La visita de Peter Thiel a la Argentina y la amable recepción que le dio el gobierno de Javier Milei abrió un debate acerca de este hombre de inmenso poder y fortuna. Si bien mantiene un perfil más bajo que Elon Musk y tiene unos cuantos dólares menos, probablemente es en los hechos más poderoso y bastante más peligroso.
Mientras Musk sufrió las consecuencias de implicarse directamente en el gobierno de Trump por algunos meses, los negocios de Thiel están imbricados con lo más macabro del aparato de Estado yanqui desde hace más de dos décadas. El dueño de Tesla tuvo una fugaz participación efectiva directa en el gobierno federal de Estados Unidos que empezó y terminó con Trump. Thiel viene teniendo una influencia operativa muy real en el aparato estatal de Washington desde principios de la década del 2000, y ya pasó sin ser tocado por nadie por los gobiernos de Bush, Obama, Trump, Biden y Trump de nuevo. Su empresa Palantir controla y administra lucrativamente, desde poco después de su creación en el año 2003, ni más ni menos que la información de la CIA.
El poder de Thiel es grande. Pero no lo ejerce a la manera clásica de un Rockefeller, siendo parte del sistema político capitalista de Estados Unidos, construido a partir de 1776. Thiel es parte y financista de un grupo ideológico que quiere imponer sobre el mundo utopías capitalistas horrendas e imposibles. Pero aunque sus delirios ideológicos sean delirios, no dejan de tener influencia. La tienen, en particular en la orientación política del trumpismo. La carrera política de JD Vance, el vicepresidente de Trump, es básicamente un capricho cumplido de Peter Thiel. Vance comenzó como su empleado de confianza.
Una de las marcas de la situación internacional reaccionaria es que la extrema derecha es la única en este momento que se permite pensar «utópicamente», mientras la derecha clásica y el progresismo mantienen una posición defensiva del viejo orden. Thiel y los ideólogos ultra reaccionarios de la «Ilustración oscura» a los que financia se imaginan un mundo en el que los multimillonarios de las tecnológicas conquistan la «libertad» y se emancipan de las masas. Creen que las ideas de la igualdad de la Ilustración y las revoluciones burguesas son un grave error histórico, y explícitamente detestan toda forma de «democracia».
En la izquierda, estamos acostumbrados a asociar la palabra «utopía» con los sueños de los primeros socialistas, que se imaginaban que podían crear pequeñas comunidades emancipadas de la desigualdad y la opresión. Este grupo ideológico utópico-reaccionario se imagina, entre otras cosas, un mundo de pequeñas comunidades sin Estado… controladas despóticamente por los empresarios tecnológicos que «compiten» por los ciudadanos.
Esas no son «utopías», nos dirán algunos compañeros, sino distopías. Puede ser. Pero hay que tener en cuenta que las distopías fueron creadas como denuncia, no como programa. Cuando George Orwell escribió 1984, se estaba imaginando el peor escenario posible para la evolución de regímenes como el estalinismo. Y cuando Tomás Moro escribió su «Utopía» no lo pensaba como algo a realizar sino como una buena expresión de deseos. Aunque Fourier y Owen sí se tomaron muy en serio sus proyectos de pequeñas comunidades socialistas.
Thiel financia a un grupo de ideólogos encabezado por Curtis Yarvin con amplia influencia en los círculos de técnicos y ejecutivos de las empresas tecnológicas de Estados Unidos, en particular las de Silicon Valley. En otras circunstancias, sus delirios no habrían pasado el umbral de la marginalidad. Pero su llegada a algunos de los personajes más ricos del mundo y su influencia en más de un funcionario de Trump los ha sacado de la oscuridad que merecen. Y desde una posición de relativa fuerza pretenden imponer sus fantasías horrendas al resto.
Milei recibió con honores y adhesión ideológica, aunque sin muchas pompas, a un poderoso multimillonario que abiertamente detesta los derechos democráticos de las mayorías. En un artículo del 2009 titulado La educación de un libertario, Thiel dijo explícitamente «ya no creo que la democracia y la libertad sean compatibles». Y más adelante explicó por qué: «Desde 1920, el enorme aumento de los beneficiarios de la asistencia social y la extensión del voto a las mujeres —dos electorados que son notoriamente difíciles para los libertarios— han convertido la noción de «democracia capitalista» en un oxímoron».
