Imperialismo y terrorismo

Operación Ciclón: Cuando EE.UU. financió al fundamentalismo islámico en Afganistán

Una breve historia sobre cómo Estados Unidos entrenó, armó y financió a grupos religiosos extremistas de donde provienen los talibanes. Más de cuatro décadas de intervencionismo imperialista en Afganistán.

Renzo Fabb
Redacción de Izquierda Web.


reagan con muyahidines
Ronald Reagan reunido con líderes fundamentalistas islámicos muyahidines.

La reciente toma del poder por parte del movimiento Talibán en Afganistán conmueve al mundo. En todo el planeta se han replicado las imágenes de la gente agolpada en el aeropuerto de Kabul para intentar conseguir un vuelo que los saque del país, llegando incluso a subirse a una de las alas de un avión en movimiento, lo que provocó la caída de varias personas desde cientos de metros.

Lo impactante de todos estos hechos nos dan una idea del régimen de opresión y violencia que instauran los Talibanes, en especial para las mujeres. Pero: ¿Quiénes son y cuál es el origen de este movimiento islamista radical que ha regresado al poder después de 20 años?

La respuesta hay que buscarla en los últimos años de la Guerra Fría y, en particular, a la intervención decisiva de EE.UU. que buscó fortalecer, financiar y organizar a una serie de movimientos guerrilleros fundamentalistas islámicos de donde provienen los Talibanes.

De Vietnam a Afganistán

Tenemos que dirigirnos a 1978. En Afganistán llega al poder el Partido Democrático Popular de Afganistán, un partido de orientación pro-soviética (aunque no socialista), que realizó una serie de transformaciones importantes en el país, como la reforma agraria, la cancelación de las deudas a los pequeños campesinos y comerciantes así como el establecimiento de un impuesto a las grandes rentas. Además, el Estado pasó a controlar el 51% de las principales empresas del país.

Ese partido había sido previamente parte de un golpe que convirtió al país en una república, pues desde su independencia había sido una monarquía islámica. Ya en el gobierno, impulsaron la modernización también social y civil del país: separaron la religión islámica del Estado, le dieron derechos políticos y sociales a las mujeres, legalizaron los sindicatos, etc.

El presidente del país era Nur Muhammad Taraki, quien había sido fundador del partido diez años antes. Con la llegada al poder del gobierno «comunista» enseguida proliferaron las relaciones comerciales y económicas con la URSS.

Mientras tanto, EE.UU. aun no se recuperaba de la humillante derrota en Vietnam, consumada apenas tres años antes. Sin embargo, los norteamericanos no se quedarían de brazos cruzados ante lo que era una expansión del poder soviético a un nuevo país en una zona estratégica de Oriente Medio.

Pero la posibilidad de una intervención directa estaba más que vetada con la traumática experiencia de Vietnam en el pasado muy reciente y con las enormes consecuencias que tuvo en la política interna estadounidense. Por lo tanto, los yankees debían encontrar a alguien que pueda dar la guerra por ellos. El razonamiento del imperialismo fue muy sencillo: encontremos a quienes se oponen al nuevo gobierno pro-soviético, y apoyémoslos. ¿Qué puede salir mal?

Operación Ciclón

Rápidamente, el gobierno «comunista» de Taraki encontró una fuerte oposición en las poderosas organizaciones islámicas, particularmente fuerte en las zonas rurales. En un país de fuerte tradición musulmana, el gobierno había establecido el Estado y la educación laicas, algo que generó fuerte rechazo entre los más religiosos. Enseguida comenzaron las acusaciones de que el nuevo gobierno era «ateo» e «infiel», y la situación política afgana de convulsionó, una vez más.

En contraste con lo que vendría después, uno de los rasgos políticos más característicos de esa época fueron los derechos para las mujeres: el velo dejó de ser obligatorio, las mujeres tenían libertad de tránsito y de conducir automóviles (algo que no suele estar permitido en muchos países islámicos) y serían incluidas en el sistema educativo. El Partido de gobierno incluso impulsaría su propia rama femenina, impulsando el ingreso de las mujeres a la vida política. Todas estas medidas endurecieron aun más a los opositores religiosos al gobierno.

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Desde principios de la década del ’70, una serie de milicias extremistas religiosas y grupos político-militares habían comenzado a acumular poder en el interior afgano, y desde entonces habían comenzado a recibir ayuda por parte de Estados Unidos. De estas milicias surgieron los principales opositores al gobierno pro-soviético: estos rebeldes islamistas comenzaron a ser conocidos como los muyahidines, «los que hacen la yihad» es decir, los que hacen la «guerra santa».

Enseguida, EE.UU. vio la oportunidad en estos rebeldes de hacer caer al reciente gobierno pro-soviético al mismo tiempo que establecía una amenaza político-militar en la frontera sur de la URSS, limítrofe con Afganistán.

La CIA comenzó a ayudar a los insurgentes a mediados de 1978. El objetivo era convertir estas milicias islamistas, al mismo tiempo, en un movimiento anticomunista. Bajo la presidencia de Jimmy Carter, primero, y de Ronald Reagan, después, la CIA llevó adelante la Operación Ciclón: el financiamiento, entrenamiento y armamento de los muyahidines afganos para derrocar al gobierno pro-soviético.

Con apoyo de la inteligencia pakistaní, británica, israelí y china (en ese momento enfrentada a la URSS), la ayuda de la CIA a muyahidines se hizo oficial en julio de 1978 e incluía tanto la provisión de armas y armamento como el entrenamiento militar. Además, desde Pakistán desplegaron un sistema de propaganda vía radio y papel con contenido anticomunista e islamista hacia Afganistán.

