Perú: Fujimori agita la destitución de Castillo

Solo cuatro meses después de asumir, Pedro Castillo enfrenta un intento de destitución por parte de la derecha peruana, encabezada por Keiko Fujimori (la hija del dictador de los '90).

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Tras una interminable disputa por el resultado de las elecciones con acusaciones cruzadas de fraude, la crisis política no termina en Perú. Solo cuatro meses después de asumir, Pedro Castillo enfrenta un intento de destitución por parte de la derecha peruana, encabezada por Keiko Fujimori (la hija del dictador de los ’90).

Fujimori se ampara en la figura de «vacancia» contemplada por la Constitución peruana. Es un mecanismo similar al impeachment, tal como se ha utilizado en Brasil contra Dilma Rouseff. Esta figura permite al parlamento iniciar un proceso de juicio político contra el presidente casi por cualquier razón que considere pertinente, y destituirlo si consigue dos tercios del Parlamento (87 diputados).

En concreto, el fujimorismo acusa a Castillo de «incapacidad moral permanente» para ejercer la presidencia. ¿La razón? La supuesta participación del gobierno de Castillo en el ascenso de cinco funcionarios militares. Se trata de una acusación bastante difusa: los militares en cuestión no fueron finalmente ascendidos, y varios de ellos fueron pasados a retiro. Sin embargo, esto no impidió que varios ministros del gobierno renunciaran por el escándalo. Como tantos otros casos, un ejemplo que salpica por igual al conjunto del sistema de partidos peruano, marcado por una corrupción e inestabilidad congénitas.

Votos inciertos

La primera pregunta es si la derecha fujimorista y sus aliados alcanzarán los escaños necesarios para comenzar el proceso de «vacancia» (52 votos). A primera vista, parece lo más probable. Sin embargo, otra historia es si los fujimoristas alcanzarán los escaños necesarios para destituir efectivamente a Castillo (87 votos). Entre una cosa y la otra, mediarán la posibilidad de Castillo de defenderse públicamente en el Parlamento, así como una ronda de negociaciones entre partidos que se anticipa larga y tediosa.

En principio, el oficialismo poseería 43 de los 44 escaños necesarios para impedir la destitución. Sin embargo, ya comenzaron las dudas entre los aliados de Castillo. La llamada «extrema izquierda» de Perú Libre (el partido con el que recientemente rompió el presidente), encabezada por Vladimir Cerrón, viene distanciándose de la figura de Castillo, y ya ha votado algunas mociones en unidad con el fujimorismo. Este paradójico proceso responde a que Castillo ha comenzado a despegarse de Cerrón por las presiones de la derecha de «moderarse».

Por si hace falta aclararlo, mencionemos al paso que ni Cerrón ni Castillo tienen en realidad demasiadas ínfulas «izquierdistas». Son figuras de por sí moderadas y adaptadas a las reglas de juego del sistema político peruano.

Otra incógnita a develar es el voto de los partidos «centristas». Lo más probable es que voten contra la «vacancia», ya que dicho proceso no haría sino acentuar la profunda inestabilidad política que viene atravesando Perú durante los últimos años. Recordemos que, desde 2018, el país andino ha presenciado la renuncia de dos presidentes y acusaciones de fraude en las últimas elecciones. Además, apuestan al domesticado Castillo (que ya rompió con varios de sus anteriores aliados) y quieren frenar al fujimorismo.

Entre este último grupo de partidos se cuenta a los «morados», que ya se pronunciaron contra la destitución de Castillo. También lo hicieron así cuatro escaños de la centroderecha, pero con el correr de los días parecen estar reubicándose y su voto es aún incierto.

Golpismo

Castillo respondió al intento de vacancia de forma ambivalente. Por un lado, a través de su Ministro de Justicia, denunció la vacancia como un intento golpista por parte de la derecha. Por otro lado, llamó al diálogo a los partidos de la derecha y la extrema derecha, los mismos que promueven su destitución. Una forma llamativamente educada de tratar a quien intenta borrar a su gobierno de la historia peruana casi antes de que inicie.

No hay nada concreto que justifique la destitución de Castillo por «incapacidad moral», sólo algunas acusaciones inconexas y sin probar. Sin embargo, la «vacancia» ha tenido un protagonismo explícito en los últimos años de la vida política peruana. Pedro Pablo Kuczynski renunció a la presidencia en 2018, luego de sobrevivir a un primer intento de vacancia pero previendo un segundo intento. Martín Vizcarra, el siguiente mandatario, fue destituido en 2020, también en su segundo proceso de vacancia.

La vacancia parece ser un recurso casi «de manual» del régimen político peruano. Una potestad constitucional pero profundamente anti – democrática del Parlamento, que le permite voltear a cuanto presidente se le cruce para salvaguardar los intereses del conjunto del establishment político peruano. Sin embargo, esto no siempre significa conservar la estabilidad del régimen. No por nada el Parlamento peruano (no un candidato, sino el Parlamento en su conjunto) cosecha un 75% de imagen negativa entre los peruanos.

Debilidades

La inestabilidad política de los últimos años en Perú remite a un problema estructural de su régimen político: la debilidad de los partidos mayoritarios. Es un fenómeno no totalmente inédito, pero sí bastante particular si se compara con el resto de Latinoamérica.

Hay un doble problema. Por un lado, los partidos tradicionales, los más orgánicos respecto de la burguesía peruana (como el fujimorismo) están terriblemente deslegitimados en la opinión de la población peruana. Esto como resultado de décadas de gestiones anti – populares que incluyen la experiencia de la dictadura fujimorista.

Por otro lado, el castillismo posee una mayor imagen positiva que la mayoría de los partidos peruanos. O, mejor dicho, una menor imagen negativa, ya que los escándalos han comenzado a salpicar al oficialismo. Pero aún así, viene de ganar las elecciones con el apoyo de la movilización popular que exigió su reconocimiento.

Sin embargo, Castillo es mucho menos orgánico del régimen político burgués peruano que Fujimori y el resto de los partidos tradicionales. Esto no quita que su gestión sea 100% capitalista y no tenga ninguna intención de romper con el status quo del sistema político peruano. Pero la burguesía peruana (y el fujimorismo) no ven con buenos ojos a un presidente al que no ven como uno de los suyos, pese a su moderación extrema.

De ahí parten los intentos permanentes por desestabilizar su gobierno. Keiko no logró robarle el triunfo en las elecciones, y ahora intenta hacerlo mediante la vacancia. En principio, los números parecen indicar que lo más probable es que el intento de destitución fracase. Pero, en el dramáticamente inestable sistema político peruano, el peso de una pluma puede inclinar la balanza definitivamente en una dirección o la otra. Un mínimo error por parte de Castillo (y ya ha cometido varios) podrían inclinar la situación en su contra.

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