¿Por qué no baja la inflación en Argentina?

Les gens que vous tuez se portent assez bien

(Los muertos que vos matáis gozan de buena salud)

Corneille, Le menteur (El mentiroso)

Al gobierno Milei no le faltan problemas. Los focos están puestos hoy sobre las tribulaciones patrimoniales y aeronáuticas del inefable jefe de gabinete, Manuel Adorni, que lograron desplazar por ahora a la estafa de la meme-coin Libra, auspiciada por el entorno presidencial. Pero en el plano propiamente económico tampoco hay buenas noticias, salvo las que brotan de la imaginación del ministro de Economía y Contabilidad Creativa, Luis Caputo. La actividad económica real se derrumba en las ciudades y sólo sobrevive en las pampas sojeras y los desiertos con hidrocarburos y minería. Cae el empleo, cae el salario real, crece el malhumor.

Sin embargo, acaso lo peor para el gobierno es que tampoco se salva su nave insignia, la bandera que le queda: la “baja de la inflación”. Si hay algo a lo que Milei (y sus votantes) se aferran como a la última tabla de salvación en el naufragio es la idea de que “la inflación bajó”. Pues bien, eso puede haber sido cierto en el primer año de la gestión Milei. Pero desde 2025 el comportamiento de los precios fue mucho más errático, y ya desde mayo pasado se ha consolidado una tendencia: el índice de inflación no dejó de subir en los últimos nueve meses. De modo que el supuesto gran (en verdad, único) logro de este gobierno es, sencillamente, una mentira.

Veamos la evolución del índice de precios del INDEC en el último año:

Como para tener un parámetro, la inflación anual bajo Alberto Fernández fue del 36,2% en 2020, del 50,8% en 2021 y del 94,8% en 2022. Milei arrancó en 2024 con el 117,8% y en 2025 fue del 31,5%.[1] En resumen: bajo el peronismo-kirchnerismo la inflación saltó de un alto pero manejable 30% a tres dígitos; Milei arrancó con tres dígitos, la bajó al 30% y creyó –o quiso hacernos creer– que la curva seguiría bajando hasta “niveles internacionales” (5-10% anual). En cambio, y ya desde mayo del año pasado, lo que sucedió es que esa línea descendente se revirtió y ya estamos de nuevo en ascenso hacia el terreno del 40-50% anual (es decir, entre un 3 y un 3,5 mensual). Todo mientras los números macroeconómicos y fiscales de Milei son incluso peores que los del gobierno pasado.

Volvamos a tener una medida: después del 40,9% de 2002 (que incluyó una muy fuerte devaluación), la inflación no volvió a superar el 40% anual hasta… 2016, con Macri (que también incluyó una devaluación importante). Lo más cercano había sido el 38,5% de Cristina-Kicillof en 2014 (también a caballo de una devaluación).[2] Macri rondó el 50% en 2018 y 2019; los números de Fernández-Fernández, como vimos, luego de una leve baja volvieron al 50% en 2021 y terminaron 2023 con tasas (anualizadas) superiores al 200%.

De modo que ahora estamos, aproximadamente, en el mismo lugar que en el período 2014-2021. La pregunta que todos se hacen, y algunos temen responder, es muy simple: ¿adónde se encamina la gestión Milei en este tema? ¿Volverá el curso descendente que parecía llevar a la dorada meta de “un dígito anual” (menos del 10%), o, por el contrario, esto que vemos es el preludio de un nuevo ciclo de aceleración de la inflación como los que este país ha vivido de manera crónica?

Antes de continuar, aclaramos lo que todo el mundo sabe; los índices de precios del INDEC son una burla que refleja cada vez menos el movimiento real de la verdadera canasta de bienes y servicios de la gran mayoría de la población. La trampa no consiste ahora esencialmente en truchar los números manu militari al estilo Guillermo Moreno en 2007-2015 –aunque no ponemos las manos en el fuego por nadie, y menos por la runfla mileísta-macrista que dirige el INDEC–, sino en aprovechar una escandalosa desactualización en las ponderaciones de cada rubro. Es decir, en qué peso se le asigna –en porcentaje del total– a alimentos y bebidas, transporte, servicios públicos (luz, gas, agua, pero también telefonía celular y wifi), indumentaria, etc. La ponderación anterior lleva dos décadas y es cualquier cosa, pero Caputo frenó vivamente todo intento de actualización (que sin ninguna duda iba a arrojar un índice de precios promedio más cercano al real, es decir, mayor).

Pero incluso tomando ese índice crecientemente ficticio, que genera justa indignación cada vez que se anuncia, la cosa va mal. Casi con resignación, la población asiste una vez más a un ciclo ya muy familiar: promesa, esperanza y decepción, porque la inflación se resiste a ser domada y vuelve siempre a la menor oportunidad. Pasan radicales, peronistas, liberales; pasan garcas y “progresistas”; pasan ministros laureados en EEUU y chantas con título comprado; pasan “superministros” y burócratas grises; pasan explicaciones y excusas de todo tipo y color. El resultado es el mismo: nadie le encuentra la vuelta. ¿Por qué?

Factores generales y particulares de la inflación en Argentina

Uno de los problemas conceptuales más graves de los intentos de explicación de las recurrentes crisis inflacionarias de la Argentina radica, paradójicamente, en una incomprensión profunda de los aspectos específicos de la historia económica argentina y de su inserción en la división mundial del trabajo. Hay un elemento común tanto en los enfoques del liberalismo y neoliberalismo (así como de su hijo bobo, el “anarco-capitalismo” de Milei y su banda) como en los del peronismo y el “progresismo” que no saca un solo dedo del pie del plato capitalista. Ese elemento es aferrarse a los dogmas generales de su doctrina y perder de vista las condiciones particulares en las que operan esas “variables generales” (que por lo demás tampoco dan cuenta de manera profunda de las leyes de funcionamiento del capitalismo).

Más abajo haremos un breve repaso de las teorías y “explicaciones” que la “ciencia económica” –es decir, los economistas al servicio del capital– dan del fenómeno inflacionario. Pero antes corresponde hacer algunas puntualizaciones de orden metodológico para no enredarnos en un debate demasiado técnico.

Hay un punto que salta a la vista y merece explicación: la “excepcionalidad argentina” en cuanto a su historia inflacionaria. Ha sido señalada muchas veces, y tiene una parte de verdad. Es verdad que los marxistas tendemos en general, con buen criterio, a desconfiar del recurso metodológico a la “excepcionalidad”, que suele ser o bien una confesión de impotencia teórica (“esto es tan raro que no se puede entender”) o bien un gesto de patrioterismo (“somos así, distintos al resto, no lo traten de entender”). Pero aquí, con las reservas del caso, hay que hacerle un lugar a un elemento que efectivamente reviste un carácter excepcional y que requiere de una explicación propia. Consiste, dicho simplemente, en que Argentina es un país donde, especialmente en los últimos 25 ó 50 años, la inflación ha sido en promedio muy superior no ya a la de los países desarrollados, sino a la de países vecinos y de muchos otros países de tamaño y nivel de desarrollo similar, y superior incluso a la de países mucho más pobres y atrasados.

