De hecho, Colombia y Myanmar son los países que le dan continuidad a la tercera ola de alzamientos de masas contra la vida insoportable bajo el capitalismo del siglo XXI. Lo que comenzó en Ecuador y Chile en la segunda mitad del 2019, continuó en Estados Unidos en 2020 y sigue ahora en el sur de Asia y en el extremo norte de Sudamérica.

Si en los 90’ los ideólogos del capitalismo creían que el mundo de los conflictos y las ideologías había terminado para siempre con la caída del Muro de Berlín, los primeros años del nuevo siglo nacieron en los calendarios para desmentirlos. La primera ola de rebeliones populares tuvo por centro a América Latina: el 2001 argentino, la Bolivia que derribó a Sánchez de Lozada, el Ecuador de la “revolución ciudadana”, Venezuela contra el golpe de 2002, fueron entradas de las masas en escena que (sin quererlo y sin saberlo) enterraron para siempre los relatos triunfalistas de la década anterior.

La segunda ola estalla con un acto individual de desesperación. Mohamed Bouazizi, un joven vendedor ambulante tunecino, se prendió fuego en una plaza pública en protesta porque la policía había confiscado su puesto de frutas. Millones respondieron a su desesperación: primero en Túnez, después en Egipto, luego se expandió a la región entera.

En los primeros meses de 2011, estallaba la Primavera Árabe, conmocionando a una región que venía cruzada por las invasiones extranjeras y la dominación política de corrientes ultra reaccionarias. Otro participantes de la segunda ola fue la juventud española, que se reunía masivamente en la Plaza del Sol emulando a los rebeldes de la Plaza Tahrir, en El Cairo. Grecia y sus inmensas huelgas generales contra la austeridad impuesta por la Unión Europea fueron otro heróico capítulo. Todas estas movilizaciones estaban cruzadas por las consecuencias inmediatas del crack económico del 2008.

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Luego de terminada esta segunda ola, el mapa mundial parecía ensombrecerse mundialmente con el ascenso de la derecha, con Donald Trump y Bolsonaro como máximos exponentes. Pero sus dulces festejos por los triunfos electorales que los llevaron al poder, aparentemente de manera duradera, fueron rápidamente agriados en 2019.

La tercera ola, a la que hemos llamado una nueva Primavera de los Pueblos, es prácticamente universal: comenzó en Ecuador, Chile y con la resistencia al golpe de Estado en Bolivia; tempranamente fue parte del estallido popular la resistencia de Hong Kong; siguió en Medio Oriente con las rebeliones de Argelia y Líbano. Cuando la pandemia sacudió al mundo, parecía que las rebeliones iban a tomarse unas largas cuarentenas… pero como rayo en cielo sereno estalló la rebelión en el centro mismo del capitalismo mundial: millones de personas estallaron y llenaron las calles en respuesta al vil asesinato de George Floyd.

Ahora, la rebelión ocupa las calles de un país que parecía inmunizado para siempre de toda protesta: Colombia. Antes se había alzado la inmensa resistencia obrera y popular a un golpe de estado en Myanmar.

Tanto Colombia como Myanmar parecen indicar que las rebeliones, que toman como referencias a las que las antecedieron y aprenden de ellas, comienzan a “madurar”. Si las protestas masivas, democráticas e incluso antiimperialistas son una característica común de todas ellas; la clase obrera organizada entra en escena junto a la espontaneidad popular.

También es un rasgo común de ambos países que los estallidos populares espontáneos comienzan a darse desde abajo su propia organización. Es el caso de los barrios obreros (como los ferroviarios) de Myanmar y de la tenaz resistencia de Cali en Colombia. Esta última ciudad, además, pone por delante de su lucha reivindicaciones que en los hechos van más allá del reaccionario régimen político colombiano (como la exigencia de la renuncia de Duque).

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La rebelión popular es el retorno de la lucha de clases en el siglo XXI, luego de que la centuria pasada culminara en derrota. Es parte del recomienzo de la experiencia de las amplias masas oprimidas por el capitalismo; que, con el mayor protagonismo de la clase obrera y la creciente organización de las masas en rebeldía (aunque de manera sumamente inicial), repetimos, muestra más y más madurez con la sucesión de oleadas de luchas populares masivas.

La mayor dificultad sigue siendo el problema de la conciencia: la degeneración estalinista de la URSS y las revoluciones del siglo XX, primero, y su estrepitosa caída, después, han hecho más difícil el planteo de una sociedad alternativa a la opresión capitalista, la única salida a ella: el socialismo. Por eso también sigue siendo una de las principales (y más difíciles) tareas la construcción de grandes partidos revolucionarios, capaces de organizar y darles una salida a las luchas de las masas: convertir las rebeliones en revoluciones.

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