El gobierno responde con una durísima represión

Rebelión obrera y juvenil en Myanmar

La Junta militar ha respondido a la rebelión con una escalada de violencia: bloqueos de internet, estado de emergencia durante un año, ley marcial, blindados en las calles, disparos y detenciones nocturnas, con una estimación de 850 detenidos según la Asociación de Asistencia a los Presos Políticos y  un saldo de entre  cuatro u ocho muertos según las fuentes, hasta la represión de este sábado que provoco al menos 18  muertos y cientos de detenidos más, según la BBC.

Marcelo Buitrago
Equipo de redacción de Izquierda Web


Al cumplirse casi un mes desde el golpe de Estado del 1 de febrero, continúan las protestas contra el Ejército que lo perpetró y que detuvo al jefe del Gobierno civil, Win Myint y la líder de hecho, Aung San Suu Kyi, (La Dama) de 75 años.

La Junta militar ha respondido con una escalada de violencia: bloqueos de internet, estado de emergencia durante un año, ley marcial, blindados en las calles, disparos y detenciones nocturnas, con una estimación de 850 detenidos según la Asociación de Asistencia a los Presos Políticos y  un saldo de entre  cuatro u ocho muertos según las fuentes, hasta la represión de este sábado que provoco al menos 18  muertos y cientos de detenidos más, según la BBC.

Asi de un plumazo, la década de transición democrática parece haber quedado reducida a nada. Suu Kyi, premio Nobel de la Paz e icono de ese proceso, se encuentra, una vez más, bajo arresto domiciliario. La Junta declara  que lo ocurrido el 1 de febrero no fue un golpe, sino una intervención para salvar la Constitución, supuestamente en riesgo tras un fraude electoral  —negado por los observadores— en las elecciones del 8 de noviembre. En esos comicios, la Liga Nacional para la Democracia (NLD, por sus siglas en inglés) de La Dama aplasto al Partido de la Solidaridad y el Desarrollo de la Unión (USDP) de los militares.

Durante 50 años, entre 1962 y 2011, los militares gobernaron Myanmar El aislamiento internacional, la presión interna de su población y una economía en caída libre  les habia llevado a un ensayo de  “apertura democrática” en 2011 pero sin resignarse a ceder todo el poder: aprobaron una Constitución que  les reserva el 25% de los asientos en el Parlamento y les concede tres  ministerios: Interior, Defensa y Fronteras. También impide que Suu Kyi sea jefa de Estado, con un artículo a su medida, que  le prohíbe el cargo a quienes, como ella, tengan hijos de nacionalidad extranjera.

Pero, aunque el golpe de Estado haya devuelto al Ejército al poder absoluto, la Myanmar de hoy es muy distinta de la de hace 60 años. O de la de 2011.

Un país, 14 Estados, 135 etnias y más de 20 guerrillas

Con el proceso de apertura llegó también la inversión extranjera, atraída por un mercado aún por explotar y el potencial de sectores como el jade, la madera o la minería. El PIB per cápita se ha doblado en 10 años: ahora  es de 1.408 dólares anuales. En ciudades como Yangón o Mandalay, espectaculares pagodas y palacios reales de otras eras conviven con grandes centros comerciales. Si hace 10 años una tarjeta SIM costaba miles de dólares, hoy, los 54 millones de habitantes  tienen acceso a internet y 22 millones tienen cuentas de Facebook.

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La inversión extranjera (Singapur, China y Japón en ese orden) provocó el crecimiento de los servicios y la industria, relegando a la agricultura al tercer lugar en la composición del PBI, y a  pesar que esta última sigue siendo la principal fuente de empleo, millones se han incorporado a la fábrica, el transporte, y los servicios. Si bien el principal producto de exportación es el gas, los productos textiles y el calzado ya representan un valor de exportaciones de alrededor de 6.000 millones de dolares, con un crecimiento del 255% en textiles en el periodo 2013-2018 y un 350% en calzado.