La expresión de esto –que algunos enarbolan hasta con un cierto chauvinismo irónico casi futbolístico– es que Argentina, durante décadas enteras, ha encabezado o ha estado al menos entre los tres o cinco países al tope de la lista de países con inflación más alta del mundo. Esa regularidad en la singularidad requiere, efectivamente, de una explicación que no puede ser simplemente la explicación general del origen de la inflación, sino que debe incluir uno o más factores específicos, propios, separados, que den cuenta de esa “desviación de la norma”.

Sin embargo, los intentos de la clase capitalista argentina para explicar académicamente y erradicar económicamente la persistencia del fenómeno inflacionario han sido un rotundo fracaso a todos los niveles. No aciertan con el diagnóstico general del origen de la inflación, no aciertan en identificar los factores específicos que le dan al problema una intensidad y una duración mucho mayor que en otras latitudes y, por consiguiente, nunca han acertado en diseñar una política (capitalista, desde ya) que aborde el problema y lo resuelva. Los muy limitados “éxitos” en el “combate a la inflación” han sido en todos los casos a) de relativamente corta duración y/o b) basados sobre premisas tan ruinosas que el costo final de ese “éxito” fue incluso más gravoso para la economía y para la población que los períodos de “inflación argentina normal”, como veremos más abajo.

Por otra parte, no hay que caer en el conspirativismo obtuso tan arraigado en las filas “progres” del tipo “¡No es ningún fracaso: es lo que quisieron hacer, porque son unos malvados derechistas!”, o algo así. Ese “razonamiento” pasa por alto dos cuestiones. Primera, que, por supuesto, los padres del fracaso en frenar la inflación no son siempre de derecha; de hecho, la derecha suele culpar al “populismo” por sus “políticas inflacionarias”. Y segunda, que la derecha será derechista, pero no es estúpida: sabe muy bien que una política antiinflacionaria exitosa, o que lo parezca –¡y más en Argentina!– es un pasaporte a la salud política de cualquier gobierno. Y, sobre todo, viceversa: un gobierno al que se le sale de madre la inflación tiene los días contados, cosa que pasó con derechistas, “progres”, de centro, de arriba y de abajo. Nadie conspira para su propio derrumbe.

Pasemos, entonces, a revisar las (fallidas) explicaciones de la “ciencia económica” de la clase capitalista y los correspondientes fiascos en política económica de sus respectivos gobiernos.

Fracaso de las explicaciones y políticas capitalistas I: neoliberalismo y afines

Las explicaciones y, sobre todo, las “soluciones” de los partidos capitalistas, sean neoliberales, liberfachos o “progresistas”, son totalmente insuficientes. Dejemos de lado que todos gobernaron y ninguno resolvió el problema (más bien, lo agravaron). Veamos algunas de las versiones más conocidas.

El diagnóstico liberal, neoliberal y “anarco-capitalista” tiende, en el fondo, a repetir sin variación ni imaginación algunas el mantra del economista liberal de derecha Milton Friedman de los años 50: “La inflación es siempre y en todas partes un fenómeno monetario”.[3] El sentido, y el corolario, de esta afirmación es que la culpa de la inflación la tiene el déficit fiscal. En efecto: la inflación sube porque la autoridad monetaria (el Banco Central) emite moneda sin respaldo para financiar el gasto estatal. Como al Estado no le cierran las cuentas, tiene que endeudarse emitiendo moneda que luego no tiene respaldo en la producción de bienes o en la generación de divisas, y eso termina en el aumento generalizado de precios. La solución es sospechosamente simple: achicar a lo bruto el gasto público, eliminar la necesidad de emitir de más y listo el pollo, se acabó la inflación.

Sólo un dogmático fundamentalista como Milei puede intentar llevar este diagnóstico a la práctica, y sólo un desquiciado puede suponer que va a funcionar. El gasto público, por empezar, es “inelástico”: no se pueden cortar de cuajo partidas enteras sin comprometer seriamente el normal desarrollo de actividades básicas para el funcionamiento normal de un país, para no hablar de inversiones estratégicas en infraestructura.[4] Por otra parte, sea con motosierra o con bisturí, recortar el gasto público no es la única manera de limitar la emisión, y esa limitación tampoco garantiza que la inflación baje.

Fiel a este dogma estúpido, Milei se dedicó a intentar recortar la inflación vía la reducción del superávit fiscal y, por ende, de la emisión. Pero, como veremos, los “logros” de corto plazo no tuvieron que ver con eso, y el recalentamiento posterior y actual de la inflación, tampoco. Todo el diagnóstico es un disparate.

Eso no significa, lógicamente, negar que la emisión sistemática de moneda sin respaldo socava su valor y genera inflación. Pero decididamente no es ni el único factor ni el más importante, y en todo caso es ridículo considerarlo como el “motor inicial”: como veremos con las teorías sobre la “puja distributiva”, se comete el error metodológico grosero de invertir la flecha causal y considerar como una causa lo que en el fondo es un efecto (aunque realimente la causa).

Por dar un contraejemplo, durante la pandemia la mayoría de los países desarrollados recurrió a una gigantesca emisión monetaria (y ninguno más que EEUU); si bien la inflación aumentó, no lo hizo ni remotamente de manera proporcional a la emisión, y menos que menos siguiendo la fórmula de Friedman. De hecho, la mayoría absoluta de las grandes economías del mundo tienen déficits fiscales mucho más grandes que el de Argentina, sin que eso les genere una inflación comparable.

Ahora bien, si los axiomas liberales no se cumplen ni siquiera en el mundo desarrollado “normal”, mucho menos lo hacen en el caso de la Argentina, donde desde hace tiempo el índice de variación de la inflación está desacoplado del índice de variación de la emisión monetaria. La visión ultraliberal está interesada sobre todo en justificar el desguace completo del gasto estatal (con excepción, lógicamente, de las fuerzas represivas, ya que las necesitarán para defender sus políticas de la ira popular).

