Coyuntura

Polarización por arriba, movilización por abajo

La enorme movilización del 8M, así como los conflictos contra la miseria salarial que empiezan a surgir en distintos sectores muestran que no todo el polarización en las alturas por el control del poder judicial, y que la agenda de los partidos capitalistas está de espaldas a las necesidades de los trabajadores, las mujeres y la juventud.



El oficialismo y Juntos por el Cambio vienen protagonizando una pelea que escala día tras día en sus niveles de confrontación. Sin embargo, los ejes de la pelea en curso, por muy subida de tono que venga, distan de ser de interés para la vida de los trabajadores, las mujeres y la juventud.

La polarización en curso beneficia a ambas expresiones de la política patronal en nuestro país. Las amenazas judiciales sobre ambas fuerzas patronales (por un lado los juicios contra el kirchnerismo, así como las amenazas de investigación contra Macri) por momentos busca generar la sensación de que «quien pierda la elección irá preso». Esta polarización, de cara a la disputa en las urnas que se avecina, opera para que cada elector elija en defensa de una de estas dos expresiones políticas capitalistas.

La radicalización del discurso en el peronismo logró alinear a la tropa luego de una crisis política que amenazaba con desmoralizar a una parte importante de su base militante y simpatizante, la cual venía percibiendo a Alberto (ala moderadad del Frente de Todos) como «tibio». Pero algunos acontecimientos obligaron a mover fichas, repasemos brevemente.

Primero estuvo la arremetida por parte de la derecha por el escándalo de las vacunas vip. Por esos días cayó la condena a Lázaro Baez y compañía. La situación del vacunatorio vip despertó una justa indignación entre amplios sectores de trabajadores que esperan su turno para ser vacunados, pero también fue aprovechada por la derecha para arremeter con una catarata de denuncias contra los funcionarios del gobierno. La crisis política desatada se llevó puesto al ministro de salud, Ginés, y tuvo en vilo al gobierno durante varios días. También estuvo la ridícula provocación fascista de las bolsas negras en plaza de mayo, donde la derecha demostró toda su putrefacción y despertó el repudio de amplios sectores.

El contraataque no se hizo esperar: Alberto y Cristina dieron encendidos discursos contra el poder judicial y hasta amenazaron con investigar a Macri por la toma de deuda durante su gobierno. Aunque todavía es mayor la carga política que las consecuencias reales (la investigación contra Macri avanzó con una denuncia al BCRA que todavía no tuvo implicaciones, y aún no se tomó ninguna medida sobre el poder judicial amén de un proyecto de ley trabado en diputados), la subida de tono en el debate público bastó para que la oposición reaccionaria ponga el grito en el cielo contra la «violación de la división de poderes».

Este nivel de confrontación implicó nuevas bajas en el equipo de gobierno oficialista. Las últimas noticias trascendidas anuncian la renuncia de la ministra de Justicia, Marcela Losardo, quien tiene vínculos más amistosos que los convenientes con los jueces de la corte en momentos en que el horno no está para bollos. Quien la reemplazaría podría ser Martín Soria, ex-intendente de la ciudad de Gral Roca (Río Negro) y actual diputado del Frente de Todos. Con estos cambios, el oficialismo se vuelve más confrontador, alejándose del perfil «amplio» que representaba Alberto al comienzo de su mandato, lo cual multiplica las dificultades para ganar apoyo de sectores de la burguesía.

Las movilizaciones en Formosa de los pequeños comerciantes anti-cuarentena contra las medidas sanitarias restrictivas del gobierno de Gildo Insfrán (y la brutal represión que desató contra las mismas) dieron nuevamente la oportunidad a Juntos por el Cambio de expresarse contra la «dictadura K». Allí cobró protagonismo la representante más reaccionaria de la coalición opositora, Patricia Bullrich, situación que está desesperando al ala moderada representada por Larreta y Vidal. El protagonismo de Bullrich atiende a sólo un sector de la base electoral de Juntos por el Cambio, el que se ubica más a la derecha del arco político, dejando espacio hacia el centro que puede ser capitalizado por el peronismo y otras fuerzas.

«Vamos a apoyarlos en esta lucha por los DDHH y el trabajo», tuiteó mientras se lustraba las botas militares, la misma ministra responsable de la desaparición forzada de Santiago Maldonado y defensora de la doctrina Chocobar. La hipocresía oportunista de la ex ministra de seguridad tuvo algo de eco debido a la dureza de las imágenes explícitas de la represión formoseña. Alberto se mostró pronto en apoyo a Gildo, y hasta desde organismos de derechos humanos salieron a respaldarlo, más elementos de polarización.

Pero en el llano lo que se sufre es el aumento de los precios, los salarios de miseria, la falta de vivienda y trabajo genuino, y la terrible escalada de la violencia de género. La novedad es que, a pesar de intentar ser asfixiados por la polarización superestructural magnificada por los medios, estos reclamos se empiezan a abrir paso.

El 8 de marzo vino a demostrar la enorme dinámica que tiene la lucha en las calles en nuestro país aún en pandemia, estrategia a la que no apuesta ninguna de las fuerzas patronales y que otorgó un gran protagonismo a la izquierda, representada por organizaciones como Las Rojas y el Nuevo MAS. A pesar de los intentos de desmovilizar por parte de las agrupaciones peronistas, miles de mujeres coparon las calles en todo el país poniendo eje en el problema de los femicidios.

La pandemia de violencia de género pone en cuestión a un gobierno que se presenta discursivamente como «antipatriarcal» y de corbata verde mientras sigue subsidiando a la iglesia y la educación católica, y no tiene un plan verdadero para construír viviendas y acompañar a las víctimas de violencia. Los discursos de Fernández culpan a la sociedad por la violencia, al caracterizarla «un problema cultural». La desidia del Ministerio de Mujeres, Géneros y Diversidad es palmaria cuando varias de las víctimas habían denunciado a sus agresores. Tanto la justicia, la policía como el Estado les dieron la espalda.

Al mismo tiempo, en distintos sectores de trabajadores empiezan a surgir luchas contra la miseria salarial, contra los despidos y la precarización. Miles de trabajadores de la salud en Neuquén están protagonizando una verdadera rebelión, desbordando a su conducción sindical burocrática y peleando contra las paritarias de miseria. Los obreros de la carne de Arrebeef han ocupado su lugar de trabajo contra el Lock Out patronal. Los metalúrgicos de Tenaris Siat enfrentan despidos en la zona sur de Buenos Aires. Además hay conflictos docentes, de repartidores de las apps, de trabajadores del puerto en Mar Del Plata, entre otros.

Todo lo cual indica que, lejos de la polarización superestructural entre las fuerzas patronales, las necesidades de los de abajo no pasan por quién tiene el control del poder judicial ni por una competencia entre fuerzas patronales que han sido igual de ineficaces en el control de la pandemia, sino por la posibilidad de llegar a fin de mes, de tener vivienda y trabajo genuino, de terminar con la opresión y la violencia de género, de recibir la dosis de la vacuna y poder retomar una vida social más normal.

Una agenda que está lejos de ser representada tanto por el Frente de Todos como por Juntos por el Cambio, que se pelean por arriba de espaldas a las necesidades de los trabajadores, las mujeres y la juventud.

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