¿Qué hacer con el sistema de salud?

Para que la salud sea un derecho, hay que sacarla de las manos de los capitalistas

La propuesta del gobierno de ir hacia un "sistema de salud integrado" ha generado revuelo entre propios y ajenos. Bajo la lógica del capitalismo, la mercantilización de la medicina atenta contra el elemental derecho a la salud de toda la población. El caso de EE.UU. muestra el desastre que conlleva dejar la salud en manos privadas.

Renzo Fabb
Redacción de Izquierda Web.


El sector del gobierno ligado al kirchnerismo ha puesto sobre la agenda la discusión acerca de qué hacer con el sistema de salud. Cristina Kirchner manifestó que es necesario «integrar los sistemas de salud público y privado», algo que de todos modos sucedió «a las patadas» por la pandemia, según la propia ex presidenta.

Enseguida, los empresarios de la salud privada salieron a poner el grito en el cielo, advirtiendo frente a las inminentes «estatizaciones» que estaba preparando el kirchnerismo. El portavoz del temor empresarial ha sido una vez más Claudio Belocopitt, dueño de Swiss Medical -una de las prepagas más caras del país- y presidente de la Unión de Entidades de la Salud, que agrupa a los empresarios del sector.

Fiel a su estilo, el gobierno salió a negar rotundamente cualquier medida de ese tipo, y aclararon que la propuesta implicaría solamente avanzar con centralizar algunos aspectos logísticos (como la compra de insumos) y regular algunos costos, como los de los medicamentos.

Las aclaraciones del gobierno no impidieron que el diario La Nación, para variar, haya dedicado un editorial al respecto en donde sostienen que las estatizaciones -que supuestamente- prepara el gobierno serán un caso más de ineficacia e ineptitud del Estado haciéndose cargo de negocios de los privados, un lugar común de la ideología liberal acerca de la «ineficiencia» del Estado al contrario de las -también supuestamente- eficientes empresas privadas de la salud.

Pero entre el «derecho» a lucrar con la salud que defienden los empresarios, y las regulaciones que propone el gobierno, todos los actores acuerdan en que la salud puede y debe ser una mercancía: algo que puede negociarse, comprarse y venderse. Esta lógica capitalista profunda choca de frente con el derecho a la salud, que debe estar garantizado para todos por igual. Veamos más de cerca por qué el capitalismo es incompatible con un derecho humano básico como el de tener una vida saludable.

El sistema privatizado no es más eficiente, sino menos

El discurso liberal clásico afirma que el Estado es ineficiente para brindar «servicios», incluida la salud. De más está decir que para los capitalistas la salud no es un derecho sino un servicio, al igual que contratar una plataforma de streaming o TV por cable.

Esto se debería a que el Estado no cuenta con «incentivos» que lo empujen a hacerlo de manera eficaz y satisfactoria. En cambio, las empresas privadas están obligadas, en teoría, a brindarlo de manera satisfactoria y eficiente, porque según la armoniosa lógica del libre mercado, de lo contrario serían barridos por la competencia.

En el caso de las empresas de la salud privada, su interés es el mismo que cualquier otra empresa: maximizar su margen de ganancia. Por lo tanto, el tratamiento médico queda subordinado a un criterio completamente ajeno al derecho a la salud.

El mejor ejemplo para ilustrar esto es, por supuesto, Estados Unidos, el único país del mundo donde el sistema privado tiene preeminencia sobre el sistema público de salud. Si hay una palabra que no define al sistema sanitario estadounidense, es eficiencia.

Siendo el país del mundo que más dinero invierte en salud en relación a su PBI (14,38%), es el único país desarrollado que no cuenta con una cobertura universal de salud. Se calcula que unos treinta millones de estadounidenses no cuentan con ningún seguro médico, ni publico ni privado.

Intentar acceder a algún tratamiento o atención sin seguro médico acarrea gastos exorbitantes, que para muchas familias implican enormes deudas. Si usted sufre un accidente en la calle y no cuenta con seguro médico, sólo llamar a un ambulancia para que te traslade a un hospital puede costarte entre 400 y 1200 dólares. Y ser atendido en una guardia de emergencias va a sumarte gastos extra, dependiendo de la complejidad del tratamiento. Pasar una noche en el hospital internado cuesta aproximadamente $5000, por lo que una visita de un día al hospital por una emergencia puede costarte una factura de más de 6000 dólares si el paciente no cuenta con seguro médico.

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Sucede que a pesar de ser el país de mayor inversión, se trata del sistema más caro del mundo para sus usuarios, incluidos para quienes cuentan con algún tipo de seguro médico. Los estadounidenses pagan más por servicios de salud que en cualquier otro país, y sin embargo, la esperanza de vida es menor comparada a otros países desarrollados, que en su mayoría sí cuentan con algún tipo de cobertura universal. Además, en 2018 EE.UU. se encontró en el puesto 43 de esperanza de vida a nivel mundial, tres puestos por debajo de Cuba.

¿Por qué es tan costoso el sistema de salud norteamericano? Según indica la Universidad de Harvard, una de las razones se debe a la compleja y burocrática red de aseguradoras y empresas intermediarias que implica el sistema de salud altamente privatizado. Determinar quién y cuanto se le pagará al hospital que te atiende requiere un complejo sistema administrativo muy costoso, ya que existen cientos de seguros médicos distintos con coberturas distintas: “Detrás de escena hay un enorme ejército de personas que administran cómo se pagará al hospital y a los médicos por esos servicios. Y eso es extremadamente complicado, porque exactamente cómo se les paga depende de nuestro seguro en particular. Y mi seguro es diferente al tuyo”, según ejemplifica el artículo.