Otra teoría cara a los liberales es la de las “expectativas de inflación”, típica teoría subjetiva que ancla las tendencias inflacionarias en lo que ocurre dentro de las cabecitas de los inversores y su mayor o menor “aversión al riesgo”, según las garantías de control de las variables que ofrezca el gobierno de turno. La conclusión práctica de esta teoría es que los gobiernos deben tomarle el pulso a “los mercados” (púdico nombre que se da al grupito de inversores que corta el bacalao económico) y averiguar cuáles son sus deseos más urgentes (inexorable y aburridamente, recortes del gasto estatal, reformas laborales, incentivos a la inversión, etc.) para cumplirlos con la mayor rapidez y deferencia. Eso, dice la teoría, los mantendría contentos y los precios no subirían. En fin, para qué buscar contraejemplos. Toda la historia económica reciente desmiente esta pavada.[5]

Fracaso de las explicaciones y políticas capitalistas II: keynesianismo y “progresismo”

Si nos va mal con los diagnósticos liberales, los “progresistas” o “populistas” no mejoran mucho el panorama. El peronismo, y en particular Axel Kicillof y Cristina Fernández, suelen remitirse a la teoría de John Maynard Keynes y otros referentes no liberales de la economía capitalista. Pero tampoco funcionan muy bien.

Un ejemplo es la famosa –al menos, en la academia– curva de Phillips, que establece una correlación inversa entre inflación (¡correlacionada con los salarios!) y desempleo. La teoría es que el Estado puede intentar “gestionar” alguna forma de equilibrio entre oferta de empleo y precios generales para evitar que alguna de las dos se desboque. Independientemente del valor que se asigne a la teoría en abstracto –para nosotros, cero–, la cuestión es que la “curva” se aplana completamente en períodos de estanflación (crecimiento muy bajo, o recesión, con inflación)… como el que vivimos ahora. Aunque el manual sostenga que el aumento de la desocupación a la larga va a redundar en un descenso de la inflación, eso puede no suceder. Ya pasó en los 70 en los países desarrollados, pasó en Argentina muchas veces… y también ahora.

Por lo demás, no es ningún resultado que los trabajadores puedan desear. En el fondo, la curva de Phillips no es otra cosa que la receta ortodoxa y clásica, defendida por Martín Redrado, Alfonso Prat Gay y demás personajes que orbitan el planeta Macri, de enfriar la economía para bajar la inflación. En un contexto como el actual, equivale a querer bajar la fiebre con un coma inducido. Así va a quedar, y está quedando, el paciente.[6]

Otras elucubraciones “progres” tampoco explican la inflación en general ni la “anomalía argentina” en particular. Por ejemplo, la teoría de los “precios monopólicos” es muy popular en sectores genéricamente “de izquierda”, porque denuncia la rapacidad y la capacidad de formación de precios de las grandes empresas. Pero, por mucha simpatía que nos generen esas denuncias y por mal que nos caigan las grandes multinacionales y emporios locales, es simplemente falso que ése sea el origen de la inflación, por varias razones.

Primero, la supuesta capacidad de manipulación de precios, cuando existe, sólo puede ser un fenómeno temporario, localizado y episódico, no permanente, estructural ni general. Segundo, la renta adicional que seguramente obtienen no es, en términos marxistas, una exacción al conjunto de la población sino más bien una redistribución del plusvalor en perjuicio de sus competidores del mismo ramo o de la renta de otros sectores (empresarios) vía los precios relativos. Y tercero, la teoría de los precios monopólicos sigue dejando sin explicación por qué la inflación argentina es mucho más alta, en términos históricos, que el promedio. ¿Acaso las multinacionales que operan en Argentina no son las mismas que operan en otros países? ¿Logran una tajada adicional aquí? ¿Cómo y con qué mecanismos? No hay respuesta satisfactoria a esas preguntas.[7]

En el peronismo y en el kirchnerismo también es usual hacer referencia a la teoría neoricardiana (por David Ricardo, economista clásico inglés anterior a Marx) de la inflación por “puja distributiva” (wage push), cuyo ejemplo paradigmático son las negociaciones salariales, en especial las paritarias. También aquí, de lo que se trata es de “gestionar”, muy à la Perón, que “capital y trabajo queden más o menos conformes”, es decir, que las patronales y la burocracia sindical lleguen a paritarias que las primeras acepten y que la segunda pueda venderle a la base obrera sin recibir demasiadas quejas. La era dorada de esta teoría y práctica fue precisamente el período de los tres gobiernos kirchneristas, cuyo saldo fue una no muy abrupta pero constante e irrefrenable subida de la inflación a lo largo de esos años (como vimos, del 40% a más del 100% anual).

Una de dos: o la teoría no explica nada o los economistas del macrismo como Javier González Fraga y otros tenían razón cuando decían que la culpa de la suba continua de la inflación eran los “salarios excesivamente altos”… Pero eso es absurdo: como explicaba Marx ya en 1865 en su célebre polémica con el socialista utópico John Weston (en las conferencias agrupadas en Salario, precio y ganancia), desde el punto de vista de la dinámica económica, el salario es dependiente del proceso de acumulación, y jamás puede ser el iniciador de un proceso inflacionario (que era el argumento de Weston entonces, y hoy el de un montón de econogarcas capitalistas). Por el contrario, lo más que puede hacer el salario es correr detrás de la inflación tratando de perder lo menos posible, que es exactamente la vivencia cotidiana de todos los trabajadores en todas partes cuando la inflación se acelera, y que en Argentina conocemos muy bien.[8]

Digamos de paso que por la misma razón es imposible relanzar un ciclo de crecimiento económico solamente “impulsando el consumo” vía aumentos de salarios reales, subsidios u otros mecanismos para “poner plata en el bolsillo de la gente”. Esa idea keynesiana (técnicamente, aumento de la demanda agregada), muy cara al peronismo-kirchnerismo, en todo caso puede reflejar la resistencia de la clase trabajadora a que le reduzcan el empleo o el nivel salarial, pero no es ni puede ser el comienzo de un ciclo de acumulación, como lo demuestra el simple hecho de que los capitalistas, siguiendo un agudo instinto de clase, no ceden a esos cantos de sirena y se niegan tozudamente a aumentar los salarios “para que mejore la economía”…

Criterios marxistas para entender la economía argentina en general…

El marxismo, contra lo que muchos (amigos y enemigos) creen, no es ni exclusiva ni fundamentalmente una “teoría económica”, ni puede hablarse, en rigor, de “teoría económica marxista”. Ni siquiera El capital es una obra “económica” en sentido estricto. Para el marxismo, no hay “leyes de la economía” que operen por fuera de las relaciones sociales más en general; esto es, por fuera de la relación de fuerzas entre las clases, que es el sentido primero del concepto marxista de “lucha de clases”.

