Vacunas

Pfizer: el lobby de la derecha y la defensa unánime de los negocios de los laboratorios

Un nuevo capítulo de la pelea por la fallida llegada de las vacunas Pfizer al país muestra las miserias y la estrechez política del gobierno y la oposición de derecha mientras se siguen acumulando los fallecidos por la pandemia.

Renzo Fabb
Redacción de Izquierda Web.


Con el testimonio de los representantes de la empresa Pfizer de Argentina en el Congreso, los cruces entre gobierno y oposición por la fallida llegada de vacunas de ese laboratorio se reavivaron ayer.

El texto de la Ley de Indemnidad que el Congreso aprobó en octubre pasado para comenzar a negociar con los laboratorios productores de vacunas habría sido la razón por la que las negociaciones con la empresa norteamericana no llegaron a buen puerto, según explicó la propia empresa en su exposición.

La derecha, a los gritos, llora desconsolada porque Argentina no acordó con una empresa de un país «de bien» como Estados Unidos, al mismo tiempo que de manera demagógica acusa al gobierno poco menos de genocida por no haber traído esas vacunas.

El gobierno, por su parte, se conforma con que Pfizer haya aclarado que ningún funcionario le exigió una coima o la participación de un intermediario en el acuerdo, pero no tiene mucho más que decir sobre el faltante de vacunas más que hacer notar lo difícil que es conseguirlas, como se le ha escuchado decir a Alberto varias veces.

Es difícil, claro, si aceptamos, como hace el gobierno, como una «ley natural» la propiedad privada de las vacunas, que con la necesidad de salud de toda la población está enriqueciendo de manera extraordinaria a un pequeño puñado de empresarios.

Lo curioso es que tanto oficialistas como opositores creen que Pfizer les dio la razón a ellos y no a los otros. Para tratar de entender esta especie de comedia de enredos de mala calidad, veamos un poco más de cerca cómo se explica políticamente este Pfizer-gate.

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La razón por la que no hubo fumata blanca en las negociaciones entre Pfizer y el Gobierno se debieron, según la empresa, a la incorporación de la palabra «negligencia» como posible excepción a la inmunidad legal que los laboratorios exigen para poder negociar vacunas.

Los laboratorios no sólo hacen negocios con las vacunas: también quieren estar seguros de que pueden hacer lo que quieren. En todos los países, estas mega-corporaciones han pedido un marco legal que les garantice tener todo a su favor para salir airosos en caso de que surja algún problema con las vacunas o con los contratos que se firman. Argentina no ha sido la excepción y aprobó una ley en ese sentido que fue suficiente para la mayoría de los laboratorios con los que Argentina negoció, a excepción de Pfizer.

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No contentos con tener todo el marco jurídico a su favor (la ley prevé que en caso de algún posible litigio entre el laboratorio y el Estado argentino, es el laboratorio el que decide bajo qué jurisdicción se desarrollará el mismo) y con hacer ganancias multimillonarias como nunca antes, los norteamericanos de Pfizer consideraron inaceptables que la indemnidad legal de la ley contemple una excepción en caso de «negligencia».

La oposición puso el grito en el cielo y acusó al gobierno de haber incorporado esa palabra adrede, ya que supuestamente tenía de antemano decidido no firmar con Pfizer y priorizar otros acuerdos como los que sí finalmente sucedieron, con AstraZeneca, Rusia y China.

Por un lado, en la mentalidad arrastrada de la derecha neoliberal, está bien garantizarle a las empresas todas las exigencias que quieran. Si ya las condiciones de empresas como Pfizer fueron objeto de críticas en todo el mundo (los acuerdos incluyen cláusulas de confidencialidad, inmunidad legal e incluso la prohibición de donar vacunas), no contentos con ello la oposición pretende una subordinación aun más extrema a las corporaciones. Si fuese por ellos, casi que le entregarían el país a las empresas sin más, como la propia Patricia Bullrich confesó cuando propuso «entregar las Malvinas» a cambio de vacunas de Pfizer.

Por otro lado, su profesión de arrastrados no es sólo a las empresas sino también y principalmente a Estados Unidos. En su columna de hoy, un conocido editorialista de la derecha autóctona se lamenta de que el gobierno no haya firmado acuerdos con ninguno de los laboratorios norteamericanos que producen vacunas (Pfizer, Moderna y J&J), y en cambio sí lo haya hecho con el poco confiable «comunismo» de Rusia y China.

Esto significa que más allá de su convicción ideológica cipaya, la cuestión remite a un problema de alineamiento geopolítico. Como hemos analizado varias veces desde este portal, el reparto de vacunas se ha transformado en uno de los principales ejes ordenadores de la política exterior de los distintos países. En el caso de Argentina, la obsesión de la oposición patronal con Pfizer se explica, en última instancia, por la orientación estratégica que quisieran aplicar para el país: la subordinación total al imperialismo yanqui.

El gobierno y el arte de administrar la miseria

Por su parte, el Gobierno Nacional trata de solventar el faltante de vacunas con pequeños lotes que llegan «de a puchos» y que hacen que el ritmo de vacunación sea lo suficientemente lento como para que los números de contagios, y sobre todo, los de muertos, sigan en cifras gravemente elevadas. Aunque es verdad que esta última semana llegaron contingentes mayores a los anteriores, Argentina está en uno de sus peores promedios de fallecidos diarios por Covid-19 desde que comenzó la pandemia.

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Aunque el gobierno diga que conseguir vacunas «es difícil», no dice nada de que se produjeron en Argentina ya más de cien millones de dosis de la vacuna de AstraZeneca en el laboratorio mAbxcience, propiedad del empresario Hugo Sigman, a quien el ex ministro Ginés Gonzalez García lo calificó en los últimos días de «viejo amigo».

Por esas cosas de la vida (capitalista), la gran mayoría de esas vacunas terminaron en ¡Estados Unidos! quienes encima no las pueden utilizar porque la FDA no aprobó todavía a las de AstraZeneca, de las que se calcula que EE.UU. tiene unos cuarenta millones. Esa sería una de las razones por las que el benevolente Joe Biden las donaría a Latinoamérica (es decir, en el caso de Argentina, de vuelta al país donde se las produjo).

En los hechos, el gobierno no cuestiona de que el faltante de vacunas se debe a su distribución extremadamente desigual, con los países del centro capitalista acaparando millones de dosis que incluso no necesitan. Esto se debe a la propiedad privada de las vacunas y sus patentes, que en su cretinismo el gobierno acepta sin chistar.

El caso del laboratorio de Sigman es sintomático de un sistema hecho a la medida de maximizar las ganancias a costa de los derechos y las necesidades de la población, hecho que se hace aun más criminal cuando de lo que se trata es de vidas en juego. Se trata de millones de vacunas siendo producidas en un país con miles de muertos… pero que se van afuera para hacer ganancias.

Sólo con la producción local de Sigman, Argentina ya hubiese vacunado prácticamente a toda su población y se hubieran salvado miles de vidas. Pero para lograr eso hace falta declarar a mAbxcience de utilidad pública, expropiarlo y ponerlo a producir para el país. Mientras no se tomen medidas anticapitalistas, las vacunas seguiran sometidas a la lógica de la ganancia privada y el lucro, y por lo tanto los países con menos recursos seguirán sufriendo los terribles efectos de la pandemia mientras se enriquecen unos pocos.

Fernández declaró, en su conferencia junto a Putin, que el capitalismo «no funciona». Para su amigo Sigman, por el contrario, funciona perfecto.

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