Este verdadero nuevo joven proletariado —cerca de la mitad de la población  tiene menos de 30 años— está “conectada con el resto del mundo, con las tendencias y discursos político y económico globales. Se ha vuelto más sofisticada en cuanto a ideas, política, cultura”, señala Jonathan Liljeblad, experto en Myanmar en la Universidad Nacional de Australia. “Los jóvenes utilizan el mismo lenguaje que sus pares en el resto del mundo, y hacen mucho más uso de la tecnología de la información, que han incorporado a las protestas”, afirma.

Las pruebas: en el universo de ‘Los juegos del hambre’, los habitantes de la sociedad de Panem usan un saludo (levantando tres dedos) como forma de rebelión hacia un Gobierno autoritario. En la última década, este gesto se ha extendido por el sudeste asiático como grito de protesta. Y también es usado en Myanmar.  O las imágenes de los protagonistas de “La Casa de Papel” frente al Banco Central con carteles en inglés: “nosotros robamos bancos, ustedes roban todo el país” y #FuckMilitryCoup.

Son ellos, principalmente, quienes han salido a las calles estos días. No necesariamente para defender a La Dama y su NLD, pero sí a repudiar al Ejercito: la leyendas de los carteles “La Junta es peor  que mi ex novio”, “La Junta es peor que estar indispuesta”  muestran también a las mujeres como un sector activo de la protesta.

La desigualdad creciente, la concentración de la riqueza en unas élites vinculadas a los militares, la miseria —especialmente, la rural—, las expropiaciones de tierras que han obligado a muchos a emigrar a Tailandia,  y las consecuencias de una pandemia que ha afectado de manera desproporcionada a los más pobres asoman como el combustible de la protesta. Además del papel del Ejército, cuyos mandos son odiados de manera casi universal.

El rol del Ejército

La independencia de Myanmar  fue concedida en 1948 por el Imperio Británico, arrastrando una división étnica fomentada por los colonizadores y que se extendería en el tiempo. El general Aung San, padre de Suu Kyi y héroe de la patria birmana, había ofrecido a los líderes de las minorías que se sumaran a la naciente Unión Birmana con la promesa de una amplia autonomía. No ocurrió. Aung San fue asesinado meses antes de que naciera el nuevo país. La rebelión de las minorías que esa situación desencadenó abrió la puerta al protagonismo del Ejército en la política birmana. En 1962, el general Ne Win perpetraba el golpe de Estado que llevaría a los militares al poder durante 49 años.

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Tatmadaw (como se conoce popularmente al Ejército) tiene el sentimiento de “representar el alma de la nación”, apunta Anthony Davis, analista de la consultoría especializada en defensa Janes.  La historia asumida  por el Tatmadaw ha sido “combatir para controlar el país, para crear una nación-Estado contra un abanico de enemigos, toda una gama de fuerzas étnicas, que se les enfrentan y desafían la naturaleza de una nación-Estado moderno”. Entonces se consideran “como el  único factor que mantiene el país unido”. Claro que esto unido a una corrupción sistémica,  una mentalidad de élite y el manejo  de los conglomerados empresariales propiedad del Ejército que controlan buena parte de los sectores más lucrativos del país.

Si esto parece excesivo, tengamos en cuenta que establecieron la “vía birmana al socialismo” enunciada por el General Ne Win que gobernó desde 1962 a 1988 una mezcolanza de budismo y estatizaciones de una economía escasamente industrializada, la prohibición del turismo, la expulsión de extranjeros y un fuerte aislacionismo internacional. La estación final de la “vía” fue lo que se conoce como el Levantamiento 8888 (por su fecha 8 de agosto de 1988) que desembocó en un baño de sangre con miles de muertos.

A partir de entonces Suu Kyi pasó detenida la mayor parte de las dos décadas que van desde 1989 a 2010 hasta que se consagro congresista en 2012, pudiendo salir del país por primera vez en 24 años. Esta trayectoria de resistencia a la dictadura le valió el reconocimiento  internacional y el Premio Nobel de la Paz en 1991. Pero el genocidio a los rohinyá mostró su cara “supremacista” burma. Y los límites de la transición, que están a la vista, plantean el desafío para las y los trabajadores de barrer con el Ejército, única manera de garantizar la democracia, tarea  que una política liberal como La Dama, está lejos de tener en sus planes.

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