Por ejemplo, Marx insiste en que el proceso de acumulación capitalista se da siempre en el marco de determinadas relaciones de fuerza, y plantea, en concreto, que esa acumulación siempre oscila entre el nivel máximo (la subsistencia física del trabajador) y mínimo (la continuidad de la reproducción capitalista) de explotación del trabajo. De allí que el precio de la fuerza de trabajo, el salario, lejos de estar rígidamente determinado por “leyes económicas”, incluyera siempre lo que Marx llamaba el “componente histórico, social, moral y cultural”, que lógicamente varía según cada momento y cada lugar, y que expresa el factor lucha de clases y relaciones de fuerza.[9] Dentro de ese rango, “la situación de las clases entre sí depende más del salario relativo que del monto absoluto del salario” (Teorías sobre la plusvalía).

Por lo tanto, para los marxistas, en esa lucha por el reparto del producto social, la continuidad de la inflación es en primer lugar un indicador (no un resultado) de una relación de fuerzas global entre las clases para un período dado. Sólo en segundo lugar aparecen las consideraciones puramente económicas, como que la inflación puede expresar también una insuficiente acumulación, por ejemplo, por una escasa tasa de inversión que desaprovecha, o no expande lo necesario, la capacidad productiva. Y decimos que este factor va en segundo lugar porque en realidad está subordinado al primero: cuando la relación de fuerzas no les es favorable, los empresarios retacean la inversión, se quejan al Estado y a “la política” de que no les dan los suficientes incentivos, etc. Ah, pero si la clase obrera es derrotada y por alguna vía se le imponen condiciones laborales espantosas que aumenten la productividad y permitan salarios de miseria y otras ventajas para la patronal, mágicamente reaparece la inversión que parecía imposible de atraer.

Esta dependencia última del factor económico (decisiones de inversión, y por extensión relativa calma inflacionaria) del contexto político-social más de fondo (las relaciones de fuerza entre las clases) es tan evidente que los mismos economistas del sistema que recitan ecuaciones y modelos matemáticos con aire profesoral son los primeros en reclamar –y aplaudir, cuando se consiguen– ventajas extraeconómicas –en lo posible, sancionadas legalmente para darle continuidad– para la clase capitalista. Instinto de clase mata pedantería académica.

Hay dos ejemplos no tan lejanos de cómo la “solución” del problema de la inflación estuvo atada al factor político de la lucha de clases, y no a ningún plan genial de premios Nobel de Chicago o Harvard, como tampoco a ninguna medida “técnica”: los períodos 1976-1980 y 1993-2001 en la Argentina. En ambos hubo “paz inflacionaria” –en los 70, desde un piso muy alto cercano al 100%, pero estable–, pero sobre la base de una derrota de la clase trabajadora y un cementerio social (en el caso de la dictadura militar, un cementerio a secas con 30.000 desaparecidos). Pero aun en esos casos en que aparentemente fue controlada a los niveles “internacionalmente aceptados” (aclarando que en los 70 los criterios eran mucho más laxos que a partir de los 90), la inflación en la Argentina vuelve siempre, porque no puede superar sus desbalances estructurales, tanto generales como particulares.

Algunos de esos desbalances son no especialmente argentinos sino comunes a toda la región, e incluso a la mayoría de los países periféricos con una posición subordinada en la división mundial del trabajo. Es importante dar cuenta de ellos, porque hacen a las condiciones más estructurales y profundas de los problemas del capitalismo argentino. Sin embargo, veremos más abajo que estos factores generales deben combinarse e integrarse a otros que sí son particulares de la economía y la formación social argentinas para poder aportar una explicación más completa de la especificidad de su tradición inflacionaria.

En tanto país periférico no desarrollado ni realmente industrializado, Argentina sufre de la llamada “restricción externa”, que no es otra cosa, en último análisis, que un desbalance crónico en las entradas y salidas de divisas (moneda de cambio internacional). En términos técnicos, la cuenta corriente externa (la sumatoria de los ingresos y egresos de divisas por todos los conceptos) tiende a ser crónicamente deficitaria. Dicho simplemente, el total de dólares que entran al país es siempre menor al total de dólares que salen del país.

No se trata sólo del comercio exterior. En verdad, el comercio exterior suele ser el único rubro superavitario, porque es el que debe al menos intentar compensar el déficit en todos los demás. Aun así, y como país que exporta esencialmente materias primas y derivados, a la vez que importa bienes industriales y terminados, Argentina (al igual que otros países periféricos) se ve perjudicada por lo que se llama el deterioro de los términos de intercambio. Esto es, que, en términos relativos, lo que el país exporta vale menos en relación con lo que importa: por ejemplo, si hace 20 años hacían falta x toneladas de soja para comprar maquinaria especializada, hoy hace falta un número mayor, no menor, de toneladas de soja para comprar la misma maquinaria.[10]

Sin embargo, la mayor fuente del desbalance está en dos rubros: las inversiones externas y, sobre todo, el peso del servicio de deuda externa. Las inversiones extranjeras, cuando llegan, representan un ingreso de divisas (y por eso suelen ser tan bienvenidas). Pero, a medida que esas inversiones prosperan, comienza un flujo de divisas en sentido inverso: a saber, las remesas de ganancias que obtienen las compañías extranjeras que operan en suelo argentino. Por eso es que cuando la “restricción externa” aprieta, una de las medidas habituales es restringir el “libre mercado” desde el Estado y regular, o en casos extremos interrumpir (como ocurrió durante buena parte del segundo mandato de Cristina Fernández) esas remesas de divisas para “cuidar los dólares”. El nombre argentino de estas medidas es conocido: el cepo. Y tan fuerte es la necesidad de divisas que ni siquiera el “anarco-libertario” Milei pudo todavía terminar de liberar el flujo de remesas de las compañías multinacionales a sus casas matrices.

De todos modos, la gran bomba de succión (hacia afuera, claro) de las divisas del país es, por supuesto, el servicio de deuda. Este año y el próximo, sin ir más lejos, habrá que pagar, entre acreedores privados y organismos internacionales, más de 20.000 millones de dólares por año, cifra que ni remotamente el país y el Estado están en condiciones de pagar. De todas maneras, hay presiones feroces del FMI y de los acreedores para que el Banco Central acumule todo el nivel de reservas que pueda a fin de hacer frente a esos pagos.

La cuestión de fondo es que mientras la cuenta corriente de divisas del país sea deficitaria, se genera una presión permanente a la devaluación de la moneda local. ¿Por qué? Porque una devaluación, al reducir el valor de los productos argentinos en el exterior (facilitando las condiciones para aumentar las exportaciones) y encarecer las importaciones, estimula un aumento del superávit de la balanza comercial, lo que ayuda a restablecer el equilibrio. Así, las devaluaciones apuntan a reinsertarse competitivamente en el mercado mundial. Pero esta forma de “superar” el atraso tecnológico restablece la renovada suba de precios y salarios, ya que la suba del tipo de cambio nominal acelera la inflación.

