiedad no era absoluta, sino que se encontraba fragmentada en una serie de derechos parciales.
Esto cambió con el desarrollo de la economía mercantil capitalista, que trajo consigo una transformación de las relaciones jurídicas al consagrar la propiedad privada absoluta.[6] ¿Qué significa esto? La socialización de la producción bajo el capitalismo hizo del cambio el principal medio para la distribución o reparto de la riqueza. En consecuencia, la propiedad privada capitalista pasó de sancionar el “derecho al producto del trabajo” a fomentar el “derecho de apropiación del trabajo ajeno”. Esto tiene su máxima expresión en el capital apropiado bajo la forma de acciones y crédito industrial, pues el burgués pasó de ser propietario y administrador a convertirse solamente en propietario.
Por tanto, es falso que se pueda realizar una expropiación por etapas de la burguesía desde el parlamento, porque el derecho de propiedad absoluta se funda en las relaciones económicas que no requieren de ninguna participación política de la sociedad para su consagración (Sáenz, 2024).
También refuta la tesis de Schmidt sobre la legislación laboral, en la cual veía un mecanismo de control social del proletariado sobre el capital y, en tal medida, consideraba que era un medio para avanzar en la transición al socialismo. Ciertamente, Marx “se refirió a la legislación laboral como la primera intervención consciente de la ‘sociedad’ en el proceso social vital” (Luxemburgo, 1979a, p. 86). No obstante, esto sucede en el marco de un Estado que es una organización de la clase dominante que, por ciertas coyunturas, puede llevar adelante tareas que son del interés del conjunto de la sociedad, porque son funcionales a los intereses de los capitalistas.
Ahora bien, esa sincronía de intereses es temporal y, en la visión de la revolucionaria polaca, para finales del siglo XIX ya comenzaban a mostrar señales claras de tomar rumbos divergentes. Frente a dicha bifurcación de intereses, el Estado no tarda en pasarse por completo al bando de los capitalistas, aunque eso implique entrar en contradicción con el “proceso social” y afectar los intereses generales de la mayoría de la sociedad:
“[…] por un lado, tenemos el incremento de las funciones de interés general del Estado, su intervención en la vida social, su ‘control’ de la sociedad. Pero, por otra parte, su carácter de clase lo obliga a trasladar el eje de su actividad y sus medios de coerción cada vez más hacia terrenos que son útiles únicamente para el carácter de clase de la burguesía, pero ejercen sobre la sociedad en su conjunto un efecto negativo, como en el caso del militarismo y de las políticas aduanera y colonial. Además, el control social que ejerce el Estado se ve a la vez imbuido y dominado por su carácter de clase (ver cómo se aplica la legislación laboral en todos los países).” (Luxemburgo, 1979a, p. 89).
Lo anterior es fundamental para comprender los límites del parlamento, el cual ciertamente es un espacio en el que se expresa el conjunto de la sociedad civil dentro de la organización estatal. Sin embargo, no es “un elemento socialista que va impregnando gradualmente el conjunto de la sociedad capitalista”, sino que constituye “una forma específica del Estado clasista burgués, que ayuda a madurar y desarrollar los antagonismos existentes del capitalismo” (Luxemburgo, 1979a, p. 90).
En consecuencia, las reformas emanadas del parlamento son “formas de control aplicadas por la organización clasista del capital a la producción de capital” (Luxemburgo, 1979a, p. 82). Es decir, tienen como objetivo estratégico garantizar la continuidad del capitalismo, aunque en ocasiones imponen restricciones parciales a los patrones en sus fábricas, producto de cambios en la correlación de fuerzas con el movimiento obrero.
Por todo lo anterior, Luxemburgo nos previene contra la romantización de la democracia burguesa que, contrariamente a la visión deshistorizada de Bernstein y los revisionistas, no es un régimen permanente ni está en constante evolución o ampliación. Por el contrario, es un canal que expresa los intereses de la sociedad capitalista en la que domina la burguesía, una clase que no tiene problemas con sacrificar la “democracia” en el momento en que tienda a “negar su carácter de clase” y amenace con “transformarse en instrumento de los verdaderos intereses de la población”.
