3.1 Sin “destrucción creativa” no hay “roaring twenties”

Como vimos más arriba, los datos económicos de China y EEUU sugieren que ambos países estarán superando los niveles pre pandemia ya a fin de año. Ya hay optimistas que calculan que hacia 2024 las economías desarrolladas estarán apenas un 1% por debajo de las estimaciones para esa fecha hechas antes de la crisis del covid-19, aunque esa cifra esconde una performance diferenciada entre EEUU y el resto de los países desarrollados. Un promedio de estimaciones de varias consultoras ubica el PBI yanqui un 6% por encima de 2019 a fines de 2022, mientras que la zona euro apenas superaría esa medida en un 1,5%, y tanto Japón como el Reino Unido seguirían sin alcanzar el nivel pre pandemia incluso para esa fecha.

Desde ya, todas estas presunciones parten de un (todavía injustificado) optimismo en cuanto a la marcha de la pandemia. Optimismo que se potencia en algunos economistas y analistas que hasta se atreven a hablar de una reedición en el siglo XXI de los “locos años veinte” (roaring twenties) del siglo pasado. Esta hipótesis recibió la réplica de, entre otros, Michael Roberts (“The roaring twenties repeated?”, 18-4-21), que veremos enseguida.

La analogía se basa, aparte de en la coincidencia de las décadas, en el período expansivo –mucho más en EEUU que en Europa– que siguió a los años de depresión 1920-1921 tras el fin de la guerra y de la pandemia de la “gripe española” (otra coincidencia). En el período 1922-1929, el PBI de EEUU creció un 42%, con desocupación por debajo del 4% y una ola de avances tecnológicos aplicados comercialmente a los hogares (electricidad, automóvil, electrodomésticos, radio, cine). La productividad del capital y del trabajo aumentó a un ritmo del 4-5% anual, con una creciente tasa de explotación. Pero la caída progresiva de la rentabilidad, entre otros factores, condujo a una creciente creación de capital ficticio que terminó en el crash de 1929.

Roberts se muestra muy escéptico acerca de la posibilidad de un ciclo de crecimiento acelerado y duradero a la salida de la crisis de la pandemia. Entre las varias razones que aporta, queremos detenernos en una: la ausencia de la “destrucción creativa” de que hablaba Schumpeter, que a su vez hizo una adaptación personal de una idea de Marx. En efecto, es un clásico tropo de la teoría marxista de las crisis la necesidad de la destrucción de valor, de capital “sobrante”, improductivo, tecnológicamente obsoleto o no lo suficientemente rentable. Sobre las ruinas de este valor destruido –tanto en términos físicos, es decir, fábricas e instalaciones que dejan de producir, como en términos de valor, aniquilando el capital ficticio, valores de Bolsa, bonos– se yergue el nuevo ciclo de acumulación, encabezado por las empresas sobrevivientes y por las nuevas que aportan cambio tecnológico, innovaciones científicas o del proceso productivo, etc. El resultado de esto, habitualmente, es una mayor concentración y centralización del capital.

Esto no significa, claro está, que todas las grandes compañías devoren a todas las empresas pequeñas; por el contrario, un producto habitual del fin de la crisis es la desaparición de viejos y desgastados Leviatanes del capital y su reemplazo por compañías más ágiles, eficientes e innovadoras. Ahora bien, Roberts, que reitera su habitual señalamiento del descenso promedio de la tasa de ganancia en EEUU,3 ve como un problema crucial que no aparezca en el radar ese horizonte de “destrucción creativa”, de “limpieza” de los establos de Augías de un capitalismo de rentabilidad estancada.

Más bien, lo que ocurre es lo contrario: en vez de una eliminación de capital ficticio de una vez por todas, lo que tenemos es una expansión inédita de crédito barato y una sobrecarga de capital ficticio, sin que por ahora ni Wall Street ni las demás bolsas o mercados de bonos del planeta registren señales de estallido de la burbuja, aunque los indicadores estadísticos dan todos en rojo. Una de las manifestaciones de esto, como ya señalamos, es que no para de crecer la proporción de empresas zombies (que apenas llegan a cubrir los intereses de su deuda, sin poder salir de su apalancamiento ni generar mayores beneficios). Si, como vimos, en EEUU las compañías zombies aumentaron al 20%, en Europa alcanzan hasta el 40%, lo que lleva a Roberts a concluir que “no es ‘destrucción creativa’, es el ascenso de los zombies” (cit.).