Un derivado importante de esta configuración es que como resultado de las presiones fiscales que genera el déficit crónico de divisas, el Estado capitalista mismo vive en estado de penuria y estrechez financiera también crónicas. Algo que se manifiesta, por ejemplo, en que casi nunca está en condiciones de acometer grandes obras de infraestructura necesarias para elevar la productividad promedio de toda la economía. En Argentina, eso es palmario: como el gasto público está tironeado entre el gasto social como compromiso con la estabilidad política y el servicio de deuda como tributo a su posición periférica, rara vez (y cada vez menos) queda “saldo” para la obra pública y la conformación de una arquitectura económica estatal básica. Así, y sólo considerando el estrecho criterio de mejorar la capacidad exportadora, este país no expande red ferroviaria de carga, no tiene flota mercante marítima ni fluvial, no tiene puertos de aguas profundas importantes, su red de tendido energético está siempre al borde del colapso y un largo etcétera. Sin embargo, con las variaciones de detalle, modo y profundidad del caso, estas características son bastante compartidas con países en posición similar a la Argentina (aunque aquí se agrava por factores que enseguida veremos).

Hasta ahora hemos visto cómo funciona esta configuración económica en los países periféricos. Lo que requiere mayor explicación es por qué en Argentina la estrechez fiscal y la presión devaluatoria generan no un aumento moderado y temporario de la inflación (que es lo que sucede en la mayoría de los países), sino un proceso inflacionario de mucha mayor duración, extensión y profundidad.

… y sus crisis inflacionarias en particular

La clase capitalista argentina no ha sido nunca, en toda su historia, destacada por sus cualidades innovadoras, emprendedoras o arriesgadas. Por el contrario: por razones muy ancladas en la configuración misma del capitalismo argentino desde sus inicios,[11] su perfil ha sido siempre, incluso en comparación con sus congéneres de otras latitudes y hasta de países vecinos, el de una clase timorata, conservadora, acomodaticia, con clara aversión al riesgo y una firme vocación por extraer del Estado el máximo beneficio inmediato, desentendiéndose a la vez cuanto le sea posible de las potencialidades y necesidades a largo plazo del propio capitalismo argentino. Es por eso que en Argentina –aquí sí en consonancia con la mayoría de, aunque no todos, los países periféricos– jamás pudo hablarse seriamente de “burguesía nacional”, en el sentido de clase capitalista con proyecto de país estratégico y propio, junto con la determinación política y económica para llevarlo adelante.

Sobre este telón de fondo se asienta lo que es a nuestro juicio el cambio estructural más profundo de la economía argentina en las últimas décadas: su integración a la ola de globalización capitalista en los años 90 de manera completamente subordinada, empírica, sin plan alguno y bajo la forma casi de un sálvese quien pueda. El saldo de ese proceso fue una drástica reducción y concentración de lo que quedó de la burguesía argentina, en el marco de una extranjerización tan profunda de la estructura productiva y exportadora que casi no reconoce precedentes para un país del tamaño e importancia de la Argentina.

A ese elemento se sumó otro, específico de las condiciones políticas y económicas con las que el gobierno de Menem entró al nuevo mundo del capitalismo globalizado y rampante en el mundo tras la caída del Muro de Berlín: un bimonetarismo que renovaba, pero de manera mucho más profunda y estructural, momentos y tendencias de períodos anteriores.

Muchas veces se ha subrayado la “dependencia de cultura financiera” respecto del dólar que tiene la clase capitalista (y sectores de las demás clases que la ven como “modelo aspiracional”). Ese aspecto, sin ser por supuesto el decisivo, se suma a los que sin duda son los factores más importantes en las sucesivas crisis económicas e inflacionarias, los ya citados desequilibrio cambiario crónico, “restricción externa” e insuficiente acumulación capitalista.

En ese marco, el economista de derecha Guillermo Vitelli sostiene, para nosotros con razón, que las grandes rupturas de la estabilidad de precios en Argentina desde 1948 se deben a devaluaciones, no a la emisión monetaria: lo que inicia la estampida es el movimiento del tipo de cambio (es decir, la devaluación, ya que el “movimiento” es siempre en el sentido de desvalorizar la moneda local), y el reemplazo de las funciones del dinero local, en grado cada vez mayor, por el dinero-divisa, el dólar.

La devaluación, como vimos, acelera la inflación y la “puja distributiva”. Por eso, llegado un punto los gobiernos intentan reducir el circulante para quebrar la rueda y anclar la inflación a través de una estabilización relativa del tipo de cambio. A esto han recurrido todos los gobiernos, sin excepción, desde 1983 y aun desde antes, con la excepción del segundo mandato de Menem (que reemplazó la devaluación con un endeudamiento brutal que duplicó la deuda externa entre 1989 y 1999; pésimo negocio).

A este elemento diferencial que señala Vitelli corresponde, a nuestro entender, agregar la puntualización de que el peso del factor cambiario se ha hecho cualitativamente mayor desde los años 90, cuando se consolida de derecho y sobre todo de hecho un régimen bimonetario en el país. A punto tal que, si vamos al detalle, absolutamente todas las crisis económicas desde entonces –e incluso desde antes, si contamos el Rodrigazo de 1975, la crisis de la “tablita” de Martínez de Hoz en 1980 y las crisis hiperinflacionarias de 1989 y 1990– han tenido como disparador inicial una crisis cambiaria, o la amenaza de una crisis cambiaria, que opera siempre como el eslabón más débil de una estructura económica y financiera que nunca fue robusta.

El bimonetarismo sanciona oficialmente la “cultura del dólar”, que es tomado por todos los “agentes económicos”, desde el CEO de Techint hasta un ferretero de Banfield, como la medida del precio de referencia de todas las cosas, desde la tasa de ganancia de las multinacionales hasta los repuestos de los autos y el sachet de leche. Y la primera consecuencia macroeconómica de este estado de cosas es profundizar los ya muy presentes rasgos parasitarios, prebendarios y conservadores de la burguesía argentina. El empuje emprendedor, “optimismo espontáneo” y “animal spirits” que Keynes consideraba consustanciales a la clase capitalista nunca fueron muy populares por estas pampas…

Por el contrario, la conducta más característica de la burguesía argentina –y de los sectores sociales que la tienen como espejo– es, desde hace décadas, el atesoramiento y la fuga de divisas puestas a buen resguardo, lejos del alcance de la legislación, los bancos y el Estado argentinos, y preferentemente en paraísos fiscales (industria de lo más floreciente del capitalismo global).