Los círculos de Sillicon Valley, las grandes empresas tecnológicas y el aparato estatal de Washington
Silicon Valley era un desierto periférico de la ciudad de San Francisco sin ninguna relevancia hasta hace no tanto. La confluencia de la política de inversión masiva en investigación del gobierno federal de Washington con capitales de riesgo lo convirtieron en la meca tecnológica que es hoy. La inversión en investigación (sobre todo pública) y la formación de una capa de técnicos informáticos en torno a centros educativos como la Universidad de California y Stanford fue la base de la formación de las grandes empresas tecnológicas como Google, Apple y Meta.
Thiel es uno de los más importantes miembros de una generación de advenedizos capitalistas que se hicieron ridículamente ricos ridículamente rápido en ese ambiente. En las últimas décadas, todos ellos fueron ganando cada vez más poder e influencia, y su ascenso y su posición social ha hecho de ellos multimillonarios completamente ajenos a la vida de las inmensas mayorías.
Silicon Valley es el hogar de una capa de técnicos de grandes empresas en el que prolifera la ideología de que de su sola actividad tal cual es, con la mera aceleración del avance tecnológico, es que la humanidad puede esperar todo progreso. Siendo uno de los grandes centros de las tecnologías que condicionan la historia del mundo en las últimas décadas, que allí prolifere la ideología de que de su tecnología es a lo que el mundo debe mirar si quiere conocer su destino es una cosa hasta casi normal. Su tecno-optimismo es el de quienes no pretenden esperar nada ni de la voluntad ni la autodeterminación de los demás, todo el futuro está dictado por la maquinaria que ellos ponen en movimiento.
La política social capitalista de los gobiernos de Estados Unidos ha sido la privatización artificial del producto del trabajo colectivo. El resultado de esa política son las Big Tech y sus magnates. Internet fue el producto de una investigación colectiva de decenas de investigadores del Departamento de Defensa conectando sus computadoras entre sí. Las primeras computadoras personales de Apple hicieron uso de los conocimientos resultado de cientos de innovadores anónimos, eclipsados por el nombre de la persona que hizo un aprovechamiento lucrativo, Steve Jobs.
Silicon Valley fue y es el centro mundial de la informática. Los desarrolladores estaban en todos lados, pero el control de los negocios se fue concentrando más y más allí. La nueva capa de técnicos vinculados a la revolución informática tuvo dos grandes perfiles. Por un lado, la del solitario y solidario desarrollador que se sabe parte de una comunidad que está creando aportando su parte a lo que otros también están haciendo. Todo el software y hardware moderno tiene por base el trabajo de esa gente.
Por otro lado, está el desarrollador devenido en gran capitalista. De éstos, la mayoría ya tienen un origen muy acomodado, incluso directamente burgués. Pero la clase capitalista de Estados Unidos tiene muchas capas. Las fortunas de las familias de Elon Musk y Peter Thiel venían entre otras cosas de las explotación minera en el régimen de segregación racial del apartheid en Sudáfrica. A los ojos de las principales fortunas de los hombres de Wall Street, no eran más que desarrapados. Poder escalar posiciones como hicieron ellos se debió a que se pusieron al frente de una nueva rama de la economía. Son situaciones altamente excepcionales.
Pero su nueva posición no se debió solamente a la gracia del destino ni a las maravillas del libre mercado sino a una decisión política estratégica de Washington. La existencia de las Big Tech fue, ante todo, una decisión política: Google, Apple, Tesla surgieron con aportes multimillonarios del Estado a través de programas como la National Science Foundation (NSF) o fondos del Departamento de Defensa. Internet como tal surgió como ARPANET, un programa militar. Más recientemente, todo el desarrollo de IA tuvo financiamiento directamente estatal.
Su importancia no se puede exagerar. Otros desarrollos tecnológicos han tenido históricamente un impacto específico, en una sola rama económica o en unas pocas. Estas nuevas tecnologías tienen un impacto transversal: han transformado la organización, la comunicación y la logística de todas las empresas del mundo. Semejante impacto solamente es comparable a la máquina de vapor, el ferrocarril, la electricidad, el teléfono o el automóvil. Fue una transformación histórica.
