El presidente de la FIFA intentó crear un fondo privado de 20.000 millones de dólares para controlar los derechos comerciales del Mundial hasta 2038. Su par europeo respondió con acciones legales y amenazas de boicots a los torneos que organice la Federación mundial.
El plan de Infantino pretendía mercantilizar todavía más las competencias entre selecciones nacionales a cambio de cooptar adhesiones a través de cheques a cada federación. El propio Infantino, enmascarando con discursos sobre la democratización del fútbol una lisa y llana privatización de los espectáculos deportivos, había declarado en los medios que: “Cada Asociación miembro de la FIFA debería tener la oportunidad de obtener una parte justa de los fondos disponibles para forjar su propio futuro, decidiendo por sí misma en lugar de depender de otros. Se trata de la democratización del fútbol a nivel mundial“.
El deporte es una esfera privilegiada para el desembarco de los negocios millonarios más exorbitantes, sobre todo por las rentas extraordinarias que puede llegar a generar.
La conducción de la FIFA está envalentonada luego de la última Copa del Mundo, que se volvió el evento más caro de la historia, con futbolistas reducidos a meras mercancías de entretenimiento y consumo, y eventos ecuménicos transformados en negocios lucrativos para las grandes marcas globales, los gobiernos de los países centrales y los organismos internacionales vinculados al deporte. Ahora Infantino intenta redoblar la apuesta con una ambiciosa iniciativa millonaria dirigida a inversores privados.
Este hecho encendió inmediatamente la alarma de diferentes federaciones que hicieron retroceder el proyecto de privatización descarada del futbol mundial y generó una crisis política de magnitud que minó las relaciones diplomáticas entre dirigentes de varias entidades.
El esloveno Ceferin, a cargo de la UEFA, fue el primero en salir con los tapones de punta para frenar la embestida de Infantino. El dirigente europeo amenazó con acciones legales contra la FIFA y rechazó de plano el proyecto por “ser incompatible con la buena gobernanza del fútbol”. Esto hizo retroceder el proyecto al punto que desde la entidad madre negaron que el Mundial estuviera en venta y que la iniciativa solo se implantaría si la mayoría de sus 211 asociaciones expresaran su acuerdo.
Finalmente, se elaboró una carta conjunta desde la UEFA, la AFC y Concacaf en la que acusaron a Infantino de “engaño” y provocar “pérdida de confianza”.
El proyecto que buscaba vender el 20% de FIFA Forward Enterprise (FFE), creada para manejar las operaciones comerciales y los eventos de la organización, fue retirado. Pero la crisis cobra nuevas dimensiones políticas y disputas cada vez más abiertas por el poder. Un documento firmado por los presidentes de tres confederaciones -Aleksander Ceferin (UEFA), Salman Bin Ibrahim Al Khalifa (AFC) y Víctor Montagliani (Concacaf)- sostiene que la disputa no tiene que ver con el dinero ni con decisiones ya adoptadas sobre los Mundiales o la distribución de recursos, sino con la integridad del juego y de quienes son elegidos para liderarlo.
Se desencadenó una verdadera guerra entre burocracias, con disputas geopolíticas detrás de la pelota, que tiene su epicentro en la pelea UEFA vs FIFA. No se debe leer este escenario de conflicto como el de dos sectores en pugna, uno con una visión privatizadora y otro con una postura de democratización. En la realidad, la UEFA defiende los intereses financieros de las federaciones que la conforman y de los clubes más importantes de su territorio. Salvo excepciones, funcionan bajo la figura de SAD (Sociedad Anónima Deportiva) o modelos empresariales similares, con dueños privados. Además, cuenta con la adhesión de la AFC (Asia) y la Concacaf (América del Norte, con United States Soccer Federation incluido), mientras que la FIFA concentra poder con el apoyo sobre todo de Donald Trump y unas 20 federaciones de América, África y Asia, incluida Argentina.
Mientras las federaciones europeas se mueven rápido para definir un candidato alternativo que pueda suceder a Infantino, las entidades aliadas al presidente suizo han expresado abiertamente el apoyo a su posible reelección. La disputa está abierta y es por quien maneja la caja millonaria del negocio del fútbol, alejado de cualquier aspecto democrático.
El caballito de batalla de Infantino es usar su “chequera” para comprar voluntades y subordinar a las federaciones que venden su independencia en función de intereses económicos, un comportamiento similar a la subordinación neocolonial por parte de las grandes potencias.
Lo que hay en el fondo de esta guerra diplomática es lo misma que evidenció la última copa del mundo. Nada en la agenda dela FIFA tuvo en cuenta a los propios protagonistas del deporte, tratados como meras mercancías sin importar los riesgos físicos a los que se someten, ni a un público multitudinario que observa los espectáculos cada vez más lejos de los campos de juego. Un sector minoritario de ricos tiene el acceso exclusivo a las gradas de los estadios. Las firmas comerciales exprimen hasta la última gota de sudor de los futbolistas para maximizar beneficios. Los Ceos utilizan los palcos lujosos para firmar acuerdos obscenamente millonarios. Un grupo de ultrarricos hace enormes negocios a costa del deporte y sus fanáticos, cada vez más excluidos y fuera de un fútbol convertido en bien suntuario.