En este punto, el diagnóstico de Husson es convergente: “Una de las explicaciones dadas para la desaceleración de las ganancias de productividad es la presencia de empresas zombies que dificultarían la difusión de las innovaciones tecnológicas” (“Después de la hibernación”, 17-2-21).

Ahora bien, es evidente que la sobrevida de este capital poco rentable y de baja productividad no es exactamente la plataforma de lanzamiento de un nuevo ciclo de crecimiento acelerado estilo “roaring twenties”. No hay “capital intangible”, “valor agregado no físico” ni “nueva economía de las plataformas” que pueda hacer dar un salto a la economía capitalista con semejante lastre. Lo irónico del caso es que una de las razones de la supervivencia de los zombies no es económica, sino política: en efecto, ¿quién se atrevía ya en 2019, y mucho más en el contexto de la pandemia, a “dejar caer” a las empresas que debían caer en razón de su ineficiencia económica?

El costo social y político de esta transición del ciclo de estancamiento al ciclo de crecimiento, con su larga secuela de disrupción laboral, desempleo, pobreza y desprotección social es, en el fondo, lo que está en el centro de los debates arriba mencionados sobre cómo afrontar el desafío de una “nueva economía” que tira por la borda millones de “viejos” empleos sin que, por ahora, haya ninguna garantía social desde el sistema político de que los damnificados serán rescatados del medio del océano.

Como señala también aquí Husson, la cuestión del delicado equilibrio entre fomentar la “destrucción creativa” y sostener las empresas (¡y los empleos!) por razones de estabilidad económica, política y social “está resurgiendo hoy en día con respecto a las ayudas concedidas a las empresas durante la crisis”, y, como admite el economista jefe del Departamento del Tesoro, “el argumento schumpeteriano [la “destrucción creativa”. MY] tendrá, durante varios meses más, que dejar atrás la necesidad de limitar las liquidaciones para preservar el tejido productivo y las competencias, porque va a continuar la incertidumbre en cuanto al impacto duradero de la crisis en los modelos de negocio”. En síntesis: la innovación tiene que esperar un poco para no dinamitar el “tejido productivo” (ídem).

Esta contradicción entre lo que el capitalismo debe hacer para superar el impasse económico, con una acumulación pletórica de rémoras, y una atmósfera política de inestabilidad, incertidumbre y descontento social, factores todos potenciados por la pandemia, está llegando a niveles que más pronto que tarde deben resolverse. O, dicho de otra manera, las necesidades de la acumulación de capital y los márgenes políticos para darles curso pocas veces se llevaron peor en las últimas décadas.

3.2 ¿Un keynesianismo de nafta insuficiente?

En el bando keynesiano apuestan a que el masivo paquete de estímulo fiscal de Biden dispare un nuevo ciclo de inversión, innovación y crecimiento, iniciado por el Estado “destrabando el engranaje” a fuerza de gasto público y con los capitalistas privados sumándose cuando la rueda se pone en marcha. Es decir, el esquema de manual del autor de la Teoría general de la ocupación, el interés y el dinero.

Por ejemplo, el historiador Michael Beschloss opina que la “era Biden” es comparable a “las dos presidencias demócratas más transformadoras del siglo pasado, las de Franklin D. Roosevelt y Lyndon B. Johnson”, en términos de los cambios en la estructura del gasto público y las vías de financiamiento que propone para implementarlos. Algo de este agigantamiento de la figura (y el plan) de Biden se palpa en el entusiasmo en las filas de los legisladores demócratas; hasta la muy “izquierdista” Alexandria Ocasio-Cortez salió a decir que “Biden decididamente ha excedido las expectativas que teníamos en él los progresistas. Muchos de nosotros esperábamos un gobierno mucho más conservador” (The Guardian, 24-4-21).