Pero ese desarrollo colectivo de conocimiento se dio en un marco estrictamente capitalista, aunque fuera con el Estado como sponsor. Washington financió esas empresas para hacer artificialmente lucrativo y privado lo que en gran medida surgió como cooperativo y colectivo. El financiamiento concentrado del aparato estatal y la llegada de capitales de riesgo, junto al sistema de patentes, fueron cercando más y más el acceso común al software y los nuevos conocimientos. El resultado es el internet como lo conocemos ahora: todo está controlado por un puñado de empresas que dominan esta nueva rama de las comunicaciones y se convierten casi en inescapables. Y lo que surge por fuera de ellos lo pueden plagiar, robar y comprar.
Pero las cosas están lejos de quedarse así. Cada vez más, toda la información concentrada por esas empresas se va convirtiendo en objeto de uso del aparato militar y de inteligencia de Estados Unidos. El Estado financia a las Big Tech y después las contrata para software, procesamiento de datos, etc. Washington las crea y luego depende de ella para su propio funcionamiento. Por momentos, el límite entre el Estado y la empresa es algo borroso, en lo que termina siendo una suerte de tecno-capitalismo de Estado del que son parte también las empresas militares.
Uno de los más profundamente imbricados en ese complejo es Peter Thiel y su empresa Palantir. Se trata de una franja muy poderosa de capitalistas en Estados Unidos que no necesariamente es representativo del conjunto de su clase dominante. Por momentos, tal vez hasta generan un rechazo activo en una parte de la burguesía yanqui. Pero la gestión trumpista los ha empoderado y transformado en aliados clave.
El Destacamento 201: tecno-capitalismo de Estado digital y militar
En junio del 2025, el gobierno de Trump integró formalmente a una unidad de Reserva de Estados Unidos a ejecutivos de las Big Tech con el grado de tenientes coroneles: Andrew Bosworth (Meta), Shyam Sankar (Palantir), Kevin Weil (OpenAI), Bob McGrew (exdirectivo de OpenAI y Palantir). Su rol es trabajar directamente en el ejército para el desarrollo de software, sobre todo IA, y su uso cada vez más generalizado a nivel militar. Todo eso sin dejar de ser parte jerárquica de sus empresas. Le responden tanto a Trump y sus generales como a Thiel y Zuckerberg. Es un ejemplo casi de manual de capitalismo de Estado. Los aparatos privados y estatales se entrelazan hacia la casi fusión por intereses estratégicos comunes.
En una ceremonia en el cuartel Myer-Henderson, estos ejecutivos juraron como miembros de la Executive Innovation Corps, oficialmente “diseñada para fusionar los conocimientos tecnológicos más avanzados, con la innovación militar”.
Como se ve, una de las empresas con más presencia en este nuevo destacamento militar es Palantir, de la que Peter Thiel es socio fundador junto a su actual CEO Alex Karp.
Vigilar y matar: Palantir
Palantir es probablemente la más destacada y la primera Big Tech en asociarse con Washington en la creación de un verdadero complejo militar-digital. Peter Thiel fundó la empresa incitado por el miedo de los atentados del 11 de septiembre del 2001. Su planteo fue que una sistematización y control de la información del espionaje con las nuevas tecnologías podría haber prevenido los ataques de Al-Qaeda.
Así, no podía ser de otro modo: Palantir fue fundada con un aporte multimillonario de la CIA para la organización y sistematización de información del espionaje de Estados Unidos. Thiel se convirtió entonces en el jefe de la creación de software para el Pentágono, incluyendo a todas las ramas militares. Como una persona normal usa Google o Twitter, el ejército de Estados Unidos usa las plataformas creadas por la empresa de Thiel.
Desde el minuto cero, es difícil no pensar que Peter Thiel era perfectamente consciente de que es el malo de la película. Palantir son las «piedras videntes» usadas por los personajes del Señor de los Anillos Sauron y Saruman, y que corrompen a quien las use. Hay que decir, al menos, que la elección del nombre es buena.
La tecnología de Palantir no solamente recaba información: también la sistematiza para diseñar políticas de guerra. Una investigación de The Guardian describe su rol de un modo interesante: «El punto de referencia fue la invasión de Irak en 2003, donde aproximadamente 2.000 personas trabajaron en el proceso de selección de objetivos durante toda la guerra. Durante el ejercicio Scarlet Dragon, 20 soldados que utilizaron Maven manejaron el mismo volumen de trabajo. Para 2024, el objetivo establecido era de 1.000 decisiones de selección de objetivos por hora. Eso equivale a 3,6 segundos por decisión o, desde la perspectiva del operador individual (targeteer), una decisión cada 72 segundos.»
