Rappi y Glovo: la juventud precarizada tras la economía colaborativa

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A los pocos días de que las empresas Rappi y Glovo (de capitales colombianos y catalanes respectivamente) aterrizaran en nuestro país, las calles de los barrios más transitados de la Ciudad de Buenos Aires se llenaron de jóvenes ciclistas con sus llamativas camperas y cajas de colores naranja o amarillo en la espalda según sea la empresa para la que trabajan.  De acuerdo a las cifras que dieron a conocer las mismas empresas, más de diez mil jóvenes pasaron por las capacitaciones que los habilitaban a comenzar a trabajar para estas aplicaciones.

 

Nuevas relaciones laborales, viejas formas de explotación

En su discurso fraudulento estas empresas no se definen a sí mismas como de mensajería sino como intermediarios entre el productor o comerciante, el repartidor “independiente” que lleva el producto en su vehículo y el consumidor que realiza el pedido a través de la plataforma digital desde su celular. El mecanismo como se describe es parecido al de Uber, en ese caso la empresa, que lleva un tiempo ya en el país, dice ser un intermediario entre los choferes independientes y los usuarios. A esto lo definen como economía colaborativa y, en el marco de esta definición, Rappi y Glovo enarbolan un discurso en el que seducen a los jóvenes con la idea de ser trabajadores autónomos, que pueden manejar sus propios tiempos, que no tienen jefes a quienes rendirles cuentas, sumado a tener un trabajo en el que pueden recorrer la Ciudad en bicicleta, haciendo ejercicio, por lo tanto mejorando la salud y aportando al bienestar propio[1].

Para empezar a trabajar en cualquiera de estas empresas se descarga la aplicación al celular, seguido a esto se completan algunos datos y queda pendiente que la empresa se contacte con el postulante para una corta capacitación en las oficinas centrales, luego de la cual ya se está habilitado para comenzar a trabajar.

En cuanto el repartidor pone las ruedas en la calle para comenzar su jornada laboral, sale a luz la primera trampa que es que las herramientas de trabajo debe ponerlas él de su bolsillo, es decir un celular con internet móvil, un cargador portátil para tener siempre batería e, incluso corre a cargo del trabajador la obligación de comprarle a la empresa el uniforme y la caja para llevar los pedidos. Aun si el trabajador ya disponía del celular, por ejemplo, si sufre el robo del móvil o incluso de su bicicleta, que son sus herramientas fundamentales de trabajo, nadie de la empresa se hará cargo de la reposición de los mismos, siendo que el coste de esta reposición puede ser el sueldo de un mes entero de trabajo. Es por demás repudiable el caso de Glovo, que para sortear este inconveniente llegan al cinismo de darle la opción a los trabajadores de tener ART pero pagándoselas ellos mismos y, como si este nivel de estafa no fuese suficiente, cobran comisión por cada empleado que le consiguen a la aseguradora.

Una vez que los trabajadores salen a la calle a desempeñar las tareas requeridas por la aplicación, la imagen del “trabajador independiente que administra de su propio tiempo” que dibuja la empresa en su discurso de economía colaborativa se desvanece, ya que los repartidores son monitoreados constantemente a través de sistema GPS para asegurar que la entrega del pedido se haga en los tiempos impuestos por la empresa, de sobrepasar estos tiempos (que dependiendo del tipo de pedido pueden ser de 35 minutos o una hora y media como máximo), luego de haber tenido que esperar en el local hasta que esté listo y hasta, en los casos en que los usuarios abonan con tarjeta, haber tenido que pagar de su bolsillo el pedido, no recibirán pago alguno por la entrega realizada. Así mismo, si los mensajeros no aceptan un viaje por no estar activos en ese momento, por estar descansando, son penalizados. El castigo consiste en bloquearlos de la plataforma para que no puedan tomar pedidos, pero además los pedidos les siguen llegando sin que ellos puedan aceptarlos, haciéndoles ver el trabajo que estarían perdiendo por su “mal comportamiento” por no haber estado disponibles cuando la aplicación (el patrón, finalmente) lo requería.

 

La juventud víctima de la precarización

La mayoría de los jóvenes que trabajan como repartidores de Rappi y Glovo son inmigrantes venezolanos, algunos recién llegados al país toman este trabajo porque lo pueden hacer aun teniendo la residencia precaria pero también hay jóvenes graduados de universidades venezolanas que están hace tiempo en Buenos Aires, pero al no poder encontrar empleo formal no les queda otra que pedalear todo el día para sobrevivir arañando un sueldo mínimo. Esto no es algo meramente figurativo, en el caso de Rappi, se factura alrededor de $35 por envío (más $15 de propina, pero eso quedaría en la voluntad del consumidor pagarlo o no), según el testimonio que dio un repartidor al diario La Nación[2] trabajando diez horas se puede llegar a ganar $500 pesos en un día de semana o $900 pesos un sábado o domingo, lo que trabajando seis días a la semana da un sueldo de $13.600. Todo esto en el mejor de los casos porque también proliferan los testimonios de empleados de estas empresas que indican que muchos días pasan horas a la espera sin recibir pedidos, por lo tanto, sin trabajar y sin cobrar. Por supuesto que estos honorarios no los pone el repartidor, como debería ser si éste estuviese prestando un servicio de manera independiente como la empresa quiere hacer creer, sino que, lejos de ser así, los pagos los imponen las compañías unilateralmente.