Es decir que el carácter altamente privatizado de la salud estadounidense no redunda en mayor eficiencia y mejor acceso, sino más bien al contrario: la salud allí es más cara y acceder a ella es más complicado.

Mayor desigualdad y menor acceso

Contar con un seguro médico no es tampoco garantía de nada. Como cualquier otra empresa privada, estas empresas intentan abaratar sus costos, y eso significa lisa y llanamente limitar todo lo que puedan los servicios que ofrecen. Por eso, uno de los mayores problemas médicos de Estados Unidos es la profunda desatención a la medicina preventiva, orientando las intervenciones médicas hacia los tratamientos una vez que las enfermedades ya han ocurrido.

Además uno no puede cambiarse de seguro médico fácilmente. En primer lugar, porque el seguro depende generalmente de tu empleador, quien paga una parte de los gastos. Contratar un seguro de manera independiente es mucho más costoso y prácticamente impagable para una persona de la clase trabajadora, y si además se cuenta con alguna enfermedad preexistente, la compañía directamente te rechazará o bien te ofrecerá su servicio a un costo aun mayor.

En promedio, las familias estadounidenses gastan unos cinco mil dólares anuales en atención médica. Desde 1984 hasta hoy, los gastos en seguros han aumentado un 740%, mientras que el salario medio, en ese mismo período, sólo un 19%.

Esto explica por qué aproximadamente el 25% de la población es empujada a decidir no recibir el tratamiento médico que necesita frente a una enfermedad grave por los elevados costos, lo que produce miles de muertes evitables cada año. El 33% de los encuestados han declarado que han pospuesto una visita al médico frente a una patología leve debido a la imposibilidad de afrontar los gastos.

Muchos de quienes sí elijen realizarse el tratamiento que necesitan quedan endeudados durante años o directamente quiebran. Uno de cada seis estadounidenses tienen deudas médicas, y en total acumulado, esas deudas ya representan 81.000 millones de dólares. Cada año, más de medio millón de personas se declaran en bancarrota debido a facturas médicas impagables. La mayor parte de esas personas cuentan con seguro.

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En conclusión, cuando la salud queda a merced de los intereses de los capitalistas, la lógica de la ganancia se sobrepone por el derecho a tener una vida saludable. La alternativa parece reducirse a lo siguiente: o bien sufrir una enfermedad hasta la muerte, o bien endeudarse hasta quedar en bancarrota. La elección entre estos dos males, esa es la «libertad» de la que dicen sentirse orgullosos los capitalistas.

La salud como derecho o como mercancía

En los países de menores recursos, claramente la situación no es mejor. Es verdad que en Argentina la atención sanitaria es gratuita en el sistema público, pero las continuas políticas de ajuste han desfinanciado al sistema dejándolo en una situación muy pobre para dar una atención eficiente y de calidad.

El desfinanciamiento de la salud pública ha hecho que cada vez más gente se vuelque a la salud privada, agrandando el negocio de las prepagas. Otra parte es financiada de manera pública pero a través de la mediación de las «obras sociales» pertenecientes a los sindicatos, algo que en muchos casos funciona como una manera de «subsidiar» el acceso a la salud privada que de otra manera sería imposible.

Si en Argentina mucha gente prefiere atenderse en el sistema privado es por la sencilla razón de que el sistema público viene de años de desfinanciamiento con gobiernos que prefirieron hacer negocios con los empresarios del sector privado, que tienen mucho poder de lobby en alianza con las farmacéuticas.

Además, incluso el sistema público también está regido bajo la misma lógica de mercado, aunque sea aplicada por el Estado y no por una empresa. Aunque no se le niega la atención a nadie, la lógica imperante sigue siendo la de reducir los costos: los salarios del personal de salud son bajos, hay falta de insumos y la infraestructura de muchos hospitales viene de años de deterioro.

Por lo tanto, el debate remite a una cuestión de fondo: no se trata sencillamente de que el sistema debe ser público para que no esté subordinado a los intereses del mercado, sino también que debe ser reorientado para el que debe ser su objetivo primordial, que es la satisfacción de un derecho elemental para toda la población.

Esto implica no sólo la atención universal y gratuita, sino también un abordaje de tipo social de la medicina, que no vea a los pacientes como clientes ni como personas que individualmente sufren patologías, sino como parte de una concepción de la salud que contemple el aspecto social que tienen muchas enfermedades. Para ello, el sistema no solo debe ser público, sino también estar bajo control de los propios trabajadores de la salud y de la sociedad en general de manera democrática.

Ni la «integración» que propone actualmente el gobierno, ni la defensa de los negocios que hacen los empresarios pueden garantizar de manera completa el derecho a la salud de toda la población. Para que la salud sea un derecho y no una mercancía hay que cuestionar la lógica la sociedad capitalista como tal, expropiar a los empresarios privados de las clínicas y las farmacéuticas y poner todos esos recursos en manos del propio personal de salud para garantizar una vida digna y saludable para todos.

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