Según el informe “¿Cómo le fue a Argentina en PISA 2025?”, el 76% de los alumnos no alcanza los niveles mínimos en Matemática y el 59% en Lectura y Ciencias, profundizando una tendencia de deterioro educativo que se observa desde 2006.
¿Qué son las pruebas PISA?
La prueba PISA es una evaluación internacional, organizada por la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE), y se realiza desde el año 2000 de manera periódica. El Programa para la Evaluación Internacional de los Estudiantes (PISA, por sus siglas en inglés) consiste en una prueba cognitiva de dos horas realizada por computadora, que busca medir los conocimientos y habilidades esenciales adquiridos por jóvenes de 15 años que hayan completado al menos seis años de escolaridad formal. Cada estudiante responde una combinación específica de materias. Las evaluaciones combinan preguntas de opción múltiple y respuestas abiertas, y utilizan un sistema adaptativo que ajusta progresivamente la dificultad según el desempeño inicial del alumno.
Las áreas evaluadas son lectura, matemática y ciencias. En cada edición una de ellas se selecciona como área principal para un análisis más profundo, mientras las otras dos funcionan como áreas secundarias. Además, se incorpora una cuarta disciplina innovadora. En 2025 fue “Aprendizaje en el mundo digital”, destinada a medir la capacidad de los estudiantes para utilizar herramientas digitales, interactuar con simulaciones y resolver problemas en entornos virtuales.
¿Cuáles fueron los resultados obtenidos por Argentina?
Los datos de la evaluación PISA indican que Argentina obtuvo 367 puntos en Matemática, 389 en Lectura y 393 en Ciencias, cifras más bajas que las de hace tres años. La caída en cada área fue de 3,2% en ciencias, 3% en lectura y 2,9% en matemática: según estos resultados, Argentina ocupa las posiciones 62°, 75° y 71°, respectivamente, entre los 91 países participantes en PISA. y el 8° lugar dentro de América Latina, retrocediendo en los números obtenidos en 2018 y 2022.

Sin embargo, el retroceso no afecta solo a la Argentina o a los países pobres, sino que se advierte de un fenómeno a nivel global: cayó considerablemente el promedio general de los países de la OCDE: 22 puntos en matemática, 28 puntos en lectura y 7 en ciencias. Dentro de “la escala PISA” 20 puntos equivale a un año de aprendizaje (es decir, se construye una “vara de conocimiento” para analizar los datos, donde 20 puntos es lo que debería sumar/avanzar un estudiante en el aprendizaje al cabo de un año). Por eso los datos son tan duros incluso para los países miembro.
El informe advierte sobre una crisis de la lectura en la era de la inteligencia artificial, dado que se evidencia un aumento en el número de estudiantes que lee rápido y sin comprensión, y que luego responde con errores a las consignas asignadas. Esto se suma a la dificultad a la hora de validar la confiabilidad de las fuentes y a la incapacidad de relacionar información de textos múltiples.

En contraste, las economías asiáticas lideradas por Pekín, Shanghái, Jiangsu, Zhejiang y Singapur se consolidaron como los sistemas educativos con mejor desempeño del mundo, alternándose los primeros lugares. El top ten se completa con Estonia, Japón, Corea, Macao (China), Taiwán y el Reino Unido.
Un análisis regional de los datos
Dentro de la región, Argentina fue históricamente un referente de los estándares educativos. Dado los últimos resultados, continúa descendiendo en los promedios, quedando ubicado en el bloque medio-bajo por detrás de Uruguay, Chile, Costa Rica, México, Colombia, Brasil y Perú, y solo por delante de El Salvador, República Dominicana, Paraguay y Guatemala.
El informe también arroja que el Índice Socioeconómico y Cultural (ISEC) explica el 12% de la brecha con el promedio de los países de la OCDE. Además, el 14% se considera un “resiliente académico”, es decir, que pese a su condición socioeconómica, se posiciona en el cuarto superior de rendimiento de su propio país. Es decir, el factor económico continúa siendo relevante, pero no explica la totalidad del deterioro en el desempeño académico porque las condiciones socioeconómicas no se traducen mecánicamente.
Veamos algunos datos comparativos que arrojan la novena edición de la pruebas PISA:
- Casi ningún estudiante logró ubicarse en los niveles más altos de desempeño (niveles 5 y 6) en matemática, frente al 8% promedio de la OCDE, el 37% de Singapur y el 54% de las provincias chinas agrupadas bajo la sigla B-S-J-Z. En ciencias y lectura apenas llega al 1%.
- El 7,8% de los jóvenes de 15 años alcanza el umbral mínimo en las tres materias y se muestra comprometido. Al mismo tiempo, la proporción de alumnos que no logra los niveles básicos solo llega al 14,5%.