En otras oportunidades[12] hemos consignado un rasgo auténticamente excepcional de la clase capitalista argentina: el volumen físico de divisas líquidas que tiene disponibles y a la mano, pero siempre convenientemente fuera del circuito económico local. Esto es, en bancos radicados no en la Argentina, sino en Delaware, Panamá, las islas Caimán, Luxemburgo o (los más modestos) en Uruguay o en “el colchón” (es decir, efectivo guardado en cajas de seguridad de bancos locales o literalmente en el colchón de la casa). Esa cifra llegó a rozar los 450.000 millones de dólares sin contar activos físicos (casas, autos, yates, joyas, etc.). El famoso “se robaron un PBI”, como hemos dicho muchas veces, es bastante cierto; lo que no se dice es que la perpetradora del robo fue la burguesía argentina en su conjunto. Para decirlo breve y simple: no hay país de tamaño e importancia comparable a la Argentina donde suceda nada parecido.

Agreguemos aquí que el bimonetarismo es un factor adicional de debilitamiento de la capacidad económica soberana del país. En efecto, si el dólar da la medida de los demás precios, y la oferta de dólares la maneja un puñado de conglomerados agrícolas, mineros o financieros, el propio Estado y la sociedad toda serán siempre rehenes de los grandes capitalistas con acceso al mercado mundial y a la moneda extranjera. Ni el Estado capitalista ni los gobiernos de turno tienen el control real de los movimientos de divisas, que queda en manos de los grandes exportadores… y los grandes acreedores. Son ellos los que abren o cierran la canilla de entrada y salida de dólares, sin que las (muy tímidas) regulaciones existentes hagan mayor diferencia para el erario público.

En suma, el Estado no tiene –bajo los K, no se atrevió a tener; bajo Milei, orgullosamente afirma que no debe tener– ningún manejo real de la oferta genuina de divisas, la que proviene del comercio exterior. Lógicamente, mientras esa situación se mantenga, será imposible domar la inflación, en tanto ésta siga el camino de un mercado cambiario estrangulado por la escasez (artificial, o deliberada) de divisas.[13]

El bimonetarismo no es un fenómeno puramente financiero o macroeconómico, sino muy real, cotidiano y microeconómico: los precios de las casas están en dólares, los autos usados se venden en dólares, los departamentos en zonas balnearias y turísticas se alquilan en dólares… ¿para qué seguir? La “cultura del dólar” significa que desde las transferencias millonarias entre empresarios –por más que no sean de comercio exterior– hasta la venta de una campera usada entre dos particulares se hacen en dólares billete, o al menos a precios dolarizados.

Eso explica también otra “excepcionalidad argentina”: como decía con perfecto cinismo el ex funcionario macrista Nicolás Gadano –citando datos oficiales del gobierno de EEUU–, “los argentinos” (es decir, los capitalistas argentinos) tenían hasta no hace mucho, en efectivo, 200.000 millones de dólares, cifra que representa el 10% del total de los dólares en circulación en el mundo y el 20% de los dólares que circulan fuera de EEUU. Hasta se daba la surrealista situación de que “los argentinos” tenían más dólares en efectivo per cápita (4.400) que los propios estadounidenses (3.100) (El Cronista Comercial, 26-9-21).

No sabemos cuál será la proporción ahora, pero estamos seguros de no equivocarnos al afirmar que ni Milei ni mucho menos Luis Caputo (que con increíble impunidad advierte que no piensa traer ni uno de sus dólares del exterior) operaron el milagro de que la burguesía argentina abandone el billete verde y abrace la moneda vernácula. En el mejor de los casos, si trajeron dólares fue exclusivamente para hacer “carry trade” financiero, comprando pesos y cobrando jugosas de interés para, con el acumulado, comprar más dólares y llevarlos de regreso al exterior.

Así, vamos cerrando el círculo de la “excepcionalidad argentina”. ¿Por qué este país tiene desde hace décadas una inflación excepcionalmente alta comparada con el resto del mundo? ¿Cuál la “anomalía argentina” que explica esa excepcionalidad?

Nuestra tesis es que esa anomalía no reside en los factores estructurales comunes a países similares, sino precisamente en los factores diferenciales, los que existen en la Argentina y no en el resto. Y de esos factores diferenciales económicos (enseguida veremos los político-sociales), el principal es la combinación del bimonetarismo generalizado y la (parafraseando a Keynes) “propensión al atesoramiento”, no a la inversión y la acumulación, de la clase capitalista argentina.[14]

El dólar cumple demasiadas funciones a la vez en la economía argentina: ancla inflacionaria (si el tipo de cambio está quieto, la inflación no se desboca); moneda real de todas las transacciones importantes;[15] por ende, moneda de ahorro real de todas las clases y sectores sociales (que puedan y cuando puedan ahorrar); refugio de valor de las ganancias acumuladas (¡y no invertidas!) de la clase capitalista; respaldo financiero del Estado (las reservas del BCRA se miden, cada vez más, en dólares cash); moneda de pago de los créditos que toman tanto el Estado como los privados, y podríamos seguir.

Si se quiere una síntesis abusivamente simplificada del argumento, es éste: la excepcional inflación argentina obedece, desde el punto de vista económico, a una excepcional penuria de dólares agravada por un bimonetarismo excepcional y un atesoramiento excepcional de la clase dominante argentina, que deja al Estado en situación excepcionalmente frágil y exangüe para amortiguar crisis externas y cambiarias.

Cuando la “lucha contra la inflación” se vuelve lucha de clases

Así las cosas, no es de extrañar que la primera señal de alarma que suena siempre ante cualquier desequilibrio macroeconómico sea la del tipo de cambio. Y, como vimos, incluso cuando el elemento de fondo que hace crujir la economía argentina sea normalmente una crisis del sector externo (pago de la deuda, como en 2001), el primer lugar donde repercute, desde el punto de vista de la dinámica cotidiana, es en el tipo de cambio. En Argentina, toda crisis económica se anuncia primero, y termina muchas veces manifestándose como, crisis cambiaria. Y a ella le sigue, como la sombra al cuerpo, la crisis inflacionaria.

Sucede a veces que la crisis cambiaria es preventiva de una crisis mayor, como ocurrió en 2018 con Macri: la desconfianza de los grandes inversores –la estampida la inició la banca JP Morgan– de que el Estado estaba en condiciones de sostener el absurdo carry trade cambiario derivó rápidamente en disparada del tipo de cambio, que sólo pudo ser frenada con la “inyección de confianza” del mega préstamo del FMI.

El reingreso del FMI frenó –momentáneamente y a un costo altísimo, siguiendo al milímetro el guión de la década menemista– la crisis fiscal y externa. Pero, por supuesto, ya era tarde para frenar la escalada de precios: el índice de inflación volvió ese año al rango del 50%, pulverizando la delirante profecía de Macri, Prat Gay, Sturzenegger y Caputo de que el índice inflacionario iba a “volver a un dígito en dos o tres años”. Si les suena, es porque es lo mismo que volvimos a escuchar bajo Milei, con los mismos personajes, las mismas premisas y, muy probablemente, los mismos resultados.