Maven es el programa informático diseñado por Palantir en cuestión. «La interfaz de Maven parece una versión con estética militar de un software corporativo de gestión de proyectos combinado con una aplicación de mapas. Lo que ve el analista militar que arma la lista de objetivos es un mapa con capas de datos de inteligencia o bien una pantalla organizada en columnas, donde cada una representa una etapa del proceso de selección de objetivos. Los objetivos individuales se mueven a través de las columnas de izquierda a derecha a medida que avanzan por cada etapa, un formato tomado de Kanban, un sistema de flujo de trabajo de ‘producción ágil’ (lean manufacturing) desarrollado en Toyota y actualmente muy utilizado en el desarrollo de software.»
La investigación que citamos tiene una importancia particular porque fue la que puso a la vista del público el hecho de que aparentemente la IA creada por Palantir fue la responsable de señalar como «objetivo militar» la vecindad de un colegio en Irán. Maven fue la tecnología del asesinato en masa de más de cien niñas en una escuela de Irán este año.
«En dos semanas, las fuerzas estadounidenses atacaron 6.000 objetivos. La escuela fue uno de ellos. Las fuerzas estadounidenses mataron a casi 200 personas, y los informes de prensa recurrieron al término «error de IA», lo que domesticó el evento transformándolo en algo que un mejor algoritmo o mejores salvaguardas podrían haber evitado.»
Palantir también tuvo también un contrato con ICE en el primer mandato de Trump. Con su tecnología fue que «previeron» la supuesta asociación de ciertas personas con migrantes o bandas de delincuentes, lo que llevó a olas de detenciones arbitrarias de personas inocentes. El rol de la empresa de Thiel fue literalmente la de distopías de los «precrímenes». El perfil que crearon de la gente de manera automatizada era, por supuesto, profundamente racista.
Cuando le preguntaron a Alex Karp -actual CEO de Palantir y cercano socio de Thiel- por la vigilancia mundial que ejercen, respondió brutalmente: «Solo hay dos culturas que van a ganar… vamos a ser nosotros o China… si no somos nosotros quienes controlamos la violencia, no dictaremos el estado de derecho».
Karp ha sido objeto de polémica porque fue varias veces escrachado por luchadores contra el genocidio en Gaza. Porque, obviamente, Palantir también es parte del genocidio a los palestinos. Públicamente dijeron que proveen a Israel con «identificación de objetivos críticos a gran escala y flujos de trabajo cinéticos».
La «Ilustración oscura» y los «libertarios» estadounidenses
Hasta hace no tanto, casi todos los representantes de las Big Tech eran asociados con posiciones políticas progresistas. Era una posición lógica para la posición que ocupaban. Estaban lejos de las posiciones tradicionales de poder de otros grupos capitalistas poderosos (como el complejo industrial militar o los petroleros) y eran parte directa de lo que lo más avanzado de las ciudades de todo el mundo estaban dando. Se nutrían y se nutren de la producción tecnológica de todo el planeta, y eran sus principales beneficiarios.
Todo eso fue cambiando en la última década, pero no en el caso de Peter Thiel: desde su juventud sostuvo siempre posiciones de extrema derecha. Hace años se sabe que él es el principal impulsor de la carrera ideológica del monstruoso y delirante Curtis Yarvin, el teórico creador de la corriente autodenominada neorreacionaria (RNx, se hacen llamar en redes). Otro de sus teóricos denominó a sus posiciones la Ilustración Oscura.
La Ilustración Oscura es una posición ideológica marginal, que no quiere ni puede tener realmente influencia de masas. Pero, como señaló Gramsci, no todas las ideologías necesitan tener influencia de masas. Pueden ser sumamente influyentes dándoles cohesión a grupos poderosos. En este caso, les da un proyecto político a sujetos de un poder inmenso como el propio Thiel. A su manera, la «Ilustración Oscura» es al trumpismo lo que la Sociedad Thule fue a los nazis.