Quizás uno de los pasajes más brillantes de la obra es cuando Luxemburgo establece la dialéctica entre la reforma legislativa y la revolución, las cuales se condicionan y complementan mutuamente, al mismo tiempo que se excluyen recíprocamente:
“Cada constitución legal es producto de una revolución. En la historia de las clases, la revolución es un acto de creación política, mientras que la legislación es la expresión política de la vida de una sociedad que ya existe. La reforma no posee una fuerza propia, independiente de la revolución. En cada periodo histórico la obra reformista se realiza únicamente en la dirección que le imprime el ímpetu de la última revolución, y prosigue mientras el impulso de la última revolución se haga sentir. Más concretamente, la obra reformista de cada periodo histórico se realiza únicamente en el marco de la forma social creada por la revolución. He aquí el meollo del problema.” (Luxemburgo, 1979a, p. 123-124).
Es decir, la “obra reformista” no es una “revolución prolongada a largo plazo”. La diferencia entre la revolución social y la reforma no es un asunto de duración o acumulación, sino de contenido. Solamente la revolución (o la contrarrevolución) puede fundar un nuevo orden social y proporcionar el marco histórico-político en el que se desarrolla la reforma. La forja de un nuevo mundo no se realiza en el marco de las instituciones parlamentarias, sino que se produce por la vía extralegal: “lo legal no funda lo legal, las revoluciones y contrarrevoluciones fundan un nuevo orden legal” (Sáenz, 2026). Por este motivo, al renunciar a la revolución social para la conquista del poder y apostar por una “vía más tranquila, calma y lenta”, el revisionismo deja de tomar partido por la instauración de una nueva sociedad y se decanta por la “modificación superficial de la vieja sociedad.” (Luxemburgo, 1979a, p. 124).
En suma, el Estado se torna cada vez más capitalista y no socialista, aunque la socialdemocracia (o las variantes de la izquierda revolucionaria en la actualidad) ganen más escaños parlamentarios. Esto da paso a una contradicción: al mismo tiempo que las relaciones de producción capitalistas sientan las bases materiales para transitar hacia el socialismo, las relaciones jurídicas y políticas levantan un muro que divide aún más a las sociedades capitalistas de las socialistas. La única forma de derribar ese muro es mediante el “martillazo de la revolución”, esto es, “la conquista del poder político por el proletariado” (Luxemburgo, 1979a, p. 91).
El qué, el cómo y su relación con el todo
Reforma o revolución está cruzada por la tensión entre los polos estrategia/táctica y reforma/revolución, cuya unidad dialéctica se realiza por la interacción entre el qué y el cómo de la actividad socialdemócrata. En otros términos, no se trata solamente de las tareas u objetivos a cumplir, sino también de la forma en que se alcanzan; el trayecto y la meta se entrelazan y retroalimentan.
A partir de esta perspectiva de totalidad, Luxemburgo reformula el arsenal táctico de la socialdemocracia, tanto para enfrentar al revisionismo como para superar las inercias conservadoras derivadas de la “vieja táctica probada”. Esto le permite articular la crítica a Bernstein y Schmidt con una resignificación en clave revolucionaria del programa y de las formas de intervención en los sindicatos y en el parlamento.
Por ejemplo, defiende que el programa de la socialdemocracia debe ser útil en todo momento. Esto significa que debe ofrecer respuestas a las demandas inmediatas de la clase obrera y, al mismo tiempo, señalar el camino hacia la superación del capitalismo:
“Nuestro programa sería un mísero pedazo de papel si no nos sirviera en todas las eventualidades, en todos los momentos de la lucha y si no nos sirviera por su aplicación y no por su no aplicación. Si nuestro programa contiene la fórmula del desarrollo histórico de la sociedad del capitalismo al socialismo, debe también formular, con todos sus fundamentos característicos, todas las fases transitorias de ese proceso y, en consecuencia, debe ser capaz de indicarle al proletariado la acción que corresponde tomar en cada tramo del camino al socialismo” (Luxemburgo, 1979a, p. 130).
Aunque no lo plantea abiertamente, la cita contiene una polémica tácita con el Programa de Erfurt, adoptado por el SPD en 1891, mediante el cual la socialdemocracia separó las reivindicaciones mínimas (que se agitaban en las luchas cotidianas) de las consignas socialistas (reservadas para los días festivos)[7].