En cuanto a las promesas/ruegos/amenazas de este gobierno, nos apresuramos a aclarar que toda la magia antiinflacionaria de Milei tiene patas cortísimas, porque en el fondo no consiste en otra cosa que en anclar la inflación vía sostener artificialmente un tipo de cambio irreal. Haciendo honor a la teoría de las “expectativas racionales” de los agentes económicos, Milei apuesta a que esta vez los inversores (y el mismo FMI) no se asusten con las cuentas que no cierran por ningún lado, y a que en cambio le concedan el tiempo necesario para las “reformas estructurales” que, se supone, van a modificar de raíz la forma de funcionar del capitalismo argentino.

Desde ya, esa meta es utópica si se refiere a torcer la conducta histórica de la burguesía argentina. Pero en realidad Milei, su gobierno y la mayoría de la clase capitalista que –cada vez con más dudas, reparos y temores– lo sigue sosteniendo apuntan a otro tipo de modificación estructural del capitalismo argentino: la de lo que Marx llamaba, como vimos, el “componente histórico, social, moral y cultural” del valor de la fuerza de trabajo.

Y esto hace al otro aspecto, el político-social, de la “excepcionalidad argentina”, que se combina con los elementos económicos señalados. A saber, que desde 1945,[16] con fuertes idas y venidas pero sin desaparecer del todo jamás, se ha conformado una especificidad argentina de ese “componente histórico, social, moral y cultural” de una clase trabajadora. Integran esa ecuación algebraica y aparentemente abstracta, pero muy real, factores como el peso importante del empleo industrial en el conjunto de la clase obrera, su carácter aplastantemente urbano, su nivel cultural y de cualificación laboral comparativamente más alto que el de la mayoría de sus congéneres de la región y, sobre todo, un nivel de sindicalización y de organización obrera al interior de los lugares de trabajo que se ha mantenido incluso bajo la dictadura militar y que representa, también aquí, una “anomalía argentina”.

Desde el punto de vista de las rémoras estructurales de la economía argentina, Milei no sólo no ha cambiado nada hasta ahora sino que corre el serio riesgo de caer víctima de las mismas encerronas irresolubles que los gobiernos argentinos anteriores de todo signo. En cambio, la apuesta fuerte de la clase capitalista y el potencial peligro del “experimento Milei” [17] para la clase obrera está sobre todo en el nivel político-social, es decir, en su intento de propinar una derrota a la clase obrera y cambiar de manera duradera las relaciones de fuerza entre las clases.

Pero es una apuesta tan grande, tan ambiciosa, y para la cual el personal político de este gobierno parece tan desproporcionadamente por debajo (Adorni es sólo el último papelón, pero no olvidemos los de Karina, Bullrich, Caputo, Sturzenegger… y Milei), que no es de extrañar que hasta los propios capitalistas que tienen el mismo sueño húmedo de Milei de una Argentina con clase obrera derrotada empiecen a pensar que los riesgos se están volviendo, acaso, demasiado grandes.


[1] No consideramos la inflación de 2023 (211,4%) porque incluye el 25,5% de diciembre de ese año, que es pura responsabilidad de la devaluación de Milei, lo que distorsiona la comparación.

[2] Obviamente, para los años 2007-2015 tomamos el llamado “IPC Congreso”, un promedio de estimaciones de consultoras, y no el ridículo índice oficial del INDEC de Guillermo Moreno. Esas consultoras, desde ya, no eran ni son ninguna garantía de fiabilidad técnica y control de sesgo, pero no había mucha otra opción, y casi cualquier cosa es mejor que un índice dibujado a punta de pistola.

[3] La famosa fórmula de Friedman es MV = PT, esto es, la oferta de dinero (money supply, o M) por la velocidad de circulación de ese dinero (V) equivale a los precios (P) por la cantidad de transacciones (T). Como la velocidad de circulación y las transacciones pueden considerarse variables dependientes o manejables, la versión simplificada es M = P, es decir, los precios dependen de la oferta de dinero (la emisión monetaria).

[4] Un ejemplo de los trastornos que puede generar el corte súbito del flujo estatal de fondos en ciertas áreas es lo que sucede en EEUU cuando –por razones propias de imbecilidad institucional yanqui, inexistente en cualquier otro país serio, o no serio– se da un “shutdown”, es decir, un “cierre del Estado” que interrumpe el pago de sueldos e insumos a áreas enteras del Estado como parques nacionales, servicios administrativos y de salud, etc.

[5] Aunque lo tomamos con sorna, el “factor expectativas” en realidad sí existe y tiene su peso, pero sólo tiene sentido si se lo considera en el marco y como acelerador de un proceso inflacionario (o desinflacionario) preexistente y que tiene otro origen propio. Lo desatinado es suponer que se trata de un factor autónomo –y por añadidura, el fundamental– para disparar un proceso inflacionario desde cero, por así decirlo.

[6] Disculpando el tecnicismo, para Keynes la fórmula del valor es Inversión + Empleo + Ganancia, lo que puede verse como una tosca equivalencia de la fórmula de Marx: Capital Constante (infraestructura y equipos) + Capital Variable (gasto en salarios) + Plusvalor (origen de la ganancia que deriva del trabajo no pagado): c + v + pv. Pero para Keynes el origen de la ganancia es la inversión, no el empleo (para Marx, por el contrario, el origen de pv es siempre v, nunca c). De allí que para Keynes, si la inversión es constante y hay suba de precios… el responsable es el empleo (es decir, los salarios “excesivos”). Kalecki, en el mismo sentido que Keynes, ¡iguala la inversión con las ganancias! La sola idea de poner este esquema en el contexto de la clase capitalista argentina nos arranca una sonrisa. Como se lamentaban en un reciente coloquio de IDEA, acaso el principal think tank empresario del país, los capitalistas argentinos “no quieren ceder para poder crecer”. Traducción: no quieren renunciar ni a un centavo de sus ganancias, incluso si esa conducta es un tiro en el pie para el crecimiento futuro de la economía y de ellos mismos.

[7] Por otra parte, los progres K o filo K ni siquiera son consecuentes con sus propios diagnósticos, ya que todos los intentos –o más bien, amagos– del kirchnerismo por establecer controles de precios o limitar las “ganancias monopólicas” fracasaron estrepitosamente, en primer lugar por falta de voluntad política real de ir a un encontronazo con las grandes empresas.