Pero todo es una cuestión de proporciones y unidades de medida. Para The Economist, “Roosevelt y Johnson cambiaron el orden político. Las políticas económicas de FDR [el New Deal de los años 30. MY] articularon un nuevo contrato entre estado y sociedad que duró cuatro décadas. LBJ concedió derechos a millones de afroamericanos. En comparación con esos titanes, los planes de gasto fiscal de Biden se parecen más a un intento de acumular cambios antes de las elecciones de medio término que a un cambio de paradigma. Pero dejando eso a un lado y comparando con cualquiera de sus predecesores, las ambiciones del nuevo presidente de EEUU son monumentales” (“Bridges to somewhere”, 3-4-1).

Un juicio similar hace Roberts, que si bien concede que una inyección de gasto de cerca de un quinto del PBI entre estímulo fiscal y programas de infraestructura es mucho más ambiciosa que cualquiera de los últimos años, “las medidas de Biden –incluso si se implementan en su totalidad– no se comparan en magnitud con el boom de posguerra”, fuere en la aceleración de la economía de EEUU o en el programa de reconstrucción en Europa.

Y esta comparación a su juicio no es arbitraria o desmedida porque “una vez que terminen las cuarentenas por la pandemia, lo que se necesita para revivir la producción, la inversión y el empleo es algo parecido a una economía de guerra, no un rescate de grandes empresas con subsidios y préstamos para volver a la ‘normalidad’ (business as usual). Esta recesión sólo puede revertirse con medidas al estilo de los tiempos de guerra, es decir, una inversión pública gigante, propiedad pública de sectores estratégicos y dirección estatal de los sectores productivos de la economía. (…) La evidencia histórica demuestra que el New Deal no restauró el crecimiento a largo plazo del capitalismo estadounidense. Para eso hizo falta la Segunda Guerra Mundial. (…) En 1940, la inversión privada estaba por debajo de 1929 y siguió cayendo durante la guerra. De modo que el sector estatal tomó a su cargo casi toda la inversión y orientó los recursos a la producción de armas y otras medidas en una economía de guerra. (…) La economía de guerra no ‘estimuló’ el sector privado, reemplazó el ‘libre mercado’ y la inversión capitalista. (…) el gasto federal subió de un 8-10% del PBI en los años 30 a un promedio del 40% del PBI entre 1942 y 1945” (“The roaring twenties repeated?”, cit.).

De allí que el propio Keynes admitiera que “‘es políticamente imposible para una democracia capitalista organizar un gasto en la escala necesaria para hacer los grandes experimentos que demuestren mi punto de vista, salvo en condiciones de guerra’ (…). Más que en cualquier otro período de la historia de EEUU, la economía de tiempos de guerra fue una economía planificada. (…) En la mayoría de las economías capitalistas, la inversión del sector público ronda el 3% del PBI, mientras que la inversión del sector capitalista privado es del 15% para arriba. Durante la guerra, esa relación se invirtió. Los planes de Biden, si se implementan en su totalidad, sólo aumentarían la tasa de inversión estatal (a lo largo de diez años) a un 4% del PBI” (ídem).

3.3 Una salida de la pandemia divergente, asincrónica y con mayor desigualdad

Ahora bien, esta es la situación para la economía desarrollada occidental que tiene categóricamente las mejores perspectivas: la de EEUU. El panorama europeo es mucho menos halagüeño. Michel Husson usa la imagen de una economía “en hibernación” que ahora debe despertar. Sin embargo, “a pesar de las hipótesis moderadamente optimistas sobre el levantamiento gradual de las limitaciones sanitarias, las perspectivas son sombrías”, con un aumento del desempleo de 1,9 millones de personas este año luego de los 1,3 millones en 2020. De esta manera, pese a un crecimiento del 4%, el total de desocupados alcanzará los 16 millones, con una tasa de desempleo que sube del 8,5% al 10,7%, todo muy atado a la evolución de una situación sanitaria cuyos parámetros no están realmente controlados (“Después de la hibernación”, 17-2-21).