Por todas estas razones se entiende que en este modelo de precarización laboral hay una relación de dependencia encubierta. Finalmente se trata de un trabajo en el que el repartidor, lejos de disponer de su tiempo e imponer sus condiciones, trabaja incluso más tiempo de lo que una jornada laboral de tiempo completo conlleva, en la calle expuesto a robos, corriendo riesgo de sufrir accidentes de tránsito sin ningún tipo de seguro, ganando por sus tareas lo que la empresa impone unilateralmente. Además, la empresa está siempre presente monitoreando al trabajador, infringiendo sanciones cuando éste no cumple con lo que se espera de su rendimiento laboral. Sin embargo, si al trabajador le pasa algo no se hacen cargo porque ellos “sólo son intermediarios”. Incluso, según han documentado trabajadores que han sufrido algún tipo de accidente en la vía pública, llegan al cinismo de desearles una pronta recuperación o de preguntarles si están cerca del lugar de entrega del pedido y podrían ir luego.

 

Con Rappi y Glovo los únicos que ganan son los empresarios

Al igual que sucede con los choferes de Uber, precursor y modelo de estas aplicaciones, muchos de los repartidores de Glovo y Rappi realizan este trabajo como complemento de su trabajo principal, para ganar un dinero extra y así poder llegar a fin de mes. Esto es un síntoma de la crisis económica que no da respiro a la clase trabajadora. Ante la escalada diaria de los precios a los trabajadores cada vez se les hace más difícil llegar a cubrir sus necesidades básicas con su sueldo y tienen que salir a buscar un segundo y hasta un tercer trabajo. Por supuesto, la proliferación de estos puestos de trabajo hiper precarizados es también un síntoma del crecimiento de la desocupación por el aumento de los despidos, tanto en el sector público como privado, en el caso de las personas que se ven obligadas a tomar este trabajo a tiempo completo.

Pero sobre todo este tipo de precarización laboral es un indicio de que lo que necesita el gobierno para profundizar el ajuste, es decir despojar a los trabajadores de sus derechos básicos, imponer sueldos de miseria, evitar que se organicen sindicalmente, con el fin de aumentar la ganancia de los empresarios. Si lo analizamos detenidamente en el negocio de estas aplicaciones todos los capitalistas implicados ganan, la empresa que desarrolla la plataforma por no hacerse cargo de los sueldos, los contratos, las cargas sociales de trabajadores registrados, los comercios se eximen asimismo de contratar personal para realizar las tareas de reparto, al mismo tiempo que sus ventas suben al tener la opción del envío a domicilio, y el gobierno hace la vista gorda porque estas modalidades de flexibilización y precarización laboral, de jóvenes trabajadores super explotados con ganancias mínimas sin ningún tipo de derecho que los ampare, son convenientes a la aplicación del ajuste en curso.

 

Los métodos de los trabajadores para luchar contra la precarización laboral

En todos los países donde están instaladas estas plataformas han habido protestas en contra de las paupérrimas condiciones laborales a las que someten a los trabajadores. En España, los trabajadores de Glovo Zaragoza hicieron retención de tareas en horas pico durante toda una semana y en el resto de Europa se llevaron a cabo “huelgas colaborativas” en las cuales trabajadores de diferentes sectores de la empresa paraban para solidarizarse. El resultado de estas acciones fue contundente, en media hora la aplicación colapsó, lo que demuestra en primer lugar que, aun en las empresas de servicios surgidas de las nuevas tecnologías, siguen siendo los trabajadores los que mueven los engranajes de la producción, si paran los trabajadores para todo y, en segundo lugar, que aun sin intermediarios de carne y hueso visibles a quienes reclamar, la fuerza de los métodos clásicos de la clase trabajadora organizada peleando por sus derechos, como la huelga y la movilización, son plenamente vigentes y efectivos. En Argentina hace algunos meses también hubo protestas en las oficinas de Rappi. En el caso local, los mensajeros ya venían exigiendo mejores condiciones de trabajo, pero decidieron hacer una huelga (la primera de trabajadores de comercio online en nuestro país) para denunciar la aplicación de nuevas condiciones laborales de manera unilateral por parte de la empresa. Dichas condiciones además resultaban ser injustas, ya que se pagaba más y se les daba mejores y más cortos trayectos a los trabajadores más nuevos para atraer más postulantes a la aplicación. Asimismo, manifestaron que la empresa los engaña con los recorridos porque muchas veces la aplicación indica una distancia cuando en verdad es el doble.

Si bien el camino que deberán recorrer los trabajadores de Rappi, Glovo y todas las aplicaciones de este tipo que surjan en el marco de las nuevas tecnologías recién comienza, es necesario que estas medidas como la retención de tareas, las denuncias y los escraches se profundicen, que los trabajadores se organicen para exigirle a las empresas la contratación efectiva en planta permanente de todos los repartidores, condiciones laborales dignas y aumento de salario. ¡Basta de precarizar a la juventud!

Verónica R.

[1] Si bien las páginas de las aplicaciones indican que el trabajo se puede hacer en auto, moto o bicicleta, esta última termina siendo la más rentable por no tener gastos de combustible, por ejemplo.

[2] Los venezolanos coparon los servicios de mensajería en bicicleta URL: «https://www.lanacion.com.ar/2162967-los-venezolanos-coparon-los-servicios-de-mensajeria-en-bicicleta

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