También expuso las bases de su concepción del sindicalismo y del parlamentarismo como dos ámbitos en los cuales era posible —y necesario— desarrollar una práctica cotidiana revolucionaria que, al mismo tiempo, funcionara como escuela de formación política del proletariado. Sin embargo, advertía que ambos “pierden su efectividad” y “dejan de ser un medio para preparar a la clase obrera para la conquista del poder” cuando son concebidos como instrumentos directos para la socialización de la economía (Luxemburgo, 1979a, p. 93).
En otras palabras, desplaza el núcleo del debate hacia los objetivos que orientan ambas formas de intervención. Una vez más, la cuestión decisiva radica en la relación entre los fines y los medios:
“Para Bernstein, las actividades sindical y parlamentaria reducen gradualmente la propia explotación capitalista. Le quitan a la sociedad capitalista su carácter capitalista. Realizan objetivamente el cambio social deseado. Vistas más de cerca, vemos que las dos concepciones son diametralmente opuestas (…) Concluye afirmando que el socialismo sólo puede ser introducido como consecuencia de la lucha sindical y de la actividad parlamentaria. Desde el punto de vista de Bernstein, la acción sindical y parlamentaria reviste un carácter socialista porque ejerce una influencia socializante progresiva sobre la economía capitalista” (Luxemburgo, 1979a, p. 92-93).
Junto con esto, polemiza con la idea de los “ataques prematuros” que los revisionistas utilizaban para bloquear la acción revolucionaria de la clase obrera. Una postura conservadora que restringía al movimiento socialdemócrata a un accionar inercial dentro de los estrechos márgenes de la institucionalidad capitalista, alegando la supuesta falta de madurez política del proletariado para avanzar hacia la construcción del socialismo.
En respuesta a esto, Luxemburgo argumenta que es imposible pensar que se pueda realizar una transición del capitalismo al socialismo de un “plumazo feliz”. Por el contrario, supone una lucha ardua y prolongada, en la cual posiblemente la clase obrera experimente derrotas:
“[…] será imposible evitar la conquista «prematura» del poder estatal por el proletariado, precisamente porque estos ataques «prematuros» del proletariado constituyen un factor, y, en verdad, un factor de gran importancia, que crea las condiciones políticas para la victoria final. En el curso de la crisis política que acompañará la toma del poder, en el curso de las luchas prolongadas y tenaces, el proletariado adquirirá el grado de madurez política que le permitirá obtener en su momento la victoria total de la revolución. Así, estos ataques «prematuros» del proletariado contra el poder del Estado son en sí factores históricos importantes que ayudan a producir y determinar el momento de la victoria definitiva” (Luxemburgo, 1979a, p. 132).
La cita anterior ejemplifica la riqueza del pensamiento dialéctico de Luxemburgo. A contramano del sentido común y la mirada instrumental cortoplacista, la revolucionaria polaca vislumbra en las derrotas del presente los embriones de las victorias del futuro. Es decir, entre la derrota (no-victoria) y la victoria media la lucha de clases, que constituye el terreno en que la clase obrera realiza su propia experiencia y construye las herramientas y aprendizajes estratégicos que le serán de enorme utilidad para la eventual “victoria definitiva” en la revolución.
Por ello, la revolucionaria polaca plantea que la conquista prematura del poder es un “absurdo político derivado de una concepción mecánica del proceso social”, bajo la cual la “victoria de la lucha de clases” es “un momento fijado en forma externa e independiente de la lucha de clases” (Luxemburgo, 1979a, p. 132).
Los deslices deterministas de Luxemburgo
No obstante la riqueza dialéctica que Luxemburgo despliega a lo largo de la obra, en algunas partes presenta formulaciones deterministas. Frente a la “teoría de la adaptación” de Bernstein, contrapuso la “teoría del colapso” inevitable del capitalismo. Veamos cómo lo presenta en sus propias palabras:
“La teoría revisionista llega así a un dilema. O la transformación socialista es, como se decía hasta ahora, consecuencia de las contradicciones internas del capitalismo, que se agravan con el desarrollo del capitalismo y provocan inevitablemente, en algún momento, su colapso (en cuyo caso ʿlos medios de adaptaciónʾ son ineficaces y la teoría del colapso es correcta); o los ʿmedios de adaptaciónʾ realmente detendrán el colapso del sistema capitalista y por tanto le permitirán mantenerse mediante la supresión de sus propias contradicciones. En ese caso, el socialismo deja de ser una necesidad histórica. Se convierte en lo que queráis llamarlo, pero ya no es resultado del desarrollo material de la sociedad” (Luxemburgo, 1979a, p. 67-68).