- El panorama más crítico se observa en matemática. Solo el 24% de los estudiantes argentinos alcanzó el nivel básico de competencia, frente al 65% de la OCDE. Esto significa que tres de cada cuatro alumnos del país, el 76%, no pueden resolver operaciones matemáticas sencillas de la vida cotidiana. La proporción era del 73% en 2022 y del 69% en 2018.
- La Argentina obtuvo 367 puntos en matemática, lo que la ubicó en el puesto 75 entre los 91 países participantes y en el octavo lugar entre los 13 países latinoamericanos incluidos en la evaluación. Frente a los 378 puntos obtenidos en 2022, el resultado representa una caída del 2,9%.
Dentro de los factores que se le atribuyen a los resultados argentinos, no fueron preocupantes solo en el desempeño académico, sino también en torno a la convivencia escolar: el ruido, el desorden, la falta de atención hacia el docente y el incumplimiento del rol del estudiante, además del ausentismo y la falta de acompañamiento familiar fueron señalados por los participantes como parte de los problemas del aprendizaje, indicadores todos muy por debajo del promedio de los países miembro de la OCDE.
La disputa por la interpretación de los datos
Hay varios problemas a la hora de abordar los datos que arroja una prueba internacional estandarizada como la PISA que impulsa la OCDE. En primer lugar, porque se trata de un organismo de cooperación internacional que busca “construir mejores políticas” (?), que merece un análisis serio de las actividades que desarrolla y los objetivos que persigue, lo cual no desarrollaremos en estas páginas.
En segundo lugar, porque intenta construir una “vara” o categoría de medición internacional, con economías y sistemas educativos distintos, construidos sobre diferentes bases, historias y culturas. Un ejemplo que salta a simple vista es la propia población evaluada: PISA selecciona a los estudiantes de 15 años, independientemente de que se encuentren en distintos momentos de sus trayectorias educativas según la estructura de su país de pertenencia. En Argentina, la ley establece la obligatoriedad de cumplir con dos años de educación inicial, seis años de educación primaria y seis años de educación secundaria, y un año más tratándose de la educación técnica. Es necesario aclarar que detrás de la misma edad, existen trayectorias escolares distintas.
Sin embargo, hay un dato que se desprende de las pruebas PISA y que no hay que pasar de largo: como mencionamos más arriba, el Índice Socioeconómico y Cultural de los estudiantes explica una parte importante de las diferencias de rendimiento entre estudiantes. Pero incluso teniendo en cuenta esa posición, existe un deterioro general del desempeño argentino. Por lo que cabe hacernos la siguiente pregunta: ¿qué otras transformaciones atravesaron la escuela y la sociedad desde el año 2000 a la fecha?
La sobrecarga de actividades en las escuelas es un tema que ya se problematiza a menudo. En “Escuelas desbordadas” (2026), Elizondo y Hernandez invitan a pensar esa sobrecarga, y que a pesar de ello, la escuela es uno de las instituciones estatales más estables y que mayor respuesta tiene frente a la desintegración y la barbarie social. Desde el ángulo de la docencia, Natalia Fraga expone esas nuevas tareas y las formas de medir el ausentismo.
Porque las problemáticas de convivencia escolar que arroja como variables elegidas por los alumnos tampoco explican la totalidad de las situaciones que atraviesan el aprendizaje y la cotidianeidad de una escuela: no solo enseña matemática, lengua y ciencias, se le demanda contener, alimentar, acompañar psicológicamente, detectar situaciones de violencia, trabajar ciudadanía digital, prevenir consumos problemáticos, intervenir ante conflictos familiares. Además de estar inserta en una sociedad atravesada por las redes sociales y la inteligencia artificial, pero también por la precariedad de la vida y de las condiciones de existencia como fenómeno creciente.
Entonces, se evalúa solamente cuánto aprenden los estudiantes sin evaluar las condiciones en las que se les pide que aprendan, sencillamente porque con una prueba estandarizada no se puede medir cómo las diversas economías capitalistas impactan en las sociedades y sus sistemas educativos.
Por otro lado, las pruebas PISA arrojan datos importantes para pensar la educación, pero como todo dato, no se construye en el vacío, ni de manera inocua. Por sí solo queda relegado a diferentes intereses políticos. Se construye un ranking descontextualizado sobre el ausentismo docente para perseguir a sindicatos y docentes, escondiendo la precarización laboral docente, los bajos salarios, la sobrecarga mental y emocional, no soluciona el problema; contribuye a la pauperización.
Esta es una oportunidad para analizar seriamente los complejos sistemas educativos, la relación que las sociedades constituyen con estos. Puede derivar en líneas de análisis crítico sobre cómo la institución escolar responde cuando todas las demás instituciones fallan a causa del desfinanciamiento o la imposibilidad operativa, porque la escuela compensa las crisis de otras instituciones. O puede superarse lo coyuntural y abordar la crisis de la institución escolar al lado de la crisis de la institución familiar y la institución fabril (que la anteceden y la proceden, respectivamente) y que históricamente funcionaron como un ordenador de la vida social.