Este contexto de recuperación tan desigual ya ha sido bautizado con una nueva letra: no la V (rebote rápido), ni la U (recesión larga y recuperación rápida) ni la L (recesión sin salida a la vista) sino K (es decir, con algunos subiendo y otros desplomándose). Y además, estas desigualdades en la dinámica se van a combinar con distintas velocidades y puntos de partida, por lo que el FMI en su resumen del panorama global habla de una recuperación divergente y asincrónica. Esto es, a tasas desiguales, a velocidades desiguales y en momentos desiguales según la región e incluso el país.

El “entusiasmo” que algunos medios anuncian en el horizonte que entrevé el Fondo tiene esta importante limitación, por lo que, en caso de que pueda hablarse de optimismo, éste es cauto, medido y condicional. Según expresó Gita Gopinath, economista jefa del FMI, “las perspectivas mundiales están rodeadas de un alto grado de incertidumbre”, en función del ritmo de vacunación o de eventuales rebrotes o nuevas variantes del coronavirus. Y si esas variables se salen de los carriles esperados, como admite el director del Departamento de Mercados Monetarios y Capitales del FMI, Tobias Adrian, “puede poner en riesgo la estabilidad financiera”.

Una buena proporción de esa “divergencia” en el regreso a la actividad económica plena se vincula a la magnitud de las medidas fiscales tomadas en 2020 para sostener el empleo y las empresas en problemas: sin esa ingente masa de recursos estatales, el Fondo calcula que el impacto económico de la pandemia podría haber sido hasta tres veces peor. Pero esto inmediatamente pone sobre la mesa la cuestión, que ya hemos mencionado, de la muy distinta capacidad para llevar adelante esa intervención, según se trate de un país desarrollado con amplia espalda financiera y moneda fuerte o un “emergente” o directamente pobre con cuentas fiscales apalancadas y estrecho margen para estímulo monetario.

No es extraño que el Fondo no se atreva a anunciar el principio del fin de la disrupción global causada por la pandemia. No se trata sólo de que los aspectos epidemiológicos están lejos de ser resueltos, sino de que la asincronía de la rehabilitación de las castigadas economías y la creciente “divergencia” (desigualdad) entre naciones y regiones –¡y también al interior de ellas!– le generan a la entidad profundas dudas sobre su sostenibilidad futura. De allí el énfasis en la “incertidumbre” y los temores sobre la estabilidad financiera (y, por extensión, política) del cuadro global de la recuperación.

Un elemento clave es cuál va a ser el comportamiento del consumo, que, como hemos visto –salvo quizá, y temporariamente, en EEUU–, muestra también aquí una profunda divergencia. El 20% más rico tiene ahorros acumulados que esperan turno para ser gastados, al menos en parte. Pero el 80% que ha sido golpeado por la pandemia bajo la forma de pérdida del empleo, reducción de ingresos y precarización del trabajo difícilmente tenga mucho para aportar a la recuperación a partir de una capacidad de consumo disminuida de manera sensible y en muchos casos catastrófica. Esta incertidumbre se traslada, por lo demás, a las decisiones de inversión de ramas enteras de la economía, que no dependen precisamente del consumo suntuario (éste último ni siquiera tiene necesidad de recuperarse: durante la pandemia incluso ha crecido).

A esto se agrega que lo que puede ser índice de bonanza en EEUU –la suba de la tasa de interés ante una inflación impulsada por la fuerte recuperación– resulta un salvavidas de plomo para las economías pobres y endeudadas. Esos países son, además, los que menos perspectivas tienen de consolidar la segunda pata de la recuperación: el avance de los programas de vacunación. Son países –o, más bien, regiones enteras– que tienen a la vez menos capacidad de sostener programas de apoyo a la actividad económica y un acceso mucho más restringido y/o lento al volumen de vacunas que necesitarían para empezar a dejar atrás lo peor de la pandemia. Esto no hace más que reforzar las desigualdades preexistentes y consolidar un sendero de recuperación que beneficiará primero y con mayor impulso a las economías más fuertes.