Luxemburgo atinó en demostrar que el capitalismo estaba cruzado por contradicciones inmanentes que no podía superar por sí mismo, lo cual fue determinante para combatir el optimismo histórico del revisionismo en torno al avance gradual hacia el socialismo por la vía de las reformas. Pero, contradictoriamente, en el transcurso del debate en algunas ocasiones se deslizó hacia el catastrofismo, al sugerir que era inevitable el colapso del capitalismo.
En un pasaje posterior expone una visión un tanto evolutiva de la conciencia obrera. Argumenta que uno de los “tres resultados principales del desarrollo capitalista” es “la creciente organización y conciencia de la clase proletaria, que constituye el factor activo en la revolución que se avecina” (Luxemburgo, 1979a, p. 65). Es decir, producto de un supuesto autodesarrollo orgánico de la consciencia, el proletariado pasaría de clase en sí a clase para sí (Bensaïd y Naïr, 2026).
Si bien en otra parte del libro insiste en que la táctica de la socialdemocracia no consiste en esperar el desarrollo de los antagonismos del capitalismo, esto no basta para sostener que rompe plenamente con el determinismo, porque reduce la intervención del partido al papel de elemento “auxiliar” de un proceso “objetivamente necesario e inevitable”, signado por una tendencia que sólo contiene la dirección del desarrollo (Lowy, 2022).
Reforma o revolución es, posiblemente, la obra en la que estos deslices “deterministas” de Luxemburgo son más perceptibles, aunque no anulan la enorme riqueza estratégica del texto y el abordaje dialéctico de la relación entre la reforma y la revolución[8].
Por otra parte, es menester anotar que se distanció paulatinamente de la concepción rígida y esquemática del marxismo que pregonaba la socialdemocracia de la época, a la cual criticó porque consistía en “esperar de brazos cruzados que la dialéctica histórica nos traiga sus frutos maduros” (Luxemburgo, 1974, como se citó en Lowy, 2022, p. 23). La primera revolución rusa (1905) fue un punto de inflexión, a partir de la cual Luxemburgo comenzó a distanciarse de Kautsky, principal referente teórico de la II Internacional.
Pero fue el estallido de la Primera Guerra Mundial y el apoyo vergonzoso de la socialdemocracia alemana a los créditos de guerra el 4 de agosto de 1914, lo que propició su ruptura con el determinismo. Esto quedó en claro un año después en el folleto Junius (1915), en el cual plasmó una visión de la historia como un proceso abierto y en disputa, una perspectiva que sintetizó con la icónica frase “socialismo o barbarie” (Lowy, 2022).
El presente como campo de batalla por la historia
Reforma o revolución contiene una crítica global a la teoría sistematizada por Eduard Bernstein, pero es mucho más que un debate con el revisionismo. Condensa una visión dialéctica de la estrategia revolucionaria, a partir de la cual Rosa Luxemburgo desarrolla un sentido histórico del presente que rompe con la visión lineal y evolutiva del tiempo profesada por Bernstein y sus acólitos.
El principal aporte de esta obra radica en el abordaje dialéctico de la relación entre la reforma y la revolución social, mediante el cual Rosa Luxemburgo superó la separación formal entre ambos polos que imperaba en el programa y la estrategia de la socialdemocracia. De este modo, las tácticas cotidianas adquieren un sentido revolucionario cuando se inscriben en una estrategia anticapitalista orientada hacia la transformación socialista de la sociedad.
Esto permitió que Luxemburgo postulara una práctica militante prefigurativa que combinó el qué y el cómo de la actividad socialdemócrata, según el cual las luchas del presente deben estar tensionadas por el objetivo final de la revolución socialista, pues solamente así tienen la potencialidad de desarrollar las condiciones políticas y organizativas para su realización.