[8] Para no abundar, no tratamos aquí la llamada “moderna teoría monetaria” –es decir, moderna hace cuatro o cinco años, en plena pandemia; ya pasó de moda…–, que sintéticamente proponía liberar a los bancos centrales de la obligación de las metas de inflación y ponerse a emitir alegremente porque, argumentaban, no acarrearía las terribles consecuencias que temen los neoliberales. Pero, como teoría de la inflación, este experimento es poco más que una versión aggiornada de otro socialista utópico premarxista, Pierre-Joseph Proudhon, y su teoría de la primacía de la circulación por sobre la producción.

[9] Por si hace falta, aclaramos que el hecho de que no existan “leyes económicas” de validez “suprasocial”, esto es, separada de las relaciones entre las clases, no significa que en ese marco no haya leyes propiamente económicas. Postular que las leyes económicas pueden pasar por encima de la vida y la lucha social es economicismo, no marxismo. Por otro lado, sostener que sólo hay leyes de la lucha de clases y que no existe una dialéctica entre dinámica social y leyes económicas específicas del capitalismo es un abuso teórico en el que parecen caer marxistas como Harry Cleaver en su en otros aspectos valioso The fragile Juggernaut, Brill, Leiden-Boston, 2024.

[10] La relativa reversión de ese proceso, es decir, una recomposición de los términos de intercambio, que tuvo lugar sobre todo en la primera década de este siglo no sólo en la Argentina sino en todo el mundo “emergente” y periférico, no es un desmentido, sino una confirmación de la norma: se trató de un fenómeno señalado y estudiado en su momento precisamente por haber sido tan excepcional (derivado de un proceso también excepcional, el boom de commodities disparado por la acelerada expansión del capitalismo en China).

[11] Tema en el que no podemos detenernos aquí, pero sobre el cual recomendamos vivamente una lectura atenta y crítica de la obra del marxista argentino Milcíades Peña, Historia del pueblo argentino.

[12] Ver, entre otros, M. Yunes, “Notas para un diagnóstico marxista de la economía argentina”, 25-6-2023, en izquierdaweb. Hemos incorporado, de manera más desarrollada, algunas ideas de ese texto en el presente trabajo.

[13] Por esa razón, ninguna de las fuerzas capitalistas podrá salir del círculo de hierro de la penuria de divisas, que presiona al alza del tipo de cambio, que a su vez presiona a la suba de la inflación. Los neoliberales porque no quieren, y los “progres” porque dicen que no se puede, enfrentar el monopolio de hecho de manejo de divisas que ejerce la burguesía exportadora y financiera. Pero, parafraseando a Lenin, fuera del monopolio del comercio exterior y del control estatal de la cuenta corriente externa, todo es ilusión, incluido el combate al principal factor económico estructural de la inflación.

[14] Eso es lo que explica que, por ejemplo, jamás haya existido en la Argentina un “mercado de capitales” como sí lo hay en Brasil, Chile, México, etc. Para que exista, los capitalistas argentinos deberían dejar sus ganancias en el sistema financiero local, pero lo que hacen es lo contrario: transformarlas en divisas y fugarlas. El único intento serio y a escala ponderable en las últimas décadas fue la implementación del sistema de jubilación privada con las AFJP en los 90, es decir, ¡crear un mercado de capitales para los inversores capitalistas… con los aportes de los trabajadores! No faltan en este gobierno cráneos que proponen alguna forma de reedición de eso. Lo que nadie propone –salvo los plegarias de Luis Caputo, jamás atendidas– es que la burguesía argentina traiga sus dólares del exterior.

[15] Hemos señalado más de una vez lo demencial que fue y es haber instituido y legalizado las transacciones inmobiliarias en dólares. No sólo por el peso intrínseco inmenso que tiene el sector en cualquier economía, sino porque, al tratarse la vivienda posiblemente del bien más codiciado, como horizonte de estabilidad familiar, por todos los hogares, obliga de hecho a la casi totalidad de la población a medir todo (salario, capacidad de ahorro y condiciones de endeudamiento) en la moneda de la transacción, el dólar. La primera medida para empezar a erradicar el bimonetarismo argentino debe ser abolir este despropósito.

[16] En ese sentido, no se equivocan los voceros de la clase capitalista cuando se quejan de los “80 años de peronismo”. Considerada como la suma de años de gestión de gobiernos peronistas, la cifra es, por supuesto, un despropósito. Pero, con certero instinto de clase, los estrategas de la burguesía no se refieren a eso, sino a algo más profundo: la continuidad, bajo gobiernos de distinto signo, incluyendo dictaduras varias, de aquel “componente histórico, social, moral y cultural” de la clase obrera argentina –tradición, organización, nivel de calificación, peso social– que sostiene su capacidad de lucha. O para usar una gráfica expresión de un viejo funcionario radical del gobierno de Alfonsín, Adolfo Canitrot, cada vez que la atacan, “la clase obrera se defiende como gato panza arriba”.

[17] Dos breves notas sobre la cuestión industrial. Primera: el “experimento Milei”, si logra graduarse de proyecto, deja afuera a la casi totalidad de la industria argentina tal como es hoy. Es decir, en su mayor parte atrasada, ineficiente, dependiente de cuotas y subsidios, poco competitiva… pero esencial para el entramado laboral y social del país. Qué piensa hacer la burguesía industrial con esa perspectiva es una margarita que todavía está deshojando, pero le queda poco tiempo para decidirse. Segunda: no hay que creer ni por un minuto en la profesión de fe industrialista que hace el peronismo-kirchnerismo-kicillofismo. Eso es para la tribuna y para las elecciones, y en el mejor de los casos los industriales encontrarán sonrisas y empatía allí donde el mileísmo les pone cara de perro, pero no mucho más. Los economistas “progres” abandonaron la utopía industrialista hace rato, cuando descubrieron que tal cosa no puede existir sin un generosísimo apoyo estatal que no estarán en condiciones de dar (la plata es para la deuda, vio). Ni los K ni los industriales tienen un proyecto de desarrollo capitalista industrial; para que lo hubiera, tendría que inventarlo el Estado, como ocurrió en otros (muy pocos) países periféricos. Las ideas que se le caen al kirchnerismo son de corto plazo e insuficientes, y se reducen a esto: cariñosas palmadas en la espalda a las pymes y extractivismo (litio y Vaca Muerta), en asociación íntima con multinacionales, que le dé divisas al Estado para mediar y arbitrar con una clase capitalista que, para colmo, lo odia.

Seremos directos: Te necesitamos para seguir creciendo.

Manteniendo independencia económica de cualquier empresa o gobierno, Izquierda Web se sustenta con el aporte de las y los trabajadores.
Sumate con un pequeño aporte mensual para que crezca una voz anticapitalista.

Me Quiero Suscribir

Sumate a la discusión dejando un comentario:

Por favor ingrese su comentario!
Por favor ingrese su nombre aquí