3.4 El “enigma de la productividad” sin solución y las nuevas tecnologías

A estos interrogantes se suman otros vinculados a las contradicciones entre las esferas productiva y financiera. El propio FMI está preocupado por el comportamiento exuberante de los mercados bursátiles, la única rama de la economía en la que la pandemia no parece haber generado un impacto comparable al resto, salvo la primera reacción de pánico en marzo-abril de 2020. Los valores de las acciones –en primer lugar, pero no exclusivamente, los de las compañías tecnológicas– están fuera de proporción con los valores derivados de los fundamentos económicos. Según el Fondo, “los inversores apuestan por un apoyo político constante, y el resultado es una especie de exceso de confianza en los mercados [que] aumenta el riesgo de una corrección o una reevaluación”, es decir, de un crash bursátil que pinche la burbuja. Desde ya, lo mismo sucede con el creciente apalancamiento y volumen de deuda de las empresas zombies (y las no zombies también).

Pero aquí aparece de nuevo la contradicción entre la necesidad de alinear los precios de las acciones con las expectativas de ganancias y el peligro de generar un dominó de quiebras de empresas que comprometa la recuperación económica y la estabilidad política. Como dice el periodista Romaric Godin, los bancos centrales están encerrados en un dilema donde “los mercados alcanzan niveles injustificables, pero no pueden permitirse restablecer la relación con la realidad económica” (citado por Husson). Más todavía en una atmósfera política en la que, como vimos, los bancos centrales ya no pueden simplemente escudarse en su función “técnica”, sino que se ven forzados a considerar criterios crecientemente políticos vinculados a los equilibrios sistémicos.

En último análisis, desde un punto de vista marxista el inicio de un nuevo ciclo de crecimiento capitalista no tiene forma de escapar a dos exigencias: una, como hemos visto ya, la destrucción de capital sobrante; la otra, un salto en la productividad del capital sobreviviente y del nuevo que se incorpora a la acumulación sobre bases “saneadas” y sobre innovaciones en la tecnología y/o la organización de la producción. Ambas condiciones están planteadas sobre la mesa, y ambas enfrentan obstáculos que, vistos de cerca, son más político-sociales –el “factor lucha de clases”– que económicos en sentido estricto, o tecnológicos. O, en palabras de Husson, “no hay una salida única a la crisis que estaría dictada por leyes económicas intangibles: todo dependerá de las relaciones de fuerza”.

Sobre el primer aspecto, que ya hemos abordado, podemos tomar esta síntesis: “Lo que demuestran la historia de la Gran Depresión y la Guerra es que en la profundidad de una depresión larga debe haber una profunda destrucción antes de que se vuelva posible una nueva era de expansión. No hay política estatal que pueda evitar eso. Si no ocurre esta vez, la Larga Depresión puede entrar en una nueva década” (M. Roberts, “The roaring twenties repeated?”, cit.).

En cuanto al segundo, es todo un debate de economistas y sociólogos del trabajo si el brusco incremento del uso de la conectividad digital y el impulso al teletrabajo forzados por las condiciones de la pandemia serán la oportunidad para a) una reconfiguración a gran escala de la jornada laboral (y las condiciones de trabajo) en amplias ramas de la economía y en muchos países –en general, pero en absoluto únicamente– desarrollados, y b) poner fin a una tendencia que lleva décadas de baja al crecimiento de la productividad. Como recuerda Husson, “el agotamiento del aumento de la productividad constituye una característica fundamental del capitalismo contemporáneo: a lo largo de los Treinta Gloriosos [1946-1975. MY] la productividad del trabajo aumentó en torno al 5% anual. Actualmente ya no aumenta más que el 1 o el 2%” anual (“Después de la hibernación”, cit.).