La disputa teórica con el revisionismo anticipó las discusiones políticas que atravesaron a la II Internacional desde inicios del siglo XX hasta el estallido de la Primera Guerra Mundial, en las cuales se enfrentaron los sectores revolucionarios y las alas reformistas. Por este motivo, en Reforma o revolución figuran los embriones del programa teórico y político que Luxemburgo desarrollará en las décadas siguientes.
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[1] Lelio Basso (1903–1978) fue un jurista y destacado intelectual marxista italiano. Al calor de la ola de radicalización que se abrió en 1968 con el Mayo Francés, realizó una relectura crítica de Marx y rescató a figuras teóricas marginadas por el estalinismo, como Rosa Luxemburgo (Ouviña, 2020). En virtud de esto, es reconocido como uno de los principales intérpretes de la obra de la revolucionaria polaca en la segunda mitad del siglo XX. Aclaramos que no coincidimos plenamente con su enfoque teórico (abiertamente luxemburguista), pero sí rescatamos algunos elementos sugerentes que encontramos en su libro Rosa Luxemburgo.
[2]El debate se reactivó unos años más tarde en torno a la huelga de masas política. En este caso, la discusión tuvo oposición de los sectores sindicales del partido, que se sintieron amenazados por las posiciones revolucionarias planteadas por Luxemburgo al calor de la primera revolución rusa de 1905. Esto lo retomaremos más adelante en el capítulo sobre Huelga de masas, partido y sindicatos.
[3] Así se denominó al período de bonanza económica y estabilidad política que experimentó Europa desde el fin de la guerra franco-prusiana (y la derrota de la Comuna de París) en 1871, hasta el estallido de la Primera Guerra Mundial en 1914.
[4] Luxemburgo expondría esta idea con mayor profundidad en Huelga de masas, partido y sindicatos. Ahí apunta que la “consecuencia más preciosa” de la revolución no era el aumento en el nivel de vida de la clase obrera, sino “el crecimiento intelectual y cultural del proletariado, que avanza a saltos, y que ofrece una inviolable garantía de su irresistible progreso en la lucha económica y política” (1979c, 271).
[5] Este análisis de Luxemburgo es sumamente vigente, pues aún es posible encontrar sectores de la izquierda que pregonan salidas parciales ante los problemas del capitalismo, impulsando formas de “autogestión” dentro del sistema, desvinculadas de cualquier perspectiva de revolución social.
[6] A modo de digresión, en la obra El marxismo y la transición socialista de Roberto Sáenz se retoma el concepto de propiedad absoluta capitalista en contraposición a la propiedad estatizada en los Estados en los que se expropió el capitalismo. En el primer caso, la propiedad está fundada directamente en las relaciones económicas, es decir, que no requiere de ninguna participación política de la sociedad para su consagración. Por el contrario, en los Estados no capitalistas (del siglo XX y los venideros) se trata de una forma de propiedad político-económica, por lo cual es fundamental que esté bajo el control democrático de la clase trabajadora para garantizar que esté en función de la acumulación con fines socialistas y no burocráticos (Sáenz, 2024).
[7] Este problema sería retomado décadas más tarde por Trotsky en el Programa de Transición (1938), en el cual estableció un “sistema de reivindicaciones transitorias” que articula las consignas económicas y las democráticas con las socialistas.
[8] Lelio Basso argumenta que la “crudeza verbal” que Luxemburgo empleó en ciertas ocasiones se debía al lenguaje empleado en la época por los círculos oficiales de la socialdemocracia. Sostiene, además, que el supuesto determinismo que le achacan a la polaca no impidió que desarrollara una rica interpretación dialéctica del proceso histórico. Ciertamente, los deslices deterministas no bloquearon la riqueza de su análisis dialéctico, pero es innegable que incidieron en su concepción de la elaboración de la consciencia de la clase obrera y, en consecuencia, del tipo partido a construir y su especificidad en el proceso revolucionario. Este sesgo objetivista sobre la elaboración de la conciencia revolucionaria se manifestará más adelante en el debate con Lenin en torno al tipo de partido que había que construir y su relación con el movimiento obrero. Para profundizar sobre el tema ver El debate entre Lenin y Rosa Luxemburgo en 1904.