Las cosas comenzaron bien para EE.UU. El gobierno de Taraki no lograba hacer pie, asediado por conspiraciones internas y por los enfrentamientos militares con los muyahidines. En septiembre de 1979 Taraki es destituido y asesinado por un golpe de Estado de su propio Primer Ministro, quien instaura un régimen fuertemente represivo y comienza a negociar con los Muyahidines.

La posibilidad de que el gobierno pro-soviético colapsara rápidamente llevó a la URSS a definir la invasión de Afganistán en diciembre de 1979. Todo iba según lo planeado para EE.UU. que, en palabras del propio Jimmy Carter, estaban «dándole a los soviéticos su propio Vietnam».

Y de alguna manera, así fue. La URSS se embarcó en una guerra larga, costosa y prácticamente imposible de ganar. Del otro lado, los combatientes muyahidín, con el apoyo de los EE.UU. ganaban territorio, poder, influencia y experiencia en combate.

La URSS se retiraría de Afganistán, sin éxito, diez años después. En ese lapso, se estima que EE.UU., a través de la CIA, gastó unos 40.000 millones de dólares para financiar la Operación Ciclón. Se trata de una de las operaciones más largas y costosas en la historia de la inteligencia estadounidense.

Además, en esos años la CIA reclutó y entrenó a unos 35.000 yihadistas de otros países para que vayan a combatir a Afganistán. Uno de ellos fundaría uno de esos grupos muyahidín con el nombre de Al Qaeda y se haría mundialmente conocido unos años después: Osama Bin Laden.

La política pro-muyahidines no fue destinada sólo hacia Afganistán, sino incluso hacia la propia población estadounidense. En 1983 Reagan los celebraba públicamente: «Ver los valientes afganos luchadores por la libertad contra modernos arsenales con simples armas de mano es una inspiración para aquellos que aman la libertad».

La cuestión llegó incluso a productos culturales de masas. En la versión original de Rambo III (1988), la escena final de la película contenía una placa dedicatoria a «los valientes combatientes muyahidines que luchan en Afganistán».

Boomerang

Aunque los soviéticos se retiraron de Afganistán en 1989, la guerra interna afgana se extendió hasta 1992, cuando los distintos grupos muyahidines entraron en Kabul. Con la derrota definitiva de la URSS -que además había dejado de existir un año antes- los norteamericanos decidieron que la Operación Ciclón ya había cumplido su propósito y el financiamiento a los extremistas islámicos terminó. Por supuesto, ya era tarde para evitar todo lo que vendría después.

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Al disolverse la República Democrática de Afganistán, los distintos grupos muyahidines  -entrecruzados con conflictos étnicos- comenzaron a disputarse el poder entre sí, y todo culminó en una nueva guerra civil. El poder formal del naciente Estado Islámico de Afganistán recayó en Burhanuddin Rabbani pero, en términos reales, en muchas zonas el poder del país estaba dividido en función de la influencia de los distintos grupos armados y Señores de la Guerra locales.

En las zonas rurales del norte, un grupo de líderes muyahidines veteranos de la guerra contra la URSS deciden formar un nuevo grupo armado que se opondrá al gobierno de Rabbani: el Talibán.

Poco tiempo después de terminada la guerra, los Talibanes avanzaron con el control del país y en 1996 derrocan a Rabbani y se hacen con el gobierno central. Instauran un régimen político represivo basado en una lectura ultra-conservadora del Islam, en particular para las mujeres.

Durante el gobierno Talibán, las mujeres tenían prohibido salir de sus casas sin acompañamiento de un hombre, además de estar obligadas de vestir la Burqa, que les cubría rostro y cuerpo por entero. Se les prohibió su acceso al trabajo y la educación, entre otras medidas fuertemente opresivas.

El 11 de septiembre de 2001 se producía el atentado contra las Torres Gemelas, en Nueva York. El ataque dejó más de 3000 muertos y fue perpetrado por la organización Al Qaeda, que estaba liderada por el ya mencionado Osama Bin Laden. El mismo Bin Laden que fue entrenado y financiado por la CIA para combatir a los soviéticos en Afganistán.

El entonces presidente norteamericano, George W. Bush, sostuvo que los Talibanes protegían a Bin Laden y que en Afganistán se encontraba el centro de operaciones de Al Qaeda que había hecho posible el atentado. En diciembre de 2001, Estados Unidos invadió Afganistán para luchar contra los mismos grupos terroristas que habían armado, financiado y entrenado poco tiempo antes.

Los norteamericanos derrocan rápidamente a los talibanes, aunque estos continuaron operativos en Pakistán y en zonas rurales del país. Durante años, Estados Unidos pone en pie diversos gobiernos títere en el país, cuyo poder estaba más apoyado en la fuerza militar de ocupación que en la propia sociedad afgana, como quedaría demostrado con los hechos de los últimos días.

El año pasado la administración de Trump se reunió con uno de los líderes talibanes con el objetivo de establecer un acuerdo de pacificación del país. Estados Unidos anunció que comenzaría a retirar sus tropas.

Lo demás es historia conocida: en mayo de este año, Biden dio inicio al retiro de tropas, al tiempo que los Talibanes iniciaban una ofensiva estrepitosa por todo el país. En sólo cuestión de unos meses, el gobierno afgano cayó y nuevamente los fundamentalistas islámicos tienen el control del país.

Los hechos de estos días vienen a coronar una larga historia de intervencionismo imperialista, y al mismo tiempo, de fracaso estratégico de los yanquis en la región. Estados Unidos entrenó y les dio poder a los fundamentalistas islámicos. Luego, cuando sus armas se volvieron contra ellos como un boomerang, intentó combatirlos iniciando una nueva guerra larga y costosa. Su resultado terminó siendo el regreso de esos mismos fundamentalistas al poder en Afganistán. Más de cuatro décadas de crímenes y fracaso imperialista.

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