A esto se agrega, de manera relacionada pero con peso específico propio, la cuestión de la ampliación, o en algún caso generalización, del uso de la robotización, la automatización y la inteligencia artificial, sobre todo en los procesos productivos. Aquí interviene el punto de vista que en trabajos anteriores (ver Socialismo o Barbarie 32/33) llamábamos “optimismo tecnológico”, que detrás del canto de sirena de la “economía de plataformas”, la “producción inteligente” y la “agregación de valor intelectual” esconde, pura y simplemente, la precarización del trabajo en todas sus formas. A esta altura, es innecesario apilar ejemplos; desde Amazon o Uber hasta la gran industria, pasando por Goldman Sachs, las eventuales ventajas del trabajo en entornos digitales son ampliamente sobrepasadas por las desventajas.

Ese panorama no tiene visos de cambiar; más bien, todos los desarrollos que se han visto en lo que va de la pandemia van en el sentido de ampliar el saldo favorable al capital y perjudicial para la integridad y los derechos de la clase trabajadora. De allí que una encuesta de la consultora Mc Kinsey a 800 dirigentes empresarios de todo el mundo, citada por Husson, apunta inequívocamente a una aceleración de prácticas de teletrabajo, informatización y automatización durante la pandemia y más allá. La nueva carrera es por recuperar la productividad perdida e instaurar un nuevo piso mucho más elevado que el anterior.4

Ese proceso está en curso, pero su ritmo y sus efectos todavía no son fáciles de establecer. Las profecías apocalípticas como la de Frey-Osborne en 2013, que advertían sobre casi la mitad de los empleos de EEUU amenazados por la robotización, siguen lejos de materializarse. No obstante, sí parece cierto que todavía de manera incremental, no de shock, hay una reducción en el empleo industrial de baja calificación a instancias de la creciente utilización de robots. Husson cita dos estudios. Uno sobre las plantas de Adidas en Alemania y EEUU, donde la producción se lleva adelante con robots industriales y un puñado de trabajadoras y trabajadores, en reemplazo de la producción en el sudeste asiático con mano de obra barata. El otro, sobre Alemania, “muestra que la robotización no afecta al empleo total, pero tiene un impacto negativo sobre el empleo en la industria: los autores calculan que, en promedio, un robot complementario reemplaza dos empleos en el sector manufacturero. (…) Así, pues, todos estos estudios convergen para encontrar el efecto de la automatización en la estructura del empleo. Simplificando, los robots y los ordenadores sustituyen el trabajo rutinario y acompañan en las tareas más especializadas. Las desigualdades salariales no pueden sino acrecentarse entre estas dos categorías de trabajadores” (M. Husson, “Robotización, productividad y covid-19”, 7-1-21).

De todos modos, el “enigma de la productividad” –esto es, el enigma de por qué la productividad no aumenta pese a las nuevas tecnologías digitales y el avance de la robotización, también conocido como la paradoja de Solow, economista que en los 80 señaló el fenómeno– sigue sin visos de resolverse. Para Husson, “habría una productividad marginal decreciente de la robotización”, que podría deberse, según Patrick Artous, a que “la tasa de inversión neta (que toma en cuenta la amortización del capital) ha reculado mucho. Las empresas no han invertido lo suficiente para compensar la aceleración de la obsolescencia del capital; de ahí el retroceso del aumento de la productividad” (ídem).

Aquí interviene una característica específica de las nuevas tecnologías, a saber, que en muchos casos su ciclo de vida es notoriamente más corto que el de otros bienes de capital, a la vez que el volumen de inversión inicial suele ser más elevado. Para Husson, “ésta puede ser la respuesta de fondo a la paradoja de Solow: el flujo de las innovaciones tecnológicas no parece agotarse, pero lo que está en vías de agotarse es la capacidad del capitalismo para incorporarlas a su lógica. (…) Por consiguiente, las empresas se verán incitadas a la robotización para incrementar la productividad y también para reducir la incertidumbre en cuanto a la disponibilidad efectiva de mano de obra, teniendo en cuenta las medidas sanitarias. Sin embargo, la incertidumbre que pesa sobre las perspectivas comerciales y la degradación de la rentabilidad actuarán como un impedimento para que las empresas inviertan” (ídem).

