Nicaragua

Purga a lo interno del sandinismo por la sucesión del poder

La disputa busca asegurar que ningún dirigente con legitimidad histórica, conexiones con el Ejército, o autonomía política, pueda disputarle la dirección del régimen una vez Ortega desaparezca físicamente del escenario.

En las últimas semanas, el régimen nicaragüense inició una nueva fase de represión, ahora no contra opositores, periodistas o exiliados, sino hacia los propios cuadros históricos del sandinismo.

La reciente captura del excomandante Bayardo Arce, la persecución contra Lenin Cerna y la condena sumaria del general Álvaro Baltodano, marcan un punto de quiebre al interior del régimen. La represión deja de tener como objetivo exclusivo a la disidencia y, ahora, se dirige al corazón del sandinismo histórico.

Todos los caídos en esta purga compartieron una trayectoria común: fueron combatientes guerrilleros en los años 70, figuras clave en la construcción del régimen en los 80 y operadores estratégicos del gobierno de Ortega en las últimas décadas. Bayardo Arce, por ejemplo, fue uno de los nueve comandantes de la Dirección Nacional del FSLN, mientras que Cerna dirigió la temida Seguridad del Estado y, en el caso de Baltodano, fungió como vínculo entre las Fuerzas Armadas y el capital extranjero. Hoy, sus casas son allanadas, sus cuentas confiscadas, y ellos mismos están encerrados o en fuga.

Esta purga pareciera ser parte de un reordenamiento interno del poder para sacar del camino posibles focos de resistencia interna. Rosario Murillo, copresidenta y figura cada vez más central del régimen, dirige una cacería que busca borrar del mapa a los históricos, incluso a aquellos que, durante décadas, contribuyeron a cimentar la actual dictadura.

Este reacomodo represivo coincide con la enfermedad (al parecer) terminal de Daniel Ortega. Según fuentes médicas y reportes de medios independientes, el presidente nicaragüense padece lupus e insuficiencia renal crónica en fase terminal, recibiendo hemodiálisis varias veces por semana. Las apariciones públicas del mandatario son cada vez más escasas y deterioradas, y su discurso del pasado 19 de julio fue interpretado como una despedida.

En este contexto, Murillo actúa como la principal arquitecta de la sucesión del poder. La purga podría buscar asegurar que ningún dirigente con legitimidad histórica, conexiones con el Ejército, o autonomía política, pueda disputarle la dirección del régimen una vez Ortega desaparezca físicamente del escenario. La familia Ortega-Murillo apunta a construir una dinastía, en la que su hijo Laureano Ortega y otros descendientes ocupen posiciones claves, bajo el paraguas de reformas constitucionales diseñadas a la medida (por ejemplo, la figura de la copresidencia).

Este proceso parece estar lejos de ser una transición ordenada. Da la impresión de que se trata más bien de una purga preventiva contra cualquier posible disidencia interna, disfrazada de “investigación patrimonial” o “traición a la patria”. El aparato estatal —Policía, Procuraduría, sistema judicial— es utilizado como herramienta para disciplinar a quienes, habiendo sido parte del régimen, hoy representan un obstáculo o una amenaza para el proyecto absolutista de Murillo.

De esta forma, lo que ocurre hoy en Nicaragua es la fase terminal de un régimen que nació con promesas revolucionarias, pero degeneró en una dictadura familiar sostenida por la represión. El actual FSLN representa una traición a la lucha por la liberación nacional y contra la dinastía de los Somoza que desarrolló el sandinismo en sus orígenes (aunque no exento de contradicciones); un legado que, paradójicamente, es usado como escudo para justificar persecuciones, cárcel, exilio y muerte.

El binomio Ortega-Murillo no representa una continuidad revolucionaria, sino una facción  burguesa, sanguinaria y corrupta, la cual se aferra al poder mediante la eliminación de cualquier amenaza, externa o interna. La caída de estas figuras de peso no significa una renovación, sino la descomposición final del viejo orden y el intento desesperado de Murillo por consolidar un modelo sucesorio autoritario y dinástico.

Ante este panorama, la única salida superadora para el pueblo nicaragüense no vendrá desde las entrañas del sandinismo en el poder, sino desde la organización popular, democrática y combativa. Una salida que supere el pacto de élites, que enfrente el modelo extractivista y represivo, y que recupere el verdadero espíritu emancipador que alguna vez inspiró la lucha contra la dictadura de Somoza. Hoy, Ortega y Murillo son la nueva versión de ese viejo enemigo.

Seremos directos: Te necesitamos para seguir creciendo.

Manteniendo independencia económica de cualquier empresa o gobierno, Izquierda Web se sustenta con el aporte de las y los trabajadores.
Sumate con un pequeño aporte mensual para que crezca una voz anticapitalista.

Me Quiero Suscribir

Sumate a la discusión dejando un comentario:

Por favor ingrese su comentario!
Por favor ingrese su nombre aquí