Los delirios de Yarvin tienen su influencia en algunos de los funcionarios de Trump. Para empezar, su vicepresidente JD Vance. Vance comenzó su carrera como hombre de Thiel, y ganó su primera elección con su dinero. El fundador de Palantir prácticamente inventó la carrera política del vicepresidente de Trump.
El proyecto político que defiende Yarvin, y con el que fantasea Peter Thiel, es una tecno-monarquía. Se llaman Ilustración Oscura porque opinan que todos los males del mundo vienen de la ideología de la Ilustración del siglo XVIII. Quieren rechazar para siempre los ideales de igualdad y democracia de las revoluciones burguesas que luego heredó el socialismo.
Opinan que en el mundo hay una aristocracia natural de hombres mejores que el resto y que, por supuesto, los CEOs de las Big Tech son en estos momentos sus principales representantes. Su programa es el reemplazo de los gobiernos e instituciones republicanas por la administración al estilo empresarial de ciudades y países, con CEOs-reyes gobernando despóticamente sin tener que rendirle cuentas a nadie, sin necesidad de que nadie los vote, sin que absolutamente nadie les pueda decir que no. Eso es, según ellos, poner la administración de las cosas en las manos de los más capacitados para hacerlo. Esta es la ideología que mueve a Peter Thiel, que lo llevó al apoyo al trumpismo y al involucramiento con el actual Partido Republicano.
Por supuesto que estos sueños no son más que delirios absurdos completamente impracticables. Como vimos más arriba, Thiel opina que «libertad» y «democracia» son incompatibles. Como vemos ahora, financia ideólogos que defienden darle el poder más absoluto mientras defiende «la libertad». Peter Thiel, por supuesto, se considera un «libertario». Pocas veces se puede ver que alguien se pregunte acertadamente en qué están pensando cuando piensan en «libertad».
Muchos se enriendan en la idea de «libertad positiva» y «libertad negativa». Sostienen que esta derecha defiende solamente la «libertad negativa», que el Estado no se meta con leyes y regulaciones. Pero esa idea es falsa: su programa político es, como vimos, arrebatarle todo tipo de libertad a la inmensa mayoría de la gente. Quieren que el cercenamiento de la «libertad negativa» lo puedan hacer las empresas. Sus planteos no encajan en esa simplificación abstracta.
La «libertad» en la ideología libertaria es la de la libre decisión de la única manifestación válida de la personalidad humana: la empresarial. Sin Estado, ni democracia de ningún tipo, ni controles, ni regulaciones, mucho menos sin protestas de la chusma, solamente queda una acción posible. A saber, que los ricos hagan lo que quieran mientras monopolizan todos los recursos del planeta. Peter Thiel y Curtis Yarvin son más explícitos que la mayoría: la «libertad» es el dominio dictatorial directo de los CEOs, es su «libertad» de decidir sobre todos los demás. El Estado es enemigo de «la libertad» cuando le pone límites a lo que consideran que es el resultado natural de las relaciones humanas: que los ricos manden. Por eso también están explícitamente en contra de toda «democracia».
La ideología «libertaria», surgida en Estados Unidos, es más que el dogma absurdo de la infalibilidad del mercado. Eso en parte ya estaba presente en el liberalismo clásico. No, los «libertarios» son la ideología del estado de ánimo de algunos grandes empresarios que se sienten incómodos con que la chusma que trabaja para ellos tenga algún poder de decisión o derecho a protestar.
Quien más claramente lo expresó fue la pseudo-filósofa y horrible escritora ruso-estadounidense Ayn Rand: su novela La Rebelión de Atlas trata precisamente de los grandes empresarios de Estados Unidos rebelándose contra la opresión de las masas de las que son víctimas los multimillonarios. Tanto Trump como Peter Thiel y Elon Musk han manifestado que ese libro los influenció.
Uno de los simpatizantes de Ayn Rand fue Ludwig von Mises, ese representante de la Escuela Austríaca que tanto admira Milei, que le envió una cálida carta de felicitación por la publicación de La Rebelión de Atlas con fecha del 23 de enero de 1958:
Tienes la valentía de decirle a las masas lo que ningún político les dice: ustedes son inferiores y todas las mejoras en su situación que simplemente dan por sentadas se las deben a los esfuerzos de hombres que son mejores que ustedes.