Como vemos, la solución al “enigma de la productividad” no es tan sencilla como la ampliación o incluso generalización del uso de la tecnología digital y la robotización en los lugares de trabajo, y ni siquiera por la incorporación creciente del teletrabajo y las técnicas de inteligencia artificial. No pretendemos aquí proponer una alternativa, sino sólo dar cuenta de una contradicción que aún deja perplejos por igual a gobiernos, empresarios y marxistas. Sin embargo, sólo éstos últimos parten de una mirada vaya más allá del fetichismo tecnológico para integrar ese factor en las demás condiciones que hacen a la acumulación capitalista, lo que incluye desde la restricción que impone la búsqueda de la rentabilidad (“el límite del capital es el capital mismo”) hasta la resistencia de la clase trabajadora a que avasallen sus condiciones de trabajo y de existencia.

Mientras tanto, que los gurúes del capital sigan apostando a que el contexto de la pandemia les permita retomar el curso “natural” de la explotación bajo un nuevo marco de relaciones laborales y sociales. Por nuestra parte, seguiremos apostando a que las cada vez más frecuentes y profundas manifestaciones de descontento de los explotados y oprimidos ante este sistema social injusto y plagado de desigualdades abran paso a una post pandemia diferente. Esto es, a una nueva etapa donde se hagan realidad los temores que la clase capitalista ya se ve obligada a nombrar e intentar conjurar.

Notas

1. Desde ya, los cambios en la forma de estructurar la jornada laboral forzados por la pandemia van a dejar una impronta que excederá con mucho la emergencia sanitaria. Empresas, sectores y quizá ramas enteras apuntan a desplazarse al “modelo híbrido” o mixto de presencia y virtualidad. De allí que hay quienes se animan a vaticinar que “la pandemia destruirá la idea de una semana de trabajo uniforme de lunes a viernes de 9 de la mañana a 5 de la tarde. Prepárese para preguntarle a alguien que acaba de conocer no ‘¿Dónde trabaja?’, sino ‘¿Cuándo trabaja?’” (TE 9238, “The great divide”, 27-3-21).

2. Es sintomático que los liberales más lúcidos del momento actual prefieran recuperar el iluminismo ingenuo –no exento de cierto humanismo– de Adam Smith antes que seguir abrevando en Milton Friedman y su búsqueda enfermiza del “beneficio para los accionistas” o en el egoísmo brutal y desalmado de Ayn Rand, ambos gurúes predilectos del liberalismo salvaje.

3. “Antes de la recesión por la pandemia, la rentabilidad en las economías capitalistas importantes estaba cerca de mínimos históricos”, en el orden del 7,4% de los activos no financieros, a saber, la mitad que a mediados de los años 50, y ya en 2019 era más baja que en los años 70. Así, “globalmente, el crecimiento de las ganancias empresarias (en términos de masa, no de rentabilidad) virtualmente se había detenido antes de la pandemia. No era ésta la situación en 1919, al menos en EEUU” (“The roaring twenties repeated?”, cit.).

4. Recordemos que en un informe del mismo Mc Kinsey Global Institute, que citáramos en un trabajo anterior, sobre el “enigma de la productividad”, se estimaba que de todas las apuestas e iniciativas implementadas o propuestas para generar un salto en la productividad, un 60% se basaba en las “oportunidades digitales”. En un informe de 2020, ese think-tank estima que en Europa el 22% de los puestos de trabajo –el equivalente a 53 millones de empleos– podría automatizarse de aquí a 2030. Pero no es el único peligro: un 26% de los empleos está en riesgo por la pandemia, y el 10% estaría amenazado por ambos factores, incluyendo 5,4 millones de empleos en el comercio, dos tercios del total. Este impacto ya desigual es especialmente gravoso para las mujeres, “dos veces más susceptibles que los hombres de ocupar puestos de trabajo con un alto riesgo de transmisión de covid-19 y de robotización” (Chernoff y Warman, 2020, citado en M. Husson, “Robotización, productividad y covid-19”, 7-1-21).

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